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NOTAS DEL TRANSCRIPTOR

En la versión de texto sin formatear el texto en cursiva está encerrado entre guiones bajos (_cursiva_), el texto en negritas está marcado =así=, el texto en Versalitas está marcado en MAYÚSCULAS y un superíndice (texto en tamaño más pequeño por encima de la línea de escritura) está indicado por el símbolo ^, de modo que, por ejemplo, ^e representa al superíndice e.

El criterio utilizado para llevar a cabo esta transcripción ha sido en general el de respetar las reglas vigentes de la Real Academia Española cuando la presente edición de esta obra fue publicada. El lector interesado puede consultar el Mapa de Diccionarios Académicos de la Real Academia Española.

En la presente transcripción se adecuó la ortografía de las mayúsculas acentuadas a las reglas indicadas por la RAE, que establecen que el acento ortográfico debe utilizarse, incluso si la vocal acentuada está en mayúsculas.

El Índice y la lista de ilustraciones han sido reubicados al principio de la obra.

Se han corregido errores evidentes de puntuación y otros errores tipográficos y de ortografía.

La portada incluida en este libro electrónico fue modificada por el transcriptor y se concede al dominio público.

El transcriptor quiere expresar su agradecimiento a quienes, con sus opiniones en el foro del proyecto, ayudaron a resolver algunos puntos importantes.

Algunas aclaraciones que conviene mencionar:

1) El traductor ha traducido "sous" (vigésima parte de un franco) del francés a "sueldo", lo cual es correcto, ya que "sueldo", además de "salario", en español se refiere a moneda, de distinto valor según los tiempos y países, igual a la vigésima parte de la libra respectiva.

2) En el original, el autor haciendo referencia a la actitud de Javert, uno de los principales personajes de la obra escribe:

Lo que ocurría en Javert era el Fampoux de una conciencia recta, el descarrilamiento de un alma, el aplastamiento de una probidad lanzada irresistiblemente en línea recta y destrozándose contra Dios.

El esmero de un revisor del texto del presente proyecto, permitió establecer que Fampoux se refiere a un accidente ferroviario que ocurrió en 1846, debido a un descarrilamiento en una localidad con ese nombre.

3) En el siglo XIX, fecha en que se tradujo la presente obra, era una costumbre muy habitual la utilización de los pronombres enclíticos. Los pronombres enclíticos son los pronombres personales que aparecen pospuestos cuando se adjuntan al verbo. En el español actual se adjuntan sólo a los infinitivos, a los gerundios y a los imperativos afirmativos. Durante la transcripción de esta obra se respetó la utilización de los pronombres enclíticos independientemente del modo verbal, salvo en el caso del pretérito indefinido, modo indicativo, del verbo "ir" (fue). Se prefirió cambiar "fuese" en este modo verbal por "se fue" porque "fuese" también es la forma de los verbos "ir" y "ser" en pretérito, modo subjuntivo, y se consideró que esa circunstancia, producto de una costumbre no fundada en el uso correcto de la lengua, podría llegar a generar alguna confusión en la interpretación correcta del texto.


LOS MISERABLES

LOS MISERABLES


POR


VÍCTOR HUGO


Edición adornada con láminas al cromo y grabados intercalados en el texto


VERSIÓN ESPAÑOLA
DE


J. A. R.


TOMO II

BARCELONA
Casa Editorial «MAUCCI»
296, Consejo de Ciento, 296
1897

Establecimiento Tipográfico de Timoteo Susany.—Valldoncella, 20, Barcelona.

ÍNDICE
DE LO QUE CONTIENE ESTE SEGUNDO TOMO

Pág.
LIBRO SÉPTIMO.—PATRON-MINETTE
I La mina y los mineros 5
II La hondonada 7
III Babet, Gueulemer, Claquesous y Montparnasse 8
IV Composición de la cuadrilla 10
LIBRO OCTAVO.—EL MAL POBRE
I Buscando Mario una joven con sombrero, encuentra un hombre con gorra 13
II Hallazgo 14
III Cuatro personajes 16
IV Una rosa en la miseria 19
V El ojo de la providencia 25
VI El hombre embrutecido, en su madriguera 27
VII Estrategia y táctica 31
VIII El rayo de luz en la caverna 34
IX Jondrette casi llora 35
X Tarifa de los carruajes de alquiler: dos francos por hora 39
XI Ofertas de servicio de la miseria al dolor 41
XII Solus cum solo, in loco remoto, non cogitabuntur orare pater noster 48
XIII Donde un agente de policía proporciona dos cachorrillos á un abogado 50
XIV Jondrette hace sus compras 53
XV Donde volverá á encontrarse la canción sobre música inglesa de moda en 1832 55
XVI Empleo de la moneda de cinco francos de Mario 58
XVII Las dos sillas de Mario frente á frente 61
XVIII Preocuparse de los fondos oscuros 63
XIX La emboscada 68
XX Se debería empezar siempre por prender á las víctimas 86
XXI El chiquillo que lloraba en la segunda parte 89
CUARTA PARTE
EL IDILIO DE LA CALLE DE PLUMET Y LA EPOPEYA DE LA CALLE DE SAN DIONISIO
LIBRO PRIMERO.—ALGUNAS PÁGINAS DE HISTORIA
I Bien cortado 91
II Mal cosido 96
III Luis Felipe 98
IV Grietas en la base 104
V Hechos de los que sale la historia y que la historia ignora 111
VI Enjolrás y sus tenientes 121
LIBRO SEGUNDO.—EPONINE
I El campo de la Alondra 125
II Formación embrionaria de los crímenes en la incubación de las cárceles 130
III La aparición del señor Mabeuf 134
IV Aparición de Mario 137
LIBRO TERCERO.—LA CASA DE LA CALLE DE PLUMET
I La casa del secreto 141
II Juan Valjean guardia nacional 145
III Foliis ac Frondibus 147
IV Cambio de reja 150
V La rosa descubre que es una máquina de guerra 155
VI Comienza la batalla 158
VII Á tristeza, tristeza y media 161
VIII La cadena 166
LIBRO CUARTO.—SOCORROS DE ABAJO QUE PUEDEN SER SOCORROS DE ARRIBA
I Herida exterior, curación interna 174
II La tía Plutarco se apura mucho para dar la explicación de un fenómeno 176
LIBRO QUINTO.—CUYO FIN NO SE PARECE AL PRINCIPIO
I La soledad y el cuartel en combinación 183
II Miedos de Cosette 185
III Enriquecido con comentarios de la tía Santos 188
IV Un corazón bajo una piedra 190
V Cosette después de la carta 193
VI Los viejos están hechos para ser oportunos 196
LIBRO SEXTO.—EL NIÑO GAVROCHE
I Endiabladuras del viento 198
II Donde el pequeño Gavroche saca partida de Napoleón el Grande 202
III Peripecias de la evasión 221
LIBRO SÉPTIMO.—LA GERMANÍA
I Origen 233
II Raíces 239
III Germanía que llora y germanía que ríe 247
IV Los dos deberes: velar y esperar 251
LIBRO OCTAVO.—ENCANTOS Y DESOLACIONES
I Plena luz 255
II El aturdimiento de la felicidad completa 260
III Principio de sombra 262
IV Cab: rueda en inglés y ladra en germanía 265
V Cosas de la noche 271
VI Mario retrocede hasta la realidad, llegando á dar las señas de su casa á Cosette 271
LIBRO NOVENO.—¿Á DÓNDE VAN?
I Juan Valjean 287
II Mario 289
III El señor Mabeuf 291
LIBRO DÉCIMO.—EL 5 DE JUNIO DE 1832
I El exterior de la cuestión 295
II El fondo de la cuestión 298
III Un entierro: ocasión de renacer 303
IV El hervor de otros tiempos 308
V Originalidad de París 313
LIBRO DECIMOPRIMERO.—EL ÁTOMO FRATERNIZANDO CON EL HURACÁN
I Algunas notas aclaratorias acerca de los orígenes de la poesía de Gavroche, é influencia
de un académico en dicha poesía
316
II Gavroche en marcha 318
III Justa indignación de un peluquero 321
IV El niño se admira del anciano 322
V El anciano 324
VI Reclutas 325
LIBRO DECIMOSEGUNDO.—CORINTO
I Historia de Corinto desde su fundación 327
II Alegrías previas 331
III La noche empieza á dominar sobre Grantaire 340
IV Prueba de consuelo hacia la viuda Haucheloup 342
V Los preparativos 346
VI Esperando 347
VII El hombre reclutado en la calle de Billettes 350
VIII Varias preguntas á propósito de un tal Cabuc, que quizá no se llamaba Cabuc 353
LIBRO DECIMOTERCERO.—MARIO ENTRA EN LA SOMBRA
I Desde la calle Plumet al barrio de San Dionisio 357
II París á vista de búho 359
III El último extremo 361
LIBRO DECIMOCUARTO.—GRANDEZAS DE LA DESESPERACIÓN
I La bandera: primer acto 367
II La bandera: acto segundo 369
III Más le hubiera valido á Gavroche tomar la carabina de Enjolrás 371
IV El barril de pólvora 372
V Fin de los versos de Juan Provaire 375
VI La agonía de la muerte después de la agonía de la vida 376
VII Gavroche, profundo calculador de distancias 380
LIBRO DECIMOQUINTO.—LA CALLE DEL HOMBRE ARMADO
I Carta canta 383
II El pilluelo enemigo de las luces 390
III Durante el sueño de Cosette y Santos 394
IV El exceso de celo de Gavroche 395
QUINTA PARTE
JUAN VALJEAN
LIBRO PRIMERO.—LA GUERRA ENTRE CUATRO PAREDES
I La Caribdis del arrabal de San Antonio, y la Scila del arrabal del Temple 400
II Qué se ha de hacer en el abismo sino hablar 407
III Luz y sombra 410
IV Cinco de menos y uno más 412
V ¡El horizonte que se descubre desde lo alto de la barricada! 417
VI Mario rudo y Javert lacónico 421
VII La situación se agrava 423
VIII La artillería se va poniendo seria 426
IX Empleo de aquel talento de cazador furtivo y de aquella puntería infalible, que
influyó en la condena de 1796
429
X Aurora 430
XI Un tiro que no deja de ser certero ni mata á nadie 433
XII El desorden partidario del orden 434
XIII Luces que pasan 437
XIV Donde se leerá el nombre de la querida de Enjolrás 439
XV Gavroche fuera 441
XVI De cómo un hermano puede trocarse en padre 448
XVII Mortuus pater, filium expectat 451
XVIII El buitre convertido en presa 452
XIX Venganza de Juan Valjean 456
XX Los muertos tienen razón y los vivos no se equivocan 458
XXI Los héroes 466
XXII Palmo á palmo 470
XXIII Orestes en ayunas y Pilades borracho 473
XXIV Prisionero 476
LIBRO SEGUNDO.—EL INTESTINO DE LEVIATÁN
I La tierra empobrecida por el mar 478
II Historia antigua del alcantarillado 482
III Bruneseau 484
IV Detalles ignorados 487
V Progreso actual 490
VI Progreso futuro 491
LIBRO TERCERO.—CIENO Y ALMA
I La cloaca y sus sorpresas 495
II Explicación 500
III El hombre filado 502
IV También lleva su cruz 506
V La arena como la mujer, tiene cierta finura pérfida 509
VI El hundidero 513
VII Á veces se encalla donde se cree desembarcar 514
VIII El jirón de la levita 516
IX Mario produce el efecto de un cadáver á alguien que lo entiende 521
X La vuelta del hijo pródigo de su vida 524
XI Sacudimiento de lo absoluto 526
XII El abuelo 527
LIBRO CUARTO
I Javert desviado 532
LIBRO QUINTO.—ABUELO Y NIETO
I Donde se ve de nuevo el árbol de la plancha de cinc 542
II Deja Mario la guerra civil y se apresta para la guerra doméstica 545
III Mario ataca 549
IV La señorita Guillenormand acaba por no parecerle mal que el señor Fauchelvent
hubiese entrado con algo bajo el brazo
552
V Depositad antes el dinero en un bosque cualquiera que en casa de un notario 556
VI Los dos viejos, cada uno á su modo, hacen cuanto pueden para que Cosette sea feliz 557
VII Efectos del sueño mezclados á la felicidad 564
VIII Dos hombres imposibles de encontrar 568
LIBRO SEXTO.—NOCHE CLARA
I El 16 de febrero de 1833 569
II Juan Valjean continúa con el brazo en cabestrillo 577
III La inseparable 584
IV Immortale jecur 586
LIBRO SÉPTIMO.—LA ÚLTIMA GOTA DEL CÁLIZ
I El séptimo círculo y el octavo cielo 590
II Obscuridades que puede contener una revelación 605
LIBRO OCTAVO.—DECRECIMIENTO CREPUSCULAR
I El cuarto bajo 611
II Otro paso atrás 615
III Recuerdan el jardín de la calle Plumet 617
IV Atracción y extinción 621
LIBRO NOVENO.—SUPREMA SOMBRA, SUPREMA AURORA
I Piedad para los desgraciados, é indulgencia para los dichosos 622
II Últimas palpitaciones de la lámpara sin aceite 624
III Encuentra pesada una pluma quien pudo levantar la carreta de Fauchelvent 625
IV Botella de tinta que sólo blanquea 628
V Noche tras de la cual se encuentra el día 643
VI La yerba guarda y la lluvia borra 653

PLANTILLA
Para la colocación de las láminas del tomo 2.º

Traigo una carta para vos señor Mario 20
Era un sobre de papel blanco 190
Inspector Javert,—dijo Juan Valjean 523
Cosette y Mario, ahogados por el llanto 651

[Pg 5]

LIBRO SÉPTIMO
PATRON-MINETTE

ilop5

I
Las minas y los mineros

Las sociedades humanas tienen todas lo que en los teatros se llama el foso. El suelo social está por lo tanto minado por todas partes, ya en favor del bien, ya en favor del mal. Estas obras se superponen. Hay las minas superiores y las minas inferiores. Hay un alto y un bajo en ese obscuro subsuelo que se abre á veces bajo la civilización, y que nuestra indiferencia y dejadez huellan á cada paso. La Enciclopedia del siglo último era una mina casi á cielo abierto.

Las tinieblas, esas sombrías incubadoras del cristianismo primitivo, sólo esperaban una ocasión para explotar en tiempo de los Césares, y para inundar de luz al género humano. Porque en las tinieblas sagradas hay luz latente. Los volcanes están llenos de una sombra capaz de arrojar llamas. Toda lava comienza por ser noche. Las catacumbas, donde se dijo la primera misa, no eran sólo la cueva de Roma, sino que eran á la vez el subterráneo del mundo.

Hay bajo el edificio social, la complicada maravilla de los sótanos de todo edificio grande, excavaciones de todas clases. Hay la mina religiosa, la mina filosófica, la mina política, la mina económica y la mina revolucionaria. Unos cavan con las ideas, otros con las cifras, otros con la cólera. Se llaman y se responden desde una catacumba á otra. Las utopías caminan por bajo tierra en las galerías, y se ramifican en todos sentidos. Encuéntranse á veces y fraternizan. Juan Jacobo presta su piqueta á Diógenes, quien á su vez le presta su linterna. Algunas veces luchan. Calvino anda[Pg 6] á la greña con Socino. Pero nada detiene ni interrumpe la tensión de todas esas energías hacia su fin, ni la vasta actividad simultánea que va y viene, sube, baja, y vuelve á subir en aquellas obscuridades, y que transforma lentamente lo superior desde abajo, y lo exterior desde dentro; inmenso hormiguero desconocido. La sociedad apenas sospecha esta excavación, que le deja la superficie y le cambia las entrañas. Tantos pisos subterráneos suponen otros tantos trabajos diferentes, otras tantas extracciones diversas. ¿Qué sale de todas esas profundas simas? El porvenir.

Cuanto más se ahonda, más misteriosos resultan los trabajadores. El trabajo es bueno hasta el grado que el filósofo social sabe conocer. Más allá de este grado es dudoso y mixto; más abajo llega á ser terrible. Á cierta profundidad, las excavaciones no son ya penetrables al espíritu de civilización; el límite respirable del hombre está traspasado, y es posible pues, que sea aquello un principio de monstruos.

La escala descendente es extraña; cada uno de sus escalones corresponde á un piso en que la filosofía puede racionalmente asentar todavía el pie, y donde se encuentra alguno de esos obreros, á veces divinos, otras deformes. Más abajo de Juan Huss, se encuentra á Lutero; más abajo de Lutero, está Descartes; después de Descartes, está Voltaire; después de Voltaire, está Condorcet; después de Condorcet, se encuentra Robespierre; más abajo de Robespierre, Marat; más abajo de Marat, está Babeuf. Y así va siguiendo. Más abajo todavía, en los límites que separan lo indistinto de lo invisible, se divisan confusamente otros hombres sombríos, que acaso no existen todavía. Los de ayer son espectros; los de mañana larvas. La vista del espíritu los distingue vagamente. El trabajo embrionario del porvenir es una de las visiones del filósofo.

¡Un mundo en el limbo, en el estado de feto! ¡Qué bosquejo más raro!

Saint Simón, Owen, Fourier, se hallan allí también en cavidades laterales.

Realmente, aunque cierto encadenamiento divino, invisible, une entre sí, y sin ellos mismos saberlo, á todos esos mineros subterráneos que casi siempre se creen aislados, y no lo están, sus trabajos son muy diversos, y la luz de los unos contrasta con las llamaradas de los otros. Los unos son paradisíacos, los otros trágicos. Sin embargo, sea el que quiera el contraste, todos estos trabajadores, desde el más brillante al más obscuro, desde el más sabio al más loco, tienen una semejanza, y es: el desprendimiento. Marat se olvida á sí mismo como Jesús. Prescinden de sí propios, abandonan su individualidad, no piensan en ellos; ven otra cosa antes que á sí mismos. Tienen una mirada, y esa mirada busca lo absoluto. El primero tiene todo el cielo en los ojos; el último, por enigmático que sea, tiene también en sus pupilas la pálida claridad del infinito. Venerad, haga lo que haga, á quienquiera que tiene por signo la pupila estrella.

La pupila sombra es el otro signo.

En ella empieza el mal. Ante quien no tenga mirada, meditad y estremeceos. El orden social tiene también sus mineros negros.

Hay un punto donde el ahondar es enterrarse, y donde se apaga la luz. Por debajo de todas esas minas que acabamos de indicar, más abajo de todas esas galerías, más abajo de todo ese inmenso sistema venoso subterráneo del progreso y de la utopía, mucho más tierra adentro, más bajo que Marat, más bajo que Babeuf, más bajo, muchísimo más bajo, y sin relación ninguna con los pisos superiores, está la última cavidad. Lugar formidable. Es lo que hemos designado con el nombre de foso de teatro. Es la fosa de las tinieblas. Es la cueva de los ciegos. Inferi.

Ésta comunica con los abismos.

[Pg 7]

II
La hondonada

Allí el desinterés desaparece. El demonio se bosqueja vagamente; cada cual para sí. El yo sin ojos aúlla, busca, tantea y corroe. El Ugolino social se halla en ese abismo.

Las sombras esquivas que vagan por esa mina, medio brutos y medio fantasmas, no se ocupan en el progreso universal; ignoran la idea y la palabra; no se cuidan más que de la voracidad individual. Casi son inconscientes, y hay en su interior una especie de descomposición aterradora. Tienen dos madres, madrastra una y otra: la ignorancia y la miseria. Tienen un guía, la necesidad; y para todas las formas de la satisfacción, el apetito. Son brutalmente voraces, es decir, feroces; no á la manera del tirano, sino á la del tigre. Del sufrimiento pasan esas larvas al crimen; filiación fatal, engendro vertiginoso, lógica de la sombra. Lo que se arrastra en el foso social, no es ya la reclamación ahogada de lo absoluto; es la protesta de la materia. El hombre se convierte en dragón. Tener hambre y sed es el punto de partida; ser Satanás, el punto de llegada. De esa cueva sale Lacenaire.

Acabamos de ver ha poco, en el libro cuarto, uno de los compartimientos de la mina superior, de la gran cavidad política, revolucionaria y filosófica. Allí, como hemos dicho también, todo es noble, puro, digno y honrado. Allí ciertamente puede uno engañarse, y se engaña; pero el error es venerable, porque lleva en sí el heroísmo. El conjunto del trabajo que allí se realiza, tiene un nombre: el Progreso.

Ha llegado el momento de entrever otras profundidades: las profundidades repugnantes.

Existe bajo la sociedad, insistimos en ello, y existirá hasta el día en que sea destruida la ignorancia, la gran caverna del mal.

Esta cueva es la última de todas y la enemiga de todas. Es el odio sin excepciones. Esta cueva no conoce filósofo ninguno; su cuchillo jamás ha cortado una pluma. Su negro no tiene relación ninguna con el negro sublime de la tinta. Nunca los dedos de la noche, que se crispan bajo aquel techo asfixiante, han hojeado un libro ni desplegado un periódico. Babeuf es un explotador para Cartouche; Marat es un aristócrata para Schinderhannes. Esta cueva tiene por fin el hundimiento general.

General, inclusas las cavidades superiores, á las cuales execra. No mina solamente, en su horrible hormiguero, el orden social actual; mina también la filosofía, mina la ciencia, mina el derecho, mina el pensamiento humano, la civilización, la revolución y el progreso. Se llama simplemente robo, prostitución, homicidio y asesinato. Es tinieblas, y quiere el caos. Su bóveda estriba en la ignorancia.

Todas las demás minas, las de arriba, no tienen otro objeto: suprimir á ésta. Á eso tienden por todos sus órganos á la vez, así por el mejoramiento de lo real como por la contemplación de lo absoluto, la filosofía y el progreso. Destruid la cueva Ignorancia, y habréis destruido el topo Crimen.

Condensemos en pocas palabras una parte de lo que acabamos de escribir.

El único peligro social es la sombra.

Humanidad, es identidad. Todos los hombres son del mismo barro. No existe diferencia alguna, al menos aquí bajo, en la predestinación. La misma sombra antes, la misma carne ahora, el mismo polvo después. Pero la ignorancia, mezclada con la pasta humana, la ennegrece.

Esta miserable negrura penetra en el interior del hombre, y se convierte allí en el mal.

[Pg 8]

III
Babet, Gueulemer, Claquesous y Montparnasse

Un cuarteto de bandidos, Claquesous, Gueulemer, Babet y Montparnasse, gobernaron desde 1830 á 1835 el foso de París.

Gueulemer era un Hércules sin clasificar. Tenía por antro la alcantarilla del Arche Marión. Tenía seis pies de estatura, pecho de mármol, piernas de acero, respiración de caverna, torso de coloso, y cráneo de pájaro.

Creíase ver en él al Hércules Farnesio vestido con pantalón de cutí y chaqueta de veludillo. Formado de esta manera escultural, Gueulemer hubiera podido domar monstruos; sin embargo, le pareció mejor y más corto ser uno de ellos. Frente baja, sienes anchas, menos de cuarenta años y ya la pata de gallo, el pelo áspero y corto, las mejillas de cepillo y barba de jabalí: tal era el hombre. Sus músculos solicitaban el trabajo; su estupidez lo rechazaba. Era una gran fuerza perezosa. Era asesino por negligencia. Se le suponía criollo. Probablemente había estado algo en contacto con el mariscal Brune, pues que en 1815 había sido mozo de cuerda en Avignon. Después de esto, se hizo bandido.

La diafanidad de Babet contrastaba con las carnes de Gueulemer.

Babet era flaco y sabio. Era transparente, pero impenetrable. Veíase la luz al través de sus huesos, pero no en su pupila. Decía ser químico. Había sido bufón en casa de [Pg 9]Bobêche, y payaso en casa de Bobino. Había sido cómico en San Mihiel. Era hombre intencionado, muy hablador, que subrayaba las sonrisas, y entrecomaba los gestos. Su industria consistía en vender al aire libre bustos de yeso y retratos del jefe del Estado. Además era sacamuelas. Había exhibido fenómenos en las ferias, y poseído una barraca con trompeta, y un cartel que decía:

«Babet, artista sacamuelas, miembro de varias academias; hace experimentos físicos en metales y metaloides, saca los dientes y extirpa los raigones desahuciados por sus colegas. Precio: una muela, un franco cincuenta sueldos; dos muelas, dos francos; tres muelas, dos francos cincuenta. Aprovechar la ocasión». (Este «aprovechar la ocasión» significaba: Haceos arrancar todas las muelas posibles). Había sido casado y tenido mujer é hijos; pero no sabía que había sido de la primera ni de los últimos. Los había perdido como se pierde un pañuelo. Rarísima excepción en el obscuro mundo á que pertenecía: Babet leía los periódicos. Un día, al tiempo en que vivía con él su familia en su barraca ambulante, leyó en el Mensajero, que una mujer había dado á luz un niño suficientemente viable, el cual tenía hocico de ternera, y exclamó: ¡Qué fortuna! ¡No será mi mujer la que tenga el ingenio de darme un hijo por el estilo!

Después lo abandonó todo para «hacer algo en París». Dicho suyo.

¿Quién era Claquesous? Era la noche. Esperaba para presentarse á que el cielo se cubriera de negro. Por la noche salía de un agujero, adonde volvía á entrar antes que fuese de día. ¿Dónde estaba su agujero? Nadie lo sabía.

Siempre en la más completa obscuridad; nunca hablaba á sus cómplices sino vuelto de espaldas.

¿Se llamaba Claquesous? No. Él solía decir: «Yo me llamo Nadie».

En cuanto aparecía una luz, se ponía una careta. Era ventrílocuo. Babet decía: Claquesous es un nocturno á dos voces. Claquesous era un ser vago, errante, terrible. No había seguridad de que tuviese nombre, pues que Claquesous era apodo; no era seguro que tuviese voz, pues su vientre hablaba por lo regular más que su boca; no era seguro que tuviese rostro, pues nadie había visto más que su máscara. Desaparecía como un fantasma, y aparecía como de bajo tierra.

Montparnasse era un ser lúgubre; era casi un niño. Tenía menos de veinte años, linda cara, labios parecidos á las cerezas, hermoso cabello negro, y la claridad de la primavera en los ojos; tenía todos los vicios, y aspiraba á todos los crímenes. La digestión de lo malo le daba apetito para devorar lo peor. Era el pilluelo convertido en ladrón, y el ladrón convertido en bandido. Era lindo, afeminado, gracioso, robusto, blando, feroz. Llevaba el ala del sombrero levantada hacia la izquierda para dejar bien al descubierto el mechón de pelo rizado, conforme á la moda de 1829. Vivía de robar violentamente. Su levita tenía el mejor corte, pero estaba siempre raída: Era Montparnasse una especie de figurín entregado á la miseria, y cometiendo homicidios. La causa de todos los atentados de este adolescente era el deseo de ir bien vestido. La primera griseta que le había dicho: «Eres guapo», había derramado la mancha de las tinieblas en su corazón, haciendo un Caín de aquel Abel. Viéndose lindo quiso ser elegante. Ahora bien; la primera elegancia es la ociosidad; y la ociosidad del pobre es el crimen. Pocos ladrones eran tan temidos como Montparnasse. Á los diez y ocho años había ya dejado tras sí algunos cadáveres. Más de un transeúnte con los brazos extendidos, yacía á la sombra de este miserable, hundida la cara en un charco de sangre.

Rizado, perfumado, ajustado el talle, con caderas de mujer y busto de oficial prusiano, objeto de murmullo de admiración de las muchachas del boulevard, sabiamente anudada la corbata, con una cachiporra en el bolsillo y una flor en el ojal; tal era este petimetre del sepulcro.

[Pg 10]

IV
Composición de la cuadrilla

Estos cuatro bandidos formaban por sí solos una especie de Proteo, que serpenteando entre la policía, y procurando librarse de las miradas indiscretas del jefe Vidocq, «bajo las diversas apariencias del árbol, llama ó fuente», prestándose unos á otros sus nombres y sus guaridas, ocultándose en su propia sombra, siendo cajas de secreto y asilos unos de otros; deshaciéndose de sus personalidades como se quita uno la nariz postiza en un baile de máscaras; simplificándose á veces hasta el punto de no ser más que uno; multiplicándose otras hasta el extremo de que el mismo Coco Lacour los tomaba por una turba.

Estos cuatro hombres no eran cuatro hombres; eran una especie de ladrón misterioso de cuatro cabezas, trabajando mucho sobre París; componían el pólipo monstruoso del mal, habitando la cripta de la sociedad.

Gracias á sus ramificaciones y á la red subyacente de sus relaciones, Babet, Gueulemer, Claquesous y Montparnasse, tenían la empresa general de las acechanzas del departamento del Sena. Los inventores de ideas en este género, los hombres de imaginación tenebrosa se dirigían á ellos para la ejecución. Se daba á estos cuatro bribones el argumento, y ellos se encargaban de la representación. Trabajaban en el mismo escenario. Siempre se hallaban en situación de proporcionar un personal adecuado y conveniente para todos los atentados que necesitasen ayuda, y fuesen suficientemente lucrativos. Cuando un crimen tenía necesidad de brazos se subarrendaban cómplices. Tenían una compañía de actores de tinieblas á disposición de todas las tragedias de caverna.

Reuníanse generalmente al caer la noche, hora de su despertar, en los alrededores de la Salpetrière, y allí conferenciaban. Tenían ante sí doce horas negras y las distribuían.

Patrón Minette, tal era el nombre que en la circulación subterránea se daba á la asociación de aquellos cuatro hombres. En el antiguo lenguaje popular fantástico, que va borrándose diariamente, Patrón[Pg 11] Minette, en francés, significa la madrugada, lo mismo que entre perro y lobo significa el anochecer. Este apelativo, Patrón Minette, procedía probablemente de la hora en que concluían su trabajo, pues que el alba es la hora en que se desvanecen los fantasmas y se separan los bandidos. Bajo esa razón social, pues, eran conocidos aquellos cuatro hombres. Cuando el presidente del tribunal de los jurados visitó á Lacenaire en la cárcel, le habló de una fechoría que éste negaba: ¿Quién ha hecho esto? le preguntó; Lacenaire dió esta respuesta enigmática para el magistrado, pero clara para la policía: Tal vez haya sido Patrón-Minette.

Á veces se adivina toda una obra dramática con sólo la enunciación de los personajes; lo mismo casi se puede apreciar una banda por la lista de los bandidos. Véase, puesto que esos nombres sobrenadan en las memorias especiales, á qué apelativos respondían los principales afiliados de Patrón Minette.

Panchaud (a) Primaveral, (a) Bigornia.

Brujón, (había toda una dinastía de Brujones de la cual no renunciamos á decir algo).

Boulatruelle, el caminero que ya conocemos.

Laveuve (La viuda).

Finisterre.

Homero-Hogu, negro.

Mardisior (Malanoche).

Dépêche (Estafeta).

Fauntleroy (a) la Ramilletera.

Glorieux, presidiario cumplido.

Barrecarrosse (Tentecoches) (a) Dupont (señor Delpuente).

La explanada del Sur.

Poussagrive (Lanzatordos).

Carmagnolet (Carmañoleto).

Kruideniers (a) Bizarro.

Mangedentelle (Tragaencaje).

Les-pieds-en-l'air (Volatinero).

Demi liand (Medio ochavo) (a) Millonario.

Etc., etc.

Omitimos otros, y no de los peores. Estos nombres tienen rostros. No expresan solamente seres, sino especies. Cada uno de estos nombres corresponde á una variedad de esos deformes hongos de las capas inferiores de la civilización.

Aquellos seres, poco pródigos de sus caras, no eran de ésos que se ven pasar por la calle.

De día, cansados de las noches terribles que pasaban, se iban á dormir, ya á los hornos de yeso, ya á las canteras abandonadas de Montmartre ó de Montrouge, y á veces á las alcantarillas. Se enterraban.

¿Qué ha sido de esos hombres? Existen siempre; siempre han existido. Horacio habla de ellos: Ambubaiarum collegia, pharmacopolæ, mendici, mimæ; y mientras sea la sociedad[Pg 12] lo que es, serán ellos lo que son. Bajo el obscuro techo de su cueva renacen continuamente de las filtraciones sociales. Reaparecen como espectros, siempre idénticos; solamente que no llevan los mismos nombres, ni se cubren con las mismas pieles.

Extirpados los individuos, subsiste la tribu.

Tienen siempre las mismas facultades. Del truhán al vago, la raza se mantiene pura. Adivinan el dinero en los bolsillos, y huelen los relojes en los chalecos. El oro y la plata tienen para ellos olor. Hay burgueses sencillos de quienes puede decirse que están predestinados á ser robados. Estos hombres siguen pacientemente á esos burgueses. Al paso de un extranjero ó de un provinciano se estremecen como arañas.

Estos hombres, cuando hacia la media noche en algún boulevard desierto se les descubre ó se los ve, son espantosos. No parecen hombres, sino formas hechas de bruma viviente. Diríase que generalmente constituyen cuerpo con las tinieblas, que no se distinguen de éstas, que no tienen más alma que la sombra, y que sólo momentáneamente, y para vivir por espacio de algunos minutos con una vida monstruosa, se han desprendido de la noche.

¿Qué es menester para desvanecer esas larvas? Luz, luz á torrentes.

No hay murciélago que resista el alba.

Iluminad la sociedad en su parte baja.

[Pg 13]

LIBRO OCTAVO
EL MAL POBRE

I
Buscando Mario una joven con sombrero, encuentra un hombre con gorra

Pasóse el verano y después el otoño, y llegó el invierno. Ni el señor Leblanc ni la joven habían vuelto á poner los pies en el Luxemburgo. Mario no tenía más que un pensamiento, volver á ver aquel dulce y adorable rostro; buscábale sin cesar; buscábale en todas partes, pero no lo encontraba nunca. No era ya Mario el soñador entusiasta, el hombre resuelto, ardiente y firme, el audaz provocador del destino, el cerebro amontonaba porvenir sobre porvenir, con la imaginación llena de planes, de proyectos, de vanidades, de ideas y de voluntades: era un perro perdido. Cayó en una negra tristeza; todo había concluido. El trabajo le repugnaba, el paseo le cansaba, la soledad le aburría; la vasta naturaleza, tan llena para él en otro tiempo de formas, de irradiaciones, de voces, de consejos, de perspectivas, de horizontes y de enseñanzas, se presentaba ahora vacía ante sus ojos. Se le figuraba que todo había desaparecido.

Continuaba pensando, porque no podía hacer otra cosa; pero ya no se complacía en sus pensamientos; y á todo lo que estos le proponían en voz baja, respondía él en la sombra: ¿Con qué objeto?

Hacíase á sí mismo frecuentes reproches. ¿Por qué la he seguido? ¡Yo era tan feliz con solo verla! Me miraba; ¿y no era esto ya una dicha inmensa? Parecía que me amaba. ¿No era esto todo? ¿Y qué es lo que he querido tener? No hay nada después de eso. He cometido un absurdo. Ahí está mi error etc., etc. Courfeyrac, á quien nada confiaba, porque así era su carácter, pero que adivinaba algo en todo, por ser éste también su carácter, había empezado felicitándole por su amor, pero asombrándose por otra parte. Viendo después á Mario sumergido en aquella melancolía, había concluido por decirle:—Veo que has sido simplemente un animal. Anda, vente al baile de la Chaumière.

Una vez, confiando en un hermoso sol de septiembre, Mario se había dejado llevar al baile de Sceaux por Courfeyrac, Bossuet y Grantaire, creyendo, ¡qué ilusión! que tal vez la encontraría allí. Como era de esperar, no encontró á quien buscaba. Y sin embargo, aquí se encuentran todas las mujeres perdidas, murmuraba Grantaire para sí. Mario dejó á sus amigos en el baile, y se volvió á pie, solo, postrado, febril, con los ojos turbados y tristes, fijos en la noche, aturdido por el ruido y el polvo levantado por los alegres carruajes llenos de bulliciosos cantantes que volvían de la fiesta, y pasaban á su lado, mientras él, desalentado, aspiraba para refrescar la cabeza, el acre olor de los nogales del camino.

Dedicóse entonces á vivir más y más solitario, abatido, entregado solo á su angustia interior, dando vueltas en torno de su dolor como el lobo en la trampa, buscando en todas partes el ser ausente, embrutecido de amor.

Otra vez tuvo un encuentro que le produjo un efecto singular. Se había tropezado en las callejuelas próximas al boulevard de los Inválidos, con un hombre vestido como un obrero que llevaba encasquetada una gorra de gran visera, dejando salir algunos mechones de cabellos blanquísimos. Mario fué sorprendido por la belleza de aquellos cabellos blancos, y examinó á aquel hombre que andaba á paso lento, y como absorto en alguna meditación dolorosa; y ¡cosa extraña! creyó reconocer en él al señor Leblanc; eran sus mismos cabellos, su mismo perfil, en toda la parte que dejaba la gorra al descubierto; y el mismo aspecto, solamente más triste. Pero, ¿por qué aquel traje de obrero? ¿Qué quería aquello decir? ¿Qué significaba semejante disfraz? Mario se quedó absorto. Cuando volvió en sí, su primer movimiento fué seguir á aquel hombre; ¿quién sabe si había dado con el rastro de lo que buscaba? En todo caso, era preciso ver al hombre más de cerca y aclarar aquel enigma. Pero esta idea se le ocurrió ya demasiado tarde; el hombre había desaparecido.

Sin duda se había metido por alguna de las calles laterales, y no pudo alcanzarle. Este encuentro le preocupó algunos días, hasta que se desvaneció.

Después de todo, se decía, no pasará de ser una semejanza.

[Pg 14]

II
Hallazgo

Mario no había dejado de vivir en la casucha de Cuervo, donde no hacía caso de nadie.

En aquella época no había ya en dicha casa otros vecinos que él y aquellos Jondrette por quienes había pagado una vez el alquiler, sin haber nunca hablado al padre, á la madre ni á las hijas. Los demás inquilinos se habían mudado, habían muerto ó habían sido echados por malos pagadores.

Un día de aquel invierno había aparecido el sol poco después del medio día; pero era el dos de febrero, es decir, el día de la Candelaria, en que el traicionero sol, precursor de un frío de seis semanas, inspiró á Mateo Laensberg estos dos versos, que se han hecho justamente clásicos:

Que brille el sol ó que llueva,
se vuelve el oso á la cueva.

Mario acababa de salir de la suya; caía la noche. Era la hora de ir á comer, porque había tenido necesidad de volver á comer como antes. ¡Oh debilidad de las pasiones ideales!

Acababa de pasar el umbral de su puerta, que estaba barriendo la tía Bougón, mientras murmuraba este memorable monólogo:

—¿Qué es lo que está ahora barato? Todo está caro. No hay nada barato sino las penas. ¡Esto sí que se da de balde! ¡penas del mundo!

Mario subía lentamente por el boulevard hacia la barrera en dirección á la calle de Santiago. Iba pensativo y cabizbajo.

De repente recibió un empujón entre la bruma; volvióse, y vió dos muchachas andrajosas, alta y delgada la una, y la otra algo más baja, que pasaban rápidamente desalentadas, asustadas y en ademán de huir. Iban en dirección contraria; no le habían visto, y le habían topado al pasar. Mario distinguió entre el crepúsculo sus figuras lívidas, sus cabezas despeinadas, sus cabellos esparcidos, sus[Pg 15] horribles gorras, sus sayas andrajosas y sus pies descalzos. La mayor decía en voz baja:

—Los corchetes han venido; por poco me pinzan.

La otra respondió:

—Yo los vi; pero les he chasqueado, chasqueado, chasqueado.

Mario comprendió, al través de esta conversación siniestra, que los gendarmes ó los agentes de policía habían tratado de prender á estas dos muchachas, y ellas se habían escapado.

Metiéronse por entre los árboles del boulevard, á espaldas de él, dibujando por algún tiempo entre la obscuridad una sombra blanquecina que se iba desvaneciendo.

Mario se detuvo un momento.

Iba ya á continuar su camino, cuando vió en el suelo á sus pies un paquetito; se bajó y lo cogió. Era una especie de envoltorio, y parecía contener papeles.

—¡Bueno,—dijo;—se les habrá caído á esas infelices!

Volvió atrás, llamó, pero no las encontró. Creyó que estarían ya lejos; se metió el paquete en el bolsillo y se fué á comer.

Siguiendo su camino, vió en un lado de la calle Mouffetard un ataúd de niño, cubierto con un paño negro, colocado sobre tres sillas y alumbrado por una vela. Las dos muchachas que había visto en el crepúsculo reaparecieron en su imaginación.

—¡Pobres madres!—pensó.—Hay todavía una cosa más triste que ver morir á los hijos, y es verlos entregados á mala vida.

Después, estas sombras que distraían su tristeza, abandonaron su pensamiento y cayó en sus habituales meditaciones. Volvió á pensar en aquellos seis meses de amor y de felicidad que había pasado al aire libre y en plena luz, bajo los hermosos árboles del Luxemburgo.

—¡Qué sombría se ha hecho mi existencia!—decía.—Las muchachas se me aparecen siempre. Pero antes eran ángeles, y ahora son abismos.

[Pg 16]

III
Cuatro personajes

Por la noche, cuando se desnudaba para acostarse, encontró en el bolsillo de la levita el paquete que había recogido en el boulevard. Ya no se acordaba. Creyó que sería útil abrirle, ya porque tal vez el paquete podía contener las señas del domicilio de aquellas muchachas, si en realidad les pertenecía; ó en otro caso, los indicios necesarios para restituirselo á la persona que lo había perdido.

Abrió el paquete.

No estaba pegado, y contenía cuatro cartas igualmente abiertas.

Todas tenían dirección.

Las cuatro despedían un olor de tabaco que apestaba.

La primera iba dirigida:

Á la señora marquesa de Grucheray, plaza frontera á la Cámara de Diputados. núm...

Mario se dijo que encontraría probablemente en ella las indicaciones que buscaba, y que además, no estando cerrada la carta, parecíale que podía ser leída sin inconveniente.

Estaba concebida en estos términos:

«Señora marquesa:

«La virtud de la clemencia y de la piedad es la que une más estrechamente la sociedad. Abrid paso á vuestros sentimientos cristianos, y dirigid una mirada de compasión á este desgraciado español, víctima de la lealtad y fidelidad á la causa sagrada de la legitimidad, que ha sellado con su sangre; la cual ha consagrado su fortuna, todo por defender esta causa, y hoy se encuentra en la mayor pobreza. No duda que vuestra honorable persona le concederá un socorro para conservar una existencia extremadamente penosa para un militar de educación y de honor, cubierto de heridas; cuenta de antemano con la humanidad que os anima, y con el interés que la señora marquesa tiene por una nación tan desdichada. Su súplica no será vana, y su agradecimiento conservará vuestro encantador recuerdo.

«Tengo el honor de ofrecer mis sentimientos respetuosos, y ser, señora,

«Don Álvarez, capitán español de caballería,
realista refugiado en Francia, de camino
para su patria, y carece de recursos para
proseguir su viaje».

No se incluía dirección alguna al pie de la firma.

Mario esperó encontrar las señas en la segunda carta, cuyo sobre decía:

Á la señora condesa de Montvernet, calle Cassette, núm. 9.

He aquí lo que en ella leyó Mario:

«Señora condesa:

«Os escribe, señora, una desgraciada madre de familia con seis hijos, el menor de los cuales sólo tiene ocho meses. Yo, enferma desde mi último parto, abandonada de por mi marido desde hace cinco meses, no teniendo ningún recurso en el mundo, en la más horrorosa indigencia.

«Esperando en la señora condesa, tiene el honor de ser, señora, con profundo respeto,

F. de Balizard».

Mario pasó á la tercera carta, que era, como las precedentes, una petición. Decía así:

«Señor Pabourgeot, elector, comerciante en gorras al por mayor, calle San Dionisio, esquina á la de los Hierros:

«Me tomo la libertad de dirigiros esta carta para rogaros me concedáis el favor precioso de vuestras simpatías, y de interesaros por un literato que ha presentado un drama al Teatro Francés.

«El argumento es histórico, y la acción pasa en Auvernia, [Pg 17]en tiempo del Imperio; creo que el estilo es natural, lacónico y puede tener algún mérito. Contiene algunos versos cantables en cuatro escenas distintas. Lo cómico, lo serio y lo imprevisto se mezclan en él con la variedad de los caracteres, y con un tinte de romanticismo esparcido ligeramente en toda la intriga, que marcha misteriosamente, caminando de peripecia en peripecia á un estrepitoso desenlace lleno de efectos.

«Mi fin principal es satisfacer el deseo que anima progresivamente al hombre de nuestro siglo, es decir, á la moda; esa caprichosa y extraña veleta que cambia casi á cada viento nuevo.

«Á pesar de estas cualidades, tengo mis temores de que la envidia y el egoísmo de los autores privilegiados consiga mi exclusión del teatro, porque no ignoro las amarguras que se hacen beber á los autores noveles.

«Señor Pabourgeot, vuestra justa reputación, como protector ilustrado de los que se dedican á las letras, me anima á mandaros mi hija, que os expondrá nuestra situación indigente, sin pan, sin lumbre, en esta estación de invierno. Deciros que os ruego admitáis la dedicatoria que deseo haceros de mi drama y de todos los que haga, es probaros cuánto ambiciono la honra de colocarme bajo vuestra égida, y engalanar mis escritos con vuestro nombre. Si os dignáis honrarme con la más modesta ofrenda, me ocuparé pronto en hacer una loa en verso para pagaros mi tributo de reconocimiento. Esta loa, que trataré de hacer tan perfecta como me sea posible, os la enviaré antes de insertarse al principio del drama y de recitarse en la escena.

«Al señor y señora de Pabourgeot, mis homenajes más respetuosos,

«Genflot, literato.

«P. S. Aunque no sean más que cuarenta sueldos.

«Perdonad que os envíe mi hija, y que no me presente yo mismo; pero tristes razones de tocador no me permiten ¡ay de mí! salir de casa...».

Mario abrió por fin la cuarta carta. El sobre era éste: Al señor bienhechor de la iglesia de Santiago de Haut-Pas. Contenía las siguientes líneas:

«Hombre bienhechor:

«Si os dignáis acompañar á mi hija, veréis una calamidad miserable, y os enseñaré mis certificados.

«Á la vista de estos documentos, vuestra alma generosa se conmoverá con un sentimiento de sensible benevolencia, porque los verdaderos filósofos experimentan siempre vivas emociones.

«Convenid, hombre compasivo, en que es preciso experimentar la necesidad más cruel, y que es dolorosísimo para[Pg 18] alcanzar algún consuelo atestiguarlo con la autoridad, como si uno no fuese libre para padecer ó para morir de inanición, esperando que sea socorrida nuestra miseria. El destino es harto fatal para unos, y demasiado pródigo para otros.

«Espero vuestra visita ó vuestro socorro, si os dignáis darle, y os ruego que recibáis los sentimientos respetuosos con que se honra de ser, hombre verdaderamente magnánimo, vuestro muy humilde y muy obediente servidor,

«P. Fabantou, artista dramático».

Después de haber leído estas cuatro cartas, no se encontró Mario mucho más enterado que antes. En primer lugar, ningún firmante ponía su dirección.

Y luego, parecían provenir de cuatro individuos diferentes: el capitán Álvarez, la mujer de Balizard, el poeta Genflot, y el artista dramático Fabantou; pero tenían la particularidad de estar escritas por la misma mano.

¿Qué se podía deducir de ello sino que procedían todas de la misma persona?

Por otra parte, y esto hacía más verosímil esta sospecha, las cuatro tenían el mismo papel grueso y amarillento, las cuatro olían igualmente á tabaco; y aun cuando se había tratado evidentemente de variar el estilo, las mismas faltas de ortografía se repetían con tranquilidad profunda, y el literato Genflot no las cometía menores que el capitán español.

Esforzarse en adivinar este pequeño misterio, era trabajo inútil. Si no hubiese sido un hallazgo, habría parecido una burla, y Mario estaba demasiado triste para recibir bien una broma de la casualidad y para prestarse al juego que parecía quería entablar con él el empedrado de la calle. Creía que estaba jugando á la gallina ciega entre las cuatro cartas que se burlaban de él.

Nada indicaba, por otro lado, que estas cartas perteneciesen á las muchachas que Mario se había encontrado en el boulevard. Además, eran evidentemente papelotes sin valor alguno.

Mario las volvió á meter otra vez en su cubierta, las tiró á un rincón, y se acostó.

Á eso de las siete de la mañana del día siguiente, cuando acababa de levantarse y desayunarse é iba á ponerse á trabajar, oyó llamar suavemente á la puerta.

Como nada tenía, nunca quitaba la llave de la cerradura, sino muy raras veces, cuando estaba ocupado en algún trabajo que corría prisa. Aun cuando salía, se dejaba la llave siempre en la puerta.—Mirad que os robarán,—le decía la tía Bougón.—¿Qué?—preguntaba Mario.

Sin embargo, es lo cierto que le robaron un día un par de botas viejas, con gran satisfacción de la previsora tía Bougón.

Oyóse un segundo golpe tan suave como el primero.

—Adelante,—dijo Mario.

Abrióse la puerta.

—¿Qué se os ofrece, señora Bougón?—dijo Mario sin levantar los ojos de los libros y manuscritos que tenía encima de la mesa.

Una voz, que no era la de la tía Bougón, respondió:

—Perdonad, caballero...

Era una voz sorda, cascada, ahogada, áspera; una voz de viejo enronquecida por el aguardiente.

Mario volvió inmediatamente la cabeza, y vió á una joven.

[Pg 19]

IV
Una rosa en la miseria

Una muchacha estaba en pie en el hueco que dejaba la puerta entreabierta. La claraboya del desván por donde entraba la luz venía precisamente enfrente de la puerta, é iluminaba aquel rostro con un resplandor vago. Era una criatura pálida, miserable y descarnada; no llevaba más que una mala camisa y una peor saya sobre su temblorosa y helada desnudez. Llevaba por cinturón un bramante; otro le servía para sujetar el pelo; los hombros puntiagudos, saliéndose de la camisa; una palidez rubia y linfática, clavículas terrosas, manos amoratadas, boca entreabierta y desfigurada, con algunos dientes de menos; ojos mates, atrevidos y bajos, las formas abortadas de una joven, y la mirada de una vieja corrompida; cincuenta años mezclados con quince; uno de esos seres que son á la vez débiles y horribles, y que estremecen á quien no hacen llorar.

Mario se había levantado, y contemplaba con cierto estupor á aquel ser, casi semejante á las formas de la visión que atraviesa la fantasía en los sueños.

Lo que era sobre todo doloroso, es que aquella muchacha no había venido al mundo para ser fea. En su primera infancia debió haber sido bonita. La gracia de la edad luchaba todavía contra la horrible y prematura vejez de la disolución y de la pobreza. Un resto de hermosura moría en aquel rostro de diez y seis años, como ese pálido sol que se apaga entre tenebrosas nubes durante el alba de un día de invierno.

Aquella cara no era del todo desconocida á Mario. Creía recordar haberla visto en alguna parte.

—¿Qué queréis, joven?—le preguntó.

La muchacha contestó con su voz de presidiario borracho:

—Traigo una carta para vos, señor Mario.

Llamaba á Mario por su nombre; él no podía dudar que era á él á quien se dirigía; pero ¿quién era aquella muchacha? ¿Cómo sabía su nombre?

Sin aguardar que le dijese que pasara adelante, se entró ella en la habitación. Entró resueltamente, mirando con cierta especie de seguridad, que oprimía el corazón, todo el cuarto y la deshecha cama. Iba descalza. Grandes jirones en su vestido dejaban ver sus prolongadas piernas y flacas rodillas.

Estaba tiritando.

Tenía efectivamente en la mano una carta, que presentó á Mario.

[Pg 20]

ilobp21
—Traigo una carta para vos, señor Mario,—contestó la joven con voz de presidiario borracho

[Pg 21]

Mario, al abrir esta carta, observó que la oblea grande y enorme estaba húmeda todavía. El mensaje no podía venir, por lo tanto, de muy lejos. Leyó:

«Mi amable y joven vecino:

«He sabido vuestras bondades para conmigo, que pagaste mi alquiler hace seis meses. Yo os bendigo, joven.

«Mi hija mayor os dirá que estamos sin un pedazo de pan, hace dos días, cuatro personas y mi esposa enferma.

«Si mi corazón no me engaña, creo deber esperar de la generosidad del vuestro que se humanizará á la vista de este espectáculo, y que le dominará el deseo de serme propicio, dignándoos prodigarme algún ligero socorro.

«Soy con la distinguida consideración que se debe á los bienhechores de la humanidad,

«JONDRETTE.

«P. D. Mi hija esperará vuestras órdenes, querido señor Mario».

Esta carta, en medio de la aventura nocturna que ocupaba la imaginación de Mario desde la noche anterior, era como una luz en una cueva. Todo quedó bruscamente aclarado.

Aquella carta venía de donde habían salido las otras cuatro. Era la misma letra, el mismo estilo, la misma ortografía, el mismo papel y el mismo olor á tabaco.

Había cinco misivas, cinco historias, cinco nombres, cinco firmas, y un solo firmante. El capitán español don Álvarez, la desgraciada señora de Balizard, el poeta dramático Genflot, el viejo cómico Fabantou, se llamaban todos cuatro Jondrette, si es que el mismo Jondrette se llamase Jondrette en realidad.

Hacía ya mucho tiempo que Mario vivía en la casucha; pero como ya hemos dicho, eran poquísimas y muy raras las ocasiones que había tenido de ver, ó más bien de entrever á su ínfima vecindad. Tenía la imaginación en otra parte, y donde está la imaginación está la mirada. Más de una vez había debido cruzarse con los Jondrette en el corredor ó en la escalera, pero no eran para él más que sombras; tan poco había reparado en ellos, que la víspera por la noche había tropezado en el boulevard, sin conocerlas, con las hijas de Jondrette, pues evidentemente eran ellas; y por cierto que, con gran trabajo, la que acababa de entrar en su cuarto había despertado en él, á través del disgusto y de la piedad, un vago recuerdo de haberla visto en otra parte.

Á la sazón lo estaba viendo claramente todo. Comprendía que su vecino Jondrette tenía por industria, en su miseria, explotar la caridad de las personas benéficas cuyas direcciones se proporcionaba; y que escribía bajo nombres supuestos á personas á quienes juzgaba ricas y caritativas, cartas que sus hijas llevaban de su cuenta y riesgo; porque aquel padre había llegado al extremo de aventurar á sus hijas; jugaba una partida con el destino, y sus hijas eran la apuesta. Mario comprendía que probablemente, á juzgar por su fuga de la víspera, por su precipitación, por su terror y por la jerga de sus palabras, aquellas desgraciadas desempeñaban además ciertos trabajos sombríos, y que de todo ello habían resultado en medio de la sociedad humana, tal como está montada, dos miserables seres, que no eran niñas doncellas, ni mujeres, sino esta especie de monstruos impuros é inocentes producidos por la miseria.

Tristes criaturas sin nombre, sin edad, sin sexo, para quienes no es ya posible el bien ni el mal; y que al salir de la infancia no poseen ya nada en este mundo, ni libertad, ni virtud, ni responsabilidad; almas abiertas ayer, marchitas hoy; semejantes á esas flores caídas en medio de la calle, manchadas por toda clase de lodo, mientras esperan la llegada de una rueda que las aplaste.

Sin embargo, mientras Mario fijaba en ella una mirada de asombro doloroso, la muchacha iba y venía por el cuarto con cierta audacia de espectro. Andaba y se movía sin cuidarse para nada de su desnudez. Á veces su camisa rota y desgarrada se le caía casi hasta la cintura. Movía las sillas, desarreglaba los objetos de tocador colocados sobre la cómoda, tocaba los vestidos de Mario, y andaba buscando lo que había por los rincones.

—¡Calla!—exclamó.—¡Tenéis un espejo!

Y como si estuviese sola tarareaba coplas de vaudeville, estribillos ligeros y picarescos, que su voz gutural y ronca volvía lúgubres.

Bajo aquel desenfado asomaba á veces cierto encogimiento, cierta inquietud y humillación. El descaro es una vergüenza.

Nada más triste que verla ir de un lado para otro, ó por mejor decir, revolotear por el cuarto con los movimientos de un pájaro que se asusta de la luz ó que tiene una ala rota. Comprendíase que con otras condiciones de educación y de fortuna, el aire alegre y libre de aquella muchacha habría podido resultar más dulce y simpática. Nunca entre los animales la criatura nacida para ser paloma se trueca en garduña. Esto no se ve más que entre los hombres.

Mario meditaba, y[Pg 22] la dejaba hacer.

Acercóse á la mesa.

—¡Ah!—exclamó.—¡Libros!

Y un rayo de luz cruzó sus vidriosos ojos.

Volvió á hablar, y en su acento manifestó el placer de poder envanecerse de algo, placer al cual no hay criatura que sea insensible:

—Yo también sé leer.

Y cogiendo vivamente el libro que estaba abierto sobre la mesa, leyó con bastante soltura:

«...El general Bauduin recibió la orden de apoderarse, con los cinco batallones de su brigada, del castillo de Hougomont, situado en medio de la llanura de Waterloo...».

Aquí se interrumpió diciendo:

—¡Ah! Waterloo. Yo sé algo de eso. Se trata de una batalla de otros tiempos. Mi padre estuvo en ella. Mi padre ha servido en el ejército. ¡Ah! Nosotros en casa somos muy bonapartistas. Fué contra los ingleses. ¡Waterloo!

Dejó el libro, cogió una pluma, y exclamó:

—¡Y también sé escribir!

Mojó la pluma en el tintero, y se volvió hacia Mario:

—¿Queréis verlo?—¡Yaya!—Voy á escribir una palabra para que veáis.

Y antes de que Mario hubiera tenido tiempo de contestar, escribió sobre un pedazo de papel blanco que había sobre la mesa: Los corchetes están ahí.

Luego, arrojando la pluma, añadió:

—No hay faltas de ortografía, podéis verlo. Mi hermana y yo hemos recibido educación. No siempre hemos sido lo que somos. No estábamos criadas para...

Aquí se paró; fijó su apagada pupila en Mario, y soltó la carcajada, diciendo con cierta entonación que contenía todas las angustias ahogadas por todos los cinismos:

—¡Bah!

Y se puso á cantar esta letra de un aire alegre:

Tengo gana, padre,
Y no hay pan ni sopa;
Tengo frío, madre,
Y no tengo ropa.
¡Tirita
Lolita!
¡Solloza
La moza!

Apenas hubo acabado la canción, exclamó:

—¿Vais alguna vez al teatro, señor Mario? Yo sí, voy. Tengo un hermanito que es amigo de los artistas, y algunas veces me da billetes. Pero no me gustan los bancos de galería. Se está allí incómodo, no se está bien. Hay á veces mucha gente, y otras veces hay gente que huele mal.

Luego contempló á Mario un momento, y tomando un aire particular dijo:

—¿Sabéis, señor Mario, que sois un guapo mozo?

Y al mismo tiempo se les ocurrió á ambos la misma idea, que hizo que ella sonriera y él se ruborizase.

Acercósele ella, y le puso una mano sobre el hombro, diciendo:

—Vos no habéis reparado en mí; pero yo os conozco, señor Mario. [Pg 23]Os suelo encontrar en la escalera, y os veo entrar algunas veces en casa de un tal Mabeuf, que vive hacia el barrio de Austerlitz, cuando paseo por allí. ¡Qué bien os sienta el pelo rizado!

Su voz procuraba ser dulce, pero no conseguía ser más que voz de bajo. Una parte de sus palabras se perdía en el trayecto de la laringe á los labios, como sobre un teclado donde faltan notas.

Mario se había retirado suavemente.

—Señorita,—dijo con su fría gravedad,—tengo un paquete que creo os pertenece. Permitidme que os lo devuelva.

Y le alargó el sobre que contenía las cuatro cartas.

Palmoteó ella de contenta, exclamando:

—¡Lo habíamos buscado por todas partes!

Después cogió vivamente el paquete, y lo desenvolvió, diciendo:

—¡Dios de Dios! ¡Pues apenas hemos buscado mi hermana y yo! ¿Sois vos quien os lo habéis encontrado? ¿En el boulevard, verdad? Se nos cayó cuando íbamos corriendo. La tonta de mi hermana es la que cometió tal torpeza. Al volver á casa nos hallamos sin él. Como no queríamos que nos pegasen, porque esto es inútil, dijimos que habíamos llevado las cartas, y que nos habían dicho:—¡No hay de qué!—¡Pobres cartas, aquí están! ¿Y en qué habéis conocido que eran mías? ¡Ah! Sí, en la letra. ¿Luego erais vos con quien tropezamos al pasar ayer noche? ¡No se veía nada, nada! Yo le pregunté á mi hermana: «¿Es algún caballero?», y ella me respondió:—«Sí, creo que es un señor».

Mientras hablaba había desplegado la súplica dirigida al señor benéfico de la iglesia de «Santiago de Haut-Pas».

—¡Calla!—dijo.—Ésta es para ese viejo que va á misa. Y ésta es la hora. Voy á llevársela. Tal vez nos dará algo con que desayunarnos.

Después se echó á reir, añadiendo:

—¿Sabéis de qué nos servirá el almuerzo de hoy, si es que almorzamos? Nos servirá para almuerzo de anteayer, para la comida de anteayer, para el almuerzo de ayer y para la comida de ayer. Y todo esto de una vez, hoy por la mañana. ¡Pardiez! Si no estáis contentos, reventad, perros.

Esto hizo recordar á Mario lo que aquella[Pg 24] desgraciada había ido á buscar á su casa.

Registró su chaleco, y no encontró nada.

La joven continuaba, y parecía hablar como si ignorase que Mario estuviese allí.

—Á veces salgo por la noche. Otras no vuelvo á casa. Antes de vivir aquí, el otro invierno, vivíamos bajo los arcos de los puentes. Nos estrechábamos unos contra otros para no helarnos. Mi hermanita lloraba. ¡Qué triste es el agua! Cuando pensaba en ahogarme, decía. «No, está muy fría». Salgo sola cuando quiero, y duermo á veces en los fosos. Por la noche, cuando voy por el boulevard, veo los árboles como horcas, veo las casas negras y abultadas como las torres de Notredame, me figuro que las paredes blancas son el río, y me digo: «¡Toma, ahí está el agua!». Las estrellas me parecen candilejas de iluminación; diríase que arrojan humo, y que el viento las apaga. Me siento aturdida, como si tuviera junto al oído caballos resoplando; aunque sea de noche, me parece oir organillos y telares, y que sé yo qué más. Creo que me tiran piedras, huyo sin saberlo; todo da vueltas, todo, todo. Cuando se está en ayunas, ¡qué cosas tan raras!

Y miraba á Mario con aire espantado.

Á fuerza de buscar y rebuscar en sus bolsillos, había acabado Mario por reunir cinco francos y diez y seis sueldos. Era todo cuanto en el mundo tenía. «Mi comida de hoy, pensó, hela aquí. Mañana Dios dirá». Y guardándose los diez y seis sueldos, dió los cinco francos á la muchacha.

Ésta tomó la moneda.

—¡Bueno!—exclamó.—¡Ya salió el sol!

Y como si el sol hubiera tenido la propiedad de fundir en su cerebro torrentes de jerga, prosiguió:

—¡Cinco francos! ¡brillante! ¡Un monarca! Sois un chabó de punta. Béseos los calcos. ¡Viva el rumbo! ¡Ríndoos mi palpitante! ¡Dos días de bureo! Llenaremos la coba; jamaremos de lo lindo con manró de lo blanco y peñascaró. ¡Viva el jaleo!

Recogió su camisa sobre sus hombros, hizo un profundo saludo á Mario, después una seña familiar con la mano, y se dirigió á la puerta diciendo:

—Buenos días, caballero. Lo mismo da. Voy á buscar á mi viejo.

Viendo, al pasar, sobre la cómoda una corteza de pan seco casi enmohecida con el polvo, lanzóse sobre ella y la mordió, murmurando:

—¡Caramba, si está duro! casi me va á romper los dientes.

Y se fué enseguida.

[Pg 25]

V
El ojo de la Providencia

Mario hacía cinco años que vivía en la pobreza, en la desnudez, en la indigencia; pero entonces advirtió que no había conocido aún la verdadera miseria. La verdadera miseria era la que acababa de ver. Era aquella larva que acababa de pasar ante sus ojos. Y en efecto, quien no ha visto más que la miseria del hombre, no ha visto nada. Es menester ver la miseria de la mujer. Y quien no ha visto más que la miseria de la mujer, no ha visto tampoco nada. Es menester ver la miseria de los niños.

Cuando el hombre ha llegado al último extremo, llega también á los últimos recursos. ¡Desgraciados de los seres sin defensa que le rodean! El trabajo, el salario, el pan, el fuego, el valor, la buena voluntad, todo le falta á la vez. La luz del día parece apagarse en el exterior, y la luz moral se apaga en el interior; en esta sombra, el hombre encuentra la debilidad de la mujer y la debilidad del niño, y las doblega ambas violentamente á la ignominia.

Entonces todos los horrores son posibles. La desesperación está cercada de frágiles barreras que lindan con el vicio ó con el crimen.

La salud, la juventud, el honor, las santas y esquivas delicadezas de la carne, nueva todavía; el corazón, la virginidad, el pudor, esa epidermis del alma, son siniestramente manoseados por ese tacto incierto que busca recursos, y que encuentra el oprobio y se acomoda. Padres, madres, hijos, hermanos, hermanas, hijas, se adhieren y se agregan, casi como una formación mineral, en esa brumosa promiscuidad de sexos, de parentescos, de edades, de infamias y de inocencias. Se agrupan, pegados los unos á los otros, en una especie de cavidad maldita. Allí se contemplan tristemente. ¡Oh, desgraciados! ¡Qué pálidos están! ¡Qué frío tienen! ¡Parece que se encuentran en un planeta mucho más lejano, que el nuestro, del sol!

Aquella muchacha fué para Mario una especie de mensajera de las tinieblas.

Le reveló todo un lado espantoso de la noche.

Mario se reprochó casi por los sueños de delirio y pasión que le habían impedido hasta aquel día dirigir una mirada á sus vecinos. Haberles pagado su alquiler había sido un impulso maquinal; todo el mundo podía sentir aquel impulso de pura lástima sin conciencia del bien; pero Mario debía haber hecho algo más. ¡Cómo! Le separaba solamente un tabique de aquellos seres abandonados, que vivían á tientas en medio de la noche, fuera del resto de los vivientes; codeábase con ellos; era en cierto modo el último eslabón del género humano que ellos tocaban; los había oído vivir, ó más bien suspirar al lado suyo, ¡y no había fijado su atención en ellos! Todos los días, á cada instante, al través de la pared los oía andar, ir, venir, hablar, ¡sin parar mientes! Cuando en sus palabras había gemidos ¡que tampoco escuchaba! Su pensamiento estaba en otra parte, soñando, ocupado en visiones imposibles, en amores al aire, en locuras; y sin embargo, criaturas humanas, sus hermanos en Jesucristo, sus hermanos del pueblo agonizaban á su lado, ¡agonizaban inútilmente! Él tenía parte en su desgracia y la agravaba. Porque si hubiesen tenido otro vecino, un vecino menos entregado á quimeras y más atento, un hombre cualquiera pero caritativo, evidentemente su indigencia hubiera sido notada, sus señales de angustia hubieran sido vistas, y haría ya largo tiempo tal vez que estarían recogidos y salvados.

Parecían, sin duda, muy depravados, muy corrompidos, muy envilecidos, hasta muy odiosos; ¡pero son tan raros los que han caído y no se han degradado! Por otra parte, hay un punto en que los infortunios y las infamias se confunden y mezclan en una sola palabra, palabra fatal: los miserables; ¿de quién es la culpa? Y luego, ¿no es cuando la caída es más profunda, que la caridad debe ser mayor?

Haciéndose estas reflexiones, que eran lecciones de moral, porque había momentos en que Mario, como todos los corazones verdaderamente honrados, se erigía en su propio mentor y se reprendía más de lo que merecía, contemplaba la pared que le separaba de los Jondrette, y hubiera querido hacer pasar al través de aquel tabique su mirada compasiva, para con ella reanimar á aquellos desgraciados.

La pared estaba formada por una pequeña capa de yeso, sostenida por listones y traviesas, que, como acabamos de decir, dejaba distinguir perfectamente el ruido de las palabras y de las voces. Era preciso ser el soñador Mario para no haberlo notado todavía. No había pegado [Pg 26] papel ninguno en la pared, ni por el lado de los Jondrette, ni por el de Mario; manifestábase completamente al descubierto la grosera construcción.

Mario, sin saber casi lo que se hacía, examinaba la pared; algunas veces la meditación examina, observa y escudriña como lo haría el pensamiento. De pronto se levantó; acababa de notar hacia lo alto, frente al techo, un agujero triangular, resultado de tres listones que dejaban un hueco entre sí. Faltaba la masa que debía llenar aquel hueco, y subiéndose sobre la cómoda, podía ver por aquel agujero el interior del desván de los Jondrette. La conmiseración tiene y debe tener su curiosidad. Aquel agujero formaba una especie de trampilla. No está prohibido mirar á traición al infortunio para socorrerle.

—Veamos, pues, lo que son esas gentes,—pensó Mario,—y lo que hacen.

Encaramóse en la cómoda, aproximó la vista á la abertura, y miró.

[Pg 27]

VI
El hombre embrutecido, en su madriguera

Las ciudades, como los bosques, tienen sus antros, donde se recoge todo lo que ellos encierran de más malo y temible. Solamente que en las ciudades lo que se oculta de tal manera es feroz, inmundo y pequeño, es decir, feo; y en las selvas, lo que se oculta es feroz, salvaje y grande, es decir, bello. Madrigueras por madrigueras, son preferibles las de las fieras á las de los hombres. Las cavernas valen más que los desvanes.

Lo que Mario veía era un desván.

Mario era pobre, y su cuarto carecía de todo; pero así como su pobreza era noble, era limpia su buhardilla.

El tugurio en que se hundía su mirada en aquel momento era abyecto, sucio, fétido, infecto, tenebroso y sórdido. Por todo mueblaje, una silla de paja, una mesa coja, algunos cacharros viejos, y en dos rincones dos miserables é indescriptibles lechos. Por toda luz, una ventanilla de un pie en cuadro con cuatro vidrios, adornada de telas de araña. Por este agujero entraba la luz suficiente para hacer que una cara de hombre pareciese la de un fantasma. Las paredes tenían un aspecto roñoso, y estaban cubiertas de costurones y cicatrices, como un rostro desfigurado por alguna enfermedad horrible. Destilaba á través de ellas cierta humedad legañosa, y se veían dibujos obscenos, groseramente trazados con carbón.

El cuarto que Mario ocupaba estaba embaldosado de ladrillos ya destrozados; pero aquél no estaba ni embaldosado, ni enyesado: se andaba por cima de la primera trabazón de fábrica, ennegrecida por el roce de los pies. Sobre este suelo desigual, donde el polvo parecía como incrustado, y que sólo tenía una virginidad, la de la escoba, se agrupaban caprichosamente constelaciones de calcetines viejos, de zapatillas y andrajos repugnantes. Por lo demás, aquel cuarto tenía una chimenea; así es que su alquiler subía á cuarenta francos anuales. De todo había en aquella chimenea: una estufilla, una marmita, tablas rotas, trapos colgados en clavos, la jaula de un pájaro, ceniza y hasta un poco de lumbre.

Dos miserables tizones humeaban tristemente.

Una cosa aumentaba el horror de aquel desván, y era el ser grande.

Tenía salidas, rincones, cavidades obscuras, camaranchones, bahías y promontorios.

Allí se veían horribles rincones insondables, donde parecía que debían encastillarse las arañas gordas como puños, correderas largas como el pie, y quién sabe si tal vez algunos seres humanos monstruosos.

Una de las tarimas que servían de lecho estaba cerca de la puerta, y la otra junto á la ventana. Ambas camas tocaban por uno de sus extremos á la chimenea, viniendo frente á Mario. En un ángulo, próximo á la abertura por donde miraba Mario, colgaba de la pared, en un cuadro de madera negra, una estampa iluminada con un gran letrero abajo, que decía: EL SUEÑO. Representaba una mujer dormida y un niño dormido, éste en el regazo de la madre; un águila en una nube con una corona en el pico, y la mujer apartando la corona de la cabeza del niño, por supuesto, sin despertarse; en el fondo, Napoleón en una gloria, apoyándose en una columna de azul obscuro, con un capitel amarillo, adornado con esta inscripción:

MARENGO
AUSTERLITZ
JENA
WAGRAMM
ELOT

Por debajo de este cuadro había colocado en el suelo, apoyando en plano inclinado contra la [Pg 28]pared, una especie de tablero de madera más largo que ancho. Tenía esto el aire de un cuadro vuelto del revés, de un bastidor probablemente pintarrajeado por el lado opuesto lado, de algún marco descolgado de la pared y olvidado allí, esperando que lo volvieran á colgar.

Cerca de la mesa, sobre la cual distinguía Mario pluma, tinta y papel, estaba sentado un hombre de sesenta años aproximadamente, pequeño, flaco, lívido, huraño, de aire sagaz, cruel é inquieto; un bribón redomado.

Si Lavater hubiera examinado aquel rostro, habría hallado en él al buitre mezclado con el fiscal, al ave de rapiña y el curial agregándose mutuamente su propia fealdad, y completándose el uno con el otro, el hombre de curia haciendo innoble al ave de rapiña, el ave de rapiña haciendo horrible al curial.

Aquel hombre tenía una larga barba gris. Estaba vestido con una camisa de mujer, que dejaba ver su pecho velludo y sus brazos desnudos, erizados de pelos grises. Bajo la camisa se veía un pantalón lleno de barro hasta las corvas y unas botas agujereadas, por las cuales asomaban los dedos de los pies.

Tenía una pipa en la boca, y fumaba. En aquella vivienda ya no había pan, pero había tabaco todavía.

Escribía, probablemente alguna carta como las que Mario había leído.

En un ángulo de la mesa se divisaba un tomo viejo, rojizo, descabalado, y cuyo tamaño, que era el antiguo dozavo de los gabinetes de lectura, revelaba ser una novela. En la cubierta campeaba este título, impreso en grandes letras: DIOS, EL REY, EL HONOR Y LAS DAMAS, por Ducray Duminil. 1814.

Mientras iba escribiendo, el hombre hablaba en voz alta, y Mario le oyó estas palabras:

—¡Decir que ni en la muerte hay igualdad! ¡Véase si no el cementerio del Padre Lachaise! Los grandes, los que son ricos, están en lo alto, en la alameda de las acacias, que está empedrada. Se puede llegar allí en carruaje. Á los pequeños, á la gente pobre, ¡vamos! todos los infelices, los ponen abajo, donde hay barro hasta las rodillas, en las charcas, en la humedad. ¡Los meten allí para que se descompongan más presto! No se puede ir á verlos sin hundirse en la tierra...

Detúvose aquí, pegó un puñetazo sobre la mesa, y añadió rechinando los dientes:

—¡Oh! ¡Me comería el mundo!

Una mujer gruesa, que lo mismo podía tener cuarenta años que ciento, estaba acurrucada cerca de la chimenea sobre sus talones[Pg 29] desnudos.

Tampoco ella tenía más traje que una camisa y un refajo de punto, remendado con pedazos de paño viejo. Un delantal de tela muy grosera ocultaba la mitad del refajo. Aunque aquella mujer estaba doblada y recogida en sí misma, se conocía que era de elevada estatura. Parecía una especie de gigante al lado de su marido. Tenía ásperos cabellos rubios entre rojos y canos, que removía de cuando en cuando con sus enormes y relucientes manos de aplastadas uñas.

Á su lado estaba, en el suelo, abierto por completo, un tomo del tamaño del otro, y probablemente de la misma novela.

En una de las camas, Mario entreveía una especie de chica larguirucha, sentada, casi desnuda, con los pies colgando, pareciendo por su aire, que ni escuchaba, ni veía, ni vivía.

Era, sin duda, la hermana menor de la que había estado en su cuarto. Parecía tener de once á doce años. Pero, examinándola con atención, se veía que tenía muy bien catorce. Era la muchacha que la víspera por la noche iba diciendo en la alameda: «Les he chasqueado, chasqueado, chasqueado».

Pertenecía á esa especie enfermiza que permanece atrasada largo tiempo, y crece luego casi de repente. La indigencia es la que produce estas tristes plantas humanas. Semejantes criaturas no tienen infancia ni adolescencia. Á los quince años aparentan doce; á los diez y seis, veinte. Hoy niña, mañana mujer. Diríase que traspasan de un brinco la vida para concluir más pronto.

En aquel momento, aquel ser tenía el aire de niña.

Nada revelaba en aquella habitación la presencia de ningún trabajo; ni bastidor, ni rueca, ni instrumento de labor. En un rincón había algunos objetos de hierro de aspecto dudoso. Era aquello la triste y sombría pereza que sigue á la desesperación, y precede á la agonía.

Mario contempló por algún tiempo aquel interior fúnebre, más espantoso que el interior de una tumba, porque allí se sentía remover el alma humana, y palpitar la vida.

El desván, la cueva ó la fosa, donde ciertos indigentes se arrastran en lo más bajo del edificio social, no llega á ser del todo sepulcro, es su antesala; pero como esos ricos que adornan con sus mayores magnificencias la entrada de sus palacios, parece que la muerte que está al lado ostenta sus más grandes miserias en ese vestíbulo.

El hombre se había callado, la mujer no hablaba, la muchacha parecía que ni respiraba.

Oíase el roce de la pluma sobre el papel.

El hombre masculló sin dejar de escribir:

—¡Canalla, canalla; todo es canalla!

Este variante al epifonema de Salomón, arrancó un suspiro á la mujer, que le dijo:

—Cálmate, amiguito, cálmate. No te pongas malo, querido. Eres demasiado bueno escribiendo[Pg 30] á todas esas gentes, esposo mío.

Con la miseria los cuerpos se contraen y estrechan mutuamente, como con el frío; pero los corazones se alejan. Aquella mujer, según todas las apariencias, había amado á aquel hombre con toda la cantidad de amor que hubiere en ella; pero probablemente, con las reconvenciones cotidianas y recíprocas de una espantosa miseria que pesaba sobre todo el grupo, aquel cariño se había extinguido. No había ya en ella para su marido más que las cenizas de una afección. Sin embargo, los apelativos cariñosos, como sucede frecuentemente, habían sobrevivido.

Le llamaba querido, amiguito, esposo mío, etc., con la boca, pero el corazón permanecía mudo.

El hombre se había puesto á escribir nuevamente.

[Pg 31]

VII
Estrategia y táctica

Mario con el corazón oprimido, iba á bajarse de la especie de observatorio que se había improvisado, cuando cierto ruido llamó su atención obligándole á permanecer en su puesto.

La puerta del desván acababa de abrirse bruscamente. La hija mayor apareció en el umbral.

Llevaba gruesos zapatos de hombre, manchados de barro, que la había salpicado hasta sus amoratados tobillos, é iba cubierta con una vieja manta hecha jirones, que Mario no le había visto una hora antes; pero que habría probablemente dejado á la puerta para inspirarle más lástima, recogiéndola luego al salir. Entró, cerró la puerta tras sí, se detuvo para tomar aliento, porque iba muy fatigada, y luego gritó con expresión de alegre triunfo:

—¡Viene!

El padre volvió los ojos, la madre la cabeza, y la hermanita no se movió.

—¿Quién?—preguntó el padre.

—El señor.

—¿El filántropo?

—Sí.

—¿De la iglesia de Santiago?

—Sí.

—¿El viejo?

—Sí.

—¿Y va á venir?

—Viene siguiéndome.

—¿Estás segura?

—Segurísima.

—¿Con que de veras viene?

—En un coche de alquiler.

—¡En coche! ¿Es Rotschild?

El padre se levantó.

—¿Pero estás segura? Si viene en coche, ¿cómo es que has llegado antes que él? ¿Le has dado al menos bien las señas? ¿Le has dicho bien claro: la última puerta al fondo del corredor, á la derecha? ¡Con tal que no se equivoque! ¿Le has encontrado entonces en la iglesia? ¿Ha leído mi carta? ¿Qué es lo que te ha dicho?

—¡Ta, ta, ta!—dijo la muchacha.—¡Y cómo corres, buen hombre! Oye: entré en la iglesia; estaba en el sitio de costumbre; le hice una reverencia; le di tu carta; la leyó, y me dijo: «¿Dónde vivís, hija mía?». Y le contesté: «Yo os acompañaré, caballero». Y me dijo: «No, dadme las señas; mi hija tiene que hacer algunas compras; tomaré un carruaje, y llegaré á vuestra casa al mismo tiempo que vos». Le di, pues, las señas. Cuando le dije la casa, pareció sorprenderse y vaciló un instante; pero luego añadió: «Es igual, iré». Concluida la misa, le vi salir de la iglesia con su hija y subir los dos en un coche. Le especifiqué bien, la última puerta, al extremo del corredor, á la derecha.

—¿Y quién te asegura que vendrá?

—Que acabo de ver el coche, que llegaba ya por la calle del Petit-Banquier. Por eso he venido corriendo.

—¿Cómo sabes que es el mismo coche?

—Porque había mirado el número. ¡Vaya!

—¿Qué número era?

—440.

—Bien; eres una chica de talento.

La muchacha miró alternativamente á su padre, y señalando su sucio y grosero calzado, añadió:

—Una chica de talento, es posible; pero digo que no me volveré á poner estos zapatos, que no los quiero; primero por la salud, y luego por la limpieza. No hay nada más feo ni más incómodo que unas suelas que gruñan haciendo gri, gri, gri, todo el camino. Prefiero ir descalza.

—Tienes razón,—contestó el padre en tono bastante dulce que contrastaba con la rudeza de la joven;—pero entonces no te dejarían entrar en las iglesias; es preciso que los pobres tengan zapatos. No se puede ir con los pies desnudos á la casa de Dios,—añadió amargamente.

Luego, volviendo al objeto que le preocupaba, repuso:

—Pero, ¿estás segura, segura de que viene?

—Viene pisándome los talones,—replicó ella.

El hombre se enderezó, apareciendo su rostro como iluminado.

—Mujer,—gritó,—ya lo oyes. Ahí tienes al filántropo. Apaga la lumbre.

La madre, estupefacta, no se movió.

El padre, con la agilidad de un saltimbanquis, agarró un puchero desportillado que había sobre la chimenea, y arrojó el agua sobre los tizones.

Luego, dirigiéndose á su hija mayor, añadió:

—¡Tú! Rompe las pajas de la silla.

Su hija no comprendió.

Cogió él la silla, y de un talonazo le quitó, ó mejor dicho, hundió el asiento.

Pasó su pierna por el agujero que acababa de abrir. Al retirarle,[Pg 32] preguntó á la muchacha:

—¿Hace frío?

—Muchísimo. Está nevando.

Volvióse el padre hacia la hija menor, que estaba echada sobre un harapiento jergón, cerca de la ventana, gritándole con voz tonante:

—¡Pronto! ¡Fuera de la cama, haragana! ¡Nunca servirás para nada! ¡Rompe un vidrio!

La criatura saltó de la cama espantada y tiritando.

—¡Rompe un vidrio!—repitió.

La chica se quedó sin saber lo que le pasaba.

—¿No me oyes?—repuso el padre.—Te digo que rompas un vidrio.

La chica, con una especie de obediencia pavorosa, se alzó de puntillas, y pegó un puñetazo en uno de los vidrios, el cual se rompió cayendo con estrépito.

—¡Bien!—dijo el padre.

Estaba grave y brusco. Su mirada recorría rápidamente todos los rincones del desván.

Hubiérase dicho que era un general haciendo los últimos preparativos en el momento que va á empezar la batalla.

La madre, que aún no había dicho una palabra, se levantó, y preguntó con voz lenta, sorda, cuyas palabras parecían salir como cuajadas:

—Querido, ¿que es lo que vas á hacer?

—Échate en la cama,—respondió el marido.

La entonación no admitía réplica. La madre obedeció y se dejó caer pesadamente sobre uno de los jergones.

Mientras tanto, oíanse sollozos en un rincón.

—¿Qué es eso?—preguntó el padre.

La hija menor, sin salir de la sombra en que se había guarecido enseñó su puño ensangrentado. Al romper el vidrio se había herido, habiendo ido á colocarse junto á la cama de su madre, lloraba allí en silencio.

Tocóle ahora el turno á la madre de levantarse y gritar.

—¡Ya lo ves! ¡Las brutalidades que tú haces! Al romper el vidrio se ha cortado la mano.

—¡Tanto mejor!—dijo el marido.—Lo había previsto.

—¿Cómo tanto mejor?—replicó la mujer.

—¡Calma!—replicó el padre.—Suprimo la libertad de imprenta.

Y desgarrando la camisa de mujer que llevaba puesta, arrancó de ella una tira de tela, con la cual envolvió apresuradamente el puño ensangrentado de la chiquilla.

Hecho lo cual, fijó su mirada satisfecha en su desgarrada camisa.

—¡Y la camisa igualmente!—dijo.—Todo tiene el carácter que corresponde.

El viento helado silbaba al pasar por el vidrio roto entrando en el cuarto. La bruma exterior penetraba en él, y se dilataba como algodón en rama, vagamente[Pg 33] desmenuzado por dedos invisibles. Al través del vidrio roto se veía caer la nieve. El frío prometido la víspera por el sol de la Candelaria había llegado, en efecto. El padre paseó una mirada á su alrededor para asegurarse de que nada había olvidado.

Cogió una paleta vieja, y echó con ella ceniza sobre los tizones mojados hasta ocultarlos completamente.

Luego, enderezándose y arrimándose á la chimenea:

—Ahora,—dijo,—ya podemos recibir al filántropo.

[Pg 34]

VIII
El rayo de luz en la caverna

La hija mayor se acercó, y puso su mano sobre la de su padre.

—Toca que fría estoy,—le dijo.

—¡Bah!—respondió el padre.—Más lo estoy yo.

La madre gritó impetuosamente:

—¡Tú lo tienes siempre todo mejor que los otros! ¡Hasta lo malo!

—¡Échate!—dijo el hombre.

La mujer, viendo la especie de mirada que se le dirigía, se calló.

Hubo en el desván un momento de silencio. La hija mayor arrancaba con aire indiferente el barro de los extremos de su manta; la pequeña continuaba sollozando; la madre le había cogido la cabeza entre las manos y la cubría de besos, diciéndole por lo bajo:

—¡Tesoro mío! No llores, te lo pido yo; eso no será nada. Mira que se va á enfadar tu padre.

—No,—gritó el padre;—al contrario, llora, llora; esto va muy bien.

Después, volviéndose á la mayor, añadió:

—¡Ya, pero ese hombre no llega! ¡Si no viniese! ¡hubiera apagado la lumbre, desfondado mi silla, desgarrado mi camisa y roto el vidrio para nada.

—¡Y herido á la niña!—murmuró la madre.

—¿Sabéis,—repuso el padre,—que hace un frío de perros en este desván del diablo? ¡Si ese hombre no viniera! ¡Oh, cómo se hace esperar! Él dirá: «Me esperarán: ¡allí están para eso!». ¡Oh, cuánto les aborrezco! ¡Con qué júbilo, con qué alegría, con qué entusiasmo, con qué satisfacción ahogaría á todos esos ricos! ¡Esos ricos, esos supuestos hombres caritativos, que se hacen los benditos, que van á misa, que andan con la clerigalla; sermoncico aquí, sermoncico allá; los beatos que vienen á humillarnos y á traernos «ropa», como ellos dicen, trapos que no valen cuatro sueldos, y pan! ¡No es eso lo que yo quiero, atajo de canallas, sino dinero! ¡Ah, dinero, nunca! Porque dicen que iríamos á beberlo, y que somos unos borrachos y unos holgazanes. ¿Y ellos? ¿Qué es lo que son y lo que fueron en su tiempo? ¡Ladrones! Si no, no se hubieran enriquecido. ¡Oh! ¡Debiera cogerse á la sociedad entre las cuatro puntas de una manta, y arrojarlo todo al aire! Todo se rompería, es posible; pero al menos nadie tendría nada, y eso habríamos ganado. Pero, ¿qué es lo que hace el mastín de tu benéfico señor? ¿Vendrá? ¡Tal vez el animal habrá olvidado las señas! Apostemos á que ese bestia de viejo...

En este instante dieron un ligero golpe á la puerta; el hombre se precipitó hacia ella y la abrió exclamando con profundos saludos y sonrisas de adoración:

—Entrad, señor; dignaos entrar, mi respetable bienhechor, así como vuestra encantadora hija.

Un hombre de edad avanzada y una joven, aparecieron en la puerta del desván.

Mario no había dejado su puesto. Lo que sintió en aquel momento no está al alcance de ninguna lengua humana.

Era ella.

Quienquiera que haya amado, sabe cuántas irradiaciones esplendorosas contienen las pocas letras de esta palabra: Ella.

Ella era efectivamente. Mario apenas la distinguía á través del luminoso vapor que se había esparcido súbitamente por sus ojos. Era aquel dulce ser ausente, aquel astro que para él había lucido durante seis meses: era aquella pupila, aquella frente, aquella boca, aquel hermoso rostro desvanecido, que al marcharse le había dejado sumido en las tinieblas. La visión se había eclipsado y reaparecía.

¡Reaparecía entre aquella obscuridad, en aquel desván, en aquella deforme madriguera, en aquel horror!

Mario se estremecía perdidamente. ¡Cómo! ¡Era ella! Las palpitaciones de su corazón le turbaban la vista. Sentíase próximo á deshacerse en llanto. ¡Cómo! ¡La volvía á ver, después de haberla buscado tanto tiempo! Parecíale que había perdido su alma, y que acababa de encontrarla.

Seguía siendo la misma, pero algo más pálida; formaba el marco de su delicado rostro un sombrero de terciopelo violeta, y ocultaba su talle una manteleta de raso negro. Bajo su larga falda se entreveía su pequeño pie, aprisionado en una botita de seda.

Iba, como siempre, acompañada del señor Leblanc.

Dió algunos pasos hacia dentro de la habitación, dejando un gran paquete sobre la mesa.

La Jondrette mayor se había retirado detrás de la puerta, mirando con ojos tristes aquel sombrero de terciopelo, aquel abrigo de seda y aquel gracioso semblante irradiando felicidad.

[Pg 35]

IX
Jondrette casi llora

Hasta tal punto estaba obscuro aquel chiribitil, que las personas que venían de fuera sentían al entrar lo mismo que si penetrasen en una bodega. Los dos recién llegados avanzaron con cierta vacilación, distinguiendo apenas formas vagas en torno suyo, en tanto que eran perfectamente vistos y examinados por los habitantes del desván, acostumbrados á aquel crepúsculo.

El señor Leblanc se aproximó con su mirada bondadosa y triste, y dijo á Jondrette padre:

—Señor, en ese paquete encontrareis algunas prendas nuevas, medias y cobertores de lana.

—Nuestro angelical bienhechor nos abruma,—dijo Jondrette inclinándose hasta el suelo.

Luego, acercándose al oído de su hija mayor, mientras que los dos visitantes examinaban aquel lamentable interior, añadió por lo bajo y rápidamente:

—¡Ves! ¿Lo que te decía? Trapos, pero no dinero. ¡Todos son lo mismo. Á propósito, ¿cómo estaba firmada la carta para este torpe?

—Fabantou,—respondió la hija.

—¡El artista dramático, bueno!

Á tiempo se había acordado Jondrette, porque en aquel instante el señor Leblanc se volvía hacia él, y le decía con ese aire de quien busca un nombre:

—Veo que sois muy digno de lástima, señor...

—Fabantou,—respondió vivamente Jondrette.

—Señor Fabantou, sí, eso es. Ya recuerdo.

—Artista dramático, señor, que ha obtenido algunos triunfos.

Aquí Jondrette creyó evidentemente llegado el momento de apoderarse del «filántropo», y exclamó con ese sonido de voz que participa á la vez de la charla del titiritero en las ferias, y de la humildad del mendigo en las carreteras. ¡Discípulo de Talma! ¡Señor, he sido discípulo de Talma! La fortuna me ha sonreído en otros tiempos. ¡Ah! Ahora le ha llegado su turno á la desgracia. ¡Ya lo veis, mi bienhechor, ni pan, ni fuego! Mis pobres hijas no tienen un ascua á que arrimarse. ¡Mi única silla sin asiento! ¡Un vidrio roto! ¡Y con el tiempo que hace! ¡Mi esposa en la cama enferma!

—¡Pobre mujer!—dijo el señor Leblanc.

—¡Mi hija herida!—añadió Jondrette.

La muchacha, distraída con la llegada de los dos visitantes, estaba contemplando á «la señorita», y había dejado de llorar.

—¡Llora, chilla!—le dijo por lo bajo Jondrette.

Y al mismo tiempo la pellizcó en la mano herida. Todo esto con una verdadera ligereza de escamoteador.

La chica puso el grito en el cielo.

La adorable joven, que Mario llamaba en su corazón «su Úrsula», se le acercó vivamente.

—¡Pobre muchacha!—exclamó.

—Ya lo veis, hermosa señorita,—prosiguió Jondrette;—su puño está[Pg 36] ensangrentado. Es un accidente que le ha ocurrido trabajando en una máquina para ganar seis sueldos al día. Quizá habrá necesidad de cortarle el brazo.

—¿De veras?—dijo alarmado el buen anciano.

La chica, tomando estas palabras por lo serio, comenzó á llorar con mayor fuerza.

—¡Ay, sí, mi bienhechor!—respondió el padre.

Hacía algunos instantes que Jondrette contemplaba «al filántropo» de un modo extraño. Mientras continuaba hablando, parecía escudriñar con atención, como si tratase de buscar algo en sus recuerdos. De pronto, aprovechando el momento en que los recién venidos preguntaban con interés á la niña sobre la herida de la mano, pasó cerca de su mujer, que estaba en la cama con aire abatido y estúpido, diciéndola vivamente por lo bajo:

—¡Fíjate en ese hombre!

Luego, volviéndose hacia el señor Leblanc, prosiguió en sus lamentaciones:

—¡Ya lo veis, señor; tengo por todo vestido una camisa de mujer! ¡Y desgarrada! ¡En el rigor del invierno! No puedo salir de casa, pues carezco de ropa. Si la tuviera, por mala que fuese, iría á ver á la célebre actriz Mars, que me conoce, y me quiere mucho. ¿No vive aún en la calle de la Tourdes Dames? ¿No lo sabéis, señor? Hemos trabajado juntos en provincias. He compartido sus laureles. ¡Celimene vendría á mi socorro, caballero! ¡Elmira daría limosna á Besilario! ¡Pero, nada! ¡Y ni un céntimo en casa! Mi mujer enferma, mi hija peligrosamente herida, y ¡ni un céntimo! Mi mujer padece espasmos, efecto de la edad, complicados con una afección del sistema nervioso. ¡Necesita ciertos cuidados, así también como mi hija! Pero, ¡el médico y la botica! ¿Cómo pagar? ¡Ni un ochavo siquiera! ¡Ante un céntimo me arrodillaría, señor! ¡Á qué se ven reducidas las artes! ¿Y sabéis, hermosa señorita, y vos, mi generoso protector, vos que respiráis la virtud y la bondad, y que perfumáis esa iglesia donde mi pobre hija, al ir á rezar, os ve siempre todos los días...? pues yo educo religiosamente á mis hijas: sabed que yo no he querido que se dedicasen al teatro. ¡Ah, las picaruelas! Que las vea yo torcerse... ¡No gasto bromas yo! ¡Las sermoneo mucho sobre el honor, sobre la moral, sobre la virtud! ¡Ya podéis preguntarles! Es menester que anden derechas. Tienen padre. No son de esas desgraciadas que comienzan por no tener familia y acaban por casarse con el público; que al principio[Pg 37] son la señorita Nadie, y después se convierten en la señora de Todo el mundo. ¡Mala peste! ¡Nada de eso en la familia Fabantou! Yo trato de educarlas virtuosamente, y que sean honradas y buenas y que crean en Dios, ¡vive Cristo! Y bien, señor, mi digno señor, ¿sabéis lo que va á pasar mañana? Mañana es el 4 de febrero, el día fatal, el último plazo que me ha concedido el casero; si esta noche no le pago, mañana mi hija mayor, yo, mi esposa con su calentura, mi hija menor con su herida, los cuatro seremos arrojados de aquí y echados á la calle, al boulevard, sin abrigo, bajo la lluvia, sobre la nieve. Así sucederá, señor. ¡Debo cuatro trimestres, un año! Es decir, sesenta francos.

Jondrette mentía. Cuatro trimestres no hubieran hecho más que cuarenta francos, y no podía deber cuatro, pues no hacía seis meses que Mario había pagado dos.

El señor Leblanc sacó cinco francos del bolsillo, y los echó sobre la mesa.

Jondrette tuvo tiempo de murmurar al oído de su hija mayor:

—¡Avaro! ¿Qué querrá que haga yo con sus cinco francos? ¡Con eso no me paga siquiera la silla y el vidrio! ¡Puede uno hacer gastos!

Entretanto el señor Leblanc se había quitado un gran gabán obscuro que llevaba sobre su levita azul, y le había echado sobre el respaldo de la silla.

—Señor Fabantou,—dijo,—no traigo aquí más que esos cinco francos; [Pg 38] pero voy á llevar á mi hija á casa, y volveré esta noche. ¿No es esta noche que debéis pagar?

La cara de Jondrette se iluminó con una extraña expresión, y contestó vivamente:

—Sí, mi respetable señor. Á las ocho debo estar en casa del propietario.

—Vendré á las seis, y os traeré los sesenta francos.

—¡Oh, mi bienhechor!—exclamó Jondrette casi delirante.

Y añadió por lo bajo:—¡Mírale bien, mujer!

El señor Leblanc había cogido el brazo de su linda hija, y se volvió hacia la puerta.

—Hasta la noche, amigos míos,—dijo.

—¿Á las seis?—preguntó Jondrette.

—Á las seis en punto.

En aquel momento la hija mayor se fijó en el sobretoto que estaba sobre la silla.

—Señor,—dijo,—olvidáis vuestro gabán.

Al oir esto Jondrette, lanzó á su hija una mirada furibunda, acompañada de un encogimiento de hombros formidable.

El señor Leblanc se volvió, y contestó sonriendo:

—No lo olvido, lo dejo.

—¡Oh, mi protector,—dijo Jondrette,—mi augusto bienhechor! Me deshago en llanto. Permitid que os acompañe hasta vuestro carruaje.

—Si salís,—dijo el señor Leblanc,—poneos ese abrigo. En realidad hace mucho frío.

Jondrette no se lo hizo repetir segunda vez. Embutióse precipitadamente en el gabán.

Y loa tres salieron del desván, Jondrette precediendo á los dos visitantes.

[Pg 39]

X
Tarifa de los carruajes de alquiler: dos francos por hora

Mario no había perdido nada de toda aquella escena, y sin embargo, nada había visto en realidad. Sus ojos habían estado constantemente fijos en la joven; su corazón se había, por así decirlo, apoderado de ella, envolviéndola toda por completo, desde que puso los pies en el desván. Durante todo el tiempo que ella estuvo allí, Mario había vivido esa vida del éxtasis, que suspende las percepciones materiales y precipita toda el alma sobre un solo punto. Contemplaba, no á aquella joven, sino aquella luz que llevaba una manteleta de raso y un sombrero de terciopelo. Si la estrella Sirio hubiera entrado en el desván no le habría deslumbrado más.

Mientras la joven abría el paquete, desplegaba las prendas y las mantas, interrogando á la madre enferma con bondad y á la muchacha herida con enternecimiento, Mario espiaba todos sus movimientos y procuraba oir sus palabras. Conocía sus ojos, su frente, su belleza, su talle, su andar; lo que no conocía era su voz. Había creído oir algunas de sus palabras cierto día en el Luxemburgo; pero no estaba absolutamente cierto de ello. Hubiera dado diez años de su vida por oirla, por poder llevar en su alma un poco de aquella música. Pero todo se perdía en las declamaciones lastimeras y en las jeremiadas de Jondrette; lo cual irritaba verdaderamente á Mario, aún en medio de su éxtasis. No apartaba de ella los ojos. No podía imaginarse que fuera realmente aquella criatura divina la que veía en medio de seres tan inmundos en aquel monstruoso tugurio. Parecíale ver un colibrí entre sapos.

Cuando salió la joven, él ya no tuvo más que un pensamiento: seguir sus huellas, no dejarla hasta saber dónde vivía; no volverla á perder, después de haberla hallado tan milagrosamente. Saltó de la cómoda y cogió su sombrero. Al poner la mano en el picaporte, cuando iba ya á salir, detúvole una reflexión. El corredor era largo, la escalera estrecha y empinada, Jondrette muy hablador, el señor Leblanc no habría aún subido en su coche; y si volviéndose en el corredor, en la escalera ó en el portal, le veía en aquella casa, evidentemente se alarmaría y hallaría medio de escapar de nuevo, y otra vez se habría acabado todo. ¿Qué hacer? ¿Esperar un poco? Pero mientras esperaba, el carruaje podría marchar. Mario estaba perplejo. Por fin se arriesgó, y salió de su cuarto. No había ya nadie en el corredor. Corrió á la escalera; tampoco en la escalera había nadie. Bajó á escape, y llegó al boulevard, á tiempo de ver un coche de alquiler dar la vuelta á la esquina de la calle del Petit-Banquier, y entrar en París.

Mario se precipitó en aquella dirección. Al llegar al ángulo del boulevard, volvió á ver el coche, que bajaba rápidamente por la calle Mouffetard. El carruaje estaba ya muy lejos, y no había medio de alcanzarle. ¿Qué hacer? ¿Correr detrás de él? Imposible. Además, desde el carruaje podrían observar que un individuo corría á todo escape para alcanzarle, y el padre le conocería. En aquel momento, ¡casualidad inaudita y maravillosa! vió Mario un cabriolé de alquiler que pasaba vacío por el boulevard. No había sino un partido que tomar; subir en el cabriolé y seguir al coche. Esto era seguro indudablemente.

Mario hizo seña al cochero de que parara, y le gritó:

—¡Por horas!

Mario iba sin corbata, y llevaba puesto el traje viejo de trabajar, al cual le faltaban algunos botones, y su camisa estaba rasgada á lo largo de uno de los pliegues de la pechera.

El cochero se detuvo, guiñó el ojo, y extendió hacia Mario su mano izquierda, frotando suavemente el índice con el pulgar.

—¿Qué?—preguntó Mario.

—Paga anticipada,—respondió el cochero.

Mario se acordó que no llevaba consigo más que diez y seis sueldos.

—¿Cuánto?—preguntó.

—Cuarenta sueldos.

—Á la vuelta pagaré.

El cochero por toda contestación silbó algunas notas de la canción de la Palisse y aplicó un latigazo al caballo.

Mario vió alejarse al cabriolé, con aire consternado. Por veinte y cuatro sueldos que le faltaban, perdía su alegría, su felicidad, su amor, y ¡volvía á caer en las tinieblas! Había visto y quedaba nuevamente ciego. Pensó amargamente, y preciso es decirlo, con profundo pesar, en los cinco francos que aquella misma mañana había dado á aquella miserable muchacha.

Si hubiera tenido sus cinco francos, estaba salvado; renacía, salía del limbo y de las sombras; salía del aislamiento, del esplín, de la viudez; reanudaba el negro hilo de su destino á aquel hermoso hilo de oro que ante sus ojos acababa de flotar y romperse otra vez. Entró de nuevo desesperado en la casucha.

Habría podido pensar que el señor Leblanc había prometido volver por la noche; y que sólo de él dependía arreglárselas mejor entonces para seguirle; pero en su contemplación apenas se había enterado de nada.

En el momento de subir la escalera, divisó al otro lado del boulevard junto á la desierta pared de la calle de la Barrera de los Gobelinos, á Jondrette envuelto en el sobretodo del «filántropo», el cual estaba hablando con uno de esos hombres de figura poco tranquilizadora, á quienes se ha convenido en llamar vagos de las afueras; gentes de aspecto[Pg 40] dudoso, de monólogos sospechosos, que tienen aire de malos pensamientos, y que duermen comúnmente, de día, lo que hace suponer que trabajan de noche.

Aquellos dos hombres, hablando inmóviles bajo la nieve que caía á grandes copos, formaban un grupo, que á un agente de policía le habría de seguro llamado la atención, pero que Mario apenas lo notó.

Sin embargo, por dolorosa que fuese su preocupación, no pudo menos de decirse que aquel vago de las afueras con quien hablaba Jondrette se parecía á un tal Panchaud, alias Primaveral, alias Colmenero, que Courfeyrac le había enseñado una vez, y que pasaba en el barrio por un paseante nocturno asaz peligroso. Ya hemos visto en el libro precedente el nombre de este hombre. El tal Panchaud, alias Primaveral, alias Colmenero, figuró posteriormente en muchas causas criminales, y llegó á ser un célebre bribón. Entonces no era todavía más que un bribón famoso; y hoy día existe en estado de tradición entre los bandidos y ladrones. Á fines del último reinado formaba escuela. Y por la tarde, al anochecer, á la hora en que se forman grupos y se habla en voz baja, se hacía mención de él en la Fuerza, en el Foso de los leones. En dicha cárcel, precisamente en el sitio por donde pasaba bajo el camino de ronda la alcantarilla, que sirvió para la inaudita fuga á mitad del día de treinta presos en 1843, se podía leer, encima de los ladrillos de la atarjea, su nombre, Panchaud, audazmente grabado por él en la pared en una de sus tentativas de evasión.

En 1832 la policía le vigilaba; pero aún no había debutado seriamente.

[Pg 41]

XI
Ofertas de servicio de la miseria al dolor

Mario subió la escalera de la buhardilla á paso lento; cuando iba á entrar en su celda, vió detrás de él á la hija mayor de Jondrette, que le seguía. Aquella muchacha resultaba odiosa á sus ojos; ella era quien tenía sus cinco francos, y era ya demasiado tarde para reclamárselos; el cabriolé no estaba ya allí, y el coche del señor Leblanc pasaba ya muy lejos. Además, no se los iba á devolver. En cuanto á preguntarle por la casa de los que hacía poco habían estado allí, era inútil, pues evidentemente no lo sabía, toda vez que la carta firmada Fabantou iba dirigida al señor bienhechor de la iglesia de Santiago de Haut-Pas.

Mario entró en su cuarto, y empujó la puerta tras de sí.

No acababa de cerrarse, y volviéndose vió una mano que mantenía la puerta entreabierta.

—¿Qué hay?—preguntó.—¿Quién está ahí?

Era la hija de Jondrette.

—¿Sois vos?—repuso Mario con dureza.—¡Otra vez!—¿Qué me queréis?

Ella parecía pensativa y no le miraba. No tenía la misma seguridad de aquella mañana. No había entrado, y se mantenía en la sombra del corredor, donde Mario la veía por entre la puerta entreabierta.

—¿Contestáis, ó no?—prorrumpió Mario.—¿Qué es lo que me queréis?

Levantó ella su vista apagada, en la que parecía encenderse vagamente cierta claridad, y le dijo:

—Señor Mario, parece que estáis triste. ¿Qué es lo que os pasa?

—¡Á mí!—dijo Mario.

—Sí, á vos.

—Nada.

—¡Sí!

—No.

—Yo os digo que sí.

—¡Dejadme en paz!

Mario empujó nuevamente la puerta, pero ella continuó reteniéndola.

—Mirad,—dijo ella,—eso no está bien. Aun cuando no seáis rico, habéis sido bueno para conmigo esta mañana; sedlo ahora también. Ya que me habéis dado para comer, decidme lo que os pasa. Que tenéis alguna pena, eso es bien claro. Yo no quisiera veros apesadumbrado. ¿Qué hay que hacer para aliviárosla? ¿Puedo yo servir de algo? Disponed de mí. No os pregunto vuestros secretos; no necesito que me los digáis; pero, en fin, puedo seros útil. Bien puedo ayudaros, pues ayudo á mi padre. Cuando es menester llevar cartas, ir á las casas, preguntar de puerta en puerta, encontrar una dirección, seguir á alguno, yo sirvo para eso. Pues bien; confiadme lo que tenéis; yo iré á hablar á las personas; algunas veces con que alguien hable á las personas, basta para que se sepan las cosas y todo se arregla. Servíos de mí.

Una idea cruzó por la imaginación de Mario. ¿Quién desdeña una rama cualquiera cuando se siente caer?

Acercóse á la muchacha.

—Oye... le dijo.

Ella le interrumpió con un transporte de alegría en los ojos.

—¡Sí, sí, tuteadme! Prefiero eso.

—Pues bien,—repuso él;—¿tú has traído aquí á ese caballero anciano con su hija?

—Sí.

—¿Sabes dónde viven?

—No.

—Averígualo.

La mirada de la niña Jondrette, de triste se había vuelto alegre, y de alegre se tornó sombría.

—¿Es eso lo que queréis?—preguntó ella.

—Sí.

—¿Los conocéis acaso?

—No.

—Es decir,—replicó ella con viveza,—no la conocéis, pero queréis conocerla.

Aquellos los convertidos en la, tenían cierto no sé qué significativo y amargo.

—En fin; ¿puedes averiguarlo?—dijo Mario.

—Tendréis la dirección de la hermosa señorita.

Había en las palabras «hermosa señorita» un tonillo que molestó á Mario, el cual replicó:

—¡En fin, no importa! La dirección del padre y de la hija. La dirección, ¿comprendes?

La muchacha le miró fijamente.

—¿Qué es lo que me vais á dar por ello?

—Todo lo que quieras.

—¿Todo lo que yo quiera?

—Sí.

—Tendréis la dirección.

Bajó la cabeza; y luego, con un movimiento resuelto, tiró de la puerta, que se cerró.

[Pg 42]

Mario volvió á quedar solo.

Dejóse caer sobre una silla, la cabeza y los codos apoyados en la cama, abismado en pensamientos que no podía retener, y como poseído de un vértigo. Todo lo que había pasado aquella mañana, la aparición del ángel, su desaparición, lo que aquella muchacha acababa de decirle, un rayo de esperanza brillando en su inmensa desesperación, todo esto llenaba confusamente su cerebro.

De pronto le sacaron violentamente de sus meditaciones.

Oyó la voz alta y dura de Jondrette pronunciando estas palabras, que para él tenían el más extraño interés:

—Te digo que estoy seguro de ello, y que le he conocido.

¿De quién hablaba Jondrette? ¿Á quién había conocido? ¿Al señor Leblanc, al padre de «su Úrsula»? ¿Acaso Jondrette le conocía? ¿Iba Mario á tener de aquel modo brusco é inesperado todas las noticias, sin las cuales su vida era obscura aún para él mismo? ¿Iba á saber, por fin, á quién amaba? ¿Quién era aquella joven, y quién su padre? ¿Estaba á punto de iluminarse la espesa sombra que les cubría? ¿Iba á romperse el velo? ¡Oh cielos!

Saltó, mejor que subió sobre la cómoda, y volvió á su puesto arrimado al agujero del tabique.

Volvió, pues, á observar el interior de la pocilga de Jondrette.

XII
Empleo de la moneda de cinco francos del señor Leblanc

Nada había cambiado en el aspecto de la familia, como no fuese la mujer y las hijas, que habían sacado del paquete y se habían puesto medias y camisetas de lana. Dos mantas nuevas estaban tendidas sobre ambas camas.

Jondrette acababa evidentemente de entrar. Estaba agitado todavía como una especie de sobrealiento producido por el cansancio. Sus hijas estaban sentadas en el suelo cerca de la chimenea, la mayor curándole la mano á la menor. Su mujer estaba como acurrucada en la cama inmediata á la chimenea, como asombrada.

Jondrette paseaba de una á otra parte del desván, á largos pasos, y sus ojos miraban de una manera extraordinaria.

La mujer, que [Pg 43]parecía tímida y como herida de estupor ante su marido, se atrevió á preguntarle:

—Pero ¿de veras? ¿Estás seguro?

—¡Seguro! ¡Hace ya ocho años! ¡Pero le conozco! ¡Oh, sí, le conozco! ¡Le conocí enseguida! ¡Cómo! ¿No te ha saltado á la vista?

—No.

—Y sin embargo, te dije que fijaras la atención. Pero es su estatura, su cara, apenas más viejo; hay gentes que no envejecen nunca; no sé cómo lo hacen; es su mismo eco de voz. Mejor vestido; es la única diferencia.
¡Ah, viejo misterioso del diablo, ya te tengo!

Se paró, y dijo á sus hijas:

—¡Vosotras, idos de aquí!... Es raro que no te haya saltado á la vista.

Las muchachas se levantaron para obedecer.

La madre balbuceó:

—¿Con su mano mala?

—El aire le será bueno,—dijo Jondrette.—Idos.

Evidentemente aquel hombre era de ésos á quien no se replica. Las dos muchachas salieron.

En el momento que iban á atravesar el umbral de la puerta, el padre detuvo á la mayor por el brazo, y dijo con un acento particular:

—Estaréis aquí las dos á las cinco en punto; las dos. Os necesito.

Mario redobló su atención.

Jondrette, solo ya con su mujer, se puso á pasear nuevamente por el cuarto, dando dos ó tres vueltas en silencio. Después ocupó algunos minutos en hacer entrar y salir por la cintura del pantalón el faldón de la camisa de mujer que llevaba puesta.

De pronto volvióse hacia su mujer, se cruzó de brazos, y exclamó:

—¿Quieres que te diga una cosa? La señorita...

—¿Y bien, qué?—repitió la mujer.—¿La señorita?...

Mario no podía dudar; era de ella de quien se hablaba. Escuchaba con ardiente ansiedad. Toda su vida estaba en sus oídos.

Pero Jondrette se había inclinado y hablado por lo bajo á su mujer.

Luego se levantó, y terminó levantando la voz:

—¡Es ella!

—¿Ésa?—dijo la mujer.

—Ésa,—contestó el marido.

No hay palabra que pueda expresar lo que quería decir aquel ésa de la madre. Estaban unidos á un tiempo la sorpresa, la rabia, el odio y la cólera, mezclándose y combinándose en monstruosa entonación.

Habían bastado algunas palabras, el nombre sin duda que su marido le había dicho al oído, para que aquella mujer gorda y adormecida despertase de súbito, y de repugnante[Pg 44] se volviera espantosa.

—¡Imposible!—exclamó.—Cuando pienso que mis hijas van descalzas, y que no tienen un mal vestido que ponerse. ¡Cómo se entiende! ¡Una manteleta de raso, sombrero de terciopelo, borceguíes y todo! ¡Más de doscientos francos en trapos! ¡Cualquiera creería que es una señora! ¡No, te engañas! En primer lugar, la otra era horrible, y ésta no es fea; ¡de veras, no es fea! ¡No puede ser ella!

—Te digo que es ella. Ya verás.

Á aquella afirmación tan absoluta, alzó la mujer su ancho, rojo y rubio semblante, y miró al techo con una expresión deforme. En aquel momento le pareció á Mario más terrible aún que su marido. Era una marrana con la mirada de un tigre.

—¡Cómo!—replicó enseguida.—Esa horrible linda señorita que miraba á mis hijas con aire de lástima, ¿sería aquella miserable holgazana? ¡Oh! ¡Quisiera reventarla á zapatazos!

Saltó de la cama, y permaneció un instante en pie, despeinada, con las ventanas de la nariz dilatadas, entreabierta la boca, crispados los puños y echados hacia atrás. Luego se volvió á dejar caer sobre el lecho.

El hombre iba y venía sin fijar la atención en su hembra.

Después de unos instantes de silencio, se aproximó y detuvo delante de ella con los brazos cruzados, como lo había hecho poco antes.

—¿Y quieres que te diga otra cosa?

—¿Qué?—preguntó ella.

Jondrette respondió en voz baja y breve:

—Que tengo hecha mi fortuna.

La mujer le miró con esa mirada que quiere decir: «¡Si estará loco el que habla!».

Él continuó:

—¡Truenos y rayos! Hace ya mucho tiempo, me parece, que soy feligrés de la parroquia «muérete de hambre si tienes fuego, muérete de frío si tienes pan». ¡Ya he sufrido bastante miseria; mi carga y la de los demás! ¡Ya esto no me divierte; ya basta de comedias y de equívocos, vive Dios! ¡No más farsas, Padre Eterno! ¡Quiero que mi hambre coma y que mi sed beba! ¡Tragar, dormir, y no hacer nada! ¡Quiero que llegue mi vez antes de reventar! ¡Vaya! ¡Quiero ser un poco millonario!

Dió la vuelta al cuarto y añadió:

—Como los demás.

—¿Qué quieres decir?—preguntó la mujer.

Sacudió él la cabeza, guiñó los ojos, y levantó la voz como un charlatán de plazuela que va á hacer una demostración:

—¿Lo que quiero decir? ¡Oye!

—¡Chist!—murmuró la mujer.—¡No tan alto, si son asuntos que no conviene que los oigan!

—¡Bah![Pg 45] ¿Quién nos ha de oir? ¿El vecino? Acabo de verle salir hace poco; y además es un gran simplón, que ni oye ni entiende; y luego, como te digo, le he visto salir.

Sin embargo, por una especie de instinto, Jondrette bajó la voz, pero no lo bastante para evitar que sus palabras llegasen á oídos de Mario. Una circunstancia favorable, y que había permitido á Mario no perder nada de esta conversación, es que la nieve que había caído, amortiguaba el ruido de los carruajes en el boulevard.

Mario oyó lo siguiente:

—Escúchame. El creso está cogido, ó como si lo estuviera; es cosa hecha; todo está arreglado. He visto algunos amigos. Él vendrá á las seis. Traerá sesenta francos. ¡Canalla! ¡Has visto cómo le he embaucado con los sesenta francos, con el casero, con el 4 de febrero, que no hace siquiera un trimestre! ¡Qué torpe! Vendrá, pues, á las seis. Á esa hora el vecino se habrá ido á comer; la tía Bougón estará fregando en la ciudad; no habrá nadie en toda esta casa. El vecino no vuelve nunca hasta las once; las chicas estarán de escucha; tú nos ayudarás. Él se ejecutará sin remedio.

—¿Y si no se ejecuta?—preguntó la mujer.

Jondrette hizo un gesto siniestro, y dijo:

—Nosotros le ejecutaremos.

Y se echó á reir.

Era la primera vez que Mario le veía reir. Aquella risa era fría y dulce, y hacía estremecer.

Jondrette abrió un armario que estaba cerca de la chimenea, y sacó de él una gorra vieja, que se puso después de haberla limpiado con la manga.

—Entretanto,—dijo,—voy á salir. Tengo aún que ver á algunos, de los buenos. Ya verás cómo esto marcha. Estaré fuera el menor tiempo posible. Es un buen golpe el que vamos á dar. Guarda la casa.

Y con las manos metidas en los bolsillos del pantalón, permaneció un momento pensativo; luego exclamó:

—¿Sabes que ha sido una suerte el que no me haya conocido? Si me hubiera reconocido, no volvería. ¡Se nos escapaba! Mi barba es la que nos ha salvado. ¡Mi perilla romántica! ¡Mi linda perilla romántica!

Y se echó á reir otra vez.

Después se acercó á la ventana. Continuaba cayendo nieve, rayando de blanco el plomizo fondo del cielo.

—¡Qué tiempo tan perro!—exclamó.

Y abrochándose luego el gabán:

—Tiene el pelo muy largo, añadió... Es igual; ha hecho endiabladamente bien en dejármelo el tunante del viejo. Sin esto no habría podido salir yo, y todo se lo hubiera llevado la trampa. ¡Qué casualidades tan raras!

Y encasquetándose la gorra hasta los ojos, salió.

Apenas había tenido tiempo de dar algunos pasos fuera, cuando la[Pg 46] puerta se volvió á abrir, y su perfil fiero é inteligente reapareció por la abertura.

—Se me olvidaba,—dijo.—Ten preparado un brasero encendido.

Y arrojó sobre el delantal de su mujer la moneda de cinco francos que le había dejado el «filántropo».

—¿Un brasero de carbón?—preguntó la mujer.

—Sí.

—¿Cuánto carbón?

—Una arroba.

—Costará treinta sueldos. Con el resto traeré que comer.

—¡Diablo! no.

—¿Por qué?

—No vayas á gastar el total de los cien sueldos.

—¿Por qué?

—Porque por mi parte tendré que comprar algo.

—¿Qué?

—Algo.

—¿Cuánto necesitarás?

[Pg 47]

—¿Dónde hay por aquí un quinquillero?

—En la calle Mouffetard.

—¡Ah! Sí, en la esquina de la calle; recuerdo la tienda.

—Pero dime ¿cuánto te hace falta para lo que has de comprar?

—Cincuenta sueldos; tres francos.

—Quedará bien poco para la comida.

—Hoy no se trata de comer, hay algo más importante que hacer.

—Basta, hijo mío.

Con este cariño de su mujer, Jondrette cerró la puerta, y esta vez Mario oyó alejarse sus pasos por el corredor del casucho y bajar rápidamente la escalera.

La una daba en aquel instante en San Medardo.

[Pg 48]

XII
Solus cum solo, in loco remoto, non cogitabuntur orare pater noster

Por soñador que fuese Mario, ya hemos dicho que era una naturaleza firme y enérgica. Los hábitos de recogimiento solitario, desarrollando en él la simpatía y la compasión, habían disminuido tal vez la facultad de irritarse; pero habían dejado intacta la facultad de indignarse. Tenía la benevolencia de un bracmán y la severidad de un juez; se apiadaba de un sapo, pero aplastaba las víboras. Ahora bien; su mirada había penetrado en un agujero de víboras; era aquél un nido de monstruos que tenía á la vista.

—¡Es preciso aplastar á esos miserables!—dijo.

Ninguno de los enigmas que esperaba ver disiparse se había aclarado: al contrario, casi todos se habían obscurecido aún más tal vez. Nada más sabía sobre la hermosa joven del Luxemburgo, ni sobre el hombre á quien llamaba el señor Leblanc, sino que Jondrette los conocía. Al través de las tenebrosas palabras que había oído, sólo entreveía una cosa clara, y era que se preparaba una emboscada obscura, pero terrible; que los dos corrían un peligro, la joven probablemente, y el padre de seguro; que era menester salvarlos; que era preciso burlar las espantosas combinaciones de los Jondrette y romper la tela de aquellas arañas.

Observó un momento á la mujer de Jondrette. Había sacado de un rincón un hornillo viejo de palastro y andaba revolviendo en una espuerta de hierro viejo.

Bajóse de la cómoda lo más suavemente que pudo, procurando no hacer el menor ruido.

Entre su miedo por lo que se preparaba, y el horror que los Jondrette le habían causado, sentía una especie de alegría con la idea de que le sería dado prestar un gran servicio á la que amaba.

¿Pero qué hacer? ¿Advertir á las personas amenazadas? ¿Dónde encontrarlas? No sabía su domicilio. Habían reaparecido un instante á sus ojos, y vuéltose á hundir después en las inmensas profundidades de París. ¿Esperar al señor Leblanc á la puerta por la noche, á las seis, en el momento en que llegase, y prevenirle del lazo?

Pero Jondrette y su gente le verían espiar; el sitio estaba desierto: serían más fuertes que él; no les faltarían medios de cogerle ó de alejarle, y aquél á quien Mario pretendía salvar quedaría perdido. Acababa de dar la una; la emboscada no debía verificarse hasta las seis. Mario tenía cinco horas de que disponer.

No había que hacer más que una cosa.

Púsose su frac presentable, atóse un pañuelo al cuello, cogió el sombrero y salió, sin hacer más ruido que si hubiese caminado sobre musgo con los pies descalzos.

[Pg 49]

Entretanto la mujer de Jondrette continuaba revolviendo en su hierro viejo.

Ya fuera de la casa, siguió hasta la calle del Petit-Banquier.

Al estar como á la mitad de esta calle, junto á una tapia muy baja, que se podía saltar en ciertos puntos, la cual daba á un terreno erial, caminaba lentamente y pensativo; la nieve amortiguaba el ruido de sus pasos. De repente oyó voces que hablaban muy cerca de él. Volvió la cabeza; la calle estaba desierta; no se veía á nadie siendo la hora más clara del día, y sin embargo, se oían distintamente dos voces.

Ocurriósele mirar por encima de la pared que iba siguiendo.

Había allí en efecto, dos hombres arrimados á la tapia, sentados en la nieve, y hablando por lo bajo.

Aquellas dos figuras le eran desconocidas; el uno era un hombre barbudo con blusa, y el otro un hombre cabelludo y harapiento.

El barbudo llevaba un gorro griego, el otro la cabeza descubierta y nieve en los cabellos.

Alargando la cabeza por encima de ellos, Mario podía oir.

El cabelludo empujaba al otro con el codo, diciéndole:

—Con Patrón-Minette la cosa no puede fallar.

—¿Lo crees así?—dijo el barbudo.

Y el cabelludo replicó:

—Siempre dará para cada uno un lote de quinientos bultos, y lo peor que pueda suceder: ¡cinco años, seis, diez á lo más!

El otro contestó con cierta vacilación, y tiritando bajo su gorro griego:

—Eso es cosa segura, y no hay que andar pensando en tales cosas.

—Te digo que el negocio no puede fallar,—repuso el cabelludo;—se cogerá todo el alijo por completo.

Luego se pusieron á hablar de un melodrama que habían visto la víspera en el teatro de la Gaité.

Mario prosiguió su camino.

Parecíale que las palabras obscuras de aquellos hombres, tan extrañamente ocultos detrás de la pared y acurrucados sobre la nieve, no dejaban tal vez de tener alguna relación con los abominables proyectos de Jondrette. Éste debía ser el negocio.

Dirigióse hacia el arrabal de San Marcelo, y preguntó en la primera tienda qué encontró, dónde podía encontrar un comisario de policía.

Indicáronle el número 14 de la calle Pontoise.

Mario se dirigió allá.

Al pasar por delante de una panadería, compró un panecillo de dos sueldos y se lo comió, previendo que no comería más aquel día.

Mientras iba andando, hizo justicia á la Providencia. Pensó que si no hubiese dado por la mañana aquellos cinco francos á la hija de Jondrette, hubiera seguido el coche del señor Leblanc, y por consiguiente lo habría ignorado todo; nada se habría opuesto á la celada de los Jondrette, y el señor Leblanc estaba perdido, é indudablemente su hija con él.

[Pg 50]

XIV
Donde un agente de policía proporciona dos cachorrillos á un abogado

Al llegar al número 14 de la calle de Pontoise, subió al piso principal, y preguntó por el comisario de policía.

—El señor comisario de policía no está,—contestó uno de los ordenanzas de oficina;—pero hay un inspector que le sustituye. ¿Queréis hablarle? ¿Es cosa urgente?

—Sí,—dijo Mario.

El ordenanza le introdujo en el despacho del comisario. Un hombre de elevada estatura estaba allí en pie, detrás de un enrejado, apoyado en una estufa, levantándose con ambas manos los faldones de un gran carric de tres esclavinas.

Su cara era cuadrada, la boca pequeña y firme, espesas patillas entrecanas muy cerdosas, y una mirada capaz de distinguir hasta el fondo de los bolsillos. Hubiérase podido decir de su mirada, no que penetraba, sino que registraba.

Aquel hombre tenía el aire no menos feroz y temible que Jondrette; muchas veces causa tanto miedo el encuentro de un perro de presa como el de un lobo.

—¿Qué se ofrece?—dijo á Mario, sin añadir caballero.

—Ver al señor comisario de policía.

—Está ausente; yo le sustituyo.

—Es para un asunto muy reservado.

—Entonces, hablad.

—Y muy urgente.

—Entonces, hablad pronto.

Aquel hombre, sereno y brusco, era á la vez temible y tranquilizador; inspiraba miedo y confianza. Mario le refirió la aventura: que una persona, á quien no conocía más que de vista, debía ser atraída por la noche á una emboscada. Que habitando en el cuarto inmediato á la madriguera, él, Mario Pontmercy, abogado, había oído todo el complot á través de la pared. Que el malvado que había ideado el plan era un hombre llamado Jondrette. Que tendría cómplices, probablemente entre los vagos de las afueras, y entre otros un tal Panchaud, alias Primaveral, alias Colmenero. Que las hijas de Jondrette estarían en acecho. Que no había medio alguno de prevenir á la persona amenazada, toda vez que ni aun se sabía su nombre. Y por último, que todo esto debía verificarse á las seis de la tarde, en el punto más desierto de la alameda del Hospital en la casa número 50-52.

Al oir este número el inspector levantó la cabeza, y dijo fríamente:

—¿Es pues en el cuarto del extremo del corredor?

—Precisamente,—dijo Mario, y añadió:—¿Por ventura conocéis la casa?

El inspector permaneció un momento silencioso; luego contestó calentándose el tacón de la bota en la puertecilla de la estufa:

—Puede.

Y continuó entre dientes, hablando, más que con Mario, con su corbata:

—Algo de Patrón-Minette debe haber en ello.

Este nombre llamó la atención de Mario.

—¡Patrón-Minette!—dijo.—Efectivamente, he oído pronunciar este nombre.

Y refirió al inspector el diálogo del hombre cabelludo con el hombre barbudo, sobre la nieve, detrás de la tapia baja de la calle del Petit-Banquier.

El inspector murmuró:

—El cabelludo debe ser Brujón, y el barbudo debe ser Medio Ochavo, alias Dos Millones.

Y habiendo bajado nuevamente los ojos, meditaba.

—En cuanto al tío Fulano, ya casi le veo ¡Vaya en gracia! ¡Pues no he ido á quemarme el carric! ¡Siempre llenan demasiado de fuego estas malditas estufas!... Número 50-52, antigua casa de Cuervo.

Luego fijó la vista en Mario.

—¿No habéis visto más que á ese barbudo y á ese cabelludo?

—Y á Panchaud.

—¿Y no habéis visto también rondar por allí á cierto petimetrillo endiablado?

—No.

—¿Ni á un mocetón macizo, que se parece al elefante del Jardín Botánico?

—No.

—¿Ni á un mala facha, que tiene todo el aire de un antiguo cola roja?

—Tampoco.

—En cuanto al cuarto, nadie le ve, ni sus mismos ayudantes, dependientes ó empleados. No es, pues, extraño que no le hayáis visto.

—No. Pero ¿qué vienen á ser todos esos individuos?—preguntó vivamente Mario.

El inspector respondió:

—Además que tampoco es ésa su hora.

Volvió á guardar silencio; luego continuó:

—50-52. Conozco esa casucha. Imposible que nos ocultemos en su interior sin que lo noten los artistas, y entonces saldrían del paso con dejar para otro día la función. ¡Son tan modestos, que les incomoda el público!

—¡Nada de eso! ¡Nada de eso! Quiero oirles cantar y hacerlos bailar.

Terminado este monólogo, se volvió hacia Mario, y le preguntó, mirándole fijamente:

—¿Tendríais miedo?

—¿De qué?—dijo el joven.

—De esos hombres.

—Ni más ni menos que de vos,—replicó rudamente Mario, que comenzó á notar que el polizonte no le había llamado aún caballero.

El inspector miró á Mario con mayor fijeza todavía, y replicó con cierta solemnidad sentenciosa:

—Habláis como un hombre valiente y como un hombre honrado. El valor no teme al crimen, ni la honradez teme á la autoridad.

Mario le interrumpió:

—¡Bueno! Pero ¿qué pensáis hacer?

El inspector se limitó á contestarle:

—Los inquilinos de esa casa tendrán su llavín para entrar en ella por la noche. ¿Vos debéis tener uno?

—Sí,—dijo Mario.

—¿Le lleváis ahí?

—Sí.

—Dádmelo,—dijo el inspector.

Mario sacó su llavín del bolsillo, se lo dió al inspector, y añadió:

—Si queréis creerme, haríais bien en ir acompañado.

El inspector dirigió á Mario la misma mirada [Pg 51]que hubiera dirigido Voltaire á un académico de provincia, que le hubiese dado un consonante. Sumergió con un solo movimiento sus dos manos, que eran enormes, en los dos inmensos bolsillos de su carric, y sacando de ellos dos pistolas pequeñas de acero de las llamadas cachorrillos, se las presentó á Mario, diciéndole vivamente y con tono breve:

—Tomad esto. Volveos á vuestra casa, y ocultaos en vuestro cuarto de modo que crean que habéis salido. Están cargados, cada uno con dos balas. Observaréis por el agujero que hay en la pared, como me habéis dicho. Esa gente irá. Dejadla obrar un tanto; y cuando juzguéis la cosa á punto, y que es tiempo de pararla, soltad un pistoletazo; no muy pronto. Lo demás corre de mi cuenta. Un tiro al aire, al techo, no importa [Pg 52] adónde. Sobre todo, que no sea demasiado pronto. Aguardad á que haya dado principio la ejecución; vos sois abogado, y sabéis lo que esto quiere decir.

Mario tomó las pistolas y las metió en el bolsillo interior de su frac.

—Esto abulta mucho y se ve,—dijo el inspector.—Mejor es que os las guardéis en los bolsillos del pantalón.

Mario ocultó las pistolas en los bolsillos del pantalón.

—Ahora,—prosiguió el inspector,—no hay que perder un minuto. ¿Qué hora es? Las dos y media ¿No habéis dicho á las siete?

—Á las seis,—dijo Mario.

—Tengo tiempo,—respondió el inspector;—pero sólo el tiempo preciso. No olvidéis nada de cuanto os he dicho. ¡Pun! ¡Un pistoletazo!

—Descuidad,—respondió Mario.

Y al poner Mario la mano en el pestillo de la puerta para salir, el inspector le gritó:

—Á propósito; si de aquí á entonces tuviereis necesidad de mí, venid ó mandadme recado. Preguntad por el inspector Javert.

[Pg 53]

XV
Jondrette hace sus compras

Algunos momentos después, á eso de las tres, Courfeyrac pasaba por casualidad por la calle de Mouffetard en compañía de Bossuet.

La nieve redoblaba llenando el espacio. Bossuet estaba diciéndole á Courfeyrac:

—Al ver caer tantos copos de nieve, diríase que en el cielo hay peste de mariposas blancas.—De pronto Bossuet divisó á Mario, que subía la calle hacia el portillo con un aire particular.

—Mira,—dijo Bossuet,—ahí va Mario.

—Ya le he visto,—dijo Courfeyrac.

—No le hablemos.

—¿Por qué?

—Anda preocupado.

—¿Por qué?

—¿No le ves la cara?

—¿Qué cara?

—La de cualquiera que va siguiendo á alguien.

—Es verdad,—dijo Bossuet.

—Mira qué ojos,—observó Courfeyrac.

—¿Pero á quién diablos andará siguiendo?

—¡Á algún pimpollo hermoso y florido! Está enamorado.

—Pero,—reparó Bossuet,—es que por aquí no veo ni pimpollos, ni flores, ni nada que sepa á mimos en toda la calle. No se ve una mujer.

Courfeyrac miró y exclamó:

—Sigue á un hombre.

Un hombre, en efecto, cubierto con una gorra, y cuya barba gris se distinguía, aun cuando no se le veía más que la espalda, caminaba á unos veinte pasos delante de Mario.

Aquel hombre vestía un sobretodo nuevo, demasiado holgado para él y con un asqueroso pantalón destrozado y ennegrecido por el barro.

Bossuet soltó la carcajada.

—¿Qué especie de hombre es ése?

—¿Ése?—replicó Courfeyrac.—Será algún poeta. Los poetas suelen llevar generalmente pantalones de vendedor de pieles de conejo, y gabán de par de Francia.

—Veamos á dónde va Mario,—dijo Bossuet;—veamos dónde va ese hombre. Sigámoslos, ¿eh?

—Bossuet,—exclamó Courfeyrac.—Águila de Meaux, sois un bruto prodigioso. ¡Seguir á un hombre que sigue á otro hombre!

Y retrocedieron.

Mario, en efecto, había visto pasar á Jondrette por la calle Mouffetard, y le espiaba.

Jondrette caminaba delante de él sin sospechar que se le vigilase.

Dejó la calle de Mouffetard, y Mario le vió entrar en una de las más horribles covachas de la calle Gracieuse, donde estuvo como un cuarto de hora, y luego volvió á la calle Mouffetard, parándose en casa de un quinquillero que había en aquella época en la esquina de la calle de Pièrre-Lombard, y algunos minutos después le vió Mario salir de la tienda, llevando en la mano un gran escoplo, con mango de madera blanca, que ocultó bajo el gabán. Á la altura de la calle del Petit-Gentilly volvió á la izquierda, dirigiéndose rápidamente á la calle del Petit-Banquier. El día iba cayendo; la nieve, que había cesado por unos momentos, volvía á comenzar. Mario se ocultó detrás de la esquina misma de la calle del Petit Banquier, que estaba como siempre desierta, y no siguió á Jondrette. Hizo bien, porque en cuanto llegó á la tapia baja, donde Mario había oído al hombre cabelludo y al hombre barbudo, Jondrette se volvió, se aseguró de que nadie le seguía ni le veía; luego saltó la tapia y desapareció.

El terreno baldío que cercaba aquella tapia comunicaba con el corral de un antiguo alquilador de carruajes, de bastante mala fama, que había quebrado, y que tenía aún bajo los cobertizos algunas berlinas viejas.

Mario creyó que sería prudente aprovechar la ausencia de Jondrette para entrar en la casa; además, la hora se venía encima. Todas las tardes la tía Bougón, al marchar para ir á fregar la vajilla en algunas casas, acostumbraba á echar la llave á la puerta principal de la casucha, la cual al anochecer quedaba irremisiblemente cerrada. Mario había dado su llavín al inspector de policía; era, pues, importante que se apresurase.

La noche había llegado, y casi cerrado por completo; no había ya en el horizonte ni en la inmensidad más que un punto iluminado por el sol: era la luna. Ésta se levantaba rojiza por detrás de la cúpula baja de la Salpetrière.

Mario llegó á grandes pasos al número 50-52. La puerta estaba todavía abierta á su llegada. Subió la escalera de puntillas, y se deslizó á lo largo de la pared del corredor hasta su cuarto. Recuérdese que aquel corredor tenía á ambos lados varios tabucos, que por el momento estaban todos vacíos y por alquilar. La tía Bougón dejaba por lo regular sus puertas abiertas. Al pasar por delante de una de aquellas puertas, Mario creyó divisar en una de las celdas deshabitadas cuatro cabezas de hombre inmóviles, blanqueadas vagamente por un rayo de luz crepuscular que penetraba por una claraboya. Mario no trató de ver, no queriendo ser visto,[Pg 54] y apresuró su cauteloso paso. Consiguió entrar en su cuarto sin ser visto y sin ruido. Había llegado á tiempo. Á los pocos momentos oyóse á la tía Bougón que se iba, y la puerta de la casa que se cerraba.

[Pg 55]

XVI
Donde volverá á encontrarse la canción sobre música inglesa de moda en 1832

Mario se sentó sobre la cama. Podían ser las cinco y media; media hora solamente le separaba de lo que iba á suceder. Sentía latir sus arterias tan claramente como se oye el movimiento de un reloj en la obscuridad. Pensaba en la doble marcha que se efectuaba en aquel momento en las tinieblas: el crimen avanzando de un lado, la justicia viniendo del otro. No tenía miedo; pero no podía pensar sin cierto sobresalto en lo que iba á pasar.

Como todo aquél á quien repentinamente asalta una aventura sorprendente, todo lo de aquel día le causaba el efecto de un sueño, y para no creerse juguete de una pesadilla, necesitaba sentir en sus bolsillos el frío de los dos cachorrillos de acero.

Ya no nevaba; la luna, cada vez más clara, se desprendía de las nubes, y su luz, mezclada con el reflejo blanquecino de la nieve que había caído, daba á la habitación un aspecto crepuscular.

En el tugurio de los Jondrette había luz. Mario veía brillar el agujero del tabique, con una claridad rojiza que le parecía sangrienta.

Era evidente que aquella claridad no podía ser producida por una vela. Además, en casa de los Jondrette no se notaba el menor movimiento. Nadie se movía, nadie hablaba, no se oía una mosca; el silencio era glacial y profundo, y sin aquella luz se hubiera podido creer que se estaba al lado de un sepulcro.

Mario se quitó suavemente las botas y las metió debajo de su cama.

Transcurrieron algunos minutos. Mario oyó la puerta de la calle girar sobre sus goznes; unas pisadas pesadas y rápidas subieron la escalera y recorrieron el corredor; levantóse ruidosamente el pestillo de la puerta; era Jondrette que entraba.

Oyéronse enseguida muchas voces. Toda la familia estaba en el desván. Solamente que en ausencia del dueño se callaban todos, como se callan los lobeznos en ausencia del lobo.

—Soy yo,—dijo él.

—Buenas noches, papaíto,—chillaron las hijas.

—¿Y bien?—dijo la madre.

—Todo va perfectamente,—respondió Jondrette;—pero tengo un frío de perros en los pies. ¡Bueno! Eso es, te has vestido. Será preciso que puedas inspirar confianza.

—Estoy preparada para salir.

—¿No se te olvidará nada de lo que te he dicho? ¿Lo harás todo bien?

—Descuida.

—Es que...—dijo Jondrette. Y no acabó la frase.

Mario le oyó dejar algo pesado sobre la mesa; probablemente el escoplo que había comprado.

—¡Ah!—exclamó Jondrette.—¿Se ha comido aquí?

—Sí,—respondió la madre,—he traído tres grandes patatas y sal. He aprovechado el fuego, ya que le había, para asarlas.

—Bueno,—replicó Jondrette.—Mañana os llevaré á comer conmigo. Habrá pato y sus accesorios. Comeréis á lo Carlos X. ¡Todo va bien!

Después añadió, bajando la voz:

—La ratonera está abierta. Los gatos están ahí.

Bajó todavía más la voz, y dijo:

—Pon esto en el fuego.

Mario oyó el ruido del carbón removido con una tenaza ú otro instrumento de hierro, y Jondrette continuó:

—¿Has dado sebo á los goznes de la puerta para que no metan ruido?

—Sí,—respondió la madre.

—¿Qué hora es?

—Las seis van á dar, porque la media hace ya rato que dió en San Medardo.

—¡Diablo!—exclamó Jondrette.—Es menester que las chicas vayan á ponerse en acecho.—Venid aquí vosotras y escuchad.

Hubo un cuchicheo.

Volvió á levantar Jondrette la voz:

—¿Ha marchado la tía Bougón?

—Sí,—dijo la madre.

—¿Estás segura de que no hay nadie en el cuarto del vecino?

—No ha vuelto en todo el día, y ya sabes que ésta es su hora de comer.

—¿Estás segura?

—Segurísima.

—Es igual,—replicó Jondrette;—pero no estará de más entrar en el cuarto y ver si está.—Y volvióse á su hija mayor:

—Chica,—dijo,—coge la luz y míralo.

Mario se dejó caer sobre sus manos y sus rodillas escurriéndose silenciosamente debajo de su cama.

Apenas se había escondido, cuando divisó la luz á través de las junturas de la puerta.

—Papá,—gritó una voz,—ha salido.

Mario conoció la voz de la hija mayor.

—¿Has entrado?—preguntó el padre.

—No,—respondió la hija;—pero cuando la llave está en la puerta es señal de que ha salido.

El padre gritó:

—Entra, no obstante.

La puerta se abrió, y Mario vió entrar á la muchacha con una vela en la mano. Estaba como por la mañana, solamente algo más espantosa por efecto de aquella luz.

Marchó directamente hacia la cama. Mario pasó un inexplicable momento de ansiedad; pero cerca de la cama había un espejo colgado en la pared, y allí era adonde se dirigía ella. Empinóse sobre las puntas de los pies, y se miró en él.

Oyóse un ruido como de remover hierro viejo en la habitación inmediata.

Ella se alisó el pelo con la palma de la mano, y dirigió al espejo varias sonrisas, cantando entretanto por lo bajo con voz ronca y sepulcral:

Duraron mis amores, entera una semana,
Pero ¡ay! ¡que de la dicha son los instantes breves!
¡Que adorarse ocho días es no adorarse nada!
¡Y el tiempo de quererse debiera durar siempre!
¡Debiera durar siempre! ¡debiera durar siempre!

Entretanto Mario estaba temblando. Parecíale imposible que ella no oyese su respiración.

La muchacha se dirigió á la ventana y miró al exterior, hablando en voz[Pg 56] alta, con aquel aire medio alocado que le era propio:

—¡Qué feo es París cuando se pone camisa blanca!—dijo.

Volvióse otra vez á mirarse al espejó haciendo nuevas muecas, y contemplándose sucesivamente de frente, de espalda y por todos lados.

—¡Y bien!—gritó el padre.—¿Qué es lo que haces?

—Estoy mirando debajo de la cama y de los muebles,—respondió, [Pg 57] y continuó alisándose el pelo;—no hay nadie.

—¡Ea!—aulló el-padre.—Pronto aquí, y no perdamos tiempo.

—¡Voy, voy!—contestó ella.—¡No hay tiempo para nada en esta casucha!

Poniéndose á tararear:

Si me abandonas para irte á la gloria,
Mi triste corazón te seguirá.

Lanzó una mirada postrera al espejo, y salió, cerrando tras sí la puerta.

Poco después Mario oyó el ruido de los pies descalzos de las chicas en el corredor, y la voz de Jondrette que les gritaba:

—¡Mucho cuidado! La una del lado del portillo, la otra á la esquina de la calle del Petit-Banquier. No perdáis de vista un minuto la puerta de la casa; y en notando la menor cosa, inmediatamente aquí. ¡En un brinco! Tenéis ya llave para entrar.

La hija mayor murmuró:

—¡Estar de centinela con los pies descalzos sobre la nieve!

—Mañana tendréis botas de seda color de escarabajo,—dijo el padre.

Bajaron las muchachas la escalera, y algunos segundos después el golpe de la puerta principal, que se cerraba, anunció que estaban fuera.

No quedaban ya en la casa más que Mario y los Jondrette, y probablemente también los misteriosos seres entrevistos por el joven á la luz del crepúsculo, detrás de la puerta del cuarto deshabitado.

[Pg 58]

XVII
Empleo de la moneda de cinco francos de Mario

Mario creyó que había llegado el instante de volver á ocupar su puesto en su observatorio. En un abrir y cerrar de ojos, y con la ligereza de sus pocos años, se encontró de nuevo junto al agujero del tabique divisorio.

Observó y miró.

El interior de la habitación de los Jondrette ofrecía un aspecto singular, y Mario se explicó la extraña claridad que en ella había observado. En un candelero de cobre ardía una vela de sebo; pero no era ésta la que alumbraba realmente el cuarto. Todo el desván aparecía iluminado por la reverberación de un gran hornillo de palastro colocado en la chimenea, y lleno de carbón encendido. Era el brasero que la mujer de Jondrette había preparado por la mañana. El carbón estaba hecho ascua, y el hornillo enrojecido; una llama azulada vagaba oscilante sobre el fuego, y ayudaba á distinguir la forma del escoplo comprado por Jondrette en la calle de Pierre Lombard, el cual se enrojecía metido entre las ascuas. En un rincón cerca de la puerta, y como para un uso ya previsto, se veían dos montones, que parecían ser uno de objetos de herraje y otro de cuerdas. Todo esto, para el que no hubiese sabido lo que se preparaba, hubiera hecho vacilar la imaginación entre una idea siniestra y otra muy sencilla. El desván, así iluminado, parecía antes una fragua que una boca del infierno; pero Jondrette, con aquella claridad, tenía más aires de demonio que de herrero.

El calor del brasero era tal, que la vela colocada sobre la mesa se deshacía por el lado del fuego, consumiéndose como cortada á bisel. Una antigua linterna de latón, digna de Diógenes convertido en Cartouche, estaba sobre la chimenea.

El hornillo, colocado en el mismo hogar al lado de los tizones casi apagados, enviaba su vapor hacia el conducto de la chimenea, y no despedía mal olor.

La luna, entrando por los cuatro cristales de la ventana, arrojaba su luz blanquecina en el purpúreo y flamante desván; y á la poética imaginación de Mario, soñador aún en el momento de la acción, parecíale como un pensamiento celeste, mezclado con los deformes desvaríos terrenales.

Una corriente de aire que entraba por el vidrio roto, contribuía á disipar el olor del carbón y á disminuir el calor.

La cueva Jondrette estaba, si se recuerda cuanto hemos dicho sobre la casucha de Cuervo, admirablemente situada, para servir de teatro á un hecho violento y sombrío, y de envoltorio á un crimen. Era el cuarto más retirado de la casa más aislada del boulevard más desierto de París. Si las sorpresas criminales no hubiesen existido, allí se hubieran podido inventar.

Todo el espesor de una casa y una multitud de cuartos deshabitados, separaban aquel antro del boulevard, y la única ventana que tenía daba á solares desiertos, cerrados con tapias ó empalizadas.

Jondrette había encendido su pipa; estaba sentado sobre la silla rota y fumando. Su mujer le hablaba por lo bajo.

Si Mario hubiera sido Courfeyrac, es decir, uno de los hombres que se ríen en todos los casos de la vida, habría soltado la carcajada cuando su mirada topó con la mujer de Jondrette. Llevaba un sombrero negro con plumas, bastante parecido á los sombreros de los heraldos cuando la consagración de Carlos X; un inmenso pañuelo tartán cubriendo su refajo de punto, y los zapatos de hombre que su hija había desdeñado por la mañana. Este tocado es el que había arrancado á Jondrette aquella exclamación:

¡Bueno! ¡Te has vestido! ¡Has hecho bien! Es preciso que puedas inspirar confianza.

Jondrette no se había quitado el sobretodo nuevo y holgadísimo para él, que le había dado el señor Leblanc, y su traje seguía ofreciendo el contraste de la levita y pantalón, que constituía á los ojos de Courfeyrac el ideal del poeta.

De pronto Jondrette alzó la voz:

—¡Á propósito: ahora se me viene á la imaginación! Con el tiempo que hace vendrá en coche. Enciende la linterna, cógela y baja. Quédate detrás de la puerta. En el momento en que oigas parar el carruaje, abrirás enseguida y le alumbrarás por la escalera y el corredor; y mientras él entra aquí, tú bajarás á todo escape, pagarás al cochero y despedirás el carruaje.

—¿Y el dinero?—preguntó la mujer.

Jondrette rebuscó en los bolsillos del pantalón, y le entregó una moneda de cinco francos.

—¿Qué es esto?—exclamó la mujer.

Jondrette respondió con dignidad:

—Es el monarca que dió el vecino esta mañana.

Y añadió:

—¿Sabes que aquí hacen falta dos sillas?

—¿Para qué?

—Para sentarse.

Mario sintió recorrer por su cuerpo un estremecimiento glacial al oir á la mujer dar esta sencilla respuesta:

—¡Pardiez! Voy á buscar las del vecino.

Y con un rápido movimiento abrió la puerta del desván y salió al corredor.

Mario no tenía materialmente tiempo para bajar de la cómoda, ir hasta la cama, y acurrucarse.

—Toma la luz,—gritó Jondrette.

—No,—dijo ella,—me estorbaría, tengo que cargar con las dos sillas. La luna alumbra lo bastante.

Mario oyó la pesada mano de aquella mujer buscar á tientas en la obscuridad la llave de su cuarto. Abrióse la puerta. Mario se quedó clavado en su puesto sobrecogido de sorpresa y estupor.

La mujer[Pg 59] entró.

La ventanilla abuhardillada dejaba pasar un rayo de luna entre dos grandes manchas de sombra. Una de aquellas manchas cubría enteramente la pared, á la cual estaba pegado Mario, de modo que desaparecía en la obscuridad.

La mujer Jondrette levantó los ojos sin ver á Mario, cogió las dos sillas únicas que éste poseía, y se marchó, dejando que la puerta se cerrase ruidosamente detrás de ella.

Y entró de nuevo en su madriguera.

—Aquí están las dos sillas.

—Y aquí la linterna,—dijo el marido.—Baja enseguida.

Obedeció ella inmediatamente, y Jondrette quedó solo.

Colocó las dos sillas á los dos lados de la mesa, dió una vuelta al escoplo en el brasero, puso delante de la chimenea un biombo viejo que ocultaba el hornillo; luego fué al rincón donde estaba el montón de cuerdas, y se bajó como para examinar alguna cosa. Mario conoció entonces que lo que había tomado por un montón informe, era una escala de cuerda muy bien hecha, con travesaños de madera y dos garfios para colgarla.

Aquella escala y algunos gruesos utensilios, verdaderas mazas de hierro que estaban entre un montón de herraje detrás de la puerta, no se hallaban por la mañana en el domicilio de los Jondrette, y evidentemente habían sido llevados allí aquella tarde durante la ausencia de Mario.

—Son herramientas de cerrajero,—pensó Mario.

Si hubiera sido un poco más entendido en aquel oficio, habría reconocido en lo que tomaba por herramientas de cerrajero, ciertos instrumentos buenos para forzar una cerradura ó desquiciar una puerta, y otros á propósito para hendir ó cortar: las dos clases de instrumentos siniestros que los ladrones llaman ganzúas y ruiseñores.

La chimenea y la mesa, con las dos sillas, se hallaban precisamente enfrente de Mario. Estando oculto el brasero por el biombo, sólo iluminaba el cuarto la luz de la vela; el menor objeto colocado sobre la mesa ó sobre la chimenea, producía una gran sombra. La de un jarro de agua destortillado ocultaba la mitad de una pared. Había en aquel cuarto cierta calma terrible y amenazadora. Sentíase como la espera de algo horroroso.

Jondrette había dejado apagar su pipa, grave signo de meditación, y había vuelto á sentarse. La luz hacía resaltar los ángulos fieros y delgados de su fisonomía; grandes fruncimientos de cejas y bruscos movimientos de su mano derecha, parecían indicar como que contestaba á los últimos consejos de un sombrío monólogo interior.

En una de esas obscuras réplicas que se daba á sí mismo, tiró vivamente hacia sí del cajón de la mesa, cogió de él un ancho cuchillo de cocina que allí estaba guardado, y probó el filo sobre[Pg 60] su uña. Hecho lo cual, volvió á dejar el cuchillo en el cajón y cerró.

Mario, por su parte, sacó el cachorrillo que tenía en el bolsillo derecho, y lo montó.

La pistola produjo al montarla un pequeño ruido claro y seco.

Jondrette se estremeció y casi se levantó de la silla.

—¿Quién anda ahí?—gritó.

Mario contuvo su respiración; Jondrette escuchó un momento, y luego se echó á reir, diciendo:

—¡Qué torpe! Es el tabique que cruje.

Mario conservó el cachorrillo en la mano.

[Pg 61]

XVIII
Las dos sillas de Mario frente á frente

De pronto, la lejana y melancólica vibración de una campana, conmovió los cristales. Daban las seis en San Medardo.

Jondrette marcó cada campanada con un movimiento de cabeza. Al oir la sexta, despabiló la vela con los dedos.

Después se puso á andar por el cuarto, escuchó en el corredor, paseó y escuchó nuevamente.

—¡Con tal que venga!—murmuró. Y se volvió á sentar.

Apenas se había sentado nuevamente, se abrió la puerta.

Habíala abierto su mujer, y quedándose en el corredor hizo una horrible mueca de amabilidad, iluminada de abajo arriba por uno de los agujeros de la linterna sorda.

—Pasad, señor,—dijo.

—Adelante, mi bienhechor,—repitió Jondrette, levantándose precipitadamente.

Apareció el señor Leblanc.

Tenía tal aire de serenidad que le hacía singularmente venerable.

Puso sobre la mesa cuatro luises de oro.

—Señor Fabantou,—dijo,—aquí tenéis para el alquiler y para vuestras primeras necesidades. Luego ya veremos.

—Dios os lo pague, mi generoso bienhechor,—dijo Jondrette.

Y acercándose rápidamente á su mujer añadió:

—¡Despide el coche!

La mujer se marchó en tanto que el marido prodigaba sus saludos y ofrecía una silla al señor Leblanc. Poco después volvió á parecer, y le dijo al oído:

—Ya está.

La nieve que había caído todo el día era tan espesa que no se había oído la llegada del carruaje, ni se le oyó marchar.

Entretanto, habíase sentado el señor Leblanc.

Jondrette tomó posesión de la otra silla enfrente del bienhechor.

Ahora, para formarse una idea de la escena que se prepara, debe imaginarse el lector una noche helada, las soledades de la Salpetrière cubiertas de nieve, y blancas á la luz de la luna como inmensos sudarios, la claridad de lamparilla de los reverberos acá y acullá, alumbrando los trágicos boulevares y las largas filas de negros olmos; ni un transeúnte quizá en un cuarto de legua á la redonda. La casucha de Cuervo en su más alto punto de silencio, de horror y de obscuridad; y en medio de aquella soledad, en medio de aquella sombra, el vasto desván de Jondrette, iluminado por una vela de sebo; y en aquella madriguera dos hombres sentados junto á una mesa. El señor Leblanc, tranquilo; Jondrette, risueño y espantoso; su mujer, la madre loba, en un rincón, y [Pg 62] detrás del tabique, Mario, invisible, en pie, no perdiendo una palabra, ni un movimiento; la mirada en acecho, la pistola en la mano.

Mario, por su parte, sentía una horrorosa emoción, pero ningún temor. Apretaba la culata de la pistola, y se sentía tranquilo.

—Detendré la acción á ese miserable cuando quiera,—pensaba.

Comprendía, por otra parte, que la policía andaba por allí, emboscada en alguna parte, esperando la seña convenida y pronta á extender el brazo.

Esperaba, además, que de aquel violento encuentro entre Jondrette y el señor Leblanc, brotaría alguna luz que aclarase todo lo que él tenía interés en conocer.

[Pg 63]

XIX
Preocuparse de los fondos oscuros

Apenas sentado el señor Leblanc, volvió la vista hacia los lechos que estaban vacíos.

—¿Cómo está la pobre niña herida?—preguntó.

—Mal,—respondió Jondrette con una sonrisa desconsolada y agradecida;—muy mal, mi digno señor. Su hermana mayor la ha acompañado al hospital de la Bourbe para que la curen. Pronto la veréis, pues van á volver enseguida.

—La señora Fabantou me parece algo mejorada,—replicó el señor [Pg 64] Leblanc, fijando la vista en el extraño arreo de la mujer, que de pie, entre él y la puerta, como si guardase ya la salida, le miraba en actitud amenazadora y casi de combate.

—Está muriéndose, señor,—dijo Jondrette;—pero ¡qué queréis, señor! ¡Tiene tantos bríos! ¡Qué mujer! Esto no es mujer, es un toro.

La mujer, halagada por el cumplimiento, exclamó con un arrumaco de monstruo acariciado:

—¡Ah, Jondrette! ¡Tú siempre has sido bueno para mí!

—¡Jondrette!—exclamó Leblanc.—¡Yo creía que os llamabais Fabantou!

—Fabantou, alias Jondrette,—replicó vivamente el marido.—Es un apodo de artista.

Y dirigiendo á su mujer un encogimiento de hombros que el señor [Pg 65] Leblanc no vió, prosiguió en tono enfático y cariñoso:

—¡Ah! Siempre hemos hecho buenas migas mi mujer y yo. ¿Qué nos quedaría, si no nos quedase el cariño? ¡Somos tan desgraciados, mi respetable señor! ¡Hay brazos, pero no trabajo! ¡Hay voluntad, pero falta obra! ¡No sé cómo el Gobierno arregla esto; pero, ¡palabra de honor, caballero! yo no soy jacobino ni realista, yo no le quiero mal; pero, si yo fuera ministro, juro por lo más sagrado que esto habría de marchar de otra manera. Por ejemplo, yo he querido poner á mis hijas á hacer cajas de cartón. Me diréis: «¡Cómo! ¿Un oficio?» ¡Sí, señor! ¡Un simple oficio, un medio de ganar el pan de cada día! ¡Qué caída, mi bienhechor! ¡Qué degradación, cuando uno ha sido lo que yo! ¡Ay! ¡Nada nos queda del tiempo de nuestra prosperidad! Nada más que una cosa, un cuadro que aprecio en mucho, pero del cual me desharía, sin embargo, porque es preciso vivir. Sí, señor, ¡es preciso vivir!

Mientras Jondrette hablaba con una especie de desorden aparente, que en nada debilitaba la expresión reflexiva y sagaz de su fisonomía, [Pg 66] Mario alzó los ojos y vió en el fondo del cuarto un bulto, que hasta entonces no había visto. Acababa de entrar un hombre; pero tan calladamente, que no se habían oído sonar los goznes de la puerta. Aquel hombre vestía una almilla de punto morado, vieja, usada, manchada, con jirones en todos los pliegues; un ancho pantalón de pana, babuchas en los pies, sin camisa, el cuello desnudo, los brazos desnudos y pintarrajeados, y la cara tiznada de negro. Se había sentado en silencio y con los brazos cruzados, sobre la cama más próxima; y como estaba detrás de la mujer de Jondrette, sólo se le distinguía confusamente.

Esa especie de instinto magnético que advierte á la mirada, hizo que el señor Leblanc se volviese casi al mismo tiempo que Mario, no pudiendo [Pg 67] evitar un movimiento de sorpresa, que no se le escapó á Jondrette.

—¡Ah, ya; comprendo!—exclamó Jondrette abrochándose con cierto aire de complacencia.—¿Miráis vuestro sobretodo? ¡Oh! ¡Me sienta muy bien! ¡Perfectamente!

—¿Quién es ese hombre?—preguntó el señor Leblanc.

—¿Ése?—dijo Jondrette,—es un vecino. No hagáis caso.

El tal vecino tenía un aspecto singular. Sin embargo, en el arrabal de San Marcelo abundaban las fábricas de productos químicos; y muchos de sus obreros podían tener la cara negra. Todo en la persona del señor Leblanc respiraba una confianza cándida é intrépida.

Y repuso:

—Perdonad: ¿qué me estabais diciendo, señor Fabantou?

—Os decía, mi venerable protector,—contestó Jondrette, apoyando los codos sobre la mesa, y fijando en Leblanc tiernas miradas, bastante parecidas á las de la serpiente boa,—os decía que tenía un cuadro de venta.

Oyóse en la puerta un ligero ruido. Acababa de entrar otro hombre, que fué á sentarse también en la cama detrás de la mujer de Jondrette.

Tenía como el primero los brazos desnudos y la cara ennegrecida con tinta ú ollín.

Aun cuando aquel hombre, más bien que entrado, se había deslizado en el cuarto, no pudo impedir que le viese el señor Leblanc.

—No tengáis cuidado,—dijo Jondrette;—son gentes de la casa.—Decía, pues, que me quedaba un cuadro precioso... Ahí está, señor; vedlo.

Levantóse, se dirigió á la pared contra la cual estaba arrimado el bastidor de que hemos hablado, y le volvió, manteniéndole apoyado en la pared misma. Era, en efecto, algo que se parecía á un cuadro, iluminado un poco por la luz de la vela. Mario no podía distinguir nada, porque Jondrette se había colocado entre el cuadro y él; solamente divisaba un embadurnamiento grosero con una especie de personaje principal, iluminado con esa crudeza chillona de los lienzos de ferias y de las pinturas de biombo.

—¿Qué es eso?—preguntó el señor Leblanc.

Jondrette exclamó:

—¡Una obra maestra! ¡Un cuadro de gran mérito, mi bienhechor! Lo estimo tanto como á mis hijos. ¡Despierta en mí recuerdos! Pero ya os lo he dicho, y no me desdigo de ello; soy tan desgraciado que me desharía de él.

Fuese casualidad, fuese que hubiera en él un principio de inquietud, al examinar el cuadro el señor Leblanc, volvió la vista hasta el fondo de la estancia.

Había ya allí cuatro hombres, tres sentados en la cama y uno en pie cerca de la puerta; los cuatro con los brazos desnudos, inmóviles, y el rostro tiznado de negro. Uno de ellos, que estaba sentado en la cama, se apoyaba en la pared y tenía los ojos cerrados; hubiérase dicho que dormía.

Era viejo; sus cabellos blancos sobre su cara negra eran horribles; los otros dos parecían jóvenes; el uno era barbudo, y cabelludo el otro. Ninguno tenía zapatos; los que no llevaban babuchas tenían los pies desnudos.

Jondrette observó que la mirada del señor Leblanc se fijaba en aquellos hombres.

—Son amigos,—dijo,—son de la vecindad. Están tiznados, porque trabajan en carbón, son fumistas. No os ocupéis de ellos, mi bienhechor, compradme mi cuadro. Tened lástima de mi miseria. No os lo venderé caro. Á vuestro entender, ¿cuánto vale?

—Pero,—dijo el señor Leblanc, mirando á Jondrette entre ambos ojos, y como hombre que se pone en guardia:—eso no pasa de ser una muestra de taberna, y valdrá solamente unos tres francos.

Jondrette replicó con amabilidad:

—¿Tenéis ahí vuestra cartera? Me contentaré con mil escudos.

El señor Leblanc se puso en pie, apoyó la espalda en la pared, y paseó rápidamente su mirada por el cuarto.

Tenía á Jondrette á su izquierda, del lado de la ventana, y la mujer y los cuatro hombres á su derecha, por el lado de la puerta. Los cuatro hombres no pestañeaban, y ni aún parecían verle.

Jondrette había comenzado de nuevo su arenga con acento tan plañidero, miradas tan vagas y entonación tan lastimera, que el señor Leblanc podía imaginarse que la miseria había vuelto loco á aquel hombre.

—Si no me compráis mi cuadro, mi querido bienhechor,—decía Jondrette,—no tengo recurso ninguno, ni me queda otro medio que tirarme al río. ¡Cuando pienso que he querido que mis hijas aprendan á hacer cajas de cartón, entrefinas, de aguinaldo! Pues bien: hace falta una mesa con una tableta en el fondo para que no se caigan los tarros al suelo; es preciso una hornilla hecha expresamente para el caso, un cacillo con tres divisiones para los diferentes grados de fuerza que debe tener la cola, según que se emplea para madera, papel ó tela; una cuchilla para cortar el cartón, un molde para dar forma á las piezas, un martillo para clavar los aceros, pinceles, demonios, ¡qué sé yo! ¡Y todo esto para ganar cuatro sueldos al día y trabajar catorce horas! ¡Y cada caja pasa trece veces por la mano de la obrera! ¡Y mojar el papel! ¡Y no manchar nada! ¡Y tener la cola caliente! ¡Los diablos! Digo... ¡Y ocho cuartos por día! ¡Cómo queréis que se viva!

Hablando así, Jondrette no miraba al señor Leblanc que le observaba. La mirada del señor Leblanc estaba fija en Jondrette, y la de Jondrette en la puerta.

La atención anhelante de Mario iba de uno á otro. El señor Leblanc parecía preguntarse: ¿es un idiota? Jondrette repitió dos ó tres veces con toda clase de inflexiones variadas de género llorón y suplicante: ¡No tengo más remedio que tirarme al río! ¡El otro día bajé ya tres escalones para hacerlo, por el lado del puente de Austerlitz!

De pronto su apagada pupila se iluminó con un horrible fulgor; aquel hombrecillo se enderezó y apareció espantoso; dió un paso hacia el señor Leblanc, y le gritó con voz tonante:

—¡No se trata de nada de esto! ¿Me conocéis?

[Pg 68]

XX
La emboscada

La puerta del desván acababa de abrirse bruscamente, y dejaba ver tres hombres con blusas de tela azul, cubiertas las caras con máscaras de papel negro. El primero era flaco, y llevaba un largo garrote herrado; el segundo, que era una especie de coloso, llevaba cogido por el medio del mango y el mazo hacia abajo un mallete de los destinados á matar bueyes. El tercero, fornido de hombros, menos flaco que el primero y menos macizo que el segundo, empuñaba una enorme llave, robada quizá de la puerta de alguna cárcel.

Parece que Jondrette esperaba la llegada de aquellos hombres.

Empeñóse un diálogo rápido entre él y el hombre del garrote: el flaco.

—¿Está todo pronto?—preguntó Jondrette.

—Sí,—contestó el flaco.

—¿Dónde está Montparnasse?

—El primer galán se ha parado á hablar con tu hija.

—¿Con cuál?

—Con la mayor.

—¿Hay abajo un carruaje?

—Sí.

—¿Está enganchada la carraca?

—Enganchada está.

—¿Con dos buenos caballos?

—Excelentes.

—¿Espera donde he dicho que esperase?

—Sí.

—Bien,—dijo Jondrette.

El señor Leblanc estaba muy pálido. Miraba todo lo de aquella madriguera en torno suyo, como hombre que comprende donde ha caído, y su cabeza alternativamente dirigida hacia todas las cabezas de los que le rodeaban, se movía sobre su cuello con lentitud cautelosa y asombrada, pero sin que hubiese en su ademán nada que se pareciese al miedo. Habíase formado con la mesa un improvisado atrincheramiento; y aquel hombre que momentos antes sólo tenía el aspecto de un buen anciano, se había convertido súbitamente en una especie de atleta, y apoyaba su puño robusto sobre el respaldo de la silla con un gesto temible y sorprendente.

Aquel anciano, tan firme y tan valiente ante semejante peligro, parecía ser de esas naturalezas que son valerosas, de igual manera que son buenas, fácil y sencillamente. El padre de la mujer á quien amamos no es nunca un extraño para nosotros. Mario se sintió orgulloso de aquel desconocido.

Tres de los hombres de quienes Jondrette había dicho ser fumistas, habían cogido de entre el montón de hierro, el uno unas grandes tijeras, el otro la barra de una romana, y el tercero un martillo, y se habían colocado delante de la puerta sin decir una palabra. El viejo se había quedado sobre la cama, y solamente había abierto los ojos. La mujer de Jondrette se había sentado junto á él.

Mario pensó que antes de pocos segundos sería llegado el momento de intervenir, y levantó su mano derecha hacia el techo en dirección del corredor, pronto á soltar el pistoletazo.

Luego que Jondrette terminó su coloquio con el hombre del garrote, volvióse de nuevo hacia el señor Leblanc, y repitió su pregunta, acompañándola con esa risa apagada, contenida y terrible, que le era peculiar—¿Con que no me reconocéis?

El señor Leblanc le miró á la cara, y respondió:

—No.

Entonces Jondrette se llegó hasta la mesa. Inclinóse por encima de la vela, cruzó los brazos, aproximando su mandíbula angulosa y feroz al rostro sereno del señor Leblanc, y avanzando cuanto podía, sin que este se retirase, y en aquella postura de fiera montaraz que va á morder le gritó:

—Yo no me llamo Fabantou, ni me llamo Jondrette; ¡me llamo Thénardier! ¡Soy el posadero de Montfermeil! ¿Lo ois bien? ¡Thénardier!... ¡Vaya! ¿Me conocéis ahora?

Un imperceptible rubor pasó por la frente del señor Leblanc, que contestó sin que la voz le temblase y sin levantarla con su ordinaria placidez:

—Tampoco.

Mario no oyó esta respuesta. Quien le hubiese visto en aquel instante en la obscuridad, le habría hallado atontado, estúpido, como herido de un rayo. En el momento en que Jondrette había dicho llamarse Thénardier, Mario se había extremecido, teniendo que apoyarse en la pared, como si hubiese sentido el frío de una espada que le atravesase el corazón. Luego su brazo derecho, pronto ya á dar la señal, se había bajado lentamente; y en el momento en que Jondrette había repetido: «¿Lo ois bien? ¡Thénardier!» los desfallecidos dedos de Mario habían estado á punto de dejar caer la pistola. Jondrette, al descubrir quien era, no había conmovido al señor Leblanc, pero había trastornado á Mario. Aquel nombre de Thénardier, que el señor Leblanc parecía no conocer, Mario le conocía. Recuérdese lo que este nombre era para él.

Ese nombre le llevaba sobre su corazón, escrito en el testamento de su padre; le llevaba en el fondo de su pensamiento, en el fondo de su memoria, en esta sagrada recomendación. «Un tal Thénardier me ha salvado la vida. Si mi hijo le encuentra hará por él todo lo que pueda». Recuérdese que este nombre era uno de los cultos de su alma; iba mezclado con el nombre de su padre. ¿Cómo? ¡Era aquel el Thénardier, el posadero de Montfermeil, á quien había buscado en vano durante largo tiempo! ¡Le hallaba al fin! ¡Pero cómo! El salvador de su padre era un bandido; aquel hombre por el que Mario hubiera querido sacrificarse, era un monstruo. Aquel libertador del coronel Pontmercy estaba á punto de cometer un atentado, cuya forma no veía aún Mario distintamente, pero que se parecía á un asesinato. ¡Y el asesinato de quién! ¡Gran Dios! ¡Qué fatalidad! ¡Qué amargo sarcasmo de la suerte! Su padre le mandaba desde el fondo de su ataúd que hiciera todo el bien posible á Thénardier; hacía cuatro años que Mario no tenía otra idea que pagar esta deuda de su padre, y en el instante en que iba á hacer que la Justicia cogiera á un criminal en el acto de cometer un crimen, el destino le gritaba: ¡Es Thénardier! Iba, en fin, á pagar la vida de su padre salvada entre una granizada de metralla en el campo heroico de Waterloo, ¡y pagarla con el cadalso! Habíase prometido, si llegaba á encontrar á Thénardier, no acercarse á él sino echándose á sus pies, y le hallaba en efecto; pero para entregarlo al verdugo.

Su padre le había dicho:—¡Socorre á Thénardier!—Y él contestaba á esta voz adorada y santa aniquilándole. ¡Dar por espectáculo á su padre en su tumba al hombre que le había librado de la muerte con peligro de su vida, ejecutado en la plaza de Santiago por culpa de su hijo, de aquel Mario á cuya protección le había encomendado! ¡Qué irrisión! ¡Haber llevado tan largo tiempo en su pecho la última voluntad de su padre, escrita de su mano, para hacer horriblemente todo lo contrario! Pero, por otra parte, ¡asistir á aquella emboscada premeditada y no impedirla! ¡Cómo! ¿Condenar á la víctima y salvar al asesino? ¿Por ventura debía Mario conservar la menor gratitud á semejante miserable?

Todas las ideas que Mario tenía hacía cuatro años se hallaban como trastornadas por aquel golpe inesperado. Temblaba. Todo dependía de él; tenía en su mano, sin que ellos lo supiesen, la suerte de aquellos seres que se agitaban allí bajo sus ojos.

Si disparaba el cachorrillo, el señor Leblanc se había salvado, y Thénardier estaba perdido. Si no tiraba, Leblanc era sacrificado, y ¿quién sabe? Thénardier se salvaba. Precipitar al uno, ó dejar caer al otro; remordimiento por ambos lados.

¿Qué hacer? ¿Qué escoger?

¡Faltar á los más imperiosos recuerdos, á tantos y tantos compromisos como consigo mismo había contraído, al más santo deber, al texto más venerado! ¡Faltar al testamento de su padre ó dejar que se consumase un crimen! Parecíale por un lado oir á su «Úrsula» suplicarle en nombre de su padre, y por otro al coronel que le recomendaba á Thénardier. Estaba loco; doblábansele las rodillas; no tenía tiempo para deliberar, porque la escena que tenía ante los ojos se precipitaba furiosa hacia el desenlace. Era como un torbellino, del cual se había creído dueño y le arrastraba consigo. Estuvo á punto de desmayarse.

Entre tanto Thénardier, á quien ya no nombraremos de otro modo, se paseaba á lo largo y ancho por delante de la mesa en medio de una especie de extravío y de triunfo frenético.

Cogió el candelero y le colocó sobre la chimenea, dando con él un golpe tan violento, que le faltó poco para apagarse la vela, y salpicando de sebo la pared.

Luego se volvió hacia el señor Leblanc, y en ademán espantoso vomitó, mejor que pronunció, estas palabras:

—¡Chamuscado! ¡Ahumado! ¡Guisado! ¡Mechado!

Y volvió á pasear nuevamente en el más alto grado de paroxismo.

—¡Ah!—gritaba.—¡Al fin os encuentro, señor filántropo, señor millonario raído! ¡Señor regalador de muñecas! ¡Viejo bragazas! ¡Ah! ¡No me conocéis! ¡No sois vos quien fué á Montfermeil, á mi posada, hace ocho años, la noche de Navidad de 1823! ¡No sois vos quien se llevó de mi casa la hija de Fantina! ¡La Alondra! ¡No sois vos quien llevaba un carric amarillo, no! ¡Y un paquete de trapos en la mano, como el de esta mañana!

¡No es verdad, mujer! ¡Parece que es su manía, llevar á las casas paquetes de medias de lana! ¡Viejo caritativo! ¡Ya, ya! ¿Sois gorrero, señor millonario? ¡Regaláis á los pobres los géneros de vuestra tienda, santo varón! ¡Qué farsante! ¿Con que no me conocéis? Pues bien; yo sí os conozco, os reconocí enseguida, en cuanto metisteis aquí el hocico. Al fin va á verse que no es todo rosas el ir así á casa de las gentes, con pretexto de que son posadas, vistiendo miserablemente, con el aire de un pobre á quien se le puede dar una limosna, para engañar á las personas, hacerse el generoso, quitarles su modo de ganarse la vida, y amenazar en el bosque; y que no es una indemnización, cuando esas personas están arruinadas, el ir á llevarles un gabán desproporcionado y dos malas mantas de hospital, ¡viejo miserable, ladrón de criaturas!

Detúvose un momento pareciendo hablar consigo mismo. Hubiérase dicho que su furor caía como el Ródano en algún agujero. Luego, como si acabase en alta voz cosas que había comenzado á decirse interiormente, dió un puñetazo en la mesa, y exclamó:

—¡Con su aire bonachón!

Y apostrofando al señor Leblanc, continuó:

—¡Pardiez! ¡Bien os burlasteis de mí entonces! ¡Sois causa de todas mis desgracias! ¡Por mil quinientos francos adquirió una muchacha que yo tenía, y que seguramente procedía de gente rica, la cual me había producido ya bastante dinero, y en que tenía yo que sacar para ir pasando toda mi vida! ¡Una chica que me hubiera indemnizado de todo lo que perdí en aquel abominable bodegón, donde se corrían grandes francachelas, y donde me comí como un imbécil toda mi santa fortunilla! ¡Oh! ¡Quisiera que todo el vino bebido en mi casa se volviese veneno para los que lo bebieron! ¡En fin, no importa! Decidme: ¡Os debí parecer muy grotesco cuando os llevasteis mi Alondra! ¡En el bosque teníais vuestro palo! Érais el más fuerte; ahora lo soy yo. Hoy tengo yo los triunfos. ¡Estáis cogido, amiguito! ¡Oh! Pero es cosa de risa; ¡y es para reir de veras! ¡Cómo habéis caído en el garlito!

Le dije que era[Pg 69] actor, que me llamaba Fabantou, que había trabajado con la célebre señorita Mars y con la Muche; que mi casero quería ser pagado mañana 4 de febrero, sin ver que es el 8 de enero y no el 4 de febrero cuando vence el plazo. ¡Estúpido babieca! ¡Y me trae cuatro malos luises! ¡Canalla! ¡Ni aún ha tenido valor para llegar á los cien francos! ¡Y cómo creía en todas mis simplezas! ¡Era divertido! Yo me decía: ¡Anda, majadero! ¡Ya te cogí! ¡Esta mañana te lamía las manos, pero te arrancaré el corazón esta noche!

Thénardier se calló. Estaba sin aliento. Su estrecho y reducido pecho resollaba como el fuelle de una fragua. Su mirada estaba llena de esa ignoble satisfacción de una criatura débil, cruel y cobarde, que consigue al fin derribar al que ha temido, é insultar al que ha halagado; alegría de un enano que pusiera su talón sobre la cabeza de Goliat; alegría de un chacal que comienza á destrozar un toro enfermo, suficientemente acabado para no defenderse ya, y bastante vivo todavía para poder sufrir.

El señor Leblanc no le interrumpió; pero le dijo cuando hubo acabado:

—No sé lo que queréis decir. Os equivocáis. Soy un hombre pobre, y estoy muy lejos de ser millonario. No os conozco; me tomáis sin duda por otro.

—¡Ah!—rugió Thénardier.—¡Me gusta el zarandeo! Os empeñáis en seguir la broma. ¡Ah! ¡Os escurrís, buen viejo! ¿Con que no os acordáis? ¿Con que no sabéis quién soy?

—Perdonad,—respondió el señor Leblanc con un acento de política, que era en semejante momento algo extraño y poderoso;—estoy viendo que sois un bandido.

¡Quién no ha observado que los seres odiosos tienen su susceptibilidad y que los monstruos son quisquillosos! Á la palabra bandido, la mujer de Thérnadier se levantó de la cama, y el marido cogió una silla como si fuera á romperla entre sus manos.—¡No te muevas!—gritó á su mujer. Y volviéndose al señor Leblanc, añadió:

—¡Bandido! Sí, ya sé que nos llaman así los señores ricos. ¡Calle! ¡Es verdad, he quebrado, me oculto, no tengo pan, no tengo un céntimo, soy un bandido! ¡Tres días hace que no como, soy un bandido! ¡Ah! Vosotros os calentáis los pies; vosotros tenéis zapatillas de Sakoski; usáis gabanes entretelados como unos arzobispos; vivís en piso principal, en casa con portero; coméis trufas, y espárragos á cuarenta francos el manojo en el mes de enero, y guisantes, y os atracáis; y cuando queréis saber si hace frío, miráis en el periódico los grados que marca el termómetro del ingeniero Chevalier. Nosotros, nosotros sí que somos los termómetros. No necesitamos ir á la esquina de la Torre del Reloj para ver á cuántos grados está el frío, sino que sentimos coagularse la sangre en nuestras venas, y llegarnos el hielo al corazón, y decimos: «¡No hay Dios!». ¡Y vosotros venís á nuestras cavernas á llamarnos bandidos! ¡Pero ya os comeremos! ¡Os devoraremos,[Pg 70] entes miserables! ¡Ah! Señor millonario, sabed que yo he sido un hombre con establecimiento propio; que he pagado contribución, que he sido elector. ¡Soy ciudadano; y vos, vos acaso no lo seáis!

Aquí Thénardier dió un paso hacia los hombres que estaban junto á la puerta, y añadió con cierto extremecimiento:

—¡Cuando pienso que se atreve á venir á hablarme como á un remendón!

Luego, dirigiéndose al señor Leblanc con recrudescencia de frenesí, añadió:

—¡Y sabed también, señor filántropo, que yo no soy un hombre obscuro, no! Yo no soy un hombre cuyo nombre se ignora, que va á robar criaturas á las casas. ¡Yo soy un antiguo soldado francés, que debería estar condecorado! ¡Yo estuve en Waterloo, y salvé en la batalla á un general llamado el conde de no sé qué. Me dijo su nombre, pero su maldita voz era tan débil que no le entendí. Oí sólo Mercy. Más hubiera querido tener su nombre que su agradecimiento. Así habría podido encontrarle luego. Este cuadro que estáis viendo, y que pintó David en Bruqueselles, ¿sabéis qué es lo que representa? Pues me representa á mí. David quiso inmortalizar este hecho de armas. Yo llevo al general sobre mis hombros y atravieso por en medio de la metralla. ¡Tal es la historia! ¡Nunca hizo por mí nada el tal general; no valía mucho más que los otros! ¡Y con todo yo le salvé la vida á riesgo de la mía; y llevo llenos los bolsillos de certificados! ¡Soy soldado de Waterloo, mil rayos de los demonios! Y ahora que he tenido la bondad de deciros esto, concluyamos: ¡me hace falta dinero, mucho dinero, una suma enorme, con mil truenos y centellas!

Mario había cobrado algún imperio sobre sus angustias y escuchaba. La última posibilidad de duda acababa de desvanecerse. Aquél era efectivamente el Thénardier del testamento. Mario se extremeció al oir la reconvención de ingratitud dirigida á su padre, y que él estaba á punto de justificar tan fatalmente. Redoblóse su perplejidad.

Por lo demás, había en todas las expresiones de Thénardier, en el acento, en el gesto, en la mirada que hacía brotar llamas de cada palabra, había en aquella explosión de una naturaleza perversa al descubierto, en aquella mezcla de fanfarronada y de abyección, de orgullo y de pequeñez, de rabia y de tontería; en aquel caos de agravios positivos y de sentimientos falsos; en aquel impudor de un malvado saboreando la voluptuosidad de la violencia; en aquella desvergonzada desnudez de una alma repugnante; en aquella conflagración de todos los sufrimientos combinados con todos los odios, había algo que era horrible como el mal, y doloroso como la verdad.

El cuadro de David, la obra maestra de pintura cuya adquisición había propuesto al señor Leblanc, no era como el lector habrá adivinado, sino la muestra de su figón, pintada, [Pg 71]ya se recordará, por él mismo, único resto que había salvado de su naufragio de Montfermeil.

Como Thénardier había cesado de interceptar el rayo visual de Mario, éste podía ya mirar aquella cosa, y en aquellos brochazos distinguió realmente una batalla, un fondo de humo, y un hombre que llevaba á cuestas otro. Era el grupo de Thénardier y de Pontmercy, el sargento salvador y el coronel salvado. Mario estaba como ebrio; aquel cuadro le hacía, en cierto modo, el efecto de su padre vivo; no era ya la muestra del figón de Montfermeil, era una resurrección, era una tumba que se entreabría, un fantasma que se levantaba. Mario sentía latir su corazón en sus sienes, tenía el cañón de Waterloo en los oídos; su padre ensangrentado, vagamente pintado en aquel lienzo siniestro, le aterraba; parecíale que aquella figura informe le miraba de hito en hito.

Cuando Thénardier cobró otra vez aliento, fijó sobre el señor Leblanc sus sangrientas pupilas, y le dijo con voz baja y breve:

—¿Qué tienes que decir antes que te ensarten?

El señor Leblanc no contestó.

En medio de aquel silencio, una voz ronca lanzó desde el corredor este lúgubre sarcasmo:

—Si hace falta partir leña, aquí estoy yo.

Era el hombre del mazo, que se chuleaba.

Al mismo tiempo apareció en la puerta una enorme cara, erizada y terrosa, sonriendo espantosamente, y enseñando, no dientes, sino garfios.

Era la cara del hombre del mazo.

—¿Por qué te has quitado la careta?—le gritó Thénardier enfurecido.

—Para reir,—replicó el hombre.

Hacía algunos instantes que el señor Leblanc parecía seguir y espiar todos los movimientos de Thénardier, el cual, cegado y deslumbrado por su propia rabia, iba y venía por el cuarto con la confianza de tener la puerta guardada, de estar armado contra un hombre indefenso, y de ser nueve contra uno, aún suponiendo que la mujer no se contase más que por un hombre.

En su apóstrofe al del mazo, volvía la espalda al señor Leblanc. Éste aprovechó el momento, rechazó la silla con el pie, la mesa con la mano; y dando un salto, con prodigiosa agilidad, antes que Thénardier hubiera tenido tiempo de volverse, estaba en la ventana. Abrirla, escalarla y montarse el antepecho, fué obra de un segundo. Ya tenía fuera la mitad del cuerpo, cuando seis robustos puños le cogieron y le volvieron á meter enérgicamente adentro. Eran los tres «fumistas» que se habían lanzado sobre él. Al mismo tiempo la Thénardier le había asido por los cabellos.

Al pataleo que se armó acudieron los otros bandidos del corredor. El viejo que estaba en la cama y parecía borracho, se levantó también, y llegó vacilante con un martillo de picapedrero en la mano.

Uno de los «fumistas», cuyo rostro tiznado iluminaba la vela, y en quien Mario, á pesar de su tizne, había reconocido á Panchaud, alias Primaveral, alias Colmenero, levantaba sobre la cabeza[Pg 72] del señor Leblanc una especie de maza formada por dos bolas de plomo en los dos extremos de una varilla de hierro.

Mario no pudo resistir á este espectáculo, y ¡Padre mío, pensó: perdonadme!

Y su dedo asió el gatillo de la pistola.

Iba ya á salir el tiro, cuando la voz de Thénardier gritó:

—¡No le hagáis daño!

Aquella tentativa desesperada de la víctima en vez de exasperar á Thénardier, le había calmado.

Existían en él dos hombres: el hombre feroz y el hombre diestro. Hasta aquel instante, en el desbordamiento del triunfo, ante la presa abatida é inmóvil, el hombre feroz había dominado. Cuando la víctima intentó luchar y se movió, el hombre diestro volvió á reaparecer tomando su ascendiente natural.

—¡No le hagáis daño!—repitió;—y sin sospecharlo siquiera, en primer lugar detuvo la pistola de Mario, pronta á disparar, y luego paralizó la acción del joven, para el cual desapareció la urgencia, no viendo inconveniente ante esta nueva fase en esperar aún.

¿Quién sabe si no había de surgir algún incidente que le libertase de la horrible alternativa de dejar perecer al padre de Úrsula, ó de perder al salvador del coronel?

Habíase empeñado una lucha hercúlea. De un puñetazo en la espalda, el señor Leblanc había echado á rodar al viejo en medio del cuarto; de un revés de cada mano había tirado á dos de los que le atacaban, y tenía sujetos á otros dos bajo las rodillas; los miserables se ahogaban bajo aquella presión, como bajo una mole de granito, pero los otros cuatro habían cogido al temible anciano por los dos brazos y la nuca, y le tenían doblegado sobre los dos «fumistas», que yacían en el suelo.

Así, dueño de unos y dominado por los otros; aplastando á los de abajo y ahogado por los de arriba, oponiéndose en vano á todos los esfuerzos de los que se agrupaban sobre él, desaparecía el señor Leblanc bajo el grupo horrible de bandidos, como un jabalí bajo la aulladora traílla de mastines y sabuesos.

Consiguieron echarle sobre la cama más próxima á la ventana, y detener allí sus esfuerzos. La Thénardier no le había soltado de los cabellos.

—Tú,—díjole el marido,—no te mezcles en eso. Te vas á desgarrar el pañuelo.

Ella obedeció como la loba obedece al lobo con un gruñido.

—Vosotros,—añadió Thénardier,—registradle.

El señor Leblanc parecía haber renunciado á toda resistencia.

Le registraron. No tenía más que una bolsa de cuero que contenía seis francos, y su pañuelo.

Thénardier se guardó el pañuelo en el bolsillo.

—¡Cómo! ¿No lleva cartera?—preguntó.

—Ni reloj,—respondió uno de los «fumistas».

—Es igual,—murmuró con voz de ventrílocuo el hombre enmascarado que llevaba la gran llave;—es un viejo duro.

Thénardier fué al rincón de la puerta; allí cogió un manojo de cuerdas, y se las arrojó, diciéndoles:

—Atadle al banquillo.

Y viendo al viejo que había permanecido [Pg 73]tendido en medio del cuarto del puñetazo que le había asestado el señor Leblanc, y notando que no se movía, preguntó:

—¿Está muerto acaso Boulatruelle?

—No,—respondió el Colmenero,—está borracho.

—Barredle á un rincón,—dijo Thénardier.

Dos de los «fumistas» empujaron al borracho con el pie hasta el montón de hierro viejo.

—Babet, ¿por qué has traído tanta gente?—dijo Thénardier por lo bajo al hombre del garrote.—Era inútil.

—¡Qué quieres!—replicó el del garrote.—Todos han querido ser de la partida; el tiempo es malo, y apenas se hacen negocios.

El lecho sobre el que el señor Leblanc había sido derribado, era una especie de cama de hospital, sostenida por un par de banquillos de madera y toscamente labrados.

El señor Leblanc les dejó hacer.

Los bandidos le ataron sólidamente, derecho, y con los pies sujetos al banquillo más separado de la ventana y más próximo á la chimenea.

Cuando quedó apretado el último nudo, Thénardier cogió una silla y fué á sentarse casi enfrente de Leblanc.

Thénardier se había trasformado; en breves instantes su fisonomía había pasado de la violencia desenfrenada á la dulzura tranquila y astuta.

Mario apenas podía conocer en aquella sonrisa política de oficinista la boca casi bestial que momentos antes espumeaba. Contemplaba estupefacto aquella metamorfosis fantástica y alarmante, y sentía lo que sentiría un hombre cualquiera que viese á un tigre cambiarse en procurador.

—Caballero...—dijo Thénardier.

Y apartando con el gesto á los ladrones, que aún tenían puestas las manos sobre el señor Leblanc, añadió:

—Apartaos un poco, y dejadme hablar con este caballero.

Todos se retiraron hacia la puerta.

Thénardier prosiguió.

—Caballero, habéis hecho mal en querer saltar por la ventana, porque hubierais podido romperos una pierna. Ahora, con vuestro permiso, vamos á hablar tranquilamente. Ante todo debo comunicaros una observación que he hecho, y es que todavía no habéis lanzado el menor grito.

Thénardier tenía razón; este detalle era positivo, aún cuando en su turbación Mario no lo había notado.

El señor Leblanc apenas había pronunciado algunas palabras sin alzar la voz, y hasta en su lucha junto á la ventana con los seis bandidos, había guardado el más profundo y singular silencio.

Thénardier prosiguió:

—¡Vive Dios! que aún cuando hubierais gritado: ¡ladrones! no me habría parecido inconveniente. Se grita á veces: ¡al asesino! y esto no lo habría yo tomado á mal. Es muy natural que se meta un poco de ruido cuando uno se encuentra[Pg 74] con personas que no le inspiran suficiente confianza. Aunque lo hubierais hecho, no por eso os habríamos incomodado; ni aún siquiera os habríamos puesto una mordaza. Y voy á deciros porqué. Este cuarto es muy sordo. No tiene más que esta cualidad, pero la tiene. Es una cueva. Aunque reventase aquí una bomba, el ruido que se sentiría en el cuerpo de guardia más próximo no pasaría de ser lo que el ronquido de un borracho. Aquí el cañón haría ¡bun! y el trueno ¡puf! Es un alojamiento cómodo. Pero, en fin, no habéis gritado, tanto mejor; os felicito en verdad, y voy á deciros lo que pienso de ello. Cuando se grita, mi buen señor, ¿quién acude? La policía. ¿Y después de la policía? La justicia. Pues bien; vos no habéis gritado; luego no os interesa más que á nosotros el que acudan la justicia y la policía. Ya hace tiempo que me lo sospechaba. Vos tenéis algún interés en ocultar alguna cosa. Por nuestra parte, tenemos el mismo interés: Así pues podemos entendernos.

Hablando así, parecía que Thénardier, fija su pupila en el señor Leblanc, trataba de hundir sus puntas agudas que salían de sus ojos hasta la conciencia de su prisionero. Por lo demás, su lenguaje, sazonado con cierta insolencia suave y socarrona, era reservado y casi escogido; y en aquel miserable, que poco antes era un bandido, se revelaba entonces «el hombre que ha estudiado para clérigo».

El silencio guardado por el prisionero, aquella precaución que llegaba hasta el olvido de cuidar de su vida, aquella resistencia opuesta al primer movimiento de la naturaleza, que es gritar; todo unido, es preciso decirlo, desde que había sido observado y realizado, importunaba á Mario y le asombraba dolorosamente.

La fundada observación de Thénardier obscurecía aún más para Mario las misteriosas sombras bajo las cuales se ocultaba aquella figura grave y extraña, á la que Courfeyrac había puesto el apodo del señor Leblanc.

Pero, fuese quien fuere, atado, rodeado de verdugos, medio sumido, por así decirlo, en una zanja que se abría debajo de él más y más á cada instante, ya ante el furor, ya ante la dulzura de Thénardier, aquel hombre permanecía impasible, y Mario no podía menos de admirar en semejante momento aquel rostro soberbiamente melancólico.

Era evidentemente una alma inaccesible al miedo, é ignorante de lo que fuese la desesperación. Era uno de esos hombres que dominan las situaciones apuradas. Por extrema que fuese la crisis, por inevitable que fuese la catástrofe, no había allí nada de la agonía[Pg 75] del ahogado que abre debajo del agua ojos horribles.

Thénardier se levantó sin afectación, fué á la chimenea, separó el biombo, que arrimó contra la cama inmediata, dejando al descubierto la hornilla llena de ardientes ascuas, en la que el prisionero podía ver perfectamente el escoplo, enrojecido hasta el blanco y moteado de brillantes estrellitas bermejas.

Luego Thénardier volvió á sentarse inmediato al señor Leblanc.

—Continúo,—dijo,—Podemos entendernos; arreglemos esto amigablemente. Hice mal en incomodarme hace poco; no sé dónde tenía la cabeza; he ido demasiado lejos, y he dicho mil barbaridades. Por ejemplo, porque sois millonario, os he dicho que exigía dinero, mucho dinero, enorme cantidad de dinero. Esto no sería razonable; tenéis la suerte de ser rico, pero tendréis también vuestras obligaciones; ¡quién no tiene las suyas! No quiero arruinaros; al fin y al cabo, yo no soy un desollador. No soy de ésos que porque tienen la ventaja de la posición se aprovechan de ella para ridiculizarse. Oíd, pues; yo cedo algo, y hago un sacrificio por mi parte. Necesito solamente doscientos mil francos.

El señor Leblanc no dijo una palabra.

Thénardier prosiguió:

—Ya veis que dejo de aguar bastante mi vino. No conozco el estado de vuestra hacienda; pero sé que no tenéis mucho apego al dinero; y un hombre benéfico como vos, bien puede dar doscientos mil francos á un padre de familia que no es feliz.

Vos sois ciertamente razonable, y ya calcularéis que no me habré tomado el trabajo de hoy, y organizado la cosa de esta noche, que es un trabajo muy acabado, según confesión de estos señores, para ir á pediros solamente con que echar un trago de lo tinto de á doce y comer ternera en casa de Desnoyers. Doscientos mil francos es lo que esto vale.

«Una vez desembolsada por vos esta bagatela, yo os respondo que todo queda concluido, y no tenéis ya que temer nada absolutamente. Me diréis: «¡Pero yo no tengo aquí doscientos mil francos!». ¡Oh! No soy exagerado; no exijo eso. Sólo os pido una cosa. Tened la bondad de escribir lo que voy á dictaros».

Aquí Thénardier suspendió su arenga, y luego añadió, acentuando mucho sus palabras, y dirigiendo una sonrisa hacia el lado del hornillo:

—Os advierto que no admitiré la escusa de no saber escribir.

Un inquisidor general hubiera podido envidiar aquella sonrisa.

Thénardier empujó la mesa inmediata al señor Leblanc, y sacó tintero, pluma y papel del cajón, que dejó entreabierto, y en el cual brillaba la ancha hoja del cuchillo.

Puso el pliego de papel delante del señor Leblanc.

—Escribid,—dijo.

El prisionero habló[Pg 76] por fin:

—¿Cómo queréis que escriba si estoy atado?

—Es cierto; ¡perdonad!—prorrumpió Thénardier.—Tenéis muchísima razón.

Y volviéndose hacia el Colmenero, le dijo:

—Desatadle el brazo derecho al señor.

Panchaud, alias Primaveral, alias Colmenero, ejecutó la orden de Thénardier.

Cuando estuvo libre la mano derecha del prisionero, Thénardier mojó la pluma en el tintero, y se la presentó.

—Tened muy presente,—dijo,—que estáis en nuestro poder, á nuestra discreción; que ningún poder humano puede sacaros de aquí, y que nos afligiría verdaderamente el vernos obligados á recurrir á extremos desagradables. No sé ni vuestro nombre, ni las señas de vuestra casa; pero os prevengo que seguiréis atado aquí hasta que vuelva la persona encargada de llevar la carta que vais á escribir. Ahora tened la bondad de poner.

—¿Qué?—preguntó el prisionero.

—Lo siguiente:

El señor Leblanc cogió la pluma.

Thénardier comenzó á dictar:

—«Hija mía...».

El prisionero se estremeció, y levantó los ojos hasta Thénardier.

—Escribid: «Mi querida hija»,—dijo Thénardier.

El señor Leblanc obedeció.

Thénardier continuó:

—«Ven al momento...».

Aquí se detuvo á preguntar:

—La tuteáis, ¿verdad?

—¿Á quién?—preguntó Leblanc.

—¡Pardiez!—exclamó Thénardier,—á la chica, á la Alondra.

El señor Leblanc respondió sin la menor emoción aparente:

—No sé lo que queréis decir.

—De todos modos, continuad,—dijo Thénardier; y se puso á dictar nuevamente:

—«Ven enseguida. Necesito absolutamente de ti. La persona que te entregará esta carta lleva el encargo de acompañarte donde yo estoy. Te aguardo. Ven confiada».

El señor Leblanc lo había escrito todo.

Thénardier añadió:

—¡Ah! Borrad el ven confiada; esto podría hacer suponer que la cosa no es natural, y que la desconfianza es posible.

El señor Leblanc borró las dos palabras.

—Ahora,—prosiguió Thénardier,—firmad. ¿Cómo os llamáis?

El prisionero dejó la pluma, y preguntó:

—¿Para quién es esta carta?

—¡Bah! Ya lo sabéis,—respondió Thénardier;—para la chica, acabo de decíroslo.

Era evidente que Thénardier evitaba nombrar á la joven de que se trataba.

Decía «la Alondra», «la chica», pero no pronunciaba el nombre. Precaución de hombre hábil, guardando su secreto entre sus cómplices. Decir el nombre, hubiera sido entregarles todo el negocio, y enseñarles más de lo que tenían necesidad de saber.

Continuó:

—Firmad. ¿Cuál es vuestro nombre?

—Urbano Fabre,—dijo el prisionero.

Thénardier, con el movimiento propio de un gato, se metió la mano en el bolsillo y sacó el pañuelo cogido al señor Leblanc. Buscó la marca y se aproximó á la luz.

—U. F. Eso es. Urbano Fabre. Pues bien; firmad U. F.

El prisionero firmó.

—Como se necesitan las dos manos para cerrar la carta,—dádmela,—la cerraré yo.

[Pg 77]

Hecho esto, Thénardier añadió:

—Poned el sobre, Señorita Fabre, en vuestra casa. Sé que no vivís muy lejos de aquí, por los alrededores de Santiago de Haut-Pas, pues que allí vais á misa todos los días; pero no sé la calle. Veo que comprendéis vuestra situación. Como no habéis mentido al decir vuestro nombre, tampoco mentiréis para vuestra dirección. Ponedla vos mismo.

El prisionero permaneció un momento pensativo; luego cogió la pluma y escribió:

—Señorita Fabre, casa Urbano Fabre, calle Saint Dominique d'Enfer, número 17.

Thénardier tomó la carta con una especie de convulsión febril.

—¡Mujer!—gritó.

Acercóse la Thénardier.

—Aquí tienes esta carta. Ya sabes lo que hay que hacer. Abajo encontrarás un coche. Marcha inmediatamente, y vuelve ídem.

Y dirigiéndose al hombre del mazo, le dijo:

—Tú que te has quitado el tapa-bocas, acompaña á la ciudadana. Subirás en la trasera del coche. ¿Sabes dónde has dejado la carraca?

—Sí,—contestó el hombre.

Y dejando su mazo en un rincón, siguió á la mujer de Thénardier.

Cuando ya se iban, Thénardier sacó la cabeza por la puerta entreabierta, y gritó en el corredor:

—¡Cuidado con perder la carta! Mira que van en ella doscientos mil francos.

La voz ronca de la mujer respondió:

—Descuida. La he guardado en el pecho.

No había transcurrido un minuto, cuando se oyó el chasquear de un látigo, que fué disminuyendo y se apagó rápidamente.

—¡Bien!—murmuró Thénardier.—Van á buen paso. Como sigan corriendo de este modo, la ciudadana estará aquí de vuelta, dentro de tres cuartos de hora.

Acercó una silla á la chimenea, y se sentó cruzando los brazos, acercando sus botas enlodadas al hornillo.

—Tengo frío en los pies,—dijo.

Ya no quedaban en el desván con Thénardier y el prisionero, más que cinco bandidos.

Aquellos hombres, á través de las caretas ó de la untura negra que les cubría el rostro, parecían, según el miedo de quién los mirase, carboneros, negros ó demonios; tenían el aire embotado y triste, por el que se conocía que ejecutaban un crimen como un trabajo cualquiera, tranquilamente, sin cólera y sin lástima, con cierta especie de aburrimiento. Hallábanse en un rincón amontonados como bestias. Thénardier se calentaba los pies y se callaba.

El prisionero había vuelto á caer en su taciturnidad. Una sombría calma había sucedido al feroz estrépito que llenaba el desván momentos antes.

La vela, que había producido un largo pábilo, iluminaba apenas el inmenso tugurio; el fuego había palidecido, y todas aquellas cabezas monstruosas proyectaban sombras deformes en [Pg 78]las paredes y en el techo.

No se oía otro ruido que la tranquila respiración del viejo borracho que dormía.

Mario esperaba con ansiedad siempre creciente. El enigma era más impenetrable que nunca. ¿Quién era aquella «chica» á quien Thénardier había llamado la Alondra? ¿Era su «Úrsula?». El prisionero no había parecido conmovido al oir esta palabra, la Alondra, y había contestado lo más naturalmente del mundo: «No sé lo que queréis decir». Por otra parte, las dos letras U. F. estaban explicadas: era Urbano Fabre, y Úrsula no se llamaba ya Úrsula. Esto era lo que Mario veía más claro.

Una especie de fascinación horrible le retenía clavado en su sitio, desde donde observaba y dominaba toda la escena. Estaba allí, casi imposibilitado de reflexionar y de moverse, como aniquilado por ver de cerca cosas tan altamente abominables.

Aguardaba un incidente cualquiera; no importaba cuál, no pudiendo reunir sus ideas, y no sabiendo qué partido tomar.

—De cualquier modo,—decía, si la Alondra es ella, la veré, porque la mujer de Thénardier va á traerla aquí. Entonces todo acabará; daré mi vida y mi sangre, si es menester, pero la libertaré. Nada me detendrá.

Después de pasar así una media hora, Thénardier parecía absorto en una tenebrosa meditación; el prisionero no se movía.

Sin embargo, Mario creía oir por intervalos, y desde hacía algunos instantes, un ligero ruido sordo hacia el lado del prisionero.

De pronto Thénardier apostrofó á este último:

—Señor Fabre, atended lo que voy á deciros desde luego.

Estas pocas palabras parecían ser el principio de una declaración. Mario prestó oído.

Thénardier continuó:

—Mi mujer va á volver; no os impacientéis. Creo que la Alondra es verdaderamente vuestra hija, y encuentro muy natural que la guardéis vos. Pero oíd: con vuestra carta ha ido mi mujer á buscarla. La había dicho yo que se vistiese, como habéis visto, para que vuestra hija consienta en[Pg 79] seguirla sin dificultad. Las dos subirán al carruaje, y mi camarada en la trasera. Hay en cierta parte, fuera de puertas, una «carraca» enganchada en dos buenos caballos. Llevará allí á vuestra hija; se apeará del coche, mi camarada subirá con ella en la «carraca», y mi mujer volverá aquí á decirnos: «Ya está hecho». En cuanto á vuestra hija, no se le hará ningún daño; la «carraca» la llevará á un sitio donde estará tranquila; y en cuanto me hayáis dado esos miserables doscientos mil francos, os será devuelta. Si hacéis que me prendan, mi camarada dará el martillazo á la Alondra, y listos.

El prisionero no articuló una palabra. Después de una pausa, Thénardier prosiguió:

—Esto como veis, es sencillísimo. No habrá nada malo, si vos no queréis que lo haya. Os cuento simplemente la cosa; es decir, os la anticipo para que la sepáis.

Se detuvo; el prisionero no rompió el silencio, y Thénardier continuó:

—Cuando mi esposa haya vuelto y me haya dicho «la Alondra está en camino», os soltaremos, y seréis dueño de ir á dormir si gustáis á vuestra casa. Ya veis que no tenemos malas intenciones.

Espantosas imágenes cruzáronse por la mente de Mario. ¡Cómo! Aquella joven á quien robaban, ¿no iba á ser llevada allí? ¿Uno de aquellos monstruos iba á arrebatarla en la sombra? ¿Dónde?... ¿Y si era ella? ¡Y claro está que lo era! Mario sentía apagarse los latidos de su corazón.

¿Qué hacer? ¿Disparar el tiro? ¿Poner en manos de la justicia á todos aquellos miserables?

Pero no por eso el hombre horrible del mazo dejaría de estar fuera de todo alcance con la joven, y Mario pensaba en estas palabras de Thénardier, cuya sangrienta significación entreveía: Si hacéis que me prendan, mi camarada dará el martillazo á la Alondra.

Ahora ya no le detenía solamente el testamento del coronel, sino también su mismo amor, el peligro de la que amaba.

Esta espantosa situación, que duraba ya más de una hora, cambiaba de aspecto á cada instante.

Mario tuvo la fuerza de pasar revista sucesivamente á las más dolorosas conjeturas, buscando, y no hallando, una esperanza.

El tumulto de sus pensamientos contrastaba con el fúnebre silencio de la madriguera.

En medio de aquel silencio se oyó el ruido de la puerta de la calle, que [Pg 80]se abría, y luego volvía á cerrarse.

El prisionero hizo un movimiento en sus ligaduras.

—Aquí está la ciudadana,—dijo Thénardier.

Apenas acaba de hablar, cuando, en efecto, se precipitó su mujer en el cuarto, amoratada, desalentada, jadeante, echando chispas por los ojos, y exclamando después de pegar con sus dos manazas sobre sus dos muslos:

—¡Dirección falsa!

El bandido que había ido con ella asomó detrás, y se dirigió á coger su mazo.

—¿Dirección falsa?—repitió Thénardier.

La mujer repuso:

—¡Nadie! En la calle de Saint Dominique, número 17, no vive ningún Urbano Fabre. Nadie da razón de él.

Detúvose sofocada, y luego continuó:

—Mira, Thénardier; ese viejo te la ha pegado; tú eres demasiado bueno. Ya ves; yo que tú le hubiera abierto en canal para empezar; y si se hubiera hecho rogar, le habría asado vivo. Entonces le hubiera sido preciso hablar, y decir dónde está su hija y dónde tiene el gato. Así es cómo hubiera yo manejado el negocio. Bien dicen que los hombres son más bestias que las mujeres. ¡Nada; no había nadie en el número 17! Es una puerta cochera grandísima. ¡En la calle de Saint-Dominique no hay ningún señor Fabre! ¡Y á escape, y propina al cochero, y todo! He hablado al portero y á la portera, que es una buena mujer, y no le conocen.

Mario respiró.

Ella, Úrsula ó la Alondra, aquella á quien no sabía cómo llamar, estaba á salvo.

En tanto que la mujer, exasperada, vociferaba, Thénardier se había sentado sobre la mesa; permaneció algunos instantes sin pronunciar palabra, moviendo su pierna derecha, que colgaba, y contemplando el hornillo con aire de salvaje meditación.

Por fin, le dijo el prisionero con inflexión lenta y singularmente feroz:

—¡Dirección falsa! ¿Qué es, entonces, lo que te has figurado?

—¡Ganar tiempo!—gritó el prisionero con acento expansivo.

Y en el mismo momento sacudió sus ligaduras; estaban rotas. El prisionero sólo quedaba atado á la cama por una pierna.

Antes de que los siete hombres hubiesen tenido tiempo de comprender la situación y de lanzarse sobre él, Leblanc se inclinó hacia la chimenea, extendió la mano hacia el hornillo, y luego se enderezó. Thénardier, su mujer y los bandidos, rechazados por el asombro al fondo del desván, le miraban estupefactos cómo levantaba por encima de su cabeza el escoplo hecho ascua, del que se desprendía una claridad siniestra, casi libre y en formidable actitud.

La sumaria á que más adelante dió lugar la aventura de la casucha de Cuervo, hizo constar, que en uno de los reconocimientos de la policía se halló en el desván un céntimo cortado y trabajado de un modo particular. Aquella moneda era una de esas maravillas de industria que la paciencia del presidio engendra en las tinieblas y para las tinieblas; maravillas[Pg 81] que no son otra cosa sino instrumentos de evasión. Estos productos deformes y delicados, de un arte prodigioso, son en la bisutería lo que las metáforas de la germanía son en la poesía. Hay Benvenutos Cellini en los presidios, como hay Villons en el idioma. El infeliz que aspira á la libertad encuentra medios á veces sin instrumentos, con un cortaplumas, un cuchillo viejo, para serrar un céntimo en dos hojas delgadas, de ahuecar éstas sin tocar el grabado monetario, practicando una muesca ó rosca sobre el corte de la moneda, de modo que las dos hojas se puedan adherir de nuevo. Así se juntan ó separan á voluntad, formando una caja. En esa caja se guarda fácilmente un muelle de reloj, y este muelle, bien manejado, corta los grillos y las barras de hierro. Se cree que el infeliz presidiario no tiene más que un céntimo, cuando posee con ello su libertad. Una moneda de esta clase fué la que halló la policía en sus pesquisas ulteriores, abierta y en dos mitades, debajo de la cama, cerca de la ventana. Se descubrió igualmente una sierrecilla de acero pavonado, que podía ocultarse muy bien en dicha moneda.

Es probable que en el momento que los bandidos registraron al prisionero, llevase consigo esta moneda, la que conseguiría esconder entre los dedos, y que teniendo enseguida la mano libre, la abrió y se sirvió de la sierra para cortar las cuerdas que le ataban, lo cual explicaría el ligero ruido y los movimientos imperceptibles que Mario había observado.

No habiendo podido bajarse por temor de ser descubierto, no había cortado las ligaduras de su pierna izquierda.

Los bandidos habían vuelto de su primera sorpresa.

—No tengas cuidado,—dijo el Colmenero á Thénardier.—Está todavía sujeto por una pierna, y no se irá. Yo te respondo de ello, pues he sido yo quien le he atado la pata.

Sin embargo, el prisionero levantó la voz:

—¡Sois unos miserables: pero mi vida no vale la pena de defenderla tanto! En cuanto á imaginaros que me haréis hablar, que me haréis escribir lo que yo no quiera escribir, que me haréis decir lo que yo no quiera decir...

Y levantando la manga del brazo izquierdo, añadió:

—Mirad.

Al mismo tiempo alargó el brazo, y puso sobre la carne desnuda el escoplo enrojecido que tenía en la mano derecha, cogido por el mango de madera.

Oyóse el chirrido de la carne quemada, esparciéndose por el desván el olor propio de las cámaras de tortura.

Mario vaciló sobrecogido de horror; los bandidos mismos se estremecieron; el rostro del enigmático anciano apenas se[Pg 82] contrajo; y en tanto que el hierro enrojecido penetraba en la humeante herida, impasible él y casi augusto, fijaba en Thénardier su tranquila mirada sin odio, en la que se desvanecía el dolor bajo una majestad serena.

En las naturalezas grandes y elevadas, la rebelión de la carne y los sentidos en lucha con el dolor físico, obligan á salir al alma y la hacen aparecer en la frente, como las rebeliones de la soldadesca obligan á aparecer al capitán.

—¡Miserables!—dijo.—No tengáis más miedo de mí que el que yo tengo de vosotros.

Y arrancando el hierro de la herida, lo arrojó por la ventana, que había quedado abierta; el horrible instrumento abrasado desapareció girando en la obscuridad, cayendo á lo lejos, y yendo á apagarse en la nieve.

El prisionero añadió:

—Haced de mí lo que queráis.

Estaba ya desarmado.

—¡Sujetadle!—gritó Thénardier.

Dos bandidos le echaron mano á los hombros, y el enmascarado, con voz de ventrílocuo, se colocó en frente de él pronto á hundirle el cráneo de un llavazo al menor movimiento.

Al mismo tiempo oyó Mario por lo bajo, al pie del tabique, pero de tal modo que no podía ver á los que hablaban, este coloquio sostenido en voz baja:

—No hay más que una cosa que hacer.

—Abrirle en canal.

—Eso.

Eran el marido y la mujer, celebrando consejo.

Thénardier marchó lentamente hacia la mesa, abrió el cajón y cogió el cuchillo.

Mario estaba dando tormento á la culata de la pistola. ¡Perplejidad inaudita! Hacía una hora que se elevaban dos voces en su conciencia; la una le decía que respetase el testamento de su padre, la otra le gritaba que socorriese al prisionero. Aquellas dos voces continuaban sin interrupción su lucha, poniéndole á él en la agonía. Había esperado vagamente hasta aquel momento el hallar un medio de conciliar los dos deberes; pero nada posible había surgido.

Entretanto, el peligro apremiaba; había ya traspasado el último límite de la espera; á pocos pasos del prisionero, Thénardier cavilaba con el cuchillo en la mano.

Mario, alocado, paseaba sus miradas en torno suyo, último y maquinal recurso de la desesperación.

De repente se estremeció.

Á sus pies, sobre la cómoda, un clarísimo rayo de la luna iluminaba como para mostrarle una hoja de papel. En aquella hoja leyó esta línea escrita en grandes caracteres aquella misma mañana por la hija mayor de Thénardier:

Los corchetes están ahí.

Una idea, una luz cruzó por la imaginación de Mario; era el medio que buscaba,[Pg 83] la solución de aquel horrible problema que le torturaba: librar al asesino y salvar á la víctima.

Se arrodilló sobre la cómoda, alargó el brazo, cogió el papel, arrancó suavemente un yesón del tabique, lo envolvió en el papel, y arrojó el todo por el agujero en medio del desván.

Ya era tiempo.

Thénardier había vencido sus últimos escrúpulos ó sus últimos temores, y se dirigía hacia el prisionero.

—¡Algo han tirado!—gritó su mujer.

—¿Qué es?—preguntó él.

La mujer se había abalanzado y recogido el yeso envuelto en el papel, entregándoselo á su marido.

—¿Por dónde ha venido esto?—preguntó Thénardier.

—¡Pardiez!—prorrumpió ella.—¿Por dónde quieres que haya entrado? Por la ventana.

—Yo lo he visto pasar,—dijo el Colmenero.

Thénardier desenvolvió rápidamente el papel, y se acercó á la luz.

—Es la letra de Eponina. ¡Diablo!

Hizo una seña á su mujer, que se acercó vivamente, y le enseñó lo escrito en el papel, añadiendo luego con voz sorda:

—¡Pronto! ¡La escala! Dejemos el tocino en la ratonera, y cedamos el campo.

—¿Sin degollar al hombre?—objetó la Thénardier.

—No hay tiempo.

—¿Por dónde?—preguntó el Colmenero.

—Por la ventana,—respondió Thénardier.—Puesto que Eponina ha tirado la piedra por la ventana, es señal de que la casa no está cercada por este lado.

El enmascarado de voz de ventrílocuo dejó en el suelo su llave, levantó [Pg 84] los dos brazos, y abrió y cerró tres veces rápidamente las manos, sin decir una palabra.

Fué como la voz de zafarrancho en una tripulación. Los bandidos que tenían asido al prisionero le soltaron; en un abrir y cerrar de ojos fué desarrollada la escala por fuera de la ventana, y sujetada sólidamente al marco con los dos ganchos de hierro.

El prisionero no fijaba la atención en lo que pasaba en torno suyo. Parecía soñar ó rezar.

Una vez fijada la escala, Thénardier gritó:

—¡Ven, mujer!

Y se precipitó hacia la ventana.

Pero cuando iba á echar la pierna por ella, el Colmenero le cogió bruscamente del cuello.

—¡Todavía no, viejo farsante! ¡Después de nosotros!

—¡Después de nosotros!—aullaron los bandidos.

—Sois unos chiquillos,—dijo Thénardier;—estamos perdiendo el [Pg 85] tiempo. Los podencos nos están ya pisando los talones.

—Pues bien,—dijo uno de los bandidos,—echemos á la suerte quién pasará el primero.

Thénardier exclamó:

—¡Estáis locos! ¡Estáis borrachos! ¡Vaya un atajo de mandrias! ¡Perder así el tiempo! Echar á la suerte, ¿no es verdad? ¿Echaremos chinas? ¿Echaremos pajas? ¡Escribiremos nuestros nombres, los pondremos en una gorra!...

—¿Queréis mi sombrero?—gritó una voz desde el umbral de la puerta.

Todos se volvieron: Era Javert.

Tenía el sombrero en la mano, y se lo ofrecía sonriendo.

[Pg 86]

XXI
Se debería empezar siempre por prender á las víctimas

Javert, al caer de la noche, había apostado su gente, y él mismo se había emboscado detrás de los árboles de la calle de la Barrera de los Gobelinos, que daba frente al casucho Cuervo por el otro lado del boulevard. Había empezado por abrir «su bolsillo», metiendo en él á las dos muchachas encargadas de vigilar las inmediaciones de la madriguera. Pero sólo había «enjaulado» á Azelma. Eponina no estaba en su puesto; había desaparecido, y no había podido cogerla.

Luego Javert se había puesto en acecho, atento el oído á la señal convenida. Las idas y venidas del coche le habían llamado la atención. Por fin, había acabado por perder la paciencia, y seguro de que allí había [Pg 87] un nido, seguro de estar de suerte, habiendo conocido á muchos de los bandidos que habían entrado, acabó por decidirse á subir sin esperar el pistoletazo.

Recuérdese que tenía el llavín de Mario.

Había llegado á punto.

Los bandidos asustados se arrojaron sobre las armas, que habían abandonado en el momento de evadirse. En menos de un segundo, aquellos siete hombres espantosos se agruparon en actitud de defensa, uno con su machete, otro con su llave, otro con la barra de hierro, los otros con tenazas, pinzas y martillos. Thénardier cogió su cuchillo; la mujer cogió un enorme adoquín que estaba en el ángulo de la ventana, y que servía á sus hijas de taburete.

Javert volvió á ponerse el sombrero, dió dos pasos por el cuarto con los brazos cruzados, el bastón debajo del brazo y el espadín en la vaina.

—¡Alto ahí!—dijo.—No saldréis por la ventana, sino por la puerta. Es menos peligroso. Sois siete, nosotros somos quince. No nos agarremos como ganapanes. Seamos formales.

El Colmenero sacó una pistola que llevaba oculta bajo la blusa, y la puso en la mano de Thénardier, diciéndole al oído:

Es Javert. Yo no me atrevo á disparar contra ese hombre. ¿Te atreves tú?

—¡Pardiez!—respondió Thénardier.

—Pues bien; tírale.

Thénardier tomó la pistola y apuntó á Javert.

Javert que se hallaba á tres pasos de él le miró fijamente, y se contentó con decirle:

—¡No tires! El tiro te va á fallar.

Thénardier apretó el gatillo; el tiro falló en efecto.

—¡Cuando yo te lo decía!—prorrumpió Javert.

El Colmenero arrojó su rompecabezas á los pies de Javert, diciéndole:

—¡Eres el rey de los diablos! Me entrego.

—¿Y vosotros?—preguntó Javert á los otros bandidos.

—Nosotros también.

Javert repitió con calma.

—Bien, bueno; ya decía yo que seríais formales.

—Sólo pido una cosa,—añadió el Colmenero,—y es que no se me niegue el tabaco mientras esté guardado.

—Concedido,—dijo Javert.

Y volviéndose y llamando detrás de él, dijo:

—¡Entrad ya!

Una escuadra de municipales sable en mano, y de agentes armados de bastones y garrotes, se precipitó en la habitación y ató á los bandidos á la voz de Javert.

Aquella multitud de hombres, apenas iluminados por una vela, llenaba de sombra la madriguera.

—¡Esposas á todos!—gritó Javert.

—¡Acercaos un poco!—rugió una voz, que no era voz de hombre, pero de la que nadie hubiera podido decir: «es voz de mujer».

La Thénardier se había atrincherado en uno de los ángulos de la ventana, y ella era quien acababa de lanzar aquel rugido.

Los municipales y agentes retrocedieron.

Se había quitado el pañuelo, pero conservaba puesto su sombrero; su marido, agachado detrás de ella, desaparecía casi bajo el pañuelo caído; además, ella le cubría con su cuerpo, levantando con ambas manos por cima de su cabeza el adoquín, con el balanceo de un gigante que va á lanzar una roca.

—¡Cuidado!—gritó.

Todos se agolparon hacia el corredor, quedando un gran trecho desierto en medio del desván.

La Thénardier dirigió una mirada á los bandidos que se habían dejado maniatar, y murmuró con acento gutural y ronco:

—¡Cobardes!

Javert sonrió, y se adelantó por el espacio vacío que la mujer llenaba con sus feroces miradas.

—¡No te acerques! ¡Vete,—gritó ella,—ó te aplasto!

—¡Qué buen granadero!—prorrumpió Javert.—Vaya, aunque tengas barbas como un hombre, yo tengo uñas como una mujer.

Y continuó avanzando.

La mujer, desmelenada y terrible, abrió las piernas, dobló el cuerpo hacia atrás, y arrojó el adoquín á la cabeza de Javert con furia loca.

Javert se bajó, la piedra pasó por encima de él, dió en la pared de enfrente, haciendo saltar un gran pedazo de yeso, y volvió repercutiendo de un ángulo á otro al través del desván, vacío por fortuna, á morir á los pies de Javert.

En el mismo instante llegaba Javert junto á la pareja Thénardier. Una de sus anchas manos cayó sobre el hombro de la mujer, y la otra sobre la cabeza del marido.

—¡Las manillas!—gritó.

Los polizontes entraron en tropel, y algunos segundos después la orden de Javert estaba cumplida.

La mujer, abatida, miró sus muñecas agarrotadas y las de su marido, y dejándose caer en el suelo, exclamó llorando:

—¡Hijas mías!

—Están ya á la sombra,—dijo Javert.

En tanto, los agentes habían descubierto al borracho dormido detrás de la puerta, y le sacudían á puñadas y empellones.

Despertóse balbuceando:

—¿Acabó ya eso Jondrette?

—Sí,—respondió Javert.

Los seis bandidos amarrados estaban de pie, conservando todavía sus caras de espectros; tres tiznados de negro y tres enmascarados.

—Guardad vuestras caretas,—dijo Javert.

Y pasándoles revista con la mirada de un Federico II en la parada de Postdam, dijo á los tres «fumistas»:

—¡Hola! Colmenero. ¡Hola! Brujón. ¡Hola! Dosmillones.

Luego, volviéndose hacia los tres enmascarados, dijo al hombre del mazo:

—¡Hola, Tragamares!

Y al hombre del garrote:

—¡Hola! Babet.

Y al ventrílocuo:

—Salud, Chascasueldos.

En aquel instante distinguió al prisionero de los bandidos, el cual desde la entrada de los agentes de policía no había pronunciado una palabra, y se mantenía cabizbajo:

—Desatad al señor,—dijo Javert,—y que nadie salga.

Dicho esto, se sentó soberanamente ante la mesa donde habían quedado [Pg 88] la vela y el tintero, sacó papel sellado del bolsillo, y comenzó su sumario.

Cuando hubo escrito las primeras líneas, que no eran sino las fórmulas de siempre, levantó la vista:

—Haced que se acerque el caballero á quién estos señores habían atado.

Los agentes miraron en derredor.

—Y bien,—preguntó Javert,—¿dónde está?

El prisionero de los bandidos, el señor Leblanc, el señor Urbano Fabre, el padre de Úrsula ó de la Alondra, había desaparecido.

La puerta estaba guardada, pero la ventana no lo estaba.

En cuanto se vió libre, y en tanto que Javert sumariaba, aprovechóse de la confusión, del tumulto, de la multitud, de la obscuridad, y de un momento en que la atención no estaba fija en él, para arrojarse por la ventana.

Un agente corrió á ella y miró. No se veía nadie afuera.

La escala de cuerda temblaba todavía.

—¡Diablo!—exclamó entre dientes Javert.—Éste debía ser el más listo.

[Pg 89]

XXII
El chiquillo que lloraba en la segunda parte

Al día siguiente en que se verificaron estos acontecimientos en la casa del boulevard del Hospital, un muchacho, que parecía venir del lado del puente de Austerlitz, subía por la línea de la derecha en dirección á la barrera de Fontainebleau.

Era ya bien entrada la noche.

Aquel chico estaba pálido y flaco; iba vestido de harapos, con un pantalón de lienzo en el mes de febrero, y cantaba á grito pelado.

En la esquina de la calle de Petit-Banquier una vieja encorvada andaba buscando entre un montón de basura, á la luz del farol. El chico la empujó al pasar, y retrocedió enseguida, exclamando:

—¡Calle! ¡Y yo había tomado esto por un enorme, enormísimo perro!

Pronunció la palabra enormísimo con un ronquido gangoso y burlón, que solo con letras mayúsculas podría expresarse: ¡Un enorme, ENORMÍSIMO perro!

La vieja se enderezó furiosa.

—¡Desvergonzado!—murmuró.—¡Si no hubiera estado agachada, ya sé donde te hubiera dado con el pie!

El chico estaba ya bastante lejos.—¡Kiss! ¡Kiss!—gritó volviendo la cara;—ya veo que no me había engañado.

La vieja, sofocada de indignación, se levantó, y el resplandor del farol dió de lleno en su cara lívida, angulosa y arrugada, con patas de gallo que le bajaban casi hasta los ángulos de la boca. El cuerpo se perdía en la sombra, y sólo se veía la cabeza. Habríase dicho que era la máscara de la Decrepitud recortada por una luz nocturna.

El muchacho la contempló un momento.

—Señora,—dijo,—no es éste el género de belleza que me convendría.

Y prosiguió su camino, cantando:

El rey de loe zuecazos
se marchaba á la caza,
á la caza de cuervos...

Al acabar el tercer verso se interrumpió.

Había llegado delante del número 50-52, y encontrando la puerta cerrada, había comenzado á descargar sobre ella sendas patadas, patadas resonantes y heroicas, que revelaban más bien los zapatos de hombre que llevaba, que los pies de niño que tenía.

Entretanto, aquella misma vieja con quien había tropezado en la esquina de la calle de Petit Banquier, corría detrás de él, exclamando y prodigando gestos desmesurados.

—¿Qué es eso? ¿Qué es eso? ¡Santo Dios! ¡Echan abajo la puerta! ¡Están echando abajo la casa!

Las patadas continuaban.

La vieja gritaba á más no poder:

—¡Es así como se trata ahora á las casas!

De pronto se detuvo; había reconocido al pilluelo.

—¡Cómo! ¿Eres tú, Satanás?

—¡Calle! Es la vieja,—dijo el muchacho.—Buenos días, Bourgonmucha. Vengo á ver á mis ascendientes.

La vieja respondió con una mueca del orden compuesto, admirable improvisación del odio, sacando partido de la caducidad y de la fealdad, [Pg 90] que se perdió desgraciadamente en la obscuridad.

—No hay nadie, carátula.

—¡Bah!—replicó el chico.—¿Entonces dónde está mi padre?

—En la cárcel de la Fuerza.

—¡Calle! ¿Y mi madre?

—En la de San Lázaro.

—¡Bravo! ¿Y mis hermanas?

—En las Magdalenas.

El chico se rascó detrás de la oreja, y mirando á la tía Bougón, le dijo:

—¡Ah!...

Después giró sobre sus talones, y un momento después la vieja, que se había quedado en el umbral de la puerta, oyó que iba entonando con voz clara y tierna, perdiéndose entre los negros olmos que estremecía el cierzo del invierno:

El rey de los zuecazos
Se marchaba á la caza,
Á la caza de cuervos,
Andando sobre zancas;
Y por pasar entre ellas
Dos sueldos le pagaban.

CUARTA PARTE
EL IDILIO DE LA CALLE DE PLUMET Y LA EPOPEYA DE LA CALLE DE SAN DIONISIO

LIBRO PRIMERO
ALGUNAS PÁGINAS DE HISTORIA

[Pg 91]

I
Bien cortado

Los dos años que siguen inmediatamente á la revolución de julio 1831 y 1832, son uno de los momentos históricos más particulares y más notables. Estos dos años, en medio de los que los preceden y de los que les siguen, aparecen como dos montañas: tienen la grandeza revolucionaria; descúbrense en ellos precipicios. Las masas sociales, los mismos asientos del edificio de la civilización, el grupo sólido de los intereses sobrepuestos y adherentes, los perfiles seculares de la antigua formación francesa, aparecen y desaparecen á cada instante al través de las nubes tempestuosas de los sistemas, de las pasiones y de las teorías. Tales apariciones y desapariciones han sido calificadas de resistencia y movimiento. Á intervalos se ve brillar entre ellas la verdad, luz del alma humana.

Esta época notable está muy circunscrita, y principia á alejarse bastante de nosotros, para que puedan apreciarse desde ahora sus líneas principales.

Vamos á probarlo.

La Restauración había sido una de esas fases intermedias, difíciles de definir, en que se encuentra cansancio, zumbido, murmullos, sueño y tumulto; que no son más que la llegada de una gran nación á una etapa. Estas épocas son singulares, y engañan á los políticos que quieren explotarlas. Al principio, la nación no pide más que el reposo; no tiene más que sed de paz, ni más ambición que ser pequeña. Lo cual es la traducción de permanecer tranquila. Los grandes acontecimientos, las grandes casualidades, las grandes aventuras, los grandes hombres, á Dios gracias, se han visto tanto, que llega á fatigarnos. Hay ocasiones en que se daría á César por Prusias, y á Napoleón por el rey de Ivetot. «¡Qué buen reyezuelo era aquél!». Cuando se ha caminado desde el amanecer, cuando se ha andado una jornada larga y penosa, cuando se ha hecho la primera parada con Mirabeau, la segunda con Robespierre, y la tercera con Napoleón, se encuentra uno derrengado del todo, y cada cual pide su cama.

La fidelidad cansada, el heroísmo envejecido, las ambiciones satisfechas y las fortunas adquiridas, buscan, reclaman, imploran y solicitan, ¿qué? Un lugar de descanso. Y le tienen; toman posesión de la paz, de la tranquilidad, del ocio; y catadlos satisfechos. Entretanto, surgen ciertos hechos, se dan á conocer, y llaman á la puerta cada uno por su lado. Estos hechos salen de la revolución y de las guerras, y existen, viven, tienen el derecho de instalarse en la sociedad, y se instalan; y la mayor parte del tiempo los hechos son aposentadores y furrieles, que no hacen más que preparar la habitación á los principios.

He aquí entonces lo que se presenta á los filósofos políticos.

Al mismo tiempo que los hombres cansados piden el reposo, los hechos consumados piden garantías. Las garantías para los hechos son como el reposo para los hombres.

Es lo que Inglaterra pedía á los Estuardos después del Protectorado; lo que Francia pedía á los Borbones después del Imperio.

Estas garantías son una necesidad de los tiempos, y es preciso concederlas. Los príncipes las «otorgan», pero en realidad las da la fuerza de las cosas; verdad útil y profunda que ignoraron los Estuardos en 1662, y lo que los Borbones no entrevieron tampoco en 1814.

La familia predestinada que volvió á Francia cuando cayó Napoleón, tuvo la inocencia fatal de creer que era ella la que daba, y que lo que había dado lo podía volver á tomar; que la casa de Borbón poseía el derecho divino; que la Francia no poseía nada, y que el derecho político concedido en la Carta de Luis XVIII no era más que una rama del derecho divino, separada por la casa de Borbón, y concedida graciosamente al pueblo, hasta el día en que el rey quisiera recogerla de nuevo.

Sin embargo, la casa de Borbón podía haber conocido por el mismo disgusto que le causaba el otorgarle, que no procedía de ella esta concesión. Presentóse esquiva en el siglo XIX; puso mala cara á las expansiones de la nación; y para servirnos de una palabra trivial, es decir, popular y verdadera, regañó los dientes. El pueblo lo vió.

Creyó que tenía fuerza, porque el Imperio había desaparecido delante de ella como una decoración de teatro, sin conocer que ella había venido de la misma manera. No vió que estaba en las mismas manos que había quitado de allí á Napoleón.

Creyó que estaba arraigada en el pueblo, porque era lo pasado; y se engañaba. Era una parte de lo pasado; pero todo lo pasado era Francia. Las raíces de la sociedad francesa no estaban en los Borbones, sino en la nación; aquellas raíces profundas no constituían el derecho de una familia, sino la historia de un pueblo, y estaban en todas partes, menos debajo del trono.

La casa de Borbón era para la Francia el nudo ilustre y sangriento de su historia; pero no el elemento principal de su destino, ni la base necesaria de su política. Podía pasar perfectamente sin los Borbones, como había ya pasado sin ellos veintidós años. Había habido una solución de continuidad, pero ellos lo dudaban. ¿Y cómo no habían de dudarlo ellos, que se figuraban que Luis XVII reinaba el 9 de termidor, y que Luis XVIII reinaba el día de Marengo? Nunca; desde el origen de la historia, había habido príncipes tan ciegos en presencia de los hechos y de la parte de la autoridad divina que esos hechos contienen y promulgan; nunca esa pretensión humana, que se llama el derecho de los reyes, había negado hasta tal punto el derecho de lo alto.

Error capital que condujo á esta familia á poner mano en las garantías «otorgadas» en 1814, en las concesiones, como ella las calificaba. ¡Triste cosa en verdad! ¡Llamar concesiones suyas á lo que eran nuestras conquistas; llamar usurpaciones á lo que eran nuestros derechos!

La Restauración, cuando le pareció llegada la hora, cuando se creyó victoriosa sobre Bonaparte, y arraigada en el país; es decir, cuando se imaginó fuerte y profunda, tomó bruscamente su partido, y se arriesgó á dar un golpe. Una mañana se levantó encarándose con Francia, y alzando la voz, disputó el título colectivo y el título individual; á la nación la soberanía, y al ciudadano la libertad. Ó en otros términos, negó á la nación lo que la hacía nación, y al ciudadano lo que le hacía ciudadano. Ésta es la esencia de esos actos célebres, que se llaman los Decretos de julio.

La Restauración cayó.

Y cayó con justicia, aunque debamos decir aquí que no fué absolutamente hostil á todas las formas del progreso. Hiciéronse grandes cosas, estando ella al lado.

Bajo la Restauración, la nación se había acostumbrado á discutir en calma, lo cual faltó en tiempo de la República; y á la grandeza en la paz, de lo cual careció durante el Imperio. El espectáculo de la Francia, libre y [Pg 92]fuerte, había sido estímulo para los demás pueblos de Europa; la Revolución había tenido la palabra en tiempo de Robespierre, el cañón en tiempo de Bonaparte; pero en tiempo de Luis XVIII y Carlos X le llegó su turno á la palabra de la inteligencia.

Cesó el viento, y resplandeció nuevamente la antorcha; viéndose á la sazón brillar en las serenas alturas la luz del pensamiento. Espectáculo magnífico, útil y agradable.

Vióse trabajar durante quince años en plena paz, en medio de la plaza pública, á esos grandes principios, tan antiguos para el pensador y tan nuevos para el hombre de Estado: la igualdad ante la ley, la libertad de conciencia, la libertad de la palabra, la libertad de la prensa, la accesibilidad de todas las aptitudes á todos los empleos. Esto duró hasta 1830.

Los Borbones fueron un instrumento de civilización que se rompió en manos de la Providencia.

La caída de los Borbones resultó rodeada de grandeza, no por su parte, sino por la de la nación.

Dejaron el trono lleno de gravedad, pero desautorizado, su caída, en medio de la noche, no fué una de esas desapariciones solemnes que dejan una emoción sombría en las páginas de la historia; no fué ello ni la tranquilidad espectral de Carlos I, ni el grito de águila de Napoleón.

Se fueron; esto fué todo.

Depusieron la corona, y no conservaron la aureola. Fueron dignos, pero no augustos; faltaron hasta cierto punto á la majestad de su desgracia.

Carlos X, en el viaje de Cherburgo, haciendo cortar una mesa redonda para cuadrarla, pareció más cuidadoso de la etiqueta en peligro que de la ruinosa monarquía. Esta pequeñez entristeció á los hombres fieles que amaban sus personas, y á los hombres graves que honraban su raza.

El pueblo estuvo admirable; la nación, atacada una mañana á mano armada por una especie de insurrección real, se sintió tan poderosa, que no tuvo ni siquiera cólera; se defendió, y se contuvo; volviendo sencillamente las cosas en su lugar; el gobierno á la ley, y los Borbones al destierro; pero ¡ah! se detuvo.

Tomó al viejo rey Carlos X debajo del dosel que había cobijado á Luis XIV, y le dejó en tierra suavemente; no tocó á las personas reales, sino con tristeza y precaución.

Esto no lo hizo un hombre, no lo hicieron algunos hombres; lo hizo Francia, la Francia entera, la Francia victoriosa y embriagada con su victoria, que parecía recordar, y que practicó á los ojos del mundo entero estas graves palabras de Guillermo Du Vair, después de la jornada de las barricadas:

«Es muy propio de los que se han acostumbrado á desflorar los favores de los grandes, saltando como los pájaros de rama en rama, de una situación aflictiva á otra floreciente, manifestarse insolentes contra su príncipe en la adversidad; pero por mi parte, la suerte de mis reyes será siempre venerable, y principalmente la de los afligidos».

Los Borbones se llevaron el respeto, pero no el sentimiento. Como hemos dicho, su desgracia fué más grande que ellos. Desvaneciéronse en el horizonte.

La revolución[Pg 93] de julio tuvo inmediatamente amigos y enemigos en el mundo entero. Los unos se precipitaron hacia ella entusiasmados y alegres, los otros le volvieron la espalda, cada cual según su naturaleza.

Los príncipes de Europa, en el primer momento, como búhos de aquella aurora, cerraron los ojos, heridos y estupefactos, y no los abrieron sino para amenazar: temor que se comprende; cólera que se disculpa.

Aquella extraña revolución apenas había sido un choque; no había hecho al realismo vencido ni siquiera el honor de tratarle como enemigo y verter su sangre.

Á los ojos de los gobiernos despóticos, siempre interesados en que la libertad se calumnie á sí misma, la revolución de julio había cometido la falta de presentarse formidable y ser benévola.

Por lo demás, nada se intentó ni maquinó contra ella. Los más descontentos, los más irritados, los que más se estremecieron, la saludaban.

Sean lo que fueren nuestro egoísmo y nuestros rencores, siempre sale un respeto misterioso de los sucesos, en que se descubre la colaboración [Pg 94] de alguien que trabaja más alto que el hombre.

La revolución de julio es el triunfo del derecho derrocando el hecho; un algo lleno de esplendor.

El derecho derrocando el hecho. De ahí el éxito de la revolución de 1830, y de ahí también su benevolencia. El derecho que triunfa no tiene ninguna necesidad de ser violento.

El derecho es lo justo y lo verdadero.

Lo propio del derecho es permanecer constantemente hermoso y puro. El hecho, aún el más necesario en apariencia, aún el mejor aceptado por los contemporáneos, si no existe más que como hecho, si no contiene en sí más que poquísimo ó nada de derecho, está destinado infaliblemente á ser, con el tiempo, deforme, inmundo, y tal vez monstruoso.

Si se quiere conocer de una mirada hasta qué grado de miseria puede llegar el hecho, visto á la distancia de los siglos, mírese á Maquiavelo.

Maquiavelo no es el genio del mal, ni es un demonio, ni un escritor cobarde y miserable; no es más que el hecho; y no es solamente el hecho [Pg 95] italiano, es el hecho europeo, el hecho del siglo XVI. Parece horrible, y lo es realmente, comparado con la idea moral del siglo XIX.

Esta lucha del derecho y del hecho, existe desde el origen de las sociedades. Terminar el duelo, amalgamar la idea pura con la realidad humana, introducir pacíficamente el derecho en el hecho, y el hecho en el derecho, he aquí el trabajo de los sabios.

[Pg 96]

II
Mal cosido

Pero el trabajo de los sabios es uno, y otro el de los hábiles. La revolución de 1830 se detuvo muy pronto.

En cuanto se calma la tempestad revolucionaria, los hábiles se apoderan del buque.

Los hábiles, en nuestro siglo, se han concedido á sí mismos el calificativo de hombres de Estado; si bien esta palabra «hombre de Estado» ha acabado por tener algo de germanía. No se olvide, que allí donde no hay más que habilidad, hay necesariamente pequeñez.

Decir los «hábiles», equivale á decir: «las medianías».

Del mismo modo que decir: «los hombres de Estado», equivale algunas veces á decir: «los traidores».

Á creer, pues, á los hábiles, las revoluciones, como la de julio, son arterias cortadas, y es preciso hacer pronto la ligadura.

El derecho, proclamado en toda su grandeza, estremece; y una vez afirmado el derecho, es necesario afirmar el Estado. Asegurada la libertad, es preciso pensar en el poder.

En esto, los sabios no se separan aún de los hábiles, pero principian á desconfiar. El poder, sea; pero ante todo, ¿qué es el poder? Y luego, ¡de dónde procede!

Los hábiles aparentan no comprender esta objeción, y prosiguen su maniobra.

Según estos políticos ingeniosos, para cubrir las ficciones utilizables con una máscara de necesidad, lo que primero hace falta á un pueblo, después de una revolución, cuando este pueblo forma parte de un continente monárquico, es proporcionarse una dinastía. De este modo, dicen, puede tener la paz después de su revolución; es decir, el tiempo necesario á curar sus heridas y reparar su casa.

La dinastía oculta el andamiaje, y cubre los hospitales de sangre.

Pero no siempre es fácil encontrar una dinastía.

En rigor, basta el primer hombre de genio, ó el primer hombre de fortuna, para hacer de él un rey. En el primer caso, resulta un Bonaparte; en el segundo, un Itúrbide.

Más para hacer una dinastía no basta una familia cualquiera. Debe haber necesariamente cierta cantidad de antigüedad en una raza; y las arrugas de los siglos no se improvisan.

Colocándonos bajo el punto de vista de los «hombres de Estado», hechas todas las reservas convenientes, preguntamos: después de una revolución, ¿cuáles son las cualidades del rey que de ella sale?...

Puede ser, y es útil que sea revolucionario, es decir, partícipe personal de esta revolución, por haber puesto en ella la mano, ó haberse comprometido ó distinguido en ella, ó haber tocado el hacha ó manejado la espada.

¿Cuáles son las cualidades de una dinastía?...

Debe ser nacional, es decir, revolucionaria á cierta distancia; no por sus actos consumados, sino por las ideas aceptadas; debe componerse de lo pasado, y ser histórica; componerse del porvenir, y ser simpática.

Todo esto explica porqué las primeras revoluciones se contentan con encontrar un hombre, llámese Cromwell ó Napoleón; y porqué las segundas quieren, absolutamente, encontrar una familia, la casa de Brunswick ó la casa de Orléans.

Las familias reales se asemejan á esas higueras de la India, cuyas ramas se encorvan hasta la tierra, echan raíces, y se convierten en nuevos troncos. Cada rama puede ser una dinastía; con la única condición de bajarse hasta el pueblo.

Tal es la teoría de los hábiles.

He aquí, pues, el arte sublime: hacer que un acontecimiento suene algo á catástrofe, para que los que se aprovechen de él tiemblen; sazonar con un poco de miedo un paso de hecho; aumentar la curva de la transición hasta el retardamiento del progreso; endulzar la obra; denunciar y apartar las molestias del entusiasmo; cortar los ángulos y las uñas; acolchar el triunfo, arropar el derecho; envolver al gigante pueblo con mantillas de bayeta y acostarle presto; imponer dieta á ese exceso de salud; tratar á Hércules como convaleciente; diluir el acontecimiento en el expediente; ofrecer á los ánimos sedientos del ideal ese néctar aguado con tisana; tomar sus precauciones contra el éxito demasiado grande: tapar la revolución con una pantalla.

En 1830 se practicó esta teoría, aplicada ya en Inglaterra en 1688.

La de 1830 fué una revolución detenida á media cuesta; progreso á medias; casi derecho. Pero la lógica ignora el casi, absolutamente lo mismo que el sol ignora que haya velas.

¿Y quién detiene la revolución en mitad de la pendiente? La burguesía.

¿Por qué?

Porque la burguesía es el interés satisfecho; ayer era el apetito, hoy es la plenitud, mañana será la saciedad.

El fenómeno de 1814, después de Napoleón, se reprodujo en 1830, después de Carlos X.

Se ha querido equivocadamente hacer de la burguesía una clase. La burguesía es buenamente la parte satisfecha del pueblo. El burgués es el hombre que tiene ahora tiempo para sentarse; y una silla no es una casta.

Mas por querer sentarse demasiado pronto se puede detener la marcha del género humano; y ésta ha sido casi siempre la falta de la burguesía.

No constituye una clase el cometer una falta. El egoísmo no es ninguna de las divisiones del orden social.

Por lo demás, debemos ser justos, aun con el egoísmo; el estado á que aspiraba, después de la conmoción de 1830, esa parte de la nación que se llama burguesía, no era la inercia, que se complica con la indiferencia y la pereza, y que es algo vergonzosa; no era la somnolencia, que supone un olvido momentáneo, accesible á los ensueños: era un alto.

Hacer alto es una frase que tiene un doble sentido singular, y casi contradictorio; tropa en marcha, quiere decir movimiento; alto, quiere decir reposo.

Hacer alto es reparar las fuerzas; es el reposo armado y despierto; es el hecho consumado que pone centinelas y se mantiene en guardia. El alto supone combate ayer, y combate mañana.

Éste es el intermedio de 1830 á 1848.

Lo que aquí llamamos combate puede también llamarse progreso.

Necesitaba, pues, la burguesía, como los hombres de Estado, un hombre que representase esta palabra: ¡Alto! Un Sin embargo, un Por qué, una individualidad compuesta que significase revolución y estabilidad; ó en otros términos, afianzamiento del presente por medio de la compatibilidad evidente del pasado con el porvenir.

Este hombre «se encontró fácilmente». Llamábase Luis Felipe de Orléans.

Los 221 hicieron rey á Luis Felipe; Laffayette se encargó de la consagración, [Pg 97] llamando á la nueva monarquía la mejor de las repúblicas. La casa Ayuntamiento de París reemplazó á la catedral de Reims.

Esta sustitución de un medio trono á un trono completo, fué la «obra de 1830».

Cuando los hábiles hubieron concluido, apareció el vicio inmenso de su solución: todo se había hecho fuera del derecho absoluto.

El derecho absoluto gritó: ¡Protesto! Y después, y esto fué lo más formidable, se volvió á la sombra.

[Pg 98]

III
Luis Felipe

Las revoluciones tienen el brazo terrible y la mano buena; pegan firme y escogen bien. Aun incompletas, aún bastardeadas y prematuras, aún sofocadas y reducidas al estado de revolución menor de edad; como la revolución de 1830, les queda casi siempre bastante lucidez providencial para no caer mal.

Su eclipse no es nunca abdicación.

Sin embargo, no nos envanezcamos demasiado; las revoluciones se engañan también, y se han visto grandes equivocaciones.

Volvamos á 1830. 1830 en medio de su extravío tuvo acierto. En el establecimiento, que se llamó orden después de la revolución, detenida de súbito, el rey valía más que el realismo. Luis Felipe era un hombre raro.

Hijo de un hombre, á quien la historia juzgará seguramente con circunstancias atenuantes, y tan digno de aprecio, como lo fué su padre de censura, tenía todas las virtudes privadas, y algunas públicas; era cuidadoso de su salud, de sus bienes, de su persona y de sus negocios.

Conocía el valor de un minuto, y no siempre el de un año; sobrio, sereno, pacífico, sufrido; buen hombre y buen príncipe.

Dormía con su mujer, y tenía en su palacio lacayos encargados de enseñar el lecho conyugal á los burgueses; había alhajado su alcoba con un lujo regular, útil después de las antiguas ostentaciones ilegítimas de la rama principal.

Poseía todas las lenguas de Europa, y lo que es más notable, sabía y hablaba el idioma de todos los intereses; admirable representante de la «clase media»; pero siempre superior á ella, y más avanzado que ella.

Tenía el singular talento, sin dejar de apreciar la sangre de su familia, de medirse por su valor intrínseco; y en cuanto á la cuestión de raza, declararse Orléans y no Borbón, primer príncipe de la sangre, mientras no había sido más que alteza serenísima; pero hombre campechano desde el día en que fué majestad.

Difuso en público, conciso en la intimidad; avaro señalado pero no probado; económico en el fondo pero fácilmente pródigo con relación á su fantasía ó su deber; literato, poco sensible á las letras; hidalgo, pero no caballeresco; sencillo, sereno y fuerte; adorado de su familia y de su casa; de conversación seductora; hombre de Estado desengañado; frío interiormente, dominado por el interés inmediato; gobernando siempre lo más preciso; incapaz de rencor ni de agradecimiento; gastando sin compasión los talentos superiores en cosas medianas; hábil en quitar la razón, por medio de las mayorías parlamentarias, á esas unanimidades misteriosas que murmuran sordamente bajo los tronos; expansivo y, á veces, imprudente en su expansión, pero de maravillosa destreza en esta imprudencia; fecundo en expedientes, en fisonomías, en máscaras; dando miedo á la Francia con Europa, y á la Europa con Francia.

Amante seguramente de su país, pero mucho más de su familia.

Apreciando más la dominación que la autoridad, y la autoridad más que la dignidad; disposición que tiene algo de funesta, porque dirigiéndose únicamente al éxito, admite la astucia y no repudia absolutamente la bajeza; pero que tiene también algo de útil, porque preserva á la política de los choques violentos, al Estado de las rupturas, y á la sociedad de las catástrofes.

Minucioso, correcto, vigilante, atento, sagaz, infatigable; contradiciéndose alguna vez y desmintiéndose otras; arrogante contra el Austria en Ancona; tenaz contra Inglaterra en España; bombardeando á Amberes, y pagando á Pritchard; cantando con convicción la Marsellesa; inaccesible al abatimiento, al cansancio, al gusto de lo bello y de lo ideal, á las generosidades temerarias, á la utopía, á la quimera, á la cólera, á la vanidad y al temor.

Poseyendo todas las formas de la intrepidez personal; como general en Valmy, como soldado en Jemmapes; probado ocho veces por el regicidio, y siempre sonriente; valiente como un granadero, animoso como un pensador; inquieto solamente ante las eventualidades de una conmoción europea, é incapaz para las grandes aventuras políticas; siempre dispuesto á arriesgar su vida, pero jamás su obra; disfrazando su voluntad con la influencia, á fin de ser obedecido, antes que como rey como inteligencia; dotado de observación, y no de adivinación; parándose poco en los talentos, pero conocedor de los hombres, es decir, necesitando ver para juzgar; buen sentido, pronto y penetrante; sabiduría práctica, palabra fácil, memoria prodigiosa; haciendo uso constante de esta memoria: su único rasgo de semejanza con César, Alejandro y Napoleón.

Sabiendo los hechos, los pormenores, las fechas, los nombres propios, é ignorando las tendencias, las pasiones, los talentos diversos de la multitud, las aspiraciones interiores, los levantamientos ocultos y oscuros de las almas; en una palabra, todo lo que podría llamarse las corrientes invisibles de las conciencias. Aceptado superficialmente, pero poco acorde con la Francia inferior; saliendo adelante con su habilidad, gobernando demasiado y no reinando bastante, siendo él su propio primer ministro; excelente para hacer de la pequeñez de las realidades un obstáculo á la inmensidad de las ideas; mezclando con una verdadera facultad creadora de civilización, de orden y de organización, cierto extraño espíritu de procedimientos quisquillosos; fundador y procurador de una dinastía; teniendo algo de Carlomagno, y algo de abogado. En suma, grande y original figura: príncipe que supo consolidar el poder, á pesar de las inquietudes de la Francia, adquiriendo fuerza exterior á pesar de los recelos de Europa.

Luis Felipe será calificado como una de las eminencias de su siglo; y sería colocado entre los gobernantes más ilustres de la historia, si hubiese amado un poco la gloria, y hubiese tenido el sentimiento de lo grande, como tenía el sentimiento de lo útil.

Luis Felipe había tenido muy buena figura; y viejo ya, era todavía gracioso; no siempre había sido bien acogido por la Francia, pero lo había sido por la multitud; agradaba porque tenía el don de seducir.

Su majestad no se le adaptaba; era rey, y no llevaba la corona; era anciano, y no tenía el cabello blanco.

Sus modales eran del antiguo régimen, y sus costumbres del moderno; mezcla de noble y de burgués que convenía á 1830.

Luis Felipe era la transición reinante; había conservado la antigua pronunciación y la ortografía antigua, poniéndolas al servicio de las opiniones modernas.

Amaba la Polonia y la Hungría; pero escribía los polacos (polonais), y pronunciaba los húngaros (hongrois).

Vestía[Pg 99] el uniforme de la guardia nacional, como Carlos X, y llevaba el cordón de la Legión de Honor, como Napoleón.

Iba poco á la iglesia; nunca de caza; jamás á la ópera. Incorruptible á los sacristanes, á los monteros y las bailarinas; lo cual contribuía algo á su popularidad menestral.

No tenía la menor corte.

Salía con su paraguas bajo el brazo; paraguas que ha formado por mucho tiempo parte de su aureola.

Entendía algo de albañilería, un poco de jardinería y no ignoraba del todo la medicina; sangró á un postillón que se cayó del caballo: porque Luis Felipe no iba nunca sin lanceta, como no iba nunca Enrique III sin su puñal.

Los realistas se reían de este rey ridículo, el primero que ha derramado sangre para curar.

Entre los cargos de la historia contra Luis Felipe, hay algo que descontar. El que acusa al realismo, el que acusa al reinado y el que acusa al rey, tres columnas diversas que dan cada una su total diferente.

El derecho democrático confiscado; el progreso mirado como un interés secundario; las protestas de la calle reprimidas violentamente; la ejecución militar de las insurrecciones; el motín pasado por las armas; la calle Transnonain, los Consejos de guerra, la absorción del país natural por el país ficticiamente legal; el gobierno de cuenta y mitad con trescientos mil privilegiados: representan el hecho del realismo.

La Bélgica rechazada; la Argelia rudamente conquistada como la India por los ingleses, con mayor suma de barbarie que de civilización; la falta de fe con Abd el Kader; Blaye, Deutz comprados, Pritchard pagado: son el hecho del reinado.

Y la política, más de familia que nacional, es el hecho del rey.

Como se ve, deducido el descuento, disminuye el cargo del rey.

Su gran falta fué ésta: Haber sido modesto en nombre de Francia.

¿De dónde provino esta falta?

Vamos á decirlo.

Luis Felipe fué un rey demasiado padre; y esta incubación de una familia que quiere hacerse dinástica, tiene miedo de todo, y no quiere aventurarse mucho; de ahí la timidez excesiva é importuna al pueblo que cuenta un 14 de julio en su tradición civil, y un Austerlitz en su tradición militar.

Por lo demás, si prescindimos de los deberes públicos que exigen el primer lugar, la profunda ternura de Luis Felipe hacia su familia, la familia se la merecía.

Aquel grupo doméstico era admirable; las virtudes se hermanaban con el talento.

Una de las hijas de Luis Felipe, María de Orléans, introducía el nombre de su raza entre los artistas, como Carlos de Orléans lo había inscrito entre los poetas. Habiendo ella hecho de su alma un mármol, al cual había llamado Juana de Arco.

Dos de los hijos de Luis Felipe habían arrancado á Metternich este elogio demagógico: Son jóvenes como se ven pocos, y príncipes como no se ven.

He ahí, sin disimular ni agravar la verdad sobre Luis Felipe.

Ser el príncipe igualdad, encarnar la contradicción de la Restauración y de la Revolución;[Pg 100] tener la parte inquieta del revolucionario que se convierte en confiada en el gobernante; fué ésta la fortuna de Luis Felipe en 1830. Jamás hubo una adaptación más completa entre un hombre y un acontecimiento. Penetró el uno en el otro, y resultó la encarnación.

Luis Felipe en 1830 hecho hombre.

Además, tenía una gran circunstancia para el trono, el destierro. Había estado proscrito, errante, pobre; había vivido de su trabajo.

En Suiza, aquel heredero de los dominios más ricos de Francia, había tenido que vender un caballo para comer. En Reichenau había dado lecciones de matemáticas, mientras su hermana Adelaida bordaba y cosía.

Estos recuerdos, unidos á un rey, entusiasmaban á los menestrales.

Había demolido por su mano la última jaula de hierro del monte de San Miguel, construida por Luis XI, y utilizada por Luis XV.

Era compañero de Dumouriez, y amigo de Laffayette.

Había pertenecido al club de los jacobinos.

Mirabeau le había dado golpecitos familiares en el hombro.

Dantón le había dicho: ¡Hola, joven!

Á los veinticuatro años, en 1793, siendo duque de Chartres, había asistido desde el fondo de una obscura tribuna de la Convención al proceso de Luis XVI, tan bien calificado con el nombre de aquel pobre tirano.

La ciega previsión de la Revolución, rompiendo la majestad en el rey, y el rey con la majestad, sin echar de ver siquiera al hombre en la feroz destrucción de la idea; la vasta tempestad de la asamblea tribunal, la cólera pública interrogando. Capeto no sabiendo qué responder, la terrible vacilación estupefacta de aquella cabeza real bajo aquel álito sombrío, la inocencia relativa de todos en aquella catástrofe, así de los que condenaban como de aquel que era condenado. Luis Felipe había visto todo aquello, había contemplado aquellos vértigos; había visto comparecer los siglos á la barra de la Convención; había visto, detrás de Luis XVI, infortunado transeúnte responsable, alzarse en las tinieblas á la formidable acusada, la monarquía; y habíasele quedado en el alma el espanto respetuoso de aquellas inmensas justicias del pueblo, casi tan impersonales como la justicia de Dios.

La huella que en él había dejado la Revolución era prodigiosa. Su recuerdo era como una marea viviente de aquellos grandes años, punto por punto.

Un día, ante un testigo de que nos es imposible dudar, rectificó de memoria toda la letra A de la lista alfabética de la Asamblea constituyente.

Luis Felipe fué un rey en plena luz.

En su reinado, la prensa fué libre, la tribuna libre, la conciencia y la palabra libres. Las leyes de septiembre eran transparentes.

Conociendo como conocía el poder roedor de la luz sobre los privilegios, dejó su trono expuesto á la luz. La historia le tendrá en cuenta esta lealtad.

Luis Felipe, como todos los hombres históricos que han salido ya de la escena, está sujeto al juicio de la conciencia humana; su proceso está aún en primera instancia.

Aún no ha sonado para él la hora en que la historia habla[Pg 101] con acento venerable y libre; aún no ha llegado el momento de pronunciar sobre este rey el juicio definitivo; hasta el austero é ilustre historiador Luis Blanc ha modificado hoy su primer veredicto.

Luis Felipe fué el elegido de esos dos oasis que se llaman 221 y 1830; es decir, de un casi parlamento, y de una casi revolución; y en todo caso, desde el punto de vista superior en que debe colocarse la filosofía, no podríamos juzgarle aquí, como se ha podido descubrir en lo que llevamos dicho, sino con ciertas reservas en nombre del principio democrático absoluto.

Á los ojos de lo absoluto, fuera de los dos derechos, el del hombre primero y el del pueblo después, todo es usurpación.

Pero hechas estas reservas, lo que podemos desde ahora decir es que, en resumen y de cualquier manera que se le considere, Luis Felipe, examinado en sí mismo y bajo el punto de vista de la bondad humana, será, sirviéndonos del lenguaje de la historia antigua, uno de los mejores príncipes que se han sentado en el trono.

¿Qué tiene, pues, contra sí? El mismo trono.

Quitad de Luis Felipe el rey, dejando el hombre, y el hombre es bueno; bueno, algunas veces, hasta admirable.

Con frecuencia, en medio de los más graves cuidados después de un día de lucha contra toda la diplomacia del continente, volvía por la noche á su cuarto, y allí, abatido por el cansancio, rendido por el sueño, ¿qué hacía? Tomaba un proceso, y pasaba la noche revisando una causa criminal, creyendo que era algo hacer frente á la Europa, pero que era asunto más importante todavía arrancar un hombre al verdugo.

Disputaba con el ministro de Justicia; defendía palmo á palmo el terreno de la guillotina contra los procuradores generales, esos charlatanes de la ley, como él les llamaba.

Algunas veces, un montón de procesos cubría su mesa; los examinaba todos, porque era angustioso para él abandonar aquellas pobres cabezas condenadas.

Un día decía al mismo testigo que hemos citado hace poco: Esta noche hemos ganado siete.

En los primeros años de su reinado, estuvo como suprimida la pena de muerte; y la elevación del cadalso fué como una violencia hecha al rey.

Habiendo desaparecido la plaza de Grève, en que se ajusticiaba en tiempo de la rama primogénita, se instituyó una Grève ciudadana, bajo el nombre de Barrera de Santiago; los «hombres prácticos» conocieron la necesidad de una guillotina casi legítima; y en esto fué donde obtuvo una de sus victorias Casimiro Perier, que representaba la parte mezquina de la clase media, contra Luis Felipe, que representaba la parte liberal.

Luis [Pg 102]Felipe había anotado por su mano á Beccaria; y escribía después del atentado de Fieschi: ¡Qué lástima que yo no haya sido herido! Hubiera podido perdonar.

Otra vez, aludiendo á la resistencia de sus ministros, escribía á propósito de un condenado político, que es una de las más generosas figuras de nuestro tiempo: Su perdón está concedido, no me falta más que obtenerlo.

Luis Felipe era afable como Luis IX, y bueno como Enrique IV.

Ahora bien, para nosotros, en la historia, donde la bondad es una [Pg 103] perla rara, el que ha sido bueno, pasa casi antes que el que ha sido grande.

Habiendo sido Luis Felipe juzgado severamente por los unos, y duramente tal vez por los otros, es muy natural que un hombre que es hoy también un fantasma, y que ha conocido á este rey, venga á deponer en su favor ante la historia; esta declaración, cualquiera que sea, es evidente, y sobre todo desinteresada; un epitafio escrito por un muerto es sincero; una sombra puede consolar á otra sombra; la participación de las mismas tinieblas da el derecho de alabanza, y no es de temer que se diga nunca de dos tumbas en el destierro: «Ésta ha adulado á aquélla».

[Pg 104]

IV
Grietas en la base

En el momento en que el drama que vamos narrando va á penetrar en el espesor de una de las nubes trágicas que cubren los principios del reinado de Luis Felipe, no es necesario equívoco alguno, y es preciso que este libro dé explicaciones acerca de aquel rey.

Luis Felipe había adquirido la autoridad real sin violencia, sin acción directa por su parte, por un giro revolucionario, evidentemente muy distinto del verdadero fin de la revolución, pero en el cual el duque de Orléans no había tenido ninguna iniciativa personal.

Había nacido príncipe, y se creía elegido rey.

No se dió á sí mismo este poder, no lo tomó; se le ofrecieron, y lo aceptó; convencido, equivocadamente, es cierto, pero convencido de todos modos, de que el ofrecimiento era conforme á derecho, y de que la aceptación era un deber. De ahí nació una posesión de buena fe.

Pues bien: debemos decir en conciencia, que estando Luis Felipe de buena fe en su posesión, y la democracia de buena fe en su ataque, la cantidad de espanto que se desprende de las luchas sociales no recae sobre el rey ni sobre la democracia.

El choque de principios se parece al choque de elementos.

El océano defiende al agua; el huracán defiende al viento; el rey defiende la dignidad real; la democracia defiende al pueblo; la monarquía, que es lo relativo, resiste á lo absoluto, que es el pueblo; la sociedad vierte sangre en este conflicto; pero lo que es hoy sufrimiento será salud mañana y, en todo caso, no debe culparse á los que luchan; uno de los dos partidos se equivoca evidentemente, porque el derecho no está, como el coloso de Rodas, sobre dos riberas á la vez, con un pie en el pueblo y otro en el trono; es indivisible, está todo de una parte; pero los que se engañan, se engañan sinceramente; un ciego no es un culpable, como un vendeano no es un bandido.

No imputemos, pues, más que á la fatalidad de las cosas, estas colisiones terribles.

Cualesquiera que sean estas tempestades, siempre está entre ellas la irresponsabilidad humana.

Acabemos esta explicación.

El gobierno de 1830 tuvo desde el principio una vida difícil. Nació ayer, y tuvo que combatir hoy.

Apenas instalado, sentía ya por todas partes vagos movimientos de tracción el aparato de julio, tan recientemente armado, y tan poco sólido.

La resistencia nació al día siguiente; quizá había nacido ya á la víspera.

Cada mes crecía la hostilidad; y de sorda se trocó en patente.

La revolución de julio, poco aceptada fuera de Francia por los reyes, había sido interpretada en Francia diversamente, como hemos dicho.

Dios manifiesta á los hombres sus voluntades visibles en los acontecimientos, texto obscuro escrito en una lengua misteriosa.

Los hombres le traducen enseguida, y hacen traducciones apresuradas; incorrectas, llenas de faltas, de vacíos y de contrasentidos.

Son escasísimas las inteligencias que comprenden la lengua divina.

Las más sagaces, las más serenas, las más profundas descifran lentamente, y cuando llegan con su texto, todo se ha verificado hace tiempo; hay ya veinte traducciones en la plaza pública.

De cada traducción nace un partido; de cada contrasentido una facción; y cada partido cree tener el único texto verdadero, y cada facción cree poseer la luz.

Frecuentemente el poder mismo es una facción.

Hay en las revoluciones nadadores contra la corriente; son los partidos viejos.

Por aquéllos de éstos que se refieren al derecho hereditario por la gracia de Dios, se cree que habiendo nacido las revoluciones del derecho de insurrección, tienen también el derecho de rebelión. Esto es un error, porque en las revoluciones, el insurrecto no es el pueblo; es el rey. Revolución es precisamente lo contrario de insurrección.

Siendo, toda revolución, el cumplimiento de una función normal, contiene en sí su legitimidad; legitimidad que algunas veces deshonran los falsos revolucionarios; pero que persiste, aún deshonrada; que sobrevive, aún ensangrentada.

Las revoluciones surgen, no de un accidente, sino de la necesidad. Una revolución es la vuelta de lo ficticio á lo real; existe, porque debe existir.

Los antiguos partidos legitimistas no por eso dejaron de atacar la revolución de 1830 con todas las violencias que brotan del falso raciocinio.

Los errores son excelentes proyectiles.

Hiriéronla diestramente por donde era vulnerable; en el vacío de su coraza, en su falta de lógica; atacaban á la revolución en su majestad real, y gritaban: «Si eres Revolución, ¿por qué tienes rey?». Las facciones son ciegos que apuntan en lo cierto.

Los republicanos daban este mismo grito; pero en ellos era lógico.

Lo que era ceguedad para los legitimistas, era lucidez en los demócratas.

La revolución de 1830 había hecho bancarrota para el pueblo, y la democracia indignada se lo echaba en cara.

Entre el ataque del pasado y el ataque del porvenir, rebatíase el establecimiento de julio.

Representaba al momento, luchando por un lado con los siglos monárquicos y por otro con el derecho eterno.

Además, con respecto al exterior, no siendo ya revolución, y trocándose en monarquía, 1830 se veía obligado á seguir el paso de Europa. Debía, pues, conservar la paz, y esto aumentaba la complicación. Una armonía deseada contra el sentido natural, es muchas veces más onerosa que una guerra.

De este sordo conflicto, siempre amordazado, pero gruñendo siempre, nació la paz armada, ese ruinoso expediente de la civilización, recelosa de sí misma.

La monarquía de julio, á pesar de ser monarquía, se encabritaba enganchada entre los arreos de los gabinetes europeos.

Metternich le hubiera echado de buena gana las correas. Impulsada en Francia por el progreso, impulsaba en Europa á las monarquías retrógradas; siendo remolcada, remolcaba.

Entretanto, en el interior, pauperismo, proletariado, salario, educación, penalidad, prostitución, suerte de la mujer, riqueza, miseria, producción, consumo, repartición, cambio, moneda, crédito, derecho del capital, derecho del trabajo, todas estas cuestiones se multiplicaban sobre la superficie de la sociedad; terrible gravamen.

Por fuera de los partidos políticos propiamente dichos, se manifestaba un nuevo movimiento.

Á la fermentación democrática respondía la fermentación filosófica. La parte más culta estaba conmovida como la turba; de otra manera, pero tanto.

Los pensadores meditaban, mientras que el suelo, es decir, el pueblo, atravesado por las corrientes revolucionarias, temblaba á sus pies por no sé qué vagas sacudidas epilépticas.

Estos pensadores, aislados unos, otros reunidos en familias y casi en comunión, removían las cuestiones sociales, pacífica, pero profundamente; mineros impasibles, que abrían tranquilamente sus galerías en las profundidades de un volcán, distraídas apenas por las [Pg 105]sordas conmociones y los fuegos lejanos que se entreveían.

Aquella tranquilidad no era por cierto uno de los peores espectáculos de aquella época agitada.

Aquellos hombres dejaban á los partidos políticos la cuestión de los derechos, ocupándose de la cuestión de la felicidad.

El bienestar del hombre: he aquí lo que pretendían extraer de la sociedad.

Llevaban las cuestiones materiales, las cuestiones de agricultura, de industria y de comercio, casi hasta la dignidad de una religión.

En la civilización, tal como se va produciendo, un poco por Dios y un mucho por el hombre, los intereses se combinan, se agregan, se amalgaman hasta formar una verdadera roca dura, según una ley dinámica pacientemente estudiada por los economistas, que son los geólogos de la política.

Aquellos hombres que se ocupaban bajo distintos nombres, pero que puede uno designarlos á todos con el título genérico de socialistas, trataban de horadar esta roca y hacer salir de ella el agua viva de la felicidad humana.

Desde la cuestión del patíbulo, hasta la cuestión de la guerra, sus trabajos lo abrazaban todo. Al derecho del hombre proclamado por la revolución francesa, añadían el derecho de la mujer y el derecho del niño.

Nadie extrañará que, por varias razones, no tratemos aquí á fondo bajo el punto de vista teórico las cuestiones promovidas por el socialismo. Nos limitamos á indicarlas.

Todos los problemas que los socialistas se proponían, prescindiendo de las visiones cosmogónicas, los delirios y el misticismo, pueden reducirse á dos problemas principales.

Primer problema:

Producir la riqueza.

Segundo problema:

Repartirla.

El primer problema importa la cuestión del trabajo.

El segundo, la cuestión del salario.

En el primer problema se trata del empleo de las fuerzas.

En el segundo, de la distribución de los goces.

Del buen empleo de las fuerzas resulta el poder público.

De la buena distribución de los goces resulta la felicidad individual.

Por buena distribución debe entenderse, no la distribución igual, sino la distribución equitativa. La primera igualdad es la equidad.

De estas dos cosas combinadas, poder público en el exterior y felicidad individual en el interior, nace la prosperidad social.

Prosperidad social, esto quiere decir: el hombre dichoso, el ciudadano libre, la nación grande.

Inglaterra resuelve el primero de estos dos problemas. Produce admirablemente la riqueza, pero la distribuye mal; y esta solución, que sólo es completa por un lado, la lleva fatalmente á estos dos extremos; opulencia monstruosa, miseria monstruosa. Todos los goces para algunos; todas las privaciones[Pg 106] para los demás: es decir, para el pueblo; el privilegio, la excepción, el monopolio, el feudalismo nacen del trabajo mismo.

Situación falsa y resbaladiza que asienta el poder público sobre la miseria particular, y que arraiga la grandeza del Estado en los padecimientos del individuo.

Grandeza mal compuesta en que se combinan todos los elementos materiales, y en la cual no entra ningún elemento moral.

El comunismo y la ley agraria creen resolver el segundo problema. Pero se engañan.

Su repartición mata la producción; la distribución igual mata la emulación, y por consiguiente el trabajo; es una repartición de carnicero, que mata lo que reparte.

Es, pues, imposible detenerse en estas falsas soluciones: Matar la riqueza, no es repartirla.

Ambos problemas exigen una solución común para estar bien resueltos; las dos soluciones deben estar combinadas de manera que formen una sola.

No resolviendo más que el primer problema, seréis Venecia, ó seréis Inglaterra; tendréis, como Venecia, un poder artificial, ó como Inglaterra, un poder material; tendréis el mal del rico, y moriréis por la vía del hecho, como ha muerto Venecia, ó por la bancarrota, como caerá Inglaterra.

Y el mundo os dejará morir y caer; porque el mundo deja caer y morir todo lo que no es más que egoísmo, todo lo que no representa para el género humano una virtud ó una idea.

Entiéndase bien que con las palabras Venecia é Inglaterra, designamos, no los pueblos, sino las construcciones sociales, la oligarquía sobrepuesta á la nación, y no la nación misma.

Las naciones tienen siempre nuestro respeto y nuestra simpatía. Venecia como pueblo, renacerá; Inglaterra como aristocracia, caerá; pero Inglaterra como nación es inmortal.

Dicho esto, prosigamos.

Resolved los dos problemas: animad al rico y proteged al pobre; suprimid la miseria; poned término á la explotación del débil por el fuerte; poned freno á los inicuos celos del que está en camino contra el que ya ha llegado; ajustad matemática y fraternalmente el salario al trabajo; mezclad la enseñanza gratuita y obligatoria con el desarrollo de la infancia, y haced de la ciencia la base de la virilidad; desarrollad las inteligencias ocupando al mismo tiempo los brazos; sed á la vez un pueblo poderoso y una familia de hombres felices; democratizad la propiedad, no aboliéndola, sino universalizándola, de manera que todo ciudadano, sin excepción, pueda ser propietario, cosa más fácil de lo que se cree; en una palabra, sabed producir la riqueza y sabed repartirla,[Pg 107] y tendréis entonces reunidas la grandeza material y la grandeza moral, y entonces seréis dignos de llamaros Francia.

He aquí lo que, fuera y por encima de algunas sectas que se extraviaban, decía el socialismo: eso era lo que buscaba en los hechos, lo que bosquejaba en los espíritus.

¡Esfuerzos admirables! ¡Tentativas sagradas!

Estas doctrinas, estas teorías, estas resistencias, la necesidad inesperada para el hombre de Estado de contar con los filósofos, confusas evidencias vislumbradas, una política nueva que crear, de acuerdo con el mundo antiguo y sin grandes discordancias con el ideal revolucionario, una situación en la cual era preciso emplear á Lafayette en defender á Polignac, la intuición del progreso transparente bajo el motín de las cámaras y la calle, las competencias para equilibrarse en torno suyo, su fe en la revolución, tal vez cierta resignación eventual nacida de la vaga aceptación de un derecho definitivo superior, el deseo de continuar siendo como los de su raza, su espíritu de familia, su sincero respeto al pueblo, su propia honradez, preocupaban á Luis Felipe casi dolorosamente, y por momentos; y por más fuerte y animoso que fuese, le anonadaban bajo la dificultad de ser rey.

Sentía bajo sus pies una desgregación temible, que no era, sin embargo, un puñado de polvo, porque la Francia era más Francia que nunca.

Tenebrosos nubarrones cubrían el horizonte.

Una sombra extraña que iba aproximándose, se extendía poco á poco sobre los hombres, sobre las cosas, sobre las ideas; sombra que procedía de la cólera y de los sistemas.

Todo lo que había sido ahogado precipitadamente, se removía y fermentaba.

Á veces la conciencia del hombre honrado retenía su aliento; tal era el malestar que había en aquel aire, donde los sofismas se mezclaban con las verdades.

Los ánimos temblaban en la ansiedad social, como las hojas cuando se aproxima la tempestad.

La tensión eléctrica era tal, que en ciertos momentos un cualquiera, un desconocido, iluminaba; y después volvía á caer la obscuridad crepuscular.

Á intervalos, profundos y sordos murmullos podían hacer juzgar de la intensidad del rayo que encerraba la nube.

Apenas había transcurrido veinte meses desde la revolución de julio, y ya el año 1832 había empezado con aspecto amenazador.

La miseria del pueblo, los trabajadores sin pan, el último príncipe de Condé que había desaparecido en las tinieblas; Bruselas expulsando á los Nassau, como París á los Borbones; Bélgica ofreciéndose á un príncipe francés y entregada á un príncipe inglés; el odio ruso de Nicolás; detrás de nosotros dos demonios del[Pg 108] Mediodía, Fernando en España y Miguel en Portugal; la tierra temblando en Italia. Metternich extendiendo la mano sobre Bolonia, Francia haciendo frente al Austria en Ancona, en el norte cierto ruido siniestro del martillo que remachaba los clavos de Polonia en su ataúd, en toda Europa miradas irritadas que acechaban á Francia; Inglaterra, aliada sospechosa pronta á empujar lo que cayese, y á echarse sobre lo que hubiera ya caído; la cámara de los Pares, apoyándose en Beccaria para negar cuatro cabezas á la ley; las flores de lis borradas del coche del rey, la cruz arrancada de la catedral de Notredame, Lafayette en decadencia, Laffitte arruinado, [Pg 109] Benjamín Constant muerto en la indigencia, Casimiro Perier muerto en la decadencia del poder, la enfermedad política y la enfermedad social declarándose á la vez en las dos capitales del reino, la una en la ciudad del pensamiento, y la otra en la ciudad del trabajo; en París la guerra civil, en Lyon la guerra servil; en ambas ciudades el mismo resplandor [Pg 110] de un horno; un cráter de púrpura en la frente del pueblo; el Mediodía fanatizado, el Occidente turbado, la duquesa de Berry en la Vendée, los complots, las conspiraciones, los levantamientos y el cólera, añadían al sombrío rumor de las ideas el tumulto de los acontecimientos.

[Pg 111]

V
Hechos de los que sale la historia y que la historia ignora

Hacia fines de abril todo se había agravado. La fermentación se había trocado en ebullición.

Desde 1830 había habido aquí y allá, pequeños tumultos parciales, fácilmente reprimidos, pero que retoñaban enseguida; señal de una vasta conflagración subyacente.

Algo terrible se estaba formando.

Entreveíanse bosquejos, aún poco marcados y mal iluminados, de una revolución posible.

La Francia se fijaba en París, y París en el arrabal de San Antonio.

El arrabal de San Antonio, sordamente caldeado, entraba en ebullición.

Las tabernas de la calle de Charonne estaban graves y tempestuosas por más que la unión de estos dos adjetivos parezca singular aplicada á las tabernas.

El gobierno era allí, pura y simplemente, el objeto de la cuestión; discutíase públicamente «la cosa para combatir ó para permanecer tranquilos».

Había trastiendas en que se hacía jurar á los obreros que saldrían á la calle al primer grito de alarma, y «que pelearían sin contar el número de los enemigos».

Una vez admitido el compromiso, un hombre sentado en un rincón de la taberna, «alzaba una voz sonora» y decía: ¡Lo oyes! ¡Lo has jurado!

Algunas veces subíase al primer piso, á un cuarto cerrado, y allí pasaban escenas casi masónicas. Se hacía prestar al iniciado juramentos «para socorrerle como á los padres de familia». Tal era la fórmula.

En las salas bajas se leían folletos «subversivos». Fustigábase al gobierno, dice un informe secreto de aquel tiempo.

Oíanse frases como éstas: «Ignoro los nombres de los jefes. Nosotros no sabremos el día sino con dos horas de anticipación».

Un obrero decía: «Somos trescientos; demos cada uno diez sueldos, y se reunirán ciento cincuenta francos para hacer balas y pólvora».

Decía otro: «No digo seis meses; no digo ni aún dos: antes de quince días nos pondremos al igual del gobierno. Con veinticinco mil hombres ya se le puede hacer frente».

Otro decía: «No me acuesto, porque durante la noche hago cartuchos».

De cuando en cuando algunos hombres, vestidos «de caballero y con buenos trajes», venían dándose «importancia», y con aire de «mando» daban apretones de manos «á los más principales», y se iban. Nunca estaban más de diez minutos.

Se cambiaban en voz baja palabras significativas: «el complot está maduro; la cosa está rebosando».

«Y todos los que estaban allí murmuraban esto mismo», según la frase de uno de los concurrentes.

La exaltación era tal, que un día, en medio de la taberna, exclamó un obrero: ¡No tenemos armas!

Y uno de sus camaradas respondió: «Los soldados las tienen», parodiando así, sin saberlo, la proclama de Bonaparte al ejército de Italia.

«Cuando tenían algo más secreto, añade un informe, no se lo comunicaban». Apenas se comprende lo que podían ocultar después de decir lo que decían.

Las reuniones eran algunas veces periódicas; y á ciertas, de ellas sólo asistían ocho ó diez, siempre los mismos.

En otras entraba el que quería, y la sala se llenaba de tal modo, que tenían que estar de pie.

Unos asistían por entusiasmo y pasión; otros porque «era su camino para ir al trabajo».

Lo mismo que durante la gran revolución, había en estas tabernas mujeres patriotas que abrazaban á los neófitos.

Observábanse con frecuencia otros hechos expresivos.

Un hombre entraba en una taberna, bebía, y salía diciendo: «Tabernero, la Revolución pagará lo que debo».

En una taberna situada enfrente de la calle de Charonne, se elegían agentes revolucionarios. El escrutinio se hacía en las gorras.

Otros obreros se reunían en casa de un maestro de esgrima, que daba asaltos en la calle de Cotte; allí había un trofeo de armas, formado con espadones de madera, estoques, garrotes y floretes.

Un día quitaron los botones á los floretes, y decía un obrero: «Somos veinticinco, pero no cuentan conmigo, porque me miran como una máquina». Esta máquina fué después Quenisset.

Las cosas que se premeditaban tomaban poco á poco una extraña notoriedad. Una mujer, estando barriendo en el portal, le decía á otra: «Hace mucho tiempo que trabajan sin descanso en hacer cartuchos».

Se leían en medio de la calle proclamas dirigidas á los guardias nacionales de los departamentos. Una de estas proclamas estaba firmada por «Burtot, comerciante en vinos».

Un día, á la puerta de un licorista del mercado Lenoir, un hombre barba corrida y acento italiano, se subió á un guarda cantón, y leyó en alta voz un escrito singular, que parecía emanar de un poder oculto.

Los grupos que se habían formado á su alrededor le aplaudían, y los pasajes que impresionaron más á la multitud fueron recogidos y anotados.

«...Nuestras doctrinas son perseguidas; nuestras proclamas se hacen pedazos; nuestros fijadores de carteles son acechados y encarcelados».

«La baja que acaba de verificarse en los algodones ha traído hacia nosotros á muchos partidarios del justo medio».

«...El porvenir de los pueblos se elabora en nuestras obscuras filas».

«...He aquí la cuestión clara: acción ó reacción; revolución ó contra-revolución. Porque en nuestra época no se cree ya en la inercia ni en la inmovilidad. Por el pueblo ó contra el pueblo; ésta es la cuestión, y no hay otra.

«...El día en que no os convengamos ya, rechazadnos; pero hasta entonces, ayudadnos á marchar».

Todo esto en pleno día.

Otros hechos, más atrevidos aún, eran sospechosos al pueblo á causa de su misma audacia.

El 4 de abril de 1832, un transeúnte subía en el guarda cantón situado en la esquina de la calle de Santa Margarita y gritaba: «¡Soy babuvista!». Pero bajo la máscara de Babeuf, el pueblo adivinaba á Gisquet.

Entre otras cosas, decía aquel transeúnte:

—«¡Abajo la propiedad! La oposición de la izquierda es infame y traidora. Cuando quiere tener razón predica la revolución; es demócrata para que no se la ataque, y realista para no combatir. Los republicanos son animales de pluma; desconfiad de los republicanos, ciudadanos trabajadores».

—¡Silencio, ciudadano polizonte!—gritó un obrero.

Y este grito puso fin al discurso.

Sucedían algunos incidentes misteriosos.

Al anochecer un obrero se encontraba junto al canal con «un individuo bien vestido», que le decía:

—¿Adónde vas, ciudadano?

—Señor,—respondió el obrero,—no tengo el honor de conoceros.

—Yo te conozco mucho.

Y el hombre añadía:

—No temas. Soy el agente del comité. Se sospecha que no eres muy fiel: sabes que si descubres algo se te vigila.

Y después daba al obrero un apretón de mano y se iba diciendo:

—Pronto nos volveremos á ver.

Los escuchas de la policía recogían, no sólo en las tabernas, sino en la calle, diálogos singulares:

—Haz que te reciban pronto,—decía un tejedor á un ebanista.

—¿Por qué?

—Habrá fuego que hacer.

Dos transeúntes cubiertos de harapos cambiaban estas respuestas notables, llenas de aparente jacquería[1]:

—¿Quién nos gobierna?

—El señor Felipe.

—No, la burguesía.

Se equivocará el que creyese que usamos la palabra jacquería en mal sentido. Los jacques eran los pobres.

Otras veces oíase al pasar un hombre que le decía á otro:

—Tenemos un buen plan de ataque.

De una conversación íntima entre cuatro hombres acurrucados en una zanja de la rotonda de la barrera del Trono, no pudo sacarse en claro más que eso:

—Se hará lo posible para que él no se pasee ya más por París.

—¿Quién era este él? Obscuridad amenazadora.

«Los principales jefes», como se decía en el arrabal, se mantenían al paño; y se creía que se reunían, para ponerse de acuerdo, en una taberna junto al ángulo de San Eustaquio.

Uno llamado Aug—jefe de la sociedad de socorros á los sastres, en la calle Mondetour, pasaba por intermediario central entre los jefes y el arrabal de San Antonio. Sin embargo, hubo siempre mucha obscuridad acerca de las personas de estos jefes, y no hay ningún hecho cierto que pueda debilitar la altivez singular de la siguiente respuesta dada posteriormente por un acusado ante el tribunal de los Pares.

—¿Quién ha sido vuestro jefe?

No conocía á ninguno ni reconocí á nadie.

Mas todo esto no pasaba todavía de ser sino palabras transparentes, pero vagas; y algunas veces frases al aire, rumores, noticias. Otros indicios iban sobreviniendo.

Un carpintero, que estaba en la calle de Ruelly clavando las tablas de una empalizada alrededor de un terreno en que se alzaba una casa en construcción, encontró en dicho terreno un fragmento de carta rota, en el que aún se podían leer estas líneas:

«...Es preciso que el comité tome medidas para impedir el reclutamiento en las secciones para las diversas sociedades...».

Y en una postdata:

«Hemos sabido que había fusiles en la calle del Faubourg Poissonnière, núm. 5 (bis), en número de unos cinco ó seis mil, en casa de un armero. La sección carece de armamento».

Lo que hizo que el carpintero se asustase y enseñase la carta á sus vecinos, fué que á pocos pasos recogió otro papel rasgado también,[Pg 112] y más significativo aún, cuya configuración reproducimos, á causa del interés histórico de estos raros documentos:


Q C D E
Aprended esta lista de memoria; después
rompedla. Los individuos admitidos
harán otro tanto luego que les hayáis
trasmitido órdenes.


Salud y fraternidad,

L.

u og a1 fe

Los que estuvieron en el secreto de este hallazgo no pudieron comprender hasta mucho después la significación de estas cuatro mayúsculas: quinturiones, centuriones, decuriones, exploradores; y el sentido de estas letras u og a1 fe, que era una fecha, que quería decir el 15 de abril de 1832.

En la columna de cada mayúscula estaban inscritos nombres seguidos de indicaciones muy características.

Por ejemplo: Q. Bannerel. 8 fusiles. 83 cartuchos. Hombre seguro.

C. Boubière. 1 pistola. 40 cartuchos.

D. Rollet. 1 florete. 1 pistola. 1 libra de pólvora.

E. Tessier. 1 sable. 1 canana. Exacto.

Terreur. 8 fusiles. Valiente, etc.

Por último, el carpintero halló también en el mismo recinto de la empalizada un tercer papel, en el cual estaba escrita con lápiz, pero muy claramente, esta especie de lista enigmática:

Unidad. Blanchard: Arbre Sec. 6.

Barra. Soize. Sala del Conde.

Kosciusko. ¿Aubry le Boucher?

J. J. R.

Cayo Graco.

Derecho de revisión. Dufond. Four.

Caída de los Girondinos. Derbac. Maubuée.

Washington. Pinzón. 1 pistola. 86 cart.

Marsellesa.

Souver. del pueblo. Miguel. Quincampoix. Sable.

Hoche.

Marceau. Platón. Arbre-Sec.

Varsovia. Tilly, vendedor del Popular.

El honrado paisano en cuyas manos fué á parar esta lista, supo al fin su significación. Parece que era la nomenclatura completa de las secciones del cuarto distrito de la sociedad de los Derechos del Hombre, con los nombres y habitaciones de los jefes de sección.

Hoy, que todos estos hechos han quedado en la sombra, ya no pertenecen más que á la historia, y pueden publicarse.

Es preciso añadir[Pg 113] que la fundación de la sociedad de los Derechos del Hombre parece haber sido posterior á la fecha en que fué encontrado este papel. Quizá no fué más que un esbozo.

Mientras tanto, tras los propósitos y las palabras, tras los indicios escritos, comenzaban á despuntar hechos materiales.

En la calle Popincourt, en casa de un prendero, se cogieron en el cajón de una cómoda siete pliegos de papel gris, todos doblados del mismo modo, á lo largo, en cuatro partes; estos pliegos contenían veintiséis cuadrados del mismo papel gris, en forma de cartucho, y una tarjeta, en la cual se leía:


Salitre, 12 onzas
Azufre, 2 onzas
Carbón, 2 onzas y media
Agua, 2 onzas

El proceso verbal de embargo hacía constar que el cajón despedía un fuerte olor á pólvora.

Un albañil, al volver á su casa después del trabajo, se dejó olvidado un paquetito en un banco cerca del puente de Austerlitz. Este paquete fué llevado al cuerpo de guardia: le abrieron, y encontraron dos diálogos impresos, firmados por Lahautière, una canción titulada: Obreros, asociaos, y una caja de hoja de lata llena de cartuchos.

Un obrero, bebiendo en compañía de un camarada, le hacía tentar su cuerpo para que viese cuánto calor tenía; el otro tentaba una pistola bajo la blusa.

En una zanja en el camino de ronda, entre el cementerio del Padre Lachaise y la barrera del Trono, en el paraje más desierto, jugando unos chicos, descubrieron bajo un montón de virutas y mondaduras un saco que contenía un molde de hacer balas, otro de madera para hacer cartuchos, una cazuela con granos de pólvora de caza, y una marmita pequeña de hierro, cuyo interior ofrecía señales evidentes de plomo fundido.

Los agentes de policía entraron de repente á las cinco de la mañana en casa de un tal Pardón, que perteneció después á la sección de la Barricada-Merry, y murió luego en la insurrección de abril en 1834, encontrándole de pie junto á su cama, con cartuchos en la mano, que estaba haciendo todavía.

Á la hora en que descansan los obreros, se había visto encontrarse dos hombres entre el portillo Picpus y el de Charentón, en un caminito de ronda entre dos tapias, cerca de una taberna que tiene un juego[Pg 114] de bolos delante de la puerta.

Uno de ellos sacó de bajo la blusa una pistola y se la dió al otro.

Pero en el momento de dársela, notó que la trastroca de su pecho había humedecido algo la pólvora. La cebó, añadiendo pólvora á la que tenía en la cazoleta.

Después se separaron.

Un tal Gallais, muerto después en la calle Beaubourg en los sucesos de abril, se envanecía de tener en su casa setecientos cartuchos y veinticuatro piedras de fusil.

El Gobierno recibió un día aviso de que se acababan de distribuir armas en el arrabal y doscientos mil cartuchos.

La semana siguiente se repartieron treinta mil cartuchos; y es de notar que la policía no pudo coger ninguno.

Una carta interceptada decía: «No está lejos el día en que en el término de cuatro horas se pongan sobre las armas ochenta mil patriotas».

Esta fermentación era pública, y casi puede decirse que tranquila.

La insurrección inminente preparaba la tempestad con calma frente del Gobierno.

Ninguna singularidad faltaba á esta crisis, subterránea todavía, pero ya perceptible.

Los burgueses hablaban pacíficamente á los obreros de lo que se preparaba, y les decían: «¿Cómo va el motín?». Del mismo modo que podrían haber dicho: «¿Cómo está vuestra mujer?».

Un almacenista de muebles de la calle Moreau preguntaba:

—Y ¿cuándo atacáis?

Otro tendero decía:

—Se atacará muy pronto, ya lo sé. Hace un mes érais quince mil; ahora sois veinticinco mil.

Éste ofrecía su fusil, y un vecino suyo ofrecía un cachorrillo, que quería vender en siete francos.

Por lo demás, la fiebre revolucionaria adelantaba. Ningún punto de París ni de Francia estaba ya libre de ella.

La arteria latía en todas partes. Lo mismo que esas membranas que nacen en ciertas inflamaciones y se forman en el cuerpo humano, la red de las sociedades secretas empezaba á extenderse sobre el país.

De la asociación de los Amigos del Pueblo, pública y secreta á la vez, nacía la sociedad de los Derechos del Hombre, que fechaba así una orden del día: «Pluvioso, año 40 de la era republicana», y la cual debía sobrevivir aún después de las sentencias de los tribunales de jurados ordenando su disolución, y que no vacilaba en dar á sus secciones nombres tan significativos como éstos:

Picas.

Somatén.

Cañón de alarma.

Gorro[Pg 115] frigio.

21 de enero.

Mendigos.

Truhanes.

Adelante.

Robespierre.

Nivel.

Esto marcha.

La sociedad de los Derechos del Hombre engendraba la sociedad de Acción. Eran éstos los impacientes que se separaban y corrían adelante.

Otras sociedades trataban de reclutarse en las grandes sociedades-madres. Los seccionarios se quejaban de verse atraídos. De ahí nació «la sociedad gálica» y «el comité organizador de las municipalidades». De ahí las asociaciones para «la libertad de imprenta», para «la libertad individual», para «la instrucción del pueblo contra los impuestos indirectos»; además la sociedad de los Obreros Igualadores, que se dividía en tres fracciones: los niveladores, los comunistas y los reformistas.

Luego había el Ejército de las Bastillas, especie de cohorte organizada militarmente, que tenía para cada cuatro hombres un cabo, para cada diez un sargento, para cada veinte un subteniente, para cada cuarenta un teniente, y en la cual no había más de cinco que se conociesen; creación en que la precaución estaba combinada con la audacia, y la cual parece llevaba el sello de Venecia.

Del comité central, que era la cabeza, nacían esos dos brazos, la sociedad de Acción y el Ejército de las Bastillas.

Una asociación legitimista, los Caballeros de la Fidelidad, se movía en medio de estas afiliaciones republicanas; pero había sido denunciada y repudiada.

Las sociedades parisienses tenían ramificaciones en las principales ciudades: Lyon, Nantes, Lila y Marsella, tenían su sociedad de los Derechos del Hombre, la Carbonaria, y los Hombres libres, Aix tenía una sociedad revolucionaria, que se llamaba la Cougourde. Ya hemos escrito otra vez esta palabra.

En París, el arrabal de San Marcelo no estaba menos conmovido que el de San Antonio, y las escuelas no menos entusiasmadas que los arrabales.

Un café de la calle de San Jacinto y el fumadero de los Siete Billares, calle de Mathurins Saint Jacques, servían de punto de reunión á los estudiantes.

La sociedad de los amigos del A B C, afiliada á los mutualistas de Angers y á la Cougourde de Aix, se reunía, como ya se ha visto, en el café Musain. Estos mismos jóvenes se reunían también en una hostería cerca de la calle[Pg 116] Mondetour, llamada Corinto.

Estas reuniones eran secretas; otras eran tan públicas como podían serlo; y puede juzgarse de su atrevimiento por el siguiente trozo de un interrogatorio en uno de los procesos ulteriores:

—¿Dónde se celebró esa reunión?

—En la calle de la Paz.

—¿En casa de quién?

—En la calle.

—¿Qué secciones asistieron?

—Una sola.

—¿Cuál?

—La sección Manuel.

—¿Quién era el jefe?

—Yo.

—Sois muy joven para haber tomado sólo la grave resolución de atacar al Gobierno. ¿De dónde recibíais instrucciones?

—Del comité central.

El ejército estaba minado al mismo tiempo que el paisanaje, como lo probaron después los movimientos de Beford, de Luneville y de Epinal. Se contaba con el quincuagésimo-segundo regimiento, y con el quinto, el octavo, el trigésimo tercero y con el vigésimo ligero.

En Borgoña y en las ciudades del mediodía se plantaba el árbol de la Libertad; es decir, un mástil con un gorro encarnado.

Tal era la situación.

Entonces el arrabal de San Antonio, más que ningún otro grupo de población, como hemos dicho ya al principio, aparecía temible y caracterizaba la situación. Allí era donde se sentía el dolor de costado.

Aquel antiguo arrabal, poblado como un hormiguero, laborioso, animado y colérico como una colmena, se estremecía esperando y deseando la conmoción. Todo se agitaba en él, sin que por esto se interrumpiese el trabajo.

Nada podría dar idea de aquella fisonomía viva y sombría. En aquel arrabal hay dolorosos infortunios bajo el techo de una buhardilla, y hay también inteligencias ardientes y raras. En materia de infortunio é inteligencia, es precisamente más peligroso el que los extremos se toquen.

El arrabal de San Antonio tenía además otras causas conmovedoras; porque allí se siente la reacción de las crisis comerciales, de las quiebras, de la carestía, de la falta de trabajo, inherentes á los grandes estremecimientos políticos.

En tiempo de revolución, la miseria es á la vez causa y efecto. El golpe que la hiere, rebota.

Aquella población, llena de altiva virtud, capaz del mayor grado de calórico latente, siempre dispuesta á tomar las armas, pronta en las explosiones, irritada, profunda, minada; parecía que sólo aguardaba la caída de una chispa.

Siempre que flotan en el horizonte algunos resplandores impulsados por el viento de los sucesos, no puede uno desviar el pensamiento del arrabal de San Antonio, y en la temible fatalidad que ha colocado á las puertas de París aquel polvorín de padecimientos y de ideas.

[Pg 117]

Las tabernas del arrabal San Antonio, mencionadas más de una vez en el bosquejo que acaba de leerse, tienen celebridad histórica. En tiempo de turbulencias embriaga en ellas, menos que el vino, la palabra. Una especie de espíritu profético, un efluvio de porvenir, circula allí, llenando los corazones y engrandeciendo las almas.

Las tabernas del arrabal San Antonio se parecen á aquéllas otras del monte Aventino, edificadas sobre el antro de la Sibila y en comunicación con los profundos soplos sagrados; tabernas cuyas mesas son casi trípodes, y donde se bebía lo que Emilio llamaba el vino sibilino.

El arrabal de San Antonio es un depósito de pueblo.

La conmoción revolucionaria hace allí grietas, por donde se filtra la soberanía popular.

Esta soberanía puede hacer daño; engañarse como otra cualquiera; pero aún engañada, sigue siendo grande. Puede decirse de ella como del cíclope ciego: Ingens.

En 1793, según era la idea que flotaba buena ó mala, según era la luz del fanatismo ó del entusiasmo, partían del arrabal de San Antonio, ora legiones salvajes, ora falanges heroicas.

Salvajes. Expliquemos esta palabra. Aquellos hombres de erizado cabello que en los días genesíacos del caos revolucionario se lanzaban haraposos, feroces, blandiendo la cachiporra, levantada la pica en alto, aullando contra el viejo París trastornado, ¿qué querían?

Querían el fin de la opresión, el fin de la tiranía, el fin del sable; querían el trabajo para el hombre, la instrucción para el niño, la dulzura social para la mujer; la libertad, la igualdad, la fraternidad; el pan para todos, la idea para todos, la conversión del mundo en Edén: el progreso.

Y esa cosa santa, buena y dulce, el progreso, la reclamaban terriblemente, medio desnudos, con la mano en la maza y el rugido en la boca. Eran los salvajes, sí, pero los salvajes de la civilización.

Proclamaban furiosos el derecho; querían obligar al género humano á entrar en el paraíso, aunque fuese por medio del terror y del espanto.

Parecían bárbaros, y eran salvadores; reclamaban la luz con la máscara de la noche.

Enfrente de estos hombres feroces y espantosos, convenimos en ello, pero feroces para el bien, hay otros hombres, risueños, bordados, dorados, engalonados, con medias de seda, plumas blancas, guantes amarillos, botas de charol, que apoyando los codos en una mesa cubierta de terciopelo[Pg 118] al lado de una chimenea de mármol, insisten templadamente en la conservación y permanencia de lo pasado, de la Edad media, del derecho divino, del fanatismo, de la ignorancia, de la esclavitud, de la pena de muerte, de la guerra, glorificando, á media voz y con finura, el [Pg 119] sable, la hoguera y el cadalso. Por nuestra parte, si nos viéramos obligados á elegir entre los bárbaros de la civilización y los civilizados de la barbarie, escogeríamos á los bárbaros.

Pero á Dios gracias no nos hallamos en esta alternativa; no es necesaria [Pg 120] ninguna caída brusca ni hacia adelante ni hacia atrás.

Ni despotismo, ni terrorismo. Queremos el progreso por una pendiente suave.

Dios provee á él. La suavización de las pendientes constituye la política divina.

[Pg 121]

VI
Enjolrás y sus tenientes

Poco más ó menos hacia dicha época, Enjolrás, previendo la posibilidad de los sucesos, hizo una especie de recuento misterioso.

Todos estaban en conciliábulo en el café Musain. Enjolrás, mezclando con sus palabras algunas metáforas medio enigmáticas, pero significativas, decía así:

—«Conviene saber dónde estamos y con quién se puede contar. Si se quieren combatientes, es preciso hacerlos. Tener con qué herir, no puede estorbar.

«Los que caminan tienen más peligro de recibir una cornada cuando hay bueyes al paso, que cuando no los hay. Contemos, pues, el rebaño. ¿Cuántos somos?

«No se trata de dejar esto para mañana. Las revoluciones deben ir siempre deprisa, porque el progreso no tiene tiempo que perder. Desconfiemos de lo inesperado, y no nos dejemos coger desprevenidos. Se trata de planchar las costuras que hemos hecho, y ver si están firmes; y este negocio debe quedar apurado hasta el fondo hoy mismo.

«Courfeyrac, tú verás á los politécnicos; hoy miércoles es día de salida. Feuilly, tú verás á los de la Glacière. Combeferre me ha prometido ir á Picpus; allí hay un hormiguero excelente. Bahorel visitará la Estrapada.

«Prouvaire, los masones se entibian; tú nos traerás noticias de la logia de la calle Grenelle Saint Honoré. Joly irá á la clínica de Dupuytren, y tomará el pulso á la Escuela de Medicina. Bossuet dará una vuelta por la Audiencia y hablará con los pasantes de abogado. Yo me encargo de la Cougourde».

—Vedlo, todo arreglado,—dijo Courfeyrac.

—No.

—¿Qué falta pues?

—Una cosa importantísima.

—¿Qué es ello?—preguntó Combeferre.

—El portillo de Maine,—respondió Enjolrás.

Quedóse Enjolrás un momento como absorto en sus reflexiones, y añadió:

—En el portillo de Maine hay marmolistas, pintores, los prácticos de los talleres de escultura. Es una familia entusiasta, pero sujeta al enfriamiento, y no sé lo que tienen hace algún tiempo; piensan en otra cosa, y se entibian; pasan el tiempo en jugar al dominó. Sería urgente ir á hablarles un poco y firme. Se reúnen en casa de Richefeu, donde se los encontrará entre doce y una. Es preciso soplar en aquellas cenizas; yo había pensado para esto con el distraído de Mario, quien en el fondo es bueno; pero ya no viene. Necesito uno para el portillo de Maine, y no le tengo.

—¿Pues y yo?—dijo Grantaire.

—¿Tú?

—Yo.

—¡Tú, adoctrinar republicanos! ¡Tú volver el calor, en nombre de los principios, á los corazones enfriados!

—¿Por qué no?

—¿Acaso puedes tú servir para algo?

—Tengo la vaguedad de la ambición,—dijo Grantaire.

—Tú no crees en nada.

—Creo en ti.

—Grantaire, ¿quieres hacerme un favor?

—Cuantos quieras; hasta limpiarte las botas.

—Pues bien; no te mezcles en nuestros asuntos. Bebe tu ajenjo.

—Eres un ingrato, Enjolrás.

—¡Serías tú hombre para ir al portillo de Maine! ¡Serías capaz!

—Soy capaz de bajar por la calle de Grés, atravesar la plaza de San Miguel, torcer por la calle de Monsieur le Prince, tomar la calle Vaugirard, pasar los Carmelitas, volver á la calle de Assas, llegar á la calle de Cherche Midi, dejar atrás el Consejo de Guerra, medir la calle de las Viejas Tullerías, pasar de una zancada el boulevard, seguir la calzada de Maine, salir del portillo y entrar en casa de Richefeu. Soy capaz de todo esto; mis zapatos son capaces de lo mismo.

—¿Conoces algo á nuestros camaradas de Richefeu?

—No mucho. Nos tuteamos únicamente.

—¿Y qué vas á decir?

—Les hablaré de Robespierre, pardiez; de Dantón; de los principios.

—¡Tú!

—¡Yo! Veo que no me hacéis justicia; cuando me comprometo, soy terrible. He leído á Proudhomme, conozco el Contrato social, sé de memoria la Constitución del año dos. «La Libertad del ciudadano concluye allí donde empieza la Libertad de otro ciudadano». ¿Me tienes acaso por un bruto? Tengo un antiguo asignado en mi gabeta. Los Derechos del Hombre, la soberanía del pueblo, ¡caramba! Soy además un poco hebertista; y puedo estar hablando seis horas de reloj, con reloj en mano, de cosas soberbias.

—Sé formal,—dijo Enjolrás.

—Soy terrible,—respondió Grantaire.

Enjolrás pensó algunos segundos, é hizo el gesto del hombre que ha tomado una resolución.

—Grantaire,—dijo gravemente,—consiento en ponerte á prueba. Irás al portillo de Maine á hablar con los artistas.

Grantaire vivía en una casa de huéspedes cerca del café Musain. Salió y volvió á los cinco minutos; había ido á ponerse un chaleco á la Robespierre.

—Rojo,—dijo al entrar,—mirando fijamente á Enjolrás.

Y después, con enérgico ademán, cruzó sobre el pecho las dos solapas escarlata del chaleco.

Y aproximándose á Enjolrás, le dijo al oído:

—Queda tranquilo.

Se puso el sombrero resueltamente, y salió.

Un cuarto de hora después, la sala interior del café Musain estaba desierta. Todos los amigos del A B C se habían ido, cada uno por su lado, á cumplir su misión. Enjolrás, que se había reservado la Cougourda, partió el último.

Los de la Cougourde de Aix, que estaban en París, se reunían entonces en el llano de Issy, en una de aquellas canteras abandonadas, tan [Pg 122] abundantes por aquel extremo de París.

Enjolrás, caminando hacia aquel lugar de la cita, iba pasando revista á la situación.

La gravedad de los sucesos era visible. Cuando los hechos, precursores de una especie de enfermedad social latente, se mueven con torpeza, la menor complicación los detiene y enreda, fenómeno de donde salen los hundimientos y los renacimientos.

Enjolrás descubría un levantamiento luminoso bajo los tenebrosos velos del porvenir. ¿Y quién sabe? Se aproximaba el instante tal vez.

¡El pueblo reasumiendo el derecho! ¡Qué hermoso espectáculo! La [Pg 123] Revolución volviendo á tomar majestuosamente posesión de la Francia, y diciendo al mundo: «Se continuará».

Enjolrás estaba contento. EL horno ardía.

En aquel mismo instante tenía un reguero de pólvora de amigos extendido por París. Componía en su imaginación, con la elocuencia penetrante y filosófica de Combeferre, el entusiasmo cosmopolita de Feuilly, la verbosidad de Courfeyrac, la risa de Bahorel, la melancolía de Juan [Pg 124] Prouvaire, la ciencia de Joly y los sarcasmos de Bossuet, una especie de chisporroteo eléctrico que comunicaba á la vez el fuego en todas partes.

Todos á la obra. De seguro el resultado correspondería al esfuerzo. Aquello marchaba.

Pero aquello mismo le hizo pensar en Grantaire.

—¡Calla!—se dijo.—El portillo de Maine está casi en mi camino. ¡Si yo llegase hasta casa de Richefeu! Veamos lo que hace Grantaire, y dónde está.

Daba la una en el campanario de Vaugirard cuando Enjolrás llegó al fumadero de Richefeu. Empujó la puerta, entró, cruzó los brazos, dejando cerrarse la hoja que le dió en la espalda, y miró en la sala, llena de hombres, de mesas y de humo.

De en medio de aquella bruma salía una voz vivamente cortada por otra voz. Era Grantaire disputando con su adversario.

Grantaire estaba sentado enfrente de otro, al lado de una mesa de mármol jaspeado sembrada de granos de salvado y llena de fichas de dominó, y golpeaba el tablero con el puño.

He aquí lo que oyó Enjolrás:

—Seis doble.

—Cuatro.

—¡Diablo! No tengo.

—Estás muerto, con dos.

—Seis.

—Tres.

—Un as.

—Me toca á mí.

—Cuatro puntos.

—Difícilmente.

—Ahora tú.

—He cometido una falta enorme.

—Vas bien.

—Quince.

—Siete más.

—Con estos son veintidós. (Pensando). ¡Veintidós!

—¿No esperabas el doble seis? Ya lo creo. Si le hubiese puesto al principio habría cambiado todo el juego; y perdía la partida.

—Dos otra vez.

—As.

—¡As! Pues bien, cinco.

—No tengo.

—¿No tienes, eh? Buena te espera.

—Allá veremos.

—¿Has puesto tú, creo?

—Sí.

—Blanca.

—¡Tienes suerte! ¡Mucha suerte! (Larga meditación). Un dos.

—Un as.

—Ni cinco, ni as. Esta es la tuya.

—Dominó.

—Nombre de perro.

NOTAS:

[1] Jacquería procede de la frase Jacques-Bonhomme, aplicada en la Edad Media por la aristocracia á las clases trabajadoras.

LIBRO SEGUNDO
EPONINE

[Pg 125]

I
El campo de la Alondra

Mario había asistido al inesperado desenlace de la emboscada que había dado á conocer á Javert; pero apenas hubo Javert abandonado la casa, llevándose sus presos en tres coches de alquiler, Mario salió también. No eran más que las nueve de la noche, y se dirigió á casa de Courfeyrac.

Courfeyrac no era ya el imperturbable habitante del barrio latino; se había mudado á la calle de la Vidriería «por razones políticas»; aquel barrio era uno de los que servían entonces de asiento á la Revolución.

Mario dijo á Courfeyrac:

—Vengo á dormir á tu casa.

Courfeyrac sacó uno de los dos colchones de su cama, le extendió en el suelo y dijo:

—Ahí tienes dónde.

Al día siguiente, á las siete de la mañana, Mario volvió á la casucha, pagó el alquiler y lo que debía á la tía Bougón, hizo cargar en un carretón de mano sus libros, su cama, su mesa, su cómoda y sus dos sillas, y se fué sin dejar las señas de su nueva habitación; de modo que, cuando Javert volvió por la mañana para preguntar á Mario sobre los sucesos de la víspera, no encontró más que á la tía Bougón, que le respondió:

—¡Se ha mudado!

La tía Bougón quedó convencida de que Mario era cómplice en parte de los ladrones presos por la noche.

—¿Quién lo hubiera creído?—decía á las porteras del barrio.—¡Un joven que tenía el aire de una señorita!

Mario había tenido dos razones para mudarse tan deprisa.

Primera, por el horror que sentía hacia aquella casa en que había visto de tan cerca, y en todo su desarrollo, lo más repugnante y feroz: una fealdad social más horrible aún que el rico malvado; el malvado pobre.

Segunda, porque no quería figurar en el proceso que se seguiría probablemente, y verse obligado á declarar contra Thénardier.

Javert creyó que el joven, cuyo nombre había olvidado, había tenido miedo y había huido, ó no vuelto quizá aún á su casa en el momento de la emboscada. Hizo, sin embargo, algunos esfuerzos para encontrarle, mas no le dieron resultado.

Pasóse un mes, y luego otro.

Mario seguía en casa de Courfeyrac. Había sabido por un pasante de abogado, visitante habitual de las antesalas de la Audiencia, que Thénardier estaba incomunicado, y mandaba cada lunes, al alcaide de la cárcel de la Fuerza, cinco francos para su mujer.

Mario, no teniendo ya dinero, pedía los cinco francos á Courfeyrac; era la primera vez en su vida que pedía prestado.

Aquellos cinco francos periódicos eran un doble enigma para Courfeyrac que los daba, y para Thénardier que los recibía.

—¿Á quién se los mandará?—pensaba Courfeyrac.

—¿De dónde pueden venirme?—se preguntaba Thénardier.

Mario estaba desconsolado. Todo había vuelto á desaparecer por escotillón.

No veía nada delante de sí; su vida estaba sumergida en aquel misterio, donde vagaba á tientas.

Había visto muy de cerca, durante un momento, en aquella obscuridad, á la joven á quien amaba, al viejo que parecía su padre, á aquellos seres desconocidos que eran su único interés y su única esperanza en este mundo; y en el momento en que había creído poder asirlos, se los había arrebatado un soplo desvaneciéndolos como sombras.

Ni un rayo de certidumbre y de verdad había resultado de aquel choque horrendo. No había coyuntura posible.

No sabía ni aún el nombre que creyó antes saber. Seguramente no era el de Úrsula, y el de la Alondra era un apodo.

¿Y qué pensar del viejo? ¿Se ocultaba, en efecto, de la policía?

El obrero de cabellos blancos que Mario había encontrado en las cercanías de los Inválidos, se le venía á la memoria. Antes le había confundido su aparición hasta dudar de ella; pero ahora era probable que este obrero y el señor Leblanc fuesen la misma persona. ¿Se disfrazaba, pues?

Aquel hombre tenía su parte heroica y su parte dudosa. ¿Por qué no había gritado en su auxilio? ¿Por qué había huido? ¿Era el padre de la joven? ¿Era realmente el hombre que Thénardier había creído conocer? ¿Podía haberse equivocado Thénardier?

Estas preguntas eran otros tantos problemas sin resolución. Pero nada de esto amenguaba los encantos angelicales de la joven del Luxemburgo.

¡Punzadora desgracia! Mario sentía apasionado su corazón, y anublados sus ojos. Se veía impulsado y atraído, y no podía moverse; todo se había desvanecido, excepto el amor, y aún del amor mismo había perdido los instintos y las iluminaciones súbitas.

Ordinariamente, esa llama que nos quema nos alumbra también un poco, dándonos cierta claridad útil exteriormente.

Estos sordos consejos de la pasión, Mario no los escuchaba ya; nunca se decía: ¿Si yo fuese allí? ¿Si probase á hacer esto?

Aquella joven, á quien no podía ya llamar Úrsula, estaba evidentemente en alguna parte; pero nada indicaba á Mario por qué lado debía buscarla.

Toda su vida se resumía á la sazón en dos palabras; una incertidumbre absoluta en una bruma impenetrable.

Aspiraba siempre á volver á verla; pero ya no lo esperaba.

Para colmo de desgracia volvía á visitarle la miseria; sentía ya cerca de sí, por detrás, un soplo glacial.

Durante estos tormentos, y desde hacía algún tiempo, había abandonado su trabajo; y nada es más peligroso que la interrupción del trabajo; es una costumbre que se pierde. Costumbre fácil de perder y difícil de adquirir nuevamente.

Cierta cantidad de meditación fantástica es buena, como á narcótico y en discreta dosis; adormece alguna vez las fiebres dolorosas de la inteligencia que trabaja, y produciendo en el espíritu un vapor suave y fresco, que corrije los contornos demasiado ásperos del pensamiento puro, llena aquí y allá vacíos é intervalos, une las masas y difunde los ángulos de las ideas.

Pero mucha cantidad de esos ensueños fantásticos sumerge y ahoga.

¡Desgraciado el obrero de espíritu que se deja caer por entero desde el pensamiento á semejante ensueño! Cree que volverá á subir fácilmente, y se dice que al fin y al cabo es lo mismo pensar que soñar. ¡Error!

El pensamiento es el trabajo de la inteligencia; la meditación fantástica es la voluptuosidad. Reemplazar aquel por ésta, es confundir un veneno con un alimento.

Recuérdese que Mario había empezado por ahí. Había sobrevivido la pasión y acabado de precipitarle en las quimeras sin objeto y sin fondo.

No salía de casa sino para soñar. Costumbre perezosa, abismo tenebroso y malsano.

Á medida que el trabajo disminuía, las necesidades crecían. Esto es una ley.

El hombre en el estado de meditación, es naturalmente pródigo y muelle: el espíritu espaciado no puede tener una vida concreta. Hay en este modo de vivir una mezcla de bien y de mal, porque si la molicie es funesta, la generosidad es sana y buena. Pero el hombre pobre, generoso y noble que no trabaja, está perdido; se le agotan los recursos, y surgen las necesidades.

Pendiente fatal, en que los más honrados y firmes son arrastrados como los más débiles y viciosos, y que llega á uno de estos dos abismos el suicidio ó el crimen.

Á fuerza de salir para ir á meditar, llega un día en que se sale para tirarse al agua.

El exceso de meditación crea los Escousse y los Lebrás.

Mario bajaba esta pendiente á paso lento, fijos los ojos en aquella á quien ya no veía.

Lo que acabamos de decir parece extraño, y es sin embargo verdadero.

El recuerdo de un ser ausente se ilumina en las tinieblas del corazón, y cuanto más completamente va desapareciendo, más brilla: el alma desesperada y obscura ve esta luz en su horizonte como una estrella nocturna interior.

Todo el pensamiento de Mario era ella, no pensaba en otra cosa; conocía confusamente que su traje viejo se quedaba inservible, que su traje nuevo se hacía viejo, que sus camisas se gastaban, que se rozaba su sombrero, que se descosían sus botas; es decir, que se agotaba su vida; y decía: «¡Si pudiese verla solamente antes de morir!».

Sólo una idea grata le quedaba: que ella le había amado, que su mirada se lo había dicho, que ella no sabía su nombre; pera conocía su alma, y tal vez en el lugar en que estaba, por más que pudiese ser misterioso, le amaba todavía.

¿Quién sabe si ella pensaba en él, como él en ella?

Á veces, en esas horas inexplicables que tiene todo corazón que ama, no encontrando más que razones dolorosas, y sintiendo, sin embargo, un temblor desconocido de alegría, decíase: «Estos son sus pensamientos que vienen á mí». Y después añadía: «Mis pensamientos llegarán á ella tal vez del mismo modo».

Esta ilusión que Mario deshacía enseguida, conseguía sin embargo infundir en su alma rayos de luz, que se asemejaban alguna vez á la esperanza.

De cuando en cuando, sobre todo á esa hora de la noche que más entristece á los pensadores fantásticos, estampaba sobre un cuaderno, en que no había sino esto, lo más puro, lo más impersonal, lo más ideal de los sueños, con que el amor llenaba su cerebro; á esto llamaba él «escribirle».

Pero no debe creerse que su razón estaba desordenada. Al contrario, había perdido la facultad de trabajar y de moverse con firmeza hacia un fin determinado; pero tenía más que nunca perspicacia y rectitud.

Mario seguía viendo con luz clara y real, aunque singular, lo que pasaba á su vista, incluso los hechos ó los hombres más indiferentes; en todo adivinaba la verdad con una especie de abatimiento noble y desinteresadamente cándido. Su juicio, casi desprendido de la esperanza, se mantenía elevado y dominaba.

En esta situación de ánimo, nada se le escapaba, nada le engañaba, y descubría á cada instante el fondo[Pg 126] de la vida, de la humanidad y del destino.

¡Dichoso, aun en medio del dolor, aquel á quien Dios ha dado un alma digna del amor y del infortunio! El que no ha visto las cosas de este mundo y el corazón de los hombres á esta doble luz, no ha visto nada verdadero ni sabe nada.

El alma que ama y padece, se encuentra en un estado sublime.

Por lo demás, sucedíanse los días, y nada nuevo se presentaba; parecíale solamente que el espacio sombrío que debía atravesar se iba limitando á cada momento, y creía entrever ya distintamente el borde del principio sin fondo.

—¡Qué!—se decía.—¿No volveré á verla?

Cuando se sube la calle de Santiago y se deja á un lado la barrera, siguiendo luego un poco á la izquierda el antiguo boulevard interior, se llega á la calle de la Salud, después á la de Glacière, y poco antes de llegar al arroyo de los Gobelinos, se encuentra una explanada, que es en toda la ronda larga y monótona de las tapias de París, el único sitio donde el pintor Ruysdael se atrevería á sentarse.

No se sabe ciertamente cómo definir la gracia que de él se desprende; un prado verde atravesado de cuerdas tendidas, en que secan al aire algunos pingajos; una quinta edificada en tiempo de Luis XIII, con su gran empizarrado interpolado de buhardillas; empalizadas rotas, un poco de agua que corre entre algunos álamos; mujeres, risas y voces; en [Pg 127] el horizonte el Panteón, el árbol de los Sordo Mudos, el Val de Grâce, negro, achaparrado, fantástico, divertido, magnífico, y en el fondo el severo remate cuadrado de las torres de Nuestra Señora.

Como aquel sitio no vale la pena de ser visto, nadie le visita. Apenas le atraviesa cada cuarto de hora una carreta ó un traginero.

Llegó un día que los paseos solitarios de Mario le llevaron á este terreno [Pg 128] cerca de aquel arroyuelo. En tal día hubo una rareza en el boulevard, un transeúnte.

Mario, gratamente sorprendido por el encanto casi salvaje del sitio, preguntó al transeúnte:

—¿Cómo se llama este sitio?

El transeúnte respondió:

—El campo de la Alondra.

Y añadió:

—Aquí fué donde Ulbach mató á la pastora de Ivry.

Pero después de la palabra Alondra, Mario no había oído nada más.

En el estado de ensueño hay congelaciones súbitas que produce una [Pg 129] sola palabra. Todo el pensamiento se condensa bruscamente alrededor de una idea, y no es ya capaz de ninguna otra percepción.

La Alondra era el nombre que en las profundidades de la melancolía de Mario había reemplazado á Úrsula.

—¡Toma!—dijo en el estupor irracional propio de esos apartes misteriosos.—Este es su campo. Aquí sabré dónde vive.

Aquello era absurdo, pero irresistible.

Y desde entonces fué todos los días al campo de la Alondra.

[Pg 130]

II
Formación embrionaria de los crímenes en la incubación de las cárceles

El triunfo de Javert en la casucha de Cuervo había parecido completo, pero no lo había sido.

En primer lugar, y ésta era su principal inquietud, Javert no había encontrado al preso.

El asesinado que se evade es más sospechoso que el asesino; y es probable que este personaje, tan preciosa captura para los bandidos, no hubiera sido peor presa para la autoridad.

Además, Montparnasse se había escapado de Javert; era preciso esperar otra ocasión para echar la garra á aquel «lechuguino endiablado».

En efecto; había encontrado Montparnasse á Eponina, que estaba acechando bajo los árboles de la alameda, se había ido con ella, prefiriendo ser Nemorino con la hija, á ser Schinderhanes con el padre.

Y lo había acertado, porque estaba libre.

En cuanto á Eponina, Javert la había hecho «trincar», lo que era un mediano consuelo, enviándola á hacer compañía á Azelma en las Magdalenas.

En fin, en el trayecto de la casucha de Cuervo á la cárcel de la Fuerza, uno de los principales presos, Claquesous, se había perdido.

Nadie sabía cómo había sucedido esto; los agentes y los polizontes «no comprendían nada».

Se había convertido en humo, se había deslizado por entre las cuerdas, se había escapado por las rendijas del carruaje, que estaba roto, y había huido.

No sabían qué decir, sino que, al llegar á la cárcel, Claquesous había desaparecido.

Había en ello algo de magia ó de policía.

¿Se había derretido Claquesous en las tinieblas, como un copo de nieve en el agua?

¿Había habido connivencia con los agentes?

¿Pertenecía este hombre al doble enigma del desorden y del orden público?

¿Era concéntrico en sus evoluciones á la infracción y á la represión?

¿Tenía esta esfinge las manos en el crimen y los pies en la autoridad?

Javert no aceptaba estas combinaciones, y se hubiera enfurecido ante tales compromisos; pero en su ronda había otros inspectores más iniciados quizá que él, á pesar de ser subordinados suyos, en secretos de la prefectura, y Claquesous era tan malvado, que podía ser un buen agente de policía.

Estar en relaciones tan íntimas de escamoteo con la noche, es cosa excelente para el bandolerismo y admirable para la policía. Hay, en efecto, bribones de esa especie de dos filos.

Pero fuese lo que fuere, lo cierto es que Claquesous extraviado no fué vuelto á encontrar.

Javert pareció más irritado que asombrado.

En cuanto á Mario, «ese pazguato de abogado que había tenido miedo probablemente», y cuyo nombre había olvidado Javert, era poco importante. Por otra parte, á un abogado se le halla siempre. Pero, ¿era siquiera abogado?

Había empezado la sumaria.

El juez que la instruía había creído conveniente no poner incomunicado á uno de los hombres de la banda de Patrón Minette, esperando que cantase. Este hombre era Brujón, el cabelludo de la calle del Petit-Banquier. Se le había dejado suelto en el patio de Carlomagno, sin que se apartasen de él un momento los ojos de los vigilantes.

Este nombre de Brujón es uno de los recuerdos de la cárcel de la Fuerza.

En el patio repugnante, llamado por el vulgo el Edificio Nuevo, por la Administración el patio de San Bernardo, y por los ladrones la cueva de los Leones, sobre aquella tapia cubierta de escamas y de lepra, que subía por la izquierda hasta la altura de los tejados, cerca de una puerta vieja de hierro, enmohecida ya, que conducía á la antigua capilla del palacio ducal de la Fuerza, convertida en dormitorio de bandidos, se veía aún hace doce años una especie de castillo, groseramente dibujado en la piedra con la punta de un clavo, y debajo esta firma:

BRUJÓN, 1811

El Brujón de 1811 era el padre del Brujón de 1832.

Este último, á quien apenas hemos podido entrever en la emboscada de la casucha de Cuervo, era un zagalón muy astuto y muy listo, de aspecto encogido y lastimero.

Á causa de aquel aspecto entrecortado le había escogido el juez, creyéndole más útil en el patio de Carlomagno, que incomunicado en el calabozo.

Los ladrones no interrumpen el ejercicio de su profesión, aunque estén en manos de la justicia.

No se incomodan por tan poca cosa, y estar preso por un crimen no impide comenzar otro crimen; son como los artistas que tienen un cuadro en la exposición, y no por esto dejan de trabajar, en alguna obra nueva en su taller.

Brujón aparentaba haberse quedado estupefacto con la prisión.

Se le veía muchas veces horas enteras en el patio de Carlomagno, de pie, cerca del tragaluz del cantinero, contemplando como un idiota la sórdida lista de los precios de la cantina, que empezaba:

Ajos, 62 sueldos. Y concluía: Cigarros cinco sueldos. Ó se pasaba el tiempo tiritando, rechinando los dientes, diciendo que tenía calentura, y preguntando si estaba vacante alguna de las veintiocho camas de la sala de los calenturientos.

De pronto, hacia la segunda quincena de febrero de 1832, se supo que Brujón el atontado había mandado hacer á los mozos de la cárcel, no bajo su nombre, sino bajo el nombre de tres de sus camaradas, tres comisiones distintas, las cuales le habían costado en total cincuenta sueldos, gasto exorbitante, que llamó la atención del inspector de la cárcel.

Hiciéronse averiguaciones y consultando la tarifa de encargos clavada en la pared de la sala de los detenidos, se llegó á saber que los cincuenta sueldos se descomponían así: tres encargos; uno al Panteón, diez sueldos; otro, á Val de Grâce, quince sueldos; y otro á la barrera de Grenelle, veinticinco sueldos. Este último era el precio más alto de la tarifa.

Ahora bien: precisamente en el Panteón, en Val de Grâce, y de la barrera de Grenelle estaban los domicilios de los tres rateros más temibles de la ronda: Kruideniers, llamado Bizarro, Glorieux, presidiario cumplido, y Barre Carrosse, sobre quienes se dirigió por este incidente la mirada de la policía.

Creyóse adivinar que estos hombres estaban afiliados á la banda de Patrón-Minette, de la cual habían sido puestos á la sombra los dos jefes Babet y Gueulemer.

Supúsose que los recados de Brujón, enviados, no á una casa, sino á personas que esperaban en la calle, debían ser avisos para algún crimen tramado.

Había además otros indicios; echóse la garra á los tres vagos y se creyó haber desvanecido la maquinación de Brujón, cualquiera que fuese.

Como una semana después de tomar esas medidas, una noche, un vigilante de ronda que recorría el dormitorio inferior del Edificio Nuevo, al tiempo de echar en el buzón de contraseñas su contraseña, es decir, la pieza de metal con su número, que sirve para indicar que el inspector cumple el servicio exactamente, de modo que cada hora cae en los buzones de las puertas de los dormitorios una contraseña; un inspector, decimos, vió por la rejilla del dormitorio á Brujón sentado, escribiendo algo en la cama á la luz de la lámpara.

El inspector entró; encerróse á Brujón durante un mes en un calabozo, pero no se le pudo coger lo que había escrito.

La policía no supo más.

Lo cierto es que al día siguiente, tiraron un postillón desde el patio de Carlomagno al Foso de los Leones, por encima del edificio de cinco pisos que separaba los dos patios.

Los presos llaman postillón á una bolita de pan artísticamente amasada, que se envía á Irlanda, es decir, por encima de los tejados de la cárcel de un patio á otro. (Etimología: por encima de Inglaterra, de una tierra á otra, á Irlanda).

Al caer, pues, la bolita en el patio, el que la recoge la abre, y encuentra un billete dirigido á algún preso de los de allí. Si en efecto es un preso el que la coge, le da su destino, y si es un carcelero ó uno de los presos secretamente vendidos, que se llaman «borregos» en las cárceles, y «zorros» en los presidios, el billete es llevado á la alcaldía, y luego á la policía.

Esta vez el billete llegó á su destino, aunque en aquel momento el que debía recibirle estaba en el apartado; era nada menos que Babet, uno de los cuatro jefes de Patrón Minette.

El postillón contenía un papel arrollado, en el cual estaban escritas estas dos líneas:

—Babet. Se puede hacer negocio en la calle Plumet. Una verja en un jardín.—Esto era lo que había escrito Brujón durante la noche.

Á pesar de los registradores y registradoras, Babet encontró medio de hacer llegar el billete desde la Fuerza á la Salpetrière á una «buena amiga» que allí tenía, y que estaba encerrada.

Ésta á su vez trasmitió el billete á otra conocida suya, á una tal Magnon, muy vigilada por la policía, pero no presa aún.

Esta Magnon, cuyo nombre ha visto ya el lector, tenía con los Thénardier relaciones que explicaremos más adelante, y podía yendo á ver á Eponina, servir de puente entre la Salpetrière y las Magdalenas.

Pero sucedió precisamente en aquel momento, que faltando pruebas en la sumaria formada contra Thénardier respecto á sus hijas Eponina y Azelma, fueron éstas puestas en libertad.

Cuando Eponina salió, la Magnon, que la esperaba á la puerta de las Magdalenas, le dió el billete de Brujón á Babet, encargándole que alumbrase el negocio.

Eponina fué á la calle Plumet, reconoció la verja y el jardín, observó la casa, espió, acechó, y algunos días después llevó á Magnon, que vivía en la calle Clocheperce, un bizcocho, que Magnon trasmitió á la querida de Babet en la Salpetrière.

Un bizcocho en el tenebroso simbolismo de las prisiones, significa: no hay nada que hacer.

Tan bien salió todo, que menos de una semana después, Babet y Brujón, al encontrarse en el camino de ronda de la Fuerza, yendo uno «á la instrucción» y viniendo el otro de la misma:

—Y bien,—preguntó Brujón,—¿la calle P?

—Bizcocho,—responde Babet.

Así abortó este feto de crimen, engendrado por Brujón en la Fuerza.

Este aborto tuvo, sin embargo, consecuencias completamente extrañas al[Pg 131] proyecto de Brujón, que ya se verán.

Muchas veces se cree uno anudar un hilo, y ata otro.

III
La aparición del señor Mabeuf

Mario no iba á ver á nadie; solamente algunas veces solía encontrar al señor Mabeuf.

Mientras Mario descendía gravemente por estos lúgubres peldaños, que podrían llamarse la escalera de las cuevas y de los lugares sin luz, donde se oye á los dichosos caminar por encima, el señor Mabeuf por su parte descendía también.

La Flora de Cautereiz no se vendía ya absolutamente.

Los experimentos sobre el añil no habían dado resultado ninguno en el pequeño jardín de Austerlitz, que estaba mal situado; allí sólo podía cultivar algunas plantas raras que necesitan humedad y sombra. Pero no por esto se desanimaba.

Había podido lograr un rincón de tierra en el Jardín Botánico, bien situado para hacer «á su costa» los ensayos sobre el añil, para lo cual había llevado las láminas de su Flora al Monte de Piedad.

Había reducido su almuerzo á dos huevos, y dejaba uno de ellos á su vieja criada, á quien no había pagado el salario hacía quince meses. Muchas veces, su almuerzo era su única comida.

Ya no se reía con su natural risa infantil; se había vuelto huraño, y no recibía visitas.

Mario hacía muy bien en no ir á verle.

Algunas veces, á la hora en que el señor Mabeuf iba al Jardín Botánico, se encontraban el viejo y el joven en el boulevard del Hospital; no se hablaban; solamente se saludaban tristemente con la cabeza.

¡Triste cosa por cierto! Hay momentos en que la miseria rompe hasta la amistad. Antes eran dos amigos; ahora eran dos transeúntes.

El librero Royol había muerto.

El señor Mabeuf no conocía más que sus libros, su jardín y su añil: éstas eran las tres formas que había tomado para él la felicidad, el placer y la esperanza; esto le bastaba para vivir, y se decía: «Cuando haya hecho mis bolitas azules seré rico; sacaré mis láminas del Monte de Piedad, volverá á estar de moda mi Flora con el charlatanismo, pondré anuncios en los periódicos, y compraré, ya sé yo dónde, un ejemplar del Arte de navegar, de Pedro Medina, con grabados en madera, edición de 1559».

Entretanto trabajaba todo el día en su sembrado de añil, y por la noche volvía á su casa para regar el jardín y leer sus libros.

El señor Mabeuf contaba entonces muy cerca de los ochenta años.

Una noche tuvo una singular aparición.

Había vuelto á su casa mucho antes de anochecer.[Pg 132] La tía Plutarco, cuya salud se quebrantaba, estaba enferma y acostada.

El señor Mabeuf había comido un poco de carne, que quedaba sin roer de un hueso, y un pedazo de pan que había encontrado en la mesa de la cocina, y estaba sentado en un recantón tumbado, que le servía de banco, en el jardín.

Junto á este banco había, según la moda de los antiguos huertos, una especie de cajón alto, hecho de listones y tablas muy estropeadas ya, que era jaula de conejos en la parte inferior y frutero en la superior.

No tenía conejos en la jaula; pero aún conservaba algunas manzanas en el frutero, restos de la provisión del invierno.

Se había puesto á hojear y á leer, con ayuda de los anteojos, dos libros de los que estaba apasionado y que, cosa rara á su edad, le tenían pensativo.

Su natural timidez le hacía á propósito para aceptar ciertas supersticiones.

El primero de estos libros era el famoso tratado del presidente Delancre:

De la inconstancia de los demonios.

El otro, que era un volumen en cuarto de Mutor de la Rubaudière:

Sobre los diablos de Vauvert y los gobelinos de la Bièvre.

Este último librote le interesaba tanto más cuanto que su jardín había sido uno de los sitios antiguamente frecuentados por los gobelinos.

El crepúsculo empezaba á blanquear los objetos más elevados, y á ennegrecer los que están bajos.

Al propio tiempo que leía mirando por encima del libro que tenía en la mano, el señor Mabeuf contemplaba sus plantas, y entre otras, un rododendro magnífico, que era uno de sus encantos.

Los cuatro días últimos de bochorno, de viento y de sol, sin una gota de lluvia, habían hecho encorvar sus tallos, inclinarse los botones y caer las hojas.

Era preciso regar; el rododendro, sobre todo, estaba triste.

Mabeuf era de esos hombres para quienes las plantas tienen alma.

El anciano había trabajado todo el día en su sembrado de añil, y estaba rendido de cansancio; se levantó, sin embargo, dejó los libros en el banco, y se dirigió encorvado y con vacilante paso al pozo; pero cuando cogió la soga no pudo ni aún tirar para desengancharla.

Entonces se volvió dirigiendo una triste mirada al cielo que se iba cubriendo de estrellas.

La noche tenía esa serenidad que disminuye los dolores del hombre bajo una alegría lúgubre, eterna y desconocida, y anunciaba que iba á ser tan árida como el día.

—¡Estrellas por todas partes!—pensaba el anciano.—¡Ni una pequeña nube! ¡Ni una lágrima de agua!

Y dejó caer la cabeza sobre el pecho que había levantado un momento. Luego volvió á levantarla, y miró al cielo, murmurando:

—¡Una lágrima de rocío! ¡Un poco de piedad!

Trató de nuevo de desenganchar la soga del pozo, pero no pudo.

En aquel momento oyó una voz que decía:

—Señor Mabeuf, ¿queréis que os riegue yo el jardín?

[Pg 133]

Y al mismo tiempo sintió como el ruido de un animal salvaje que corre, viendo salir de entre los matorrales una especie de muchacha demacrada, que se puso delante de él mirándole desenvueltamente. Parecía, más que un ser humano, un aborto del crepúsculo.

Antes que Mabeuf, que se asustaba fácilmente, hubiese vuelto de su asombro, aquel ser, cuyos movimientos tenían en la obscuridad cierto atrevido desenfado, había desenganchado ya la soga, sumergido y sacado el cubo, y llenado la regadera.

El buen hombre veía esta aparición que llevaba los pies desnudos y un zagalejo completamente destrozado; veía, decimos, cómo corría por las calles del jardín derramando la vida á su alrededor. El ruido de la regadera en las hojas encantaba al señor Mabeuf. Le parecía que el rododendro era ya feliz.

Vaciado el primer cubo, la muchacha sacó otro, y después un tercero; así regó todo el jardín.

Andando así por entre los árboles en que aparecía su perfil enteramente negro, agitando sobre sus largos y angulosos brazos su desgarrada pañoleta, tenía cierto aspecto de murciélago.

Cuando hubo acabado, se aproximó á ella el señor Mabeuf con lágrimas [Pg 134] en los ojos y le puso la mano en la frente:

—Dios te bendiga,—dijo;—eres un ángel, pues tienes cuidado de las flores.

—No,—respondió ella;—soy el diablo, pero es igual.

El anciano exclamó sin esperar ni oir la respuesta:

—¡Qué lástima que yo sea tan desgraciado y pobre, que no pueda hacer nada por ti!

—Algo podríais hacer,—dijo ella.

—¿Qué?

—Decirme dónde vive el señor Mario.

El viejo no entendió.

—¿Qué Mario?

Y alzó su vidriosa mirada como buscando algo que hubiera desaparecido.

—Un joven que venía aquí hace algún tiempo.

El señor Mabeuf había ya hecho memoria, y contestó:

—¡Ah! sí... Ya sé lo que quieres decir. ¡Espera! Mario... el barón Mario de Pontmercy. ¡Pardiez! Vive... ó por mejor decir, no vive ya... Vaya, no sé.

Y así diciendo, se había encorvado para sujetar una rama del rododendro.

—Espera,—continuó;—ahora me acuerdo. Pasea mucho el boulevard, [Pg 135] por la parte de la Glacière, calle Croulebarbe, Campo de la Alondra. Si vas por allí, no será difícil que le encuentres.

Cuando Mabeuf se enderezó ya no había nadie; la muchacha había [Pg 136] desaparecido.

Entonces tuvo miedo de veras.

—Por cierto,—dijo,—que si no viese el jardín regado, creería que había sido un espíritu.

Una hora después, al acostarse, volvió á pensar en ello, y al dormirse, en ese momento confuso en que el pensamiento, como el pájaro de la fábula que se convierte en pez para pasar el mar, toma poco á poco la forma del desvanecimiento para atravesar el sueño, decíase á sí mismo confusamente:

—En verdad que esto se parece mucho á lo que Rubaudière cuenta de los gobelinos. ¿Habrá sido uno de ellos?

[Pg 137]

IV
Aparición de Mario

Algunos días después de aquella visita de un «espíritu» al señor Mabeuf, llegó la mañana de un lunes del día en que Mario pedía á Courfeyrac cinco francos para Thénardier.

Mario se había guardado la moneda en el bolsillo, y antes de llevársela al carcelero había ido «á pasearse un poco», esperando tener ganas de trabajar á la vuelta. Era lo que hacía siempre.

En cuanto se levantaba sentábase delante de un libro y una hoja de papel para concluir alguna traducción; tenía entonces que hacer la versión al francés de una célebre querella entre alemanes, la controversia de Gans y de Savigny.

Cogía á Gans, cogía después á Savigny; leía cuatro líneas, trataba de escribir una, y no podía; veía una estrella entre sus ojos y el papel, y se levantaba de la silla, diciendo:

—Voy á salir. Esto me encauzará.

Y se iba al campo de la Alondra.

Allí veía aún más la estrella y mucho menos á Savigny y Gans.

Volvía á su casa, trataba de reanudar el trabajo, y no lo conseguía; no podía coger un solo cabo de los hilos rotos de su cerebro. Entonces decía:

—Mañana no salgo, porque así no se puede trabajar.

Y no obstante salía todos los días.

Vivía en el Campo de la Alondra más que en casa de Courfeyrac. Sus señas eran verdaderamente éstas: Alameda de la Salud, séptimo árbol, después de la calle Croulebarbe.

La mañana de que venimos hablando había abandonado el árbol y se había sentado en el parapeto del arroyuelo de los Gobelinos.

Un sol alegre penetraba por entre las brillantes hojas recién abiertas.

Pensaba en «Ella», y su pensamiento, convirtiéndose en reconvención, recaía sobre él; pensaba dolorosamente en la pereza, parálisis del alma, que se apoderaba de él, y en aquella noche, cuyas tinieblas se aumentaban por momentos ante su vista, hasta el punto de que ya no veía ni aún el sol.

Sin embargo, al través de este penoso desprendimiento de ideas diversas que no eran un monólogo; tanto se debilitaba en él la actividad, y tan escasa era su fuerza, que ni aún para desconsolarse le bastaba; al través de esa absorción melancólica le llegaban las sensaciones del exterior.

Oía detrás de sí, debajo de sí, en ambas orillas del arroyo, batir la ropa á las lavanderas de los Gobelinos y encima de su cabeza cantar los pájaros en los olmos.

Por un lado, el ruido de la libertad, del descuido feliz, del placer alado; por otro, el rumor del trabajo. Estos dos ruidos le parecían alegres, lo cual le hacía pensar profundamente, y casi reflexionar.

De repente, en medio del éxtasis que le dominaba, oyó una voz conocida, que decía:

—¡Toma! ¡Ahí está!

Levantó los ojos, y reconoció á aquella infeliz criatura que había ido una mañana á su casa, la mayor de las hijas de Thénardier, Eponina, puesto que ya sabía cómo se llamaba.

Cosa rara; estaba empobrecida y embellecida; dos pasos que parecía imposible que pudiera darlos, y sin embargo, había realizado ese doble progreso hacia la luz y hacia la desgracia.

Llevaba descalzos los pies, é iba vestida de harapos como el día que había entrado tan resueltamente en su cuarto; solamente que sus harapos tenían dos meses más; los agujeros eran mayores, y los andrajos más miserables.

Tenía la misma voz ronca, la misma frente atezada y arrugada por el aire, la misma mirada suelta, extraviada y vacilante.

Además, tenía en la fisonomía ese algo atónito y lastimero, sello particular que añade el sello de la cárcel á la miseria.

Tenía algunos restos de paja y de heno entre los cabellos, no como Ofelia por haberse vuelto loca con el contagio de la locura de Hamlet, sino porque había dormido en algún pajar.

Y á pesar de todo era hermosa. ¡Cómo eres radiante, oh juventud!

Se había parado delante de Mario con cierta alegría en su lívido rostro, y como sonriendo.

Permaneció algunos instantes como si no pudiese hablar.

—¡Por fin os he encontrado!—dijo.—Tenía razón el señor Mabeuf, ¡en este boulevard! ¡Cuánto os he buscado! ¡Si supierais! ¿Lo sabéis? He estado en la cárcel. ¡Quince días! Ya me han soltado viendo que no había nada contra mí. Además, no tenía edad de discernimiento; me faltan dos meses. ¡Oh, cómo os he buscado desde hace seis semanas. ¿Ya no vivís allí?

—No, dijo Mario.

—¡Oh! Ya comprendo. Por aquello. Son muy desagradables esos lances. Os habéis mudado. ¡Calle! ¿Y por qué lleváis ese sombrero tan viejo? Un joven como vos debería llevar un buen traje. ¿No lo sabéis, señor Mario? El señor Mabeuf os llama el barón Mario de no sé cuántos. ¿Verdad que no sois barón? Los varones son viejos, van al Luxemburgo, delante del palacio, donde hay más sol y leen La Cotidiana por un céntimo. Yo estuve una vez á llevar una carta á casa de un barón así. Tenía más de cien años. Decid: ¿dónde vivís ahora?

Mario no respondió.

—¡Ah!—continuó ella.—Lleváis rota la camisa. Será menester que os la cosa.

Y añadió con acento cada vez más sombrío:

—Parece que no os alegra mucho el verme.

Mario callaba; ella guardó silencio por un momento, y después exclamó:

—Y sin embargo, si quisiera os obligaría á estar contento.

—¡Cómo!—preguntó Mario.—¿Qué queréis decir?

—¡Ah! ¡Antes me llamabais de tú!

—Pues bien: ¿qué quieres decir?

Eponina se mordió el labio; parecía dudar como presa de una lucha interior; por fin, pareció decidirse.

—Tanto peor; es igual. Tenéis el aire triste, y quiero que estéis contento. Prometedme solamente que os reiréis. Quiero veros reir y deciros: «¡Bien, así me gusta!». ¡Pobre señor Mario! Ya sabéis que prometisteis darme todo lo que yo quisiera.

—¡Sí, pero habla de una vez!

Ella miró á Mario fijamente á los ojos, y le dijo:

—¡Sé la dirección!

Mario se puso pálido. Toda su sangre refluyó al corazón.

—¿Qué dirección?

—La que me mandasteis averiguar.

Y añadió como haciendo un esfuerzo.

—Las señas... ya sabéis.

—¡Sí!—balbuceó Mario.

—¡De la señorita!

Y al pronunciar esta palabra, suspiró ella profundamente.

Mario saltó del parapeto en que estaba sentado, y le tomó violentamente la mano.

—¡Pues bien! ¡Llévame! ¡Dime! ¡Pídeme todo lo que quieras! ¿Dónde es?

—Venid conmigo,—respondió ella.—No sé bien la calle ni el número; es al otro extremo, pero conozco bien la casa; voy á enseñárosla.

Retiró entonces la mano, y dijo con un tono que habría desgarrado [Pg 138] el corazón de un observador, pero que no llamó la atención de Mario, embriagado y conmovido:

—¡Ah! ¡Qué contento estáis ahora!

Una nube cruzó la frente de Mario.

—¡Júrame una cosa!—dijo, cogiendo á Eponina del brazo.

—¡Jurar!—dijo ella.—¿Qué quiere decir eso? ¡Calle! ¿Queréis que jure?

Y se echó á reir.

[Pg 139]

—¡Tu padre! ¡Prométeme, Eponina; júrame que no dirás á tu padre esas señas!

Eponina se volvió asombrada hacia él.

—¡Eponina! ¿Cómo sabéis que me llamo Eponina?

—¡Prométeme lo que te digo!

Ella parecía no oir.

—¡Es gracioso! ¡Me habéis llamado Eponina!

Mario le cogió los dos brazos á la vez.

—¡Pero respóndeme en nombre del cielo! ¡Atiende á lo que te digo; júrame que no dirás esas señas á tu padre!

—¡Mi padre! ¡Ah, sí, mi padre! No temáis. Está incomunicado. Y además, ¿me ocupo yo para algo de mi padre?

—¡Pero no me lo prometes!—exclamó Mario.

—¡Pero soltadme!—dijo ella, echándose á reir.—¡Cómo me zarandeáis! [Pg 140] ¡Sí, sí; os lo prometo! ¡Os lo juro! ¡Qué me importa eso! No diré las señas á mi padre. ¿Os acomoda así?

—Ni á nadie,—prorrumpió Mario.

—Ni á nadie.

—Ahora llévame,—dijo él.

—¿Enseguida?

—Enseguida.

—Venid... ¡Oh, qué contento va!—dijo la muchacha.

Á los pocos pasos se detuvo.

—Me seguís muy de cerca, señor Mario. Dejadme ir adelante, y seguidme como si tal cosa. No hay necesidad de que se vea á un joven como vos junto á una mujer como yo.

No hay lengua que pueda expresar todo lo que encerraba esta palabra, mujer, pronunciada por aquella criatura.

Dió unos diez pasos, y volvió á pararse; Mario la alcanzó.

Dirigióle ella la palabra al soslayo y sin volver la cabeza.

—Á propósito: ¿recordáis que me prometisteis algo?

Mario registró el bolsillo. No poseía en este mundo más que los cinco francos destinados á Thénardier; los sacó, y los puso en la mano de Eponina.

Ella abrió los dedos, dejó caer la moneda al suelo, y mirando fijamente á Mario con aire sombrío:

—No es vuestro dinero lo que quiero,—dijo.

LIBRO TERCERO
LA CASA DE LA CALLE DE PLUMET

[Pg 141]

I
La casa del secreto

Hacia mediados del último siglo, un presidente togado del Parlamento de París, tenía una querida, y queriendo ocultarlo, porque en aquella época los grandes señores manifestaban sus queridas, y los pequeños las ocultaban, hizo «una casita» en el arrabal de San Germán, en la calle desierta de Blomet, llamada hoy de Plumet, y no lejos del sitio que se llamaba entonces La lucha de animales.

Se componía dicha casa de un pabellón de un solo piso; tenía dos salas en el bajo, y dos cuartos en el principal; una cocina en aquél, y un gabinete de tocador en éste, y debajo del tejado un granero; este todo precedido de un jardín, con una gran verja que daba á la calle.

El jardín tenía cerca de una fanega de tierra, y era lo único que los transeúntes podían ver; pero por detrás del pabellón había un patio pequeño, y en el fondo una habitación baja, compuesta de dos piezas sobre sótano, especie de secreto destinado á cobijar, en caso necesario, un niño y una nodriza.

Dicha habitación comunicaba por la parte de detrás por medio de una puerta secreta, con un largo pasadizo, empedrado, tortuoso, á cielo abierto, entre dos elevadas tapias; cuyo pasadizo, disimulado con arte prodigioso, y como perdido entre las cercas de los jardines y sembrados á lo largo de sus vueltas y recodos, terminaba en otra puerta, también secreta, que se abría á medio cuarto de legua de allí, casi en otro barrio, á la extremidad solitaria de la calle de Babilonia.

El señor presidente entraba por allí; de tal modo, que aún los que le hubiesen espiado y seguido, y observado que iba todos los días misteriosamente á alguna parte, nadie hubiera sospechado que ir á la calle de Babilonia era ir á la calle de Plumet.

Por medio de hábiles compras de terreno, el ingenioso magistrado había podido hacer este trabajo de camino secreto en sus posesiones, y por consiguiente, sin obstáculo.

Después había dividido en pequeños trozos, para jardines y huertas, los terrenos lindantes con el pasadizo, y los propietarios de estos terrenos creían mirar una pared medianera por ambos lados, y no sospechaban ni aun la existencia de aquella vereda, que serpenteaba entre dos tapias en medio de sus platabandas y vergeles.

Sólo los pájaros veían aquella curiosidad, siendo muy probable que las currucas y gorriones del último siglo charlasen mucho á costa del señor presidente.

El pabellón era de piedra, al estilo de Mansard; artesonado y amueblado al gusto de Watteau; grotesco por dentro y pelucón por fuera; circunvalado de un triple seto de flores. Tenía algo de discreto, de elegante y de solemne, como corresponde al capricho amoroso de un magistrado.

La casa y el pasadizo, que han desaparecido ya, existían aún hace cosa de quince años.

En 1793, un calderero compró la casa para derribarla, pero no habiendo podido pagar los plazos, la nación le declaró insolvente. De modo, que la casa fué la que lo derribó á él.

Quedó después deshabitada, y fué desmoronándose poco á poco como todo edificio á que no comunica la vida la presencia del hombre.

Había continuado amueblada con los antiguos muebles, y siempre anunciada en venta ó alquiler, y las diez ó doce personas que pasaban al año por la calle Plumet eran las únicas que veían ese anuncio en un cartel amarillo é ilegible, colgado de la verja del jardín desde 1810.

Á fines de la Restauración estos transeúntes pudieron notar que había desaparecido el cartel, y que estaban abiertos los postigos del primer piso. En efecto, la casa estaba ocupada; las ventanas tenían «cortinillas», señal de que había una mujer.

En el mes de octubre de 1829 se había presentado un hombre de cierta edad, y había alquilado la casa tal como estaba, incluyendo, por supuesto, la habitación de atrás y el pasadizo que terminaba en la calle de Babilonia.

Había hecho restaurar las aberturas secretas de las dos puertas del dicho pasadizo.

La casa, como acabamos de decir, tenía casi los mismos muebles antiguos que en tiempo del presidente; el nuevo inquilino había mandado hacer algunas reparaciones, poniendo aquí y allí lo que faltaba, adoquines en el patio, baldosas en los suelos, peldaños en la escalera, planchas en los entablados y cristales en las ventanas y, últimamente, se había instalado allí con una jovencita y una criada vieja, sin el menor ruido, más bien como quien se escurre, que como quien entra dentro de su casa.

Los vecinos no chismeaban, por la sencilla razón de que no los había.

Este inquilino silencioso era Juan Valjean, y la joven Cosette.

La criada era una solterona llamada Santos, á quien Juan Valjean había sacado del hospital y de la miseria; era vieja, provinciana y tartamuda; tres cualidades que habían determinado á Juan Valjean á tomarla consigo.

Había alquilado la casa con el nombre del señor Fauchelevent, rentista.

En cuanto llevamos ya referido, el lector habrá tardado menos que Thénardier en reconocer á Juan Valjean.

¿Por qué había abandonado Juan Valjean el convento del Pequeño-Picpus? ¿Qué había pasado?

Nada extraordinario.

El lector recordará que Juan Valjean era feliz en el convento, tan feliz, que su conciencia acabó por alarmarse.

Veía á Cosette diariamente; sentía nacer y desarrollarse en él poco á poco el sentimiento paternal; cubría con su alma aquella niña, y se decía que era suya, que nadie podía quitársela, y que así sería siempre; que Cossette se haría monja, viéndose dulcemente solicitada todos los días, de modo que el convento sería siempre el universo para él y para ella; que él envejecería allí, y ella crecería, y envejecería, y moriría; y por último, ¡consoladora esperanza! que no sería posible ninguna separación.

Pero al propio tiempo que pensaba esto, vino á caer en nuevas perplejidades.

Preguntóse á sí mismo si toda aquella felicidad se componía sólo de su felicidad, ó también de la de otra persona; es decir, de la felicidad de aquella niña de quien se apoderaba, y á la que confiscaba él, viejo ya, las alegrías de la juventud.

¿No era esto un robo?

Decíase que aquella niña tenía derecho á conocer el mundo antes de renunciar á él; que privarla de antemano, y en cierto modo sin consultarla, de todos los goces, bajo el pretexto de salvarla en todas las pruebas, aprovecharse de su ignorancia y aislamiento para hacer germinar en ella una vocación artificial, sería desnaturalizar una criatura humana, y engañar á Dios.

¿Y quién sabe si Cosette reflexionando algún día sobre todo esto, y viéndose monja á su pesar, no llegaría hasta odiarle? Última idea casi egoísta y menos noble que las otras, pero que le era insoportable.

Resolvióse, pues, á abandonar el convento.

Se decidió; conoció, aunque con pesar, que no era necesario, y no tenía objeciones que hacerse.

Cinco años de encierro y de desaparición entre aquellas cuatro paredes habían destruido ó dispersado necesariamente los elementos de temor; podía volver tranquilamente á vivir entre los hombres; había envejecido y estaba muy cambiado. ¿Quién había de conocerle ya?

Y aun en el peor caso, sólo corría peligro por sí mismo, y no tenía derecho para condenar á Cosette al claustro, por la razón de que él había sido condenado á presidio.

Por otra parte, ¿qué es el peligro ante el deber? En fin, nada le impedía ser prudente, y tomar sus precauciones.

En cuanto á la educación de Cosette, estaba casi terminada y completa.

Juan Valjean, después de decidirse, sólo esperó una ocasión; y no tardó ésta en presentarse: el tío Fauchelvent murió.

Juan Valjean pidió audiencia á la reverenda priora, y le dijo que, habiendo recibido á la muerte de su hermano una modesta herencia que le permitía vivir sin trabajar, pensaba dejar el servicio del convento y llevarse á su nieta; pero como no era justo que Cosette, no pronunciando los votos, hubiese sido educada gratis, suplicaba humildemente á la reverenda priora le permitiese ofrecer á la comunidad una suma de cinco mil francos como indemnización de los cinco años que allí había pasado Cosette. Así salió Juan Valjean del convento de la Adoración Perpetua.

Al abandonar aquella casa, llevó en sus brazos, sin querer entregarle [Pg 142] á ningún mozo, el baulito cuya llave tenía siempre consigo.

Aquel baulito traía inquieta á Cosette por el olor embalsamado que despedía.

Debemos consignar que el baulito no se separó nunca de él; siempre le tenía en su cuarto. Era lo primero, y alguna vez lo único que trasladó en sus mudanzas.

Cosette se reía, y llamaba al baulito el inseparable, diciendo: «Me da celos».

Juan Valjean, por su parte, no salió al aire libre sin experimentar una profunda ansiedad.

Descubrió la casa de la calle de Plumet, y se quedó con ella; además estaba en posesión del nombre del último Fauchelvent.

Al propio tiempo alquiló otras dos casas en París, con objeto de llamar [Pg 143] menos la atención que viviendo siempre en el mismo barrio; de poder ausentarse á la menor inquietud que sintiese, y de no encontrarse desprevenido, como la noche en que se escapó tan milagrosamente de Javert.

Estas otras dos casas eran dos edificios feos y de pobre aspecto, en dos barrios muy separados uno de otro; uno en la calle del Oeste, y otro en la del Hombre-Armado.

Iba de cuando en cuando, ya á la calle del Hombre Armado, ya á la [Pg 144] del Oeste, á pasar un mes ó seis semanas con Cosette sin llevarse á la tía Santos.

Le servían los porteros, y pasaba por un rentista de las cercanías que tenía un apeadero en la ciudad.

Aquella gran virtud necesitaba tres domicilios en París para escapar de la policía.

[Pg 145]

II
Juan Valjean guardia nacional

Por lo demás, y francamente hablando, Juan Valjean vivía en la calle de Plumet, donde había arreglado su existencia del modo siguiente:

Cosette con la criada ocupaba el pabellón, tenía la alcoba principal de entrepaños pintados, el gabinete de molduras doradas, el salón del presidente adornado de tapicería y grandes sillones, y el jardín.

Había mandado colocar en el cuarto de Cosette una cama, con colgadura de damasco antiguo de tres colores, y una hermosa alfombra de Persia, antigua también, comprada en la calle de Figuier Saint-Paul, en casa de la tía Gaucher; y para corregir la severidad de estas magníficas antiguallas de prendería, había combinado con ellas todos los muebles graciosos y elegantes de las jóvenes, el estante, el armarito con libros dorados, el pupitre, la cartera con papel secante, el costurero incrustado de nácar, el neceser sobredorado, y el tocador con servicio de porcelana del Japón.

Grandes cortinajes de damasco de fondo rojo de tres colores, iguales á los de la cama, colgaban sobre las ventanas del primer piso; en el bajo había colgaduras de tapicería.

Durante el invierno estaba la casita de Cosette caldeada de arriba abajo.

Él ocupaba la especie de portería que había en el fondo del patio, con un colchón sobre una cama de tijera, una mesa de madera blanca, dos sillas de paja, un jarro de loza, algunos libros en una tabla, y su predilecta valija en un rincón. Allí nunca había lumbre.

Comía con Cosette, y se ponía pan moreno para él en la mesa.

El día que entró la tía Santos la dijo:

—La señorita es el ama en esta casa.

—¿Y vos, señor?—había replicado la tía Santos estupefacta.

—Yo soy mucho más que el amo, soy su padre.

Cosette en el convento había aprendido la ciencia doméstica, y llevaba la cuenta del gasto que era muy modesto.

Todos los días Juan Valjean sacaba á Cosette á pasear dándole el brazo.

La conducía al Luxemburgo, á la alameda más solitaria, y los domingos á misa, siempre á Santiago de Haut-Pas, porque estaba muy lejos.

Como aquél era un barrio pobrísimo, daba muchas limosnas, y los menesterosos le rodeaban en la iglesia, lo que le había valido el título que Thénardier le había dado al dirigírsele por escrito: Al señor bienhechor de la iglesia de Santiago de Haut-Pas.

Iba gustoso en compañía de Cosette á visitar á los pobres y á los enfermos.

En la casa de la calle de Plumet no entraba ningún extraño; la tía Santos llevaba las provisiones, y Juan Valjean traía por sí mismo el agua de una fuente cercana del boulevard.

Guardaban la leña y el vino en un espacio medio subterráneo, tapizado de conchas, que estaba cerca de la puerta de la calle de Babilonia, y que había servido en otro tiempo de gruta al señor presidente; porque en tiempo de las Locuras y de las Casitas no había amor sin gruta.

En la puerta excusada de la calle de Babilonia había una de esas cajas buzones que sirven para recoger cartas y periódicos; pero como los tres habitantes del pabellón de la calle de Plumet no recibían ni periódicos ni cartas, utilizaban esta caja, mediadora en otro tiempo de amorcillos y confidente de un golilla almibarado, para los avisos del cobrador de contribuciones, y las papeletas de guardia; porque el señor Fauchelvent, rentista, era guardia nacional; no había podido escapar á las apretadas mallas del censo de 1831.

El empadronamiento municipal había llegado en aquella época hasta el convento del Petit Picpus, especie de concha impenetrable y santa, de donde Juan Valjean había salido venerable á los ojos del alcalde del distrito, y por consiguiente digno de montar la guardia.

Juan Valjean se ponía el uniforme y entraba de guardia tres ó cuatro veces al año, y lo hacía con gusto, porque el uniforme era para él un verdadero disfraz que le mezclaba con todo el mundo, dejándole sin embargo solitario.

Juan Valjean acababa de cumplir los sesenta años, edad de la exención legal, pero no aparentaba más de cincuenta; y por otra parte no tenía deseo alguno de librarse de su sargento mayor y andar en discusiones con el conde de Lobau. No tenía estado civil; ocultaba su nombre, ocultaba su edad, ocultaba su identidad, lo ocultaba todo; y, como hemos dicho, era un guardia nacional de buena fe.

Toda su ambición consistía en asemejarse á cualquiera que pagase sus contribuciones.

El ideal de este hombre era, en lo interior, ser ángel, y en el exterior, contribuyente.

Hagamos notar aquí alguna cosa: cuando Juan Valjean salía con Cosette, se vestía como hemos dicho, y parecía un militar retirado.

Cuando salía solo, que era comúnmente por la noche, iba siempre vistiendo blusa y pantalón de obrero y una gorra que le ocultaba el rostro.

¿Era esto precaución ó humildad?

Ambas cosas á la vez.

Cosette estaba acostumbrada ya al aspecto enigmático de su destino, [Pg 146] y apenas notaba las rarezas de su querido padre.

En cuanto á la tía Santos, veneraba á Juan Valjean y le parecía bien todo lo que hacía.

Un día el carnicero, que había visto á Juan Valjean, le dijo: «¡Vaya un hombre particular!» Y ella respondió: «Es un santo».

Ni Juan Valjean, ni Cosette, ni la tía Santos entraban ó salían más que por la puerta de la calle de Babilonia; de modo que á no verlos por la verja del jardín, era difícil adivinar que vivían en la calle de Plumet.

Esta verja estaba siempre cerrada, y Juan Valjean había dejado inculto el jardín para que no llamase la atención.

Pero en esto tal vez se engañaba.

[Pg 147]

III
Foliis ac Frondibus

Aquel jardín, completamente abandonado hacía más de medio siglo, había llegado á ser extraordinario y hermoso.

Los transeúntes de hace cuarenta años se paraban á contemplarle, sin sospechar los secretos que se escondían detrás de sus verdes y frescas espesuras.

Más de un individuo reflexivo dejó penetrar varias veces en aquella época sus ojos y su pensamiento indiscreto al través de los hierros de aquella antigua verja en forma de cadena torcida, movediza, sostenida por dos pilares verdosos y enmohecidos, y coronada caprichosamente por un frontón de indescifrables arabescos.

Había en un rincón un banco de piedra y una ó dos estatuas cubiertas de musgo; algunos encañados, deshechos por el tiempo, se pudrían contra la pared; no había calles ni céspedes, sólo abundaba la grama.

Había desaparecido la jardinería, habiendo reaparecido la naturaleza.

Abundaba la mala yerba, admirable fortuna para un pobre rincón de tierra.

Los alelíes nacían faustosos y espléndidos.

Nada contrariaba en aquel jardín el esfuerzo sagrado de las cosas hacia la vida; nada impedía su venerable desarrollo.

Los árboles se habían inclinado hasta las zarzas, y las zarzas habían subido hasta los árboles; la planta había trepado, la rama se había encorvado; lo que se arrastra por el suelo buscaba lo que se extiende por el aire, lo que flota en el viento se había inclinado hacia lo que vive entre el musgo; troncos y ramas, hojas y fibras, tallos y zarzas, sarmientos y espinas se habían mezclado, atravesado, enlazado, confundido; la vegetación, en un estrecho y profundo abrazo, había celebrado y realizado, á la vista del Creador satisfecho, en aquel espacio de trescientos pies cuadrados, el santo misterio de su fraternidad, símbolo de la fraternidad humana.

Aquello no era ya un jardín; era una maleza colosal; es decir, una cosa impenetrable como un bosque, poblada como una ciudad, temblorosa como un nido, sombría como una catedral, olorosa como un ramillete, solitaria como una tumba, y viviente como la muchedumbre.

En la primavera, aquel enorme matorral, libre dentro de sus cuatro tapias y de su verja, entraba, como todo, en el sordo trabajo de la germinación universal; temblaba al salir el sol casi como un ser animado que aspira los efluvios del amor cósmico y que siente la savia de abril subir y bullir en sus venas; y sacudiendo al viento su prodigiosa cabellera de verdura sembrada en la tierra húmeda, en las rotas estatuas, en la desvencijada escalinata del pabellón, y hasta en el empedrado de la calle desierta, las flores en estrellas, el rocío en perlas, la fecundidad, la belleza, la vida, la alegría, los perfumes.

Al mediodía refugiábanse allí mil blancas mariposas, y era un espectáculo sublime ver revolotear en copos, y á la sombra, aquella viviente nieve del estío.

Allí, entre las alegres tinieblas de verdor, una multitud de voces inocentes hablaban dulcemente al alma, y lo que dejaba de decir el gorjeo de los pájaros, lo completaba el zumbido de los insectos.

Por la noche, un vapor de meditación se desprendía del jardín, envolviéndolo en un manto de bruma; una tristeza celestial y tranquila le cobijaba; el perfume embriagador de las madreselvas y jazmines salía de todas partes como un veneno exquisito y sutil; oíanse los últimos cantos de los petirrojos y de las nevatillas, durmiéndose bajo las ramas; manifestábase la intimidad sagrada del pájaro y el árbol. De día las alas prestan alegría á las hojas; por la noche las hojas dan protección á las alas.

En el invierno, la maleza estaba negra, mojada, erizada, temblorosa, y dejaba ver parte de la casa al través de su seco ramaje.

En vez de flores en las ramas, y en lugar de rocío en las flores, distinguíanse los largos hilos de plata de los caracoles sobre el frío y espeso tapiz de las amarillentas hojas; pero siempre, bajo cualquier aspecto, en cualquier estación, en primavera, en invierno, en verano y en otoño, aquel pequeño cercado respiraba melancolía, contemplación, soledad, libertad, ausencia del hombre, presencia de Dios. La antigua verja cerrada parecía decir: «Este jardín es mío».

En vano el empedrado de París se extendía á su alrededor; en vano se veían á dos pasos los palacios clásicos y espléndidos de la calle de Varennes, cerca de la iglesia de los Inválidos, y no lejos de la Cámara de los Diputados; en vano las carrozas de la calle de Borgoña y Santo Domingo rodaban fastuosamente por las cercanías; en vano los ómnibus amarillos, negros, blancos y rojos se cruzaban en el crucero próximo; todo esto no impedía que en la calle de Plumet existiera el desierto.

La muerte de los primitivos propietarios, el trascurso de una revolución, el hundimiento de las antiguas fortunas, la ausencia, el olvido, cuarenta años de abandono y de vacío al rededor, habían bastado para reproducir en aquel lugar privilegiado los helechos, los gordolobos, la cicuta, las aquileas, las yerbas altas, las grandes plantas rastreras de anchas hojas y de verde pálido, los lagartos, los escarabajos, los insectos bulliciosos y veloces, para hacer salir de las profundidades de la tierra y reaparecer entre aquellas cuatro paredes, cierta grandeza hosca y salvaje; y para que la naturaleza, que desconcierta los mezquinos trabajos del hombre, y que donde se manifiesta, se manifiesta por completo, lo mismo en la hormiga que en el águila, se desarrollase en un mezquino jardinillo parisiense con tanta rudeza y majestad como en un bosque virgen del Nuevo Mundo.

En efecto; nada hay pequeño, bien lo saben todos aquéllos en quienes la naturaleza penetra profundamente.

Aunque la filosofía no puede de un modo absoluto, ni circunscribir la causa, ni limitar el efecto, el pensador cae en un éxtasis sin fondo cuando contempla los diferentes modos de descomposición de las fuerzas que convergen todas hacia la unidad.

Todo trabaja para todo.

El álgebra se aplica á las nubes; la irradiación del astro aprovecha á la rosa, y ningún pensador se atreverá á decir que el perfume del espino es inútil á las constelaciones.

¿Quién puede calcular el trayecto de una molécula?

¿Sabemos acaso si no se crean nuevos mundos por medio de la caída de granos de arena?

¿Quién conoce el movimiento de flujo y reflujo recíproco de lo infinitamente grande y de lo infinitamente pequeño, el eco tonante de las causas en los precipicios del ser y las avalanchas de la creación?

El arado es un insectillo importante; lo pequeño es grande, lo grande es pequeño; todo está en equilibrio en la necesidad; aterradora visión para el espíritu.

Hay entre los seres y las cosas relaciones de prodigio; en este inagotable conjunto, desde el sol hasta al pulgón, ninguna cosa desprecia á la otra; cada una de ellas tiene necesidad de las demás.

La luz no lleva á la región azul los perfumes terrestres sin saber lo que hace, y la noche reparte convenientemente la esencia estelar á las dormidas flores.

Todas las aves voladoras llevan atado á la pata el hilo de lo infinito.

La germinación se sirve igualmente del estallido de un meteoro, como del picotazo de la golondrina, para romper el huevo; conduciendo á la par el nacimiento del último gusano y el advenimiento de Sócrates.

Donde acaba el telescopio empieza el microscopio. ¿Cuál de los dos tiene mayor alcance? Escoged.

Un poco de moho es una pléyade de flores; una nebulosa es un hormiguero de estrellas.

Es igual, y más inaudita todavía, la promiscuidad de las cosas de la inteligencia con los hechos de la sustancia.

Los elementos y los principios se mezclan, se combinan, se unen, se multiplican unos para otros, hasta el punto de hacer terminar el mundo material y el mundo moral en la misma luz.

El fenómeno está perpetuamente replegado en sí mismo.

En las grandes trasformaciones cósmicas, la vida universal va y viene [Pg 148] en cantidades desconocidas, arrastrándolo todo en el invisible misterio de los efluvios, empleándolo todo, no perdiendo ni el delirio de un sueño, sembrando un germen animal aquí, desmenuzando un astro allá, oscilando y serpenteando, haciendo de la luz una fuerza y de la imaginación un elemento, diseminado é indivisible; disolviéndolo todo, excepto ese punto geométrico que se llama el yo; refiriéndolo todo al átomo-alma; [Pg 149] desarrollándolo todo en Dios; acumulando y agregando, desde la más alta hasta la más inferior, todas las actividades en las negruras de un mecanismo vertiginoso; relacionando el vuelo de un insecto con el movimiento de la tierra; subordinando, ¿quién sabe? aunque no sea más que por la identidad de la ley, la evolución del cometa en el firmamento al vértigo del infusorio en la gota de agua.

Máquina hecha de espíritu. Engranaje enorme, cuyo primer motor es el mosquito, y es el zodíaco su última rueda.

[Pg 150]

IV
Cambio de reja

Parecía que aquel jardín, creado en otros tiempos para ocultar los misterios libidinosos, se había trasformado, trocándose en abrigo natural de misterios castos.

Ya no había mecedoras, cenadores cubiertos, ni grutas; había una magnífica sombra que caía como un velo por todas partes.

Pafos se había convertido en Edén.

Cierto remordimiento había purificado aquel retiro; era un ramillete que ofrecía sus flores al alma.

Aquel jardín de coquetería, tan comprometedor en otro tiempo, había entrado en la virginidad y en el pudor.

Un magistrado ayudado por un jardinero, un buen hombre que creía ser la continuación de Lamoignon, y otro buen hombre que creía ser la continuación de Lenôtre, le habían contorneado, tallado, encuadrado, compuesto y aderezado para la galantería; la naturaleza se lo había apropiado después; le había llenado de sombra y arreglado para el amor.

Había también en aquella soledad un corazón dispuesto.

El amor no tenía que hacer más que manifestarse; tenía allí un templo compuesto de verdor, de yerba, de musgo, de suspiros, de avecillas, de suaves tinieblas, de ramas agitadas, y un alma llena de dulzura, de fe, de candor, de esperanza, de aspiración y de ilusiones.

Cosette había salido del convento niña casi; llegaba apenas á los catorce años, y estaba «en la edad crítica».

Ya sabemos que exceptuando los ojos, parecía más bien fea que hermosa; no tenía, sin embargo, ninguna facción desgraciada; pero era delgada, sosa, tímida y atrevida á la vez; en fin, una niña grande.

Su educación estaba terminada; es decir, le habían enseñado religión y sobre todo, devoción; «historia»; es decir, lo que se llama así en los conventos; geografía, gramática, los participios, los reyes de Francia, algo de música, delinear una nariz, etc.; pero por lo demás lo ignoraba todo; esto es un encanto, pero al mismo tiempo un peligro.

No debe dejarse el alma de una joven tan completamente á obscuras, porque más adelante se producen en ella imágenes demasiado bruscas y demasiado vivas, como en una cámara obscura. Debe iluminársela suave y discretamente, mejor con el reflejo de la realidad, que con su luz directa y penetrante. Media luz suave, útil y graciosamente austera, que disipe los temores pueriles y evite las caídas.

No hay más que el instinto materno, intuición admirable en que entran los recuerdos de la virgen y la experiencia de la mujer, que sepa cómo y de qué manera debe ser esta semiluz.

Nada puede suplir ese instinto.

Para educar el alma de una joven, todas las monjas del mundo no valen una madre.

Cosette no había tenido madre; había tenido muchas madres, en plural.

En cuanto á Juan Valjean, poseía toda la ternura, todos los cuidados posibles; pero no era nada más que un viejo que nada sabía.

Ahora bien; en esta obra de la educación, en este grave asunto de la preparación de una niña para la vida, ¡cuánto saber se necesita para luchar contra esa gran ignorancia que se llama inocencia!

Nada prepara á una joven para las pasiones como el convento; el convento encamina el pensamiento á lo desconocido.

El corazón replegado en sí mismo se socava no pudiendo dilatarse, y se profundiza no hallando expansión.

De ahí provienen las suposiciones, las conjeturas, los bosquejos novelescos, el deseo de aventuras, los castillos en el aire, los edificios enteros creados en la obscuridad interior del espíritu: sombrías y secretas moradas, donde las pasiones encuentran pronto donde alojarse luego que, abiertas las rejas, se les permite entrar.

El convento es una compresión que, para triunfar del corazón humano, necesitaba durar toda la vida.

Cosette, al salir del convento, no podía hallar nada más grato ni más peligroso que la casa de la calle de Plumet, la cual era la continuación de la soledad con el principio de la libertad; un jardín cerrado, pero una naturaleza vigorosa, rica, voluptuosa, llena de perfumes; los mismos sueños que en el convento, pero viendo á los jóvenes; una reja, pero una reja que daba á la calle.

Sin embargo, repetimos, cuando entró en esta casa no era más que una niña. Juan Valjean le entregó aquel jardín inculto.

—Haz ahí lo que quieras,—la dijo.

Esto entretenía á Cosette, que ponía en movimiento todas las flores y todas las piedras, buscando «animalejos»; jugaba mientras llegaba el tiempo de meditar; amaba aquel jardín por los insectos que encontraba bajo sus pies, entre la yerba, en tanto que llegaba el tiempo de amarle por las estrellas que pudiera ver por entre las ramas sobre su cabeza.

Además, amaba á su padre, es decir, á Juan Valjean, con toda su alma, con una sencilla pasión filial, que hacía del buen viejo un compañero siempre deseado y siempre querido.

El lector recordará que el señor Magdalena leía mucho; Juan Valjean continuaba haciendo lo mismo; había llegado á hablar bien; tenía la secreta riqueza y la elocuencia de una inteligencia humilde y verdadera que se ha cultivado expontáneamente.

No le había quedado más aspereza que la justamente precisa para sazonar su bondad; era un ingenio rudo y un corazón suave.

En las alamedas del Luxemburgo, en sus paseos, en sus conversaciones con Cosette, hacía largas explicaciones de todo, tomadas, ya de lo que había leído, ya de lo que había sufrido.

Cuando Cosette le escuchaba, sus miradas erraban vagamente.

Este hombre sencillo tenía el pensamiento todo entero de Cosette, del mismo modo que aquel jardín inculto bastaba á su vista.

Cuando había perseguido á las mariposas, se acercaba á él sofocada y le decía:

—¡Ah, cuánto he corrido!

Y él la besaba en la frente.

Cosette adoraba al buen hombre, y siempre iba detrás de él; donde estaba Juan Valjean, allí estaba su felicidad.

Como Juan Valjean no habitaba ni en el pabellón ni en el jardín, Cosette se encontraba más á gusto en el patio empedrado que en el recinto lleno de flores; y en el cuartito amueblado con sillas de paja, mejor que en el gran salón cubierto de alfombras y de sillones tapizados.

Juan Valjean le decía algunas veces sonriendo, ante la dicha de verse importunado:

—¡Pero vete á tu cuarto! ¡Déjame solo un rato!

Cosette entonces le reñía, dirigiéndole una de esas reprensiones tan tiernas y llenas de gracia, cuando las dirige una hija á su padre:

—Padre, tengo mucho frío en vuestro cuarto. ¿Por qué no ponéis aquí una alfombra y una estufa?

—Hija mía, ¡hay tantos que valen más que yo, y que no tienen siquiera techo que les cobije!

—Entonces, ¿por qué tengo yo lumbre en mi cuarto y todo lo que me hace falta?

—Porque tú eres mujer y niña.

—-¡Bah! ¿Pues qué, los hombres deben sufrir el frío y pasarlo mal?

—Ciertos hombres.

—Pues bueno; vendré aquí con tanta frecuencia, que os veréis obligado á encender lumbre.

También solía decirle:

—Padre, ¿por qué coméis pan tan malo como ése?

—Porque sí, hija mía.

—Pues bien, si vos lo coméis también lo comeré yo.

Y entonces, para que Cosette no comiese pan negro, Juan Valjean comía pan blanco.

Cosette sólo recordaba confusamente su infancia.

Rezaba mañana y noche para su madre, á quien no había conocido.

Los Thénardier habían quedado en su memoria como dos figuras repugnantes que se le hubiesen aparecido en sueños; recordaba que había ido «un día por la noche» á buscar agua á un bosque; creía que muy lejos de París; le parecía que había empezado á vivir en un abismo, y que Juan Valjean la había sacado de él.

Al pensar en su infancia, sentía lo mismo que si recordase un tiempo en que no hubiera habido á su alrededor más que cienpiés, arañas y serpientes; y cuando meditaba sobre todas estas cosas por la noche, antes de dormirse, como no tenía seguridad de ser hija de Juan Valjean, pensaba que el alma de su madre se había trasladado al cuerpo de aquel hombre, y había ido á vivir á su lado.

Cuando él se sentaba, ella apoyaba su cabeza en sus blancos cabellos, y dejaba caer silenciosamente una lágrima, diciéndose: «¡Tal vez este hombre es mi madre!».

Cosette, por más que esto parezca extraño, en su profunda ignorancia de niña educada en un convento y siendo, por otra parte, la maternidad una cosa completamente ininteligible para la virginidad, había concluido por figurarse que había tenido la menor cantidad de madre posible.

No sabía ni aún el nombre de esta madre; siempre que preguntaba sobre el particular, Juan Valjean guardaba silencio; y si repetía su pregunta, respondía con una sonrisa. Una vez insistió, y la sonrisa concluyó por una lágrima.

Este silencio de Juan Valjean cubría con un velo opaco á Fantina.

¿Era esto prudencia? ¿Era respeto? ¿Era temor de entregar este nombre á otra memoria que no fuese la suya?

Mientras Cosette había sido niña, Juan Valjean había hablado con gusto de su madre; cuando llegó á ser joven, le fué imposible hablarle de ella.

Creyó que no debía atreverse á tanto.

¿Hacía esto por Cosette ó lo hacía por Fantina?

Experimentaba una especie de terror religioso ante la idea de hacer penetrar aquella sombra en el pensamiento de Cosette, y de introducir entre el destino de ambos la tercera persona de la difunta. Cuanto más sagrada era para él esta sombra, más temible le parecía; pensaba en Fantina, y se sentía subyugado por el silencio.

Veía vagamente en las tinieblas algo que se parecía á un dedo sobre una boca.

Todo aquel pudor que había tenido Fantina, y que durante su vida había salido de ella violentamente, ¿había vuelto después de su muerte á [Pg 151] posarse sobre ella, á velar indignado por la paz de aquel cadáver, y á guardar fieramente su tumba?

¿Juan Valjean experimentaba, sin saberlo, la presión de ese pudor?

Nosotros, que creemos en la muerte, no pertenecemos al número de [Pg 152] los que rechazarían esta explicación misteriosa.

De ahí la imposibilidad de pronunciar, aún para Cosette, este nombre: Fantina.

Un día le dijo Cosette:

—Padre, esta noche he visto á mi madre en sueños; tenía dos grandes [Pg 153] alas. Mi madre debe haber sido, en vida, casi una santa.

—Por el martirio,—respondió Juan Valjean.

Juan Valjean, por otra parte, era dichoso.

Cuando Cosette salía con él, se apoyaba en su brazo, orgullosa y feliz en toda la plenitud del corazón.

Juan Valjean, á todas estas demostraciones de una ternura tan exclusiva [Pg 154] y tan satisfecha hacia él, sentía su pensamiento anegarse en delicia.

El pobre hombre se estremecía inundado de alegría angelical; creía que aquello duraría toda la vida, y se decía que verdaderamente no había padecido bastante para merecer tan brillante porvenir, y dando gracias á Dios en las profundidades de su alma, por haber permitido que fuese amado de tal modo, por aquel ser inocente, un miserable.

[Pg 155]

V
La rosa descubre que es una máquina de guerra

Un día Cosette se miró al espejo por casualidad, y se dijo: ¡Toma! pareciéndole que era bonita; lo cual la turbó singularmente.

Hasta entonces no había pensado en su figura.

Se veía en el espejo, pero no se miraba.

Y además, había oído decir muchas veces que era fea.

Á lo cual sólo Juan Valjean decía con amabilidad: ¡No! ¡No!

Sea como fuese, lo cierto es que Cosette se había creído siempre fea, y había crecido en esta creencia con la fácil resignación de la infancia.

Pero he aquí que de un golpe, su espejo le decía como Juan Valjean: ¡No! ¡No!

En toda la noche no pudo dormir.

—¡Si yo fuese bonita!—pensaba.—¡Cómo me gustaría ser bonita!

Y se acordaba de aquellas de sus compañeras cuya hermosura causaba efecto en el convento, y se decía: «¡Cómo! ¡Seré yo como fulanita!».

Al día siguiente se miró también al espejo; pero no por casualidad, y dudó.

—¿Dónde tenía yo la cabeza?—se dijo.—¡No; soy fea!

Había dormido mal; tenía los ojos encendidos, y estaba pálida.

El día anterior no había tenido gran alegría al creer en su belleza, pero entonces experimentó gran tristeza al no creer ya en ella.

No se miró más, y por espacio de más de quince días trató de peinarse y vestirse vuelta de espaldas al espejo.

Por la noche, después de comer, solía bordar en el salón ó hacer alguna laborcilla de convento, y Juan Valjean leía á su lado.

Una vez alzó los ojos de su labor, y quedó sorprendida al observar la manera inquieta con que su padre la miraba.

Otra vez, yendo por la calle, le pareció oir á uno, á quien no pudo ver, que decía detrás de ella:

—¡Linda muchacha, pero mal vestida!

—¡Bah!—pensó ella.—No lo dice por mí. Yo soy fea, y voy bien vestida.

Llevaba entonces su sombrero de felpilla y su vestido de merino.

Un día, por fin, estando en el jardín, oyó á la tía Santos que decía:

—Señor, ¿no habéis observado qué guapa se va poniendo la señorita?

Cosette no oyó la respuesta de su padre, pero las palabras de la tía Santos la produjeron una conmoción, un desasosiego indefinible.

Dejó el jardín, subió á su cuarto, corrió al espejo, al que hacía tres meses que no se miraba, y lanzó un grito.

Acababa de deslumbrarse á sí misma.

Era linda y graciosa; no podía menos de ser del parecer de la tía Santos y del espejo.

Su talle se había formado, su cutis había emblanquecido, sus cabellos se habían vuelto lustrosos; un fulgor desconocido se había encendido en sus ojos azules.

Adquirió completa conciencia de su belleza, en sólo un minuto, como cuando penetra de lleno la luz del día. Los demás lo notaban, la tía Santos lo decía, á ella se había referido evidentemente el transeúnte; ya no podía dudarlo.

Bajó al jardín creyéndose reina, oyó cantar á los pájaros; era verano, miró al cielo dorado, al sol en los árboles, á las flores en las matas, conmovida, loca, entre una embriaguez inefable.

Juan Valjean, por su parte, experimentaba una profunda é indefinible opresión de corazón.

Era que, en efecto, desde hacía algún tiempo, contemplaba con terror aquella hermosura, que se presentaba cada día más brillante en la simpática fisonomía de Cosette; aurora de alegría para todos, y lúgubre para él.

Cosette había sido bella mucho antes de descubrirlo.

Pero, desde el primer día, aquella luz inesperada que se elevaba lentamente, y envolvía por grados toda la persona de la joven, hirió la sombría pupila de Juan Valjean.

Conoció que aquello era un cambio en una vida feliz, tan feliz, que no se atrevía á alterarla en nada, por temor de perder algo en ella.

Aquel hombre, que había pasado por todas las miserias, que aún estaba manando sangre por las heridas que le había inferido el destino, que había sido casi malvado, y que había llegado á ser casi santo; que después de haber arrastrado la cadena del presidiario, arrastraba á la sazón la cadena invisible, pero pesada, de la infamia indefinida; aquel hombre á quien la ley no había perdonado aún, y que podía ser preso á cada instante, y sacado de la obscuridad de su virtud á la luz del oprobio público; aquel hombre lo aceptaba todo, lo disculpaba todo, lo perdonaba todo, lo bendecía todo, tenía benevolencia para todo, y no pedía á la Providencia, á los hombres, á las leyes, á la sociedad, á la naturaleza, al mundo, más que una cosa, ¡que Cosette le amase!

¡Que Cosette siguiese amándole! ¡Que Dios no impidiese llegar á él y permanecer en él al corazón de aquella niña! Si Cosette le amaba, ya se sentía curado, tranquilo, recompensado; era feliz. No deseaba nada más.

Si le hubieran preguntado: «¿Quieres estar mejor?» habría respondido: «No».

Si Dios le hubiera dicho: «¿Quieres el cielo?» habría respondido: «Saldría perdiendo».

Todo lo que pudiera modificar aquella situación, aunque no fuese más que en la superficie, le hacía temblar como el principio de otra cosa desconocida.

Nunca había sabido lo que era la hermosura de una mujer; pero por instinto comprendía que era una cosa terrible.

Juan Valjean miraba asustado aquella belleza que se desarrollaba cada día más triunfante y soberbia á su lado, á su vista, sobre la frente pura y temible de la joven, desde el fondo de su fealdad, de su vejez, de su miseria, de su reprobación, de su abatimiento.

Y se decía: ¡Qué hermosa es! ¿Qué va á ser de mí?

En esto estaba la diferencia entre su ternura y la ternura de una madre; lo que él veía con angustia, lo habría visto una madre con placer.

No tardaron mucho en manifestarse los primeros síntomas.

Desde el día siguiente á aquél en que Cosette se había dicho: «¡Decididamente, soy hermosa!» se esmeró en su tocado.

Recordó lo que había dicho el transeúnte: «Bonita, pero mal vestida»; soplo de oráculo que había pasado á su lado, y se había desvanecido después de haber dejado en su corazón uno de los dos gérmenes que llenan más tarde la vida de la mujer: la coquetería.

El otro germen es el amor.

Con la fe en su hermosura se desarrolló en ella el alma de la mujer.

Odió al merino y se avergonzó de la felpilla.

Su padre no la había negado nunca nada.

Enseguida aprendió la ciencia del sombrero, del vestido, de la manteleta, del calzado, de los manguitos, de la tela de viso, del color que mejor sienta; esa ciencia que hace de la mujer parisiense una cosa tan seductora, tan profunda y peligrosa.

La frase mujer espiritual ha sido inventada para designar á la parisiense.

En menos de un mes, la doncellita Cosette, en aquella soledad de la calle de Babilonia, fué una mujer, no sólo de las más bonitas, lo que es algo, sino de las «mejor puestas» de París, lo que es mucho más todavía.

Hubiese querido encontrar á «su transeúnte» para ver lo que diría y «¡darle una lección!».

El hecho es que estaba verdaderamente encantadora, y que distinguía con una mirada asombrosa un sombrero de Gérard de un sombrero de Herbaut.

Juan Valjean contemplaba estos estragos con ansiedad.

Él, que comprendía que nunca podría sino arrastrarse, andar por la tierra todo lo más, veía que Cosette iba adquiriendo alas.

Por otra parte, con sólo ver el traje de Cosette, una mujer hubiera conocido desde luego que no tenía madre.

Hay ciertas exigencias del decoro, ciertas conveniencias especiales que Cosette no observaba. Una madre, por ejemplo, le habría dicho, que una joven soltera no se viste de damasco.

El primer día que Cosette salió con su vestido y su manteleta de damasco negro, y su sombrero de crespón blanco, se cogió del brazo de Juan Valjean, alegre, radiante, sonrosada, orgullosa, esplendente.

—Padre,—le dijo,—¿qué os parezco?

Juan Valjean respondió con acento amargo, semejante al de un envidioso:

—¡Encantadora!

Fueron á paseo, como siempre, y al volver preguntó á Cosette:

—¿No piensas volver á ponerte tu vestido y sombrero, ya sabes?

Pasaba esto en el cuarto de Cosette.

La joven se volvió hacia la percha del guarda ropa donde estaba colgado su uniforme de colegiala, y exclamó:

—¡Ese disfraz! Padre, ¿qué queréis que haga de él? ¡Ah! Nunca volveré á ponerme esos guiñapos horribles. Con ese adefesio en la cabeza parezco la señora Sincholla.

Juan Valjean suspiró profundamente.

Desde aquel instante observó que Cosette, que antes deseaba siempre quedarse en casa, diciendo: «Padre, me encuentro aquí mejor con usted», quería entonces salir continuamente.

En efecto, ¿de qué sirve tener la cara linda y un traje rico, si no se han de enseñar?

Observó también que Cosette no tenía ya tanta afición al patio interior; [Pg 156] ahora le gustaba más estar en el jardín y pasear por delante de la verja.

Juan Valjean, esquivo, no ponía los pies en el jardín; se quedaba en su patio de detrás como el perro.

Cosette, al saber que era hermosa perdió la gracia de ignorarlo, gracia exquisita, porque la belleza realzada por la sencillez es inefable, y no hay nada más digno de adoración que una inocencia deslumbradora que lleva en la mano, sin saberlo, la llave de un paraíso.

Pero lo que perdió en gracia ingenua, se lo ganó en encanto reflexivo [Pg 157] y serio.

Toda su persona, penetrada por las alegrías de la juventud, de la inocencia y de la belleza, respiraba una melancolía espléndida.

En esta época fué cuando Mario, después de pasados seis meses, la volvió á ver en el Luxemburgo.

[Pg 158]

VI
Comienza la batalla

Estaba Cosette en su sombra, como Mario en la suya, siendo materia dispuesta para el incendio.

El destino, con su paciencia misteriosa y fatal, acercaba lentamente estos dos seres, uno á otro, ambos desfallecidos y cargados de la tempestuosa electricidad de la pasión; estas dos almas que llevaban el amor como dos nubes llevan el rayo, y que debían encontrarse y mezclarse en una mirada como las nubes en un relámpago.

Se ha abusado tanto de las miradas en las novelas amorosas, que se ha acabado por desacreditarlas: apenas se atreve hoy un novelista á decir que dos seres se han amado porque se han mirado; y sin embargo, así es como se ama, y únicamente así.

Lo restante no es más que lo restante, y viene después.

Nada hay más real que esas grandes sacudidas que dos almas se producen mutuamente al cambiar una chispa.

Á cierta hora en que Cosette dirigió, sin saberlo, aquella mirada que turbó á Mario, éste no sospechó que dirigió otra mirada, la que turbó también á Cosette.

Hacíale el mismo mal é igual bien.

Pasóse algún tiempo en que le veía y le examinaba, como ven y examinan las jóvenes, mirando á otra parte.

Mario encontraba aún fea á Cosette, cuando Cosette encontraba ya bello á Mario.

Pero como él no se fijaba en ella, el joven aquél le era bien indiferente.

Sin embargo, no podía ella dejar de decirse, que tenía hermoso pelo, buenos ojos y blanquísimos dientes, un timbre de voz seductor cuando le oía hablar con sus compañeros; que vestía mal, si se quiere, pero con gracia especial, que no le parecía tonto; que toda su persona era noble, dulce, sencilla, altiva, y que, por fin, si tenía aspecto de pobre, tenía buen aspecto.

El día en que sus ojos se encontraron y se dijeron por fin, bruscamente, aquellas primeras cosas obscuras é inefables que balbucea una mirada, Cosette no las comprendió al instante.

Entró pensativa en la casa de la calle del Oeste, en que Juan Valjean, según costumbre, había ido á pasar seis semanas.

Al día siguiente, al despertar pensó en aquel joven desconocido, por tanto tiempo indiferente y glacial, que parecía entonces poner su atención en ella, y no creyó remotamente que ésta le fuese agradable.

Tenía más bien algo de cólera contra aquel bello joven desdeñoso.

Movióse en su interior un principio de guerra.

Creyó que iba en fin, á vengarse, y experimentó por esto una alegría enteramente infantil.

Creyéndose hermosa, conocía naturalmente, aunque de un modo vago, que tenía un arma.

Las mujeres juegan con su belleza como los niños con un cuchillo; y á veces se hieren.

Recuérdense las vacilaciones de Mario, sus excitaciones, sus temores. Se quedaba en su banco, y no se aproximaba, lo cual disgustaba á Cosette.

Un día dijo ésta á Juan Valjean:

—Padre, paseemos un poco por este lado.

Viendo que Mario no se le dirigía, dirigiósele ella.

En semejante caso, toda mujer se parece á Mahoma.

Y además, esto es lo raro, el primer síntoma del verdadero amor en un joven es la timidez, y en una muchacha la osadía.

Esto asombra, y sin embargo nada tan sencillo y natural.

Son los sexos que tratan de aproximarse, tomando cada uno las cualidades del otro.

Aquel día la mirada de Cosette volvió loco á Mario, y la mirada de Mario puso temblorosa á Cosette.

Mario se fué contento, Cosette inquieta.

Desde aquel día se adoraron.

Lo primero que Cosette experimentó fué una tristeza confusa y profunda; le parecía que desde aquel día al siguiente su alma se había vuelto negra; ella misma no la conocía.

La blancura del alma de las jóvenes, que se compone de frialdad y alegría, se parece á la nieve; se deshace al amor, que es su sol.

Cosette no sabía lo que era el amor. Jamás había oído pronunciar esta palabra en el sentido terrenal.

En los libros de música profana que entraban en el convento se reemplazaba la palabra amor con tambor ó pandour (panduro), lo cual daba motivo á enigmas que ejercitaban la imaginación de las grandes, como: ¡Ah, qué agradable es el tambor! ó bien: ¡la piedad no es más que panduro!

Pero Cosette había salido aún muy joven para haber pensado mucho en el «tambor».

No sabía, pues, qué nombre dar á lo que sentía.

¡Pero no se está menos enfermo por ignorar el nombre de la enfermedad!

Amaba con tanta más pasión cuanto que amaba con ignorancia; no sabía si aquello era bueno ó malo, útil ó peligroso, necesario ó mortal, eterno ó pasajero, permitido ó prohibido: amaba.

Se habría asombrado mucho si la hubieran dicho: «¿Dormís? ¡Pues eso está prohibido! ¿Coméis? ¡Pues eso está muy mal hecho! ¿Tenéis opresión y latidos de corazón? ¡Pues eso no se hace! ¿Os ruborizáis, palidecéis cuando un ser vestido de negro aparece al extremo de cierta alameda? ¡Pues eso es abominable!

De seguro no lo hubiese comprendido, y habría respondido: «¿Cómo he de tener culpa en una cosa en que no puedo nada, y ni nada sé?».

Sucedió que la especie de amor que sentía era precisamente el que más convenía al estado de su alma.

Era aquella una especie de adoración á distancia, una contemplación muda, la deificación de un desconocido; era la aparición de la adolescencia, el sueño de las noches, convertido en novela, sin dejar de ser sueño, el fantasma deseado, realizado en fin y hecho carne, pero sin nombre aún, sin culpa, sin mancha, ni exigencia, ni defecto; en una palabra, el amante lejano y envuelto en lo ideal, una quimera con forma.

Otro cualquier encuentro más palpable y más próximo hubiera asustado en aquella época á Cosette medio sumergida aún en la espesa bruma del convento.

Tenía todos los temores del niño, y todos los miedos de la religiosa confundidos.

El espíritu del convento, de que se había penetrado por espacio de cinco años, se evaporaba lentamente todavía en todo su ser, y hacía que [Pg 159] todo temblase en derredor suyo; en semejante situación, lo que necesitaba no era un amante, no era ni aún un ser enamorado, sino una visión.

Púsose á adorar á Mario como una cosa encantadora, luminosa é imposible.

Como la extremada sencillez linda con la extremada coquetería, dirigíale sonrisas francas.

Cada día esperaba con impaciencia la hora de paseo: encontraba á Mario, sentía una felicidad indecible, y creía expresar sinceramente [Pg 160] todo su pensamiento diciendo á Juan Valjean:

—¡Qué jardín más delicioso es el Luxemburgo!

Mario y Cosette estaban en la obscuridad el uno para el otro.

No se hablaban, no se saludaban, no se conocían; se veían; y como los astros en el cielo, separados de millones de leguas, vivían de mirarse.

Así era como iba Cosette haciéndose mujer poquito á poco, y desarrollándose bella y enamorada, con la conciencia de su belleza y la ignorancia de su amor.

Coqueta, en alto grado, por inocencia.

[Pg 161]

VII
Á tristeza, tristeza y media

Todas las situaciones tienen sus instintos.

La anciana y eterna madre naturaleza advertía sordamente á Juan Valjean la presencia de Mario; Juan Valjean temblaba allá en lo más obscuro de su pensamiento. Juan Valjean no veía nada, no sabía nada, y contemplaba, sin embargo, con obstinada atención, las tinieblas en que estaba como si sintiese por un lado algo que se erigiese, y por otro algo que se derrumbara.

Mario, avisado también, y lo que es la profunda ley de Dios, por la misma madre naturaleza, hacía todo lo que podía por ocultarse «del padre».

Pero acontecía á veces que le veía Juan Valjean.

La conducta de Mario no era del todo natural.

Tenía accesos de prudencia miope, y de simple temeridad. No se le acercaba tanto como antes; se sentaba lejos, y permanecía en éxtasis; llevaba un libro, y hacía como que leía: ¿por qué hacía tal cosa?

Antes iba con su levita vieja, y ahora llevaba todos los días la levita nueva; no podía asegurarse que no se rizase el pelo; tenía ojos picarescos, y calzaba guantes.

En una palabra, Juan Valjean detestaba cordialmente á aquel joven.

Cosette no dejaba adivinar nada.

Sin saber en realidad lo que pasaba por ella, tenía el sentimiento de que debía ocultárselo á su padre.

Había entre el gusto del tocador que había adquirido Cosette y la costumbre de usar levita nueva de aquel desconocido, un paralelismo importuno para Juan Valjean.

Era casualidad, tal vez, sin duda, seguramente, pero una casualidad peligrosa.

Jamás abría la boca para hablar á Cosette de aquel desconocido.

Un día, sin embargo, no pudo contenerse, y con la vaga desesperación que introduce de súbito la sonda en su desgracia, la dijo:

—¡Qué aire tan pedantesco tiene este joven!

Cosette un año antes, es decir, cuando era una niña indiferente, hubiera respondido:

—No, es un joven simpático.

Diez años después, con el amor de Mario en el corazón habría respondido:

—¡Sí, es un pedante insoportable! ¡Tenéis razón!

Pero en aquel momento de su vida y en el estado de su corazón, se limitó á contestar con suprema calma:

—¿Este joven?

Como si le mirase por primera vez en su vida.

—¡Qué torpe soy!—pensó Juan Valjean.—Cosette no se había fijado aún en él, y yo soy quien se la enseño.

¡Oh inocencia de los viejos! ¡Oh penetración de las criaturas!

Es también ley de esos frescos años de padecimientos y cuidados, de esas violentas luchas del primer amor contra los primeros obstáculos, que la joven no se deje coger en ningún lazo, y el joven caiga en todos.

Juan Valjean había empezado contra Mario una guerra sorda, que éste, con la sublime estupidez de su pasión y de su edad, no adivinó.

Juan Valjean le tendió una porción de emboscadas; cambió de horas, cambió de banco, olvidó su pañuelo, fué sólo al Luxemburgo.

Mario cayó de lleno en todos esos lazos; y á todos estos interrogantes plantados en su camino por Juan Valjean, respondió ingenuamente:

—Sí.

Entre tanto, Cosette continuaba encerrada en su aparente indiferencia y en su imperturbable tranquilidad; tanto, que Juan Valjean sacó esta conclusión: «Ese necio está enamorado locamente de Cosette; pero Cosette ni siquiera sabe que existe».

Pero no por ello era menor la agitación dolorosa de su corazón.

De un momento á otro podía sonar la hora en que Cosette empezase á amar.

¿No empieza todo por la indiferencia?

Sólo una vez cometió Cosette una falta, y le asustó.

Al levantarse del banco para marcharse después de haber estado allí tres horas, Cosette le dijo:

—¿Ya?

Juan Valjean no había interrumpido sus paseos al Luxemburgo, porque no quería hacer nada singular, y porque temía sobre todo, que Cosette notase algo; pero en aquellas horas, tan gratas para los enamorados, mientras que Cosette enviaba su sonrisa á Mario, embriagado de placer, quien permanecía completamente abstraído de todo, y no veía nada en el mundo más que aquel rostro adorado, Juan Valjean le miraba con ojos chispeantes y terribles; y él, que había acabado por no creerse capaz de un sentimiento malévolo, tenía momentos, cuando Mario estaba allí, en que creía volverse salvaje y feroz, sintiendo que se abrían y levantaban contra aquél joven las antiguas profundidades de su alma que habían alimentado en otro tiempo tanta cólera.

Le parecía que se volvían á formar en su corazón cráteres desconocidos.

¿Cómo estaba allí aquel hombre? ¿Qué iba á hacer allí? ¿Iba á dar vueltas, á escudriñar, á examinar, á probar? ¿Iba á preguntar algo? ¿Iba á dar vuelta al rededor de su felicidad para arrebatársela?

Juan Valjean añadía:

—Sí; eso es. ¿Qué viene á buscar? ¿Una aventura? ¿Qué quiere? ¡Un amorío!

¡Pues, y yo! ¡Por qué habré sido antes el hombre más miserable, y después el más desgraciado!

¿Por qué habré pasado sesenta años viviendo de rodillas; habré padecido todo lo que se puede padecer; habré envejecido sin haber sido joven; habré vivido sin familia, sin padres, sin amigos, sin mujer, sin hijos; habré dejado sangre en todas las piedras, en todos los espinos, en todos los rincones, en todas las paredes; habré sido bueno, aunque hayan sido malos conmigo, y afable aunque hayan sido duros; me habré hecho bueno, á pesar de todo; me habré arrepentido del mal que he hecho, y habré perdonado el que me han causado; y en el momento en que recibo mi recompensa, en el momento que toco al fin, en el momento que tengo lo que quiero, que es bueno, que lo he pagado y me lo he ganado, desaparecerá todo, se me irá de las manos?

¡Perderé á Cosette, y perderé mi vida, mi alegría, mi alma, porque á un necio le haya complacido venir á vagabundear por el Luxemburgo! Entonces sus ojos despedían una claridad lúgubre y extraordinaria.

No era ya un hombre que miraba á otro: era un enemigo que miraba á otro; un perro de presa que miraba á un ladrón.

El lector ya sabe lo demás; Mario continuó siendo insensato.

Un día siguió á Cosette á la calle del Oeste; otro día habló al portero, y el portero habló á Juan Valjean, diciéndole:

—Señor, ¿que querrá un joven curioso que ha preguntado por vos?

Al día siguiente Juan Valjean dirigió á Mario aquella mirada, que acabó por notar.

Ocho días después Juan Valjean se mudó, prometiéndose no volver á poner los pies, ni en el Luxemburgo, ni en la calle del Oeste, y se volvió á la calle de Plumet.

Cosette no se quejó, no dijo nada, no trató de saber el porqué; estaba ya en el período en que se teme ser descubierto y vendido.

Juan Valjean no tenía experiencia alguna de estas miserias, únicas miserias agradables, y únicas también que desconocía, lo cual fué causa de que no comprendiese la grave significación del silencio de Cosette.

Solamente observó que estaba triste, y él se puso sombrío.

Por una y otra parte dominaba la inexperiencia.

Un día hizo una prueba y preguntó á Cosette.

—¿Quieres venir al Luxemburgo?

Un rayo iluminó el pálido rostro de Cosette.

—Sí,—contestó ella.

Fueron; habían pasado tres meses; Mario no iba ya; Mario no estaba allí. Al día siguiente, Juan Valjean volvió á decir á Cosette:

—¿Quieres venir al Luxemburgo?

Y ella respondió triste y sencillamente:

—No.

Juan Valjean se sintió herido por esta tristeza, y lastimado por esta dulzura.

¿Qué pasaba en aquella alma tan joven todavía, y ya tan impenetrable? ¿Qué trasformación se estaba verificando en ella? ¿Qué pasaba en el alma de Cosette?

Algunas noches, en vez de acostarse, Juan Valjean permanecía sentado cerca de su lecho, con la cabeza entre las manos y se pasaba la noche entera preguntándose: «¿Qué hay en la imaginación de Cosette?» y pensando en las cosas en que ella pudiera pensar.

¡Oh! En aquellos momentos, ¡qué miradas tan dolorosas dirigía hacia el claustro, á aquella altura casta, á aquel jardín del convento, lleno de [Pg 162] flores ignoradas y vírgenes encerradas, en que todos los perfumes y toda las almas subían directamente al cielo!

¡Cómo adoraba aquel Edén cerrado para siempre, de que había salido voluntariamente y descendido con tan poca previsión!

¡Cómo se lamentaba de su abnegación y de su demencia en haber vuelto Cosette al mundo, pobre héroe del sacrificio, cogido y derribado por su mismo desinterés!

—¡Cómo!—exclamaba:—«¿qué he hecho yo?».

Por lo demás, Cosette ignoraba todo esto.

Juan Valjean no tenía para ella peor humor ni más dureza; siempre [Pg 163] el mismo semblante bueno y apacible; sus modales eran más tiernos y más paternales que nunca; si algo hubiera podido hacer que se adivinase su falta de alegría, habría sido su mayor apacibilidad.

Cosette por su parte languidecía.

En la ausencia de Mario padecía como había gozado en su presencia, singularmente, sin explicárselo.

Cuando Juan Valjean dejó de acompañarla á dar sus habituales paseos, un instinto de mujer murmuró confusamente en el fondo de su corazón, que no debía manifestar afición al Luxemburgo, y que si este paseo le parecía indiferente, su padre la llevaría á él.

Pero se pasaron días, y semanas y meses.

Juan Valjean había aceptado tácitamente el consentimiento tácito de [Pg 164] Cosette.

Ésta lo sintió, pero era ya tarde.

El día que volvió al Luxemburgo, Mario había desaparecido; ¿qué hacer entonces? ¿Volvería á encontrarle?

Sintió oprimírsele el corazón, sin que nada bastase á dilatárselo, y cuya opresión aumentaba diariamente.

No supo ya si estaba en invierno ó en verano, si hacía sol ó llovía, si los pájaros cantaban, si era la estación de las dalias ó de las margaritas, si el Luxemburgo era más bonito que las Tullerías, si la ropa que traía la lavandera estaba bien ó mal lavada, si la tía Santos había hecho buena ó mala «compra».

Quedó oprimida, absorta, atenta sólo á una idea, con la mirada vaga y fija, como cuando se mira en la noche el sitio negro y profundo [Pg 165] en que se ha desvanecido una aparición.

Pero tampoco dejó traslucir nada á Juan Valjean, más que su palidez: continuó manifestando un semblante apacible.

Aquella palidez era más que suficiente para alarmar á Juan Valjean.

Algunas veces le preguntaba:

—¿Qué tienes?

Y ella respondía:

—No tengo nada.

Y después de un rato de silencio, como ella le viese también triste, le decía:

—Y vos, padre mío, ¿tenéis algo?

—¿Yo? Nada.—contestaba él.

Aquellos dos seres, que se habían amado tan exclusivamente y con tan tierno amor, y que habían vivido tanto tiempo el uno para el otro, sufrían á la sazón el uno al par del otro, y á causa del otro; sin decírselo, sin querer, y sonriendo.

[Pg 166]

VIII
La cadena

El más desgraciado de los dos era Juan Valjean. La juventud, aún en medio de sus pesares, tiene siempre luz propia.

En ciertos casos, Juan Valjean padecía tanto, que llegaba á ser pueril, pues es propio del dolor hacer aparecer en el hombre el lado de niño.

Presentía de un modo inevitable que Cosette se le escapaba de las manos; hubiera querido luchar, retenerla, entusiasmarla con alguna cosa exterior y brillante.

Estas ideas pueriles, ya lo hemos dicho, y seniles al mismo tiempo, le dieron por su misma puerilidad una noción bastante justa de la influencia de los adornos de pasamanería sobre la imaginación de las jóvenes.

Sucedióle una vez, que vió pasar por la calle un general á caballo, vestido de gala, el conde Coutard, comandante general de París, y envidió á aquel hombre cubierto de dorados; pensó en la felicidad que causaría el ponerse aquel traje, y en que seguramente, si Cosette le viese así, se deslumbraría; que cuando le diese el brazo y pasase por delante de la verja de las Tullerías le presentarían las armas, y que esto bastaría á Cosette, y le quitaría la idea de mirar á los jóvenes.

Un acontecimiento inesperado vino á mezclarse con estas tristes ideas.

En medio de la vida aislada que llevaban, y desde que habían ido á vivir á la calle de Plumet, solían algunas veces ir á ver la salida del sol; placer conveniente á los que entran en la vida, y á los que salen de ella.

Pasearse muy de mañana para el que ama la soledad, equivale á pasearse de noche, con la alegría de la naturaleza: las calles están desiertas, y los pájaros cantan.

Cosette, que era un pájaro, se despertaba muy temprano.

Estas excursiones matinales se preparaban durante la víspera; él proponía, y ella aceptaba.

Arreglábase todo como un complot; salían antes de amanecer, y todas estas cosas eran otros tantos placeres para Cosette.

Estas inocentes extravagancias agradan á la juventud.

El flaco de Juan Valjean era, como hemos dicho, visitar los lugares poco frecuentados, los rincones solitarios, los lugares de olvido.

Existían entonces en las cercanías, lindando casi con los muros de París, algunos campos pobres, casi confundidos con la ciudad, donde brotaba en el verano un trigo raquítico, y que en otoño, después de hecha la recolección, no tenían aspecto de campos segados, sino de terrenos pelados.

Juan Valjean los frecuentaba con predilección, y Cosette no lo llevaba á mal; porque esto significaba la soledad para él y la libertad para ella.

Allí se convertía en niña, podía correr y jugar; se quitaba el sombrero, le ponía sobre las rodillas de Juan Valjean, y hacía ramilletes; miraba las mariposas sobre las flores pero no las cogía. La mansedumbre y la ternura nacen con el amor, y la joven, que alimenta un ideal tembloroso y frágil, tiene lástima de las alas de la mariposa.

Tejía guirnaldas de amapolas, se las ponía en la cabeza, y atravesadas y penetradas por el sol, purpúreas hasta la radiación, formaban sobre aquel fresco semblante rosado una corona de ascuas.

Aun después de haberse enseñoreado la tristeza de sus almas, habían conservado la costumbre de los paseos matinales.

Una mañana, pues, de octubre, atraídos por la perfecta serenidad del otoño de 1831, habían salido, y estaban al amanecer junto al portillo de Maine.

No era aún la aurora, era el alba; momento encantador y sombrío.

Algunas constelaciones esparcidas por el azul pálido y profundo, la tierra completamente negra, el cielo blanco del todo, las yerbecillas trémulas; en todas partes el misterioso sobrecogimiento del crepúsculo.

Una alondra, que parecía mezclarse con las estrellas, cantaba á una altura prodigiosa, y hubiérase dicho que aquel himno de la pequeñez al infinito calmaba á la inmensidad.

Al Oriente el Val de Grâce detallaba en el horizonte iluminado con una claridad de acero su masa obscura; Venus deslumbrante subía por detrás de esta cúpula, y parecía un alma que sale de un edificio tenebroso.

Todo era paz y silencio; en la calzada no había un alma; á lo lejos se veían confusamente algunos obreros que iban á su trabajo.

Juan Valjean se había sentado en una estrecha calle de árboles, y sobre unos maderos colocados á la puerta de una carpintería.

Tenía el rostro vuelto hacia el camino, y la espalda al Oriente; olvidábase del sol que iba á salir; estaba sumergido en una de esas absorciones profundas en que se concentra el alma entera, que lo aprisionan todo incluso la mirada, y equivalen á cuatro paredes.

Hay meditaciones que podrían llamarse verticales; y cuando se ha llegado á su fondo se necesita tiempo para subir á la superficie.

Juan Valjean había descendido á lo más profundo de uno de esos ensueños.

Pensaba en Cosette, en su felicidad posible, si no se interponía nada entre ella y él, en aquella luz con que ella iluminaba su vida, y era la respiración de su alma.

Era casi feliz en aquella meditación.

Cosette, de pie á su lado, abarcaba con la vista el firmamento, y miraba cómo iban tiñéndose las nubes de color de rosa.

De repente exclamó:

—Padre, parece que viene algo por allí.

Juan Valjean alzó los ojos.

Cosette tenía razón.

La calzada que conduce al antiguo portillo de Maine es una prolongación de la calle de Sêvres, y está cortada en ángulo recto por el boulevard interior.

En el mismo ángulo de la calzada y el boulevard, en el lugar en que bifurcan las dos vías, oíase un ruido difícil de explicar á aquella hora, distinguiéndose una especie de grupo vago.

Alguna cosa informe salía del boulevard y entraba en la calzada.

Aquel grupo iba creciendo, y parecía moverse con orden; y sin embargo, era una cosa horrible y asombrosa; parecía un carruaje, pero no se podía distinguir la carga.

Había caballos, ruedas, gritos y chasquidos de látigo.

Poco á poco fueron marcándose los perfiles, aunque sumergidos aún en las tinieblas.

Era un carro, en efecto, que acababa de dar la vuelta á la esquina del boulevard y que se dirigía al portillo, cerca del cual estaba Juan Valjean.

Otro carro del mismo aspecto seguía al primero, después un tercero, luego un cuarto, y así desembocaron sucesivamente hasta siete, de tal modo que las cabezas de los caballos tocaban siempre la trasera del carro que les precedía.

En estas carretas se agitaban algunas sombras; veíanse algunas chispas entre el crepúsculo como si brillasen en él sables desnudos; oíase un sonido férreo como si se removieran cadenas; á medida que aquello avanzaba, crecían las voces; era, en fin, una cosa formidable como las que salen de la caverna de los sueños.

Á medida que se aproximaba, iba aquello tomando forma, y se bosquejó detrás de los árboles con la vaguedad de una aparición; blanqueó toda aquella masa; la luz del día, que se elevaba poco á poco, derramaba una claridad pálida sobre aquel hormiguero sepulcral y vivo á un mismo tiempo; las cabezas de las sombras se convirtieron en rostros cadavéricos.

He aquí lo que era:

Siete carretas marchaban en fila por el camino: las seis primeras tenían una estructura singular: parecían carromatos de toneleros; eran una especie de escaleras de mano montadas sobre dos ruedas, y formando angarilla en su extremidad anterior; cada carromato, ó por mejor decir, cada escalera, iba tirada por cuatro caballos, uno tras otro.

Sobre estas escaleras trasportábanse extraños racimos de hombres.

Por razón de la escasa luz de la hora no se les veía, se les adivinaba.

Iban veinticuatro en cada carreta; doce á cada lado, recostados unos en otros, de cara á los transeúntes, y las piernas al aire; así caminaban aquellos hombres.

Llevaban á la espalda algo que sonaba: era una cadena; algo al cuello que brillaba: era una argolla.

Cada uno tenía su argolla, pero la cadena era de todos; de modo, que aquellos veinticuatro hombres, cuando tenían que bajar del carro y andar, estaban encadenados por una especie de unidad inexorable, y serpenteaban por el suelo, con la cadena por vértebra, ni más ni menos que un milpiés.

Delante y detrás de cada carreta iban de pie dos hombres armados de fusiles, teniendo bajo su pie uno de los extremos de la cadena.

Las argollas eran cuadradas.

La séptima carreta era un gran furgón con barandilla de estacas, pero sin toldo; tenía cuatro ruedas y sin caballos, y llevaba un ruidoso montón de calderos de hierro, de marmitas de metal, de estufas y de cadenas; mezclados con esto iban algunos hombres atados y echados á lo largo; parecían enfermos.

Este furgón descubierto estaba guarnecido de cañizos ó zarzos viejos que parecían haber servido para los suplicios antiguos.

Las carretas ocupaban el centro del camino.

Á uno y otro lado marchaban, en doble fila, guardias de infame aspecto con tricornios chatos como los soldados del Directorio, sucios, rotos, sórdidos, embutidos en uniformes de Inválidos, y pantalones de sepulturero, grises y azules por mitad, casi destrozados, con charreteras encarnadas, correas amarillas, machetes, fusiles y varas: especies de soldados postizos.

Estos esbirros parecían un compuesto de la abyección del mendigo y de la autoridad del verdugo.

El que aparecía como jefe, llevaba en la mano un látigo de postillón.

Todos estos detalles, sombreados por el crepúsculo, se dibujaban cada vez mejor á medida que el día clareaba.

Á la cabeza, y detrás del convoy, iban gendarmes á caballo, graves y con los sables desenvainados.

Era tan largo este tren, que en el momento que la primera carreta llegaba al portillo, apenas desembocaba la última en el boulevard.

Una multitud, salida de no se sabe dónde, y formada en un instante, como sucede en París, se oprimía y miraba desde ambos lados de la calzada.

Oíase en las callejuelas próximas gritos de personas que se llamaban, y el ruido de los zuecos de los hortelanos que corrían para ver el espectáculo.

Los hombres amontonados en las carretas se dejaban traquetear en silencio.

Estaban lívidos por el frío de la madrugada.

Todos llevaban pantalones de lienzo, y los pies desnudos metidos en zuecos.

El resto del traje pertenecía á la fantasía de la miseria.

Sus arreos eran horriblemente heterogéneos; porque no hay nada más fúnebre que el arlequín de los andrajos.

Sombreros desfondados, casquetes de hule, horribles gorros de lana, chaquetas negras destrozadas por los codos; los había llevando sombreros de mujer, y algunos cubrían su cabeza con canastos viejos; veíanse pechos velludos, y al través de las roturas de los vestidos se distinguían pinturas en la carne, templos del Amor, corazones con llamas y Cupidos.

Descubríanse también herpes y manchas de otras enfermedades.

Dos ó tres tenían una cuerda de esparto atada á las traviesas del carro, y, suspendido por bajo de ellos, como un estribo en que apoyaban los pies.

Uno de ellos traía en la mano, y lo llevaba á la boca, algo que tenía todas las apariencias de un pedrusco negro; era un pedazo de pan que iba comiendo.

No había allí más que ojos secos, apagados ó brillantes de siniestro fulgor.

La escolta juraba y maldecía, los encadenados no chistaban; de cuando en cuando oíase el ruido de un varazo sobre unas espaldas ó una cabeza; algunos de aquellos hombres bostezaban; los harapos eran terribles; colgaban los pies, los hombres oscilaban, las cabezas se chocaban, los hierros crujían, las pupilas radiaban ferozmente, los puños se crispaban ó se abrían inertes como la mano de un muerto; detrás del convoy una multitud de chicos reía á carcajadas.

Aquella fila de carretas, fuese lo que fuere, era lúgubre.

Tal vez el día siguiente, tal vez dentro de una hora, podía caer un aguacero, seguido de otro, y después otro, calando aquellos vestidos destrozados; y aquellos hombres, una vez mojados, no se secarían, y una vez helados, no se calentarían; sus pantalones de lienzo se pegarían á sus huesos con el agua, el agua llenaría sus zuecos, los latigazos no podrían impedir el castañeteo de los dientes, la cadena seguiría unciéndolos por el cuello, sus pies seguirían en el aire; era imposible no temblar viendo á aquellas criaturas humanas uncidas en tal forma, y pasivas bajo las frías nubes de otoño, entregadas á la lluvia, al viento, á todas las furias del aire, como los árboles y las piedras.

Los varazos no respetaban á los enfermos, que yacían atados y sin movimiento en la séptima carreta, y que parecían haber sido echados allí como sacos llenos de miseria.

De repente salió el sol, brilló el inmenso rayo del Oriente. Hubiérase dicho que prendía[Pg 167] fuego en aquellas cabezas feroces.

Desatáronse las lenguas, estalló un incendio de burlas, de juramentos y de canciones.

La luz horizontal, extendiéndose á lo ancho, cortó en dos partes toda la fila, iluminando las cabezas y las espaldas, y dejando los pies y las ruedas en la obscuridad.

Los pensamientos aparecieron en los rostros; aquel instante fué espantoso; demonios visibles arrancada la máscara, almas espantosas desnudas por completo.

Aquella cohorte iluminada aparecía tenebrosa.

Algunos, alegres, tenían en la boca cañones de pluma, con los que soplando arrojaban todos los insectos de la miseria sobre la multitud, dando la preferencia á las mujeres.

La aurora marcaba con la obscuridad de las sombras aquellos tristes perfiles; no había entre todos aquellos hombres uno solo que no fuese asqueroso á causa de su miseria; y era un conjunto tan monstruoso, que pudiera decirse que cambiaba la claridad del sol en la luz del relámpago.

La carreta que abría la marcha había entonado y salmodiaba á voz en grito con espantosa jovialidad un pot-pourri de Desaugiers, famoso á la sazón, titulado la Vestal; los árboles temblaban lúgubremente, en las alamedas, algunos vecinos escuchaban con semblante de idiota beatitud las bufonadas cantadas por aquellos espectros.

En aquel convoy iban mezclados todos los desastres como en un caos; allí se veía el ángulo facial de todos los animales, de los viejos y de los adolescentes; cráneos calvos, barbas grises, monstruosidades cínicas, resignaciones esquivas, risas salvajes, actitudes insensatas, viejos con casquetes, especie de cabezas de jóvenes con rizos en las sienes, rostros de muchachas, y por lo mismo horribles, flacos, rostros de esqueleto, á los cuales no faltaba más que la muerte.

En la primera carreta iba un negro, que quizá habría sido esclavo, el cual podía comparar ambas cadenas.

El espantoso nivel de la bajeza, la deshonra, había pasado por aquellas frentes; en aquel grado de abatimiento, todos sufrían las últimas trasformaciones en las últimas profundidades; la ignorancia, cambiada en imbecilidad, era lo mismo que la inteligencia trocada en desesperación.

Entre aquellos hombres no había elección posible; todos se presentaban á la vista como lo más escogido del cieno.

Era evidente que el ordenador de aquella procesión inmunda, quien quiera que fuese, no los había clasificado.

Aquellos seres habían sido atados y apareados confusamente en el desorden alfabético probablemente, y cargados al acaso en las carretas.

Sin embargo, los horrores agrupados concluyen por producir un resultado, toda suma de desgraciados da un total; de cada cadena salía un alma común, y cada carreta tenía su fisonomía.

[Pg 168]

Al lado de la que cantaba había otra que aullaba; una tercera mendigaba; había una que rechinaba los dientes; otra que amenazaba á los mirones; otra que blasfemaba de Dios; la postrera callaba como la tumba.

Dante hubiera creído ver los siete círculos del infierno en marcha.

Marcha siniestra de los condenados hacia los suplicios, no en el formidable y fulgurante carro del Apocalipsis, sino lo que es más sombrío, en la carreta de las gemonías.

Uno de los guardias, que llevaba un gancho al extremo de la vara, removía de cuando en cuando aquel montón de basura humana.

Una vieja que había entre la muchedumbre se los enseñaba con el dedo á un chicuelo de cinco años, y le decía: ¡Aprende, tunante!

Como fuesen aumentando los cantos y las blasfemias, el que parecía capitán de la escolta hizo sonar el látigo, y á esta señal, una serie de espantosos varazos, que parecía una granizada, cayó sobre las siete carretas; muchos dieron un rugido y arrojaron espumarajos de rabia. Esto redobló la algazara de los pilluelos, que habían acudido como nubes de moscas sobre aquellas llagas.

La mirada de Juan Valjean se había vuelto aterradora.

Sus ojos no eran sino ese vidrio, que reemplaza la mirada en algunos desgraciados, la cual parece no tener conciencia de la realidad, y en que brilla la reverberación del espanto y de la catástrofe.

No veía un espectáculo; sufría una alucinación.

Quiso levantarse, huir, escapar, pero no pudo mover los pies.

Muchas veces las cosas que vemos nos atan y retienen.

Permaneció clavado, petrificado, estúpido, preguntándose al través de una confusa angustia inexplicable, lo que significaba aquella persecución sepulcral, y de dónde salía aquel pandemonium que le perseguía.

De pronto se llevó la mano á la frente, movimiento propio de cuando recordamos algo súbitamente; se acordó de que aquél era, en efecto, el itinerario, que aquella vuelta se daba siempre para evitar el encuentro posible de las personas reales en el camino de Fontainebleau, y que hacía treinta y cinco años había pasado él mismo por aquel portillo.

Cosette no estaba menos asustada, aunque lo estuviera de distinto modo.

No comprendía nada: le faltaba el aliento; no le parecía posible lo que veía, y por fin exclamó:

—¡Padre! ¿Qué es eso que llevan esas carretas?

Juan Valjean respondió:

—Presidiarios.

—¿Y adónde van?

—Á los penales.

En aquel momento sonaron multiplicados los varazos de cien manos; mezcláronse con ellos los sablazos de plano. [Pg 169]Parecía aquello una furia de látigos y varas; los presidiarios se encorvaron; de este suplicio resultó una obediencia repugnante, y todos se callaron, despidiendo miradas de lobos encadenados. Cosette temblaba de pies á cabeza.

—Padre,—dijo,—¿son hombres esos?

—Á veces,—respondió el desgraciado Juan Valjean.

Era, en efecto, la cadena que salía antes de amanecer de Bicetre; tomaba el camino de Mans para evitar el de Fontainebleau, adonde estaba el rey.

Este rodeo hacía durar el espantoso viaje tres ó cuatro días más; pero para ahorrar á las personas reales la vista del suplicio, bien podía éste prolongarse.

Juan Valjean volvió á su casa anonadado.

Semejantes encuentros son choques, y el recuerdo que dejan parece un desquiciamiento.

Por eso Juan Valjean, al volver con Cosette á la calle de Babilonia, no notó que ésta le hizo otras preguntas sobre lo que acababan de ver; tal vez iba demasiado absorto en su abatimiento para oir sus palabras y para contestarlas.

Solamente por la noche, cuando Cosette se separó de él para irse á acostar, le oyó decir á media voz, y como hablando consigo mismo:

—¡Creo que si encontrase en mi camino á uno de esos hombres, moriría con solo verle de cerca, Dios mío!

Afortunadamente la casualidad hizo que el día que siguió á aquella mañana tan trágica, y con motivo de una solemnidad oficial, hubiese fiestas en París, revista en el campo de Marte, justas en el Sena, funciones en los Campos Elíseos, fuegos artificiales en la Estrella, é iluminaciones en todas partes.

Juan Valjean, violentando su costumbre, llevó á Cosette á estas funciones, á fin de distraerla del recuerdo de la víspera, y de borrar con el alegre tumulto de París aquella cosa abominable que había pasado por ante sus ojos aterrados.

La revista con que se solemnizaba la fiesta hacía muy natural la circulación de uniformes; Juan Valjean se puso el de guardia nacional, con el vago sentimiento interior de un hombre que se esconde.

Por lo demás, pareció que había conseguido el objeto que se proponía en el paseo.

Cosette, que miraba como una obligación el agradar á su padre, y para la cual era nuevo cualquier espectáculo, aceptó la distracción con sencilla gracia, fácil y ligera de la adolescencia, y no hizo ni un gesto desdeñoso ante esa gamella de alegría, que se llama una fiesta pública; de modo que Juan Valjean pudo creer que había conseguido borrar todo rastro de la repugnante visión.

Algunos días después, una mañana que hacía un sol hermosísimo, estaban ambos en[Pg 170] la escalinata del jardín, otra infracción de las reglas que parecía haberse impuesto Juan Valjean y de la costumbre que Cosette había adquirido de permanecer en su cuarto: estaba la joven con peinador, de pie, con ese traje negligente de la mañana que envuelve adorablemente á las jóvenes, y que parece una nube sobre un astro; con [Pg 171] la cabeza al sol, sonrosada por haber dormido bien, observada con ternura por su padre conmovido, mientras deshojaba una margarita.

Cosette ignoraba la seductora leyenda: «te amo un poco, apasionadamente», etc. ¿Quién se la había de haber enseñado? Daba vueltas á [Pg 172] aquella flor, instintiva é inocentemente sin sospechar, que, deshojar una margarita es deshojar un corazón.

Si hubiese una cuarta Gracia llamada la Melancolía sonriéndose, Cosette [Pg 173] se habría parecido á esta Gracia.

Juan Valjean estaba fascinado contemplando aquellos deditos en la flor, olvidándolo todo en la radiación que despedía la joven.

Un petirrojo piaba entre las ramas allí cerca; nubes blancas cruzaban el cielo tan regocijadamente, que parecían acabar de ser puestas en libertad.

Cosette seguía deshojando su flor atentamente; pero en aquel momento seductor volvió de repente la cabeza con la delicada lentitud del cisne, y dijo á Juan Valjean:

—Padre, ¿qué viene á ser eso del presidio?

LIBRO CUARTO
SOCORROS DE ABAJO QUE PUEDEN SER SOCORROS DE ARRIBA

[Pg 174]

I
Herida exterior, curación interna

La vida de ambos volvíase sombría gradualmente.

No les quedaba ya sino una distracción que en otro tiempo había sido su felicidad, era ésta: llevar pan á los que tenían hambre, vestido á los que tenían frío.

En estas visitas á los pobres, en que Cosette acompañaba á su padre con frecuencia, encontraba algunos restos de su antigua expansión; y á veces, cuando el día se había aprovechado, cuando habían socorrido [Pg 175] muchas miserias, y reanimado y vuelto el calor á muchos pequeñuelos, Cosette estaba un poco alegre por la noche.

En esa época fué cuando hicieron la visita al chiribitil de Jondrette.

Al día siguiente á aquella visita, presentóse Juan Valjean en el pabellón, tranquilo como siempre; pero con una grande herida en el brazo izquierdo, muy inflamada, muy virulenta, que parecía una quemadura, y que explicó de cualquier manera.

Aquella herida le tuvo más de un mes con calentura y sin salir de casa; no quiso ver á ningún médico, y cuando Cosette le instaba, le decía: «Llama al médico de los perros».

Cosette le curaba por mañana y tarde con un cuidado tan celestial y manifestándose tan satisfecha de serle útil, que Juan Valjean sentía renacer toda su antigua alegría, y desvanecerse sus temores y sus ansiedades, y contemplaba á Cosette diciendo: «¡Oh, bendita herida! ¡Oh, bendito mal!».

Cosette viendo enfermo á su padre, había abandonado el pabellón, y había vuelto á tomar afición á la casita y al antepatio.

Pasaba casi todo el día al lado de Juan Valjean, y le leía los libros que quería, casi siempre descripciones de viajes.

Juan Valjean renacía; su felicidad revivía con rayos inefables; el Luxemburgo, el rondador desconocido, la frialdad de Cosette: todas aquellas nubes de su alma se disipaban.

Y acababa por decirse: «No pasaban de ser todo ilusiones mías; soy un viejo loco».

Su felicidad era tal, que el horrible encuentro de los Thénardier, acaecido en el desván de Jondrette tan inesperadamente, había pasado por él como un soplo que se desliza.

Había conseguido escapar; su pista estaba perdida; ¿qué le importaba lo demás?

Sólo pensaba en ello para compadecer á aquellos miserables.

—Están ya presos, y por lo tanto imposibilitados de hacer daño,—se decía él;—pero ¡qué lástima de familia! ¡qué desgracia!

En cuanto á la repugnante visión del portillo de Maine, Cosette no había vuelto á hablar de ella.

En el convento, sor Santa Matilde había enseñado de música á Cosette. Cosette tenía la voz de una avecilla con alma, y algunas noches, en el humilde cuarto del herido, cantaba tristes canciones que complacían á Juan Valjean.

Llegaba la primavera; el jardín estaba tan admirable en esta estación, que Juan Valjean dijo á Cosette:

—No bajas nunca; quiero que pasees por él.

—Como queráis, padre,—contestó Cosette.

Y por obedecer á su padre, volvió á pasear por el jardín, casi siempre sola, porque, como hemos dicho, Juan Valjean, que probablemente temía ser visto por la verja, no paseaba casi nunca.

La herida había sido una diversión.

Cuando Cosette vió que su padre padecía menos, y que se iba curando y parecía feliz, sintió un contento que apenas echó de ver, tan dulce y naturalmente se presentaba.

Era el mes de marzo, crecían los días, desaparecía el invierno, que se lleva siempre consigo alguna parte de nuestras tristezas; vino después abril, esa aurora del estío, fresca como toda aurora, alegre como la infancia, llorosa alguna vez como un niño recién nacido.

La naturaleza en este mes tiene resplandores llenos de encanto, que pasan del cielo, de las nubes, de los árboles, de las praderas y de las flores al corazón del hombre.

Cosette era muy joven aún para que esta alegría de abril, semejante á ella, no la penetrase.

La obscuridad fué desapareciendo de su espíritu insensiblemente y sin sospecharlo.

En la primavera hay alguna luz en las almas tristes, así como á medio día hay claridad en los sótanos. Cosette misma no estaba ya tan triste.

Por la mañana, hacia las diez, después de almorzar, cuando había conseguido llevar á su padre un cuarto de hora al jardín, y pasear al sol por delante de la escalinata, sosteniéndole el brazo enfermo, no se apercibía de que se reía fácilmente y que era dichosa.

Juan Valjean satisfecho, la veía reponerse sonrosada y fresca.

—¡Oh, bendita herida!—repetía por lo bajo.

Estaba agradecido á los Thénardier.

Al estar curado de su herida, había vuelto á sus paseos solitarios y crepusculares.

Sería un error creer que se puede pasear de este modo, solo, por las regiones deshabitadas de París, sin toparse con alguna aventura.

[Pg 176]

II
La tía Plutarco no se apura mucho para dar la explicación
de un fenómeno

Una noche, el niño Gavroche no había comido; recordó que tampoco había cenado el día anterior; lo cual se le hacía muy pesado.

Tomó, pues, la resolución de hacer la prueba de cenar.

Se fué á rondar más allá de la Salpetrière, por lugares desiertos, donde se encuentran las gangas; donde no hay nadie, suele encontrarse algo. Y así pasando, llegó hasta unas casuchas que le parecieron ser el pueblecillo de Austerlitz.

En una de esas anteriores excursiones había visto allí un antiguo jardín, frecuentado por un anciano y una anciana, y en el cual había un manzano regular.

Al lado del manzano había una especie de frutera mal cerrada, de donde se podía hacer saltar alguna manzana.

Una manzana es una cena; una manzana es la vida.

La que perdió á Adán podía salvar á Gavroche.

El jardín daba á una callejuela solitaria sin empedrar y orillada de malezas, esperando las edificaciones, y separado por un seto.

Gavroche se dirigió hacia el jardín; encontró la callejuela, reconoció el manzano, identificó la frutera, y examinó el seto; un seto no es más que un salto.

Iba declinando el día; la callejuela estaba desierta: la hora era magnífica.

Gavroche iba á saltar; mas se detuvo de repente.

Se oía hablar en el jardín, y Gavroche se puso á mirar por entre los cañizos del seto.

Á dos pasos de él, al pie del seto al otro lado, precisamente en el punto en que hubiera caído al dar el salto que proyectaba, había una piedra tendida, que servía de banco; en este banco estaba el viejo del jardín, y delante, de pie, la vieja.

La vieja murmuraba; Gavroche, que era poco discreto, escuchó:

—¡Señor Mabeuf!—decía la vieja.

—¡Mabeuf!...—pensó Gavroche.—Me choca ese nombre.

El viejo, interpelado, no se movía. La vieja repitió:

—¡Señor Mabeuf!

El viejo, sin levantar la vista, respondió:

—¿Qué hay, tía Plutarco?

—¡Tía Plutarco!—pensó Gavroche.—Otro nombre chocante.

La tía Plutarco volvió á hablar, y el viejo tuvo que aceptar la conversación.

—El casero no está contento.

—¿Por qué?

—Se le deben tres plazos.

—Dentro de tres meses se le deberán cuatro.

—Dice que os mandará á dormir á otra parte.

—Iré.

—La hortelana quiere que se le pague; ya no fia leña. ¿Con qué vais á calentaros este invierno? No tendremos lumbre.

—Basta el sol.

—El carnicero nos niega ya el crédito, y no quiere dar más carne.

—Está bien. Digiero mal la carne; es muy pesada.

—¿Y qué comeremos?

—Pan.

—El panadero quiere que se le dé algo á cuenta; y dice, que si no hay dinero, no hay pan.

—Bueno.

—¿Y qué comeremos?

—Nos quedan las manzanas del manzano.

—Pero, señor, no se puede vivir así, sin dinero.

—¡Y si no tengo!

La anciana se fué, y el anciano se quedó solo, meditando.

Gavroche meditaba por otro lado.

Era ya casi de noche.

El primer resultado de la meditación de Gavroche fué, que en vez de escalar el seto, se acurrucó debajo del matorral.

Las ramas se separaban un poco en la parte baja de la maleza.

—¡Calla!—exclamó interiormente.—¡Una alcoba!

Y se agachó.

Estaba casi recostado en el banco del señor Mabeuf; oía casi respirar al octogenario.

Y entonces, para comer, trató de dormir.

Sueño de gato, sueño de un solo ojo.

Gavroche dormitaba espiando.

La blancura del cielo crepuscular blanqueaba la tierra, y la calleja formaba una línea pálida entre dos filas de arbustos oscuros.

De repente, sobre esta línea blanquecina, aparecieron dos sombras.

Una iba delante, y la otra á algunos pasos detrás.

—¡Dos personas!—murmuró Gavroche.

La primera sombra parecía ser un viejo encorvado y pensativo, vestido más que sencillamente, que andaba lentamente á causa de la edad, y que salía á pasear á la luz de las estrellas.

La segunda era recta, firme, pequeña.

Regulaba su paso al de la primera; pero en la lentitud voluntaria de la marcha se descubría la esbeltez y la agilidad.

Aquella sombra tenía cierto no sé qué de esquiva é inquieta, con todo el contorno de lo que entonces se llamaba un elegante; el sombrero era de buena forma, la levita negra, bien hecha, probablemente de buen paño, y ajustada al talle.

Levantaba la cabeza con cierta gracia robusta, y por debajo del sombrero se entreveía en el crepúsculo el pálido esbozo de un adolescente.

Este esbozo llevaba una rosa en la boca.

Esta segunda sombra era muy conocida de Gavroche; era Montparnasse.

En cuanto á la otra, no hubiera podido decir sino que era un pobre viejo. Gavroche se puso al momento en observación sin desamparar su sitio.

Uno de los dos tenía evidentemente proyectos sobre el otro; y Gavroche estaba muy bien situado para ver el resultado.

La alcoba se había trocado muy á su gusto en escondrijo.

Montparnasse de caza, á semejante hora y en aquel sitio, era muy peligroso.

Gavroche sentía que su corazón de pilluelo se conmovía de lástima hacia el buen viejo.

Pero ¿qué hacer? ¿Intervenir? ¿Había de socorrer una debilidad á otra?

Sería únicamente dar motivo para que se riese Montparnasse.

Gavroche no dejaba de conocer, que para aquel temible bandido de diez y ocho años, el viejo primero, y el niño después, se reducía á dos bocados.

Mientras que Gavroche deliberaba, tuvo lugar el ataque, brusco y repugnante.

Ataque del tigre contra el onagro, de la araña contra la mosca.

Montparnasse de improviso tiró la rosa, saltó sobre el viejo, le agarró del cuello, le acogotó, y se encabritó sobre él.

Gavroche apenas pudo ahogar un grito.

Un momento después, uno de aquellos hombres estaba debajo del otro, rendido, jadeante, forcejeando, con una rodilla de mármol sobre el pecho.

Sólo que no había ocurrido lo que Gavroche esperaba.

El que estaba en tierra era Montparnasse; el que estaba encima era el pobre viejo.

Todo esto sucedía á pocos pasos de Gavroche.

El viejo había recibido el choque, y le había rebotado tan terriblemente, que en un abrir y cerrar de ojos el agresor y la víctima habían cambiado de papel.

—¡Vaya un inválido valiente!—pensó Gavroche.

Y no pudo estarse de batir palmas; pero fué un aplauso perdido, porque no llegó hasta los combatientes, que estaban absortos y aturdidos, uno por otro, y mezclando sus alientos en la lucha.

Vino el silencio.

Montparnasse dejó de forcejear, y Gavroche se dijo:—«¡Estará muerto!».

El viejo no había pronunciado una palabra, ni lanzado un grito. Enderezóse, y Gavroche oyó como decía á Montparnasse:

—Levántate.

Montparnasse se levantó, pero el viejo no le había aún soltado. Montparnasse tenía la actitud humillada y furiosa en un lobo que hubiese sido dominado por un cordero.

Gavroche miraba y escuchaba, haciendo esfuerzos para duplicar ojos y oídos.

Se divertía extraordinariamente.

Fué recompensado en su ansiedad de espectador, pudiendo coger al vuelo este diálogo; que tomaba en la obscuridad cierto acento trágico.

El pobre viejo preguntaba, y Montparnasse respondía:

—¿Qué edad tienes?

—Diez y nueve años.

—Eres fuerte y de buena figura. ¿Por qué no trabajas?

—Porque me aburre.

—¿Qué eres?

—Haragán.

—Habla formalmente. ¿Puedo hacer algo por ti? ¿Qué quieres ser?

—Ladrón.

Hubo un momento de silencio. El viejo parecía estar profundamente pensativo; seguía inmóvil sin soltar á Montparnasse.

De cuando en cuando, el joven bandido, vigoroso y ágil, sentía sobresaltos de fiera cogida en una trampa.

Daba una sacudida, intentaba la zancadilla, retorcía sus miembros, trataba de escaparse.

El viejo aparentaba no notarlo, teníale cogidos ambos brazos con una sola mano, con la indiferencia soberana de una fuerza absoluta.

La meditación del viejo duró un buen espacio; después, mirando fijamente á Montparnasse, levantó suavemente la voz, y le dirigió, entre aquella obscuridad en que se encontraban, una especie de alocución solemne, de que Gavroche no perdió ni una sílaba:

—Hijo mío, tú entras por pereza en la más laboriosa de las existencias. ¡Ah! ¡Tú te declaras haragán! Pues prepárate á trabajar.

«¿Has visto una máquina terrible llamada el laminador? Es preciso tener mucho cuidado, porque es una cosa tan poco ruidosa como feroz; si te coge el faldón de la levita, se lleva todo el cuerpo.

«Esta máquina es la ociosidad.

«Detente, mientras estás á tiempo, y sálvate.

«De otra manera todo se acabó; dentro de poco estarás entre las ruedas; y una vez cogido, no esperes ya nada.

«¡Ea, á trabajar, perezoso; ya no hay descanso! La mano de hierro del trabajo implacable te ha cogido.

«Ganar tu vida, tener una tarea, cumplir un deber; ¿no quieres esto? ¿Te desagrada ser como los demás? Pues bien; serás distinto. El trabajo es la ley; el que la rechaza disgustado, le tiene por suplicio. No quieres ser obrero, serás esclavo.

«El trabajo sólo te deja por un lado para cogerte por otro; no quieres ser su amigo, serás su negro; rechazas el honrado cansancio de los hombres, sufrirás el sudor de los condenados.

«Donde los demás canten, tú gruñirás.

«Verás de lejos trabajar á los demás hombres, y te parecerá que descansan.

«El labrador, el segador, el marinero, el herrero, se te aparecerán en la luz como los bienaventurados de un paraíso.

«¡Qué irradiación la del yunque!

«Guiar una carreta, atar las mieses, ¡qué felicidad!

«El buque en libertad entregado á los vientos, ¡qué delicia!

«¡Y tú, perezoso, cava, arrastra, rueda, anda! ¡Tira de tu cabestro, animal de carga, en el tiro del infierno!

«¡Ah! ¿No hacer nada es tu único objeto? Pues bien; no pasarás una semana, ni un día, ni una hora sin humillación.

«No podrás hacer nada sino con angustia; tus músculos crujirán á cada instante; lo que para los demás sea blanda pluma, será dura roca para ti.

«Las cosas más sencillas estarán para ti llenas de dificultades; la vida en tu derredor se convertirá en monstruosa.

«Ir, venir y respirar serán para ti otros tantos trabajos terribles. Tu pulmón te hará el efecto de un peso de cien libras.

«Venir acá antes de ir allá será un problema de difícil resolución.

«Todo el que quiere salir de su casa, no tiene que hacer otra cosa que empujar la puerta, y ya está fuera.

«Tú, si quisieres salir, tendrás que perforar una pared.

«Para salir á la calle, no tiene cualquiera que hacer más que bajar la escalera; pero tú romperás las sábanas, harás con sus tiras una cuerda, pasarás por la ventana, te suspenderás colgado de este hilo sobre un abismo, de noche, en medio de la tempestad, en medio de la lluvia, en medio del huracán; y si la cuerda no alcanza, sólo encontrarás un medio de bajar: tirarte.

«Tirarte á ciegas, en el precipicio, de una altura cualquiera, abajo, á lo desconocido; ó bien te subirás por un cañón de chimenea, con peligro de quemarte; ó te deslizarás por un conducto de letrina, con peligro de asfixiarte.

«Y no te hablo de los agujeros que hay que ocultar, de las piedras que hay que quitar y poner veinte veces al día, ni de los yesones que hay que esconder debajo del jergón.

«Se presenta una cerradura; cualquiera lleva en el bolsillo una llave hecha por un cerrajero. Tú, si quieres pasar adelante, estás condenado á hacer una obra maestra espantosa; cogerás una moneda de cobre, la cortarás en dos placas, y ¿con qué herramientas?

«Tendrás que inventarlas; eso te corresponde.

«Después ahondarás lo interior de estas placas, cuidando de no tocar á la superficie; abrirás alrededor la muesca de un tornillo, de modo que se ajusten exactamente una á otra, como una caja á su tapa, y que atornilladas no se sospeche nada.

«Para los vigilantes, porque estarás vigilado, esto será sólo una moneda de cobre; para ti será una caja. ¿Y qué meterás en esa caja? Un pedacito de acero; un muelle de reloj, al que habrás[Pg 177] hecho dientes, y será una sierra.

«Con esta sierra, de la longitud de un alfiler, y oculta en una moneda de cobre, deberás cortar el pestillo de la cerradura, la barra del cerrojo, el asa del candado, el hierro de la ventana y el grillete de la pierna; y hecha esta obra prodigiosa, realizados estos milagros de arte, de industria, de habilidad y de paciencia, si se llega á saber que eres tú el autor, ¿cuál será tu recompensa? El calabozo.

«Éste es tu porvenir.

«La pereza, el placer, ¡qué precipicios! No hacer nada, es tomar un terrible partido. No lo olvides.

«¡Vivir ocioso de la sustancia social! ¡Ser inútil; es decir, ser perjudicial! Esto conduce directamente al fondo de la miseria.

«¡Infeliz del que quiere ser parásito! Será la escoria, el gusano del cuerpo social.

«¡Ah! ¡No te gusta trabajar! No tienes más que un pensamiento: beber bien, comer bien, dormir bien.

«Pues beberás agua, comerás pan negro, dormirás en una tarima con una cadena enroscada á tus miembros, cuyo frío sentirás por la noche en las carnes.

«Romperás esta cadena, y huirás.

«Bien; pero te arrastrarás entre las matas, y comerás yerbas como los animales de la selva.

«Y volverás á ser preso; y entonces pasarás los años en un profundo foso, en lo bajo de una muralla, buscando á tientas el jarro para beber, embotando en tus dientes un horrible pedazo de pan negro, que no querrían ni los perros; comiendo habas que los gusanos han roído antes que tú.

«Serás una cucaracha en una cueva.

«¡Ah! ¡Ten piedad de ti mismo, pobre niño, que mamabas aún no hace veinte años, y que tendrás madre todavía! Yo te conjuro, escúchame.

«Quieres gastar paño fino, zapatos lustrosos, pelo rizado, perfumar tu cabeza, agradar á las jóvenes, ser elegante; pues bien, te cortarán el pelo al rapé, te pondrán una chaqueta roja y unos zuecos.

«Quieres llevar sortijas en los dedos, y llevarás una argolla al cuello; y [Pg 178]si miras á una mujer, te darán un palo.

«¡Entrarás allí á los veinte años, y saldrás á los cincuenta!

«Entrarás joven, sonrosado, fresco, con ojos brillantes, dientes blancos y hermosos cabellos, y saldrás cascado, encorvado, lleno de arrugas, sin dientes, horrible, y con el pelo blanco.

«¡Ah, pobre criatura! ¡Y cómo te equivocas, infeliz! ¡La holgazanería te aconseja mal; el trabajo más rudo es el robar.

«Créeme, no emprendas la penosa profesión de perezoso; no es nada [Pg 179] cómodo ser bribón.

«Es más cómodo ser hombre honrado.

«Anda ahora, y piensa en lo que te he dicho.

«Pero, ¿qué es lo que me querías? ¿Mi bolsa? Aquí la tienes.

Y el viejo, soltando á Montparnasse, le puso en la mano su bolsillo, [Pg 180] que Montparnasse tuvo un instante en la mano tomándole á peso; después de lo cual, con la misma precaución maquinal que si le hubiesen robado á él, le dejó caer suavemente en la faltriquera del faldón de su levita.

Dicho y hecho todo esto, el buen viejo volvió la espalda, y continuó paseando.

—¡Estúpido!—murmuró Montparnasse.

¿Quién era aquel viejo? El lector lo habrá sin duda adivinado.

Montparnasse, estupefacto y sin acertar á moverse, miró cómo desaparecía [Pg 181] en el crepúsculo; pero esta contemplación le fué fatal.

Mientras el viejo se alejaba, aproximábasele Gavroche.

Gavroche, con una mirada de reojo se había asegurado de que el señor Mabeuf, dormido tal vez, seguía en el banco, y saliendo luego el pilluelo de la maleza, se arrastró en la sombra por detrás de Montparnasse, que continuaba inmóvil.

[Pg 182]

Así llegó hasta él sin ser visto ni oído; metió la mano en la faltriquera de atrás de la levita de negro paño fino, cogió el bolsillo, retiró la mano, y volviéndose á rastras, hizo una evolución de culebra en la obscuridad.

Montparnasse, que no tenía motivo alguno para estar prevenido, y que meditaba, quién sabe si por primera vez en su vida, nada advirtió.

Gavroche, en cuanto llegó adonde estaba el señor Mabeuf, tiró el bolsillo por encima del seto, y huyó á todo correr.

La bolsa cayó á los pies del señor Mabeuf.

El ruido le despertó.

Inclinóse, y recogió la bolsa. Abrióla sin darse cuenta de ello.

La bolsa tenía dos divisiones: en la una había algunos cuartos; en la otra seis napoleones de oro.

El señor Mabeuf, muy asustado, llevó aquello á su ama.

—Ha caído del cielo,—dijo á la tía Plutarco.

LIBRO QUINTO
CUYO FIN NO SE PARECE AL PRINCIPIO

[Pg 183]

I
La soledad y el cuartel en combinación

El dolor de Cosette, tan punzante aún y tan vivo cuatro ó cinco meses antes, había entrado en convalescencia, sin ella advertirlo.

La naturaleza, la primavera, la juventud, el amor hacia su padre, la alegría de los pájaros y de las flores, infiltraban poco á poco, día por día, gota á gota, en aquella alma tan virgen y tan joven, una cosa muy parecida al olvido.

¿Se apagaba completamente el fuego, ó se iban formando solamente capas de ceniza? El hecho es, que no sentía ya apenas nada doloroso ni abrasador.

Un día pensó de repente en Mario.

—¡Calle!—dijo.—Ya no pienso en él.

Durante la misma semana se fijó, al pasar por delante de la verja del jardín, en un lindo oficial de lanceros, con talle de avispa, brillante uniforme, mejillas de niña, sable debajo el brazo, bigotes encerados y chascás charolado. Además: pelo rubio, ojos azules, cara redonda, vana, insolente y linda: todo lo contrario de Mario.

Llevaba su cigarro en la boca.

Cosette pensó que aquel oficial pertenecía al regimiento acuartelado en la calle de Babilonia.

Al día siguiente le vió pasar otra vez, y notó la hora.

Desde aquel momento le vió pasar casi todos los días.

Los camaradas del oficial notaron que había en aquel jardín «mal cuidado» y detrás de aquella verja barroca, una linda muchacha, que estaba allí, casi siempre, cuando pasaba el bizarro teniente, el cual no es desconocido del lector, pues se llamaba Teódulo Guillenormand.

—¡Hola!—decíanle.—Hay ahí una muchacha que se fija en ti; obsérvalo.

—¡Para esto tengo el tiempo...—respondía el lancero,—si tuviera que fijarme en todas las muchachas que me miran!

Esto sucedía precisamente en los momentos en que Mario, descendiendo hasta la agonía, decíase:

—¡Si pudiese solamente volver á verla antes de morir!

Si se hubiera realizado su deseo; si hubiera visto en aquel instante á Cosette mirando á un lancero, no habría podido pronunciar una palabra; habría muerto de dolor.

¿Y de quién habría sido la culpa? De nadie.

Mario tenía uno de esos temperamentos que se sumergen en la tristeza y viven en ella.

Cosette, por el contrario, se sumergía, pero volvía á salir.

Cosette, además, atravesaba el momento peligroso, fase fatal del ensueño femenil, abandonado á sí mismo, en que el corazón de una joven aislada se asemeja á los sarmientos de la vid que así se enraman por casualidad al chapitel de una columna de mármol, como al poste de una taberna.

Momento rápido y decisivo, crítico para toda huérfana, ya sea pobre ó rica, porque la riqueza no impide una mala acción, realizándose casamientos desiguales, porque la verdadera desigualdad es la de las almas; de igual manera que más de un joven ignorado, sin nombre, sin familia y sin fortuna, es un chapitel de mármol que sostiene un templo de elevados sentimientos y de grandes ideas, existen hombres de mundo, satisfechos y opulentos que calzan botas brillantes, y hablan charolado, que si se les mira, no al exterior, sino al interior, es decir, á lo que está reservado á la mujer, no son más que un poste estúpido, obscuramente manejado por las pasiones violentas, inmundas y vinosas; es decir, el poste de una taberna.

[Pg 184]

¿Qué había en el alma de Cosette?

Una pasión calmada ó adormecida: amor en estado flotante; algo que era límpido, brillante; turbio á cierta profundidad, sombrío más abajo.

La figura del lindo oficial se reflejaba en la superficie.

¿Había algún recuerdo en el fondo? ¿Muy en el fondo?

Tal vez; pero Cosette no lo sabía.

En esto sobrevino un incidente singular.

[Pg 185]

II
Miedos de Cosette

Durante la primera quincena de abril hizo Juan Valjean un viaje.

Esto sucedía, como sabe el lector, algunas veces muy de tarde en tarde; y estaba ausente uno ó dos días á lo más.

¿Dónde iba? Nadie lo sabía, ni la misma Cosette.

[Pg 186]

Sólo una vez, en uno de sus viajes, le había acompañado ésta en coche hasta la esquina de un callejón sin salida, en cuya esquina había leído: Callejón de la Planchette.

Allí se había apeado, y el coche había regresado con Cosette á la calle de Babilonia.

Generalmente Juan Valjean hacía estos viajes cuando faltaba dinero en casa.

Juan Valjean estaba, pues, ausente; al marcharse había dicho: «Volveré dentro de tres días».

Por la noche, Cosette estaba sola en la sala.

Para matar el fastidio había abierto el piano y empezado á cantar, acompañándose ella misma, el coro de Euryanthe: ¡Cazadores perdidos en los bosques! que es quizá lo más bello que existe en música.

Cuando hubo acabado se quedó pensativa.

De repente creyó oir que andaban por el jardín.

No podía ser su padre, porque estaba ausente; ni la tía Santos, porque se había acostado.

Eran las diez de la noche.

Se dirigió á la ventana de la sala que estaba cerrada, y aplicó el oído.

Le pareció que oía el paso de un hombre que andaba suavemente.

Subió con rapidez al primer piso, á su cuarto, abrió un ventanillo que había en el postigo, y miró al jardín.

La luna estaba en su cuarto lleno alumbrando como el día.

No había nadie.

Abrió la ventana.

El jardín estaba absolutamente silencioso; y lo que se veía en la calle, desierto como siempre.

Cosette pensó haberse engañado; había creído oir aquel ruido, y todo era un alucinamiento producido por el sombrío y prodigioso coro de Weber, que abre ante el espíritu abismos insondables, que aparecen trémulos á la vista como un bosque vertiginoso en que se oye el crujido de las ramas muertas bajo el paso inquieto de los cazadores, casi envueltos en el crepúsculo.

Y no pensó más en ello.

Además, Cosette no era de naturaleza asustadiza.

Había en sus venas algo de la sangre de gitana y aventurera de desnudos pies.

Recuérdese que era mejor alondra que paloma, y tenía su fondo de valor y de energía.

Al día siguiente, más temprano, á la caída de la noche, se estaba paseando por el jardín, y en medio de los confusos pensamientos en que estaba sumergida, creyó oir claramente un ruido semejante al de la víspera, como de alguna persona que anduviera en la obscuridad bajo los árboles, y no muy lejos de ella; pero ella se decía que nada se asemeja tanto á los pasos sobre la yerba como el roce de dos ramas que se separan por sí mismas, y no hizo caso; además, no veía nada.

Salió de la «maleza»; tenía que atravesar un espacio alfombrado de menuda yerba para llegar á la gradería del pabellón.

La luna, que acababa de aparecer á sus espaldas, proyectó su sombra delante de ella, sobre aquella alfombra, en cuanto salió de la espesura.

Cosette se paró aterrorizada.

Al lado de su sombra, la luna proyectaba claramente sobre el césped otra sombra singularmente espantosa y terrible; una sombra que llevaba sombrero redondo.

Parecía la de un hombre que estuviese de pie junto á la espesura y á pocos pasos detrás de Cosette.

Permaneció un minuto sin poder hablar, ni gritar, ni moverse, ni volver la cabeza.

Pero al fin, reuniendo todo su valor, se volvió resueltamente.

No había nadie.

Miró al suelo; la sombra había desaparecido.

Entró nuevamente en la espesura, registró valerosamente todos los rincones, llegó hasta la verja, y no encontró á nadie.

Quedóse verdaderamente helada. ¿Había sido también aquello una alucinación? ¡Cómo! ¡Dos días seguidos! Una alucinación, pase; ¿pero dos?

Lo que la inquietaba sobre todo, era el que la sombra no fuera seguramente un fantasma, porque los fantasmas no llevan sombrero redondo.

Al día siguiente volvió Juan Valjean.

Cosette le refirió lo que había creído ver y oir.

Esperaba que su padre la tranquilizaría y que encogiéndose de hombros, le diría: «Eres una loquilla».

Juan Valjean se puso pensativo.

—Puede no ser nada,—dijo.

Separóse con algún pretexto, y se fué al jardín. Cosette observó que examinaba la verja con mucha atención.

Por la noche se despertó; esta vez estaba segura de oir pasos cerca de la escalinata, por bajo de su ventana, y la abrió.

En efecto, en el jardín vió á un hombre con un garrote en la mano.

Iba ya á gritar, cuando la luna iluminó el rostro del hombre. Era su padre.

Volvió, pues, á acostarse, pensando:

—¡Está inquieto, en realidad!

Juan Valjean pasó aquella noche y las dos siguientes en el jardín, y Cosette le observó por el ventanillo.

La tercera noche la luna estaba en su cuarto menguante, y salía más tarde. Sería como la una; Cosette oyó una carcajada, y la voz de su padre, que la llamaba:

—¡Cosette!

Saltó de la cama, se puso una bata, y abrió la ventana.

Su padre estaba en el jardín en el césped.

—Te despierto para tranquilizarte,—la dijo.—Mira; aquí tienes la sombra del sombrero redondo.

Y le enseñó sobre el césped una sombra que se proyectaba á la luz de la luna, y que parecía, en efecto, la de un hombre con sombrero redondo.

Era la silueta producida por el recortado de un tubo de chimenea de hierro con chapitel, que se elevaba por encima de un tejado vecino.

Cosette se echó á reir también; se borraron todas sus lúgubres suposiciones, y á la mañana siguiente, cuando almorzaba con su padre, se chanceó sobre el siniestro jardín visitado por las sombras de los tubos de chimenea.

Juan Valjean se tranquilizó completamente, y Cosette no se paró á examinar si el cañón de chimenea estaba en la misma dirección que la sombra que había visto ó había creído ver, y si la luna estaba en el mismo punto del cielo.

No se interrogó acerca de la singularidad de un cañón de chimenea, que teme ser sorprendido en flagrante delito, y se retira cuando ven su sombra; porque la sombra había desaparecido cuando Cosette se volvió, y Cosette creía estar segura de ello.

[Pg 187]

La joven se tranquilizó por completo.

La demostración le pareció evidente, y creyó que era un efecto de imaginación, lo mismo que los pasos de alguno que anduviese por el jardín por la tarde ó la noche.

Sin embargo, algunos días después ocurrió un nuevo incidente.

[Pg 188]

III
Enriquecido con comentarios de la tía Santos

En el jardín y cerca de la verja que daba á la calle, había un banco de piedra, guardado por una cerca de carpintos, de las miradas de los curiosos, pero hasta el cual podía llegar el brazo de un transeúnte á través de la verja y del follaje.

Una tarde del propio mes de abril, había salido Juan Valjean; y Cosette después de haberse puesto el sol, se había sentado en dicho banco.

El viento penetraba por entre los árboles; Cosette meditaba; una tristeza, sin objeto, iba apoderándose poco á poco de ella; esa tristeza invencible que produce la tarde, y que proviene tal vez del misterio de la tumba entreabierta á esa hora.

Fantina estaba quizá en aquella sombra.

Cosette se levantó, dió lentamente una vuelta por el jardín, andando sobre la hierba inundada de rocío, y diciéndose á través de la especie de sonambulismo melancólico en que estaba sumergida:

—Debe una calzar chanclos ciertamente para andar por el jardín á estas horas; es fácil constiparse.

Después volvió de nuevo al banco.

En el momento en que iba á sentarse, observó en el sitio que había ocupado una gran piedra, que no estaba antes.

Cosette miró pensativa aquella piedra, preguntándose qué significaba.

Pero de repente, la idea de que aquella piedra no se había ido sola al banco, de que alguno la había puesto allí, de que un brazo había pasado á través de la verja; esta idea, decimos, se le presentó, y le dió miedo; un miedo verdadero esta vez, porque la piedra estaba allí, y no era posible dudar; no la tocó; huyó sin atreverse á mirar detrás de sí; se refugió en la casa; cerró enseguida los postigos con barras y la puerta-vidriera de la escalinata con cerrojos, y preguntó á la tía Santos:

—¿Ha vuelto mi padre?

—Todavía no, señorita.

(Ya hemos dicho de una vez para siempre que la tía Santos era tartamuda. Permítasenos no ortografiar sus palabras como tal; nos repugna la notación musical de una enfermedad).

Juan Valjean, como hombre pensativo y paseante nocturno, solía retirarse bastante tarde por la noche.

—Santos,—dijo Cosette,—¿tenéis cuidado de cerrar bien por la noche las ventanas, las que dan al jardín, al menos con barras, y de poner bien los pasadores de hierro en los anillos?

—¡Oh! podéis estar tranquila, señorita.

La tía Santos no dejaba de hacerlo, y Cosette lo sabía bien; pero no pudo menos de añadir:

—¡Qué desierto está esto!

—Es verdad,—dijo la tía Santos.—La asesinarían á una sin tener tiempo para decir ¡uf! con eso de no dormir el señor en casa. Pero no temáis nada, señorita: cierro las ventanas como si fuese una fortaleza. ¡Ah, mujeres solas! ¡Esto hace temblar! Figuraos que entran hombres en el cuarto por la noche, y le dicen á una: «¡Cállate!» y empiezan á cortarle la cabeza. No es tanto la muerte, porque al fin se muere una, y sabe demasiado que se ha de morir; pero es una cosa horrible sentir que os pone esa gente la mano encima. ¡Y luego sus puñales! ¡Oh, qué mal deben cortar, Dios mío!

—¡Callad!,—dijo Cosette,—cerradlo todo bien.

Atemorizada del melodrama improvisado por la tía Santos, y quizá también por el recuerdo de las apariciones de la otra semana, no se atrevió á decirle: «Id á ver la piedra que han puesto en el banco», de miedo de volver á abrir la puerta del jardín, y de que entrasen los «hombres».

Hizo cerrar por todas partes las puertas y ventanas, hizo que la tía Santos registrase la casa desde la cueva al granero: se encerró en su cuarto, echó los cerrojos, miró debajo de los muebles y debajo de la cama; se acostó y durmió mal.

Toda la noche estuvo viendo la piedra, grande como una montaña, y llena de cavernas.

Cuando salió el sol,—es propio del sol naciente hacernos reir de todos nuestros terrores nocturnos, y la risa que produce es siempre proporcionada al miedo que se ha tenido,—al salir el sol, decimos, se despertó Cosette, pensó horrorizada en su sueño, y se dijo: «¿Qué he estado soñando? ¡Lo mismo es esto que los pasos que me parecía haber oído la otra semana de noche en el jardín! ¡Lo mismo que la sombra del cañón de chimenea! ¿Voy á volverme ahora cobarde?».

El sol que entraba por las rendijas de los postigos, y coloreaba de púrpura las cortinas de damasco, la tranquilizó de tal manera, que todo se borró en su imaginación, incluso la piedra.

—No había piedra ninguna en el banco, como no había ningún hombre con sombrero redondo en el jardín. He soñado lo de la piedra como lo demás.

Vistióse; bajó al jardín; corrió al banco y sintió un sudor frío.

La piedra estaba allí.

Pero aquello no duró más que un momento; el miedo de noche es curiosidad de día.

—¡Bah!—dijo:—veamos lo que es.

Y levantó la piedra, que era bastante grande.

Debajo había algo que parecía una carta.

Era un sobre de papel blanco; Cossette lo cogió, y vió que no tenía ni dirección escrita por un lado, ni oblea por el otro; pero aunque estaba abierto no estaba vacío.

Entreveíanse papeles dentro.

Cosette lo examinó; ya no tenía miedo, ni curiosidad, sino un principio de impaciencia.

Sacó del sobre lo que contenía, que era un cuadernillo de papel, de hojas numeradas, en cada una de las cuales tenía algunas líneas que parecieron á Cosette de bonita y elegante letra.

Cosette buscó un nombre, pero no lo había; buscó una firma, tampoco la había.

¿Á quién iba dirigido aquello?

[Pg 189]

Á ella probablemente, puesto que una mano había depositado aquel paquete en su banco.

¿De quién venía aquello?

Una fascinación irresistible se apoderó de ella; trató de separar los ojos de aquellos papeles que temblaban en su mano; miró al cielo, á la calle, á las acacias llenas de luz, á las palomas que volaban sobre un tejado próximo, y después su vista cayó rápidamente sobre el manuscrito, y se dijo que debía leer lo que contenía.

He aquí que leyó:

[Pg 190]

IV
Un corazón bajo una piedra

La reducción del universo á un solo ser, la dilatación hasta Dios de un solo ser, he aquí el amor.


El amor es la salutación de los ángeles á los astros.


¡Qué triste está el alma cuando está triste por el amor!


¡Qué vacío como el de la ausencia del ser que por sí solo llena el mundo! ¡Oh! ¡Cómo es verdad que el ser amado se convierte en Dios! Se comprendería que Dios tuviese celos, si el Padre de todo no hubiera hecho evidentemente la creación para el alma, y el alma para el amor.


Basta una sonrisa vislumbrada á lo lejos bajo las alas de un sombrerito de crespón blanco con adornos de lila, para que el alma entre en el palacio de los sueños.


Dios está detrás de todo; pero todo oculta á Dios. Las cosas son negras, las criaturas son opacas. Amar á un ser es hacerle transparente.

ilop191
Era un sobre de papel blanco: Cosette lo cogió y observó que no tenía dirección

Ciertos pensamientos son oraciones. Hay momentos en los cuales sea la que fuere la actitud del cuerpo, el alma está de rodillas.


Los amantes que están separados, engañan la ausencia con mil cosas quiméricas, que tienen, no obstante, su realidad. Aunque estén privadas de verse, y no puedan escribirse, tienen una multitud de medios misteriosos de correspondencia. Se envían el canto de los pájaros, el perfume de las flores, la risa de los niños, la luz del sol, los suspiros del viento, los rayos de las estrellas, toda la creación. ¿Y por qué no? Todas las obras de Dios están hechas para servir al amor. El amor es bastante poderoso para emplear á toda la naturaleza en sus mensajes.

¡Oh primavera, tú eres la carta que le escribo!


El porvenir pertenece más á los corazones que á las almas. El amor es lo único que puede ocupar y llenar la eternidad. El infinito necesita lo inagotable.


El amor es una parte del alma misma, es de la misma naturaleza que ella. Como ella es una chispa divina; como ella es incorruptible, indivisible, imperecedero. Es una partícula de fuego que está en nosotros, que es inmortal é infinita, á la cual nada puede limitar, ni amortiguar. Se la siente arder hasta en la médula de los huesos, y se la ve brillar hasta en el fondo del cielo.


¡Oh amor, adoración, deleite de dos almas que se comprenden, de dos corazones que se cambian, de dos miradas que se penetran! ¿Vendréis á mí, no es verdad, felicidades? ¡Paseos de dos almas en la soledad! ¡Días benditos y radiantes! Á veces he soñado que de vez en cuando las horas se desprendían de las vidas de los ángeles y venían aquí abajo á recorrer los destinos de los hombres.


Dios no puede añadir nada á la dicha de los que se aman más que la duración sin fin. Una eternidad de amor, después de una vida de amor, es un aumento, en efecto; pero acrecentar en su intensidad misma la felicidad inefable que el amor da al alma desde este momento, le es imposible aun á Dios mismo. Dios es la plenitud del cielo; el amor es la plenitud del hombre.


Contempláis una estrella por dos motivos, porque es luminosa y porque es impenetrable; pues á vuestro lado tenéis una radiación más dulce y un misterio mayor, la mujer.


Todos, sin excepción, tenemos nuestros seres respirables. Si estos nos faltan, nos falta el aire y nos ahogamos. Entonces morimos. Morir por falta de amor es horrible. ¡Es la asfixia del alma!


Cuando el amor ha fundido y mezclado dos seres en una unidad angélica y sagrada, estos seres han hallado el secreto de la vida; no son más que los dos términos de un mismo destino; no son más que las dos alas de un mismo espíritu. ¡Amad, pues! ¡Elevaos!


El día en que una mujer que pasa delante de nosotros desprende luz al andar, estamos perdidos; es que la amamos. Ya no podemos hacer sino una cosa; pensar en ella con tal insistencia, que ella se vea obligada á pensar en nosotros.


Lo que el amor empieza, sólo puede ser acabado por Dios.


El amor verdadero se desespera y se encanta por un guante perdido, ó por un pañuelo encontrado, y necesita la eternidad para sus sacrificios y sus esperanzas. Se compone á la vez de lo infinitamente grande y de lo infinitamente pequeño.


Si sois piedra, sed imán; si planta, sensitiva; si hombre, amor.


Nada basta al amor. Si se tiene la felicidad, se desea el paraíso; si se tiene el paraíso, se desea el cielo.

¡Oh! vosotros los que os amáis, todo esto se halla en el amor. Aprended á encontrarlo. El amor tiene como el cielo la contemplación, y además el deleite.


¿Va ella todavía al Luxemburgo?—No, señor.—¿Es en esta iglesia donde oye misa, verdad?—Ya no viene.—¿Vive todavía en esta casa?—Se ha mudado.—¿Adónde ha ido á vivir?—No lo ha dicho.

¡Qué cosa tan sombría es ignorar las señas de la casa de nuestra alma!


El amor tiene niñerías, las otras pasiones tienen pequeñeces. ¡Vergüenza para las pasiones que empequeñecen al hombre! ¡Honor á la que le hace niño!


Una cosa extraña me sucede. ¿Sabéis cuál? Estoy en la obscuridad. Existe un ser que al irse se me ha llevado el cielo.


¡Oh! Estar echados juntos en la misma tumba con las manos enlazadas, y de cuando en cuando, en medio de las tinieblas, acariciarnos suavemente un dedo; esto satisfaría mi eternidad.


Los que padecéis porque amáis, amad más aún. Morir de amor, es vivir.


Amad. Una transfiguración sombría y estrellada se mezcla con este suplicio. Hay éxtasis en la agonía.


¡Oh, dicha de las aves! Tenéis el canto, porque tenéis nido.


El amor es una respiración celestial del aire del paraíso.


Corazones profundos, espíritus ilustrados, tomad la vida como Dios la ha hecho; la vida es una larga prueba, una preparación ininteligible para el destino desconocido. Este destino, el verdadero, principia para el hombre en el primer escalón interior de la tumba. Entonces se le aparece algo, y comienza á distinguir lo definitivo. ¡Lo definitivo! Pensad en esta palabra. Los vivos ven lo infinito; lo definitivo no se deja ver más que de los muertos. Mientras esperáis, amad y padeced, esperad y contemplad. ¡Desgraciado el que no haya amado más que cuerpos, formas, apariencias! La muerte se lo arrebatará todo. Procurad amar las almas, y volveréis á encontrarlas.


He encontrado en la calle un joven muy pobre que amaba. Su sombrero era viejo, su vestido usado y raído por los codos; el agua le entraba por los zapatos, y los astros penetraban en su alma.


¡Qué cosa tan grande es ser amado! ¡Pero aún es más grande amar! El corazón se hace heroico á fuerza de pasión. No se compone sino de pureza; se apoya solamente en lo más grande y elevado. En él no puede germinar un pensamiento indigno, como no puede germinar una ortiga en un ventisquero. El alma elevada y serena, inaccesible á las pasiones y á las emociones vulgares, que domina las nubes y las sombras de este mundo, las locuras, las mentiras, los odios, las vanidades, las miserias, habita en el azul del cielo, y no siente más que las conmociones profundas y subterráneas del destino, como las cumbres de las montañas sienten los temblores de tierra.


Si no hubiera alguien que amase, se extinguiría el sol.

V
Cosette después de la carta

Durante esta lectura, Cosette iba poniéndose pensativa poco á poco.

En el instante en que levantó los ojos de la última línea del cuaderno, el lindo oficial pasó triunfante por delante de la verja.

Cosette le encontró repugnante.

Volvió á fijarse en el cuaderno.

Está escrito, pensaba Cosette, con una letra encantadora; de la misma mano, pero con diversa tinta, ya negra, ya blanquecina como cuando se echa la tinta en el tintero, y por consiguiente en distintos días.

Era, pues, aquello, un pensamiento que se había derramado allí, suspiro á suspiro, irregularmente, sin orden, sin elección, sin objeto, al azar.

Cosette no había leído nunca nada semejante.

Aquel manuscrito en que veía más luz que obscuridad, le causaba el mismo efecto que un santuario entreabierto.

Cada una de sus misteriosas líneas resplandecía á sus ojos, inundaba su corazón de una luz extraña.

La educación que había recibido le había hablado siempre del alma y nunca del amor; así como si se hablase del tizón sin hablar de la llama.

Aquel manuscrito de quince páginas le revelaba suave y repentinamente todo el amor, el destino, la vida, la eternidad, el principio y el fin.

Era como una mano que se hubiese abierto y le hubiese arrojado súbitamente un puñado de rayos.

Descubría en aquellas líneas una naturaleza apasionada, ardiente, generosa, honrada; una voluntad sagrada, un inmenso dolor, y una esperanza inmensa; un corazón oprimido, y un éxtasis manifestado.

¿Y qué era aquel manuscrito? Una carta. Una carta sin señas, sin nombre, sin fecha, sin firma, apremiante y desinteresada, enigma compuesto de verdades; mensaje de amor escrito para ser llevado por un ángel, y leído por una virgen; cita dada fuera de la tierra; billete amoroso de un fantasma á una sombra.

Era un ausente tranquilo y oprimido, que parecía dispuesto á refugiarse en la muerte, y que enviaba á la ausente el secreto de su destino, la clave de la vida: el amor.

Aquello había sido escrito con los pies en la tumba y el dedo en el cielo.

Aquellas líneas, que habían caído una á una sobre el papel, podrían llamarse gotas del alma.

Pero ¿de quién podían ser aquellas páginas? ¿Quién las había escrito?

Cosette no dudó ni un instante. Sólo un hombre.

¡Él!

Habíase iluminado su alma; todo había vuelto á aparecer; sentía una alegría indecible y una angustia profunda.

¡Era él! ¡Él, quien escribía! ¡Él, que estaba allí! ¡Él, que había pasado el brazo á través de la verja! Mientras ella le olvidaba, él la había encontrado.

Pero ¿le había olvidado? ¡No! ¡Nunca!

Era una locura creerlo un sólo instante; le había amado y adorado siempre.

El fuego se había cubierto, y había estado oculto algún tiempo; pero ella le veía; no había hecho más que ahondar un poco, y ya brillaba de nuevo y la abrasaba toda entera.

Aquel cuaderno era como una chispa de otra alma caída en la suya.

Sentía renacer el fuego; nuevamente se penetraba de cada palabra del manuscrito:

—¡Ah, sí!—decía.—¡Cómo reconozco todo esto! Es lo que he leído en sus ojos.

Cuando acababa de leer por tercera vez, el teniente Teódulo volvió á [Pg 191] pasar delante de la verja haciendo sonar las espuelas, lo que hizo que levantara Cosette los ojos y que le pareciese soso, tonto, necio, vano, fatuo, desagradable, impertinente y feo.

El oficial creyó que debía dirigirle una sonrisa.

Cosette se volvió avergonzada é indignada. De buena gana le hubiera [Pg 192] tirado algo á la cabeza.

Marchóse pues, entró en la casa, y se encerró en su cuarto para volver á leer el manuscrito, para aprendérselo de memoria, y para pensar.

Cuando lo hubo leído y releído, lo besó y se lo guardó en el corsé.

Era ya un hecho; Cosette había caído en la profundidad del amor [Pg 193] seráfico; acababa de abrirse el abismo Edén.

Cosette pasó todo el día sumida en una especie de aturdimiento.

Apenas pensaba; sus ideas estaban en el estado de un ovillo enredado en su cerebro; no acertaba á conjeturar; esperaba al través de su turbación ¿el qué? algo vago.

No se atrevía á prometerse nada, y nada quería desechar; cruzaban su frente sombras pálidas, y temblaba su cuerpo.

Parecíale á veces que penetraba en lo quimérico, y se decía: «¿Es esto real?». Y tentaba el papel querido bajo su vestido, le oprimía contra su corazón, sentía los dobleces sobre su pecho; y si Juan Valjean la hubiera visto en aquel momento, se habría estremecido ante aquella alegría luminosa y desconocida que brotaba de sus ojos.

—¡Oh, sí!—pensaba ella.—¡Es indudablemente él! ¡Esto es de él para mí!

Y creía que una intervención de los ángeles, que una casualidad celestial [Pg 194] lo había puesto á su alcance.

¡Oh transfiguraciones del amor! ¡Oh sueños! Aquella casualidad celestial, aquella intervención de los ángeles, era la bolita de pan lanzada de [Pg 195] un ladrón á otro ladrón; del patio de Carlomagno á la cueva de los Leones, por encima de los tejados de la Fuerza.

[Pg 196]

VI
Los viejos están hechos para ser oportunos

Llegada la noche salió Juan Valjean, y Cosette se vistió.

Peinóse del modo que le sentaba mejor, y se puso un vestido, cuyo cuerpo había recibido una tijeretada más, y descubría por la escotadura el nacimiento del cuello; era, como dicen las jóvenes, «algo inocente».

No lo era en realidad, ni en grado mínimo, pero era más bonito que otro.

¡Se vistió de aquel modo sin saber por qué!

¿Quería salir? No.

¿Esperaba alguna visita? Tampoco.

Al anochecer bajó al jardín. La tía Santos estaba ocupada en la cocina, que daba al patio de detrás.

Empezó á pasear bajo los árboles, separando las ramas de cuando en cuando con la mano, porque las había muy bajas.

Así llegó al banco. Allí estaba todavía la piedra.

Sentóse, y dejó caer su blanca mano sobre la piedra, como si quisiese acariciarla y manifestarle agradecimiento.

De pronto sintió esa impresión indefinible que experimentamos aún sin ver, cuando está detrás de nosotros alguien de pie.

Volvió la cabeza, y se levantó. Era él.

Tenía la cabeza descubierta; parecía pálido y flaco; apenas se distinguía su traje negro.

El crepúsculo blanqueaba su hermosa frente, y cubría sus ojos de tinieblas.

Tenía algo propio de la muerte y de la noche, bajo un velo de incomparable dulzura.

Su rostro aparecía iluminado por la claridad del día que muere, y por el pensamiento de un alma que se va.

Parecía que no era aún fantasma; pero que no era ya hombre.

Su sombrero estaba caído á algunos pasos entre la yerba.

Cosette, próxima á desfallecer, no dió ni un grito.

Retrocedió lentamente, porque se sentía atraída.

Él no se movió. Cosette sentía la mirada de sus ojos, que no podía distinguir entre el velo inefable y triste que le rodeaba.

Cosette, al retroceder, encontró un árbol y se apoyó en él; sin aquel árbol, hubiera caído al suelo.

Entonces oyó su voz, aquella voz que realmente no había oído nunca, y que apenas sobresalía del susurro de las hojas, y que murmuraba:

—Perdonadme, aquí estoy. Tengo el corazón henchido; no podía vivir como estaba, y he venido. ¿Habéis leído lo que he puesto en ese banco? ¿Me conocéis? No tengáis miedo de mí. ¿Os acordáis de aquel día, hace ya mucho tiempo, en que me mirasteis? Fué en el Luxemburgo, junto al Gladiador. ¿Y del día que pasasteis cerca de mí? El 16 de junio y el 2 de julio, hace cerca de un año. ¡Cuánto tiempo he pasado sin veros!

«He preguntado á la alquiladora de sillas, y me ha dicho que ya no os veía. Vivíais en la calle del Oeste en un tercer piso de una casa nueva; ya veis que lo sé. Yo os seguía. ¿Qué había de hacer? Después desaparecisteis. Creí veros pasar una vez cuando estaba yo leyendo los periódicos bajo los arcos del Odeón, y corrí; pero no, era una joven que llevaba un sombrero como el vuestro.

«Por la noche vengo aquí. No temáis, nadie me ve; vengo á mirar de cerca vuestras ventanas. Ando muy quedo para que no lo oigáis, porque podríais tener miedo. La otra noche estaba detrás vuestro; os volvisteis y huí. Una vez os oí cantar, y fuí dichoso. ¿Os incomoda que os oiga cantar á través de las persianas? Esto no os molesta, ¿verdad?

«Ya lo veis, sois mi ángel; dejadme venir; creo que me voy á morir. ¡Sí supierais! ¡Os adoro! Perdonadme; os hablo, y no sé lo que os digo. Os incomodo tal vez. ¿Es verdad que os incomodo?».

—¡Oh, madre mía!—dijo Cosette.

Y se dobló sobre sí misma como si se muriera.

Él la cogió; ella desfallecía. Tomóla en sus brazos, la apretó estrechamente sin tener conciencia de lo que hacía, y la sostuvo vacilante.

Estaba como si tuviese la cabeza llena de humo; veía pasar relámpagos ante sus ojos; sus ideas se desvanecían; le parecía que realizaba un acto religioso, y que cometía una profanación.

Por lo demás, no experimentaba el menor deseo hacia aquella mujer seductora, cuyas formas sentía sobre su pecho.

Estaba perdido de amor.

Le tomó una mano y se la puso sobre el corazón.

Sintió el papel que tenía allí, y balbuceó:

—¿Me amabais pues?

Cosette respondió en una voz tan baja, que no era sino un suspiro casi imperceptible:

—¡Cállate; ya lo sabes!

Y ocultó su frente ruborizada en el pecho del joven altivo y embriagado.

Cayó él sobre el banco, y ella á su lado.

No tenían ya palabras.

Las estrellas empezaban á brillar.

¿Cómo fué que sus labios se encontraron?

¿Cómo es que el pájaro canta, que la nieve se funde, que la rosa se abre, que mayo extiende su fragancia, que el alba blanquea detrás de las negras arboledas en la cumbre ondulante de las colinas?

Un beso; esto fué todo.

Los dos se estremecieron, y se miraron en la sombra con ojos deslumbradores.

No sentían ni el frío de la noche, ni la frialdad de la piedra, ni la humedad de la tierra, ni la yerba mojada. Se miraban, y tenían el corazón lleno de pensamientos.

Se habían cogido las manos sin saberlo.

Ella no le preguntaba nada; no pensaba ni aún por dónde había entrado, y cómo había penetrado en el jardín.

¡Le parecía ya tan sencillo que estuviese allí!

De cuando en cuando la rodilla de Mario tocaba la rodilla de Cosette, y ambos se estremecían.

Por intervalos, Cosette tartamudeaba alguna palabra vaga.

Su alma temblaba en sus labios como una gota de rocío en una flor.

Poco á poco se hablaron.

La expansión sucedió al silencio, que es la plenitud.

La noche brillaba serena y espléndida sobre sus cabezas.

Aquellos dos seres puros como dos espíritus, se lo dijeron todo; sus sueños, sus felicidades, sus éxtasis, sus quimeras, sus desfallecimientos; cómo se habían adorado de lejos, cómo se habían deseado, y su desesperación cuando habían dejado de verse.

Se confiaron en una intimidad ideal, que nada podía aumentar lo que tenían más oculto y misterioso.

Se contaron con una fe cándida en sus ilusiones todo lo que el amor, la juventud y el resto de la infancia que había en ellos les hacía pensar.

Aquellos dos corazones se derramaron uno en otro, de modo que al cabo de una hora, él poseía el alma de ella y ella el alma de él.

Se compenetraron, se encantaron, se deslumbraron.

[Pg 197]

Cuando acabaron, cuando se lo hubieron dicho todo, ella reposó su cabeza en el hombro de Mario, y le preguntó:

—¿Cómo os llamáis?

—Me llamo Mario,—dijo él.—¿Y vos?

—Yo me llamo Cosette.

LIBRO SEXTO
EL NIÑO GAVROCHE

[Pg 198]

I
Endiabladuras del viento

Desde 1823, mientras que el bodegón de Montfermeil se obscurecía y desaparecía poco á poco, no en el abismo de una bancarrota, sino en la cloaca de las pequeñas deudas, los Thénardier habían tenido otros dos hijos, varones ambos. Con estos eran cinco, dos hembras y tres varones; lo cual era mucho.

La Thénardier se había desembarazado de los dos últimos, cuando eran aún pequeñitos, con una felicidad singular.

Hemos dicho desembarazado, y realmente ésta es la palabra, porque en aquella mujer no había más que un fragmento de naturaleza; fenómeno del que hay otros ejemplos.

Como la mariscala de Lamothe Houdancourt, la Thénardier sólo era madre para sus hijas.

Allí terminaba su maternidad.

Su odio al género humano empezaba en sus hijos; por el lado de éstos su maldad estaba, por así decirlo, cortada á pico, y su corazón tenía en este lugar una lúgubre escarpadura.

Como ya hemos visto, detestaba al mayor, y execraba á los otros dos.

¿Por qué? Porque sí.

El más terrible de los motivos, y la más indiscutible de las respuestas: Porque sí.

—No necesito una manada de chicos,—decía la tal madre.

Expliquemos cómo los Thénardier habían llegado á librarse de sus dos últimos hijos, y hasta á sacar provecho de ellos.

Aquella muchacha Magnon, de quien hemos hablado en otro lugar, era la misma que había conseguido sacar una pensión al buen señor Guillenormand para los dos hijos que tenía.

Vivía en el muelle de los Celestinos, en el ángulo de la antigua calle del Almizcle, que ha hecho lo posible por cambiar en buen olor su mala fama.

Muchos recordamos la gran epidemia del garrotillo que devastó hace treinta años los barrios ribereños del Sena en París, y de que la ciencia se aprovechó para experimentar en gran escala la eficacia de las insuflaciones de alumbre, tan útilmente reemplazadas hoy por la tintura externa de yodo.

En aquella epidemia la Magnon perdió en un mismo día sus dos hijos, pequeños aún, uno por la mañana y otro por la tarde.

Esto fué un gran golpe, porque aquellas criaturas eran muy necesarias á su madre; representaban ambas diez y seis duros al mes.

Estos diez y seis duros eran pagados exactamente en nombre del señor Guillenormand, por su procurador Barge, ujier ó alguacil retirado, que vivía en la calle del Rey de Sicilia.

Muertos los niños, la pensión quedaba enterrada.

La Magnon buscó un expediente.

En aquella tenebrosa masonería del mal, de que formaba parte, se guarda el secreto, y se prestan todos mutuo auxilio.

La Magnon necesitaba dos hijos, la Thénardier los tenía, y precisamente del mismo sexo, y de la misma edad.

Buen acomodo para la una, y una buena colocación para la otra.

Los hijos de la Thénardier se convirtieron en hijos de la Magnon.

Ésta se mudó del muelle de los Celestinos á la calle Clocheperce. En París la identidad que liga á un individuo á sí mismo se rompe de una calle á otra.

El estado civil, no advertido por nada, no reclamó, y la sustitución se hizo del modo más fácil del mundo.

Sólo la Thénardier exigió, por el préstamo de sus hijos, dos duros al mes, que la Magnon prometió, y aun pagó.

No hay que decir que el señor Guillenormand continuó pagando.

Cada seis meses iba á ver á los niños, y no notó el cambio.

—Señor,—le decía la Magnon,—¡cómo se os parecen!

El señor Guillenormand se encogía de hombros sonriendo.

Thénardier, que encontraba fáciles todos los disfraces, aprovechó esta ocasión para convertirse en Jondrette.

Sus dos hijas y Gavroche apenas habían tenido tiempo de notar que tenían dos hermanitos.

En cierto grado de miseria se apodera del alma una especie de indiferencia espectral, y se ve á los seres como larvas.

Las personas más allegadas aparecen á veces como vagas formas de la sombra, que apenas se distinguen del fondo nebuloso de la vida, confundiéndose fácilmente en lo invisible.

La noche del día en que había hecho entrega de sus dos hijos á la Magnon, con voluntad expresa de renunciar á ellos para siempre, la Thénardier había tenido, ó aparentado tener, un escrúpulo, y había dicho á su marido:

—¡Pero esto es abandonar á estas criaturas!

Thénardier, magistral y flemático, cauterizó el escrúpulo con esta sentencia:

—¡Juan Jacobo Rousseau hizo todavía más!

La madre pasó entonces del escrúpulo á la inquietud.

—¿Y si la policía nos persiguiese? Dime, amigo, ¿es esto permitido?

Thénardier respondió:

—Todo es permitido. Nadie verá en esto más que una trasparencia. Por otra parte, en muchachos que no tienen un sueldo, á nadie le importa mirar muy de cerca.

La Magnon era una especie de elegante del crimen. Se vestía con esmero.

Compartía su habitación, amueblada de una manera afectada y miserable, con una astuta ladrona inglesa afrancesada.

Esta inglesa, naturalizada parisiense, recomendable por sus buenas relaciones, íntimamente ligada á las medallas de la Biblioteca y á los diamantes de la actriz Mars, fué después célebre en los anales judiciarios. Llamábanla la señorita Miss.

Los dos niños que, por decirlo así, cayeron en suerte á la Magnon, no tuvieron de qué quejarse.

Recomendados por los diez y seis duros, estaban cuidados como todo lo que es explotado; no estaban mal vestidos ni mal alimentados; se les trataba como á unos «señoritos», mejor por su falsa madre que por la verdadera.

La Magnon se hacía la señora, y no hablaba en germanía delante de ellos.

Así pasaron algunos años.

Thénardier auguraba bien.

Un día que la Magnon le entregaba sus diez francos mensuales, le dijo:

—Será preciso que «el padre» les dé educación.

Pero de repente, aquellos dos pobres niños, bastante protegidos hasta allí, aun por su mala suerte, fueron lanzados bruscamente en la vida y obligados á empezar á recorrerla.

Un arresto en masa de malhechores como la de la covacha de Jondrette, que necesariamente había de complicarse con requisitorias y prisiones ulteriores, es un verdadero desastre para esa horrible contra-sociedad oculta, que vive bajo la sociedad pública; una aventura de ese género arrastra tras sí toda clase de derrumbamientos en ese mundo sombrío.

La catástrofe de los Thénardier produjo la catástrofe de la Magnon.

Un día, poco tiempo después que la Magnon hubo dado á Eponina el billete relativo á la calle Plumet, se verificó en la calle Clocheperce una repentina visita de la policía; la Magnon fué presa, lo mismo que la señorita Miss, y toda la vecindad, que era sospechosa, tuvo que pasar por la redada.

Los dos chiquitines estaban jugando en aquel momento en un patio, [Pg 199] y no vieron nada de la catástrofe.

Cuando volvieron hallaron la puerta cerrada y la casa vacía.

Un zapatero de un portal de enfrente les llamó, y les dió un papel que su «madre» había dejado para ellos.

En el papel había escritas unas señas: Barge, recaudador de rentas, calle del Rey de Sicilia, número 8.

[Pg 200]

El hombre del portal les dijo:

—Ya no vivís ahí. Id allá. Está muy cerca. La primera calle á la izquierda. Preguntad el camino con este papel.

Los chicos se fueron, el mayor conduciendo al menor, y llevando el [Pg 201] papel que debía guiarlos en la mano. Tenía frío; sus deditos hinchados se cerraban mal, y apenas sostenían el papel.

Al dar la vuelta de la calle Clocheperce, se lo arrancó una ráfaga de viento, y como caía la noche, el chiquillo no pudo encontrarle.

Comenzaron, por lo tanto, á vagar al azar por las calles.

[Pg 202]

II
Donde el pequeño Gavroche saca partido de Napoleón el Grande

La primavera en París suele ser interrumpida por brisas ásperas y rudas, que le dejan á uno, no precisamente helado, pero sí aterido de frío; estas brisas, que entristecen los más hermosos días, causan el mismo efecto que aquellos soplos de aire glacial que penetran en un cuarto templado, por las rendijas de las ventanas ó por las puertas mal cerradas.

Parece que la sombría puerta del invierno se ha quedado entreabierta, y deja penetrar el aire.

En la primavera de 1832, época en que apareció la primera gran epidemia de este siglo en Europa, aquellas brisas fueron más acres y punzantes que nunca; era que estaba medio abierta una puerta más fría aún que la del invierno; era la puerta del sepulcro.

Sentíase en las tales brisas el aliento del cólera.

Bajo el punto de vista meteorológico, estos vientos fríos tenían de particular que no excluían una fuerte tensión eléctrica; y estallaron en aquella época frecuentes tempestades acompañadas de relámpagos y truenos.

Una tarde en que estas brisas soplaban rudamente, de modo que parecía haber vuelto el mes de enero, y las gentes se habían vuelto á poner los abrigos, el niño Gavroche, temblando siempre alegremente de frío bajo sus harapos, estaba de pie y como en éxtasis delante de una peluquería de los alrededores del Olmo de San Gervasio.

Llevaba un pañuelo de lana de mujer, sacado de no sabemos dónde, el cual había habilitado de tapa-bocas; parecía que estaba admirando profundamente una figura de cera escotada y adornada con flores de azahar, que daba vueltas en el escaparate, mostrando su sonrisa á los transeúntes entre dos quinqués; pero en realidad observaba la tienda para ver si podía «birlar» del escaparate una pastilla de jabón, que iría á vender enseguida por dos sueldos á un «peluquero» de las afueras.

Muchos días almorzaba con una de aquellas pastillas, y llamaba á este género de trabajo, para el cual tenía cierto talento, «hacer la barba á los barberos».

Contemplando, pues, la novia de cera y flechando á la vez la pastilla, decía entre dientes:

—Martes. No es martes. ¿Es acaso martes? Quizá es martes. Sí, martes es.

Nunca se ha sabido á qué se refería este monólogo.

Si por casualidad se refería á la última vez que había comido, hacía ya tres días, porque era viernes.

El barbero en su tienda, templada por una buena chimenea, afeitaba á un parroquiano, y dirigía de cuando en cuando una mirada de soslayo á aquel enemigo, á aquel pilluelo helado y descarado que tenía las dos manos en los bolsillos, pero el espíritu evidentemente desenvainado.

Mientras que Gavroche examinaba la figura, el escaparate y los jabones de Windsor, dos niños, de estatura desigual, vestidos con esmero y menores que él, uno como de siete años, y otro de cinco, hicieron girar tímidamente el picaporte y entraron en la tienda pidiendo algo, una limosna quizá, con un murmullo lastimero, que parecía más bien un gemido que una súplica.

Hablaban ambos á la vez, y sus palabras eran ininteligibles, porque los sollozos ahogaban la voz del menor, y el frío hacía temblar los dientes del mayor.

El barbero se volvió con rostro airado, y sin abandonar la navaja, empujando al mayor con la mano izquierda, y al pequeño con la rodilla, los echó á la calle y cerró la puerta, diciendo:

—¡Venir á enfriarnos para nada!

Los dos niños volvieron á emprender su marcha llorando.

Á todo esto había sobrevenido una nube, y comenzaba á llover.

Gavrochillo, corrió detrás de ellos, les alcanzó, y les dijo:

—¿Qué os pasa, muchachos?

—No sabemos dónde dormir,—respondió el mayor.

—¿Y es eso todo? ¡Vaya una gran cosa! ¿Y lloras por eso? ¡Tontuelos!

Y tomando, á través de su superioridad algo burlona, cierto acento de tierna autoridad y dulce protección, añadió:

—Monigotes, veníos conmigo.

—Sí, señor,—prorrumpió el mayor.

Y los dos niños le siguieron, como hubieran podido seguir á un arzobispo, dejando de llorar.

Gavroche les hizo subir por la calle de San Antonio en dirección de la Bastilla.

Y al tiempo que se alejaba, dirigió una mirada indignada y retrospectiva á la peluquería.

—No tiene corazón ese bacalao,—murmuró;—es un inglesote.

Una muchacha, que vió marchar á los tres en fila y Gavroche á la cabeza, soltó una ruidosa carcajada.

Esta risa era una falta de respeto al grupo.

—Buenos días, señorita Ómnibus,—díjole Gavroche.

Y un instante después, acordándose del peluquero, añadió:

—He equivocado la bestia; no es un bacalao, sino una serpiente. Peluquero, ya buscaré un herrero y haré que te ponga un cascabel en la cola.

Aquel peluquero, le había vuelto agresivo, y apostrofó, saltando un arroyo, á una portera barbuda y digna de encontrar á Fausto en el Brocken, la cual tenía su escoba en la mano.

—Señora,—le dijo,—¿salís vos con vuestro caballo?

Y al mismo tiempo salpicó de lodo las botas charoladas de un transeúnte.

—¡Bribón!—exclamó el transeúnte furioso.

Gavroche asomó la nariz por sobre el tapa-bocas.

—¿Se queja el señor?

—¡De ti!—dijo el transeúnte.

—Se ha cerrado el despacho,—dijo Gavroche,—y ya no admito reclamaciones.

Entretanto, como seguían subiendo la calle, descubrió bajo una puerta cochera á una mendiga de trece á catorce años, helada, y con un vestido tan corto, que apenas le llegaba á la rodilla.

La chica empezaba á ser ya grandullona para ello.

El crecer suele jugar esas malas pasadas; el vestido se hace corto, precisamente en el momento en que la desnudez se hace indecente.

—¡Pobre chica!—dijo Gavroche. Ni pantalones lleva. Toma esto, al menos.

Y quitándose el pañuelo de lana que le abrigaba el cuello, lo echó sobre los demacrados y amoratados hombros de la pobre, con lo que el tapa-bocas volvió á ser pañuelo.

La chicuela le contempló asombrada, y aceptó el pañuelo sin decir nada.

En cierto grado de infelicidad, el pobre en su estupor no llora ya el mal que siente, ni agradece tampoco el bien que recibe.

Hecho esto:

—¡Birr!—dijo Gavroche, estremeciéndose más que san Martín, quien al menos se quedó con la mitad de su capa.

Después de este ¡birr! redobló con furia el turbión. Malos cielos hay que castigan las buenas acciones.

—¡Ah!—exclamó Gavroche.—¿Qué significa esto? Llueve otra vez. Buen Dios, si esto sigue así, retiro mi abono.

Y siguió su camino.

—Es igual,—dijo después, echando una mirada á la pobre que se arrebujaba en el pañuelo; ahí está ésa, que tiene una magnífica tela de cebolla.

Y mirando á la nube, gritó:

—¡Petardo!

Los dos niños seguían detrás de él.

Al pasar por delante de uno de esos estrechos enrejados de alambre que indican una panadería, porque el pan se pone como el oro entre rejas de hierro, se volvió Gavroche, y dijo:

—¡Ah, monigotes! ¿Se ha comido ya?

—Señor,—respondió el mayor,—no hemos comido nada desde esta mañana.

—¿No tenéis, pues, ni padre ni madre?—repuso majestuosamente Gavroche.

—Si tal, señor; tenemos papá y mamá, pero no sabemos dónde están.

—Á veces vale más eso que saberlo,—dijo Gavroche, que era todo un pensador.

—Ya hace dos horas,—continuó el mayor,—que estamos andando. Hemos buscado algo que comer en los rincones, y no hemos encontrado nada.

—Lo sé,—dijo Gavroche.—Los perros se lo comen todo.

Y continuó después de un momento de silencio:

—¡Ah! Hemos perdido á los autores de nuestros días. No sabemos qué hemos hecho de ellos. Esto no está bien, picarillos. Es muy tonto eso de perderse como personas mayores. ¡Ah! Sin embargo, es preciso aguzar.

Por lo demás, no les hizo ninguna pregunta. ¿Hay nada más sencillo que no tener domicilio?

El mayor de los dos niños, entregado ya casi por completo á la pronta indiferencia de la infancia, exclamó:

—Pero es extraño, sin embargo. Mamá nos había dicho que nos llevaría á comprar romero bendito el domingo de Ramos.

—¡Novatos!—respondió Gavroche.

—Mamá,—añadió el mayor,—es una señora que vive con la señorita Miss.

—Como suena,—replicó Gavroche.

En esto se había parado, y andaba hacía rato tentando y registrando todos los rincones que tenía en sus andrajos.

Por fin, levantó la cabeza con una expresión que quería parecer satisfecha, pero que en realidad era triunfante.

—Calma, monines. Ya tenemos con qué cenar los tres.

Y sacó de uno de sus bolsillos un sueldo.

Y sin dejar á los chicos tiempo para alegrarse, los empujó delante de sí hacia la tienda de un panadero, y puso el sueldo sobre el mostrador, gritando:

—¡Mozo! cinco sueldos de pan.

El panadero, que era el amo en persona, cogió un pan y un cuchillo.

—¡En tres pedazos, mozo!—gritó Gavroche.

Añadiendo con dignidad:

—Somos tres.

Y viendo que el panadero, después de haber examinado á los tres comensales, había tomado un pan moreno, metióse profundamente el dedo en la nariz, con una aspiración tan imperiosa como si tuviese entre los dedos un polvo de tabaco de Federico el Grande, y dirigió al rostro del panadero este apóstrofe indignado:

—¿Kek se kça?

Los lectores que crean ver en esta interpelación de Gavroche una palabra rusa ó polaca, ó uno de esos gritos salvajes que los Yoways y los Botocudos se dirigen de una orilla á otra del río, al través de las soledades, deben saber que no pasa de ser una frase que dicen todos los días ellos (nuestros lectores), y que ocupa el lugar de esta otra: «¿qué es eso?».

El panadero comprendió perfectamente, y respondió:

—¿Qué? Es pan; pan muy bueno de segunda clase.

—Pan negro, habéis querido decir,—replicó Gavroche, tranquilo y fríamente desdeñoso.—¡Pan blanco, mozo! Pan jabonado. Yo convido.

El panadero no pudo dejar de reirse, y cortando el pan blanco, quedóse mirándoles de una manera compasiva, que chocó á Gavroche.

—¡Ah, pastelero!—dijo éste.—¿Qué nos estáis midiendo?

Puestos los tres cabo á cabo, apenas medían seis pies.

Cuando hubo cortado el pan, guardóse el panadero el sueldo, y Gavroche dijo á los dos niños:

—Jamad.

Los chicos le miraron sorprendidos.

Gavroche se echó á reir.

—¡Calla! Es verdad; no entienden todavía. ¡Son tan pequeños!

Y repuso:

—Comed.

Al mismo tiempo dió á cada uno un pedazo de pan.

Y pensando que el mayor, que le parecía más digno de su conversación, merecía alguna distinción especial, y debía perder todo temor para satisfacer su apetito, le dijo, dándole el mayor pedazo:

—Echa ese cartucho en el fusil.

Había un pedazo más pequeño que los otros dos, y se quedó con él.

Los pobres niños estaban hambrientos. Gavroche lo conoció.

Mientras comían el pan con buenos dientes ocupaban la panadería, cuyo dueño, después de haber cobrado, los contemplaba de no muy buena gana.

—Volvamos á la calle,—dijo Gavroche.

Y tomaron la dirección de la Bastilla.

De cuando en cuando, al pasar por delante de las tiendas iluminadas, el más pequeño se detenía para ver la hora en un reloj de plomo, que llevaba colgado del cuello en un cordón.

—Es verdaderamente un tontuelo,—decía Gavroche.

Y después, murmuraba pensativo entre dientes:

—Es igual. Si tuviese yo monigotes, les ataría más corto.

Cuando iban ya acabando el pedazo de pan, llegaban al ángulo de aquella lúgubre calle de los Bailes, en cuyo fondo se descubre el postigo bajo y repulsivo de la cárcel de la Fuerza.

—¡Calla! ¿Eres tú, Gavroche?—preguntó alguien.

—¡Calla! ¿Eres tú, Montparnasse?,—dijo Gavroche.

Era un hombre que acababa de abordar al pilluelo, y el cual no era otro que Montparnasse, disfrazado con anteojos azules, pero no desfigurado para Gavroche.

—¡Diablo!—prosiguió Gavroche.—Lleva un pelaje color de cataplasma de harina de linaza, y anteojos azules como un médico. ¡Tienes apariencia, palabra de viejo!

—Chist,—prorrumpió Montparnasse,—no tan alto.

Y se llevó vivamente á Gavroche lejos de la luz de las tiendas.

Los dos chiquitines seguían maquinalmente cogidos de la mano.

Cuando estuvieron bajo la obscura archivolta de una puerta-cochera, al abrigo de las miradas y de la lluvia, le preguntó Montparnasse:

—¿Sabes adónde voy?

—Á la abadía de Monte á Regret[2],—le contestó Gavroche.

—¡Farsante!

Y Montparnasse añadió:

—Voy á buscar á Babet.

—¡Ah!—exclamó Gavroche;—ahora se llama Babet.

Montparnasse bajó la voz:

—No ella, sino él.

—¡Ah! ¡Babet!

—¡Sí! ¡Babet!

—Yo le creía á la sombra.

—Salió á la luz,—respondió Montparnasse.

Y contó rápidamente el pilluelo que aquella misma mañana Babet había sido trasladado á la Conserjería; y se había escapado, tomando la izquierda en vez de tomar la derecha en el «corredor de instrucción».

Gavroche admiró esta habilidad.

—¡Vaya un saca muelas!—dijo.

Montparnasse añadió algunos pormenores sobre la evasión de Babet, y concluyó diciendo:

—¡Oh! No es esto todo.

Gavroche, mientras escuchaba había cogido un bastón que Montparnasse llevaba en la mano, y tirando maquinalmente de la parte superior apareció la hoja de un puñal.

—¡Ah!—prorrumpió, rechazando vivamente el puñal,—has traído tu gendarme disfrazado de paisano. Montparnasse guiñó el ojo.

—¡Caramba!—añadió Gavroche.—¿Vas á agarrarte con los corchetes?

—No lo sé,—respondió Montparnasse con aire indiferente.—Siempre es bueno llevar un alfiler por si acaso.

Gavroche insistió:

—¿Qué vas á hacer esta noche?

Montparnasse tomó de nuevo el tono grave, y dijo mascando las sílabas:

—Negocios.

Y cambiando bruscamente de conversación:

—¡Á propósito!

—¿Qué?

—Una aventura que me pasó el otro día. Figúrate que me encuentro á un individuo; me regala un sermón y la bolsa. Meto ésta en la faltriquera, y un minuto después registro en la faltriquera, y ya no había nada.

—Más que el sermón,—añadió Gavroche.

—Pero, y tú,—repuso Montparnasse,—¿adónde[Pg 203] vas ahora?

Gavroche le señaló sus dos protegidos, y dijo:

—Voy acostar á estos chicos.

—¿Acostarlos á dónde?

—En mi casa.

—¿Cómo en tu casa?

—En mi propia casa.

—¿Tienes tu casa?

—¡Vaya si la tengo! Estoy domiciliado.

—¿Y dónde?

—En el elefante,—dijo Gavroche.

Montparnasse, aunque de carácter poco asustadizo, no pudo contener una exclamación:

¡En el elefante!

—¿Y qué? ¡Sí, en el elefante!—respondió Gavroche.—¿Kekçaa?

Esta es otra palabra de una lengua que nadie escribe y que todo el mundo habla. Kekçaa significa: ¿Y por qué no?

La profunda observación del pilluelo volvió la calma y el buen sentido á Montparnasse, quien pareció tener ya mejor concepto respecto á la habitación de Gavroche.

—¡En rigor!—dijo.—Sí, el elefante. ¿Y se está bien allí?

—Muy bien,—respondió Gavroche. Allí, en verdad, no hay aires colados como debajo de los puentes.

—¿Y cómo entras?

—Entrando.

—¿Hay entonces algún agujero?—preguntó Montparnasse.

—¡Cáspita! Pero no se debe decir. Entre las patas delanteras. Los soplones no lo han visto aún.

—Y tú trepas. Ya comprendo.

—Un cambio de mano, cric, crac, y está hecho; luego nadie.

Después de un momento de silencio, añadió Gavroche:

—Para estos pequeñuelos buscaré una escalera.

Montparnasse se echó á reir.

—¿Dónde diablos te has encontrado esos mochuelos?

Gavroche respondió con sencillez:

—Son unos monigotes que me ha regalado un peluquero.

Entre tanto, Montparnasse se había quedado pensativo.

—Me has conocido con facilidad,—murmuró.

Sacó del bolsillo dos objetos pequeños, que no eran más que dos cañones de pluma rodeados de algodón, y se introdujo uno en cada ventana de la nariz.

Esto le transformaba la nariz por completo.

—Eso te cambia,—dijo Gavroche.—Así estás menos feo. Deberías ir siempre de ese modo.

Montparnasse era un guapo mozo; pero Gavroche era un burlón.

—Sin que te rías,—dijo Montparnasse,—¿qué tal te parezco?

Había variado el timbre de su voz.

En un momento, Montparnasse se hallaba desconocido.

—¡Oh!... Haznos el «polichinela»,—exclamó Gavroche.

Los niños, que no habían oído nada hasta entonces, y que estaban ocupados en meterse los dedos en la nariz, se aproximaron al oir este nombre y miraron á Montparnasse con un principio de alegría y de admiración.

Desgraciadamente, Montparnasse estaba pensativo.

Puso la mano en [Pg 204]el hombro de Gavroche, y le dijo, acentuándolas bien, estas palabras:

—Oye lo que te digo, muchacho; si me encontrase en la plaza con mi dogo, mi daga y mi diga, y vinieses á prodigarme diez buenos sueldos, me dignaría ganarlos, porque no soy el jueves lardero.

Esta frase extraña produjo en el pilluelo un singular efecto.

Volvióse con presteza, miró á su alrededor con sus ojuelos brillantes, y descubrió á algunos pasos un agente de policía que estaba de espaldas.

Gavroche dejó escapar un «¡Ah, entiendo!» que reprimió enseguida, y dijo sacudiendo la mano de Montparnasse:

—Pues bien, buenas noches, me voy á mi elefante con mis monines. Por si acaso alguna noche me necesitas, ven á buscarme allí. Vivo en el entresuelo, no hay portero; preguntarás por el señor Gavroche.

—Está bien,—contestó Montparnasse.

Y se separaron, dirigiéndose Montparnasse hacia la Grève; y Gavroche hacia la Bastilla.

El pequeñuelo de cinco años, arrastrado por su hermano, que era arrastrado á su vez por Gavroche, volvió varias veces la cabeza para ver marcharse á «Polichinela».

La frase enigmática con que Montparnasse había avisado á Gavroche la presencia de un agente de policía, no contenía más secreto que la asonancia dig repetida algunas veces de diverso modo.

Esta sílaba dig, no pronunciada aisladamente, sino mezclada artísticamente con las palabras de una frase, quiere decir: Alerta, que no se puede hablar con libertad.

Había, además, en las palabras de Montparnasse una belleza literaria que no observó Gavroche: la frase mi dogo, mi daga y mi diga, locución de la germanía ó jerigonza del Temple, que significa mi perro, mi puñal y mi mujer, muy usada entre los pillos y granujas del gran siglo en que escribía Molière y dibujaba Callot.

Hace veinte años se veía aún en el ángulo sudeste de la plaza de la Bastilla, cerca del remanso del canal formado en el antiguo foso de la cárcel ciudadela, un extraño monumento que se ha borrado ya de la memoria de los parisienses, y que merecía haber dejado alguna huella, porque era una idea del «miembro del instituto,[Pg 205] general en jefe del ejército de Egipto».

Decimos monumento, aunque no era más que un maniquí; pero este maniquí, boceto prodigioso, cadáver grandioso de una idea de Napoleón, á la que dos ó tres vendavales sucesivos habían empujado y llevado cada vez más lejos de nosotros, habíase hecho ya histórico, y había tomado un carácter definitivo, que contrastaba con su aspecto provisional.

Era un elefante de cuarenta pies de alto, construido de madera y mampostería; tenía encima su torre, que parecía una casa, pintada primitivamente de verde por un pintor de brocha gorda, y después de negro por el cielo, la lluvia y el tiempo.

En aquel ángulo deshabitado y descubierto de la plaza, la ancha frente del coloso, su trompa, sus colmillos, su torre, su enorme grupa, sus cuatro pies semejantes á otras tantas columnas, dibujaban por la noche en el cielo estrellado un perfil sorprendente y terrible.

No se sabía lo que significaba; era una especie de símbolo de la fuerza popular; era una cosa sombría, enigmática é inmensa; era un fantasma poderoso y visible, y de pie, al lado del espectro invisible de la Bastilla.

Pocos extranjeros visitaban aquel edificio; ningún transeúnte se fijaba en él.

Caía ya en ruinas; en cada estación, los pedazos de yeso que se desprendían de sus costados, le producían llagas feísimas. «Los ediles», como se dicen en jerigonza elegante, le habían olvidado desde 1814.

Y allí estaba en su rincón, triste, enfermo, ruinoso, rodeado de una empalizada consumida, y manchada á cada instante por cocheros borrachos; muchas grietas le cruzaban el vientre; de la cola le salía un madero, y entre sus piernas crecían altas yerbas; y como el nivel de la plaza se elevaba hacía treinta años alrededor por ese movimiento lento y continuo que levanta insensiblemente el piso de las grandes ciudades, estaba en un hoyo, pareciendo que la tierra se hundía bajo su peso.

Era inmundo, despreciado, repugnante y soberbio: feo á los ojos del habitante, melancólico á los ojos del pensador.

Tenía algo de la basura que se va á barrer y algo de la majestad que se va á decapitar.

Como ya hemos dicho, por la noche cambiaba de aspecto.

La noche es el verdadero[Pg 206] centro de todo lo que es sombra.

Desde la caída del crepúsculo, el viejo elefante se transfiguraba; tomaba una figura tranquila y temerosa, en la formidable serenidad de las tinieblas.

Como pertenecía á lo pasado, le convenía la noche; la obscuridad sentaba bien á su grandeza.

Este monumento, rudo, abultado, pesado, áspero, austero, casi deforme, pero seguramente majestuoso, y lleno de cierta gravedad magnífica y salvaje, ha desaparecido para dejar reinar en paz la especie de estufa gigantesca, adornada con su cañón que ha reemplazado á la sombría fortaleza de nueve torres, como reemplaza la clase media al feudalismo.

Es cosa muy sencilla que una chimenea sea el símbolo de una época, cuyo poder está contenido en una marmita.

Esta época pasará, va pasando ya; se principia á comprender que si puede haber fuerza en una caldera, no puede haber poder más que en un cerebro; ó en otros términos, que lo que mueve y arrastra al mundo no son las locomotoras, son las ideas.

Uncid las locomotoras á las ideas; está bien, pero no toméis al caballo por el jinete.

En fin; el hecho es, volviendo á la plaza de la Bastilla, que el arquitecto del elefante había hecho con yeso una cosa grande, y el arquitecto del cañón de chimenea ha conseguido únicamente hacer con bronce una cosa pequeña.

Este cañón de chimenea, que ha sido bautizado con el pomposo nombre de Columna de Julio; este monumento, hijo de una revolución abortada, estaba rodeado todavía en 1832 de una inmensa camisa de madera, que por nuestra parte echamos de menos, y de una vasta empalizada de tablas, que acababa de aislar al elefante.

Hacia este rincón de la plaza, apenas iluminado por el reflejo de un lejano farol, se dirigió el pilluelo con los dos «monigotes».

Permítasenos detenernos aquí un instante, y recordar que estamos entre la simple realidad; que hace veinte años los tribunales correccionales juzgaron por delito de vagancia, y desperfectos de un monumento público, á un muchacho que había sido sorprendido durmiendo en el interior del elefante de la Bastilla.

Consignado este hecho, sigamos refiriendo.

Al llegar cerca del coloso, Gavroche comprendió el efecto que lo infinitamente grande podía producir en lo infinitamente pequeño, y dijo:

—¡Muñecos, no tengáis miedo!

Después entró por el hueco de la empalizada en el recinto que ocupaba [Pg 207]el elefante, y ayudó á los niños á pasar la brecha.

Los dos niños, algo asustados, seguían á Gavroche sin decir una palabra, y se entregaban á aquella pequeña providencia harapienta que les había dado pan y les había prometido albergue.

Había en el suelo una escalera de mano, que servía de día á los trabajadores de una obra inmediata.

Gavroche la levantó con singular vigor, y la aplicó contra una de las patas delanteras del elefante.

Hacia el punto en que terminaba la escalera, se distinguía un agujero negro en el vientre del coloso.

Gavroche enseñó la escalera y el agujero á sus huéspedes, y les dijo:

—Subid y entrad.

Los dos chiquillos se miraron aterrorizados.

—¡Tenéis miedo, monigotes!—exclamó Gavroche.

Y añadió:

—Vais á ver.

Agarróse al pie rugoso del elefante, y en un abrir y cerrar de ojos, sin dignarse hacer uso de la escala, llegó á la rendija; entró por ella como una culebra que se desliza por una hendidura, desapareció, y un momento después, los dos niños vieron aparecer vagamente una forma blanquecina y pálida; era su cabeza, que asomaba al borde del tenebroso agujero.

—¡Eh!—gritó.—¡Subid ahora, muñequillos! ¡Ya veréis qué bien se está aquí!

—Sube tú,—añadió, dirigiéndose al mayor;—yo te daré la mano.

Los chicos se dieron con los hombros; el pilluelo les infundía miedo y confianza á un tiempo, y luego llovía muy fuerte.

El mayor se arriesgó, y el pequeño, viendo subir á su hermano, y que se quedaba solo entre las patas de aquel enorme animal, estuvo á punto de llorar; pero no se atrevió.

El grande subía temblando por los peldaños de la escalera; Gavroche mientras tanto le animaba con las exclamaciones de un maestro de armas á sus discípulos, ó de un carretero á las mulas:

—¡No tengas miedo!

—¡Así, así!

—¡Adelante!

—¡Pon ahí el pie!

—¡Daca la mano!

—¡Valiente!

Y cuando estuvo á su alcance le cogió repentina y vigorosamente por el brazo, y le atrajo á sí.

—¡Ya te has colado!—le dijo.

El chiquillo había pasado[Pg 208] el agujero.

—Ahora,—dijo Gavroche,—aguardad. Caballero, tenga usted la bondad de sentarse.

Y saliendo por la rendija como había entrado, se deslizó con la agilidad de un tití por la pata del elefante, cayendo de pie sobre la yerba, cogió el pequeñuelo de cinco años por mitad del cuerpo, y le plantó en medio de la escalera.

Después empezó á subir detrás de él, gritándole al mayor:

—Yo le empujo: cógele tú.

En un instante fué subido el chiquillo, empujado, arrastrado, metido por el agujero sin que tuviese tiempo de darse cuenta de nada; Gavroche, que entró detrás de él, pegó una patada á la escalera, que cayó sobre la yerba, dió entonces una palmada y gritó:

—¡Ya estáis aquí! ¡Viva el general Lafayette!

Pasada esta explosión, añadió:

—¡Cominillos, estáis en mi casa!

Gavroche estaba, en efecto, en su casa.

¡Oh utilidad increíble de lo inútil! ¡Caridad de todo lo grande! ¡Bondad de los gigantes!

Aquel monumento desmesurado, que había contenido un pensamiento del emperador, se había convertido en la jaula de un pilluelo.

El muñeco había sido adoptado y abrigado por el coloso.

Los burgueses endomingados que pasaban los días de fiesta por delante del elefante de la Bastilla, decían midiéndole con la vista al nivel de su cabeza con cierto desprecio:

—¿De qué sirve eso?

Pues servía para proteger del frío, de la escarcha, del granizo y de la lluvia, para librar del aire del invierno, para preservar del sueño sobre el lodo que produce la fiebre, y del sueño sobre la nieve que produce la muerte, á un pequeño ser sin padre ni madre, sin pan, sin ropa, sin asilo.

Servía para recoger al inocente que la sociedad rechazaba.

Servía para remediar en algo una falta pública.

Era una cueva abierta para el que encontraba cerradas todas las puertas.

Parecía[Pg 209] que el viejo y miserable mastodonte, invadido por los gusanos y por el olvido, cubierto de verrugas, de mataduras y de úlceras, vacilante, carcomido, abandonado, condenado; especie de mendigo colosal que pedía en vano la limosna de una mirada benévola en medio de aquella explanada, había tenido lástima de aquel otro mendigo, del pobre pigmeo que andaba descalzo, sin techo bajo el cual cobijarse, soplándose los dedos, vestido de harapos, alimentándose de desperdicios.

Véase de qué servía el elefante de la Bastilla.

Aquella idea de Napoleón, despreciada por los hombres, había sido acogida por Dios.

Lo que sólo hubiera sido ilustre, se había hecho augusto.

El emperador habría necesitado para realizar lo que meditaba, el pérfido, el bronce, el hierro, el oro, el mármol; á Dios le bastaba aquella vieja trabazón de tablas, vigas y yeso.

El emperador había tenido un pensamiento digno del genio; con aquel elefante titánico, armado, prodigioso, elevando su trompa, llevando su torre, y haciendo salir de todas partes á su alrededor aguas alegres y vivificantes, quería formar la encarnación del pueblo. Dios había hecho una cosa más grande; alojaba allí á un niño.

El agujero por donde Gavroche había entrado era una rendija visible apenas por fuera, porque estaba oculta, como hemos dicho, bajo el vientre del elefante; y era tan estrecha, que sólo gatos y chiquillos pudieran pasar por ella.

—Empecemos,—dijo Gavroche,—por decir al portero que no estamos en casa.

Y penetrando en lo obscuro, con la seguridad del que conoce su casa, tomó una tabla y tapó el agujero.

Gavroche volvió á internarse en la obscuridad.

Los niños oyeron el chirrido del palito azufrado sumergido en la botellita fosfórica.

Las cerillas con fósforo no se conocían aún; el eslabón Fumade representaba en aquella época el progreso.

Una claridad súbita les hizo cerrar las ojos; Gavroche acababa de encender una de esas sogas impregnadas de resina que se llaman hachas de viento.

El hacha, que despedía más humo que luz, hacía confusamente visible lo interior del elefante.

Los dos huéspedes de Gavroche miraron en torno suyo, y experimentaron algo semejante á lo que sentiría quien se viese encerrado en el gran tonel de Heidelberg, ó más bien, lo que debió experimentar Jonás en el vientre de la ballena bíblica.

Se les aparecía un esqueleto gigantesco y los envolvía.

En lo alto, una gruesa viga obscura,[Pg 210] de la cual partían de distancia en distancia macizas viguetas cintradas, figuraba la columna vertebral con las costillas; estalactitas de yeso colgaban como vísceras, y de un lado á otro vastas telarañas hacían el efecto de polvorosos diafragmas.

Veíanse aquí y allí, en los rincones, grandes manchas negruzcas, que parecían dotadas de vida, y que se agitaban rápidamente con movimiento brusco y asustadizo.

Los pedazos caídos del dorso del elefante sobre el fondo del vientre habían llenado la concavidad, de modo que se podía caminar sobre ellos como sobre un tablado.

El menor de los niños se arrimó á su hermano, y dijo á media voz:

—¡Qué obscuridad!

Esta frase llamó la atención de Gavroche.

El aspecto petrificado de los dos niños hacía necesaria una explosión:

—¿Qué estáis diciendo?—exclamó.—¡Cómo se entiende! ¿Es cosa de burlas? ¿Nos hacemos los descontentos? ¿Necesitáis acaso las Tullerías? ¿Seréis unos majaderos? Decídmelo. Os prevengo que no pertenezco al batallón de los torpes. ¡Ah ya! Eso es que sois los pinches del mostacero del papa.

Un poco de aspereza, es conveniente á los miedosos; les alienta.

Los niños se arrimaron á Gavroche.

Éste, paternalmente enternecido de su confianza, pasó de «lo grave á lo dulce», y dirigiéndose al más pequeño:

—Bestia,—le dijo, pronunciando la injuria en tono cariñoso;—lo obscuro está en la calle. En la calle llueve, aquí no llueve; en la calle hace frío, aquí no hay un soplo de viento; en la calle hay gente, aquí no hay una alma; en la calle no hay luna siquiera, aquí hay una luz; ¡por vida de!...

Los dos niños empezaron á mirar aquella habitación con menos miedo; pero Gavroche no les dejó tiempo para contemplarla.

—Listos,—dijo.

Y los empujó hacia lo que podríamos llamar el fondo del cuarto.

Allí estaba su cama.

La cama de Gavroche era completa; es decir, tenía un colchón, una manta y una alcoba con cortinas.

El colchón era una estera de paja; la manta un pedazo de tejido de lana gris muy caliente, y casi nuevo.

Veamos ahora lo que era la alcoba.

Tres rodrigones bastante largos, metidos sólidamente entre el cascote del suelo; es decir, del vientre del elefante, dos delante y uno detrás, y unidos por una soga en su vértice, de modo que formaban una pirámide.

Esta pirámide sostenía un enrejado de alambre de latón colocado por cima, y artísticamente aplicado y amarrado con ataduras de alambre de hierro, de modo que nada podía pasar entre él y el suelo.

El enrejado no era más que un pedazo de esas alambreras de que se hacen las pajareras en los corrales.

La cama de Gavroche estaba colocada bajo el enrejado como en una jaula.

El conjunto parecía la tienda de un esquimal.

Ese enrejado es el que hacía las veces de cortina.

Gavroche apartó un poco las piedras que le sujetaban por delante,[Pg 211] y se separaron así los dos paños, que caían uno sobre el otro.

—¡Muñecos, á cuatro patas!—dijo Gavroche.

É hizo entrar con precaución á sus huéspedes en la alcoba; entró luego detrás de ellos, arrastrándose; volvió á acercar las piedras, y así quedó herméticamente cerrada la abertura.

Los tres se echaron sobre la estera.

Por pequeños que ellos fueran, ninguno podía estar de pie en la alcoba.

Gavroche seguía teniendo el cabo de vela en la mano.

—Ahora,—les dijo,—sornad. Voy á suprimir el candelero.

—Señor,—preguntó el mayor de los dos hermanos á Gavroche, indicando el enrejado,—¿qué es esto?

—¿Eso?—dijo Gavroche gravemente.—Es para las ratas. ¡Sornad!

Pero se creyó obligado á añadir algunas palabras para instruir á aquellas criaturas, y continuó:

—Estas son cosas del Jardín Botánico. Eso sirve para los animales feroces. Allay un almacén lleno. Nay más que subir una pared, saltar por una ventana, y pasar una puerta, y se obtiene todo lo que se quiere.

Y mientras así hablaba, arropaba con una punta de la manta al más pequeño, el cual dijo pasi sí:

—¡Oh, qué bueno es esto! ¡Qué caliente!

Gavroche dió una mirada de satisfacción á la manta.

—También es esto del Jardín Botánico,—dijo.—Se la he tomado á los monos.

Y enseñando al mayor la estera en que estaba acostado, estera muy espesa y admirablemente trabajada, añadió:

—Esto era de la jirafa.

Después de una pausa, prosiguió:

—Los animales tenían todo esto, y yo se lo he cogido. Por eso no se han enfadado. Les he dicho: «Es para el elefante».

Después de otra pausa, continuó:

—Se salta la tapia, y se la pega uno al gobierno. Velay.

Los dos niños contemplaban con cierto respeto temeroso y estupefacto aquel ser intrépido é ingenioso, vagamundo como ellos, aislado como ellos, miserable como ellos, que tenía algo admirable y poderoso, que les parecía sobrenatural, y cuya fisonomía se componía de todas las muecas de un viejo saltimbanquis, mezclados con la más sencilla y encantadora sonrisa.

—Señor,—dijo tímidamente el mayor,—¿conque no tenéis miedo á los agentes de orden público?

Gavroche se limitó á contestar:

—¡Monigote! No se dice los agentes de orden, se dice los corchetes.

El menor tenía los ojos abiertos, pero escuchaba sin decir nada.

Como estaba al borde de la estera, y el mayor en medio, Gavroche le arropó con la manta, como lo hubiera podido hacer una madre, levantó la estera bajo su cabeza con unos harapos, con objeto de que le sirviese de almohada. Después se volvió hacia el mayor:

—¿Eh? ¡Se está muy bien aquí![Pg 212] ¿Qué tal?

—¡Ah, sí!—respondió el mayor, mirando á Gavroche con la expresión de un ángel salvado.

Los dos pobres chiquitines, que estaban calados, empezaban á calentarse.

—¡Ah!—continuó Gavroche.—¿Por qué llorabais?

Y mostrando al pequeño á su hermano, añadió:

—Un cominillo como ése, no diré que no; pero llorar un grandullón como tú, es de torpes; parece uno un becerro.

—¡Diantre!—dijo el niño,—no teníamos absolutamente dónde cobijarnos.

—¡Caracoles!—respondió Gavroche,—no se dice cobijar, se dice empollar.

—Y además, teníamos miedo de estar solos así por la noche.

—No se dice la noche, se dice la obscura.

—Gracias, señor,—dijo el niño.

—Oye,—añadió Gavroche.—Es preciso no berrear nunca por nada. Yo cuidaré de vosotros. Ya veréis cómo nos divertimos. En verano iremos á los pozos de nieve con Navet, uno de mis camaradas, nos bañaremos en el estanque, correremos desnudos sobre las barcas delante del puente de Austerlitz. Esto hace rabiar á las lavanderas, que gritan y alborotan. ¡Si supierais qué malas son!

«Iremos á ver al hombre esqueleto; todavía vive en los Campos Elíseos; es muy flaco el tal parroquiano.

«Después os llevaré al teatro á ver á Federico Lemaitre. Tengo billetes; conozco á los actores, y aún he representado una vez en una pieza. Éramos todos monigotes como ése, y corríamos bajo una tela que era el mar. Os contrataré en mi teatro.

«Iremos á ver los salvajes. No es verdad que sean tales salvajes; llevan un vestido de punto color de rosa que imita carne, pero que les hace arrugas, y hasta en los codos se notan los zurcidos con hilo blanco.

«Después iremos á la Ópera; entraremos con los alabarderos. Los alabarderos son los que aplauden, y su cuerpo está muy bien organizado; pero yo no iría con ellos por la calle. Figúrate que en la Ópera hay quien paga veinte sueldos; pero éstos son tontos, y se les llama paganos.

«Luego iremos á ver guillotinar, os enseñaré el verdugo. Vive en la calle del Marais; el señor Sansón, tiene una caja buzón para las cartas á la puerta. ¡Ah! Se divierte uno en grande.

En aquel momento cayó una gota de sebo en el[Pg 213] dedo de Gavroche, y le recordó las realidades de la vida.

—¡Cáspita!—dijo.—Se acabó el pábilo. ¡Atención! No puedo gastar más de dos sueldos mensuales en luz. Cuando uno se acuesta es para dormir. No tenemos tiempo para leer las novelas de Paul de Kock. Además de que la luz podría pasar por las rajas de la puerta cochera, y los corchetes no tendrían que hacer más que mirar.

—Y luego,—observó tímidamente el mayor, único que se atrevía á hablar con Gavroche y á contestarle,—podría caer una chispa en la paja, y hay que cuidar de no prender fuego á la casa.

—No se dice prender fuego á la casa,—reparó Gavroche;—se dice asar los trapos.

La tempestad arreciaba, oíase á través del redoble del trueno el turbión que azotaba el lomo del coloso.

—Aquí metidos, que llueva,—dijo Gavroche.—Me divierte ver correr el agua de la cuba por las patas de la casa. El invierno es un animal; pierde su género, pierde su trabajo, porque no puede mojarnos, y esto hace que gruña el viejo aguador.

Esta alusión al trueno, cuyas consecuencias aceptaba Gavroche en su calidad de filósofo del siglo XIX, fué seguida de un gran relámpago, tan deslumbrador, que entró por las hendiduras del vientre del elefante.

Casi al mismo tiempo resonó terriblemente el rayo, cual si hubiese caído allí.

Los dos chiquillos dieron un grito, y se levantaron con tal rapidez, que casi separaron el enrejado; pero Gavroche volviendo hacia ellos su rostro atrevido, aprovechó el trueno para lanzar una carcajada.

—Calma, niños. No conmovamos el edificio. Ése es un hermoso trueno; sea enhorabuena. Un relámpago no es un coco. ¡Bravo por el Dios bueno, caramba! Está casi tan bien hecho como en el teatro del Ambigú.

Dicho esto, arregló el enrejado, empujó ligeramente á los dos niños hacia la cabecera de la cama, apretó sus rodillas para que se estiraran bien, y exclamó:

—Puesto que Dios enciende su luz, yo puedo apagar la mía. Niños, es preciso dormir, jóvenes humanos. Es muy malo no dormir; porque os haría desternillar el gañote, ó como dicen en el gran mundo, heder el aliento. ¡Envolveos bien en la vellosa! Voy á apagar. ¿Estáis ya?

—Sí,—murmuró el mayor,—estoy bien. Tengo la cabeza como sobre pluma.

—No se dice la cabeza; se dice el troncho,—díjole Gavroche.

Los dos niños se apretaron uno contra otro.

Gavroche acabó de arreglarlos sobre la estera, les subió la manta [Pg 214]hasta las orejas, y después les repitió por tercera vez la exclamación en lengua hierática:

—Sornad.

Y apagó el cabo de vela.

Apenas quedaron á obscuras, un temblor singular empezó á conmover el enrejado que cubría á los tres muchachos.

Era una multitud de rozamientos sordos que producían un sonido metálico. Como si garras ó dientes arañasen la alambrera.

Este ruido iba acompañado de pequeños, pero agudos gritos.

El niño de cinco años, oyendo este cencerreo por encima de su cabeza, helado de espanto, empujó con el codo á su hermano; pero éste «sornaba» ya, como le había mandado Gavroche.

Entonces el pequeñuelo, no pudiendo con el miedo, se atrevió á interpelar á Gavroche; pero en voz muy baja y conteniendo el aliento:

—¡Señor!

—¡Eh!—dijo Gavroche, que acababa de cerrar los párpados.

—¿Qué es eso?

—Ratas,—respondió Gavroche y volvió á descansar la cabeza en la estera.

Las ratas, en efecto, que pululaban á millares en el esqueleto del elefante, y que eran aquellas manchas negras vivas de que hemos hablado, habían permanecido quietas ante la luz mientras ardió la vela, pero en cuanto aquella caverna, que venía á ser su ciudad, había vuelto á la noche, oliendo lo que el narrador Perrault llama «carne fresca», se habían arrojado sobre la alcoba de Gavroche, habían trepado hasta el vértice, y mordían las mallas como si tratasen de agujerear aquella cobertera de nuevo género. El niño, sin embargo, no podía dormir.

—¡Señor!—volvió á decir.

—¡Eh!—dijo Gavroche.

—¿Son las ratas?

—¡Ratones!

Esta explicación tranquilizó un poco al niño.

Había visto algunas veces ratones blancos, y no les tenía miedo.

No obstante, volvió á alzar la voz:

—¡Señor!

—¡Qué!—repuso Gavroche.

—¿Por qué no tenéis gato?

—He tenido uno,—contestó Gavroche;—traje uno, pero se lo comieron.

—Esta segunda explicación desbarató el buen efecto de la primera, y el chiquitín volvió á temblar, de modo que por cuarta vez comenzó el diálogo entre él y Gavroche.

—¡Señor!

—¡Qué!

—¿Quién fué el comido?

—El gato.

—¿Y quién se comió al gato?

—Las ratas.

—¿Los ratones?

—Sí, las ratas.

El niño, consternado de estos ratones que se comían á los gatos, prosiguió:

—¡Señor! ¿Nos comerán á nosotros esos ratones?

—¡Vaya!—prorrumpió Gavroche.

El terror del niño llegaba á su colmo; pero Gavroche añadió:

—¡No tengas miedo! No pueden entrar. Además, estoy yo aquí. Toma, coge mi mano. ¡Cállate y duerme!

Gavroche al mismo tiempo tomó la mano del pequeñín por encima de su hermano.

[Pg 215]

El niño apretó aquella mano y se tranquilizó.

El ánimo y la fuerza tienen comunicaciones misteriosas.

Volvió el silencio; el ruido de las voces había ahuyentado y asustado á las ratas; y aunque al cabo de un rato volvieron á roer el enrejado, los tres muchachos, sumergidos en el sueño, no oían ya nada.

Pasáronse las horas de la noche.

La sombra cubría la inmensa plaza de la Bastilla; un viento invernal, mezclado con la lluvia, soplaba á fuertes ráfagas; las patrullas registraban las puertas, las calles de árboles, los cercados, los rincones oscuros, buscando á los vagabundos nocturnos, y pasaban por delante del elefante; el monstruo de pie, inmóvil, con los ojos abiertos en las tinieblas para meditar como satisfecho de su buena acción, protegía contra el cielo y los hombres á las tres pobres criaturas dormidas.

Para comprender lo que sigue, es preciso recordar, que en aquella época el cuerpo de guardia de la Bastilla estaba situado al otro extremo de la plaza, y que lo que pasaba cerca del elefante no podía ser visto ni oído del centinela.

Hacia el fin de la hora que precede inmediatamente al alba, salió corriendo un hombre de la calle de San Antonio, cruzó la plaza, dió la [Pg 216] vuelta á la gran empalizada de la columna de julio, y se deslizó por la cerca hasta colocarse bajo el vientre del elefante.

Si una luz cualquiera hubiera iluminado á aquel hombre, se habría adivinado que había pasado la noche bajo la lluvia, al verle calado hasta los tuétanos.

Cuando llegó bajo el elefante, lanzó un grito extraño é impropio de toda lengua humana, y que sólo podría reproducir un papagayo.

Repitió dos veces este grito, que sólo podemos representar ortográficamente así:

—¡Kirikikiú!

Al segundo grito, una voz clara, alegre y tierna, respondió desde el [Pg 217] vientre del elefante:

—¡Sí!

Casi inmediatamente la tabla que cerraba el agujero se separó, y dió paso á un muchacho, que bajó por la pata del elefante, y fué á caer cerca de aquel hombre.

Era Gavroche. El hombre era Montparnasse.

[Pg 218]

En cuanto á este grito kirikikiú, era sin duda lo que el chico quería decir con: «Preguntarás por el señor Gavroche».

Al oirle, se había despertado sobresaltado; se había arrastrado fuera de su «alcoba», separando un poco el enrejado, que había vuelto á cerrar cautelosamente; después había abierto la trampa y descendido.

El hombre y el muchacho se reconocieron silenciosamente en la obscuridad.

Montparnasse se limitó á decir:

[Pg 219]

—Te necesitamos. Ven á echar una mano.

El pilluelo no pidió ninguna explicación.

—Aquí me tienes,—dijo.

Y ambos se dirigieron hacia la calle de San Antonio, de donde había salido Montparnasse, serpenteando rápidamente á través de la larga fila [Pg 220] de carretas de los hortelanos que á dicha hora bajan al mercado.

Los hortelanos, acurrucados en sus carros entre las verduras y las legumbres, medio dormidos, envueltos hasta los ojos en sus capotes para guarecerse de la lluvia, ni miraron siquiera á aquellos extraños transeúntes.

[Pg 221]

III
Peripecias de la evasión

He aquí lo que había ocurrido aquella misma noche en la cárcel de la Fuerza.

Habíase concertado una evasión entre Babet, Brujón, Tragamares y Thénardier, aunque Thénardier estaba incomunicado.

Babet había dirigido el negocio, como se ha podido ver por las palabras de Montparnasse á Gavroche.

Montparnasse debía ayudarlos desde fuera.

Brujón, como había pasado un mes en el cuarto de corrección, había tenido tiempo, primero para tejer una cuerda y segundo para madurar un plan.

En otros tiempos, estos lugares severos en que la disciplina de la cárcel entrega al criminal á sí mismo, se componía de cuatro paredes de piedra, de un techo de piedra, de un suelo de losas de piedra, de una cama de campaña, de un tragaluz enrejado, y de una puerta forrada de hierro, y que se llamaban calabozos.

Hoy día el calabozo se considera como una cosa demasiado horrible, y se compone de una puerta de hierro, de un tragaluz enrejado, de una cama de campaña, de un suelo de losas de piedra, de un techo de piedra, de cuatro muros de piedra y se llama el cuarto de corrección.

Á eso del medio día se ve en él un poco.

El inconveniente de estos cuartos que, como se ve, no son calabozos, es dejar pensar á los seres á quienes se debería hacer trabajar.

Brujón, pues, había meditado, y había salido del cuarto de corrección con una cuerda.

Como se le consideraba muy peligroso en el patio de Carlomagno, se le trasladó al Edificio Nuevo; y lo primero que encontró allí fué á Tragamares, y lo segundo un clavo; á Tragamares, es decir, el crimen; un clavo, esto es, la libertad.

Brujón, cuyo carácter debemos pintar completamente ahora, era, bajo una apariencia de complexión delicada y una languidez profundamente estudiada, un ganapán pulido, inteligente y ladrón, de mirada agradable y sonrisa atroz.

Su mirada era el resultado de su voluntad, y su sonrisa el resultado de su naturaleza.

Sus primeros estudios en el arte se habían dirigido á los tejados; había introducido grandes progresos en la industria de los ladrones de plomo, que levantan las planchas de las azoteas y arrancan los canalones por el procedimiento llamado entre ellos de tocino gordo.

Lo que en aquel momento hacía más favorable una tentativa de evasión, era que los plomeros estaban reparando y componían parte del empizarrado de la cárcel.

El patio de San Bernardo no estaba enteramente aislado del patio de Carlomagno y del patio de San Luis.

Había por la parte más alta andamios y escalas ó, en otros términos, puentes y escaleras del lado de la libertad.

El Edificio Nuevo, que estaba lo más agrietado y ruinoso que puede imaginarse, era el punto más débil de la cárcel.

Las paredes estaban tan desgastadas por el salitre, hasta el extremo de ser necesario cubrir de un entablado las bóvedas de los dormitorios, porque solían desprenderse de ellos piedras, que caían sobre las camas de los presos.

Á pesar de esta decrepitud, se cometía la falta de encerrar en el Edificio Nuevo á los acusados más peligrosos, de guardar allí las «causas graves», como se dice en el lenguaje carcelario.

El Edificio Nuevo tenía cuatro dormitorios sobrepuestos y una armadura de tejado encima, que se llamaba Buen Aire.

Un ancho caño de chimenea, que probablemente había sido de alguna cocina antigua de los duques de la Fuerza, partía del piso bajo, atravesaba los cuatro pisos, cortaba en dos partes todos los dormitorios, figurando una especie de pilar aplastado, que pasaba al otro lado del techo. Tragamares y Brujón estaban en el mismo dormitorio, y por precaución habían sido encerrados en el piso bajo.

La casualidad hacía que la cabecera de sus camas estuviese apoyada en aquel caño de chimenea.

Thénardier estaba precisamente sobre la cabecera de ellos, en esa armadura ó cubierta llamada Buen Aire.

El transeúnte que se detiene en la calle Culture Sainte Cathérine, más allá del cuartel de los bomberos, delante de la puerta cochera de la casa de baños, descubre un patio lleno de flores y de arbustos en cajones, en cuyo fondo se eleva entre dos alas una pequeña rotonda blanca, adornada con postiguillos verdes, el sueño bucólico de Rousseau.

No hace aún diez años, por cima de esta rotonda alzábase una tapia negra, enorme, horrible, desnuda, á la cual se hallaba unida.

Aquélla era la pared del camino de ronda de la Fuerza.

Ese muro, detrás de esa rotonda, era Milton visto por detrás de Berquin.

Por muy alto que fuera este muro, estaba dominado todavía por un tejado, más negro aún, que se divisaba más allá.

Era el tejado del Edificio Nuevo.

Descubríanse en él cuatro buhardillas con reja, que eran las ventanas de Buen Aire.

Una chimenea salía del tejado; era la misma que atravesaba por los dormitorios.

Buen Aire, aquella cúpula del Edificio Nuevo, era una especie de desván extensísimo abuhardillado, cerrado con triples rejas, y puertas forradas de hierro y tachonadas de clavos enormes.

Cuando se entraba en él por la parte del Norte, quedaban á la izquierda los cuatro tragaluces, á la derecha, haciendo frente, cuatro cuartos cuadrados, bastante grandes, separados por estrechos corredores de mampostería hasta determinada altura, y desde allí al techo por barrotes de hierro.

Thénardier estaba incomunicado en uno de esos cuartos desde la noche del 3 de febrero.

No se ha podido saber por qué medios había adquirido, y tenido oculta, una botella, de aquel vino inventado, dicen, por Desrues, que contiene un narcótico, y que la banda de los adormecedores ha hecho célebre.

Hay en muchas cárceles empleados alevosos, mezcla de carceleros y ladrones, que auxilian en las evasiones, que venden á la policía una domesticidad infiel, y que hacen saltar las portezuelas de los coches que transportan á los presos.

En aquella misma noche, pues, en que Gavrochillo había recogido á los dos niños perdidos, Brujón y Tragamares, que sabían que Babet, escapado por la mañana, les esperaba en la calle con Montparnasse, se levantaron silenciosamente y empezaron á agujerear, con el clavo encontrado por Brujón, el caño de chimenea que estaba tocando á su cama.

Los yesones que se desprendían caían sobre la cama, de modo que no producían el menor ruido.

El turbión y los truenos conmovían las puertas en sus goznes, y producían en la cárcel un estrépito horrible y conveniente.

Algunos presos, que se despertaron, aparentaron volverse á dormir, y dejaron trabajar á Tragamares y á Brujón.

Brujón era diestro y Tragamares vigoroso; así es que antes que llegase el menor ruido al vigilante acostado en la celda enrejada que daba al dormitorio, estaba ya agujereado el caño, escalada la chimenea, forzada la reja que cerraba el orificio superior, y en el tejado los dos temibles bandidos.

La lluvia y el viento redoblaban; el tejado estaba resbaladizo.

¡Qué obscura más á propósito para una escampavía![3]—dijo Brujón.

Un abismo de seis pies de ancho y ochenta de profundidad los separaba de la pared de ronda.

En el fondo de aquel abismo veían brillar en la obscuridad el fusil de un centinela.

Ataron por un lado, á los restos de los barrotes de la chimenea que acababan de retorcer, la cuerda que Brujón había hilado en su calabozo; echaron el otro cabo por cima del muro de ronda, atravesaron de un salto el abismo, se agarraron al caballete del muro, pasaron las piernas por encima, se deslizaron uno tras otro por la cuerda hasta el cabriol del muro que tocaba con la casa de baños; tiraron hacia sí la cuerda, saltaron al patio de la casa de baños, lo atravesaron, empujaron el postiguillo del portero, á cuyo lado colgaba el cordón; tiraron de éste, con lo que se abrió la puerta cochera, y se encontraron en la calle.

No hacía más de tres cuartos de hora que se habían puesto de pie sobre sus camas en las tinieblas, con el clavo en la mano y el proyecto en la mente.

Algunos momentos después se unieron á Babet y á Montparnasse, que vagaban por los alrededores.

Al tirar de la cuerda, rompióse ésta, quedando un trozo atado á la chimenea en el tejado.

No habían tenido más contratiempo que el de haberse deshollado las manos por completo.

Thénardier estaba prevenido aquella noche, sin que se pudiese saber de qué manera había recibido aviso y no dormía.

Á eso de la una, en medio de la obscuridad de la noche, vió pasar dos sombras por el tejado, por entre la lluvia y el viento, y por delante del tragaluz que daba frente á su calabozo.

Una de aquellas sombras se detuvo en el tragaluz el tiempo suficiente para dirigir una mirada; era Brujón.

Thénardier le conoció, y comprendió lo bastante.

Thénardier, designado como peligroso, y detenido como acusado de una emboscada nocturna á mano armada, estaba vigilado por un centinela de vista, que era relevado cada dos horas, y se paseaba con el fusil cargado por delante de su calabozo.

Buen Aire estaba iluminado por un farol de pared.

El preso tenía unos grillos de cincuenta libras de peso.

Todos los días, á las cuatro de la tarde, un carcelero, escoltado de dos perros de presa, porque esto se hacía aún en aquella época, entraba en su calabozo, ponía cerca de su cama un pan negro de dos libras, un cántaro de agua y una escudilla de un caldo bastante claro, en que nadaban algunas habichuelas; reconocía los grillos, y golpeaba en los barrotes.

Aquel hombre volvía dos veces por la noche con sus perros.

Thénardier había conseguido que le permitieran conservar una clavija de hierro que usaba para colgar el pan en una hendidura de la pared, con objeto, decía él, de «ponerle á salvo de las ratas».

Como estaba vigilado, no se había hallado inconveniente ninguno en dejarle aquella clavija.

Sin embargo, luego se recordó que el carcelero había dicho:

—Más valdría que la clavija fuese de madera.

Á las dos de la noche fueron á relevar al centinela, que era un soldado viejo, y fué reemplazado por un quinto.

Algunos momentos después, el carcelero, acompañado de sus perros, pasó la revista, y se retiró sin haber notado nada, excepto «la mucha mocedad y el aire solano del bisoño».

Dos horas después, á las cuatro, cuando fueron á relevar al quinto, le encontraron dormido y tirado en el suelo como un tronco, junto al calabozo.

En cuanto á Thénardier, ya no estaba allí.

Los grillos yacían rotos por el suelo.

Había un agujero en el techo, y otro más arriba en el tejado.

Faltaba una tabla de la cama, que había desaparecido.

Hallóse en el calabozo una botella medio vacía, que contenía el resto del vino narcotizado con que se había dormido al centinela.

La bayoneta de éste había desaparecido también.

Al descubrirse todo esto, se creyó que Thénardier estaría ya fuera de alcance.

Pero en realidad, si no estaba ya en el Edificio Nuevo, se veía aún en gran peligro.

Thénardier, al llegar al tejado del Edificio Nuevo, había encontrado el resto de la cuerda de Brujón que colgaba de los barrotes de la trampilla superior de la chimenea; pero siendo muy corto aquel cabo roto, no había podido evadirse por encima del camino de ronda, como lo habían hecho Brujón y Tragamares.

Cuando se vuelve de la calle de los Bailes para entrar en la del Rey de Sicilia, se encuentra casi de repente, á la derecha, una sucia hondonada.

Había allí en el siglo último una casa, de que no queda más que la pared del fondo, verdadera tapia maciza que se eleva hasta la altura de un tercer piso por entre los edificios contiguos.

Distínguese esta ruina por dos grandes ventanas cuadradas, que aún existen; la del medio, que está hacia la derecha, está atravesada por una viga carcomida, sujeta por otro madero.

Á través de estas ventanas se distinguía antes una alta y lúgubre pared, que era un trozo de la muralla de camino de ronda de la Fuerza.

El hueco que la casa demolida ha dejado en la calle, está ocupado en su mitad por una empalizada de tablas podridas, sostenidas por cinco guarda cantones de piedra.

En ese cercado se oculta una casilla apoyada contra la pared ruinosa.

La empalizada tiene una puerta, que hace algunos años se cerraba con solo picaporte.

Á la cima de esta pared era donde había conseguido llegar Thénardier á las tres de la madrugada.

¿Cómo había llegado hasta allí? Nunca se supo ni ha podido explicarse.

Los relámpagos debieron auxiliarle y molestarle á un tiempo.

¿Se sirvió de las escalas y andamios de los pizarreros para pasar de un tejado á otro, de un cercado á otro, de una manzana á otra, de los edificios del patio de Carlomagno á los del patio de San Luis, después al muro de la ronda, y luego al solar de la calle del Rey de Sicilia?

En este trayecto había soluciones de continuidad que lo hacían al parecer imposible.

¿Había usado la tabla de la cama como un puente desde el tejado de Buen Aire hasta la tapia del camino de ronda; y arrastrándose por el caballete como una culebra alrededor de la cárcel hasta el solar?

Pero la tapia del camino de ronda de la Fuerza formaba una línea almenada y desigual, subía y bajaba, descendía hacia el cuartel de bomberos, y se elevaba hacia la casa de baños, estaba cortada por varios edificios, y no tenía la misma altura por el palacio Lamoignon que por la calle Pavée; por todas partes presentaba líneas verticales y ángulos rectos; además los centinelas habrían visto en este caso el sombrío perfil del fugitivo; y aún así, el camino recorrido por Thénardier resulta casi inexplicable.

De ambas maneras resultaba imposible la fuga.

Thénardier, iluminado por esa terrible sed de libertad que transforma los precipicios en fosos, las rejas de hierro en cañizos de mimbres, la debilidad en fuerza,[Pg 222] el gotoso en gamo, la estupidez en instinto, el instinto en inteligencia, y la inteligencia en genio; Thénardier, decimos, ¿había inventado é improvisado un tercer medio?

Nunca llegó á saberse.

No siempre es posible explicarse las maravillas de una evasión.

El hombre que se escapa, lo repetimos, está inspirado; hay algo de las estrellas y del relámpago en el misterioso fulgor de la huida, el esfuerzo hacia la libertad no es menos sorprendente que el vuelo hacia lo sublime; y se dice de un ladrón escapado: «¿Cómo lo ha hecho para escalar este muro?». Lo mismo que se dice de Corneille: «¿quién le inspiró tal concepto?».

Sea como fuere, Thénardier goteando sudor, empapado por la lluvia, destrozados los vestidos, desolladas las manos, ensangrentados los codos, despedazadas las rodillas, había llegado á lo que los niños llaman el corte de la pared ruinosa; y allí, faltándole las fuerzas, se había echado á lo largo.

La altura vertical de un tercer piso le separaba del empedrado de la calle.

La cuerda que tenía era muy corta.

Allí quedaba esperando, pálido, rendido, perdida toda esperanza, cubierto aún por la obscuridad de la noche, pero pensando en que iba á venir el día, aterrorizado ante la idea de oir dentro de algunos instantes las cuatro en el próximo reloj de San Pablo, hora en que irían á relevar al centinela, le encontrarían dormido y verían el techo agujereado; allí estaba mirando estupefacto una profundidad terrible, á la luz de los faroles, el suelo mojado y negro, aquel suelo deseado y espantoso que era la muerte y era la libertad.

Se preguntaba si sus tres cómplices de evasión habrían salido bien, si le habrían esperado, y si vendrían en su auxilio.

Escuchaba.

Excepto una patrulla, nadie había pasado por la calle desde que estaba allí.

Casi todos los hortelanos de Montreuil, de Charonne, de Vincennes y de Bercy que iban al mercado, bajaban por la calle de San Antonio.

Dieron las cuatro.

Thénardier tembló.

Pocos instantes después, aquel rumor espantadizo y confuso que sigue á una evasión descubierta, estalló en la cárcel.

El ruido de puertas que se abren y se cierran, el chirrido de las rejas sobre sus goznes, el tumulto del cuerpo de guardia, las roncas voces de los carceleros, el choque de las culatas de los fusiles en los patios, llegaban hasta él.

Algunas luces subían y bajaban á las ventanas enrojadas de los dormitorios; una antorcha corría por el piso superior del Edificio-Nuevo; los bomberos del cuartel próximo habían sido llamados.

Sus cascos, iluminados en medio de la lluvia por la antorcha, iban y venían á lo largo de los tejados.

[Pg 223]

Al mismo tiempo, Thénardier veía del lado de la Bastilla una claridad pálida, que blanqueaba lúgubremente la parte baja del cielo.

Estaba, pues, en lo alto de un muro de diez pulgadas de ancho, sufriendo echado el aguacero, entre dos abismos, uno á la derecha y otro á la izquierda, sin poder moverse, presa del vértigo de una caída posible, y del horror de una prisión segura; su pensamiento, como el badajo de una campana, iba de una á otra de estas ideas.

Muerto, si caigo; preso, si me quedo.

En esta angustia, vió de pronto en la calle, obscura todavía, un hombre que se deslizaba á lo largo de la pared, y que venía del lado de la calle Pavée; vióle detenerse en la hondonada, encima de la cual estaba él como suspendido.

Á aquel hombre se le unió otro que marchaba con la misma precaución, después un tercero, y por último un cuarto individuo.

No bien se hallaron reunidos aquellos hombres, alzó uno de ellos el picaporte de la puerta de la empalizada, y entraron los cuatro en el recinto en que está la casilla.

Hallábanse precisamente debajo de Thénardier.

De seguro se habían juntado allí en aquella hondonada para poder hablar sin ser vistos de los transeúntes ni del centinela que guarda la puerta de la Fuerza á pocos pasos más allá.

Debemos decir igualmente que la lluvia tenía acorralado al centinela dentro de su garita.

No pudiendo Thénardier distinguir sus rostros, prestó oído á sus palabras con la atención desesperada del miserable que se ve perdido.

Thénardier sintió como que pasaba algo por delante de sus ojos parecido á la esperanza, cuando oyó á aquellos hombres hablar en germanía, esto es, en la jerigonza con que se entienden en cárceles y presidios.

El primero decía por lo bajo, pero claramente:

—Chalémonos. ¿Qué querelamos icigó? (Vámonos. ¿Qué hacemos aquí?).

El segundo respondió:

—Brijinda hasta babiñar el casinoben. Y luego los chineles van á nácar, y hay un jundunar que está de rendiqué. Nos loyarán icicaille. (Llueve hasta apagar el infierno. Y luego los esbirros van á pasar, y hay un soldado que está de centinela. Nos cogerán aquí).

Estas dos palabras icigó é icicaille de la germanía francesa, que ambas significan aquí, y que pertenecen, la primera al habla de las afueras de París y la segunda á la del barrio del Temple, fueron rayos de luz para Thénardier.

Por el icigó reconoció á Brujón, que era vago de las afueras, y por el icicaille á Babet, que, entre todos sus oficios, tenía el de prendero en el Temple.

La antigua germanía del [Pg 224]gran siglo no se habla ya sino en el Temple, y Babet era el único quizá que la hablase con toda pureza. Sin el icicaille, Thénardier no le habría reconocido de ningún modo, porque había enteramente desnaturalizado su voz.

Mientras tanto, el tercero había intervenido en la conversación:

—Nada apremia todavía, esperemos un poco. ¿Quién nos dice que no necesite de nosotros?

En este lenguaje, que era el ordinario, reconoció Thénardier á Montparnasse, quien ponía su elegancia en comprender todos los géneros de jerigonza y no hablar ninguno.

En cuanto al cuarto, se estaba callado, pero sus anchas espaldas le denunciaban. Thénardier no dudó un momento; era Tragamares.

Brujón replicó casi impetuosamente, pero siempre en voz baja y en germanía:

—¿Qué estás diciendo? El hostelero no ha podido escaparse. ¡Quiá! ¡Si no conoce el oficio! ¡Para hacer tiras de la camisa y giras de las sábanas, y tejer con ellas una cuerda, agujerear las puertas, fabricar documentos falsos y llaves ganzúas, cortar los grillos, suspender la cuerda por fuera, esconderse, disfrazarse, se necesita ser muy ducho! El viejo no habrá podido hacerlo; no sabe trabajar.

Babet añadió, pero siempre en esa pura germanía clásica que hablaban Pulaller y Cartucho, y que es respecto á la jerigonza atrevida, nueva, imaginativa y vigorosa que usaba Brujón, lo que la lengua de Racine es á la lengua de Andrés Chenier:

—Á tu posadero le habrán cogido en el garlito. Se necesita ser largo, y él no pasa de aprendiz. Se habrá dejado engañar por algún soplón, quizá, quizá por algún borrego que habrá hecho de compadre. Oye Montparnasse, ¿oyes esos gritos en la cárcel? ¿Ves cuántas luces? Le cogieron, no te quepa duda. Ya tiene para veinte años de presidio. Yo no tengo miedo, no soy ningún gallina, ya lo sabes; pero no se puede hacer nada en su favor, ó si nos metemos en ello, nos harán bailar. No te enfades, vente con nosotros; vamos á beber una botella de lo rancio en buena compañía.

—No se debe dejar á los amigos en apuro,—murmuró Montparnasse.

—Te digo que está cogido. Á estas horas el posadero no vale un comino. Nada podemos hacer ya. Vámonos. Creo á cada instante estar en manos de los corchetes.

Únicamente Montparnasse se resistía ya débilmente; la verdad es que aquellos cuatro hombres, con esa fidelidad que se guardan los bandidos para no abandonarse jamás unos á otros, habían estado rondando toda la noche alrededor de la Fuerza, [Pg 225]á pesar del peligro, con la esperanza de ver salir á Thénardier por lo alto de algún muro.

Pero la noche, por cierto magnífica para ellos, era de lluvia y viento á propósito para que nadie transitase por las calles; así iban teniendo frío, y sus vestidos mojados, su calzado roto, el ruido poco tranquilizador que acababa de estallar en la cárcel, las horas que habían pasado, las patrullas que habían visto, la esperanza que se agotaba y el miedo que volvía, todo esto los impulsaba á retirarse.

Hasta el mismo Montparnasse, que era un poco, tal vez, yerno de Thénardier, cedía también.

Thénardier estaba anhelante sobre la tapia como los náufragos de la Medusa en su balsa, viendo el buque que se les había aparecido desvanecerse en el horizonte.

No se atrevía á llamarlos; un grito que se oyese podía hacérselo perder todo. Se le ocurrió una idea, la última, como un relámpago; sacó el cabo de cuerda de Brujón que se había metido en el bolsillo y que había desatado de la chimenea del Edificio-Nuevo, y lo dejó caer en el recinto de la empalizada.

El cabo fué á parar á los pies de ellos.

—¡Una cuerda!—dijo Babet.

—¡Es la mía!—exclamó Brujón.

—Ahí está el posadero,—dijo Montparnasse.

Alzaron todos los ojos. Thénardier alargó un poco la cabeza.

—¡Pronto!—añadió Montparnasse.—¿Tienes tú el otro cabo de cuerda, Brujón?

—Sí.

—Átalos ambos, le echaremos la cuerda, él la sujetará al muro, y tendrá lo bastante para bajar.

Thénardier se arriesgó á alzar la voz:

—Estoy transido.

—Ya te calentarás.

—No me puedo mover.

—Te dejarás escurrir, y nosotros te recibiremos.

—Tengo las manos hinchadas.

—Ata solamente la cuerda á la pared.

—No podré.

—Será preciso que suba alguno de nosotros,—dijo Montparnasse.

—¡Tres pisos!—prorrumpió Brujón.

Una antigua cañería de barro y yeso, que había servido en otro tiempo de conducto de chimenea á la cocinilla de la casucha, subía á lo largo de la pared casi hasta el sitio donde se distinguía á Thénardier.

Esa cañería, toda agrietada y llena de hendiduras, se ha hundido ya desde entonces; pero todavía se advierten sus vestigios. Era muy estrecha.

—Por ahí se podría subir,—observó Montparnasse.

—¡Por ese caño!—exclamó Babet.—¡Un hombre, jamás! Un chico sería menester.

—Un monicaco, sí,—añadió Brujón.

—¿Y dónde hallar ahora ese muchacho?—dijo Tragamares.

—Esperad,—dijo Montparnasse.—Tengo lo que hace falta.

Abrió suavemente la puerta de la[Pg 226] empalizada, se aseguró de que no pasaba nadie por la calle, salió con precaución, volvió á cerrar la puerta tras sí, y partió corriendo en dirección de la Bastilla.

Transcurrieron siete ú ocho minutos, ocho mil siglos para Thénardier; Babet, Brujón y Tragamares, no descosían sus labios; abrióse por fin la puerta, y apareció Montparnasse sofocado conduciendo á Gavroche.

La lluvia continuaba, con lo que la calle seguía completamente desierta.

Gavrochillo entró dentro de la empalizada, y miró aquellas figuras de bandidos con aire tranquilo.

Chorreábale el agua por los cabellos.

Tragamares le dirigió la palabra:

—¿Mochuelo, eres hombre tú?

Gavroche se encogió de hombros y respondió:

—Un chavó como yo sina un manú, y manuces como sangue sinelan chaborós. (Un mozuelo como yo es un hombre, y hombres como vosotros son muchachos.)

—¡Bien cortada tiene la lengua el chabal!—exclamó Babet, siempre en germanía.

—No es de paja mojada el niño de París,—añadió Brujón.

—¿Qué hace falta?—preguntó Gavroche.

Montparnasse respondió:

—Trepar por ese caño.

—Con esta cuerda,—dijo Babet.

—Y atarla luego,—añadió Brujón.

—En lo alto del muro,—repuso Babet.

—Al travesaño de la ventana,—agregó Brujón.

—¿Y después?—dijo Gavroche.

—¡Esto es todo!—respondió Tragamares.

El pilluelo examinó la cuerda, la cañería, la pared, las ventanas, é hizo ese inexplicable y desdeñoso ruido con los labios, que significa:

—¡Vaya una habilidad!

—Allá arriba hay un hombre á quien puedes salvar,—observó Montparnasse.

—¿Quieres?—interrogó Brujón.

—¡Vaya una barbaridad!—respondió el chicuelo, como si la pregunta le pareciese irracional.

Y se quitó los zapatos.

Tragamares cogió á Gavroche de un brazo, le subió sobre el tejado de la casilla, cuyas tablas carcomidas cedían con el peso del muchacho, y le dió la cuerda que Brujón había empalmado durante la ausencia de Montparnasse.

El pilluelo se dirigió á la cañería, en la que era fácil penetrar, gracias á una ancha hendidura que tocaba al tejado.

En el momento en que iba á subir, como viese Thénardier acercarse la salvación y la vida, se inclinó hacia el borde de la pared; entonces la primera claridad del día blanqueó su frente, inundada de sudor, sus pómulos lívidos, su nariz afilada y salvaje, su barba gris erizada, y Gavroche le conoció:

—¡Calla!—exclamó.—¡Es mi padre!...¡Oh! ¡Vaya! ¡No le hace!

Y cogiendo la cuerda con los dientes, comenzó resueltamente el escalamiento.

Llegó á lo alto del muro, horcajó por cima como sobre un caballo, y ató sólidamente la cuerda á la parte superior de la ventana.

Un momento después, Thénardier estaba en la calle.

En cuanto llegó[Pg 227] al suelo, en cuanto se vió fuera de peligro, ya no se sintió fatigado, ni transido, ni tembloroso; desvanecióse como el humo todo lo terrible que acababa de pasar por él, despertóse toda aquella extraña y feroz inteligencia, y hallóse en pie y libre, dispuesto á marchar [Pg 228] delante de ella.

He aquí cuál fué la primera palabra de aquel hombre:

Y ahora ¿á quién vamos á comer?

Inútil es explicar el sentido de esa palabra horriblemente transparente, que significa á la vez matar, asesinar y despojar.

Comer, sentido verdadero: devorar.

—Entendámonos bien,—dijo Brujón.—Despachemos en tres palabras, [Pg 229] y separémonos luego. Había un negocio de buen aspecto en la calle Plumet, calle desierta, casi aislada, con verja podrida cerrando el jardín; mujeres solas.

—¡Y bien! ¿Por qué no?—pregunto Thénardier.

—Tu hija Eponina fué á verlo,—respondió Babet.

—Y contestó con un bizcocho á Magnon,—añadió Tragamares.—Nada hay que hacer por allí pues.

—Sí, sí,—dijo Brujón,—hay que verlo.

Mientras tanto, ninguno de aquellos hombres aparentaba fijarse en [Pg 230] Gavroche, quién durante ese coloquio se había sentado en uno de los travesaños bajos de la empalizada; esperó algunos instantes, quizá á ver si su padre se volvía hacia él; se puso luego sus zapatos, y dijo:

—¿Se acabó ya? ¡Eh, los hombres! Ya salisteis del apuro. Me voy, tengo que ir á despertar á mis monigotes.

Y se fué.

Los cinco hombres salieron uno tras otro de la empalizada.

Cuando Gavroche hubo desaparecido por la esquina de la calle de [Pg 231] los Bailes, Babet apartó á Thénardier á un lado, y le preguntó:

—¿Has reparado en ese chiquillo?

—¿Qué chiquillo?

—El chico que ha trepado hasta la pared y te ha subido la cuerda.

—No, apenas.

—Pues bien; no sé, pero me parece que es tu hijo.

—¡Bah!—exclamó Thénardier.—¡Puede que sí!

[Pg 232]

NOTAS:

[2] Al patíbulo.

[3] ¡Qué noche para una evasión!

LIBRO SÉPTIMO
LA GERMANÍA

[Pg 233]

I
Origen

Pigritia es una palabra terrible.

Engendra un mundo; el piger, léase el robo; y un infierno, la pigraria ó sea el hambre.

Así es que la pereza es madre.

Tiene un hijo, el robo, y una hija, el hambre.

¿Adónde estamos en este momento? En la germanía.

¿Y qué es la germanía? Es á un tiempo nación é idioma; es el robo bajo sus dos especies: pueblo y lengua.

Cuando, hace treinta y cuatro años, el narrador de esta grave y sombría historia, introducía en un libro escrito con el mismo objeto que éste[4] á un ladrón hablando en germanía, produjo esto asombro y clamoreo.

—¡Qué, qué es eso! ¡Germanía! ¡Pero la germanía es atroz! ¡Es la jerigonza de la chusma, del presidio, de la cárcel, de todo lo más abominable de la sociedad! Etc., etc.

Nunca hemos comprendido ese género de objeciones.

Después, dos eminentes novelistas, de los cuales uno es un observador profundo del corazón humano y el otro un amigo intrépido del pueblo; Balzac y Eugenio Sue, hicieron hablar á los bandidos en su lengua natural, como había hecho en 1828 el autor del Último Día de un condenado, y se suscitaron las mismas reclamaciones.

Repitióse como antes: «¿Qué pretenden los escritores con esa jerigonza repugnante? ¡La germanía es odiosa! ¡La germanía hace estremecer!».

¿Quién lo niega? Sin duda alguna.

Cuando se trata de sondar una llaga, un abismo ó una sociedad, ¿ha sido nunca una falta penetrar muy adentro, llegar hasta el fondo?

Siempre habíamos creído que esto era algunas veces un acto de valor, y por lo menos una acción sencilla y útil, digna de la atención simpática que merece el deber aceptado y cumplido.

¿Por qué no se ha de explorar y estudiarlo todo? ¿Por qué detenernos en el camino?

El pararse es efecto de la sonda, y no del que sondea.

En verdad que ir á buscar en el último fondo del orden social, allí donde acaba la tierra y empieza el fango, registrar en esos cenegales, perseguir, coger y arrojar todavía palpitante sobre la superficie, ese idioma abyecto que chorrea cieno así expuesto á la luz, ese vocabulario pustuloso del que cada palabra parece un anillo inmundo de un monstruo de lodo y de tinieblas, no es empresa cómoda ni halagüeña.

Nada tan lúgubre como contemplar así, al desnudo, á la luz del pensamiento, el hormiguero espantoso de la germanía.

Parece, en efecto, como si fuera una especie de animal horrible creado para vivir en la noche, y al que se le arranca de su cloaca. Créese ver una terrible maleza viva y erizada que tiembla, se mueve, se agita, reclamada por la sombra que amenaza y mira.

Tal palabra parece una garra, tal otra un ojo apagado y sangriento: tal frase parece moverse como una tenaza de langosta.

Todo eso vive con esa vitalidad repugnante de las cosas que se han organizado en la desorganización.

Ahora bien; ¿desde cuándo el horror excluye á la ciencia? ¿Desde cuándo la enfermedad rechaza al médico?

¿Qué significaría un naturalista que se negase á estudiar la víbora, el murciélago, el escorpión, la escolopendra, la tarántula, y que las relegase á las tinieblas, diciendo: ¡Qué feos!?

El pensador que no se fijara en la germanía, se asemejaría al cirujano que volviese la cabeza ante una úlcera ó una verruga; sería un filólogo vacilando en examinar un hecho de la lengua; sería un filósofo dudando en escudriñar un hecho de la humanidad. Porque es preciso decirlo á los que lo ignoran: la germanía es á un tiempo mismo un fenómeno literario y una consecuencia social.

¿Qué es la germanía propiamente dicha? Esa jerigonza, ¿qué es?

La germanía es la lengua de la miseria.

Aquí podría interrumpirnos alguno, generalizando el hecho; lo cual algunas veces es una manera de atenuarle. Puede decírsenos que todos los oficios, todas las profesiones, hasta los accidentes todos de la jerarquía social y las formas todas de la inteligencia, tienen su jerigonza:

El comerciante que dice: «Montpellier disponible, Marsella buena calidad».

El agente de Bolsa que dice: «Trasferencia, prima, fin de mes...».

El jugador que dice: «Tercera de triunfo, fallo á espadas...».

El escribano de diligencia en las islas normandas que dice: «El feudatario deteniéndose en su feudo no puede reclamar los frutos de este feudo durante el embargo herencial de los inmuebles del renunciador...».

El autor dramático que dice: «Soltaron el oso...»[5].

El cómico que dice: «Arrebaté».

El filósofo que dice: «Triplicidad fenomenal...».

El cazador que dice: «Está escamada, huye la pista...».

El frenólogo que dice: «Amatividad, combatividad, secretividad...».

El soldado de infantería que dice: «Mi corneta...».

El jinete que dice: «Mi montura...».

El maestro de esgrima que dice: «Tercera, cuarta, á fondo...».

El impresor que dice: «Sacar pliego...».

Todos: impresor, maestro de esgrima, jinete, soldado, frenólogo, cazador, filósofo, cómico, autor dramático, escribano, jugador, agente de Bolsa y comerciante, hablan en germanía.

El pintor que dice: «Mi granuja...».

El notario que dice: «Mi salta arroyos...».

El barbero que dice: «Mi pescadilla...».

El remendón que dice: «Mi ramplón...».

Hablan también en germanía.

En rigor, si se quiere también, hablando en absoluto, todas esas diferentes maneras de decir la derecha y la izquierda: el marinero, babor y estribor; el maquinista de teatro, lado patio y lado jardín; el sacristán, lado de la Epístola y lado del Evangelio, son germanía.

Hay la germanía de las encopetadas, como la hubo de las marisabidillas; el palacio de Rambouillet confinaba algo con el Patio de los Milagros.

Hay también la germanía de las duquesas, como lo prueba la siguiente frase de un billete amoroso escrito por una gran señora, muy linda por cierto, en tiempo de la Restauración: «Encontraréis en esas chismerías una infinidad de razones para que yo me liberte».

Las cifras diplomáticas son germanía; la cancillería pontificia, diciendo 26 por Roma, grkztntgzyal por envío, y abfxustgrnogrkzutu tu XI por duque de Módena, hablan en germanía.

Los médicos de la Edad Media, que, para decir zanahoria, rábano y nabo, decían: Opoponach, perfroschinum, reptitalmus, dracatholicum angelorum, postmegorum, hablan en germanía.

El fabricante de azúcar que dice: «Virgen, terciado, clarificado, terrón, pilón, bastardo, común, tostado, en panes», este honrado industrial habla en germanía.

Cierta escuela crítica que decía hace veinte años: «La mitad de Shakespeare, es un juego de palabras y retruécanos», hablaba en germanía.

El poeta y el artista, que, con sentido profundo, calificaron al noble señor de Montmorency de plebeyo, si no entendía de versos ni de estatuas, hablan en germanía.

El académico clásico que llama á las flores Flora, á las frutas Pomona, al mar Neptuno, al amor los fuegos, á la belleza los atractivos, á un caballo un corcel, á la escarapela blanca ó tricolor la rosa de Belona, al sombrero de tres picos el triángulo de Marte, ese académico clásico habla en germanía.

El álgebra, la medicina y la botánica tienen su germanía.

La lengua que se emplea á bordo, esa lengua admirable del mar, tan completa y pintoresca, que hablaron Juan Bart, Duquesne, Suffren y Duperré, que se mezcla con el silbido del aparejo, con el ruido de la bocina, con el choque de las hachas de abordaje, con el vaivén, con el viento, con la ráfaga y el cañón, es toda una germanía heroica y esplendente, que viene á ser á la jerigonza atroz de la ignominia lo que el león al chacal.

Sin duda alguna todo eso es muy cierto. Pero, dígase lo que se quiera, ese modo de comprender la palabra germanía es una extensión con la que todo el mundo no estará conforme.

Para nuestro concepto, conservamos á esa palabra su antigua aceptación precisa, circunscrita y determinada, y restringimos la germanía á la germanía.

La germanía verdadera, la germanía por excelencia, si es que estas dos palabras pueden acoplarse, la germanía inmemorial que era un reino, no es otra cosa, repetimos, sino la lengua fea, inquieta, cazurra, traidora, ponzoñosa, cruel, torcida, vil, profunda, fatal de la miseria.

Hay en la extremidad de todas las degradaciones y de todos los infortunios, una última miseria que se subleva y que se decide á entrar en lucha contra el conjunto de los hechos afortunados y de los derechos reinantes; lucha horrible, que, ora astuta, ora violenta, á un tiempo malsana y feroz, ataca el orden social á alfilerazos por medio del vicio, y á martillazos por medio del crimen.

Para las necesidades de esa lucha, la miseria ha inventado una lengua de combate, que es la germanía.

Hacer sobrenadar y mantener por cima del olvido, por cima del abismo, aunque no sea más que un fragmento de un lenguaje cualquiera que el hombre ha hablado, y que se perdería; es decir, uno de los elementos buenos ó malos que componen ó complican la civilización, es extender los datos de la observación social, es servir á la misma civilización.

Igual servicio rindió Plauto, con voluntad ó sin ella, haciendo hablar en fenicio á dos soldados cartagineses; igual servicio prestó Molière haciendo hablar el levantino y toda clase de jerga á tantos personajes.

Aquí vuelven á suscitarse las objeciones: el fenicio, ¡magnífico! El levantino, ¡en buen hora! La jerga, ¡pase! Pero ¿la germanía? ¿Á qué fin conservar la germanía? ¿Para qué es bueno «hacer sobrenadar» la germanía?

Á esto sólo respondemos una cosa. Ciertamente, si la lengua que habló una nación ó una provincia es digna de interés, hay algo que es más digno todavía de atención y estudio, la lengua que ha hablado una miseria.

Es la lengua que ha venido hablando en Francia, por ejemplo, desde hace cuatro siglos, no sólo una miseria, sino la miseria, toda la miseria humana posible.

Y luego, volvemos á insistir en ello, estudiar las deformidades y dolencias sociales, y señalarlas para curarlas, no es una tarea en que sea permitida la elección.

El historiador de costumbres y de ideas no tiene la misión menos austera que el historiador de acontecimientos.

Á éste incumbe la superficie de la civilización, las luchas de las coronas, los nacimientos de príncipes, los casamientos de reyes, las batallas, las asambleas, los grandes hombres públicos, las revoluciones á la luz del día, todo lo exterior.

Al otro historiador le pertenece el interior, el fondo, el pueblo que trabaja, que sufre y espera; la mujer abatida, el niño que agoniza, las guerras sordas de hombre á hombre, las ferocidades obscuras, las preocupaciones, las iniquidades convenidas, los rechazos y repercusiones subterráneas de la ley, las evoluciones secretas de las almas, los estremecimientos indistintos de las multitudes; los hambrientos, los descalzos, los rotos, los desheredados, los huérfanos, los desgraciados y los infames, todas las larvas que vagan en la sombra.

Le es preciso descender, con el corazón lleno de caridad y de severidad á un mismo tiempo, como hermano y como juez, hasta esas casamatas impenetrables donde se arrastran confundidos los que se desangran y los que hieren, los que lloran y los que maldicen, los que ayunan y los que devoran, los que sufren el mal y los que lo causan.

¿Tienen por ventura estos historiadores de los corazones y de las almas, deberes menos positivos que los analistas de los hechos exteriores? ¿Puede creerse que Alighieri tenga menos que decir que Maquiavelo?

Lo inferior de la civilización, más profundo quizá y más sombrío, ¿es acaso menos importante que lo superior? ¿Se conoce bien la montaña cuando se desconoce la caverna?

Empero, como de algunas palabras de lo que precede podría inferirse una separación manifiesta entre ambas clases de historiadores, debemos advertir al pasar que semejante separación no existe en nuestro espíritu.

Nadie es buen historiador de la vida patente, visible, ostentosa y pública de los pueblos, si al propio tiempo no es, hasta cierto punto, historiador de su vida profunda y oculta; y nadie es buen historiador de lo interno, si no sabe ser, siempre que fuere preciso, historiador de lo externo.

La historia de las costumbres y de las ideas penetra la historia de los sucesos, y recíprocamente. Son dos órdenes de hechos diferentes que se corresponden, que se encadenan siempre y se engendran mutuamente con frecuencia.

Todos los lineamientos que la Providencia traza en la superficie de una nación, tienen en el fondo sus paralelos sombríos, pero distintos, y todas las convulsiones del fondo producen levantamientos en la superficie.

Estando la verdadera historia mezclada en todo, en todo se mezcla el historiador verdadero.

El hombre no es un círculo con un solo centro, sino que es una eclipse con dos focos. Los hechos son el uno, las ideas el otro.

La germanía no es otra cosa sino un vestuario donde el lenguaje, teniendo que cometer alguna mala acción, se desfigura. Allí se reviste de frases enmascaradas, metáforas de andrajos.

Así es que aparece horrible.

Apenas puede reconocérsela. ¡Y es ella la lengua francesa, la gran lengua humana!

Y ahí está pronta á salir á la escena y á replicar al crimen, y dispuesta para desempeñar todos los papeles del repertorio del mal.

Y ya no anda, sino que cojea, y cojea con las muletas del Patio de los Milagros, muleta que se metamorfosea en maza.

Esa lengua se llama truhanería. Todos los espectros, sus ayudas de cámara, la han acicalado para la farsa: y se arrastra y se empina con la cualidad del reptil.

Ya está dispuesta para representar todos los personajes; el falsario la ha hecho tortuosa, el envenenador le ha dado color de verde-gris, el incendiario la ha tiznado de hollín, y el asesino le presta su tinte rojo.

Cuando se oye ese lenguaje, por el lado de las gentes honradas, á la puerta de la sociedad, se sorprende el diálogo de los que en él hablan por defuera. Distínguense las preguntas y las respuestas; percíbese, sin comprenderle, un murmullo repugnante, que suena casi como el acento humano, pero más semejante al alarido que á la palabra. Tal es la germanía.

Las palabras son deformes y están impregnadas de cierta bestialidad fantástica. Parece que oye uno hablar á las hidras.

Es lo ininteligible en lo tenebroso. Es una jerigonza que rechina y cuchichea, completando el crepúsculo con el enigma.

Resulta obscuro en la desgracia, pero aún más obscuro resulta en el crimen; estas dos obscuridades amalgamadas componen la germanía. Sombría en la atmósfera, sombría en sus actos y sombría en sus voces.

¡Espantoso idioma reptil que va, viene, brinca, se arrastra, babea y [Pg 234]se mueve monstruosamente en esa inmensa bruma plomiza, compuesta de lluvia, de noche, de hambre, de vicio, de mentira, de injusticia, de desnudez, de asfixia y de invierno, pleno día de los miserables!

¡Tengamos lástima de los castigados! ¡Ay! Y en verdad, ¿qué somos nosotros mismos? ¿Qué soy yo que os hablo? ¿Qué sois vosotros que me ois? ¿De dónde venimos? ¿Estamos bien seguros de no haber hecho nada antes de nacer?

La tierra no deja de tener su parecido como una cárcel. ¡Quién sabe [Pg 235] si es el hombre un sentenciado de la Justicia divina!

Mirad de cerca la vida. Está hecha de manera que por todas partes sentimos el castigo.

¿Sois acaso de los que llaman felices? Pues bien. Estáis tristes todos los días. Todos los días tenéis un gran pesar ó un pequeño cuidado.

[Pg 236]

Ayer temblabais por una salud que os es querida, hoy teméis por la vuestra; mañana será una inquietud de dinero, pasado mañana la diatriba de un calumniador, al otro la desgracia de un amigo; después los tiempos que corren, luego algún objeto roto ó pérdida, más tarde un placer que la conciencia y la columna vertebral os reprochan; otra vez, la marcha de los negocios públicos. Sin contar las penas del corazón. Y así sucesivamente.

Disípase una nube, fórmase otra. Un día apenas, entre ciento, de plena alegría y completo sol. ¡Y eso que pertenecéis al corto número de los felices!

En cuanto á los demás hombres, pesa sobre ellos la noche eterna.

Los espíritus reflexivos hacen poco uso de esta locución: los dichosos [Pg 237] y los desgraciados. En este mundo, vestíbulo evidente de otro mundo, no hay felices.

La verdadera división humana es esta: los luminosos y los tenebrosos.

Disminuir el número de los tenebrosos, aumentar el de los luminosos: he ahí el objeto. He ahí porque gritamos: ¡enseñanza, ciencia! Aprender á leer, es encender el fuego: cada sílaba deletreada es una chispa.

Por lo demás, quien dice luz no dice necesariamente alegría. Se sufre [Pg 238] en la luz; el exceso abrasa. La llama es enemiga del ala. Arder sin cesar de volar; ese es el prodigio del genio.

Cuando ya sepáis y cuando améis, sufriréis todavía. El día nace entre lágrimas.

Los luminosos lloran, aunque no sea más que por los tenebrosos.

[Pg 239]

II
Raíces

La germanía es la lengua de los tenebrosos.

El pensamiento se conmueve en sus más sombrías profundidades; la filosofía social se ve solicitada hacia sus meditaciones más dolorosas, en presencia de ese dialecto enigmático, á la vez marchitado y rebelde.

Aquí sí que hay castigo visible. En cada sílaba se manifiesta su sello.

Las palabras de la lengua vulgar aparecen en esa jerga como contraídas y arrugadas por el hierro candente del verdugo; algunas parece que humean todavía.

Tales frases hacen el efecto del hombro marcado de un ladrón, puesto bruscamente al desnudo.

La idea se niega casi á dejarse expresar por esos sustantivos vigilados por la justicia.

La metáfora es algunas veces tan descarada, que se conoce que ha estado expuesta á la vergüenza de la argolla.

Por lo demás, á pesar de todo esto y á causa también de todo esto, esa jerigonza extraña tiene de derecho su casilla en la gran estantería imparcial, donde hay sitio para el ochavo oxidado como para la medalla de oro, llamado literatura.

La germanía, quiérase ó no se quiera, tiene su sintaxis y su poesía. Es un idioma.

Sí; por lo deforme de ciertos vocablos, se reconoce que ha andado en la boca de Mandrin, y por lo espléndido de ciertas metonimias se advierte que ha pasado por los labios de Villon.

Este verso tan delicado y tan célebre:

¿Dó están las nieves de antan?

es un verso de germanía. Antan, antaño, ante annum, es una palabra de la germanía de Thunas, que significaba el año pasado, y por extensión, en otro tiempo.

Todavía podía leerse hace treinta y cinco años, cuando salió la gran cadena de presidiarios en 1827, en uno de los calabozos de Bicetre, esta máxima, grabada con un clavo en la pared por un rey de Thunas condenado á presidio: Los dabs d'antan trimaient siempre pour la pièrre du Coësre.

Esto quiere decir: Los reyes de antaño iban siempre á hacerse consagrar.

En la mente de aquel rey del crimen, la consagración era el presidio.

La palabra decarade, que expresa el arranque de un carruaje pesado al galope, se atribuye á Villon, y es digna de él. Es la palabra que echa chispas por las cuatro patas, resume en una onomatopea magistral todo este verso admirable de La Fontaine:

Tiraban de un coche seis fuertes caballos.

Bajo el punto de vista puramente literario, pocos estudios habrá más curiosos y fecundos que el de la germanía. Es todo un idioma dentro del idioma, una especie de excrecencia enfermiza, un injerto malsano que ha producido una vegetación, una parásita que tiene sus raíces en el viejo tronco galo, y cuyo follaje siniestro se arrastra por una gran parte de la lengua. Esto es en cuanto á lo que podría llamarse el primer aspecto, el aspecto vulgar de la germanía.

Pero para aquellos que estudian la lengua como debe estudiarse; es decir, como los geólogos estudian la tierra, la germanía aparece como un verdadero aluvión.

Conforme que se profundiza más ó menos hondamente, se encuentra en la germanía, por bajo del antiguo francés popular, el provenzal, el castellano, el italiano, el levantino, lengua de los puertos del Mediterráneo, el inglés y el alemán, el romance en sus tres variedades; romance francés, romance italiano, romance propiamente tal, el latín; en fin, el vasco, y el celta.

Formación profunda y extraña; edificio subterráneo fabricado en común por todos los miserables.

Cada raza maldita ha depositado su capa; cada sufrimiento ha dejado caer una piedra; cada corazón ha dado un guijarro.

Una multitud de almas perversas, bajas ó irritadas, que han atravesado la vida y han ido á desvanecerse en la eternidad, están allí casi enteras y en cierto modo visibles todavía bajo la forma de una palabra monstruosa.

¿Se quieren voces castellanas? La antigua germanía gótica las tiene en abundancia. Ahí está boffette, que viene de bofetón; vantane, después vanterne, que viene de ventana; gat, que viene de gato; acite, que viene de aceite.

¿Se quieren voces italianas? Ahí está spade, que viene de spada; carvel, que viene de caravella (barco).

¿Se quieren inglesas? Ahí está bischot, obispo, que viene de bishop; raille, espía, que viene de rascal, rascalión, bribón; pilche, estuche, que viene de pilcher, vaina.

¿Se quieren alemanas? Ahí está caleur, mozo, de kellner; hers, señor, de herzog, duque.

¿Se quieren latinas? Ahí está frangir, romper, de frangere; affurer, robar, de fur; cadene, cadena, de catena.

Hay una palabra que reaparece en todas las lenguas del continente con una especie de poderío y autoridad misteriosa; es la palabra magnus. Escocia ha hecho de ella su mac, que designa el jefe de la tribu, Mac Farlane, Mac Callumore; el gran Farlane, el gran Callumore. (Obsérvese, sin embargo, que mac, en celta, significa hijo). La germanía ha sacado el meck, y luego el meg, es decir, Dios.

¿Se quieren voces del vascuence? Ahí está gahisto, el diablo, que viene de gaiztoa, malo; sorgabon, buenas noches, que viene de gabon.

¿Se quieren del celta? Ahí está blavin, pañuelo, que viene de blavet, agua que salta; menesse, mujer (en mal sentido), que viene de meinec, lleno de piedras; barant, arroyo, de baranton, fuente; goffeur, cerrajero, de goff, herrero; la guedouze, la muerte, que viene de guenn du, blanca negra.

¿Se quiere historia, en fin? La germanía llama malteses á los escudos, su recuerdo de la moneda que corría en las galeras de Malta.

Además de los orígenes filológicos que acaban de indicarse, la germanía tiene otras raíces más naturales aún, y que salen, por así decirlo, del espíritu mismo del hombre.

Primeramente, la creación directa de las palabras, que es donde está el misterio de las lenguas.

Pintar con palabras que tienen, sin saber cómo ni por qué, figuras; he ahí el fondo primitivo de todo lenguaje humano, y que podría llamarse el granito de su construcción.

La germanía abunda en palabras de este género; palabras inmediatas, creadas de un golpe, no se sabe dónde ni por quién, sin etimologías, sin analogías, sin derivados; palabras sueltas, bárbaras, alguna vez repugnantes, que tienen una fuerza singular de expresión, y que por ello viven.

El verdugo, taule; la selva, sabri; el miedo, la fuga, taf; el lacayo, larbin; el general, el prefecto, el ministro, phoros; el diablo, rabouin.

Nada tan extraño como esas palabras que enmascaran y evidencian. Algunas, como rabouin, por ejemplo, son al mismo tiempo grotescas y terribles, y producen el efecto de una mueca ciclópea.

En segundo lugar, la metáfora. La cualidad de una lengua que quiere decirlo todo ocultándolo todo, es una abundancia de figuras. La metáfora es un enigma donde se refugia el ladrón que medita un golpe y el preso que combina una evasión.

Ningún idioma es más metafórico que la germanía. Devisser le coco, torcer el cuello; tortiller, comer; être gerbé, ser juzgado; un rat, un ladrón de pan; il lansquine, llueve, antigua figura notable, que en cierto modo lleva su fecha con ella, que asimila las largas líneas oblicuas de la lluvia á las picas espesas é inclinadas de los lansquenetes ó sacanates, y que contiene en una sola palabra la metonimia popular: il pleut des hallebardes (llueven chuzos).

Algunas veces, á medida que la germanía va de la primera época á la segunda, las palabras pasan del estado salvaje y primitivo al sentido metafórico. El diablo deja de ser el rabouin y se convierte en el panadero, el que mete en el horno. Es más ingenioso, pero menos grande. Algo como Racine después de Corneille, como Eurípides después de Esquilo.

Hay ciertas frases de germanía que participan de las dos épocas, y tienen á un tiempo el carácter bárbaro y el carácter metafórico, las cuales parecen fantasmagorías. Les sorgueurs vont sollicer des gails á la lune (los vagos van á robar caballos por la noche); esto pasa ante la mente como un grupo de espectros. No se sabe lo que se ve.

En tercer lugar, los expedientes. La germanía vive de los mismos recursos que le presta el lenguaje. Usa de éste á su antojo, le toma al azar y se limita con frecuencia, cuando urge la necesidad, á desnaturalizarlo sumaria y groseramente.

Á veces con las palabras usuales así deformadas y complicadas con palabras de germanía pura, se componen locuciones pintorescas, en las que se advierte la mezcla de los dos elementos precedentes, la creación directa y la metáfora: «Le dab jaspine, je marronne que la roulotte de Pantin trime dans le sobri»: ladra el perro, es de creer que la diligencia de París pasa por el bosque.

«Le dab est sinve, la dabuge est merloussière, la fée est bative»: el señor es bestia, la señora es astuta, la hija es linda.

Lo más frecuente, á fin de desorientar á los que escuchan, es añadir única é indistintamente á todas las palabras de la lengua una especie de colilla ignoble, una terminación en gue, en lla, en orgue ó en uche. ¿Legue paracella buenorgue estella fritouche? Frase que dirigió Cartouche á un llavero á fin de saber si la suma ofrecida para la evasión le convenía.

La terminación en mar es una de las que se han usado más modernamente.

Siendo la germanía el idioma de la corrupción, se corrompe presto.

Además, como trata siempre de esconderse, en cuanto es comprendida se transforma.

Al revés de otra vegetación; en ella todo rayo de luz mata cuanto toca.

Por eso la germanía va descomponiéndose y recomponiéndose sin cesar; trabajo obscuro y rápido que no se detiene jamás.

Así es que recorre más camino en diez años que la lengua en diez siglos.

Así larton (pan), se convierte en lartif; gail (caballo), se convierte en gaye; fertanche (paja), en fertille; momignard (muñeco), en momacque; figues (ropas), en frusques; chique (iglesia), en egrugoir; colabre (cuello), en colas.

El diablo es primeramente gahisto, después rabouin, luego panadero.

El clérigo es el ratichón, después el jabalí.

El puñal es el veintidós, después surin, luego lingre.

Los agentes de policía son los railles, luego los roussins, después rousses, después mercaderes de agujetas, galladores, cascantes.

El verdugo es el taule, después charlot, luego l'atigeur, luego becquillard.

En el siglo XVII, batirse, era darse tabaco; en el XIX, es mascarse el gaznate. Veinte locuciones diferentes han pasado entre esos dos extremos.

Cartouche hablaría en hebreo para Lacenaire.

Todas las palabras de esa jerigonza están en perpetua fuga, como los hombres que las pronuncian.

Sin embargo, de cuando en cuando, y á causa de ese mismo movimiento, la antigua germanía reaparece y vuelve á hacerse nueva. Hay puntos principales en que se mantiene.

El Temple, en París, conservaba la germanía del siglo XVII; Bicetre, cuando era cárcel, conservaba la germanía de Thunas. Allí se oía la terminación en anche de los tunos antiguos: ¿Bebanches tú (bebes tú)? Así creanche (así cree).

Mas no por eso deja de ser una ley el movimiento perpetuo.

Si por un momento llega á fijarse el filósofo en esa lengua para observarla, se ve desvanecerse sin cesar, y cae en dolorosas y útiles meditaciones.

No hay estudio más eficaz y fecundo en enseñanzas. Ni una metáfora; no existe una etimología de germanía que no contenga una lección.

Entre esos hombres, batir es fingir; se bate una enfermedad; la astucia es su fuerza.

Para ellos la idea del hombre no se separa de la idea de la sombra. La noche se dice la sorgue, el hombre l'orgue. El hombre es un derivado de la noche.

Se han acostumbrado á considerar á la sociedad como una atmósfera que les mata, como una fuerza fatal, y hablan de su libertad, como pudieran hablar de su salud. Un hombre preso es un enfermo; un hombre sentenciado, es un muerto.

Lo más terrible para el prisionero, dentro de las cuatro paredes de piedra que le sepultan, es una especie de castidad glacial; así es que llama al calabozo el castus.

En ese fúnebre lugar, siempre aparece la vida exterior bajo su aspecto más risueño.

El encarcelado tiene grillos en los pies; ¿creéis acaso que piensa que los pies son para andar? No, piensa que con ellos se baila.

Así es que cuando llega á romper sus hierros, su primera idea es que ya puede bailar, y llama por lo mismo á la sierra bastringue (sala de baile).

Un nombre es un centro; profunda asimilación.

El bandido tiene dos cabezas, una que razona sus acciones y le guía durante su vida entera, otra que tiene sobre sus hombros el día de su muerte; á la cabeza que le aconseja el crimen la llama la sorbona, y á la que le expía, el troncho.

Cuando ha llegado el hombre á no llevar más que andrajos sobre el cuerpo y vicios en el corazón; cuando se halla al final de esa doble degradación material y moral que caracteriza en sus dos acepciones la palabra andrajoso, está ya preparado[Pg 240] para el crimen; por eso la germanía no dice «un andrajoso», sino un aderezado.

¿Qué es el presidio? Un brasero de condenación, un infierno. El presidiario se llama un leño.

En fin, ¿qué nombre dan los malhechores á la prisión? El colegio. Todo un sistema penitenciario puede salir de esta palabra.

¿Se quiere saber dónde han nacido la mayor parte de las canciones de presidio, esos refranes llamados lirlonfa en su vocabulario especial?

Pues atended:

Había en el Châtelet de París un subterráneo muy grande que estaba á ocho pies bajo el nivel del Sena. No tenía ni ventanas ni respiraderos; la única abertura era la puerta; los hombres podían entrar allí, el aire no.

Este subterráneo tenía por techo una bóveda de piedra, y por suelo diez pulgadas de fango.

Había estado embaldosado; pero las baldosas se habían podrido y agrietado con el rezumo de las aguas.

Á ocho pies del suelo atravesaba de parte á parte aquel subterráneo una larga viga maciza, de la cual pendían, de trecho en trecho, cadenas de tres pies de largo, en cuyo extremo había una argolla.

Encerrábase en aquella cueva á los condenados á presidio hasta el día que salían para Tolón.

Los empujaban hasta debajo de aquella viga, donde á cada cual le esperaba su herramienta oscilando en las tinieblas.

Las cadenas, esos brazos pendientes y las argollas, esas manos abiertas, cogían aquellos miserables por el cuello.

Remachábanse los hierros y se les dejaba allí.

La cadena resultaba corta y no podían echarse. Permanecían inmóviles dentro de aquella cueva, en aquella noche, bajo aquella viga, casi colgados, obligados á hacer esfuerzos inauditos para alcanzar el pan ó el cántaro, con la bóveda sobre la cabeza, el cieno á media pierna, corriéndoles el excremento por las corvas, destrozados de fatiga, doblándose por las caderas y rodillas, agarrándose con las manos á la cadena para reposar, no pudiendo dormir sino de pie y despertándose á cada instante por el rozamiento de la argolla. Algunos de ellos ni siquiera llegaban á despertar.

Para comer, subían con el talón á lo largo de la tibia hasta la mano el pan que les arrojaban en el lodo.

¿Cuánto tiempo permanecían así?

Un mes, dos meses, á veces hasta seis; hombre hubo que se pasó allí un año.

Tal era la antesala de los presidios donde se entraba á veces por haber robado una liebre al rey.

En ese sepulcro-infierno ¿qué hacían?

Lo que se puede hacer en un sepulcro, agonizar, y lo que se puede hacer en un infierno, cantar, porque donde no hay esperanza,[Pg 241] queda el canto.

En las aguas de Malta, cuando se acercaba una galera, oíanse los cantos antes que el ruido de los remos.

El pobre cazador furtivo Survincent, que había pasado por la prisión subterránea del Châtelet, decía: «Las rimas son las que me han sostenido».

Inutilidad de la poesía. ¿Para qué sirve la rima?

En aquel subterráneo es donde nacieron casi todas las canciones de germanía. Del calabozo del Gran Châtelet de París viene aquel melancólico mote de la galera de Montgomery: Tímaloumisaine, timaloumison.

La mayor parte de estas canciones son lúgubres; algunas son alegres; una hay tierna:

Aquí está el teatro
Del niño dardero

Hágase lo que se quiera, nunca se podrá arrancar ese eterno residuo del corazón del hombre, el amor.

En ese mundo de acciones sombrías, cada cual guarda su secreto. El secreto es propiedad de todos.

El secreto, para esos miserables, es la unidad que sirve de base á la unión.

Romper el secreto, es arrancar á cada miembro de esa comunidad feroz algo de sí mismo.

Delatar, en la lengua enérgica de germanía, se dice: «Comer el bocado», como si el delator sacase para sí un poco de la substancia de todos y se alimentase con un bocado de la carne de cada uno.

¿Qué es recibir un bofetón? La metáfora vulgar responde: «Ver treinta y seis candelas».[6]

Aquí interviene la germanía y dice á su vez: «Candela, humo». Con lo que el lenguaje usual ha hecho «humazo», sinónimo de bofetón.

Así, por una especie de penetración de abajo hacia arriba, ayudando la metáfora, esa conductora incalculable, la germanía sube de la caverna á la Academia; y diciendo Pulallier: «Yo enciendo mi humo» (candela), le hace escribir á Voltaire: «Langleviel de la Beaumelle merece cien humazos» (bofetones).

Una investigación en la germanía trae un descubrimiento á cada [Pg 242] paso. El estudio profundo de ese extraño idioma conduce al misterioso punto de intersección de la sociedad regular con la sociedad maldita.

El ladrón tiene también su carne de cañón, la materia robable: vosotros, yo, cualquiera que pasa; el «pantre». («Pan», todo el mundo).

La germanía es el verbo convertido en presidiario.

Que pueda el principio pensador del hombre ser empujado hasta nivel tan bajo, pueda ser arrastrado y agarrotado allí por las obscuras [Pg 243] tiranías de la fatalidad; que pueda quedar sujeto á lazos desconocidos en ese principio, es desconsolador.

¡Oh pobre pensamiento de los miserables!

¡Ay! ¿No acudirá nadie en socorro del alma humana entre las sombras? ¿Es acaso su destino esperar allí por siempre jamás al espíritu, al libertador, al inmenso jinete de los pegasos y de los hipogrifos, al caballero de color de aurora, que desciende del empíreo entre dos alas, al radiante caballero del porvenir?

[Pg 244]

¿Tendrá ella que llamar siempre inútilmente en su auxilio la lanza de luz del ideal?

¿No hay ya para esa pobre alma aherrojada más que el sudario de la materia, las ignominias del oprobio?

[Pg 245]

¿Está condenada á oir llegar espantosamente en el espesor del abismo al Mal, y entrever, cada vez más cerca, bajo las aguas asquerosas, aquella cabeza draconiana, aquellas fauces arrojando baba, aquella ondulación serpenteante de garras, de hinchamientos y de anillos?

¿Habrá de permanecer allí, sin un rayo de luz, sin una esperanza, entregada á esa aproximación formidable del monstruo, sintiéndola vagamente, [Pg 246] temblando, despavorida, retorciendo los brazos, encadenada para siempre á la roca de la noche, sombría Andrómeda, pálida y desnuda en las tinieblas?

[Pg 247]

III
Germanía que llora y germanía que ríe

Como se ve, la germanía toda entera, lo mismo la germanía de hace cuatrocientos años que la germanía de hoy día, está penetrada de ese sombrío espíritu simbólico que da á todas las palabras, ora un aspecto dolorido, ora un aire amenazador.

Se adivina en ellas la antigua tristeza feroz de aquellos truhanes del Patio de los Milagros que jugaban á las cartas con naipes peculiares suyos, de los cuales se han conservado algunos.

El ocho de bastos, por ejemplo, representaba un gran árbol con ocho hojas enormes de trébol, especie de personificación fantástica de la selva.

Al pie de ese árbol se veía una hoguera en que tres liebres asaban á un cazador puesto en su asador, y detrás, en otra hoguera, una marmita humeante, de la que salía la cabeza de un perro.

Nada tan lúgubre como esas represalias en pintura, en una baraja de naipes, teniendo á la vista las hogueras en que se quemaba á los contrabandistas y las calderas en que se cocía á los monederos falsos.

Las diversas formas que tomaba el pensamiento en el reino de la germanía, hasta la canción, hasta la burla, hasta la amenaza, tenían todas ese carácter impotente y humillado.

Todos los cantares, de los que se han recogido algunas melodías, eran humildes y lastimeros hasta hacer llorar.

El pigre llama el pobre pigre, y siempre es la liebre que se esconde, el ratón que se escapa, el pájaro que huye.

Apenas reclama, se concreta á suspirar; uno de sus gemidos ha llegado hasta nosotros:

Je n'entrave que le dait comment meck, le daron des orgues, peut atigen ses mômes et ses momignards el les locher criblant sans être agité lui-même (No comprendo cómo Dios, padre de los hombres, puede atormentar á sus hijos y á sus pequeñuelos, y oirlos gritar sin atormentarse á sí mismo).

El miserable, siempre que tiene ocasión de pensar, se hace pequeño ante la ley y raquítico ante la sociedad; se está boca abajo, suplica, se vuelve del lado de la piedad; se le ve reconocer su falta.

Hacia mediados del último siglo verificóse un cambio. Los cánticos de las cárceles, los ritornelos de los ladrones tomaron, por así decirlo, un gesto característico y jovial. El plañidero maluré fué reemplazado por larifla.

Encuéntrase en el siglo XVIII, en casi todas las canciones de las cárceles y presidios, como entre las chusmas, una alegría diabólica y enigmática.

Se oye allí este estribillo estridente y saltón que parece iluminado por una luz fosforescente y como arrojado en el bosque por un fuego fatuo, tocando el pífano:

Mirlababi surlababo,
Mirliton ribonribette
Surlababi mirlababo,
Mirliton ribonribo.

Esto se cantaba degollando á un hombre en una cueva ó en un rincón de un bosque.

Síntoma grave. En el siglo XVIII disípase la antigua melancolía de esas clases doloridas.

Sueltan la carcajada; búrlanse del gran meg (Dios) y del gran dab (rey).

Al darles á Luis XV, llaman al rey de Francia «marqués de Pantin». Y están ya casi alegres.

Sale de esos miserables una especie de luz ligera, como si ya nada les pasase en la conciencia.

Esas tribus lamentables de la sombra no tienen ya únicamente la audacia de las acciones, sí que también la audacia negligente del ingenio; indicio de que van perdiendo el sentimiento de su criminalidad, y de que comprenden que hasta entre los pensadores y los reflexivos encuentran cierto apoyo, aunque indefinible todavía.

Indicio de que el robo y el pillaje comienzan á infiltrarse hasta con doctrinas y sofismas, que les hacen perder algo de su fealdad, prestando una gran parte á los sofismas y á las doctrinas.

Indicio, en fin, de que si no surge alguna diversión, está cercana alguna explosión prodigiosa.

Detengámonos un momento.

Señalaremos un hecho.

¿Á quién acusamos aquí? ¿Es al siglo XVIII? ¿Es á su filosofía?

No por cierto.

La obra del siglo XVIII es sana y buena. Los enciclopedistas, con Diderot á la cabeza; los fisiócratas, con Turgot á la cabeza; los filósofos, con Voltaire á la cabeza; los utopistas, con Rousseau á la cabeza, son las cuatro legiones sagradas á las que debe la humanidad su inmenso avance hacia la luz.

Son las cuatro vanguardias del género humano en dirección á los cuatro puntos cardinales del progreso: Diderot hacia todo lo bello, Turgot hacia lo útil, Voltaire hacia lo verdadero, Rousseau hacia lo justo.

Pero al lado, y por bajo de los filósofos había los sofistas, vegetación venenosa mezclada con la frondosidad saludable, cicuta de la selva virgen.

Mientras que el verdugo quemaba en la escalera principal del Palacio de Justicia los grandes libros libertadores del siglo, escritores hoy día olvidados publicaban, con privilegio del rey, cierta clase de escritos extrañamente desorganizadores, ansiosamente leídos por los miserables.

Algunas de esas publicaciones, cosa singular, patrocinadas por un príncipe, se encuentran en la Biblioteca secreta.

Estos hechos, profundos pero ignorados, pasaban desapercibidos en la superficie. Á veces, la obscuridad misma de un hecho es la que constituye su peligro. Es obscuro, porque es subterráneo.

De todos los escritores, el que quizá ahondó más entonces en las masas la galería menos sana, fué Restif de la Bretonne.

Este trabajo, peculiar á toda Europa, hizo más estragos en Alemania que en ninguna otra parte.

En Alemania, durante cierto período, resumido por Schiller en su drama famoso de Los bandidos, el robo y el pillaje se erigían en protesta contra la propiedad y el trabajo; se asimilaban ciertas ideas elementales, espaciosas y falsas, justas en apariencia, absurdas en realidad; se envolvían con esas ideas, desaparecían en cierto modo de ellas, tomaban un nombre abstracto y pasaban al estado de teoría; y de esa manera circulaban en las multitudes laboriosas, pacientes y honradas, sin notarlo siquiera ni los químicos imprudentes que habían preparado la mixtura, ni las masas que la absorbían.

Siempre que se produce un hecho de esta índole, resulta grave.

El sufrimiento engendra la cólera; y mientras las clases prósperas se ciegan ó se adormecen, lo cual es siempre cerrar los ojos, el odio de las clases desgraciadas enciende su tea á la luz de algún ánimo disgustado ó contrahecho que medita en un rincón, y se pone á examinar la sociedad.

El examen del odio, ¡cosa terrible!

De ahí provienen, si la desgracia de los tiempos lo quiere, esas aterradoras conmociones que se llamaban antiguamente jacquerías, junto á las cuales las agitaciones puramente políticas son juegos de niños, porque no son ya la lucha del oprimido contra el opresor, sino la rebelión de la estrechez contra el bienestar. Todo se derrumba entonces.

Las jacquerías son temblores del pueblo.

Ese peligro, inminente quizá en Europa hacia fines del siglo XVIII, fué el que vino á paralizar la Revolución francesa, ese acto inmenso de probidad.

La Revolución francesa, que no es otra cosa que lo ideal armado de la cuchilla, se levanta, y con un solo movimiento brusco cierra la puerta del mal abriendo la del bien.

Deslinda la cuestión, promulga la verdad, expulsa el miasma, sanea el siglo y corona al pueblo.

Puede decirse de ella que ha creado al hombre por segunda vez, dándole una segunda alma: el derecho.

El siglo XIX hereda y se aprovecha de su obra; y hoy día la catástrofe social que indicábamos anteriormente, es simplemente imposible. ¡Ciego es quien la acusa! ¡Necio quien la teme! La Revolución es la vacuna de la jacquería.

Gracias á la Revolución, las condiciones sociales han cambiado. Las enfermedades feudales y monárquicas no están ya en nuestra sangre. No hay ya Edad Media en nuestra constitución.

No estamos ya en los tiempos en que espantosos hormigueos interiores producían irrupciones en que se oía bajo los pies la carrera obscura de un ruido sordo, en que aparecían á la superficie de la civilización indefinibles levantamientos de galerías de topos, en que se agrietaba el suelo, en que se abría el techo de las cavernas, y en que de repente se veía salir de la tierra cabezas monstruosas.

El sentido revolucionario es un sentido moral.

El sentimiento del derecho, desarrollado, desarrolla el sentimiento del deber.

La ley de todos es la libertad, que concluye donde empieza la libertad de otro, según la admirable definición de Robespierre.

Desde 1789, el pueblo todo entero se dilata en el individuo sublimado; no hay pobre que, teniendo su derecho, no tenga su irradiación; el hambriento siente sobre sí la honradez de la Francia; la dignidad de ciudadano es una armadura interior; el que es libre, es escrupuloso; el que vota, reina.

De ahí la incorruptibilidad; de ahí el aborto de las ambiciones funestas; de ahí los ojos heroicamente bajos ante las tentaciones.

El saneamiento revolucionario es tal, que en un día de emancipación, en un 14 de julio, ó en un 10 de agosto, no hay ya populacho. El [Pg 248] primer grito de las muchedumbres iluminadas y engrandecidas es: «¡Muera el ladrón!».

El progreso es hombre y es honrado; lo ideal y lo absoluto no sirven ya de tapujo.

¿Por quiénes fueron escoltados en 1848 los furgones que contenían las riquezas de las Tullerías? Por los traperos del barrio de San Antonio.

El andrajo dió la guardia al tesoro. La virtud hizo resplandecer á los harapientos.

[Pg 249]

Estaba allí, en aquellos furgones, en cajas apenas cerradas, algunas hasta entreabiertas, entre cien estuches deslumbradores, la antigua corona de Francia, toda de diamantes, teniendo por remate el carbunclo real del regente, que valía treinta millones de francos; y guardaban ellos, con los pies descalzos, aquella corona.

Nada, pues, de jacquería. Lo siento por los hábiles, puesto que desaparece en último término ese antiguo coco, y ya en adelante no podrá [Pg 250] nadie servirse de él en política.

Se ha roto el gran resorte del espectro rojo. Y todo el mundo lo sabe. El espantajo ya no espanta á nadie.

Los pájaros se permiten familiaridades con el maniquí, los estiércoles le caen encima, los burgueses se ríen á su pie.

[Pg 251]

IV
Los dos deberes: velar y esperar

Siendo esto así, se ha disipado en verdad todo peligro social.

No hay ya jacquería; la sociedad puede estar tranquila por este lado; no se le subirá ya la sangre á la cabeza; pero medite como respira.

La apoplejía no es de temer, pero sí la tisis.

La tisis social se llama miseria.

Lo mismo se muere minado que aplastado.

No nos cansaremos de repetirlo: pensar ante todo en la multitud desheredada y dolorida, consolarla, darle aire y luz, amarla, ensanchar magníficamente su horizonte, prodigarle la educación bajo todas sus formas, ofrecerle el ejemplo del trabajo, nunca el de la ociosidad, aminorar el peso de la carga individual aumentando la noción del fin universal, limitar la pobreza sin limitar la riqueza, crear vastos campos de actividad pública y popular, tener, como Briareo, cien manos que tender por todas partes á los débiles y á los oprimidos, emplear el poder colectivo en ese gran deber de abrir talleres á todos los brazos, escuelas á todas las aptitudes y laboratorios á todas las inteligencias, aumentar el salario, disminuir el trabajo, equilibrar el debe y haber, es decir, proporcionar el goce al esfuerzo y la saciedad á la necesidad; en una palabra, hacer despedir al aparato social en provecho de los que padecen y de los que ignoran; más luz y bienestar; tal es, y no lo olviden las almas simpáticas, la primera de las obligaciones fraternales; tal es, y sépanlo los corazones egoístas, la primera de las necesidades políticas.

Y digámoslo también, todo ello no es más que un principio.

La verdadera cuestión es ésta: el trabajo no puede ser una ley sin ser un derecho.

No insistimos más, porque no es éste el lugar de hacerlo.

Si la naturaleza se llama Providencia, la sociedad debe llamarse Previsión.

El acrecentamiento intelectual y moral no es menos indispensable que el mejoramiento material.

El saber es un viático; el pensar es de primera necesidad; la verdad es un alimento como el trigo.

Una inteligencia falta de saber y de reflexión, se debilita.

Si hay algo más doloroso que un cuerpo agonizante por falta de alimento, es un alma que se muere de hambre de luz.

El progreso entero tiende hacia la solución de esos problemas.

Llegará un día en que todo el mundo se asombre.

El género humano, subiendo siempre, conseguirá que las capas más profundas salgan naturalmente de la zona de la desgracia.

La desaparición de la miseria se hará por una simple elevación de nivel.

No es cuerdo dudar de esta solución bendita.

Es verdad que lo pasado tiene mucha vida aún á la hora en que escribimos. Es más, revive.

Este rejuvenecimiento de un cadáver es cosa sorprendente. Anda y se acerca; parece triunfante; ese muerto es un conquistador.

Lleva con su legión las supersticiones; con su espada, el despotismo; con su bandera, la ignorancia: en poco tiempo ha ganado diez batallas; avanza, amenaza, se ríe y está á nuestras puertas.

En cuanto á nosotros, no por eso desesperamos. Vendamos el terreno donde acampa Aníbal.

Nosotros, los que creemos, ¿qué podemos temer?

No hay retroceso de ideas, como no lo hay de ríos.

Pero que reflexionen los que no quieren el porvenir. Diciendo no al progreso, no es el porvenir lo que condenan, sino á sí mismos.

Se crean una enfermedad sombría; se inoculan el mal de lo pasado.

No hay más que una manera de negarse á ser mañana: morir.

Pero nosotros no queremos ninguna muerte: la del cuerpo, lo más tarde posible; la del alma, nunca.

Sí, el enigma dirá su palabra; hablará la esfinge; el problema se resolverá.

Sí, el pueblo bosquejado por el siglo XVIII, será acabado por el siglo XIX.

¡Quien lo dude será un idiota!

La perfección futura, el estado próximo del bienestar universal, es un fenómeno divinamente fatal.

Los hechos humanos están regidos por inmensos impulsos simultáneos que los conducen á todos, y en tiempo dado, al estado lógico; es decir, al equilibrio; ó mejor á la equidad.

Una fuerza terrena y celestial á la vez, surge de la humanidad, y la gobierna; esta fuerza hace milagros; para ella los desenlaces maravillosos no son más difíciles que las peripecias extraordinarias.

Auxiliada por la ciencia, que viene del hombre, y por el éxito que viene de otra parte, se asusta poco de esas contradicciones en la enunciación de los problemas que le parecen imposibles al vulgo.

No es menos hábil para sacar una solución del contraste de las ideas que una enseñanza del contraste de los hechos; y todo se puede esperar de ese misterioso poder del progreso, que el mejor día pone al Oriente frente al Occidente en el fondo de un sepulcro, y hace conversar á los imanes con Bonaparte en lo interior de la gran pirámide.

Entre tanto, no nos paremos, no vacilemos, no nos detengamos en la grandiosa marcha de las inteligencias.

La filosofía social es esencialmente la ciencia y la paz; tiene por objeto y debe tener por resultado el disolver las iras por medio del estudio de los antagonismos. Examina, escudriña, analiza, y después recompone; procede por vía de reducción, separando siempre el odio.

Que una sociedad desaparezca ante el viento que se desencadena sobre los hombres, lo hemos visto más de una vez; la historia está llena de naufragios de imperios y de pueblos: costumbres, leyes, religiones, todo desaparece el día menos pensado ante lo desconocido, ante el huracán que pasa y lo arrastra todo.

Las civilizaciones de la India, de la Caldea, de la Persia, de la Asiria y de Egipto, han desaparecido unas tras otras.

¿Por qué? Lo ignoramos.

¿Cuáles fueron las causas de esos desastres? No lo sabemos.

¿Habrían podido salvarse esas sociedades? ¿Fué suya la culpa? ¿Han alimentado algún vicio fatal que las ha perdido? ¿En qué cantidad entra el suicidio en esas muertes terribles de una nación y de una raza?

Cuestiones son todas ellas sin respuesta.

La sombra cubre las civilizaciones condenadas.

Hacían agua, puesto que se fueron á pique; no hay por lo tanto nada que decir.

Y vemos con singular asombro, en el fondo de ese mar que se llama lo pasado, detrás de esas olas colosales que se llaman siglos, cómo zozobran esos inmensos buques llamados Babilonia, Nínive, Tarsis, Tebas y Roma, bajo el soplo espantoso que sale de todas las bocas de la obscuridad.

Pero estas tinieblas se quedan allí; aquí tenemos luz.

Ignoramos los males de las civilizaciones antiguas, pero conocemos las enfermedades de la nuestra; en todas partes tenemos sobre ella el derecho de la luz; contemplamos sus bellezas y ponemos al descubierto sus deformidades.

Donde tiene un dolor, le sondeamos; y consignado el padecimiento, el estudio de la causa nos lleva al descubrimiento del remedio.

Nuestra civilización, obra de veinte siglos, es á un tiempo un monstruo y un prodigio; y bien vale la pena de que se la salve. Y se la salvará.

Consolarla, es ya mucho; iluminarla, es algo más.

Todos los trabajos de la filosofía social moderna deben converger hacia ese fin.

El pensador moderno tiene un gran deber: auscultar la civilización.

Lo repetimos: esta auscultación es un estímulo; y con esta insistencia en el estímulo queremos concluir estas páginas, entreacto austero de un drama doloroso.

Bajo la mortalidad social se descubre la inmortalidad humana.

Porque el globo tenga acá ó allá esas heridas que se llaman cráteres, y esos herpes llamados solfataras; porque haya un volcán que se abra y arroje su pus, el globo no muere.

Los males del pueblo no matan al hombre.

Y sin embargo, el que estudia la clínica social tiembla á cada instante.

Los más fuertes, como los más sensibles, como los más lógicos, tienen [Pg 252] sus horas de desfallecimiento.

¿Llegará el porvenir?

Parece que bien puede hacerse semejante pregunta cuando se advierten tantas sombras terribles.

Sombras colocadas frente á frente de los egoístas y de los miserables.

Del lado de los egoístas, las preocupaciones, las tinieblas de una educación rica, el apetito aumentado por la embriaguez, un aturdimiento de prosperidad que asombra, el temor de padecer, que en algunos llega hasta la aversión hacia los que padecen, una satisfacción implacable: el yo tan hinchado que cierra las puertas del alma.

Del lado de los miserables, la ambición, la envidia, el odio que se produce viendo gozar á los demás, las profundas sacudidas de la fiereza [Pg 253] humana hacia el hartazgo, corazones llenos de bruma, la tristeza, la fatalidad, la necesidad, la ignorancia impura y sencilla.

¿Debemos continuar elevando los ojos al cielo?

El punto luminoso que en él se distingue, ¿es de los que se apagan?

Es horroroso ver así lo ideal perdido en las profundidades, pequeño, aislado, imperceptible, brillante, pero rodeado de todas esas grandes amenazas negras, monstruosamente amontonadas en derredor suyo; y sin embargo, no corre más peligro que el que corre una estrella entre las fauces de una nube.

[Pg 254]

NOTAS:

[4] El Último Día de un condenado.

[5] Silbaron la comedia.

[6] Ver las estrellas.

LIBRO OCTAVO
ENCANTOS Y DESOLACIONES

[Pg 255]

I
Plena luz

El lector ha comprendido ya que habiendo conocido Eponina, á través de la verja, al inquilino de la calle Plumet, adonde la había enviado Magnon, había empezado por alejar á los bandidos de la calle Plumet, y luego había llevado allí á Mario; quien, después de muchos días de éxtasis ante aquella verja, arrastrado por la fuerza que impulsa al hierro hacia el imán, y al amante hacia las piedras que forman la casa de su amor, había concluido por entrar en el jardín de Cosette, como Romeo en el jardín de Julieta.

Pero le había sido más fácil que á Romeo, porque éste tuvo que escalar una pared, y Mario no tuvo que hacer más que forzar un poco una de las barras de la decrépita verja, que vacilaba en su alvéolo enmohecido, como los dientes en las encías de los viejos.

Mario era delgado, y pasó fácilmente.

Como jamás había nadie en la calle, y Mario sólo entraba de noche en el jardín, no corría peligro de ser visto.

Á partir de aquella hora bendita y santa en que un beso unió dos almas, Mario seguía yendo todas las noches.

Si en aquel momento de su vida Cosette hubiera caído en el amor de un hombre poco escrupuloso y libertino, se habría perdido; porque hay naturalezas generosas que se entregan por completo, y Cosette era una de ellas.

Una de las magnanimidades de la mujer es ceder.

El amor á esa altura en que es absoluto, se complica con una indefinible y celestial ceguedad del pudor.

¡Y cuántos peligros corréis, oh almas nobles!

Muchas veces dais el corazón y nosotros tomamos el cuerpo; y os queda luego el corazón y le miráis en la sombra estremecidas.

El amor no tiene términos medios; ó pierde ó salva.

El destino humano está encerrado en ese dilema; dilema de perdición ó salud que ninguna fatalidad le establece tan inexorablemente como el amor.

«El amor es la vida, cuando no es la muerte; es cuna, pero ataúd también».

El mismo sentimiento dice sí y no, en el corazón humano.

De todas las cosas que Dios creó, el corazón humano es la que despide más luz; ¡oh sí! pero también más sombra.

Dios quiso que el amor que Cosette encontrase fuese uno de esos amores que salvan.

Durante el mes de mayo de 1832, hubo todas las noches en aquel pobre jardín salvaje, bajo el follaje, cada día más embalsamado y más frondoso, dos seres respirando castidad é inocencia, sumergidos en las felicidades celestes, más cercanos á los arcángeles que á los hombres; puros, castos, embriagados, esplendentes, que brillaban el uno para el otro en las tinieblas.

Parecíale á Cosette que Mario tenía una corona, y á Mario que Cosette tenía un nimbo.

Se acercaban, se miraban, se cogían las manos, se apretaban uno contra otro; pero había una distancia que no atravesaban. Y no era que la respetasen, sino que la ignoraban.

Mario tenía una barrera, la pureza de Cosette; Cosette tenía un apoyo, la lealtad de Mario. El primer beso había sido el último.

Mario después no había pasado de tocar con sus labios la mano, ó el vestido, ó un rizo de los cabellos de Cosette.

Cosette era para él un perfume y no una mujer; la respiraba.

Ella no le negaba nada; él nada la pedía. Ella era feliz y él estaba satisfecho.

Vivían en ese feliz estado, que se podría llamar el deslumbramiento de un alma por un alma.

Era aquello el inefable primer abrazo de dos virginidades en lo ideal; dos cisnes encontrándose en las aguas de la pureza.

En aquella hora del amor en que la voluptuosidad se calla absolutamente bajo el poderío del éxtasis, Mario, el puro y seráfico Mario, hubiera sido más bien capaz de subir á casa de una mujer pública que de levantar el vestido de Cosette á la altura del tobillo.

Una vez, á la luz de la luna, Cosette se bajó á coger algo del suelo, se entreabrió su corpiño y dejó ver el nacimiento de su garganta.

Mario apartó los ojos.

¿Qué pasaba entre aquellos dos seres?

Nada; se adoraban.

Por la noche, cuando estaban allí, el jardín parecía un lugar viviente y sagrado.

Todas las flores se abrían en torno suyo y les enviaban perfumes, y ellos abrían sus almas y las derramaban sobre las flores.

La vegetación ardiente y vigorosa temblaba llena de savia y de alegría en torno de aquellos dos inocentes, y ellos se decían palabras de amor que hacían estremecer los árboles.

¿Y qué palabras eran esas?

Soplos, nada más.

Y aquellos soplos bastaban á turbar y conmover toda aquella naturaleza.

Poder mágico que apenas se podía comprender si se leyesen en un libro todas aquellas conversaciones nacidas para ser arrastradas y disipadas como el humo por el viento bajo las hojas.

Quitad á los murmullos de dos amantes aquella melodía que sale del alma, y que los acompaña como una lira, y lo que queda no es más que sombra.

Y decís: «¡Qué! ¡No es más que eso!».

—¡Sí; niñerías, repeticiones, risas por cualquier cosa, tonterías, bobadas, lo más sublime y profundo que existe; las solas cosas que merecen ser dichas y oídas!

El hombre que no ha dicho ni escuchado nunca semejantes tonterías y pequeñeces, es un imbécil ó un perverso.

Sí, porque eso es la inocencia.

Cosette decía á Mario:

—¿Sabes?...

(Con todo eso y al través de esa celeste virginidad, y sin que les hubiera sido posible al uno ni al otro decir el cómo, se tuteaban).

—¿Sabes? Me llamo Eufrasia.

—¿Eufrasia? No, hija, no; tú te llamas Cosette.

—¡Oh! Cosette es un nombre muy feo que me pusieron cuando era niña. Pero mi verdadero nombre es Eufrasia. ¿No te gusta este nombre?

—Sí... Pero Cosette no es feo.

—¿Te gusta más que Eufrasia?

—Pues... Sí.

—Entonces también á mí me gusta más. Es verdad, es muy bonito. ¡Cosette! Llámame Cosette.

Y la sonrisa con que acompañaba estas palabras hacía de este diálogo un idilio digno de un bosque que estuviera en el cielo.

Otras veces le miraba ella fijamente, exclamando:

—Caballero, sois muy lindo, muy guapo; tenéis talento; no sois tonto en modo alguno; sabéis más que yo; pero os desafío á pronunciar esta palabra: ¡Te amo!

Y Mario, en medio de un placer celestial, creía oir una estrofa entonada por una estrella.

O bien ella le daba un golpecito porque tosía, diciéndole:

—No tosáis, caballero. No quiero que nadie tosa en mi casa sin mi permiso. Es muy feo eso de toser é inquietarme. Quiero que estés bueno; porque si estuvieras malo, sería yo muy desgraciada. ¿Qué quieres que le haga?

Y esto era sencillamente una cosa divina.

Una vez Mario la dijo á Cosette:

—Figúrate que hubo un día en que creí que te llamabas Úrsula.

Y esto les dió que reir toda la noche.

Otra vez, en medio de una de aquellas pláticas, exclamó Mario:

—¡Oh! ¡Un día en el Luxemburgo tuve deseos de acabar de estropear á un inválido!

Pero se detuvo, y no fué más allá. Le habría sido preciso hablar á Cosette de la liga, y esto era imposible.

Existía entre ellos una especie de barrera desconocida, la carne, ante la cual retrocedía con cierto espanto sagrado aquel inmenso é inocente amor.

Mario se figuraba que era aquello vivir con Cosette, y que no había un más allá en el mundo; ir todas las noches á la calle Plumet, separar el complaciente hierro de la verja del presidente, sentarse junto á ella en aquel banco, mirar al través de los árboles las titilaciones del comienzo de la noche, poner en contacto el pliegue de la rodilla de su pantalón con la falda de Cosette, acariciarle la uña del dedo pulgar, tutearse, aspirar la misma flor uno en pos del otro, siempre é indefinidamente.

Entre tanto, las nubes pasaban sobre sus cabezas. Cada vez que sopla el viento arrastra más sueños de hombre que nubes del cielo.

Aquel casto amor, casi salvaje, no rechazaba absolutamente la galantería, no.

«Hacer cumplimientos» á quién se ama, es el primer modo de hacer caricias; es una prueba de audacia.

El cumplimiento obsequioso es como un beso al través del velo.

El deleite envuelve en él su germen, ocultándose.

Los requiebros de Mario, saturados de quimeras, eran, por así decirlo, celestiales.

Los pájaros, cuando vuelan por lo alto, al lado de los ángeles, oyen forzosamente palabras como ésas. En ellas se mezclaba, sin embargo, la vida, la humanidad, toda la cantidad de positivo de que Mario era capaz.

Es lo que se dice en la gruta, preludio de lo que ha de decirse en la alcoba; una efusión lírica, la estrofa y el soneto mezclados, las caballerescas hipérboles del arrullo; todos los refinamientos de la adoración colocados en un ramillete y exhalando un suave perfume celestial, un inefable susurro de corazón á corazón.

—¡Oh!—murmuraba Mario:—¡Qué hermosa eres! No me atrevo á mirarte. Por eso te contemplo. Eres una gracia. No sé lo que tengo. El bajo de tu vestido, cuando asomas la punta del pie, me trastorna. ¡Qué resplandor desprendes cuando se entreabre tu pensamiento! Siempre hablas con asombroso juicio. Hay instantes en que me parece que eres un sueño. Habla; yo te escucho, yo te admiro. ¡Oh! ¡Qué raro y que encantador es todo esto! Estoy verdaderamente loco. Sois adorable, señorita. Estudio tus pies con el microscopio, y tu alma con el telescopio.

Y Cosette respondía:

—Te amo un poco más, por el tiempo que ha transcurrido, desde esta mañana.

Preguntas y respuestas iban como podían en este diálogo, cayendo siempre de acuerdo sobre el amor, como los dominguillos de saúco sobre el clavo.

Cosette era la sencillez, la ingenuidad, la trasparencia, la blancura, el candor, la luz.

Podía decirse de ella que era diáfana.

Causaba á todo el que la veía una sensación como el abril y la aurora; aparecía el rocío en sus ojos.

Cosette era la condensación del resplandor boreal en forma de mujer.

Era, por cierto, muy sencillo que Mario, adorándola, la admirase.

Pero la verdad es que aquella colegiala, tierna flor del convento, hablaba con penetración exquisita, y decía á cada momento toda clase de palabras propias y delicadas.

Lo que en otra hubiera sido cháchara, era en ella conversación; no [Pg 256] se engañaba en ningún asunto, y sabía siempre apreciar lo justo.

La mujer siente y habla con el tierno instinto del corazón, que es infalible.

Nadie puede decir cosas tiernas y profundas á la vez como una mujer.

Dulzura y profundidad; he ahí la mujer, he ahí el cielo.

En aquella felicidad plena asomaban á cada instante lágrimas en sus ojos.

Un insectillo aplastado, una pluma caída de un nido, una rama de [Pg 257] árbol desgajada, los enternecía, y aquellos éxtasis, dulcemente impregnados de melancolía, parecía que sólo pedían una lágrima.

El síntoma más grande del amor es un enternecimiento que llega á veces á lo insoportable.

Y después de esto, porque tales contradicciones son el juego de los relámpagos en amor, se reían de buena gana y con expansiva libertad, y tan familiarmente, que parecían algunas veces un par de niños.

Sin embargo, aún ignorándolo los mismos corazones ebrios de castidad, se encuentran siempre en la inolvidable naturaleza.

[Pg 258]

Allí está con su objeto sublime y brutal; y cualquiera que sea la inocencia de las almas, se siente, en la conversación íntima más púdica, el adorable y misterioso matiz que separa á dos amantes de dos amigos.

Se idolatraban.

Lo permanente y lo inmutable subsisten siempre.

Los amantes se aman, se sonríen, se ríen, se hacen muecas tan imperceptibles para los demás como expresivas para ellos, con la punta de [Pg 259] los labios; entrelazan los dedos de las manos, se tutean, sin que todo ello se oponga para nada á la eternidad.

Dos amantes se ocultan en la noche, en el crepúsculo, en lo invisible, como los pájaros, como las rosas; se fascinan uno á otro en la sombra con sus corazones, que ponen en sus ojos; murmuran, cuchichean, y al mismo tiempo el grandioso movimiento de los astros sigue llenando el infinito.

[Pg 260]

II
El aturdimiento de la felicidad completa

Existían vagamente agobiados de felicidad.

No habían notado que el cólera diezmaba á París precisamente en aquel mismo mes.

Se habían hecho todas las confianzas posibles; pero no habían pasado más allá de sus nombres.

Mario había dicho á Cosette que se llamaba Mario Pontmercy, que era abogado, que vivía de escribir para los libreros, que su padre era coronel y había sido un héroe, y que estaba disgustado con su abuelo, que era muy rico.

Le había indicado también que era barón; pero esto no había producido el menor efecto en Cosette.

¿Mario, barón? No lo comprendía; no sabía lo que esta palabra quería decir. Para ella, Mario era Mario.

Cosette, por su parte, le había dicho que se había educado en el convento del Petit Picpus, que su madre había muerto como la de él, que su padre se llamaba Fauchelevent, que era muy bueno, que daba muchas limosnas, que era, á pesar de ello, pobre, y que se privaba de todo, no privándola á ella de nada.

Y ¡cosa rara! en la especie de sinfonía en que vivía Mario, desde que visitaba á Cosette, lo pasado, aún lo más reciente, se había hecho para él tan confuso y lejano, que lo que Cosette le contaba le satisfacía por completo.

No se le ocurrió siquiera hablarle de la aventura nocturna del caserón de los Thénardier, de la quemadura y de la extraña actitud y singular huida de su padre.

Mario había olvidado enseguida todo aquello; no sabía por la noche ni lo que había hecho por la mañana, ni dónde había almorzado, ni quién le había hablado; tenía en el oído una música que le ensordecía para cualquier otro pensamiento; sólo se daba cuenta de su existencia durante las horas en que veía á Cosette. Y entonces, como estaba en el cielo, era natural que olvidase la tierra.

Ambos llevaban con languidez el peso indefinible de los deleites inmateriales.

Que es así como viven esos sonámbulos que se llaman enamorados.

¡Ah! ¿Quién no ha pasado por algo parecido? ¿Por qué llega una hora en que se ha de abandonar ese cielo? ¿Por qué continua luego la vida?

El amor reemplaza casi al pensamiento; es una completa abstracción de todo lo demás.

¡Idle á pedir lógica á la pasión!

No hay encadenamiento lógico absoluto en el corazón humano, como no hay ninguna figura geométrica perfecta en la mecánica celeste.

Para Cosette y Mario no existía nada más que Mario y Cosette.

El universo en su derredor estaba como caído en un abismo.

Vivían en un minuto de oro.

No miraban adelante ni atrás; Mario apenas pensaba en que Cosette tuviese padre. En su cerebro había algo semejante á un deslumbramiento que todo lo borra.

¿De qué hablaban aquellos amantes?

Ya lo hemos dicho: de las flores, de las golondrinas, del sol poniente, de la salida de la luna, de todas las cosas importantes; se lo decían todo; esto es, el todo de los enamorados, que es la nada.

Pero el padre, las realidades, aquel desván, aquellos bandidos, aquella aventura, ¿qué les importaba?

¿Estaban seguros de que había existido aquel sueño?

Eran dos, se adoraban, no había más que esto; todo lo demás no existía.

Es probable que este desvanecimiento del infierno detrás de nosotros es inherente á la llegada al paraíso.

¿Acaso se ha visto á los demonios? ¿Los ha habido? ¿Se ha tenido miedo? ¿Se ha sufrido? Ya no se sabe; todo eso lo cubre una nube de rosa.

Así vivían, pues, aquellos dos seres, á grande altura, con toda la inverosimilitud que hay en la naturaleza; ni en el nadir, ni en el zenit, entre el hombre y el serafín; entre el fango y el éter; en la nube; apenas carne y hueso; alma y éxtasis de pies á cabeza; demasiado sublimes para andar por la tierra, pero con bastante humanidad aún para desaparecer en lo azul, en suspensión, como átomos que esperan el precipitado; en apariencia fuera del destino; ignorando la miseria del ayer y del hoy como del mañana; maravillados, pasmados, flotantes, aligerados por momentos para la desaparición en lo infinito; casi dispuestos á emprender el vuelo eterno.

[Pg 261]

Dormían despiertos en aquel arrullo. ¡Oh letargo espléndido de la realidad llena de idealismo!

Algunas veces, por más que Cosette fuese tan bella, cerraba Mario los ojos en su presencia. Con los ojos cerrados es como se ve el alma.

Mario y Cosette no se preguntaban adónde aquello podía conducirles.

No alcanzaban á ver un más allá.

Es una extraña pretensión de los hombres la de querer que el amor conduzca á alguna parte.

[Pg 262]

III
Principio de sombra

Juan Valjean, por su parte, nada sospechaba.

Cosette, algo menos soñadora que Mario, estaba alegre, y esto le bastaba á Juan Valjean para ser feliz.

Los pensamientos de Cosette, sus tiernas ilusiones, la imagen de Mario que llenaba su alma, no perjudicaban en nada la pureza incomparable de su hermosa frente casta y risueña.

Estaba en la edad en que las vírgenes llevan su amor como los ángeles su azucena.

Estaba, pues, tranquilo Juan Valjean.

Y luego, cuando dos amantes se entienden, todo va perfectamente bien; y un tercero cualquiera que pudiera turbar su amor, queda envuelto en una perfecta obscuridad con sólo algunas precauciones, siempre las mismas para todos los enamorados.

Así es que Cosette nunca hacía objeciones á Juan Valjean. ¿Quería pasear? Sí, papaíto. ¿Quería quedarse? Muy bien. ¿Quería pasar la noche al lado de Cosette? Perfectamente; siempre ella tan contenta.

Como Juan Valjean se retiraba ordinariamente á las diez de la noche, no iba en tales noches Mario al jardín hasta después de la hora indicada, cuando oía desde la calle que Cosette abría la puerta ventana de la escalinata.

No hay que decir que durante el día no parecía Mario por allí.

Juan Valjean no se acordaba ya ni de la existencia de tal hombre.

Sólo una vez, una mañana, le dijo á Cosette:

—¡Calle! ¡Cómo tienes la espalda de yeso!

La noche anterior, Mario, en un momento de transporte, había estrechado á Cosette contra la pared.

La vieja Santos, que se acostaba muy temprano, no pensaba más que en dormir después de concluido su trabajo, y lo ignoraba todo como Juan Valjean.

Mario no ponía nunca los pies en la casa.

Cuando estaba con Cosette, se ocultaba en un ángulo cerca de la escalinata para que no le viesen ni oyesen desde la calle.

Sentábanse allí, contentándose muchas veces con apretarse las manos veinte veces por minuto, mirando las ramas de los árboles.

Durante aquellos instantes, aunque hubiera caído un rayo á treinta pasos de ellos, no lo habrían notado; de tal modo la fantasía del uno se absorbía y sumergía profundamente en la del otro.

¡Purezas límpidas! ¡Horas diáfanas, casi todas iguales!

Esta clase de amor es una colección de hojas de lirio y plumas de paloma.

Todo lo ancho del jardín los separaba de la calle.

Cada vez que Mario entraba y salía, ajustaba cuidadosamente la barra de la verja, de modo que no se advertía el menor desperfecto.

Se iba generalmente á media noche, volviéndose á casa de Courfeyrac. Courfeyrac decía á Bahorel:

—¿Lo creerás? Mario se retira ahora de madrugada.

Bahorel respondía:

¿Qué quieres? No es nuevo ni aun raro el que se encierre un petardo en un seminarista.

Algunas veces Courfeyrac se cruzaba de brazos, y poniéndose serio, le decía á Mario:

—¡Andáis descaminado, joven!

Courfeyrac, hombre práctico, no veía con buenos ojos ese reflejo de un paraíso invisible en Mario; estaba poco acostumbrado á las pasiones inéditas; se impacientaba, y hacía frecuentes reflexiones á Mario para que volviese á lo real.

Una mañana le dirigió esta pregunta:

—Querido, se me antoja que te has instalado en la luna, reino del delirio, provincia de las ilusiones, capital de la pompa de jabón. Vamos, sé bueno y franco: ¿quién es ella?

Pero no había medio de «hacer hablar» á Mario. Antes le hubieran arrancado las uñas que una de las tres sílabas sagradas que componían este nombre inefable: Cosette.

El amor verdadero es luminoso como la aurora, y silencioso como la tumba.

Courfeyrac había notado únicamente en Mario que tenía una taciturnidad radiante.

En aquel alegre mes de mayo, Mario y Cosette conocieron estas inmensas felicidades:

Querellarse tratándose de vos, sólo para tutearse luego más á gusto.

Hablar largamente y con los más minuciosos detalles de personas que no les importaban nada absolutamente; nueva prueba de que en esa ópera seductora que se llama el amor, el libreto es casi nada.

Para Mario, oir á Cosette hablar de telas.

Para Cosette, oir á Mario hablar de política.

Escuchar, juntas las rodillas, el ruido de los coches que pasaban por la calle de Babilonia.

Contemplar el mismo planeta en el cielo, ó el mismo gusano de luz en la hierba.

Callarse ambos á un tiempo; placer mayor aún que conversar.

Etc., etc.

Entretanto, se aproximaban algunas complicaciones.

Una noche que Mario iba por el boulevard de los Inválidos, con la cabeza baja según su costumbre, al volver la esquina de la calle de Plumet, oyó que le decían al lado:

—Buenas noches, señor Mario.

Alzó la cabeza y reconoció á Eponina.

Esto le causó un efecto singular.

Ni una sola vez había vuelto á acordarse de aquella muchacha desde el día en que le había llevado á la calle Plumet; no la había vuelto á ver, y se había borrado por completo de su memoria.

Tenía motivos para estarle agradecido, y le debía su felicidad presente; sin embargo, le disgustó encontrarla.

Es un error creer que la pasión, cuando es pura y feliz, conduce al hombre á un estado de perfección; le conduce simplemente, como hemos dicho, á un estado de olvido.

En tal situación el hombre se olvida de ser malo; pero olvida también el ser bueno.

El agradecimiento, el deber, los recuerdos esenciales é importunos se desvanecen.

En cualquier otro tiempo, Mario habría sido de otro modo distinto para Eponina.

Absorbido por Cosette, ni aún se había explicado claramente que [Pg 263] aquella Eponina se llamaba Eponina Thénardier, que llevaba un nombre escrito en el testamento de su padre, el mismo nombre por que se hubiera sacrificado generosamente algunos meses antes.

Presentamos á Mario tal como era; hasta el nombre de su padre desaparecía un poco bajo los esplendores de su amor.

Respondió, pues, con cierto embarazo:

—¡Ah! ¿Sois vos, Eponina?

—¿Por qué me tratáis de vos? ¿Os he hecho algo?

—No,—respondió él.

Es verdad que nada sentía contra ella; todo lo contrario. Pero conocía [Pg 264] que no podía hacer otra cosa; llamando de tú á Cosette, debía tratar de vos á Eponina.

Como Mario se callase, díjole ella:

—Decid, pues...

Y se detuvo. Parecía que le faltaban palabras á aquella criatura, en otro tiempo tan poco aprensiva y tan atrevida.

Trató de sonreír y no pudo. Volvió á decir:

—¿Y bien?

Luego se calló nuevamente y bajó los ojos.

—Buenas noches, señor Mario,—dijo luego, de repente; y se fué.

[Pg 265]

IV
Cab: rueda en inglés y ladra en germanía

El día siguiente, que era el 3 de junio de 1832, fecha que debemos consignar á causa de los sucesos graves que estaban suspendidos en el horizonte de París en estado de nubes cargadas, Mario, al caer la noche, seguía el mismo camino que la víspera, con los mismos alegres pensamientos en el corazón, cuando vió entre los árboles del boulevard á Eponina, que se dirigía hacia él.

Dos días seguidos de encontrarse era demasiado.

Se volvió rápidamente, salió del boulevard, cambió de camino y se fué á la calle Plumet por la calle de Monsieur.

Eponina le siguió hasta la calle Plumet, lo que no había hecho nunca hasta entonces, pues se había contentado con verle pasar por el boulevard sin tratar de pararle.

Sólo la víspera le había hablado.

Eponina le siguió, pues, sin que él lo supiese; le vió separar el hierro de la verja y penetrar en el jardín.

—¡Calle!—dijo.—¡Entra en la casa!

Se acercó á la verja, tentó los hierros uno después de otro, y dió fácilmente con el que Mario había separado.

Entonces murmuró á media voz, con lúgubre acento:

—¡Nada de eso, Lisette!

Sentóse en el estribo de la verja, y al lado del hierro, como si le estuviese guardando.

Aquel punto era precisamente el extremo de la verja que tocaba á la casa próxima, formándose allí un ángulo obscuro, en el que Eponina se ocultó completamente.

Así permaneció más de una hora sin moverse y sin respirar, entregada á sus imaginaciones.

Hacia las diez de la noche, una de las dos ó tres personas que pasaban por la calle Plumet, un viejo que se había retardado y pasaba muy de prisa por aquel sitio desierto y de malísima fama, costeando el averjado, al llegar al ángulo de la verja con el jardín, oyó una voz sorda y amenazadora, que decía:

—¡Ya no me admiro de que venga todas las noches!

El transeúnte miró en derredor, no vió á nadie, no se atrevió á mirar á aquel rincón obscuro, tuvo miedo y redobló el paso.

Aquel transeúnte hizo bien en marcharse corriendo, porque pocos momentos después, seis hombres, que iban separados y á corta distancia uno de otro á lo largo de la pared, y que habrían podido confundirse con una patrulla de policía, entraron en la calle Plumet.

El primero que llegó á la verja del jardín se detuvo y esperó á los demás; un segundo después estaban reunidos todos.

Aquellos hombres se pusieron á hablar en voz baja y en germanías.

—Aquí es,—dijo uno de ellos.

—¿Hay algún cab (perro) en el jardín?—preguntó otro.

—No lo sé. Pero por si acaso, he traído una morcilla, que le haremos tragar.

—¿Has traído la pasta para romper los vidrios sin hacer ruido?

—Sí.

—La verja es muy vieja,—dijo el quinto, que tenía voz de ventrílocuo.

—Tanto mejor,—dijo el segundo que había hablado.—Así no sonará al forzarla, ni nos costará mucho trabajo entrar.

El sexto, que no había abierto aún la boca, se puso á examinar la verja, como había hecho Eponina una hora antes, empuñando sucesivamente cada una de las barras, y moviéndolas con precaución. Así llegó al hierro que Mario solía separar.

Cuando iba á cogerle, una mano que salió bruscamente de la sombra le agarró el brazo; al mismo tiempo se sintió rechazado por medio del pecho, y oyó una voz que le decía sin gritar:

—Hay un cab (perro).

Y vió á una joven pálida delante de sí.

El hombre sintió esa conmoción que produce siempre lo inesperado.

Quedóse terriblemente atónito; nada hay tan formidable como las fieras inquietas; su aspecto atemorizado es temible. Retrocedió y murmuró:

—¿Quién es esa tunantuela?

—Vuestra hija.

En efecto, era Eponina que hablaba á Thénardier.

Á la aparición de Eponina, los otros cinco, es decir, Claquesous, Gueulemer, Babet, Montparnasse y Brujón, se habían acercado sin ruido, sin precipitación, sin decir una palabra, con la siniestra prontitud propia de estos hombres nocturnos.

Veíanseles algunos útiles repugnantes en la mano. Goulemer tenía una de esas pinzas cortas á las que los vagos llaman tenaza.

—¡Ah! ¿Qué haces ahí? ¿Qué nos quieres? ¿Estás loca?—exclamó Thénardier, gritando todo lo que se puede gritar en voz baja.—¿Quieres acaso impedirnos de trabajar?

Eponina se echó á reir, y saltó á su cuello.

—Estoy aquí, padre mío, porque estoy aquí. ¿No me es permitido sentarme ahora sobre las piedras? Vos sois el que no debe estar aquí. ¿Á qué venís, si esto es un bizcocho? Ya se lo dije á la Magnon. No hay nada que hacer aquí. Pero, abrazadme, padre mío. ¡Cuánto tiempo hace que no os he visto! ¿Estáis ya fuera? ¡Libre!

Thénardier trató de librarse de los brazos de Eponina, y murmuró:

—Está bien. Ya me has abrazado. Sí, estoy fuera. No estoy dentro. Ahora vete.

Pero Eponina no dejaba de acariciarle.

—Papaíto, ¿cómo lo habéis hecho? Mucha habilidad habéis de tener por haber salido de allí. ¡Contádmelo! ¿Y mi madre? ¿Dónde está mi madre? Dadme noticias de mamá.

Thénardier respondió:

—Está buena; no sé; déjame; dígote que te vayas.

—No quiero irme ahora,—dijo Eponina con un melindre de niño enfadado.—¿Me rechazáis después de cuatro meses que no os he visto, y cuando apenas he tenido tiempo de abrazaros?

Y volvió á echar los brazos al cuello de su padre, á pesar de la resistencia de éste.

—¡Ah! ¡Vaya! ¡Qué tonta eres!—dijo Babet.

Despachemos,—dijo Gueulemer,—que pueden pasar los corchetes.

La voz del ventrílocuo midió estos versos.

No es día ni es hora ya
De gritar papá ó mamá.

Eponina se volvió hacia los cinco bandidos.

—¡Calle! Brujón. Buenas noches, Babet. Buenas noches, Claquesous. ¿No me conocéis ya Gueulemer? ¿Qué tal va, Montparnasse?

—Sí, se acuerdan de ti,—dijo Thénardier.—Pero buenas noches, y largo. Déjanos tranquilos.

—Ésta es la hora de los lobos y no de las gallinas,—dijo Montparnasse.

—Ya ves que tenemos que hacer aquí,—añadió Babet.

Eponina cogió la mano á Montparnasse.

—¡Ten cuidado!—díjole éste.—Te vas á cortar; tengo la navaja abierta.

—Mi querido Montparnasse,—respondió Eponina dulcemente,—es preciso tener confianza en las personas. Yo soy quizá la hija de mi padre. Babet, Gueulemer, á mí es á quien se encargó el dar luz á este negocio.

Es de notar que Eponina no hablaba en germanía. Desde que conocía á Mario se le había hecho imposible este horrible lenguaje.

Apretó con su pequeña mano, huesosa y débil como la de un esqueleto, los gruesos dedos de Gueulemer, y continuó:

—Ya sabéis que no soy tonta. Por lo general se cree lo que digo. Os he prestado servicios algunas veces. Pues bien; me he informado, y os expondríais inútilmente. De seguro. Os juro que no hay nada que hacer en esta casa.

—No hay más que mujeres solas,—dijo Gueulemer.

—No. Los inquilinos se han mudado.

—Pero las luces parece que no,—prorrumpió Babet.

Y enseñó á Eponina al través de la copa de los árboles una luz que se paseaba por la buhardilla del pabellón.

Era la tía Santos, que había velado para poner la ropa blanca á secar.

Eponina intentó un último recurso:

—Pues bien,—dijo;—esta gente es pobrísima, y viven en una casucha donde no hay un ochavo.

—¡Vete al diablo!—exclamó Thénardier.—Cuando hayamos registrado la casa, y puesto la cueva arriba y el granero abajo, ya te diremos lo que hay dentro, y si son francos, monedas ó sueldos.

Y la empujó para pasar adelante.

—Mi buen amigo Montparnasse,—dijo Eponina,—á vos os lo ruego; vos que sois un buen muchacho; no entréis.

—Ten cuidado; mira que te vas á cortar,—respondió Montparnasse.

Thénardier añadió con su acento decisivo:

—Lárgate, muchacha, y deja á los hombres que hagan su negocio.

Eponina soltó la mano, que había vuelto á coger á Montparnasse, y dijo:

—¿Os empeñáis, pues, en entrar en esta casa?

—Algo hay de eso,—contestó el ventrílocuo con acento burlón.

Entonces ella se recostó en la verja, hizo frente á los seis bandidos armados hasta los dientes, y que parecían en la noche unos demonios, y dijo con voz firme y baja:

—Pues bien; yo no quiero.

Ellos se detuvieron estupefactos.

El ventrílocuo, sin embargo, acabó su risa burlona.

Ella continuó:

—Amigos, oid bien. La cosa cambia de aspecto. Ahora hablo yo. Si entráis en el jardín, si tocáis á esta verja, yo grito, golpeo en las puertas, despierto á la vecindad, y hago que os prendan á los seis, llamando á los agentes de policía.

—Y lo hará como lo dice,—dijo Thénardier en voz baja á Brujón y al ventrílocuo.

Ella meneó la cabeza, y añadió:

—¡Empezando por mi padre!

Thénardier se aproximó á ella.

—No tan cerca, buen hombre,—le dijo Eponina.

Él retrocedió, murmurando entre dientes:

—Pero, ¿qué es lo que tiene esta chica?

Y añadió:

—¡Perra!

Echándose á reir de una manera terrible.

—Seré lo que queráis, pero no entraréis. No soy hija de perro, puesto que soy hija de lobo. Sois seis; ¿y eso qué importa? Sois hombres; pues bien, yo soy mujer. No me dais miedo; marchaos, os digo que no entréis en esta casa; porque no quiero. Si os acercáis, ladro. Ya os lo he dicho; el cab (perro) soy yo, y no me importáis todos juntos un bledo. Seguid vuestro camino adelante, que ya me fastidiáis. Idos donde queráis, pero no vengáis aquí, os lo prohíbo. Vosotros á puñaladas y yo á zapatazos; me es igual. ¡Adelante pues!

Y dió un paso hacia los bandidos; estaba espantosa, y soltó una carcajada.

—¡Caramba! Que no tengo miedo. En verano tendré hambre, en invierno tendré frío. ¡Serán fanfarrones estos brutos de hombres creyéndose que inspiran miedo á una mujer! ¿De qué? ¡Miedo! ¡Ah! Sí. ¡Vaya! ¡Por qué tenéis queridas torpes que se esconden debajo de la cama cuando ahuecáis la voz! ¡Por eso! ¡Yo no tengo miedo de nada!

Y mirando fijamente á Thénardier, añadió:

—¡Ni aún de vos, padre!

Luego prosiguió, paseando sobre los bandidos sus sangrientas pupilas de espectro:

—¡Qué me importa á mí que me recojan mañana del arroyo de la calle Plumet, asesinada á puñaladas por mi padre, ó que me encuentren dentro de un año en las redes de Saint Cloud, ó en la isla de los Cisnes, en medio de tapones de corcho podridos y de perros ahogados!

Le fué preciso detenerse aquí; la había acometido una tos seca; su aliento salía como un estertor de su pecho angosto y débil.

Luego repuso:

—No tengo que hacer más que gritar, y vienen, y pataplum. Sois seis; yo soy todo el mundo.

Thénardier hizo un movimiento cauteloso para acercarse á Eponina.

—¡No os acerquéis!—gritó ella.

Thénardier se detuvo y la dijo con dulzura:

—Pues bien; no, no me acercaré; pero no hables tan alto. Hija, ¿quieres que no trabajemos? Tenemos que ganarnos la vida. ¿No tienes ya cariño á tu padre?

—Me aburrís,—dijo Eponina.

—Pero es preciso que vivamos, que comamos...

—¡Reventad!

Y esto diciendo, se sentó en el estribo de la verja, cantando:

Mi brazo gordito,
Mi pierna bien hecha
Y el tiempo perdido.

Tenía el codo puesto sobre la rodilla y la barba sobre la mano, meneando el pie con aire de indiferencia.

Su vestido roto dejaba ver sus descarnadas clavículas.

Un farol cercano iluminaba su actitud y su perfil; no podía verse nada más resuelto y sorprendente.

Atónitos los seis ladrones, y sombríos de que los tuviera así en jaque una mujer, se retiraron á la sombra que proyectaba el farol, y allí celebraron una especie de consejo con movimientos de hombro, humillados y furiosos.

Ella entre tanto los miraba con aire pacífico y esquivo.

—Algo le pasa,—dijo Babet.—¿Qué razón? ¿Estará tal vez enamorada [Pg 266] del perro? ¡Lástima es que perdamos esto! Dos mujeres, un viejo que vive en el fondo del patio, buenos cortinajes en las ventanas. El viejo debe ser un quirol (judío). ¡El negocio no me parece despreciable!

—Pues bien; entrad vosotros,—dijo Montparnasse.—Yo me quedaré con la muchacha; y si chista...

É hizo relucir á la luz del farol la navaja que llevaba abierta en la manga.

Thénardier no decía palabra, y parecía dispuesto á todo.

Brujón que tenía algo de oráculo, y que, como ya hemos dicho, era el «inventor del golpe», no había hablado aún, y parecía pensativo. Estaba [Pg 267] por no retroceder ante ningún obstáculo sabiéndose, como se sabía, que había robado sólo por bravear, uno de los cuartelillos de la policía. Además, hacía versos y canciones, lo que le daba mucha autoridad entre sus compañeros.

Babet le preguntó:

—¿Y tú no dices nada, Brujón?

Brujón permaneció un instante silencioso; después movió la cabeza en diversos sentidos, decidiéndose por fin á levantar la voz:

—Vamos á ver: esta mañana tropecé con dos gorriones picoteándose; esta noche tropiezo con una mujer que riñe. Todo esto es de mal augurio. Vámonos.

Y se fueron.

Al marcharse, Montparnasse murmuró:

—Es igual; pero si hubieran querido, yo le habría dado el golpe de gracia.

Babet respondió:

—Yo no. Siempre guardo respeto á las espaldas de las damas.

Al estar en el extremo de la calle se pararon, y en voz sorda cambiaron [Pg 269] entre sí este diálogo enigmático:

—¿Adónde iremos á dormir esta noche?

—Debajo de Pantin (París).

—¿Llevas la llave de la reja, Thénardier?

—¡Diantre!

Eponina, que no apartaba de ellos la vista, les vió tomar el camino [Pg 270] por donde habían venido.

Después se levantó, y arrastrándose detrás de ellos arrimada á las paredes y á las casas, fué siguiéndoles hasta el boulevard.

Allí se separaron; y vió á aquellos seis hombres perderse en la obscuridad, como fundiéndose entre las sombras.

[Pg 271]

V
Cosas de la noche

Después de marcharse los bandidos, la calle de Plumet volvió á tomar su tranquilo aspecto nocturno.

Lo que acababa de pasar en aquella calle no habría asombrado en un bosque.

El arbolado, los sotos, los brezos, las ramas ásperamente cruzadas, las hierbas crecidas, todo eso existe de una manera sombría; el hormigueo salvaje entrevé allí las súbitas apariciones de lo invisible; lo que está por debajo del hombre distingue á través de la bruma lo que está por encima del mismo; y las cosas ignoradas de nosotros, los vivos, se miran allí cara á cara, en la noche.

La naturaleza erizada y feroz se asusta á la aproximación de ciertas cosas en que ella cree adivinar lo sobrenatural.

Las fuerzas de la sombra se conocen, y tienen entre sí misteriosos equilibrios.

Los dientes y las garras temen lo que es inasible.

La bestialidad sedienta de sangre, los voraces apetitos hambrientos en busca de la presa, los instintos armados de uñas y mandíbulas, que tienen el vientre por principio y por fin, miran y husmean con inquietud el impasible perfil del espectro vagando bajo un sudario, de pie, envuelto en su temblorosa hopalanda, el cual les parece vivir una vida muerta y terrible.

Semejantes brutalidades, que no son sino materia, temen confusamente tener que habérselas con la inmensa obscuridad condensada en un ser desconocido.

Una figura negra, atravesándosele al paso, detiene instantáneamente á una bestia feroz.

Lo que sale del cementerio intimida y desconcierta á lo que surge del antro; lo feroz tiene miedo de lo siniestro; los lobos retroceden ante el encuentro de una boca abierta.

VI
Mario retrocede hasta la realidad, llegando á dar las señas de su casa á Cosette

Mientras que aquella perra con figura humana daba la guardia en la verja y los seis bandidos retrocedían ante una mujer, Mario permanecía al lado de Cosette.

Nunca había estado el cielo tan estrellado y hermoso, ni los árboles tan temblorosos, ni las plantas tan embalsamadas; nunca los pájaros se habían dormido entre las hojas con más suave arrullo; nunca todas las armonías de la serenidad universal habían correspondido mejor á las melodías interiores del amor; nunca Mario había estado tan conmovido, tan feliz, tan extasiado. Pero había encontrado triste á Cosette.

Cosette había llorado; tenía los ojos encarnados.

Aquélla era la primera nube de su admirable sueño.

Las primeras palabras de Mario fueron:

—¿Qué tienes?

Ella respondió:

—¡Ya verás!

Después sentóse ella en el banco junto á la escalinata; y mientras que él se sentaba á su lado tembloroso, continuó así:

—Mi padre me ha dicho esta mañana que estuviese dispuesta, porque tenía negocios que tal vez nos harían partir.

Mario se estremeció de pies á cabeza.

Al fin de la vida, morir es partir; pero al principio, partir es morir.

Hacía unas seis semanas que Mario, poco á poco, lentamente, por grados, iba tomando cada día posesión de Cosette, posesión enteramente ideal, pero profunda.

Como hemos dicho ya, en el primer amor se toma el alma antes que el cuerpo; después se toma el cuerpo antes que el alma, y aún algunas veces no se llega á tomar del todo el alma.

Los Foblás y los Proudhomme añaden: «porque no la hay»; pero el sarcasmo es, afortunadamente, una blasfemia.

Mario, pues, poseía á Cosette como poseen los espíritus; pero la envolvía con toda su alma, y la poseía con increíble convicción.

Poseía su sonrisa, su aliento, su perfume; las irradiaciones profundas de sus ojos azules, la suavidad de su cutis cuando le tocaba la mano, la encantadora señal que tenía al cuello, todos sus pensamientos.

Habían convenido en no dormirse jamás sin soñar el uno con el otro, y se habían cumplido la palabra.

Poseía, pues, todos los sueños de Cosette.

La miraba sin cesar; movía á veces con su aliento los ligeros y nacientes cabellos que aterciopelaban la nuca de Cosette, y se decía, que no había ni uno solo de aquellos cabellos que no perteneciese[Pg 266] á Mario.

Contemplaba y adoraba todo lo que ella se ponía; el lazo de cintas, sus guantes, sus adornos, sus botitas como objetos sagrados de su pertenencia.

Pensaba que era el dueño de aquellos lindos peines de concha que ostentaba en la cabeza; y aún se decía, por un sordo y confuso murmullo de deleite que se dejaba sentir, que no había ni un solo hilo de su vestido, ni un punto de sus medias, ni un pliegue de su corsé que no fuese suyo.

Junto á Cosette se consideraba cerca de su bien, cerca de su felicidad, cerca de su dueña y de su esclava.

Parecía que habían mezclado sus almas de tal modo, que si hubiesen querido volver á tomar cada uno la suya, les habría sido imposible conocerlas.

Habrían tenido que disputar:

—Ésta es la mía.

—No; es la mía.

—Te aseguro que te engañas.

—Ése soy yo.

—Lo que tomas por tuyo es mío.

Mario era un algo que formaba parte de Cosette; Cosette era otro algo que formaba parte de Mario.

Mario conocía que Cosette vivía en él; tener á Cosette, poseerla, no era para él distinto de respirar.

En medio de aquella fe, de aquella embriaguez, de aquella posesión virginal, inaudita y absoluta, de aquella soberanía, cayeron estas palabras: «Vamos á partir». La agreste voz de la realidad le gritó: «¡Cosette no es tuya!».

Mario despertó.

Hacía seis semanas que vivía, como hemos dicho, fuera de la vida; esta palabra, ¡partir! le hizo volver á ella violentamente.

No halló una palabra que responder; Cosette sintió solamente que su mano estaba helada, y le dijo á su vez:

—¿Qué tienes?

Él respondió tan bajo, que apenas lo oyó Cosette.

—No comprendo lo que has dicho.

Y ella añadió:

—Esta mañana, mi padre me ha dicho que tenga prontas todas mis cosas, y esté dispuesta para partir; que prepare mi ropa para encerrarla en una maleta, que se veía obligado á hacer un viaje; que teníamos que partir; que necesitábamos una maleta grande para mí, y otra pequeña para él, y que lo preparase todo en una semana, porque tal vez iríamos á Inglaterra.

—¡Pero eso es monstruoso!—exclamó Mario.

Y ciertamente, en aquel momento, en el ánimo de Mario ningún abuso de poder, ninguna violencia, ninguna abominación del más atroz tirano, ninguna acción de Busiris, de Tiberio ó de Enrique VIII hubiera igualado en ferocidad á ésta: El señor Fauchelevent se lleva á su hija á Inglaterra, porque tiene allí negocios.

Preguntó, pues, con voz débil:

—¿Y cuándo partirás?

—No lo ha dicho.

—¿Y cuándo volverás?

—No lo ha dicho.

Mario se levantó y dijo fríamente:

—Cosette, ¿iréis?

Cosette volvió hacia él sus hermosos ojos preñados de angustia, respondiendo con acento extraviado:

—¿Adónde?

—Á Inglaterra. ¿Iréis?

—¿Por qué me hablas de vos?

—Os pregunto si iréis.

—¿Qué quieres que haga?—dijo ella juntando las manos.

—¿Es decir, que iréis?

—¡Si va mi padre!

—¿Iréis, pues?

Cosette tomó la mano á Mario estrechándola sin responder.

—Está bien,—dijo Mario.—Entonces yo me iré á otra parte.

Cosette sintió, más bien que comprendió, el significado de esta frase de despecho ó de amenaza; palideciendo con la conmoción de modo que su rostro apareció blanco en la obscuridad, y balbuceó:

—¿Qué quieres decir?

Mario la miró; luego alzó lentamente los ojos hacia el cielo, y respondió:

—Nada.

Cuando bajó los párpados, vió que Cosette se sonreía mirándole.

La sonrisa de la mujer amada tiene una claridad que desvanece las tinieblas.

—¡Qué tontos somos! Mario, se me ocurre una idea.

—¿Cuál?

—¡Parte, si partimos los dos! Te diré dónde. Ven á buscarme donde esté.—Mario era entonces un hombre completamente despierto. Había vuelto á la realidad; y dijo á Cosette:

—¡Partir con vosotros! ¿Estás loca? Es preciso dinero para eso, y yo no lo tengo. ¡Ir á Inglaterra! Ahora debo más de diez luises á Courfeyrac, un amigo á quien tú no conoces. Tengo un sombrero viejo que no vale tres francos, una levita sin botones por delante, mi camisa está toda rota, llevo los codos por fuera, mis botas se calan; hace seis semanas que no pienso en nada, y no te lo he dicho. Cosette, soy un miserable.

«Tú no me ves más que por la noche, y me das tu amor; ¡si me vieras de día, me darías una limosna! ¡Ir á Inglaterra! ¡Y no tengo con qué pagar el pasaporte!

Y se recostó contra un árbol que había allí, de pie, con las dos manos sobre la cabeza, con la frente contra la corteza, sin sentir ni la aspereza que le desgarraba la frente, ni la fiebre que agitaba sus sienes, inmóvil, y próximo á caer al suelo como la estatua de la Desesperación.

Así permaneció largo rato. En esos abismos se podría permanecer una eternidad: por fin se volvió, y oyó detrás de sí un ruido sofocado y triste.

Era Cosette que sollozaba.

Lloraba hacía ya más de dos horas al lado de Mario, que estaba soñando.

Mario se acercó, cayó de rodillas prosternándose lentamente, cogió la punta del pie que salía por bajo del vestido, y la besó.

Ella se lo permitió sin dejar su silencio.

Hay momentos en que la mujer acepta como una diosa sombría y resignada la religión del amor.

—No llores,—dijo Mario.

Y ella murmuró:

—¡Qué he de hacer, si voy á marcharme y no puedes venir!

Y él respondió:

—¿Me amas?

Cosette le contestó sollozando esta frase del paraíso, que nunca es tan seductora como al través de las lágrimas:

—¡Te adoro!

Él continuó con una entonación de voz, que no era sino una inexplicable caricia:

—No llores. Di, ¿quieres hacerme el favor de no llorar por mí?

—¿Me amas?—dijo ella.

Mario le tomó la mano.

—Cosette, nunca he dado mi palabra de honor á nadie, porque mi palabra de honor me causa miedo; conozco que al darla está mi padre á mi lado. Pues bien; te doy mi palabra de honor sacratísima que, si te vas, me muero.

Había en el acento con que pronunció estas palabras una melancolía tan solemne y serena, que Cosette tembló. Sintió ese frío que produce al pasar una cosa sombría y verdadera, y sobrecogida por ello cesó de llorar.

—Ahora escucha,—dijo él;—no me esperes mañana.

—¿Por qué?

—Ni me esperes hasta pasado mañana.

—¡Oh! ¿por qué?

—Ya lo verás.

—¡Un día sin verte! Eso es imposible.

—Sacrifiquemos un día para obtener tal vez toda la vida.

Y Mario añadió á media voz, y aparte:

—Es un hombre que no cambia nunca sus costumbres, y no recibe á nadie más que de noche.

—¿De quién hablas?—preguntó Cosette.

—¡Yo! No he dicho nada.

—¿Qué esperas, entonces?

—Espérame hasta pasado mañana.

—¿Lo quieres?

—Sí, Cosette.

Cosette entonces le cogió la cabeza entre sus manos, alzándose sobre la punta de sus pies para igualar su estatura, tratando de ver en sus ojos la esperanza.

Mario continuó:

—Creo que conviene que sepas las señas de mi casa por lo que pueda suceder; vivo en casa de ese amigo, llamado Courfeyrac, calle de la Verrerie, número 16.

Metió la mano en el bolsillo, sacó un cortaplumas, y con la hoja escribió en el yeso de la pared:

Calle de la Verrerie, 16.

Cosette entre tanto había vuelto á contemplar sus ojos.

—Dime lo que piensas, Mario; tienes una idea. Dímela. ¡Oh! ¡Dímela para que pase bien la noche!

—Mi pensamiento es éste: Es imposible que Dios quiera separarnos. Espérame pasado mañana.

—¿Y qué haré yo hasta entonces?—dijo Cosette.—¡Tú estás libre, vas y vienes! ¡Qué felices sois los hombres! ¡Yo me quedo sola! ¡Oh! ¡Qué triste voy á estar! ¿Qué vas á hacer tú mañana por la noche? Dímelo.

—Voy á hacer una tentativa.

—En ese caso, rogaré á Dios y pensaré en ti hasta entonces para que salgas de ella en bien. No te pregunto más porque no quieres. Eres mi dueño. Pasaré la noche de mañana cantando el coro de Euryanto, que tanto te gusta, y que viniste á oir una noche debajo de mi ventana. Pero pasado mañana, ¿vendrás temprano? Te esperaré á la noche á las nueve en punto; te lo prevengo. ¡Dios mío! ¡Qué triste es esto de que los días sean tan largos! ¿Lo has oído? Al dar las nueve estaré en el jardín.

—Y yo también.

Y sin decir nada más, movidos por el mismo pensamiento, arrastrados por esas corrientes eléctricas que ponen á dos almas en comunicación continua, embriagados ambos de deleite hasta en su dolor mismo, cayeron uno en brazos del otro, sin notar que sus labios estaban juntos, mientras que sus ojos, llenos de éxtasis y de lágrimas, contemplaban las estrellas.

Cuando salió Mario, la calle estaba desierta. En aquel momento Eponina seguía á los bandidos hasta el boulevard.

Mientras que Mario meditaba, con la cabeza apoyada en el árbol, se le había ocurrido una idea; una idea ¡ah! que él mismo tenía por insensata é imposible.

Había tomado un partido violento.

VII
Un corazón viejo y un corazón joven colocados de frente

El señor Guillenormand contaba á la sazón noventa y un años cumplidos. Seguía viviendo con la señorita Guillenormand en la calle de las Hijas del Calvario, número 6, en aquella casa antigua de su propiedad. Era, como recordará el lector, uno de esos viejos rancios que esperan la muerte á pie firme, que cargan con los años sin doblegarse, y que no se encorvan ni aún con los pesares.

Sin embargo, hacía ya algún tiempo que su hija decía: «Mi padre va decayendo».

Ya no abofeteaba á las criadas; ya no golpeaba con el bastón, y con acompañamiento de voces, la puerta de la escalera cuando Vasco tardaba en abrirle.

La revolución de julio apenas le había exasperado durante seis meses. Había visto casi sin inmutarse en el Monitor esta agrupación de palabras: «Humblot Conté, par de Francia».

El hecho es que el viejo estaba abatido. No se doblegaba, no se rendía, porque esto era imposible, así en su naturaleza física como en la moral; pero se sentía desfallecer interiormente.

Hacía cuatro años que esperaba á Mario á pie firme, esta es la frase, con la convicción de que aquel picaruelo extraviado llamaría algún día á su puerta; pero en ciertos momentos tristes llegaba á decirse que por poco que Mario tardase en venir...

Y no era la muerte lo que temía, sino la idea de no ver más á su nieto.

No volver á ver á Mario era una idea que aún no había cuajado en su cerebro; esta idea, que empezaba á manifestarse, le dejaba helado.

La ausencia, como sucede siempre con los sentimientos naturales y verdaderos, sólo había conseguido aumentar su cariño de abuelo hacia el niño ingrato que se había marchado con tanta indiferencia.

En las noches de invierno, cuando el termómetro marca diez grados bajo cero, es cuando más se piensa en el sol.

El señor Guillenormand era, ó se creía por lo menos, incapaz de dar un paso hacia su nieto; «antes reventar», decía.

Él no encontraba en sus hechos culpa ninguna; pero pensaba en Mario con profundo enternecimiento, y con la muda desesperación de un viejo que anda en las tinieblas.

Principiaba á perder los dientes, lo cual aumentaba su tristeza.

El señor Guillenormand, sin confesárselo á sí mismo, porque esta declaración le hubiera enfurecido y avergonzado, no había amado á ninguna querida tanto como á Mario.

Había mandado colocar en su cuarto, junto á la cabecera de la cama, como la primera cosa que quisiera ver al despertar, un antiguo retrato de su otra hija, la que había muerto, la señora de Pontmercy, retrato hecho cuando tenía ella diez y ocho años.

Contemplaba sin cesar este retrato, llegando á decir un día contemplándolo:

—Encuentro que se le parece.

—¿Á mi hermana?—dijo la señorita Guillenormand.—Sí, se parece.

El viejo añadió:

—Y á él también.

Otra vez, estando sentado juntas las rodillas y los ojos casi cerrados, en actitud de abatimiento, su hija se atrevió á decirle:

—Padre, ¿continuáis tan enfadado con él?

Y se detuvo, no atreviéndose á ir más allá.

—¿Con quién?—preguntó él.

—Con ese pobre Mario.

El señor Guillenormand levantó su decaída cabeza, puso su delgado y arrugado puño sobre la mesa, y gritó con el acento más vibrante é irritado:

—¡Pobre Mario, dices! Ese caballerito es un tuno, un miserable bribón, un vanidoso ingrato, sin corazón, sin alma; un orgulloso, un perverso.

Y se volvió para que su hija no viese una lágrima que asomaba en sus ojos.

Tres días después rompió un silencio que duraba cuatro horas para decirle á su hija de repente:

—Tuve el honor de rogar á la señorita Guillenormand que no me hablase nunca de él.

La tía de Mario renunció á toda tentativa, y formó este diagnóstico profundo:

—Mi padre no ha querido nunca á mi hermana después de su calaverada. Es natural que deteste á mi sobrino.

«Después de su calaverada» significaba después de haberse casado con el coronel.

Por lo demás, como puede haberse conocido, la señorita Guillenormand había visto defraudada su tentativa de sustituir con su favorito el oficial de lanceros á Mario.

El sustituto Teódulo no había cuajado; el señor Guillenormand no había aceptado el quid pro quo, porque el vacío del corazón no se acomoda á un alma cualquiera.

Á Teódulo, por su parte, aunque codiciando la herencia, le repugnaba la servidumbre de agradar.

El buen hombre fastidiaba al lancero, y el lancero le chocaba al buen hombre.

El teniente Teódulo era alegre sin duda, pero charlatán; frívolo, y luego vulgar; buen vividor, pero de mala sociedad; tenía también sus queridas, y hablaba mucho de ellas, es verdad; pero hablaba mal. Todas sus cualidades tenían un defecto.

El señor Guillenormand estaba[Pg 272] ya harto de oirle hablar de sus aventuras afortunadas que le ocurrían alrededor de su cuartel en la calle de Babilonia. Y luego, el teniente Guillenormand se presentaba alguna que otra vez de uniforme con la escarapela tricolor.

Todo esto le hacía buenamente imposible; y el señor Guillenormand había acabado por decirle á su hija:

—Ya estoy cansado de Teódulo. Me gustan poco los guerreros en tiempo de paz. Recíbele tú, si quieres; no sé si preferir los acuchilladores á los que andan arrastrando el sable. El crujido de las espadas en la batalla es menos rastrero que el ruido que hace la vaina en el suelo. Además, gallardearse como un matasiete y apretarse el talle como una muchacha, gastar corsé debajo de la coraza, es ser doblemente ridículo. El que es hombre verdaderamente, está á igual distancia de la fanfarronada que de la puerilidad. Ni Fierabrás, ni corazón de almíbar. Guárdate tu Teódulo.

Su hija le contestó:

—Sin embargo es vuestro nieto.

Sin embargo, Guillenormand, que era abuelazo hasta la punta de los dedos, dió á entender que no era en modo alguno tío abuelo.

En realidad, como tenía ingenio y comparaba, Teódulo sólo había servido para hacerle sentir más la falta de Mario.

Una noche, la del 4 de junio, lo cual no impedía que el señor Guillenormand tuviera una buena lumbre en la chimenea, había despedido á su hija, que cosía en la pieza inmediata.

Estaba solo en su cuarto de pinturas pastoriles, con los pies sobre los morillos, medio rodeado por un ancho biombo chinesco de nueve hojas, recostado en la mesa, sobre la cual había dos bujías con pantalla verde, sumergido en un sillón de tapicería, con un libro en la mano pero sin leer, y vestido, según su moda, de increíble. Parecía un antiguo retrato de Garat.

Si hubiera salido con aquel traje á la calle, le habrían seguido los muchachos; pero su hija, cuando salía, le echaba encima un gran gabán de obispo, que cubría el frac de solapas y el faldón-cola de bacalao.

En su casa, excepto para levantarse y acostarse, no usaba nunca bata. «Eso le hace á uno parecer viejo», decía.

El señor Guillenormand pensaba en Mario amorosa y amargamente; y como de ordinario, dominaba la amargura. Su dolorosa ternura acababa por convertirse en indignación.

Se hallaba en esa situación en que se trata de tomar un partido y aceptar lo que mortifica.

Estaba ya dispuesto á decirse que no había razón para que Mario volviese; pues si hubiera debido volver lo habría hecho ya, y por consiguiente, era preciso renunciar á verle.

[Pg 273]

Trataba de familiarizarse con la idea de que todo había concluido, y que moriría sin ver «aquel caballerito».

Pero toda su naturaleza se rebelaba, y su vieja paternidad no podía consentirlo.

—¡Quiá!—decía,—¡no vendrá!...

Tal era su dolorosa muletilla.

Su cabeza calva había caído sobre su pecho, y fijaba vagamente en la ceniza de la chimenea una mirada triste é irritada.

Cuando estaba en lo más profundo de estas cavilaciones, su antiguo criado Vasco entró y preguntó:

—¿Puede el señor recibir al señorito Mario?

El viejo se incorporó pálido y semejando un cadáver que se levanta al impulso de una sacudida galvánica.

Toda su sangre había refluido á su corazón, y balbuceó:

—¿Qué señorito Mario?

—No sé,—respondió Vasco, intimidado y desconcertado por el aspecto de su amo.—Nicolasita es la que acaba de decirme: «ahí está un joven, que dice ser el señorito Mario».

El señor Guillenormand tartamudeó en voz baja:

—Que entre.

Y permaneció en la misma actitud, con la cabeza temblorosa y fija la vista en la puerta. Abrióse ésta, y apareció un joven; era Mario.

Mario se detuvo á la puerta, como esperando que le dijeran que entrase.

Su traje, casi miserable, apenas se notaba en la obscuridad que producía la pantalla. Sólo se distinguía su rostro tranquilo y grave, pero extrañamente triste.

El señor Guillenormand, como sobrecogido de estupor y de alegría, permaneció algunos instantes sin ver más que una claridad, como cuando se está delante de una aparición. Estaba próximo á desfallecer; veía á Mario como á través de un deslumbramiento.

Era él; era efectivamente Mario.

¡Por fin! ¡después de cuatro años!

Apoderóse de él, por así decirlo de repente y al primer golpe de vista. Le encontró hermoso, noble, distinguido, crecido, hecho un hombre, de agradable porte y aire simpático.

Tuvo intenciones de abrir los brazos, de llamarle, de precipitarse. Oprimióse de alegría su corazón; le ahogaban y rebosaban de su pecho palabras afectuosas.

Toda aquella ternura se abrió paso y llegó á sus labios, efecto del[Pg 274] contraste que constituía su modo de ser, brotó de ellos la dulzura, y dijo bruscamente:

—¿Á qué venís aquí?

Mario respondió con embarazo:

—Señor...

El señor Guillenormand hubiera querido que Mario se arrojase en sus brazos; así fué que quedó descontento de Mario y de sí mismo.

Conoció que había sido brusco, y que Mario estaba frío; y era para él una insoportable é irritante ansiedad sentirse tan tierno y tan conmovido en lo interior, y ser tan duro exteriormente.

Volvió á su amargura, é interrumpió á Mario con aspereza:

—Entonces, ¿á qué la visita?

Este entonces significaba: Si no vienes á abrazarme, ¿á qué vienes?

Mario miró á su abuelo, á quien su palidez daba el aspecto de un busto de mármol.

—Señor...

El viejo repuso con voz severa:

—¿Venís á pedirme perdón? ¿Habéis reconocido vuestra falta?

Creía con esto poner á Mario en camino para que el «niño» se doblegase.

Mario tembló; le exigía la desobediencia á su padre; bajó los ojos y respondió:

—No, señor.

—Entonces,—exclamó impetuosamente el viejo con un dolor agudo y lleno de cólera,—¿qué me queréis?

Mario juntó las manos, dió un paso, y dijo con voz débil y temblorosa:

—Señor, tened compasión de mí.

Estas palabras conmovieron al señor Guillenormand; un momento antes le hubieran enternecido, pero era ya tarde.

El abuelo se levantó y apoyó las dos manos en el bastón; tenía los labios pálidos, la cabeza vacilante; pero su elevada estatura dominaba á Mario que estaba inclinado.

—¡Compasión de vos, señorito! ¡Un adolescente pidiéndole compasión á un anciano de noventa y un años! Vos entráis en la vida, y yo salgo de ella; vos vais al teatro, á los bailes, al café, al billar; tenéis talento, agradáis á las mujeres, sois un buen mozo, y yo escupo á la lumbre á mitad del verano; vos sois rico de las únicas riquezas positivas que existen, y yo tengo todas las pobrezas de la vejez, la debilidad y el aislamiento. Vos tenéis treinta y dos dientes, un buen estómago, la vista clara, fuerza, apetito, salud, alegría, un bosque de cabellos negros, y yo no tengo siquiera cabellos blancos. He perdido los dientes, y [Pg 275]voy perdiendo las piernas y la memoria; hay tres calles cuyos nombres confundo siempre: la calle Charlot, la calle de Chaume y la calle de Saint-Claude; así estoy. Vos tenéis delante un porvenir lleno de resplandor; yo empiezo á no ver gota, tanto voy penetrando en la noche. Vos estáis enamorado, no hay que decirlo; ¡á mí nadie me ama ya en el mundo! ¡Y venís implorando compasión! ¡Cáspita, Molière ha olvidado esta escena! Si es así como os chanceáis en el tribunal, señores abogados, os felicito cordialmente. Sois unos graciosísimos burlones.

Y el octogenario añadió luego con acento airado y grave:

—Vamos á ver, ¿qué es lo que me queréis?

—Señor,—dijo Mario,—sé que mi presencia os enoja; pero vengo solamente á pediros una cosa; después me iré enseguida.

—¡Sois un necio!—dijo el anciano.—¿Quién os dice que os vayáis?

Estas palabras eran la traducción de este tierno pensamiento, que tenía en el corazón: ¡Pero pídeme perdón! ¡Ven á mis brazos!

El señor Guillenormand conocía que Mario iba á abandonarle dentro de algunos instantes, que su mal recibimiento le entibiaba, que su dureza le rechazaba. Decíase todo esto, agrandando su dolor; pero, á medida que éste se cambiaba en cólera, iba aumentándose en dureza también.

Hubiera querido que Mario le comprendiere, y Mario no le comprendía, lo cual le ponía furioso.

Y repuso:

—¡Cómo! ¿Me habéis faltado á mí, á vuestro abuelo; habéis abandonado mi casa para iros que sé yo donde; habéis afligido á vuestra pobre tía; habéis querido, porque eso se adivina, y es más cómodo, llevar la vida de mozo, hacer el currutaco, volver á casa á cualquier hora, divertiros; no habéis dado señales de vida; habéis contraído deudas sin decirme que las pague; habéis roto vidrios y os habéis hecho camorrista; y al cabo de cuatro años venís á mi casa, y no tenéis que decirme más que eso?

Este modo violento de empujar[Pg 276] al joven hacia la ternura, no produjo sino el silencio de Mario.

El señor Guillenormand cruzó los brazos, movimiento que era en él particularmente imperioso, y apostrofó á Mario amargamente:

—Concluyamos. ¿Venís á pedirme algo? Decid. ¿Qué queréis? ¿Qué es ello? Hablad.

—Señor,—dijo Mario con la mirada de un hombre que conoce que va á caer en un precipicio,—vengo á pediros vuestro permiso para casarme.

El señor Guillenormand hizo sonar la campanilla y Vasco abrió la puerta.

—Decid á mi hija que venga.

Un segundo después volvióse á abrir la puerta, y la señorita Guillenormand no entró, pero se dejó ver.

Mario estaba de pie, mudo, con los brazos caídos; parecía ser un criminal.

El anciano iba y venía en todas direcciones por el cuarto. Volvióse hacia su hija, y la dijo:

—Nada; es Mario. Dadle los buenos días; el señorito se quiere casar. Ahí tenéis. Podéis ya retiraros.

La voz breve y ronca del anciano anunciaba una gran plenitud de ira.

La tía miró á Mario con aire extraviado, aparentando apenas conocerle; no hizo un gesto, ni pronunció una sílaba, y desapareció ante la voz de su padre, más veloz que una paja ante el huracán.

Entre tanto, el señor Guillenormand se había recostado sobre la chimenea.

—¡Casarse! ¡Á los veintiún años! ¡Lo habéis así arreglado! No necesitáis que pedirme permiso. Una formalidad. Sentaos, caballero. Ha pasado una revolución desde que no he tenido el honor de veros y han vencido los jacobinos. Estaréis muy contento. ¿No sois republicano desde que sois barón? Vosotros lo conciliáis esto fácilmente. La república sirve de salsa á la baronía. ¿Tenéis la condecoración de Julio? ¿Habéis tomado alguna parte en la toma del Louvre? Hay aquí cerca, en la calle de San Antonio, frente á la calle de Nonaindières, una bala rasa incrustada en la pared en el tercer piso de una casa, con esta inscripción: «28 de julio de 1830». Id á verla: produce buen efecto. ¡Ah! ¡Vuestros amigos hacen cosas muy lindas! Y á propósito: ¿No van á hacer ahora una fuente en el sitio del monumento del duque de Berry? ¿Conque, queréis casaros? ¿Con quién? ¿Puedo preguntar, sin ser indiscreto: con quién?

Y se detuvo; pero antes de que Mario tuviese tiempo de responder, añadió con violencia:

—¡Ah! ¿Tendréis ya una posición? ¿Una[Pg 277] fortuna hecha? ¿Cuánto ganáis con vuestro oficio de abogado?

—Nada—dijo Mario con cierta firmeza y resolución casi feroz.

—¡Nada! ¿No tenéis para vivir más que las mil doscientas libras que os tengo señaladas?

Mario no respondió.

El señor Guillenormand continuó:

—Entonces, ya comprendo. ¿Es que es rica la joven?

—Como yo.

—¡Qué! ¿No tiene dote?

—No.

—¿Y esperanzas?

—Creo que no.

—¡Enteramente desnuda! ¿Y qué es su padre?

—No lo sé.

—¿Y cómo se llama?

—La señorita Fauchelevent.

—¡Fauche... qué?

—Fauchelevent.

—¡Pst!—prorrumpió el viejo.

—¡Señor!—exclamó Mario.

El señor Guillenormand le interrumpió con el tono de un hombre que se habla á sí mismo.

—Perfectamente; veintiún años, sin posición, mil doscientos francos al año, y la señora baronesa de Pontmercy irá á la plaza á por un cuarto de peregil.

—¡Señor!—dijo Mario con la angustia de la última esperanza que se desvanece.—Yo os lo suplico en nombre del cielo, con las manos juntas, me postro á vuestras plantas. ¡Dadme vuestro permiso para casarme!

El viejo soltó una carcajada estridente y lúgubre, á través de la cual tosía y hablaba:

—¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! Os habréis dicho: ¡pardiez! ¡Voy á buscar á ese viejo pelucón, á ese absurdo bodoque! ¡Qué lástima que no tenga yo veinticinco años! ¡Cómo le pasaría una respetuosa papeleta de aviso! ¡Cómo me arreglaría yo sin él! Pero es lo mismo; yo le diré: «Viejo chocho, eres muy feliz en verme; tengo ganas de casarme; quiero casarme con la señorita Fulana, hija del señor Fulano; yo no tengo zapatos, y ella no tiene camisa: pero quiero echar á un lado mi carrera, mi porvenir, mi juventud, mi vida; deseo hacer una excursión por la miseria con una mujer á cuestas: éste es mi capricho: ¡y es preciso que consintáis! Y el viejo fósil consentirá». Anda, hijo mío, como quieras, átate la soga, cásate con tu Pujavientos, con tu Contravientos... ¡Jamás, caballero, jamás!

—Padre mío...

—Nunca.

Mario perdió toda esperanza al oir el acento con que fué pronunciado aquel «nunca».

Atravesó el cuarto lentamente, con la cabeza inclinada, tembloroso, y pareciéndose más al que se muere que al que se va.

El señor Gillenormand le siguió con la vista; y en el momento en que se cerraba la puerta y Mario iba á desaparecer, dió cuatro pasos con esa viveza senil de los viejos impetuosos y coléricos, cogió á Mario por el cuello, volvióle enérgicamente al aposento, arrojóle sobre un sillón, y le dijo:

—¡Cuéntame eso!

Sólo esta frase padre mío, que se le había escapado á Mario,[Pg 278] había causado aquella resolución.

Mario le miró asustado. El flexible semblante del señor Guillenormand no expresaba más que una ruda é inefable bondad.

El abuelo se había convertido en padre afectuoso.

—Vamos á ver, habla; cuéntame tus amoríos; charla, dímelo todo. ¡Caramba! ¡Y qué tontos son los muchachos!

—¡Padre mío!—repitió Mario.

El rostro del anciano se iluminó por completo de un indecible resplandor.

—Sí, esto es; ¡llámame padre, y verás!

Había en estas frases algo tan bueno, tan dulce, tan franco, tan paternal, que Mario pasó repentinamente del desaliento á la esperanza, y quedó como aturdido y confuso.

Estaba sentado cerca de la mesa; la luz de las bujías hacía resaltar lo estropeado de su traje, que el señor Guillenormand examinaba con asombro.

—Pues bien, padre mío,—dijo Mario.

—¡Ah!—interrumpió el señor Gillenormand.—¿Cómo es eso? ¿No tienes, en efecto, ni un sueldo? Vas vestido como un ladrón.

Y abriendo un cajón, sacó una bolsa, que puso sobre la mesa.

—Toma, ahí tienes cien luises; cómprate un sombrero.

—Padre mío,—continuó Mario;—mi buen padre, ¡si supieseis! La amo. No podéis figuraros... La primera vez que la vi fué en el Luxemburgo, adonde ella iba á pasear. Al principio no fijé la atención; pero después yo no sé cómo me he ido enamorando. ¡Oh! ¡Qué desgraciado me ha hecho esto! Pero, en fin, ahora la veo todos los días en su casa; su padre no lo sabe. Figuraos que van á partir. Nos vemos en el jardín por la noche. Su padre quiere ir á Inglaterra, y yo me he dicho: voy á ver á mi abuelo y á contárselo. Me volveré loco, me moriré, caeré enfermo, me arrojaré al agua. Es preciso que me case, porque si no, voy á volverme loco. Ésta es la verdad; creo que no he olvidado nada... Vive en un jardín donde hay una verja, en la calle Plumet, cerca de los Inválidos.

El señor Guillenormand se había sentado alegremente al lado de Mario. Al mismo tiempo que le escuchaba y saboreaba el sonido de su voz, saboreaba también un polvo de tabaco.

Al oir «calle Plumet» detuvo la aspiración, y dejó caer el tabaco sobre sus rodillas.

—¡Calle Plumet![Pg 279] ¿Calle Plumet, dices? ¡Veamos! ¿No hay por allí un cuartel? Sí, eso es. Tu primo Teódulo me ha hablado ya; el lancero, el oficial. Un mariquita, amigo mío, un mariquita. ¡Vaya, sí, calle Plumet! La que se llamaba antes calle Blomet. Ahora me acuerdo; he oído hablar de esa verja de la calle Plumet. En un jardín, una Pamela. No tienes mal gusto; dicen que es muy aseadita. Aquí, entre nosotros; yo creo que ese tonto de lancero le ha hecho la corte; no sé hasta dónde habrá llegado; pero, en fin, eso no es nada; además de que no hay que creerle, porque es muy vanidoso al hablar de sus aventuras.

—Mario, me parece muy bien que un joven como tú esté enamorado, porque eso es propio de tu edad, y mejor quiero que seas enamorado que jacobino; mejor quiero verte enamorado de unos zagalejos, ¡caramba! de veinte zagalejos, que del señor Robespierre. En cuanto á mí, en materia de descamisados no me gustan más que las mujeres. Las muchachas bonitas son siempre las muchachas bonitas; ¡qué diablo! y á esto no puede hacerse objeción alguna.

—¡Con que la niña te recibe á escondidas del papá! Eso está muy puesto en el orden. Á mí me han pasado historias de ese género, y más de una. ¿Y sabes tú eso cómo se arregla? No se toma la cosa con demasiado calor; no se precipita uno en lo trágico; no se acaba por un casamiento yendo á parar al registro de la alcaldía. Es preciso ser mozo de provecho; es preciso tener sentido común. Tropezad, mortales, pero no os caséis.

—Cuando llega un caso parecido se anda en busca del abuelo, que es un buen hombre en el fondo, y que tiene siempre algunos paquetes de luises en su antiguo cajón, y se le dice: «abuelo, esto me pasa». Y el abuelo dice: es muy natural. Es preciso que la juventud se divierta, y que la vejez se arrugue. Yo he sido joven, y tú serás viejo. Anda, hijo mío, anda; que ya dirás tú también esto mismo á tus nietos. Aquí tienes doscientas pistolas. «¡Diviértete, caramba!». ¡Nada mejor! Así debe llevarse este negocio. No se casa uno; pero ¿eso qué importa? ¿ya tú me comprendes?».

Mario, petrificado, y sin poder pronunciar una palabra, hizo con la cabeza un movimiento negativo.

El buen viejo se echó á reir, guiñó el ojo, le dió un golpecito en la rodilla, le miró entre ambos ojos con aire misterioso, y le dijo alzando cariñosamente los hombros:

—¡Tonto! ¡Tómala por querida!

Mario palideció. No había comprendido nada de todo lo que acababa de decirle su abuelo. Aquella confusión de calle Blomet, de Pamela, de cuartel y del lancero, había pasado por delante de Mario como una fantasmagoría.

Nada de aquello podía referirse á[Pg 280] Cosette, que era una azucena.

El viejo divagaba sin duda; pero todo había concluido en una palabra que Mario había comprendido, y que era una injuria mortal á Cosette. La frase tómala por querida, había penetrado en su corazón como [Pg 281] una espada. Se levantó, cogió el sombrero que estaba en el suelo, y se dirigió hacia la puerta con paso firme y seguro.

Allí se volvió, se inclinó profundamente ante su abuelo, levantó después la cabeza, y dijo:

—Hace cinco años insultó usted á mi padre; hoy ha insultado á mi [Pg 282] esposa. Yo no le pido á usted nada. Adiós.

El señor Gruillenormand, estupefacto, abrió la boca, extendió los brazos y trató de levantarse; pero antes de que hubiera podido pronunciar [Pg 283] una palabra, se había cerrado la puerta y Mario había desaparecido.

El anciano permaneció algunos momentos inmóvil, como si hubiera caído un rayo á sus pies, sin poder hablar ni respirar, como si una mano vigorosa le apretara la garganta.

Por fin se levantó del sillón, corrió hacia la puerta con toda la velocidad [Pg 284] con que se puede correr á los noventa y un años, la abrió, y gritó:

—¡Socorro! ¡Socorro!

Acudió su hija, y luego los criados, y les dijo con angustioso aliento:

—¡Corred detrás de él! ¡Cogedle! ¿Qué le he hecho yo? ¡Está loco! [Pg 285] ¡Se va! ¡Ay, Dios mío! ¡Ahora ya no volverá!

Se dirigió á la ventana que daba á la calle, la abrió con sus viejas y temblorosas manos, se inclinó sacando medio cuerpo fuera, mientras que Vasco y Nicolasita le sujetaban por detrás, y gritó:

—¡Mario! ¡Mario! ¡Mario! ¡Mario!

Pero Mario ya no podía oirle, porque en aquel instante volvía la esquina de la calle de San Luis.

El octogenario llevó dos ó tres veces las manos á las sienes con expresión [Pg 286] de angustia, retrocedió temblando, y se recostó en un sillón, sin pulso, sin voz, sin lágrimas, moviendo la cabeza, y agitando los labios con aire estúpido; sin tener en los ojos y en el corazón más que un algo lúgubre y profundo como la noche.

LIBRO NOVENO
¿Á DÓNDE VAN?

[Pg 287]

I
Juan Valjean

Aquel mismo día, á eso de las cuatro de la tarde, Juan Valjean estaba sentado, solo, en uno de los declives más solitarios del Campo de Marte.

Ya fuese por prudencia ó por ese deseo de recogimiento que sigue á los cambios insensibles de costumbres que van penetrando poco á poco en todas las existencias, salía á la sazón muy poco con Cosette.

Vestía su traje de obrero con su pantalón gris; la ancha visera de la gorra le ocultaba el rostro.

Estaba tranquilo, y era feliz respecto de Cosette porque se había desvanecido lo que le había asustado durante algún tiempo; pero hacía una semana ó dos que le perseguía una ansiedad de diversa naturaleza.

Un día, paseándose por el boulevard, había visto á Thénardier, y gracias á su disfraz, éste no le había reconocido; pero desde entonces, Juan Valjean le había vuelto á ver varias veces, y adquirido la certeza de que rondaba su barrio. Esto bastaba para determinarle á tomar una gran resolución.

Estando allí Thénardier, estaban todos los peligros á un tiempo.

Además, París no estaba tranquilo. Las agitaciones políticas ofrecían el inconveniente para todo el que tuviera que ocultar algo de su vida, que la policía andaba inquieta y recelosa, y que buscando la pista de un hombre como Pepin ó Morey, podía muy bien encontrarse con un hombre como Juan Valjean.

Se había decidido á abandonar á París, y hasta la Francia, é ir á Inglaterra.

Había, pues, prevenido á Cosette, porque quería partir antes de ocho días.

Estaba, como decimos, sentado en la cuestecilla del Campo de Marte, dando vueltas en su cerebro á toda clase de pensamientos; Thénardier, la policía, el viaje, y la dificultad de hacerse con un pasaporte.

Todas estas cosas le inquietaban igualmente.

Además, un hecho inexplicable que acababa de sorprenderle, y que le tenía aún impresionado, aumentaba su desasosiego.

Aquel día por la mañana se había levantado temprano, y paseándose por el jardín antes de que Cosette hubiese abierto su ventana, había echado de ver este letrero grabado en la pared, probablemente con un clavo:

16, Calle de la Verrerie.

La obra debía ser reciente, porque los perfiles estaban aún blancos sobre la ennegrecida argamasa, y porque una mata de ortigas que había al pie de la pared estaba cubierta de polvo de yeso.

Aquello había sido escrito probablemente durante la noche.

Pero ¿qué era? ¿Una dirección? ¿Una señal para otros? ¿Un aviso para él? En todo caso, era evidente que había sido violado el jardín, y que había penetrado en él algún desconocido.

Entonces recordó los extraños incidentes que habían alarmado ya á la casa; meditó sobre aquella inscripción y se guardó muy bien de hablar de él á Cosette por miedo de asustarla.

En medio de estos pensamientos se fijó en una sombra que el sol proyectaba, sin duda de alguien que acababa de detenerse en lo alto de la cuestecita detrás de allí donde él estaba sentado.

Iba á volverse, cuando cayó sobre sus rodillas un papel doblado y vuelto á doblar, y como si una mano le hubiera dejado caer sobre su cabeza.

Cogió el papel, lo desdobló, y leyó estas palabras, escritas con lápiz en gruesos caracteres:

Mudaos.

Juan Valjean se levantó vivamente; pero nadie había en lo alto del talus. Buscó por todas partes, y descubrió un ser más grande que un niño y más pequeño que un hombre, vestido con blusa gris y pantalón de pana color de polvo, que saltando el parapeto, desaparecía en el foso del Campo de Marte.

Juan Valjean volvió á entrar inmediatamente en su casa muy pensativo.

II
Mario

Mario había salido trastornado de casa del señor Guillenormand.

Había entrado en ella con pocas esperanzas, y salía completamente desesperado.

Por lo demás, y cuantos han observado el corazón humano lo comprenderán, el lancero, el oficial, el necio, el primo Teódulo, no había dejado sombra alguna en su espíritu, ni la más pequeña nube.

El poeta dramático podría esperar algunas complicaciones de esta revelación hecha á quema ropa al nieto por el abuelo; pero lo que con esto ganaría el drama lo perdería la verdad.

Mario estaba en esa edad en que no se cree nada malo; después viene la edad en que se cree todo.

Las sospechas no son más que arrugas, y la primera juventud no las tiene.

Lo que anonada á Otelo, se desliza sencillamente en Cándido. ¡Sospechar de Cosette! Antes hubiera Mario cometido mil crímenes.

Púsose á andar por las calles, recurso de todos los que padecen, y no pensó en nada de que pudiera acordarse.

Á las dos de la madrugada entró en casa de Courfeyrac, y se dejó caer, vestido, sobre su colchón.

Había salido ya el sol cuando se durmió, con ese horrible y pesado sueño que deja ir y venir las ideas en el cerebro.

Al despertarse, vió á Courfeyrac, Enjolrás, Feuilly y Combeferre, de pie, con el sombrero puesto, preparados para salir, y muy afanosos.

Courfeyrac le dijo:

—¿Vienes al entierro del general Lamarque?

Parecióle que Courfeyrac hablaba en chino.

Salió de casa poco tiempo después de ellos. Se metió en el bolsillo los dos cachorrillos que Javert le había entregado para la aventura del 3 de febrero, y que se habían quedado en su poder.

Los cachorrillos estaban cargados aún.

Sería difícil decir qué obscuro pensamiento tenía en su cabeza al llevarlos consigo.

Todo el día lo pasó vagando, sin saber por dónde iba; estaba lloviendo á intervalos; pero no lo notaba; compró para comer un bollo de dos sueldos en un despacho de pan, se lo guardó en el bolsillo, y no volvió á acordarse de él.

Parece también que se bañó en el Sena, sin tener conciencia de lo que hacía.

Hay momentos en que se tiene un horno bajo el cráneo, y Mario estaba en uno de estos momentos.

Ya no esperaba nada, ni temía nada; había dado este paso desde la víspera.

Esperaba la noche con impaciencia febril; no tenía sino una sola idea clara: que á las nueve vería á su amada Cosette.

Esta última felicidad era todo su porvenir; después sólo le quedaba la sombra.

Por intervalos, paseando por las calles más desiertas, le parecía oir en París ruidos extraños, y saliendo de su meditación, decía: «¿Es que pelean?».

Al caer la noche, á las nueve en punto, como se lo había prometido á Cosette, estaba en la calle Plumet.

Cuando se acercó á la verja todo lo olvidó.

Hacía cuarenta y ocho horas que no había visto á Cosette; iba á verla, y todas las demás ideas se borraron; no sentía sino profunda alegría.

Esos minutos en que se vive un siglo tienen una cosa soberana y admirable; en el espacio que pasan llenan por completo el corazón.

Mario abrió la verja, y se precipitó en el jardín.

Cosette no estaba en el sitio en que le esperaba siempre.

Atravesó la espesura y llegó al ángulo cerca de la escalinata.

—Me espera allí,—dijo para sí.

Cosette no estaba.

Levantó los ojos y vió que los postigos de la ventana estaban cerrados. Dió la vuelta al jardín, y vió que estaba desierto.

Entonces dió la vuelta á la casa, y perdido de amor, loco, asustado, exasperado de dolor y de inquietud, como un amo que entra en su casa á deshora, llamó fuertemente á la ventana.

Llamó y volvió á llamar, expuesto á ver abrirse la ventana y asomar por ella la sombría cabeza del padre, y oir que le preguntara:

—¿Qué queréis?

Esto era nada comparado con lo que sospechaba.

Cuando hubo golpeado la ventana, gritó y llamó á Cosette.

—¡Cosette!

—¡Cosette!—repitió imperiosamente.

Todo había concluido.

No había nadie en el jardín, nadie en la casa.

Mario fijó sus ojos desesperados en aquella casa lúgubre, tan negra, tan silenciosa y más vacía que una tumba, y se fijó después en el banco de piedra donde había pasado horas tan felices al lado de Cosette.

Entonces se sentó en la escalinata con el corazón lleno de dolor y de [Pg 288] resolución, bendijo su amor en el fondo de su pensamiento, y se dijo, que, puesto que Cosette se había marchado, no tenía que hacer ya sino morir.

De repente oyó una voz que parecía salir de la calle, y que gritaba á través de los árboles:

—¡Señor Mario!

—¿Quién es?—dijo.

—Señor Mario, ¿estáis ahí?

—Sí.

[Pg 289]

—Señor Mario,—añadió la voz,—vuestros amigos os esperan en la barricada de la calle de Chanvrerie.

Esta voz no le era enteramente desconocida.

Se parecía á la voz ronca y áspera de Eponina.

Mario corrió á la verja, separó el hierro móvil, pasó la cabeza, y vió [Pg 290] una figura, que le pareció la de un joven, desaparecer corriendo en el crepúsculo.

[Pg 291]

III
El señor Mabeuf

La bolsa de Juan Valjean había sido inútil al señor Mabeuf, porque éste, en su venerable austeridad infantil, no había aceptado el regalo de los astros; no había admitido que una estrella podía convertirse en monedas de oro, y no había podido adivinar que lo que caía del cielo viniera de Gavroche.

Había llevado la bolsa al comisario de policía del barrio, como objeto perdido, puesto por el que le había hallado á disposición del que lo reclamase.

La bolsa, en efecto, se perdió.

No hay que decir que nadie la reclamó, sin que sirviese de socorro al señor Mabeuf.

Por lo demás, el señor Mabeuf continuaba viniendo á menos.

Los ensayos sobre el añil no habían dado mejor resultado en el Jardín Botánico que en su jardín de Austerlitz.

El año anterior debía el salario á su ama, y á la sazón debía, como hemos visto el alquiler de la casa.

El Monte de Piedad, después de cumplidos trece meses, había vendido las planchas de su Flora, y algún calderero había hecho de ellas cacerolas.

Perdidas, pues, sus planchas, y no pudiendo completar los ejemplares descabalados de su Flora, que poseía aún, había cedido á bajo precio á un librero chalán, planchas y textos como de saldos.

Nada le quedó de la obra de toda su vida. Empezó á comerse el dinero de aquellos ejemplares.

Cuando vió que este miserable recurso se agotaba, renunció á su jardín abandonando el cultivo.

Antes, mucho tiempo antes había renunciado á los dos huevos y el pedazo de carne que comía de cuando en cuando.

Sólo se alimentaba con pan y patatas; había vendido sus últimos muebles; después todo lo que tenía doble en materia de ropa de cama, vestidos y mantas; después sus herbarios y sus estampas; pero aún conservaba los libros más preciosos, entre los cuales había algunos rarísimos, como: Los cuadritos históricos de la Biblia, edición de 1560; La concordancia de las Biblias, de Pedro de Besse; Las Margaritas de la Margarita, de Juan de la Haye, con dedicatoria á la reina de Navarra; el libro del Cargo y dignidad de Embajador, por el señor de Williers Hotman; un Florilegium rabbinicum, de 1644; un Tibulo, de 1567, con esta espléndida inscripción: Venetiis, in œdibus Manutianis; y en fin, un Diógenes Laercio, impreso en Lyon en 1644, en que se hallaban las famosas variantes del manuscrito 411 del siglo XIII, del Vaticano y las de los dos manuscritos de Venecia 393 y 394, tan fructuosamente consultados por Enrique Estienne, y todos los pasajes en dialecto dórico, que no se encuentran más que en el célebre manuscrito del siglo XII de la biblioteca de Nápoles.

El señor Mabeuf no encendía nunca lumbre en su cuarto, y se acostaba con el día para no encender luz.

Parecía que no tenía vecinos, porque evitaban su encuentro cuando salía; él lo había notado.

La miseria de un niño conmueve á una madre; la miseria de un mozo conmueve á una muchacha; pero la miseria de un viejo no conmueve á nadie, y es de todas las infelicidades la más fría.

Pero el señor Mabeuf no había perdido enteramente su serenidad de niño; sus ojos despedían aún luz cuando se fijaban en sus libros, y se sonreía cuando contemplaba el Diógenes Laercio, que era ejemplar único.

Su armario con cristales era lo único que había conservado además de lo indispensable.

Un día le dijo la tía Plutarco:

—No tengo con que traer comida.

Lo que ella llamaba comida era un pan y cuatro ó cinco patatas.

—Fiado,—dijo el señor Mabeuf.

—Ya sabéis que me lo niegan.

El señor Mabeuf abrió su biblioteca, miró mucho tiempo sus libros, uno después de otro, como un padre obligado á diezmar á sus hijos los miraría antes de elegir; después cogió uno de repente, se le puso debajo del brazo, y salió.

Á las dos horas volvió sin nada debajo del brazo, y poniendo treinta sueldos sobre la mesa, dijo:

—Traed comida.

Desde aquel momento la tía Plutarco vió cubrirse el cándido semblante del señor Mabeuf de un velo sombrío, que no desaparecía nunca.

El día siguiente, el otro, todos los demás, fué preciso hacer otro tanto.

El señor Mabeuf salía con un libro, y volvía con una moneda de plata.

Como los libreros chalanes le veían obligado á vender, le compraban por veinte sueldos los libros porque había dado veinte francos alguna vez á ellos mismos.

Así concluyó toda su biblioteca, tomo á tomo.

En algunos momentos se decía: «Sin embargo, tengo ochenta años», como si tuviese alguna esperanza de llegar antes al fin de sus días que al fin de sus libros.

Su tristeza iba en aumento; pero una vez tuvo una alegría.

Salió con un Roberto Estienne, que vendió en treinta y cinco sueldos en el muelle de Malaquais, y volvió con un Alde que había comprado por cuarenta en la calle de Grés.

—Debo cinco sueldos,—dijo muy alegre á la tía Plutarco.

Aquel día no comieron.

Pertenecía á la Sociedad de Horticultura donde sabían su pobreza.

El presidente de esta Sociedad fué á verle, le prometió hablar de él al ministro de Agricultura y Comercio, y lo cumplió:

—¡Cómo!—exclamó el ministro.—¡Ya lo creo! ¡Un sabio anciano! ¡Un botánico! ¡Un hombre inofensivo! ¡Es preciso hacer algo por él!

Al día siguiente el señor Mabeuf recibió una invitación para comer con el ministro. Enseñó la carta temblando de alegría á la tía Plutarco, diciéndola:

—¡Nos hemos salvado!

El día fijado fué á casa del ministro. Notó que su corbata arrugada, su antiguo frac cuadrado y sus zapatos embetunados, asombraban á los porteros.

Nadie le habló, ni aún el ministro.

Á eso de las diez de la noche, como estuviese todavía esperando una palabra, oyó á la mujer del ministro, hermosa señora, descotada, á quien no había atrevido á acercarse, que preguntaba:

—¿Quién es ese caballero anciano?

Volvióse á su casa, á pie, á media noche, bajo una fuerte lluvia. Había vendido un Elzevir para pagar el coche á la ida.

Tenía la costumbre de leer todas las noches, antes de acostarse, algunas páginas de su Diógenes Laercio; sabía bastante griego para encontrar un placer en las particularidades del texto que poseía; ya no tenía otros goces.

Pasáronse algunas semanas; pero de pronto la tía Plutarco cayó enferma.

Hay una cosa más triste que no tener para comprar pan en la tahona, y es no tener para comprar medicinas en la botica: una noche el médico recetó una poción muy cara.

Además, agravándose la enferma, necesitaba una persona que la cuidara.

El señor Mabeuf abrió la biblioteca, y ya no tenía nada; había vendido hasta el último volumen; no le quedaba más que su Diógenes Laercio.

Se puso el ejemplar único bajo el brazo y salió; era el 4 de junio de 1832.

Fué á la puerta de Santiago, á casa del sucesor de Royol, y volvió con cien francos.

Puso el montoncito de napoleones sobre la mesa de noche de la vieja criada, y se volvió á su cuarto sin decir una sola palabra.

Al día siguiente, en cuanto amaneció, se sentó en el guarda-cantón que había en el jardín, y pudo vérsele por cima del seto toda la mañana inmóvil, con la cabeza inclinada, y la vista vagamente fija en sus marchitos cuadros.

Llovía á intervalos, pero el viejo no lo notaba.

Á mediodía estalló en París un ruido extraordinario; parecía que se oían tiros de fusil y clamores populares.

El señor Mabeuf levantó la cabeza.

Vió pasar un jardinero y le preguntó:

—¿Qué es eso?

[Pg 294]

El jardinero respondió con su azadón al hombro y con el acento más tranquilo:

—Un motín.

—¡Cómo! ¿Un motín?

—Sí, se están batiendo.

—¿Y porqué se baten?

—¡Diablo!—prorrumpió el jardinero.

—¿Hacia qué lado?—preguntó el señor Mabeuf.

—Por la parte del Arsenal.

El señor Mabeuf volvió á entrar en su casa, buscó maquinalmente un libro para llevárselo debajo del brazo, no le encontró, y dijo:

—¡Ah, es verdad!

Y salió con aire extraviado.

LIBRO DÉCIMO
EL 5 DE JUNIO DE 1832

[Pg 295]

I
El exterior de la cuestión

¿De qué se compone un motín?

De todo y de nada.

De electricidad que se desarrolla poco á poco, de una llama que se forma de súbito, de una fuerza vaga, de una ráfaga que pasa.

Esta ráfaga encuentra cabezas que hablan, cerebros que piensan, almas que padecen, pasiones que arden, miserias que aúllan, y las arrastra.

¿Adónde?

Al acaso...

Á través del Estado, á través de las leyes, á través de la prosperidad y de la insolencia de los demás.

[Pg 296]

Las convicciones irritadas, los entusiasmos agriados, las indignaciones conmovidas, los instintos de guerra comprimidos, los ánimos jóvenes exaltados, las ceguedades generosas; la curiosidad, el placer por los cambios de objeto, la sed de lo inesperado, el sentimiento que hace experimentar placer al leer el cartel de un nuevo espectáculo, y al oir en el teatro el silbato del maquinista; los odios vagos, los rencores, las contrariedades, toda vanidad que cree haber fracasado su destino; el malestar, los sueños insensatos, las ambiciones rodeadas de abismos; todo el que espera de un derrumbamiento una salida, y en fin, más abajo, la turba, ese lodo que se convierte en fuego; tales son los elementos del motín.

Cuanto hay de más grande y más ínfimo, los seres que vagan alrededor de todo esperando la ocasión, perdidos, gentes sin profesión, vagabundos de las encrucijadas, los que duermen por la noche en un desierto de casas, sin más techo que las frías nubes del cielo; los que piden cada día su pan al azar y no al trabajo, los desconocidos de la miseria y de la nada, los brazos desnudos, los pies descalzos, pertenecen al motín.

Todo el que tiene en el alma una rebelión secreta contra un hecho cualquiera del Estado, de la vida ó de la suerte, linda con el motín, y desde que se presenta empieza á temblar y á sentirse frecuentemente conmovido por el torbellino.

El motín es una especie de tromba de la atmósfera social, que se forma de repente en ciertas condiciones de temperatura, y que en sus remolinos sube, corre, truena, arranca, corta, rompe, demuele, desarraiga, arrastrando consigo los ánimos grandes y los pequeños, al hombre fuerte y al débil, al tronco del árbol y la arista de la paja.

¡Desgraciado aquel ó quien arrastra lo mismo que aquel con quien choca!

Los estrella uno contra otro.

Comunica á los que coge un poder extraordinario. Lleva al primero que encuentra con la fuerza de los sucesos, y hace de todo proyectiles; convierte un canto en bala, y un mozo de cordel en general.

Si hemos de creer á ciertos oráculos de la política recelosa, bajo el punto de vista del poder, un motín es cosa de desear.

Para ellos es un axioma que el motín afirma á los gobiernos cuando no los derriba; porque pone á prueba el ejército, concentra los ciudadanos, estira los músculos de la policía, y pone de manifiesto las fuerzas de la osadía social.

Es un ejercicio gimnástico, casi higiénico. El poder se siente mejor después de un motín, como el hombre después de una fricción.

El motín, hace treinta años, se consideraba además bajo otros puntos de vista.

Para todo hay su teoría que se llama á sí misma «del sentido común». Felinto contra Alcestes; mediación ofrecida entre lo verdadero y lo falso, explicación, admonición, atenuación un poco altiva, que porque tiene cierta mezcla de culpa y de excusa, se cree la sabiduría, cuando no es más que la pedantería.

De ahí ha salido toda una escuela política, llamada del justo medio.

Entre el agua fría y el agua caliente, hay el partido del agua tibia.

Esa escuela, con sus falsas profundidades enteramente superficiales, que disecan los efectos sin remontarse á las causas, censura desde lo alto de una semi-ciencia las agitaciones de la plaza pública.

Oigamos á la tal escuela:

«Los motines que complicaron la revolución de 1830, quitaron á este gran acontecimiento una parte de su pureza.

«La revolución de julio había sido un majestuoso huracán popular, seguido inmediatamente de la calma; pero los motines volvieron á nublar el cielo; hicieron que degenerase en querella esta revolución, tan notable al principio por su unanimidad.

«En la revolución de julio, como en todo progreso que se realiza por una sacudida, había habido fracturas secretas; el motín las hizo sensibles, y pudo decirse: ¡Ah! ¡Esto está roto!

«Después de la revolución de julio, sólo se sentía la libertad; después de los motines se sintió la catástrofe.

«Cualquier motín cierra las tiendas, hace bajar los fondos, asusta á la Bolsa, suspende el comercio, suspende los negocios, precipita las quiebras; huye el dinero, las fortunas privadas se inquietan, el crédito público se ve perdido y la industria desconcertada; los capitales retroceden, el trabajo es menos retribuido; en todas partes reina el miedo, la reacción repercute en todas las ciudades.

«De ahí nacen precipicios profundos.

«Se ha calculado que el primer día de motín cuesta á Francia veinte millones de francos, el segundo cuarenta, y él tercero sesenta.

«Un motín de tres días cuesta ciento veinte millones; es decir, que no teniendo en cuenta más que este resultado económico, equivale á un desastre, á un naufragio ó una batalla perdida que destruye una escuadra de sesenta navíos de línea.

«Sin duda, históricamente, los motines tuvieron sus bellezas; la guerra de las calles no es menos grandiosa, ni menos patética que la guerra del campo; en la una está el alma de los bosques, y en la otra el corazón de las ciudades; la una tiene á Juan Chuan, y la otra á Juana de Arco.

«Los motines enrojecieron espléndidamente todos los rasgos más originales del carácter parisiense, la generosidad, el desinterés, la alegría tempestuosa, los estudiantes probando que el valor forma parte de la inteligencia, la guardia nacional inquebrantable, los vivacs de los tenderos, las fortalezas de los pilluelos, y el desprecio de la muerte en los transeúntes.

«Las escuelas y los regimientos vinieron á las manos y chocaron unas contra otros.

«Bien considerado todo, entre los combatientes no había más que una diferencia, la de edad; eran de la misma raza, los mismos hombres estoicos que mueren á los veinte años por sus ideas, y á los cuarenta por su familia.

«El ejército, siempre triste en las guerras civiles, oponía la prudencia á la audacia.

«Los motines, al mismo tiempo que manifestaron la intrepidez popular, educaron en el valor al ciudadano.

«Pero, ¿vale todo esto la sangre vertida?

«Y á esa sangre añádase el porvenir obscurecido, el progreso comprometido, la inquietud entre los mejores, los liberales honrados desesperanzados, el absolutismo extranjero viendo con placer estas heridas abiertas por sí misma á la revolución, los vencidos de 1830 triunfando y diciendo: ¡Ya lo habíamos dicho!

«Agréguese á esto, que si París tal vez se engrandece, de seguro se empequeñece la Francia; y añádase por último, pues debe decirse todo, los asesinatos que deshonraban con frecuencia la victoria del orden convertido en ferocidad sobre la libertad enloquecida.

«Suma total, los motines han sido funestos».

Así habla esa casi sabiduría con que la burguesía, esa especie de semipueblo, se queda tan satisfecha.

Por nuestra parte, rechazamos esa palabra tan extensa, y por consiguiente tan cómoda: los motines.

Entre un movimiento popular y otro movimiento popular, hacemos una distinción.

No nos preguntamos si un motín cuesta tanto como una batalla.

Y en primer lugar, ¿por qué una batalla?

Aquí surge la cuestión de la guerra.

¿Acaso es menos un azote la guerra que es el motín una calamidad?

Además, ¿son calamidades todos los motines?

Aun cuando el 14 de julio costase ciento veinte millones de francos, ¿qué tiene eso que ver?

La instalación de Felipe V en España costó á Francia dos mil millones; [Pg 297] por el mismo precio preferiríamos el 14 de julio.

Por otra parte, negamos esas cifras que parecen razones, y no son más que palabras.

Dado un motín, examinémoslo en sí mismo.

En todo lo que dice la objeción doctrinaria expuesta más arriba, no es sino cuestión del efecto; nosotros buscamos la causa; precisamos.

[Pg 298]

II
El fondo de la cuestión

Existe el motín y existe la insurrección; son dos cóleras diversas, una equivocada, otra con razón.

En los Estados democráticos, únicos fundados en la justicia, sucede á veces que una fracción es usurpadora; entonces todo se levanta y la reivindicación necesaria de su derecho, puede llegar hasta á tomar las armas.

En todas las cuestiones que llegan á la soberanía colectiva, la guerra del todo contra la fracción es insurrección; el ataque de la fracción contra el todo es motín; según estén las Tullerías habitadas por el rey ó por la Convención, son justa ó injustamente atacadas.

El mismo cañón asestado contra la multitud no tiene razón el 10 de agosto, y la tiene el 14 de vendimiario.

Su apariencia es, pues, semejante, al fondo distinto; los suizos defienden lo falso. Bonaparte lo verdadero.

Lo que el sufragio universal ha hecho con su libertad y con su soberanía, no puede ser deshecho por las calles.

Lo mismo sucede en las cosas de pura civilización; el instinto de las masas, ayer previsor, puede estar mañana turbado.

La misma ira es legítima contra Terray y absurda contra Turgot.

La destrucción de máquinas, el pillaje de los almacenes, la ruptura de vías, la demolición de muelles, los extravíos de la multitud, la injusta oposición del pueblo al progreso, Ramus asesinado por los escolares, Rousseau expulsado de Suiza á pedradas, son motines.

Israel contra Moisés, Atenas contra Foción y Roma contra Escipción, son motines.

París contra la Bastilla, es la insurrección.

Los soldados contra Alejandro, los marineros contra Cristóbal Colón, es la rebelión misma, rebelión impía. ¿Y por qué? Porque Alejandro hace por Asia con la espada lo que Cristóbal Colón por América con la brújula; Alejandro como Colón descubre un mundo.

Estos dones de mundos á la civilización son tales acrecentamientos de luz, que toda resistencia es criminal.

Algunas veces el pueblo se miente fidelidad á sí mismo, y la multitud hace traición al pueblo.

¿Hay, por ejemplo, nada más extraño que esa larga y sangrienta protesta de los falsificadores políticos, legítima rebelión crónica, que en el momento decisivo, en el día de la salvación, en la hora del[Pg 292] triunfo popular se alza con el trono, se hace vendeana, y de insurrección en contra, se trueca en motín á favor? ¡Sombría obra maestra de la ignorancia!

El falsificador político escapa á las horcas reales, y con un resto de cuerda al cuello, enarbola la escarapela blanca.

¡Mueran las gabelas! supone un ¡viva el rey!

Matadores de la noche de San Bartolomé, degolladores de septiembre, [Pg 293] destructores de Aviñón, asesinos de Coligny, asesinos de la señora de Lamballe, asesinos de Brune, Miqueletes, Verdetes, Cadenettes, compañeros de Jehú, caballeros de Brassard; he aquí el motín.

La Vendée es un gran motín católico.

El rumor del derecho en movimiento se reconoce; no sale siempre del temblor de las masas agitada; hay furores locos, como hay campanas rajadas; no suenan los somatenes siempre á bronce.

El estremecimiento de la pasión y de la ignorancia es distinto de la sacudida del progreso.

Levantaos, sí, pero para engrandeceros; mostradme hacia dónde vais; solo hay insurrección marchando adelante.

Cualquier otro levantamiento es malo; todo paso violento hacia atrás, es un motín; el retroceso es una vía de hecho contra el género humano.

La insurrección es el acceso de furor de la verdad; los adoquines que mueve la insurrección despiden la chispa del derecho.

Esos adoquines en otras manos no dejan al motín sino su lodo.

Dantón contra Luis XVI es la insurrección; Hebert contra Dantón es el motín.

De ahí proviene que si la insurrección, en estos casos dados, puede ser, como ha dicho Lafayette, el más santo de los deberes, el motín puede ser el más fatal de los atentados.

Hay también alguna diferencia en la intensidad del calórico; la insurrección suele ser un volcán, el motín es con frecuencia fuego de paja.

La rebelión, como hemos dicho, parte algunas veces del poder. Polignac es un bullanguero; Camilo Desmoulins un gobernante.

Á veces, insurrección es resurrección.

La solución de todo por el sufragio universal es un hecho absolutamente moderno, y toda la historia anterior á este hecho desde hace cuatro mil años, llena de violaciones del derecho y de sufrimientos de los pueblos, cada época de la historia lleva consigo la protesta que le es posible.

Bajo los Césares no hubo insurrecciones, pero hubo un Juvenal.

El facit indignatio reemplaza á los Gracos.

Bajo los Césares hay el desterrado de Siena, é igualmente el autor de los Anales.

Y no hablamos del gran desterrado de Patmos, que también él condena al mundo real con una protesta en nombre del mundo ideal; hace de la visión una sátira enorme, y arroja sobre Roma Nínive, sobre Roma Babilonia, sobre Roma Sodoma, la flamígera reverberación del Apocalipsis.

Juan, sobre su peñasco, es el esfinge sobre su pedestal; puédese no comprenderle; es un judío, y es como si hablara en hebreo; pero el hombre que escribe los Anales es un latino, ó, mejor dicho, un romano.

Reinando los Nerones de una manera sombría, sombríamente deben ser pintados.

El trabajo del buril por sí solo sería pálido; es preciso verter en los blancos una prosa concentrada y mordiente.

Los déspotas entran por algo en la mente de los pensadores. Palabra encadenada es palabra terrible.

El escritor duplica y triplica su estilo, cuando un amo le impone silencio al pueblo.

De este silencio nace cierta plenitud misteriosa que se filtra y se solidifica como bronce en el pensamiento.

La compresión de la historia produce la concisión en el historiador.

La solidez granítica de tal prosa célebre no es más que un apisonamiento hecho por el tirano.

La tiranía obliga al escritor á contracciones de diámetro, que son acrecentamientos de fuerza.

La frase ciceroniana, apenas suficiente para Verres, se embotaría contra Calígula.

Á menor extensión del período, mayor intensidad de golpe.

Tácito piensa con el brazo contraído.

La honradez de un gran corazón, condensada en justicia y en verdad, fulmina como el rayo.

Sea dicho de paso, es de notar que Tácito no esté históricamente sobrepuesto á César; estanle reservados los Tiberios.

César y Tácito son dos fenómenos sucesivos, cuyo encuentro parece misteriosamente evitado por aquel que al sacar los siglos á la escena, arregla las entradas y salidas.

César es grande, Tácito es grande; Dios dirige estas dos grandezas evitando que choquen una contra otra.

El justiciero, hiriendo á César, podía herir demasiado y ser injusto, y Dios no lo quiere.

Las grandes guerras de África y de España, los piratas de Cilicia destruidos, la civilización introducida en la Galicia, en Bretaña, en Germania, toda esta gloria cubre al Rubicón. Hay en esto una especie de delicadeza de la justicia divina, dudando en dejar caer sobre el usurpador ilustre al historiador formidable, haciendo á César gracia de Tácito, y concediendo circunstancias atenuantes al genio.

En verdad que el despotismo es despotismo siempre, aún bajo el déspota de genio. Hay corrupción bajo los tiranos ilustres; pero la peste moral es más repugnante aún bajo los tiranos infames.

En tales reinados, nada vela la vergüenza; y los autores de ejemplos, Tácito, como Juvenal, abofetean más provechosamente en presencia del género humano, á esa ignominia sin réplica.

Roma apesta más en tiempos de Vitelio que en tiempos de Sila.

Bajo Claudio y bajo Domiciano hay una deformidad de bajeza correspondiente á la fealdad del tirano; la villanía de los esclavos es un producto directo del déspota; de esas conciencias corruptas se exhala el miasma del reflejo del amo; los poderes públicos son inmundos, los corazones pequeños, las conciencias romas; las almas repugnantes; así sucede con Caracalla, así con Cómodo, así con Heliogábalo, mientras que del senado romano bajo César, no sale más que el olor del fiemo natural de los nidos de águila.

De ahí, pues, la venida, al parecer tardía, de los Tácitos y Juvenales; el demostrador sólo aparece á la hora de la evidencia.

Pero Juvenal y Tácito, como los Isaías en los tiempos bíblicos, y como Dante en la Edad media, son el hombre; el motín y la insurrección son la multitud, que tan pronto tiene razón, como no la tiene.

En la generalidad de los casos, el motín sale de un hecho material; la insurrección es siempre un fenómeno moral.

El motín es Masaniello; la insurrección es Espartaco.

La insurrección confina con la inteligencia, el motín con el estómago.

Gaster se irrita; pero Gaster, en verdad, no tiene razón siempre.

En las cuestiones de hambre, el motín. Buzançais, por ejemplo, tiene un punto de partida verdadero, patético y justo. Sin embargo, no pasa de motín.

¿Por qué? Porque teniendo razón en el fondo, no la tiene en la forma. Terrible, aún teniendo derecho, violento aunque fuerte, ha herido al acaso; ha marchado como el elefante ciego, rompiéndolo todo; ha dejado detrás de sí cadáveres de ancianos, de mujeres y de niños; ha vertido sin saber por qué la sangre de seres inofensivos é inocentes.

Alimentar al pueblo, es un buen fin; pero destrozarle es un mal medio.

Todas las protestas armadas, aún las más legítimas, aún el 10 de agosto, y el 14 de julio, empiezan por la misma agitación.

Antes que el derecho se desprenda, hay tumulto y espuma.

Al comenzar la insurrección es motín, como es torrente, el río. Ordinariamente llega á desembocar á este océano: revolución.

Algunas veces, sin embargo, nacida en las altas montañas que dominan el horizonte moral, la justicia, la prudencia, la razón, el derecho; formada de la más pura nieve de lo ideal, después de una larga caída de roca en roca, después de haber reflejado el cielo en su transparencia, y haber crecido con cien afluentes en el majestuoso camino del triunfo, la insurrección se pierde de repente en alguna quebrada popular, como el Rhin en un pantano sin fondo.

Todo esto se refiere á lo pasado; el porvenir se presenta de otra manera.

El sufragio universal tiene de admirable, que disuelve el motín en su principio, y dando el voto á la insurrección, le quita las armas.

La desaparición de las guerras, de la guerra de las calles, como de la guerra de las fronteras, es el progreso inevitable.

Sea el Hoy lo que quiera, el Mañana es la paz.

Por lo demás, insurrección, motín, cualquiera que sea su diferencia, estos matices apenas existen para el ciudadano propiamente tal.

Para él, todo es sedición, rebelión pura y simple, rebelión del perro contra el amo; intención de morder que hay que castigar con la cadena y el encierro; ladrido, aullido, hasta el día en que la cabeza del perro, crecida de repente, se esboza vagamente en la sombra con cara de león.

Entonces el burgués grita: ¡Viva el pueblo!

Después de esta explicación, ¿qué viene á ser para la historia el movimiento de junio de 1832? ¿Un motín, ó una insurrección?

Una insurrección.

Podrá sucedernos, al traer á la escena este acontecimiento terrible, que le llamemos alguna vez motín, pero sólo para calificar los hechos de la superficie; haciendo siempre la distinción necesaria entre la forma ó motín, y el fondo ó insurrección.

Este movimiento de 1832 tuvo en su rápida explosión y en su lúgubre extinción, tal magnitud, que aún aquellos que no ven en él más que un motín, hablan de él con respeto. Para éstos es como un residuo de 1830.

Las imaginaciones conmovidas, dicen, no se calman en un día; una revolución no se corta á pico; tiene siempre necesariamente ciertas ondulaciones antes de volver al estado de paz, lo mismo que una montaña antes de extinguirse en la llanura.

No hay Alpes sin Jura, ni Pirineos sin Asturias.

Esta crisis patética de la historia contemporánea, que la memoria de los parisienses llama la época de los motines, es seguramente una hora [Pg 300] característica entre las más tempestuosas de este siglo.

Digamos la última frase antes de entrar en la narración.

Los hechos que vamos á referir pertenecen á esa realidad dramática y viva que el historiador desprecia muchas veces por falta de tiempo y de espacio.

En ella, sin embargo, insistimos en decirlo, en ella está la vida, la [Pg 301] palpitación, el estremecimiento humano.

Los pormenores, creemos haberlo dicho ya, son, por hablar así, el follaje de los grandes acontecimientos, y se pierden en la lontananza de la historia.

La época llamada de los motines abunda en hechos de este género.

Los procesos judiciales, por otras razones que las de la historia, no lo han revelado todo; quizá tampoco lo han profundizado.

Vamos, pues, nosotros á sacar á luz, entre particularidades conocidas y publicadas, cosas que no se han sabido, hechos sobre los cuales ha pasado el olvido de unos á la muerte de otros.

La mayor parte de los actores de estas escenas gigantescas han desaparecido; al día siguiente se callaban; pero nosotros podemos decir de lo que contamos: «lo hemos visto».

Cambiaremos algunos nombres, pasaremos por alto otros, porque la [Pg 302] historia refiere y no denuncia; pero pintaremos cosas verdaderas.

En las condiciones del libro que escribimos, no manifestaremos más que un lado y un episodio, seguramente el menos conocido, las jornadas de los días 5 y 6 de junio de 1832; pero lo haremos de modo que el lector entrevea, bajo el sombrío velo que vamos á levantar, la fisonomía verdadera de aquella espantosa aventura pública.

[Pg 303]

III
Un entierro: ocasión de renacer

En la primavera de 1832, aunque hacía tres meses que el cólera tenía helados los espíritus y velada la agitación con cierta lúgubre tranquilidad, París estaba hacía tiempo dispuesto para una conmoción. Como hemos dicho ya, la gran ciudad parece un cañón; cuando está cargado, basta una chispa para que salga el tiro.

En junio de 1832 la chispa fué la muerte del general Lamarque.

Lamarque era un hombre de fama y de acción.

Había tenido sucesivamente, bajo el Imperio y bajo la Restauración, las dos clases de valor necesarias en ambas épocas: el valor de los campos de batalla, y el valor de la tribuna.

Tenía tanta elocuencia como había tenido valor; su palabra parecía una espada.

Como Foy, su antecesor, después de haber mantenido á gran altura el mando militar, mantenía á gran altura la libertad.

Sentábase entre la izquierda y la extrema izquierda, era querido del pueblo, porque aceptaba las probabilidades del porvenir, y querido de la multitud, porque había servido bien al emperador.

Era, con los condes Gerard y Drouet, uno de los mariscales in petto de Napoleón. Los tratados de 1815 le sublevaron como una ofensa personal. Odiaba á Wellington con un odio directo que agradaba á la multitud desde diez y siete años, y sin fijarse apenas en los acontecimientos intermedios, guardaba majestuosamente la tristeza de Waterloo.

En su agonía, en su última hora, había apretado contra su pecho una espada que le habían dedicado los oficiales de los Cien Días.

Napoleón murió pronunciando la palabra ejército; Lamarque pronunciando la palabra patria.

Su muerte, prevista ya, era considerada por el pueblo como una pérdida y por el gobierno como una oportunidad.

Aquella muerte fué un duelo. Como todo lo que es amargo, puede el duelo cambiarse en revuelta. Así fué.

La víspera y la mañana del 5 de junio, día fijado para el entierro del general Lamarque, el arrabal de San Antonio, por el cual debía pasar el cortejo, tomó un aspecto temible.

Aquella tumultuosa red de calles se llenó de rumores.

Armábanse todos como podían.

Los carpinteros llevaban la herramienta de sus talleres «para derribar las puertas».

Uno de ellos se había hecho un puñal de un gancho de zapatero, rompiendo el gancho y aguzando la espiga.

Otro, con la fiebre por «atacar», dormía vestido hacía tres días.

Un aserrador, llamado Lombier, encontró á un compañero, que le preguntó:

—¿Adónde vas?

—¡Pst! No tengo armas.

—Pues, ¿y entonces?

—Me voy á la carpintería á coger un compás.

—¿Para qué?

—No lo sé,—decía Lombier.

Otro llamado Jacqueline, hombre de recursos, se acercaba á cada uno de los obreros que pasaban, y les decía:

—¡Ven!

Les pagaba un cuartillo de vino y añadía:

—¿Tienes trabajo?

—No.

—Pues ve á casa de Filspierre, entre el portillo de Montreuil y el de Charonne, y te darán trabajo.

En casa de Filspierre encontraban armas y cartuchos.

Ciertos jefes conocidos corrían la posta; es decir, iban de una á otra parte para reunir la gente.

En la taberna de Barthélemy, cerca del arco del Trono, en el figón de Capel, en el petit Chapeau, los bebedores se acercaban con aire sombrío, y se les oía decir:

—¿Dónde tienes tu pistola?

—Debajo de la blusa. ¿Y tú?

—Debajo de la camisa.

En la calle Traversière, delante del taller Roland, y en la plaza de la Casa Quemada, frente al taller del instrumentista Bernier, cuchicheaban algunos grupos. Distinguíase entre ellos un tal Mavot, que nunca estaba una semana en un taller, pues los maestros le despedían, «porque les obligaba á disputar con él diariamente».

Mavot fué muerto al día siguiente en la barricada de la calle Menilmontant.

Pretot, que debía morir también en la lucha, seguía á Mavot, y á esta pregunta: «¿qué quieres?» respondía: «la insurrección».

Algunos obreros, reunidos en la esquina de la calle de Bercy, esperaban á un tal Lemarin, agente revolucionario del arrabal de San Marcelo.

Las órdenes de aviso se cambiaban casi públicamente.

El 5 de junio, pues, con un día mezclado de lluvia y sol, el cortejo del general Lamarque atravesó las calles de París con la pompa militar oficial, algo aumentada con las precauciones.

Dos batallones con los tambores enlutados y los fusiles á la funerala, diez mil guardias nacionales con el sable al cinto, las baterías de la artillería y de la guardia nacional, escoltaban el féretro.

El carro fúnebre era conducido por jóvenes. Los oficiales de Inválidos le seguían inmediatamente, llevando ramas de laurel.

Después venía un gentío innumerable, agitado, extraño, los seccionarios de los Amigos del Pueblo, la Escuela de Jurisprudencia, la de Medicina, los proscritos de todas las naciones, banderas españolas, italianas, alemanas, polacas, banderas tricolores horizontales, toda clase de enseñas posibles, niños agitando ramas verdes, picapedreros y carpinteros, que á la sazón se habían declarado en huelga, impresores que se distinguían por sus gorros de papel, marchando de dos en dos, de tres en tres, dando gritos, agitando[Pg 299] palos casi todos, sables algunos de ellos, sin orden, y á pesar de esto con un solo pensamiento, ora en tropel, ora en columna.

Algunos pelotones habían elegido sus jefes; un hombre armado con un par de pistolas, perfectamente visible, parecía pasar revista á otros, cuyas filas se abrían para dejarle paso.

En las calles de los boulevares, en las copas de los árboles, en los balcones, en las ventanas, en los tejados, hormigueaban las cabezas, de hombres, mujeres y chiquillos, llenos los ojos de ansiedad.

Pasaba una multitud armada y otra multitud asustada miraba.

El gobierno, por su parte, observaba; observaba con la mano en el puño de la espada.

Podíase ver dispuestos á marchar, llenas las cartucheras, y cargados fusiles y carabinas, en la plaza de Luis XV, cuatro escuadrones de carabineros, montados, con los clarines al frente; en el barrio Latino y en el Jardín Botánico, la guardia municipal, escalonada de calle en calle; en el Mercado de Vinos, un escuadrón de dragones; en la plaza de Grève, una mitad del 12.° de ligeros, y la otra mitad en la Bastilla; el 6.° de dragones en los Celestinos, y la artillería llenando la plaza del Louvre.

El resto de las tropas estaba retenido en los cuarteles, sin contar los regimientos de los alrededores de París.

El poder, inquieto, tenía suspendidos sobre la muchedumbre amenazadora veinticuatro mil soldados dentro de la población, y treinta mil en las afueras. En el acompañamiento circulaban diversos rumores más ó menos absurdos.

Se hablaba de intrigas legitimistas; se hablaba del duque de Reichstadt, á quien Dios señalaba para la muerte en el momento mismo en que la multitud le designaba para el imperio.

Un individuo, cuyo nombre permanece desconocido, anunciaba que, á una hora dada, dos contramaestres ganados abrirían al pueblo las puertas de una fábrica de armas.

En las frentes descubiertas de la mayor parte de los asistentes dominaba un entusiasmo mezclado de abatimiento.

Veíanse igualmente aquí y allá entre aquella multitud, presa de tantas emociones violentas, pero nobles y verdaderos, rostros malhechores, y labios innobles que decían: «¡Robemos!».

Hay ciertas agitaciones que remueven el fondo de los pantanos, y que hacen subir á la superficie del agua nubes de cieno. Fenómeno á que no es extraña la policía «bien montada».

El acompañamiento caminaba con una lentitud febril, desde la casa mortuoria por las calles principales hasta la Bastilla.

Llovía de cuando en cuando; pero la lluvia no incomodaba á aquella muchedumbre.

En el tránsito habían ocurrido varios incidentes: el ataúd paseado alrededor de la columna Vendôme, piedras tiradas contra el duque de Fitz James, que estaba en un balcón con el sombrero puesto, el gallo galo arrancado de una bandera popular y arrastrado por el lodo, un gendarme herido de un sablazo en la Puerta de San Martín, un oficial del 12.° de ligeros diciendo en alta voz: «Yo soy republicano», la escuela politécnica llegando después, según su consigna forzada, con los gritos de «¡Viva la escuela politécnica! ¡Viva la república!», mareaban el curso de la comitiva.

En la Bastilla, las grandes filas de temibles curiosos procedentes del arrabal de San Antonio, se unieron con el acompañamiento, y empezó á levantarse cierta conmoción terrible en medio del gentío.

Oyóse á un hombre que le decía á otro:

—Fíjate bien en aquel de la perilla roja. Pues ése dirá cuándo hemos de hacer fuego.

Parece ser que aquella misma perilla roja se encontró después ejerciendo el mismo cargo en otro motín, el de Quenisset.

El féretro pasó la Bastilla, siguió por el Canal, atravesó el puente pequeño, llegando á la explanada del puente de Austerlitz.

Allí se detuvo.

En aquel momento, el gentío, mirado á vista de pájaro, ofrecía el aspecto de un cometa, cuya cabeza estuviese en la explanada, y cuya cola, desarrollada por el muelle Bourdon, cubriera la Bastilla, y se prolongara por los boulevares hasta la puerta de San Martín.

Trazóse un círculo alrededor del carro fúnebre; la inmensa comitiva guardó silencio. Lafayette habló, y dió el último adiós á Lamarque.

Fué aquel un momento tierno y augusto; todas las cabezas se descubrieron, todos los corazones palpitaron.

De pronto se presentó en medio del grupo un hombre á caballo, vestido de negro, con una bandera roja, y según otros, con una pica coronada por el gorro frigio.

Lafayette volvió la cabeza y Exelmans abandonó el cortejo.

Aquella bandera roja levantó una tempestad y desapareció. Uno de esos horribles clamores parecidos á una marejada conmovió á la multitud desde el boulevard de Bourdon hasta el puente de Austerlitz.

Alzáronse dos gritos prodigiosos: ¡Lamarque al Panteón! ¡Lafayette á la Casa ayuntamiento!

Al oir estas exclamaciones, algunos jóvenes arrastraron el carro fúnebre de Lamarque por el puente de Austerlitz, y á Lafayette en un coche por el muelle de Morland.

En la muchedumbre que rodeaba y aclamaba á Lafayette, se distinguía y era señalado un alemán, llamado Ludwig Snyder, que murió luego centenario, el cual había hecho la guerra de 1776, y peleado en Trenton á las órdenes de Washington, y en Brandywine á las de Lafayette.

Entre tanto, por la orilla izquierda, la caballería municipal se ponía [Pg 304] en movimiento, é iba á ocupar el puente; por la orilla derecha los dragones salían de los Celestinos, y se desplegaban á lo largo del muelle Morland.

El grupo que conducía á Lafayette los vió repentinamente en la esquina del muelle, y gritó: «¡Los dragones! ¡Los dragones!».

Estos avanzaban al paso, en silencio, con las pistolas en las pistoleras, los sables envainados, las carabinas en bandolera, con sombrío aire de espera.

Á doscientos pasos del puente pequeño hicieron alto.

El coche en que iba Lafayette llegó hasta ellos; abrieron sus filas, le [Pg 305] dejaron pasar, y volvieron á cerrarse interceptando á los que le seguían.

En aquel momento se tocaban los dragones y la multitud; las mujeres huyeron con terror.

¿Qué pasó en aquel minuto fatal? No hay quien pueda decirlo.

Fué el terrible y tenebroso momento del choque de dos nubes.

Unos dicen que hacia la parte del Arsenal se oyó una trompeta tocando ataque; otros que un muchacho dió una puñalada á un dragón.

El hecho es que se oyeron tres tiros, el primero mató al jefe de escuadrón [Pg 306] Cholet, el segundo á una vieja sorda que estaba cerrando una ventana en la calle de Contrescarpe, y el tercero quemó la charretera de un oficial.

Una mujer gritó: «¡Se empieza muy pronto!», y de repente se vió al lado opuesto al muelle Morland, un escuadrón de dragones, que se había quedado en el cuartel, desembocar al galope, con el sable desnudo, por la calle de Bassompierre y el boulevard Bourdon, barriendo todo lo que se les ponía delante.

Y entonces ya no hay más que decir; se desencadenó la tempestad, llovieron las piedras, sonaron los fusiles; unos se precipitan por los ribazos pasando el estrecho brazo del Sena, cegado hoy día: los almacenes y cobertizos de la isla Louviers, vasta ciudadela hecha de por sí, se erizó [Pg 307] de combatientes; arrancáronse las estacas, disparáronse pistolezos, bosquejóse en fin una barricada.

Los jóvenes rechazados atravesaron el puente de Austerlitz con el féretro á paso de carga, atacando á la guardia municipal; acudieron los carabineros, acuchillaron los dragones, dispersándose la multitud en todas direcciones; un rumor de guerra surgió de los cuatro extremos de París gritando ¡á las armas! Se corre, se tropieza, se huye y se resiste.

La cólera comunica el motín, como el viento la llama.

[Pg 308]

IV
El hervor de otros tiempos

Nada tan extraordinario como las primeras agitaciones de un motín.

Todo estalla en todas partes al mismo tiempo.

¿Estaba previsto? Sí.

¿Estaba preparado? No.

¿De dónde sale todo? De las piedras de la calle.

¿De dónde cae? De las nubes.

La insurrección tiene en unas partes el carácter de un complot; en otras el de una improvisación.

El primero que llega se apodera de la corriente de la multitud, y la lleva donde quiere. Principio lleno de espanto, al que se mezcla una alegría formidable.

Empieza por el clamoreo, se cierran las tiendas, desaparecen los escaparates; después se oyen algunos tiros aislados, huye la gente, los culatazos [Pg 309] chocan en las puertas cocheras, y las criadas ríen en los patios de las casas, diciendo: ¡Va á haber jarana!

No había transcurrido todavía un cuarto de hora, y he aquí lo que ya pasaba en veinte puntos de París.

En la calle de Santa Cruz-de-la-Bretonerie, una veintena de jóvenes, de barba y cabellos largos, entraban en una taberna, y salían un momento después, llevando una bandera tricolor horizontal, cubierta de un crespón; á la cabeza iban tres hombres armados, con sable el uno, otro con un fusil y el tercero con una pipa.

En la calle de Nonaindières, un burgués bien vestido, panzudo, de voz sonora, calvo, frente elevada, barba negra, y uno de esos bigotes rebeldes que no pueden dominarse, ofrecía públicamente cartuchos á los transeúntes.

En la calle de San Pedro de Montmartre, varios hombres, con los brazos desnudos paseaban una bandera negra, en que se leían estas palabras en letras blancas: República ó muerte.

En la calle de Jeuneurs, en la del Cuadrante, en la de Montorgueil, en la de Mandar, aparecían grupos agitando banderas, en que se leía en letras de oro, la palabra sección y un número. Una de estas banderas era roja y azul, con una imperceptible faja blanca.

En la calle ancha de San Martín se saqueaba una fábrica de armas, y otras tres tiendas de armeros, la primera en la calle Beaubourg, la segunda en la calle Michel-le-Compte, y la otra en la calle del Temple.

En algunos minutos, las mil manos de la muchedumbre se apoderaban de doscientas treinta escopetas, casi todas de dos cañones, de sesenta y cuatro sables y ochenta y tres pistolas.

Á fin de que hubiera más gente armada, cogía uno el fusil y otro la bayoneta.

Enfrente del muelle de la Grève, varios jóvenes armados de mosquetes se instalaban en casas de mujeres para tirar. Uno de ellos llevaba un mosquete de rueda.

Llamaban, entraban y se ponían á hacer cartuchos.

Una de aquellas mujeres dijo después: Yo no sabía lo que eran cartuchos; mi marido me lo dijo.

Un grupo invadía una tienda de curiosidades de la calle de Vieilles-Haudriettes, y allí se armaban de yataganes y armas turcas.

El cadáver de un albañil, muerto de un tiro de fusil, yacía en la calle de la Perla.

Además, en la orilla derecha del río, en la izquierda, en los muelles, en los boulevares, en el barrio Latino, en el cuartel de los Mercados, hombres jadeantes, obreros, estudiantes y seccionarios, leían proclamas y gritaban: «¡Á las armas!». Rompían los faroles, desenganchaban los coches, desempedraban las calles, echaban abajo las puertas de las casas, desarraigaban los árboles, registraban las cuevas, rodaban los toneles, amontonaban las piedras, los adoquines, los muebles, las tablas; en una palabra: hacían barricadas.

Obligaban á los burgueses á ayudarles; entraban en las casas, y hacían entregar á las mujeres el sable y el fusil de sus maridos ausentes, y escribían con blanco España en la puerta: Están entregadas las armas.

Algunos firmaban, «con sus nombres», recibos de fusiles y de sables, y decían: Mandad por ellos mañana á la alcaldía.

Desarmaban en la calle á los centinelas aislados y á los guardias nacionales que se dirigían á su punto de reunión. Arrancábanse las charreteras á los oficiales.

En la calle del Cementerio de San Nicolás, un oficial de la guardia nacional, perseguido por un tropel armado de palos y estoques, se refugió con gran dificultad en una casa, de donde no pudo salir hasta la noche, y aún disfrazado.

En el barrio de Santiago, los estudiantes salían á enjambres de sus posadas, y subían por la calle de San Jacinto al café del Progreso, ó bajaban al café de los Siete Billares, calle de los Maturinos. Ahí, delante de las puertas, algunos jóvenes subidos en guarda cantones distribuían armas. Se saqueó el depósito de maderas de la calle Trasnonain para hacer barricadas.

En un solo punto hacían resistencia los habitantes, en la esquina de las calles de Santa-Avoye y Simón le Franc, donde destruían ellos mismos la barricada.

En un solo punto se replegaban los insurrectos abandonando una barricada principiada, la calle del Temple, después de haber hecho fuego contra un destacamento de la guardia nacional, y huían por la calle de la Corderie.

El destacamento recogió en la barricada una bandera roja, un paquete de cartuchos y trescientas balas de pistola.

Los guardias nacionales desgarraron la bandera, y se llevaron los pedazos en la punta de sus bayonetas.

Todo lo que referimos aquí lenta y sucesivamente se verificaba á un tiempo en todos los puntos de la ciudad, en medio de un tumulto inmenso, como un tropel de relámpagos en un solo trueno.

En menos de una hora salieron de la tierra veintisiete barricadas solamente en el barrio de los Mercados.

En su centro estaba aquella famosa casa; número 50, que fué la fortaleza donde se resistió Jeanne y sus ciento seis compañeros, y que, flanqueada por un lado por la barricada de San Merry, y por el otro por una barricada en la calle Maubuée, dominaba tres calles, la de Arcis, la de San Martín y la de Aubry-le-Boucher, á que daba frente.

Dos barricadas formando escuadra se dirigían una por la calle Montorgueil hasta la Grande Truandería, y otra por la calle Geofroy Lagevin, hasta la calle de Santa-Avoye.

Eso sin contar innumerables barricadas en otros veinte barrios de París, en el Marais, en la montaña de Santa Genoveva, una en la calle de Menilmontant, donde se veía una puerta cochera arrancada de sus goznes; otra cerca del puentecillo del Hotel Dieu, con un ómnibus desenganchado y tumbado á trescientos pasos de la Prefectura de policía.

En la barricada de la calle de Menetriers, un hombre bien vestido distribuía dinero á los trabajadores.

En la de la calle Grenetat se presentó un jinete y entregó al que parecía jefe de la barricada un rollo, que parecía un cartucho de dinero, diciéndole: Tomad, para pagar los gastos, vino, etc.

Un joven rubio sin corbata, iba de una barricada á otra dando el santo y seña.

Otro, sable en mano y una gorra azul de polizonte, colocaba centinelas.

En lo interior, más allá de las barricadas, las tabernas y los portales estaban convertidos en cuerpos de guardia.

Por lo demás, el motín estaba dirigido según la más ingeniosa táctica militar.

Las calles estrechas, desiguales, tortuosas, llenas de ángulos y recodos, habían sido elegidas con acierto; y los alrededores de los Mercados en particular, laberinto de calles más embrollado que un bosque.

La sociedad de los Amigos del Pueblo, se decía que había tomado la dirección de la insurrección en el barrio de Santa Avoye.

Á un hombre que mataron en la calle de Ponceau, y fué registrado, se le encontró un plano de París.

En realidad, la dirección del motín pertenecía á una especie de impetuosidad desconocida que reinaba en la atmósfera.

La insurrección había bruscamente levantado las barricadas con una mano, y se había apoderado con la otra, de casi todos los cuerpos de guardia.

En menos de tres horas, como un reguero de pólvora que se inflama, los insurrectos habían invadido y ocupado en la orilla derecha del Sena, el Arsenal, la alcaldía de la Plaza Real, todo el Marais, la fábrica de armas de Popincourt, la Galiota, el Château d'Eau, todas las calles próximas á los Mercados; en la orilla izquierda, el cuartel de Veteranos, Santa Pelagia, la plaza Maubert, el polvorín de los Dos Molinos, y todas las barreras.

Á las cinco de la tarde eran dueños de la Bastilla, de la Lingerie, de Blancs Monteaux; sus avanzadas llegaban á la plaza de las Victorias, amenazando el Banco, el cuartel de Petits Pères y la casa de Correos.

Los amotinados ocupaban en perfecta posesión la tercera parte de París.

En todas partes se había empeñado gigantescamente la lucha. Con los desarmes, con las visitas domiciliarias, con las tiendas de armeros saqueadas, había resultado que el combate empezado á pedradas continuaba á tiros.

Á eso de las seis de la tarde, el pasaje de Saumón se convirtió en campo de batalla.

Los insurrectos estaban en un extremo, y la tropa en el opuesto; se fusilaban desde una puerta á otra.

Un observador, un curioso, el autor de este libro, que había ido á ver de cerca el volcán, se encontró cogido entre dos fuegos dentro del pasaje, sin tener, para guarecerse de las balas, más que el hueco de las medias columnas que separan las tiendas; y estuvo en esta peligrosa situación casi media hora.

Entre tanto, el tambor tocaba llamada, los guardias nacionales se vestían y armaban apresuradamente, los batallones partían de las alcaldías y los regimientos salían de los cuarteles.

Enfrente del pasaje del Ancora, uno de los tambores recibía una puñalada. En la calle del Cisne era asaltado otro, por un grupo de jóvenes, que le rompían el tambor y le quitaban el sable.

Otro yacía muerto en la calle del Pósito de Saint Lazaire.

En la de Michel-le-Comte caían muertos tres oficiales, uno tras otro.

Muchos guardias municipales, heridos en la calle de los Lombardos, retrocedían.

Delante de la Cour-Batave, un destacamento de guardias nacionales encontraba una bandera roja con esta inscripción: Revolución republicana, número 127.

¿Era aquello efectivamente una revolución?

El motín había hecho del centro de París una especie de ciudadela inextricable, tortuosa y colosal.

Allí estaba el foco, allí estaba evidentemente la cuestión. Lo demás no pasaba de escaramuzas, y la prueba de que todo había de decidirse allí, era que aún no había empezado el combate.

En algunos regimientos, los soldados andaban vacilantes, lo cual aumentaba la obscuridad aterradora de la crisis.

Recordaban la ovación popular que había merecido en julio de 1830 la neutralidad del regimiento 53 de línea.

Dos hombres intrépidos probados en las grandes guerras, el mariscal [Pg 310] Lobau y el general Bugeaud mandaban las tropas: Bugeaud á las órdenes de Lobau.

Nutridas patrullas, compuestas de batallones de línea y de compañías enteras de guardias nacionales, precedidas cada una de un comisario de policía con faja, iban reconociendo las calles sublevadas.

Los insurgentes, por su parte, ponían vigías en las esquinas de las encrucijadas, y enviaban audazmente patrullas fuera de las barricadas.

Observábanse por ambas partes.

El gobierno, con un ejército en la mano, vacilaba: acercábase la noche [Pg 311] y se empezaba á oir el toque de rebato en Saint-Merry.

El ministro de la Guerra, que era el mariscal Soult, el que había estado en Austerlitz, contemplaba aquello con aire sombrío.

Los antiguos marinos, acostumbrados á las maniobras correctas, sin más recurso ni más guía que la táctica, brújula de las batallas, estaban desorientados en presencia de aquella inmensa espuma que se llama cólera pública.

El viento de las revoluciones no es manejable.

Los guardias nacionales de las cercanías acudían apresuradamente y en desorden. Un batallón del 12.° regimiento ligero venía á paso de carga [Pg 312] de San Dionisio; el 14.° de línea llegaba de Courbevoie; las baterías de la Escuela militar se habían emplazado en el Carrousel; los cañones bajaban de Vincennes.

La soledad reinaba en las Tullerías; Luis Felipe estaba completamente sereno.

[Pg 313]

V
Originalidad de París

Desde hacía dos años, como hemos dicho, París había visto más de una insurrección.

Exceptuando los barrios sublevados, nada es por lo regular más extrañamente [Pg 314] tranquilo que la fisonomía de París durante un motín.

París se acostumbra muy fácilmente á todo, «no es más que un motín», exclama, y como París tiene tantos negocios, no se altera por tan poca cosa.

Solamente estas ciudades colosales pueden dar tales espectáculos; solamente estos inmensos centros de población pueden contener en su recinto, á un tiempo mismo, la guerra civil y cierta peregrina tranquilidad.

Es ya costumbre, cuando empieza la insurrección, cuando se oye el tambor, el toque de llamada ó de generala, que el tendero se limite á decir:

—Parece que en la calle de San Martín hay jaleo.

Ó:

—En el arrabal de San Antonio.

Regularmente añade con indiferencia:

—Por ahí, no sé dónde.

Después, cuando se oye el estrépito desgarrador y lúgubre de la fusilería [Pg 315] y de las descargas por pelotones, el tendero dice:

—¡Se va calentando! ¡Calle! ¡Parece que quema!

Un momento después, si el motín se acerca, cierra precipitadamente su tienda, y se pone en seguida el uniforme; es decir, pone en seguridad sus mercancías, y en peligro su persona.

Mientras se fusila en una encrucijada, en un pasaje, en un callejón; se toman, se pierden y se recobran barricadas; corre la sangre, la metralla acribilla las fachadas de las casas, las balas matan á los vecinos en sus alcobas y los cadáveres se amontonan en la calle; á pocas calles de aquélla se oye el chocar de las bolas de billar en los cafés.

Los teatros abren sus puertas y representan comedias alegres, los curiosos hablan y ríen á dos pasos de los puntos en que reina la guerra; los coches hacen sus viajes; los habitantes van á comer de convite; y algunas veces esto sucede en el mismísimo barrio en que se combate.

En 1831 se suspendió un tiroteo para dar paso á una boda.

Cuando la insurrección del 12 de mayo de 1839, en la calle de San Martín, un viejo achacoso, que conducía un carretón con un pedazo de tela tricolor y cargado de botellas de un líquido cualquiera, iba y venía de la barricada á la tropa, y de la tropa á la barricada, ofreciendo imparcialmente refrescos á la anarquía y al gobierno.

Nada tan singular; y ése es, sin embargo, el carácter propio de los motines de París, que no se encuentra en ninguna otra capital; porque para ello son necesarias dos cosas: la grandeza de París y su alegría. Es preciso ser á un tiempo la ciudad de Voltaire y la de Napoleón.

Esta vez, sin embargo, durante la alarma del 5 de junio de 1832, la gran ciudad sintió algo que era quizá más fuerte que ella. Tuvo miedo.

Vióse por todas partes, en los barrios más lejanos y más desinteresados, que las puertas y ventanas estaban cerradas en pleno día.

Los valientes se armaron, los cobardes se escondieron. El transeúnte indiferente ú ocupado desapareció. Muchas calles estaban desiertas como á las cuatro de la madrugada.

Hacíanse correr detalles alarmantes, difundíanse noticias fatales.

Que ellos eran dueños del Banco.

Que sólo en el claustro de San Merry había seiscientos encerrados, parapetados en la iglesia.

Que la tropa de línea no inspiraba confianza.

Que Armando Carrel había ido á ver al mariscal Clausel, y que el mariscal había dicho: «Contad desde luego con un regimiento».

Que Lafayette estaba enfermo; pero que, sin embargo, había dicho: «Soy de los vuestros; os seguiré á todas partes donde haya sitio para una silla».

Que era preciso estar apercibidos, pues á la noche habría gente que saquearía las casas aisladas en los extremos y rincones desiertos de París (en esto se descubría la imaginación de la policía, esa Ana Radcliffe mezclada con el gobierno).

Que se había establecido una batería en la calle Aubry-le-Boucher.

Que Lobau y Bugeaud se ponían de acuerdo, y que á la media noche ó al despuntar el alba lo más tarde, marcharían cuatro columnas á la vez sobre el centro del motín, la primera procedente de la Bastilla, la segunda de la Puerta de San Martín, la tercera de la Grève y la cuarta de los Mercados.

Que quizá las tropas evacuarían París y se retirarían al campo de Marte.

Que no se sabía lo que sucedería; pero, que de seguro, había de ser grave.

Preocupaban mucho las vacilaciones del mariscal Soult.

¿Por qué no atacaba enseguida?

Lo cierto es que estaba profundamente absorbido. El viejo león parecía olfatear en aquella sombra un monstruo desconocido.

Llegó la noche; los teatros no se abrieron; las patrullas circulaban con aire irritado; registrábase á los transeúntes, y prendíase á los sospechosos.

Á las nueve pasaban ya de ochocientos los individuos presos; la prefectura de policía estaba llena, la Conserjería estaba llena, y la Fuerza llena también de presos.

Particularmente en la Conserjería, el largo subterráneo llamado la calle de París estaba cubierto de haces de paja, sobre los cuales yacían en montón los arrestados, á quienes el hombre de Lyon, Lagrange, arengaba con valentía.

Toda aquella paja, removida por todos aquellos hombres, producía el ruido de un aguacero.

En otros lados estaban acostados los presos al aire libre, unos sobre otros en medio de los patios.

Reinaba por todas partes la ansiedad y cierto temblor poco acostumbrado en París.

Los vecinos se atrancaban dentro de las habitaciones; las esposas y las madres se inquietaban; no se oía más que este clamor: ¡Ay, Dios mío! ¡Todavía no ha vuelto! Oíase apenas á lo lejos y muy de tarde en tarde el rodar de algunos carruajes.

Escuchábase desde los portales, los rumores, los gritos, los tumultos, los ruidos sordos é indistintos de cosas de que se decía: «Es la caballería», ó «los trenes que van al galope», los clarines, los tambores, los tiros de fusil, y sobre todo aquel triste clamoreo de la campana de San Merry.

Esperábase el primer cañonazo.

En las esquinas de las calles aparecían y desaparecían hombres que gritaban: «¡Retirarse á casa!».

Y cada cual se apresuraba á echar los cerrojos á las puertas.

Decíase: «¿En qué terminará todo esto?».

De un momento á otro y á medida que caía la noche, parecía iluminarse París más lúgubremente, con el formidable fulgor del motín.

LIBRO UNDÉCIMO
EL ÁTOMO FRATERNIZANDO CON EL HURACÁN

[Pg 316]

I
Algunas notas aclaratorias acerca de los orígenes de la poesía de Gavroche, é influencia de un académico en dicha poesía

En el instante en que la insurrección surgía del choque del pueblo con la tropa enfrente del Arsenal, prodújose un movimiento de retroceso en la muchedumbre que seguía el féretro, la cual en toda la longitud de la gran calle de los boulevares, pesaba, por así decirlo, sobre la cabeza de la comitiva, verificóse un terrible reflujo.

Conmovióse el tropel, rompiéronse las filas, corrieron todos, partieron á escape, los unos con los gritos del ataque, los otros con la palidez de la fuga.

El gran río que llenaba los boulevares se dividió en un abrir y cerrar de ojos, desbordó á derecha é izquierda, y se extendió en torrentes [Pg 317] por doscientas calles á la vez con la impetuosidad de una esclusa suelta.

En aquel momento, un muchacho harapiento que bajaba por la calle de Menilmontant, llevando en la mano una rama de ébano silvestre en flor que acababa de coger en las alturas de Belleville, descubrió en la puerta de una prendería una pistola vieja de arzón.

Arrojó su rama florida al suelo, y gritó á la prendera:

Señora Fulana, os tomo prestada esta máquina.

Y se escapó con la pistola.

Dos minutos después, un grupo de vecinos espantados, que huían por la calle Amelot y la calle Basse, se topó con aquel muchacho, que blandía su pistola é iba cantando:

Nada se ve de noche,
De día se ve bien,
Por un escrito apócrifo
Se espeluzna el burgués;
Sombreros puntiagudos
Practicad siempre el bien.

Era Gavrochillo que iba á la guerra.

Al llegar al extremo de la calle, notó que la pistola no tenía gatillo.

¿De quién era aquella copla que le servía para marcar el paso, y todas las demás canciones, que, cuando se le ocurría, entonaba con tanta gracia? Lo ignoramos. ¿Quién sabe? Acaso suya.

Por otra parte, Gavroche estaba al corriente de todos los cantos populares en boga, mezclando con ellos sus originales gorgoritos.

Diablillo y galopín, hacía un batiburrillo con las voces de la naturaleza y las de París. Combinaba el repertorio de las aves con el repertorio de los talleres.

Conocía á muchos discípulos de artistas, tribu contigua á la suya.

Parece ser que había sido tres meses aprendiz de impresor.

Cierto día llegó á cumplir un encargo del señor Baour Lormain, uno de los cuarenta miembros de la Academia.

Gavroche era un pilluelo literario.

Por lo demás, no se figuraba ciertamente que en aquella noche lluviosa en que había ofrecido á dos pequeñuelos la hospitalidad de su elefante, era por sus propios hermanos para quienes había hecho el oficio de Providencia.

Á sus hermanos por la tarde, á su padre por la mañana; tal había sido el empleo de aquella noche.

Al dejar la calle de los Bailes, al amanecer, se había vuelto á toda prisa al elefante, había sacado industriosamente de allí á los dos chicuelos, había partido con ellos un desayuno cualquiera que improvisara, y luego se había marchado, confiándolos á esa buena madre, la calle, que sobre poco más ó menos le crió á él.

Al dejarlos, les había dado cita para la noche en el mismo paraje, dirigiéndoles por despedida este discurso:

—«Yo tomo las de Villadiego, ó de otra manera, yo me najo, ó como dicen en la corte, me escurro. Monigotes, si no encontráis á papá ni á mamá, volved aquí por la noche. Os improvisaré una cena y os acostaré».

Los dos pequeñuelos, recogidos por algún vigilante de policía y enviados al depósito de la prefectura, ó robados por algún saltimbanqui, ó simplemente perdidos en el inmenso torbellino de París, no aparecieron.

El bajo fondo del mundo social contemporáneo está lleno de esos vestigios perdidos. Gavroche no había vuelto á verlos.

Habían transcurrido diez ó doce semanas desde la noche aquélla; y habíale sucedido más de una vez rascarse la parte superior de la cabeza y decir:

—¿Dónde diablos estarán mis dos chiquillos?

Á todo esto, había llegado con su pistola en la mano á la calle de Pont aux Choux.

Notó que no había en toda la calle más que una tienda abierta; y, cosa digna de reflexión, una pastelería.

Era, pues, una ocasión providencial de comer un pastelillo de manzana antes de entrar en lo desconocido.

Gavroche se paró, se tentó los costados, registró los bolsillos, los volvió, no encontró nada, ni un sueldo, y empezó á gritar: «¡Socorro!».

Es muy duro eso de carecer del bocado supremo.

Gavroche no por esto se detuvo en su camino.

Dos minutos después estaba en la calle de San Luis.

Al atravesar la del Parque Real sintió la necesidad de desquitarse del imposible pastelillo de manzana, y gozó el inmenso placer de rasgar en pleno día los carteles de los espectáculos.

Un poco más allá, viendo pasar un grupo de individuos bien puestos, que le parecieron propietarios, se encogió de hombros, y escupió esta bocanada de bilis filosófica:

—¡Esos rentistas, qué gordos están! ¡Cómo se regalan con los buenos bocados! ¡Preguntadles qué hacen de su dinero! No lo saben. ¡Se lo comen! ¡Y qué! ¡Todo para el vientre!

[Pg 318]

II
Gavroche en marcha

La agitación de una pistola sin gatillo ostentada en la mano en plena calle y á mitad del día, es una función pública tal, que Gavroche sentía crecer su verbosidad á cada paso.

Gritaba, entre algunos trozos de la Marsellesa que iba cantando:

—Todo va bien. Me duele mucho la pata izquierda; me he roto la [Pg 319] crisma, pero estoy contento, ciudadanos. Los burgueses no tienen qué hacer sino agarrarse bien; voy á echarles unas coplas subversivas. ¿Qué son los soplones? Gatos. ¡Por vida de Cris! No faltemos al respeto á los gatos. Ya quisiera yo tener uno chiquitín para mi pistola. Vengo de los boulevares, amigos míos, y se va calentando la cosa; ya cuece un poco, ya hierve. Ya es tiempo de espumar el puchero. ¡Adelante, hombres! ¡Que la sangre impura inunde los surcos! Yo doy mi vida por la patria, y ya no volveré á ver á mi querida, no, no, ni, ni, ya concluí, chichí; pero me es igual. ¡Viva la alegría! ¡Luchemos, caramba! Estoy ya cansado de despotismo.

En aquel momento, el caballo de un guardia nacional de lanceros que pasaba á su lado cayó al suelo.

Gavroche puso su pistola en tierra, levantó al jinete y después ayudó á levantar el caballo. Enseguida cogió la pistola, y continuó su camino.

En la calle de Thorigny todo era paz y silencio. Esta apatía, propia del Marais formaba contraste con el inmenso rumor que la rodeaba.

En el escaño de una puerta estaban charlando cuatro comadres.

La Escocia tiene tercetos de hechiceras, pero París tiene cuartetos de comadres, y el «tú serás rey» sería tan lúgubre dicho á Bonaparte en la [Pg 320] encrucijada Baudoyer, como á Macbeth en la selva de Armuyr; sería, poco más ó menos, el mismo graznido.

Las comadres de la calle Thorigny sólo se cuidaban de sus asuntos.

Eran tres porteras, y una trapera con cesto y su gancho.

De pie como estaban, parecían las cuatro esquinas de la vejez, que son: la caducidad, la decrepitud, la ruina y la tristeza.

La trapera era humilde. En ese mundo al aire libre, la trapera saluda y la portera protege.

Esto depende de la calidad de la basura, según quieren las porteras que sea aprovechable ó inútil, al antojo de quien la amontona. Hasta en el barrido puede haber bondad.

Esta trapera era un cesto agradecido, y se sonreía, ¡con qué sonrisa! hablando con las tres porteras.

Decían cosas como éstas:

—¡Ah! ¡vuestro gato sigue siendo tan malo!

—¡Dios mío! Ya sabéis que los gatos son naturalmente enemigos de los perros; y los perros son los que se quejan.

—Y las gentes también.

—Sin embargo, las pulgas de los gatos no pasan á las personas.

—Y además, los perros son peligrosos. Me acuerdo de un año en que había tantos, que lo pusieron en los periódicos. Era cuando había en las Tullerías unos borregos grandes que tiraban del cochecito del rey de Roma: ¿Os acordáis del rey de Roma?

—Yo quería más al duque de Burdeos.

—Pues yo he conocido á Luis XVI, y prefiero á Luis XVII.

—¡Lo que está caro es la carne, señá Patagona!

—¡Oh! No me habléis de eso; son un horror los carniceros; un horror espantoso. No venden más que piltrafas.

En esto intervino la trapera, diciendo:

—Señoras, el comercio está paralizado. Los montones de basura están consumidos. No se tira nada; todo se come.

—Otros hay más pobres que vos, tía Vargulema.

—Sí, es verdad,—respondió la trapera con deferencia;—yo tengo una profesión.

Hubo una pausa, y la trapera cediendo á esa necesidad de hablar que reside en la misma naturaleza del hombre, añadió:

—Al volver á mi casa por la mañana desocupo la cesta, hago mi reparación (separación probablemente), y formo montoncitos en mi cuarto. Pongo los trapos en un canastillo, los tronchos en el barreño, las tiras de tela en mi baúl, las de paño en mi cómoda, los papeles viejos en el ángulo de la ventana, lo que se puede comer en una cazuela, los pedazos de vidrio en la chimenea, los zapatos detrás de la puerta, y los huesos debajo de la cama.

Gavroche, que se había parado detrás, estaba escuchando.

—Viejas,—les dijo,—¿qué tenéis que hablar de política?

El pilluelo recibió por respuesta la andanada de un sofión cuádruple.

—¡Vaya otro bribón!

—¿Qué es lo que lleva en la mano? ¡Una pistola!

—¡Miren el andrajoso galopín!

—Éstos no están tranquilos mientras no derriban la autoridad.

Gavroche desdeñándolas, se limitó por toda represalia á hacerles un gesto, levantando la punta de la nariz con el dedo pulgar y abriendo enteramente la mano.

La trapera gritó:

—¡Anda, pillete sin zapatos!

La que respondía al nombre de señá Patagona chocó ambas manos escandalizada.

—Va á haber desgracias; de seguro. El galopín de al lado, que lleva perilla, sale todos los días del brazo con una mozuela de gorro de color de rosa, y hoy le he visto pasar dando el brazo á un fusil. La señá Bacheux dice que la semana pasada hubo una revolución en... en... en... ¡dónde está el becerro!... en Pontoise, y luego, ¡le veis ahí con su pistola, á ese grandísimo tuno! Parece, según dicen, que en los Celestinos está todo lleno de cañones. ¿Qué queréis que haga el gobierno con esos haraganes que no saben qué inventar para revolver el mundo, cuando empezaba á estar un poco tranquilo, después de todas las desgracias que pasaron? ¡Santo Dios, yo que me acuerdo de aquella pobre reina, á quien vi llevar en una carreta! Y todo eso, por supuesto, va á ser causa de que se suba el rapé. ¡Es una infamia! Ten por seguro que iré á verte guillotinar, malvado, tunantón.

—Te se cae algo, mi buena vieja, suénate,—dijo Gavroche.—Suénate ese promontorio.

Y siguió adelante.

Cuando estaba ya en la calle Pavée, vínole á las mientes la trapera, y empezó este monólogo:

—Haces mal en insultar á los revolucionarios, tía Pincha trapos porque esta pistola sirve á tus intereses, sirve para que tengas en el cesto buenas cosas que comer.

De repente oyó un ruido detrás de sí: era la portera Patagona que lo había seguido, y que desde lejos le enseñaba el puño, gritando:

—¡Eres hijo de la Inclusa!

—¡Bah!—dijo Gavroche,—dejadme reir. ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja!

Poco después pasó por delante del hotel Lamoignon, y allí hizo esta llamada:

—¡En marcha para la batalla!

Pero le sobrecogió un acceso de melancolía; miró su pistola con cierto aire de reconvención parecido al enternecimiento, diciendo:

—Yo parto, pero tu tiro no partirá.

Un gatillo puede distraer de otro. Al mismo tiempo acertó á cruzar de una puerta á otra un gato pequeño y flaquísimo, que se le marcaban todas las costillas.

Gavroche tuvo lástima, y le dijo:

—¡Pobre minino, te has zampado todo un barril, que te se ven los aros!

Después se dirigió hacia el Olmo de San Gervasio.

[Pg 321]

III
Justa indignación de un peluquero

El digno peluquero que había echado de su tienda á los chiquillos á quienes Gavroche había abierto el vientre paternal del elefante, estaba en aquel momento afeitando á un antiguo soldado legionario que había servido en tiempos del Imperio.

Estaban charlando. El peluquero había hablado naturalmente al veterano del motín, después del general Lamarque, y de Lamarque había pasado á hablar del emperador; de lo cual resultó una conversación de barbero á soldado, que Prudhomme, si hubiera estado presente, habría enriquecido con arabescos, y titulado: Diálogo entre la navaja y el sable.

—Señor mío,—decía el peluquero,—¿cómo montaba el emperador á caballo?

—Mal. No sabía caer; por esto no cayó nunca.

—¿Tenía buenos caballos? ¡Debía tener buenos caballos!

—El día en que me dió la cruz, me fijé en su cabalgadura. Era una yegua corredora, enteramente blanca, con las orejas muy apartadas, la silla profunda, la cabeza delgada, y marcada con una estrella negra, el cuello muy largo, las rodillas fuertemente articuladas, las costillas salientes, el lomo oblicuo, la grupa poderosa. Un poco más de quince palmos de alta.

—¡Hermoso caballo!—dijo el peluquero.

—Era el favorito de su majestad.

El peluquero comprendió que después de estas palabras era conveniente un poco de silencio; se calló y dijo luego:

—El emperador sólo fué herido una vez. ¿No es verdad?

El veterano respondió con el acento tranquilo y soberano del hombre que lo ha visto:

—En el talón, en Ratisbona. Nunca le vi más apuesto que aquel día; estaba radiante como un sueldo nuevo.

—Y vos, señor veterano, ¿habéis sido herido muchas veces?

—¿Yo?—dijo el soldado.—¡Eh, no es cosa! Recibí en Marengo dos sablazos en la nuca; en Austerlitz una bala en el brazo derecho; en Jena otra en la cadera izquierda; en Friedlan un bayonetazo... aquí; en la moscowa siete ú ocho lanzazos, no importa dónde; en Lutzen un tiro de obús, que me rompió un dedo... ¡Ah! Y luego en Waterloo un balazo de cañón en el muslo. Nada más.

—¡Qué hermoso es eso,—exclamó el barbero con acento pindárico,—eso de morir en el campo de batalla! Yo, palabra de honor, antes que morir en mi cama de enfermedad, lentamente y poco á poco entre drogas, cataplasmas, jeringas y medicinas, preferiría recibir en el pecho una bala de cañón.

—¡No tenéis mal gusto!—prorrumpió el soldado.

Apenas acababa de decirlo, cuando resonó en la tienda un horrible estrépito: había sido roto violentamente en forma de estrella un vidrio del escaparate.

El peluquero se puso descolorido.

—¡Ay, Dios mío!—exclamó.—¡Ahí está una!

—¿Una qué?

—Una bala de cañón.

—Hela aquí,—dijo el soldado.

Y recogió una cosa que rodaba por el suelo; era un guijarro.

El peluquero corrió hacia el cristal roto, y vió á Gavroche que huía á escape hacia el mercado de San Juan.

Al pasar por delante de la peluquería, Gavroche, que recordada á los dos chicos, no pudo resistir el deseo de darle los buenos días, y le tiró una piedra á los cristales.

—¡Pero no veis!...—exclamó iracundo el peluquero, que de pálido había pasado á azul.—Éste hace el mal, sólo por hacer mal. ¿Quién le ha hecho nada á este pilluelo?

[Pg 322]

IV
El niño se admira del anciano

Entre tanto, Gavroche, en el mercado de San Juan, cuyo cuerpo de guardia había sido desarmado ya, acababa de ser incorporado á un grupo guiado por Enjolrás, Courfeyrac, Combeferre y Feuilly.

Casi todos iban armados. Bahorel y Juan Prouvaire los habían encontrado, y engrosaban el grupo.

Enjolrás llevaba una escopeta de caza de dos cañones; Combeferre un fusil de guardia nacional con el número de la legión, y en la cintura dos pistolas, que se le veían bajo su levita desabrochada; Juan Prouvaire, un antiguo mosquete de caballería, y Bahorel una carabina.

Courfeyrac blandía un estoque desenvainado.

Feuilly, con un sable desnudo en la mano, marchaba delante gritando: «¡Viva Polonia!».

Venían del muelle Morland, sin corbatas, sin sombreros, agitados, mojados por la lluvia y el relámpago en la mirada.

Gavroche se acercó á ellos tranquilamente.

—¿Adónde vamos?—preguntó.

—Ven,—le dijo Courfeyrac.

Detrás de Feuilly iba, ó por mejor decir, saltaba, Bahorel, como un pez en el agua del motín.

Llevaba su chaleco carmesí, y soltaba palabras de ésas que todo lo rompen.

Su chaleco espantó á un transeúnte, que gritó asustado:

—¡He aquí los rojos!

—¡El rojo, los rojos!—replicó Bahorel.—¡Pícaro miedo, ciudadano! Yo por mí no tiemblo ante una amapola; el gorro encarnado no me inspira temor alguno; creedme, ciudadano burgués, dejemos el miedo á lo rojo para los animales cornudos.

Descubrió una esquina en que había un papel de lo más pacífico del mundo, un permiso para comer huevos, un precepto cuaresmal dirigido por el arzobispo de París á sus «ovejas».

Bahorel, exclamó:

—¡Ovejas! Buen modo de llamarles gansos.

Y arrancó el cartel de la esquina.

Con este acto se conquistó á Gavroche; quien desde aquel instante se puso á estudiar á Bahorel.

—Bahorel,—dijo Enjolrás,—haces mal. No deberías haber roto ese cartel, porque nada tenemos que hacer de él y gastas inútilmente tu cólera; guarda tu repuesto, porque no debe hacerse nunca fuego fuera de línea, ni con el alma, ni con el fusil.

—Cada cual sigue sus inclinaciones,—respondió Bahorel;—me choca esa prosa de obispo, y quiero comer huevos sin que me lo permitan. Tú tienes tu genio frío que arde; yo me divierto. Y por otra parte, yo no me gasto, antes bien cobro bríos; si he arrancado este cartel, ¡Hercle! ha sido para hacer boca.

La palabra Hercle chocó á Gavroche, quien buscaba todas las ocasiones de instruirse, y había simpatizado ya con aquel destripa carteles; por lo cual le preguntó:

—¿Qué quiere decir Hercle?

Bahorel respondió:

—Quiere decir: sacro nombre de perro, en latín.

Estando en esto reconoció Bahorel en una ventana á un joven pálido con barba negra que los estaba mirando pasar, probablemente un amigo del A B C, y le gritó:

—¡Pronto, cartuchos! Para bellum.

—¡Bello hombre! Es verdad,—dijo Gavroche, que ya empezaba á comprender el latín.

Acompañábales un cortejo tumultuoso compuesto de estudiantes, artistas, jóvenes afiliados á la Cogurda de Aix, obreros, y hombres de porte, armados de palos y de bayonetas, algunos, como Combeferre, con pistolas sujetas en la pretina de los pantalones.

Un viejo que parecía de mucha edad, iba también en el grupo. No llevaba armas, dábase mucha prisa para no quedarse atrás, é iba al parecer pensativo.

Gavroche se fijó en él:

—¿Qués eso? (¿qué es eso?)—preguntó á Courfeyrac.

—Un viejo.

Era el señor Mabeuf.

[Pg 324]

V
El anciano

Digamos lo que había pasado.

Enjolrás y sus amigos estaban en el boulevard Bourdon, cerca del Pósito, en el momento en que los dragones dieron la carga.

Enjolrás, Courfeyrac y Combeferre eran del grupo que había seguido por la calle Bassompierre gritando: «¡Á las barricadas!».

En la calle Lesdiguieres habían encontrado á un anciano, que iba por allí, el cual les llamó la atención porque andaba haciendo eses como si estuviera bebido. Llevaba además el sombrero en la mano, á pesar de que había estado lloviendo toda la mañana, y aún seguía lloviendo bastante fuerte.

Courfeyrac reconoció en él al señor Mabeuf, á quien conocía por haber acompañado muchas veces á Mario á su casa.

Sabiendo las costumbres pacíficas y más que tímidas del antiguo obrero bibliófilo, y extrañando verle en medio de aquel tumulto, á dos pasos de las cargas de caballería, casi en medio del fuego, con la cabeza descubierta, lloviendo, y andando entre las balas, se le había dirigido, y el bullanguero de veinticinco años tuvo con el octogenario este diálogo:

—Señor Mabeuf, volveos á casa.

—¿Por qué?

—Porque va á haber jaleo.

—Bueno.

—Sablazos y tiros, señor Mabeuf.

—Bueno.

—Y cañonazos.

—Bueno. ¿Y adónde vais vosotros?

—Á derribar al gobierno.

—Está bien.

Y continuó andando con ellos sin volver á pronunciar otra palabra.

Su paso se había vuelto firme casi de repente; algunos obreros le habían ofrecido el brazo, y él había rehusado con un movimiento de cabeza. Iba casi en la primera fila de la columna, teniendo á la vez los movimientos de un hombre que anda y las apariencias del que duerme.

—¡Vaya un hombre templado!—murmuraban algunos estudiantes.

Corría entre el grupo el rumor de que era un antiguo convencional, un viejo regicida.

El grupo había tomado por la calle de la Verrerie.

Gavrochillo iba delante cantando su marcha á grito herido, de suerte que venía á ser como el corneta.

Decía así:

Mira ya salió la luna,
¿Cuándo nos vamos al bosque?
Dice Carlos á Carlota.
Tú tú tú,
Por Chatú.
Sin más que un Dios, un rey, un cuarto y una bota.

Por beber, van de mañana,
Como tomillo y rocío,
Dos mirlos de chirigota.
Sí sí sí,
Por Passy.
Sin más que un Dios, un rey, un cuarto y una bota.

Y á aquellos dos lobeznuelos,
Embriagados como mirlos,
Decía un tigre chacota:
Don don don,
á Meudon.
Con sólo un Dios, un rey, un cuarto y una bota.

Jura el uno y clama el otro,
¿Cuándo nos vamos del bosque?
Carlos pregunta á Carlota.
Tin tin tin,
Por Partin.
Con sólo un Dios, un rey, un cuarto y una bota.

Dirigíanse á San Merry.

[Pg 325]

VI
Reclutas

El grupo crecía á cada instante.

Hacia la calle de Billettes, un hombre de elevada estatura, entrecano, y en cuyo rostro rudo y atrevido se fijaron Courfeyrac, Enjolrás y Combeferre, pero á quien nadie conocía, se les unió.

Gavroche, distraído con su canción, sus silbidos y sus gritos, en abrir la marcha y golpear en las tiendas con la culata de su pistola sin gatillo, no se fijó en el hombre.

Al pasar por la calle de la Verrerie, y al llegar á la puerta de la casa de Courfeyrac, dijo éste:

—Me alegro, porque me he olvidado la bolsa, y he perdido el sombrero.

Y separándose del grupo, subió los escalones de cuatro en cuatro, cogiendo un sombrero viejo y la bolsa. Tomó igualmente un cofre cuadrado del tamaño de una maleta grande, que estaba oculto entre la ropa sucia.

Al bajar la escalera le gritó la portera:

—¡Señor de Courfeyrac!

—Portera, ¿cómo os llamáis?—contestó Courfeyrac.

La portera se quedó atónita.

—Ya lo sabéis; soy la portera, y me llamo la tía Veuvain.

—Pues bien; si seguís llamándome señor de Courfeyrac, yo os llamaré señora de Veuvain. Ahora, hablad: ¿qué hay? ¿qué ocurre?

—Ahí está uno que quiere hablaros.

—¿Quién es?

—No sé.

—¿Dónde está?

—En mi cuarto.

—¡Ah, diablo!—prorrumpió Courfeyrac.

—¡Pero es que está esperando hace más de una hora vuestra vuelta,—añadió la portera.

Y al mismo tiempo, un muchacho en traje de obrero, pálido, delgado, pequeño, con manchas rojizas en la piel, vistiendo una blusa agujereada y un pantalón de pana remendado, que tenía más bien facha de una mozuela vestida de muchacho que de hombre, salió de la portería y dijo á Courfeyrac con una voz, que no era por cierto de mujer:

—El señor Mario. ¿Queréis hacerme el favor?...

—No está.

—¿Volverá esta noche?

—Lo ignoro.

Y Courfeyrac añadió:

—Lo que es yo no volveré.

El muchacho le miró fijamente, y le preguntó:

—¿Por qué?

—Porque no.

—¿Adónde vais?

—¿Qué te importa?

—¿Queréis que os lleve ese cofre?

—Voy á las barricadas.

—¿Queréis que os acompañe?

—¡Si quieres tú!...—respondió Courfeyrac.—La calle es libre; las piedras son de todos.

Y salió corriendo para reunirse otra vez con sus amigos.

Cuando los hubo alcanzado, dió el cofre para que lo llevase á uno de ellos. Hasta pasado un cuarto de hora no advirtió que el muchacho les había ido siguiendo.

[Pg 326]

Una agrupación de aquel género no va precisamente adonde quiere. Ya hemos dicho que la lleva el viento.

Pasaron más allá de San Merry, encontrándose, sin saber cómo, en la calle de San Dionisio.

LIBRO DECIMOSEGUNDO
CORINTO

[Pg 327]

I
Historia de Corinto desde su fundación

Los parisienses que, al entrar hoy en la calle Rambuteau por la parte del Mercado, notan á su derecha, enfrente de la calle Mondetour, una cestería cuya muestra es un canastillo figurando á Napoleón el Grande con esta inscripción:

NAPOLEÓN HECHO
TODO DE MIMBRES,

no sospechan quizá las escenas terribles que se verificaron en aquel sitio apenas hace treinta años.

Allí estaba la calle de la Chanvrerie, que en las antiguas lápidas se [Pg 328] escribía Chanverrerie, y el célebre figón llamado Corinto.

El lector recordará cuanto hemos dicho sobre la barricada construida en este sitio, y eclipsada después por la de San Merry.

Á aquella famosa barricada de la calle de la Chanvrerie, sumergida hoy en una profunda obscuridad, es á la que vamos á dar un poco de luz, refiriendo los pormenores notables que en ella ocurrieron.

Permítasenos recurrir antes, para mayor claridad de nuestra narración, al medio sencillo que empleamos ya al hablar de Waterloo.

Las personas que quieran representarse de una manera bastante exacta las manzanas de casas que se elevaban en dicha época cerca del ángulo de San Eustaquio, al Nordeste del Mercado de París, donde está [Pg 329] hoy la entrada de la calle Rambuteau, no tienen más que figurarse, tocando á la calle de San Dionisio por el vértice y por la base al Mercado, una N, cuyos dos palos verticales fueran las calles de la Grande Truanderie y de la Chanvrerie, y el palo trasversal la calle de la Petite Truanderie.

La antigua calle Mondetour cortaba los tres palos por los ángulos más tortuosos.

El cruzamiento laberíntico de estas cuatro calles era tal, que tomaba, en un espacio de cien toesas cuadradas, entre el Mercado y la calle de San Dionisio por una parte, y la calle del Cisne y la de Predicadores por otra, siete manzanas de casas caprichosamente cortadas, de distintos tamaños, colocadas de través y como al acaso, y separadas apenas, como los sillares en las canteras, por estrechas distancias.

Decimos estrechas, porque no podemos dar idea más exacta de aquellas callejuelas obscuras, apretadas, angulosas, flanqueadas de caserones de ocho pisos.

Estos caserones eran tan decrépitos, que en las calles de la Chanvrerie y de la Petite Truanderie, las fachadas se apuntalaban con vigas, que iban de una casa á otra.

La calle era estrecha y el arroyo ancho, de modo que el transeúnte andaba siempre sobre un suelo mojado, costeando tiendas parecidas á cuevas, grandes guarda cantones rodeados de aros de hierro, montones crecientes de basura, puertas de pasadizos armadas de enormes verjas seculares.

La apertura de la gran calle Rambuteau devastó todo esto.

El nombre Mondetour pinta maravillosamente las sinuosidades de aquellas calles. Un poco más lejos aparecían mejor expresadas aún por la calle Pirouette, que salía á la calle Mondetour.

El transeúnte que pasaba desde la calle de San Dionisio á la de la Chanvrerie, la veía estrecharse poco á poco delante de sí, como si hubiese entrado en un enorme embudo prolongado.

Al final de la calle, que era muy corta, hallaba cerrado el paso del lado del Mercado por una elevada fila de casas, y creía encontrarse cortado el paso en callejón sin salida, á no descubrir á derecha é izquierda dos, al parecer negras zanjas, donde podía escapar. Daban acceso á la calle Mondetour, la cual iba á unirse por un lado con la de Predicadores, y por el otro con la del Cisne y la Petite Truanderie.

En el fondo de aquella especie de callejón, y en el ángulo de la cortadura de la derecha, se veía una casa menos alta que las demás, formando así como un cabo saliente sobre la calle.

En dicha casa, que no tenía sino dos pisos, estaba instalado, hacía tres siglos, un ilustre figón, que producía siempre un ruido alegre en el mismo paraje indicado por el viejo Teófilo en estos versos:

Allí se mece el esqueleto horrible
De un pobre enamorado que se ahorcó.

El sitio era bueno, y los figoneros se sucedían de padres á hijos.

En tiempos de Maturin Regnier, aquel figón se llamaba la Maceta de Rosas, y como los jeroglíficos estaban de moda, tenía por muestra un poste pintado de color de rosa[7].

Durante el siglo último, el digno Natoire, uno de los maestros caprichosos desdeñados hoy día por la escuela rígida, habiéndose achispado muchas veces en aquel figón, en la misma mesa en que se había emborrachado Regnier, había pintado, en prueba de agradecimiento, un racimo de uvas de Corinto sobre el poste de color de rosa.

El tabernero, entusiasmado, había cambiado su título, haciendo escribir en letras doradas al pie del racimo estas palabras: Á las uvas de Corinto. De ahí el nombre de Corinto.

Nada más propio de los borrachos que la elipsis. La elipsis es la espiral de la frase. Corinto fué poco á poco destronando la Maceta de Rosas.

El último bodegonero de la dinastía, el tío Hucheloup, ignorando ya la tradición, había hecho pintar la tabla de azul.

Este bodegón se componía de una sala baja donde estaba el mostrador, otra encima con el billar, una escalera de caracol que atravesaba el techo; vino en las mesas, humo en las paredes, y luz artificial al medio día.

En la sala baja había una escalera con su trampa para bajar á la cueva.

En el segundo piso estaban las habitaciones de los Hucheloup; se subía á ellas por una escalera, ó más bien escala, y tenía por toda entrada una puerta de escape en la sala grande del primer piso.

Debajo del tejado había dos grandes desvanes abuhardillados, que eran los nidos de las criadas.

La cocina dividía la planta baja con la sala del mostrador.

El tío Hucheloup había nacido químico tal vez; el hecho es que resultó cocinero; en su figón no sólo se bebía, sino que se daba también de comer.

Hucheloup había inventado una cosa excelente, que no se comía más que en su casa, carpas rellenas que él llamaba carpas cebadas (carpes au gras).

Comíanse á la luz de una vela de sebo, ó de un quinqué del tiempo de Luis XVI, en mesas que tenían, á guisa de mantel, un hule clavado. Iban la gente á comerlas desde muy lejos.

Hucheloup, una mañana, tuvo la inspiración de anunciar á los transeúntes «su especialidad»; mojó un pincel en una olla de pintura negra, y como tenía su ortografía propia, lo mismo que su arte culinario propio también, improvisó sobre la pared esta notable inscripción:

CARPES HOGRAS

Un invierno, la lluvia y los chaparrones tuvieron el capricho de borrar varias letras y la mitad de una A, de modo que quedó el letrero en esta forma:

CARPE HO RAS

De suerte que con el auxilio del tiempo y de la lluvia, aquel humilde anuncio gastronómico se convirtió en un consejo profundo.

Así pues, el tío Hucheloup, que no sabía ni aún su lengua, se había encontrado con que sabía latín, con que había hecho salir de la cocina la filosofía, y con que queriendo simplemente eclipsar al gran cocinero Careme, se había nivelado á Horacio.

Y lo más notable era que también aquello quería decir: «Entrad en mi bodegón».

Nada de todo eso existe hoy. El dédalo Mondetour fué abierto y ensanchado desde 1847, y probablemente no queda ya nada á la hora presente. Las calles de la Chanvrerie y Corinto han desaparecido bajo el empedrado de la calle Rambuteau.

Como hemos dicho, Corinto era uno de los puntos de reunión, ya que no el cuartel general de Courfeyrac y sus amigos.

Grantaire había sido el descubridor de Corinto.

Había entrado allí á causa del carpe ho ras, y había vuelto á causa de las carpes au gras.

Allí se bebía, se comía, se gritaba, se pagaba poco, se pagaba mal, no se pagaba á veces; pero siempre se encontraba buen recibimiento. El tío Hucheloup era un buen hombre.

Hucheloup, buen hombre acabamos de decir, era un figonero con bigotes, variedad divertida.

Tenía siempre la cara de mal humor; parecía querer intimidar á sus parroquianos; refunfuñaba á los que entraban en su casa, y tenía el aspecto más propio para buscar camorra con ellos, que para servirles la sopa. Y sin embargo, mantenemos lo dicho, todos eran bien recibidos.

Esta rareza suya había acreditado su establecimiento, y acudían á él los jóvenes, diciéndose: «Ven, oirás gruñir al tío Hucheloup».

Había sido maestro de armas. Se reía á carcajadas á lo mejor; tenía la voz gruesa; era un diablo bueno. Mostraba cierto fondo cómico con apariencia trágica; no quería más que causar miedo, por el estilo de esas cajas de rapé que tienen la forma de una pistola. La detonación es un estornudo.

Su mujer, la tía Hucheloup, era un ser barbudo y feísimo.

Hacia 1830 murió el tío Hucheloup, y con él desapareció el secreto de las carpas cebadas.

Su viuda, no muy consolable, continuó con la taberna.

Pero la cocina degeneró, llegando á ser malísima; el vino, que antes había sido solamente malo, llegó á ser pésimo.

Courfeyrac y sus amigos siguieron yendo á Corinto á pesar de ello, «por compasión», al decir de Bossuet.

La viuda Hucheloup era una mujerona carrilluda y disforme, con recuerdos campestres, cuya única gracia consistía en la pronunciación. Tenía un modo especial de decir las cosas con que sazonaba sus reminiscencias primaverales y de aldea.

Decía, por ejemplo, que en otro tiempo había sido su gran placer oir «cantar al ruiseñor en la madresierva».

La sala del primer piso, donde estaba «el comedor», era una pieza grande y larga, llena de taburetes, de escabeles, de sillas, de bancos y de mesas, con una mesa coja de billar.

Se subía por la escalera de caracol, que remataba en el ángulo de la sala por un agujero cuadrado, semejante á una escotilla de navío.

Esta sala, iluminada por una sola ventana estrecha, y por un quinqué siempre encendido, parecía una buhardilla.

Todos los muebles de cuatro pies estaban como si sólo tuvieran tres.

Las paredes, blanqueadas con cal, no tenían más adorno que este cuarteto en honor de la señora Hucheloup:

Á diez pasos admira, como á los dos espanta,
Una verruga habita su nariz asombrosa;
Teme uno á cada instante si sonar se le antoja,
Que á parar á la boca el mejor día vaya.

Estos versos estaban escritos con carbón en la pared.

La señora Hucheloup estaba yendo y viniendo por delante de este cuarteto todo el día con la más perfecta tranquilidad.

Dos criadas, llamadas Matelote y Gibelotte, sin que nunca se haya sabido que tuvieran otros nombres, ayudaban á la señora Hucheloup á poner en las mesas los jarros de vino y la variedad de guisotes que se servían á los hambrientos en cazuelas de barro.

[Pg 330]

Matelote, gruesa, redonda, roja y vocinglera, antigua sultana favorita del difunto Hucheloup, era fea, más fea que cualquier monstruo mitológico, sin embargo, como conviene que la criada sea siempre menos que el ama, era menos fea que la señá Hucheloup.

Gibelotte era alta, delgada, de blancura linfática, con los ojos hundidos, los párpados caídos, siempre como fatigada y rendida, dominada por lo que podría llamarse laxitud crónica; se levantaba la primera y se acostaba la última; servía á todo el mundo, inclusa la otra criada, en silencio y con dulzura; sonriendo bajo el peso del trabajo con cierta vaga sonrisa adormecida.

Antes de entrar en la sala-comedor, se leía sobre la puerta este verso, escrito con yeso por Courfeyrac:

Regálate si puedes, y come si te atreves.

[Pg 331]

II
Alegrías previas

Laigle de Meaux, como sabemos, vivía más en casa de Joly que en otra parte.

Tenía un alojamiento, como tiene el pájaro una rama.

Los dos amigos vivían juntos, comían juntos y dormían juntos.

Todo les era común, hasta Musichetta; eran lo que alguno ha llamado á ciertos clérigos que dicen dos misas en un día, bini.

La mañana del 5 de junio se fueron á almorzar á Corinto.

Joly tenía un fuerte resfriado, del cual empezaba á participar Laigle.

La levita de Laigle estaba ya muy usada, pero Joly vestía bien.

Serían como las nueve de la mañana cuando empujaron ellos la puerta de Corinto.

Subieron al primer piso.

Matelote y Gibelotte los recibieron.

—Ostras, queso y jamón,—dijo Laigle.

Y se sentaron á la mesa.

El bodegón estaba vacío; no había en la sala más que ellos dos solos.

Gibelotte, conociendo á Laigle y á Joly, empezó por ponerles delante una botella de vino.

Cuando estaban aún comiendo las primeras ostras, apareció una cabeza en la escotilla de la escalera, y se oyó una voz que decía:

—Pasaba por ahí; he humeado desde la calle un delicioso olor á queso de Brie, y he subido.

Era Grantaire.

Grantaire cogió un taburete y se sentó.

Gibelotte, viéndole, puso dos botellas en la mesa.

De modo que ya eran tres.

—¿Vas á beberte esas dos botellas?—preguntó Laigle á Grantaire.

Y éste respondió:

—Todos son ingeniosos; tú sólo eres ingenuo. Dos botellas no asustan nunca á un hombre.

Los otros habían empezado por comer; Grantaire empezó por beber, y apuró de un sorbo media botella.

—¿Tienes algún agujero en el estómago?—preguntó Laigle.

—Tú le tienes en el codo,—contestó Grantaire.

Y después de haber vaciado su vaso, añadió:

—¡Ah, Laigle de las oraciones fúnebres! Tu levita está vieja.

—Lo creo,—respondió Laigle.—Eso hace que hagamos buenas migas mi levita y yo; ella ha tomado todos mis pliegues, y no me incomoda para nada, puesto que se ha amoldado á mis deformidades, y se presta con facilidad á todos mis movimientos; no la siento sino porque me abriga. Los vestidos viejos son lo mismo que los amigos antiguos.

—Es verdad,—exclamó Joly entrando en la conversación;—un traje viejo es un abrigo viejo.

—Sobre todo,—dijo Grantaire,—para la boca de un hombre resfriado.

—Grantaire,—interrogó Laigle,—¿vienes de los boulevares?

—No.

—Joly y yo acabamos de ver pasar la cabeza del entierro.

—Es un espectáculo maravilloso,—dijo Joly.

—¡Qué tranquila está esta calle!—exclamó Laigle.—¿Quién sospecharía aquí, que París está trastornado? ¡Cómo se conoce que antes todo esto eran conventos? Breul, Sauval y el presbítero Lebeuf traen la lista. Los había en todo alrededor; aquí hormigueaban calzados, descalzos, tonsurados, barbudos, grises, negros, blancos, franciscanos, mínimos, capuchinos, carmelitas, recoletos, agustinos, viejos agustinos... ¡Cómo pululaban!

—No hablemos de frailes,—dijo Grantaire,—eso da ganas de rascarse.

Y luego exclamó:

—¡Bah! Acabo de tragar una ostra mala; ya me acomete la hipocondría. Las ostras están pasadas, y las criadas son feas. Odio á la especie humana. Acabo de pasar por la calle de Richelieu, delante de la gran librería pública; aquel montón de conchas de ostras que se llama una biblioteca me quita la gana de pensar. ¡Cuánto papel! ¡Cuánta tinta! ¡Cuántos garabatos! ¡Todo eso se ha escrito! ¡Qué necio ha sido el que ha dicho que el hombre es un bípedo sin pluma!

«Después he encontrado á una muchacha que me conocía, bella como la primavera, digna de llamarse Floreal, y entusiasmada, alegre, feliz como un ángel, la miserable, porque ayer un espantoso banquero picado de viruelas se ha dignado solicitarla. ¡Ay! La mujer acecha al pagano lo mismo que al galán; las gatas cazan lo mismo á los ratones que á los pájaros.

«Esta doncella no hace aún dos meses era honesta en su buhardilla; ajustaba circulitos de cobre á los ojetes de un corsé, ¿cómo le llaman á eso? Cosía, tenía un catre de tijera, vivía al lado de una maceta de flores, estaba contenta. Ahora está hecha una banquera. La transformación se ha hecho esta noche.

«Por la mañana encontré á esa víctima muy alegre; y lo más horrible es que esa bribonzuela estaba hoy tan linda como ayer. No se traslucía al banquero en su rostro. Las rosas tienen esta propiedad, de más ó de menos, comparadas con las mujeres, y es que las huellas que les causan los insectos son visibles.

«¡Ah! No hay moral en la tierra; y pongo por testigo al mirto, símbolo del amor; al laurel, símbolo de la guerra; al olivo, ese asno, símbolo de la paz; al manzano, que por poco atraganta á Adán con su pepita, y á la higuera, abuela de las faldas.

«En cuanto al derecho, ¿queréis saber lo que es el derecho?

«Los galos codician á Clusio, Roma protege á Clusio, y les pregunta, ¿qué mal os ha hecho Clusio?

«Breno responde: El daño que os ha hecho Alba, el daño que os ha hecho Fidena, el daño que os han hecho los Equos, los Volscos y los Sabinos, que fueron vuestros vecinos, los Clusanos son los nuestros. Entendemos la vecindad como vosotros lo entendéis. Habéis robado á Alba; nosotros tomamos á Clusio.

«Roma dice: Pues no tomaréis á Clusio. Breno tomó á Roma; y después gritó; Væ victis.

«Y he ahí lo que es derecho.

«¡Ah! En este mundo no hay más que aves de rapiña, ¡águilas! ¡águilas! Yo me encojo como gallina asustada».

Y alargó su vaso á Joly, que se lo llenó; bebióselo, y prosiguió, sin detenerse casi por este vaso de vino, en que nadie reparó, ni él mismo siquiera:

—Breno, tomando á Roma, es un águila; el banquero que toma á la modistilla, es un águila. No hay más pudor en el uno que en el otro. No creamos, pues, en nada; no hay más que una realidad: beber.

«Cualquiera que sea vuestra opinión, ya estéis por el gallo flaco como el cantón de Uri, ó por el gallo gordo como el cantón de Glaris, poco importa: bebed.

«Me habláis de los boulevares, del entierro, etc... ¿Y qué? ¡Que va á haber otra revolución!

«Esta pobreza de medios por parte de Dios, me asombra. Es preciso que á cada momento esté dando sebo al carril de los acontecimientos. Esto se atasca, esto no marcha. Ea, pronto, una revolución.

«El buen Dios tiene siempre las manos negras de ese maldito sebo. Yo en su lugar lo haría más sencillamente, no montaría á cada instante mi maquinaria, sino que llevaría al género humano con movimiento uniforme; tejería los hechos malla á malla, sin romper el hilo, y no echaría mano del acaso ni tendría repertorios extraordinarios.

«Lo que vosotros llamáis progreso, es impulsado por dos motores: los hombres y los sucesos. Pero ¡lástima grande! que de cuando en cuando sea necesario lo excepcional. Para los sucesos como para los hombres la tropa ordinaria no basta; es preciso que haya genios entre los hombres y revoluciones entre los sucesos.

«Los grandes accidentes son la ley; el orden de las cosas no puede prescindir de ellos; y al ver las apariciones de los cometas, está uno dispuesto á creer que hasta el cielo tiene necesidad de actores representantes.

«En el momento en que menos se espera, Dios hace aparecer un meteoro en el firmamento; se presenta alguna estrella caprichosa subrayada por una enorme cola. Y esto mata á César; Bruto le da una puñalada y Dios un cometazo.

«Crac; he ahí una aurora boreal, he aquí una revolución, he aquí un grande hombre; 93 en gruesos caracteres, Napoleón acechando el cometa de 1811 sobre el aviso.

«¡Ah! ¡Qué hermoso cartel azul, tachonado de súbitas llamaradas! ¡Bum! ¡Bum! Espectáculo extraordinario. Alzad los ojos, papanatas; todo es descabellado; el astro como el drama.

«Buen Dios, esto es demasiado, y no es bastante. Esos recursos excepcionales tomados en su exención, parecen magnificencia, y son pobreza. Amigos míos, la Providencia necesita también de expedientes.

«¿Qué prueba una revolución? Que Dios alcanza poco. Da un golpe de Estado, porque hay solución de continuidad entre el presente y el porvenir, y porque él, siendo Dios, no ha podido reunir los dos cabos.

«Todo esto me afirma en mis conjeturas acerca de la situación de fortuna de Jehová: y al ver tanto malestar arriba y abajo, tanta mezquindad y miseria; tanta mezquindad y pequeñez en el cielo y en la tierra, desde el pájaro que no tiene un grano de mijo, hasta mí, que no tengo cien mil francos de renta; al ver el destino humano gastado ya, y aún el destino regio que enseña la trama, testigo el príncipe de Condé pendiente de la horca; al ver el invierno que no es más que un rasgón en el zenit por donde sopla el viento; al ver tantos harapos hasta en la púrpura nuevecita de la mañana sobre las colinas; al ver que las gotas de rocío son perlas falsas; al ver la escarcha ser imitación del cristal; al ver la humanidad descosida y los sucesos remendados, y tantas manchas en el sol, y tantos agujeros en la luna; al ver tanta miseria por todas partes, supongo que Dios no es muy rico.

«Advierto que tiene apariencia de riqueza; es verdad; pero se descubre la necesidad.

«Nos da una revolución, como un comerciante, cuya caja está vacía, da un baile.

«No se debe juzgar á los dioses por las apariencias. Bajo el oro del cielo entreveo un universo pobre; la creación está en quiebra; por eso estoy descontento.

«Mirad, hoy es el 5 de junio, y está el día como si fuera de noche. Desde esta mañana estoy esperando que venga el día, y no ha venido, y apuesto á que no vendrá. Esto es una falta de un dependiente mal pagado.

«Sí, todo está mal arreglado; nada se ajusta bien; este viejo mundo está derrengado. Me paso á la oposición.

«Todo marcha al revés; el Universo es una pura contradicción. Sucede lo que con los hijos; los que los desean no los tienen; los que no los desean los tienen.

«Total: tengo mal humor.

«Además, Laigle de Meaux, ese calvo me entristece cuando le miro; me humilla el pensar que soy de la misma edad que esa rodilla.

«Yo critico, pero no insulto. El Universo es lo que es; hablo aquí sin mala intención, por lo que me dicta mi conciencia.

«Padre Eterno, recibid la seguridad de mi distinguida consideración. ¡Ah! Por todos los santos olímpicos, y por todos los dioses del paraíso, yo no nací para parisiense, es decir, para estar dando vueltas siempre como un volante entre dos raquetas, desde el grupo de los ociosos al grupo de los revoltosos.

«Yo nací para ser turco, para estar mirando todo el día á las bailarinas orientales en esos bailes exquisitos del Egipto, lúbricos como los sueños de un hombre casto; ó aldeano de Beocia, ó hidalgo veneciano, rodeado de nobles matronas; ó principillo alemán contribuyendo con medio soldado á la Confederación Germánica, y empleando sus ocios en secar sus calcetas en su seto, es decir, en su frontera.

«¡Para uno de esos destinos he nacido yo!

«Sí, he dicho turco, y no me arrepiento. No comprendo que se hable de los turcos habitualmente mal; Mahoma tiene cosas buenas; ¡respeto al inventor de los serrallos de hurís y de los paraísos de odaliscas! ¡No insultemos al mahometismo, única religión que está adornada de gallinero!

«Apoyándome en lo cual insisto en beber.

«La Tierra es una gran majadería. Parece que van á pelear todos esos imbéciles, á romperse las narices, á matarse en pleno estío, en el mes de junio, cuando podrían ir cogidos del brazo de una tierna joven á respirar en los campos la inmensa taza de té del heno segado.

«En verdad que se cometen muchas necedades, y de nada sirve lo pasado.

«Una antigua linterna rota que acabo de ver en una prendería me ha sugerido una reflexión. Ya es tiempo de iluminar al género humano.

«Sí, y ya estoy triste otra vez. ¡Lo que es comer una ostra, y encontrarse con una revolución! Me vuelvo lúgubre.

«¡Oh! ¡espantoso mundo viejo! ¡Donde todo se anima, todo se desvirtúa, todo se prostituye, todo se mata, y á todo se acostumbra!».

Y Grantaire, después de este acceso de elocuencia, tuvo otro de tos bien merecido.

—Á propósito de revolución,—dijo Joly,—parece que Mario está decididamente enamorado.

—¿Se sabe de quién?—preguntó Laigle.

—No.

—¿No?

—Te digo que no.

—¡Los amores de Mario!—exclamó Grantaire.—Los veo desde aquí. Mario es una niebla, y habrá encontrado un vapor. Es de la raza de los poetas, y quien dice poeta, dice loco. Thymbræus Apollo. Mario y su María, ó su Marieta, ó su Mariquita, ó su Mariana, deben ser unos amantes muy graciosos. Me explico perfectamente lo que ello ha de ser. Éxtasis en que se olvidan los besos. Castos sobre la tierra, pero uniéndose en el infinito. Son almas con sentidos. Duermen juntos entre las estrellas.

Grantaire empezaba su segunda botella, y tal vez su segunda arenga, cuando se presentó un nuevo personaje en la abertura cuadrada de la escalera.

Era un muchacho de menos de diez años, harapiento, muy pequeño, descolorido, de boca grande y ojos vivos, enormemente cabelludo, calado por la lluvia, y alegre.

El muchacho, eligiendo sin vacilar entre los tres, aunque evidentemente no conocía á ninguno, dirigióse á Laigle de Meaux.

—¿Sois vos el señor Bossuet?—le preguntó.

—Ése es mi sobrenombre,—respondió Laigle.—¿Qué me quieres?

—Esto. Uno muy rubio me ha dicho en el boulevard: «¿Conoces á la tía Hucheloup?». Y yo le he dicho: «Sí, en la calle de la Chanvrerie, la viuda del viejo». Y me ha dicho: «Pues ya estás andando; allí encontrarás al señor Bossuet, y le dirás de mi parte A. B. C.». ¿Es una burla que os hace, verdad? Me ha dado diez sueldos.

—Joly, préstame diez sueldos,—dijo Laigle.

Y volviéndose hacia Grantaire:

—Grantaire, préstame diez sueldos.

Lo cual sumó hasta veinte sueldos, que Laigle dió al muchacho.

—Gracias, señor,—dijo éste.

—¿Cómo te llamas?—le preguntó Laigle.

—Navet, el amigo de Gavroche.

—Quédate con nosotros,—dijo Laigle.

—Almuerza con nosotros,—añadió Grantaire.

El muchacho respondió:

—No puedo; soy de la comitiva fúnebre; soy de los que van gritando: ¡Abajo Polignac!

Y estirando el pie cuanto pudo por detrás de sí, que es el más respetuoso de los saludos, se fué.

Cuando hubo desaparecido el muchacho, Grantaire tomó la palabra:

—Ése es el pilluelo puro. Hay muchas variedades en el género. El pilluelo escribano se llama salta arroyos; el pilluelo cocinero se llama marmitón; el pilluelo panadero se llama mitrón; el pilluelo criado se llama groom: el pilluelo marino se llama murgo; el pilluelo soldado se llama gazapón; el pilluelo pintor se llama rapaz; el pilluelo comerciante se llama trotón; el pilluelo cortesano se llama menino; el pilluelo rey se llama delfín; el pilluelo dios se llama Cupido.

Entre tanto, Laigle estaba meditabundo, y dijo á media voz:

—A. B. C., es decir entierro de Lamarque.

—El muy rubio,—dijo Grantaire,—es Enjolrás que te manda avisar.

—¿Iremos?—dijo Bossuet.

—Llueve,—respondió Joly,—y yo he jurado ir al fuego, y no al agua. No quiero resfriarme.

—Yo me quedo aquí,—dijo Grantaire;—prefiero un almuerzo á un entierro.

—Conclusión: nos quedamos,—repuso Laigle.—Pues entonces bebamos. Puede faltarse al entierro sin por eso faltar al motín.

—¡Eh! Al motín no faltaré yo,—exclamó Joly.

Laigle se frotó las manos.

—Se va, pues, á repasar la revolución de 1830. Lo cierto es que molestan al pueblo sus costuras.

—Nada me importa vuestra revolución,—dijo Grantaire.—Yo no execro al gobierno que nos rige; es la corona atemperada por el gorro de algodón; es un cetro acabando en paraguas. Pienso en ella hoy por el tiempo que hace; Luis Felipe podrá utilizar su realismo para dos fines; dirigir el extremo cetro contra el pueblo, y abrir el extremo paraguas contra el cielo.

La sala estaba obscura; grandes nubes habían acabado de suprimir el día. No había nadie en el figón, ni en la calle; todo el mundo se había ido á ver «los sucesos».

—¿Es medio día ó media noche?—preguntó Bossuet.—No veo gota. ¡Gibelotte, una luz!

Grantaire, cariacontecido, seguía bebiendo.

—Enjolrás me desdeña,—murmuró.—Enjolrás ha dicho:—«Joly está malo. Grantaire borracho»; y ha enviado á Navet para que busque á Bossuet. Si hubiera venido á llamarme á mí, le habría seguido. ¡Tanto peor para Enjolrás! No iré á su entierro.

Tomada esta resolución, Bossuet, Joly y Grantaire no se movieron del figón.

Á eso de las dos de la tarde, la mesa á que estaban sentados se veía cubierta de botellas vacías. Ardían sobre ella dos velas, una en una palmatoria de cobre perfectamente verde, y la otra en el cuello de una botella rota.

Grantaire había arrastrado á Joly y á Bossuet al vino, y Bossuet y Joly habían hecho renacer la alegría en Grantaire.

En cuanto á éste, desde las doce había pasado más allá del vino, triste origen de ensueños.

El vino para los borrachos serios sólo alcanza muy mediano aprecio.

En materia de embriaguez, hay la magia blanca y hay la magia negra; el vino no es más que la magia blanca. Grantaire era un atrevido bebedor de sueños.

Las tinieblas de una embriaguez terrible entreabierta ante él, lejos de detenerle le atraían.

Había dejado las botellas y acudido á la ponchera. La ponchera es el abismo. No teniendo á mano ni opio, ni haschís, y queriendo llenarse el cerebro de crepúsculo, había recurrido á esa horrible mezcla de aguardiente, de cerveza fuerte y de ajenjo que produce letargos tan terribles.

De estos tres vapores, cerveza, aguardiente y ajenjo, se hace el plomo del alma. Son tres tinieblas en que se ahoga la mariposa celeste; y [Pg 332] en un humo membranoso vagamente condensado en alas de murciélago, se forman tres furias mudas, la pesadilla, la noche y la muerte, revoloteando sobre Psiquis adormecida.

Grantaire no estaba todavía en esa fase lúgubre; lejos de eso. Estaba prodigiosamente alegre, y Bossuet y Joly le hacían la contra.

Todos brindaban chocando los vasos; bebían y volvían á brindar con estrépito.

Grantaire añadía á la pronunciación excéntrica de las palabras y de las ideas la divagación del gesto; apoyaba con dignidad el puño izquierdo sobre la rodilla, doblando en ángulo recto el brazo, con la corbata deshecha, á caballo de un taburete, el vaso lleno en la mano derecha, y [Pg 333] dirigía á la criada gruesa Matelote estas palabras solemnes:

—¡Que se abran las puertas del palacio! ¡Que todo el mundo sea de la Academia, y tenga yo el derecho de abrazar á la señora Hucheloup! ¡Bebamos!

Y volviendo hacia la tía Hucheloup, añadía:

—¡Mujer antigua y consagrada por el uso, acércate que yo te contemple!

Joly gritaba ó exclamaba:

—Bartelote y Gibelotte, no deis más vino á Grantaire: se está comiendo locamente el dinero; desde esta mañana ha devorado en prodigalidades [Pg 334] sin seso dos francos y ochenta y cinco sueldos.

Grantaire continuaba:

—¿Quién ha desclavado las estrellas sin mi permiso, para ponerlas en la mesa por velas?

Bossuet, aunque muy bebido, había conservado su calma habitual.

Habíase sentado en el quicio de la ventana abierta, y la lluvia le [Pg 335] mojaba la espalda mientras contemplaba á sus dos amigos.

De repente oyó detrás de sí un tumulto de pasos precipitados, y gritos de ¡á las armas!

Se volvió, y descubrió en la calle de San Dionisio, al cabo de la calle de la Chanvrerie, á Enjolrás que pasaba con la carabina en la mano á Gavroche con su pistola, á Feuilly con su sable, á Courfeyrac con su espada, [Pg 336] á Juan Provaire con su mosquete, á Combeferre con su fusil, á Bahorel con su fusil también, y todo el grupo armado y tumultuoso que le seguía.

La calle de la Chamvrerie apenas tenía el alcance de una carabina. [Pg 337] Bossuet improvisó con sus dos manos una bocina, y gritó:

—¡Courfeyrac! ¡Courfeyrac! ¡Eh, eh!

Courfeyrac oyó las voces, vió á Bossuet, dió algunos pasos en la calle [Pg 338] de la Chanvrerie, y dijo:

—¿Qué quieres?

Palabras que se cruzaron al mismo tiempo en el aire con estas otras.

—¿Adónde vas?

—Á hacer una barricada,—respondió Courfeyrac.

—¡Pues bien, aquí! Este sitio es á propósito; levántala aquí.

[Pg 339]

—Es verdad, Águila,—dijo Courfeyrac.

Y á una señal de Courfeyrac, toda la turba se precipitó en la calle de la Chanvrerie.

[Pg 340]

III
La noche empieza á dominar sobre Grantaire

El sitio estaba, en efecto, admirablemente indicado; la entrada de la calle ancha, el fondo estrecho y á modo de callejón sin salida; Corinto formando allí una angostura; la calle Mondetour, fácil de atrancar á derecha é izquierda; no siendo posible ningún ataque sino por la calle de San Dionisio, es decir, de frente y al descubierto.

Bossuet, borracho, había tenido el golpe de vista de Aníbal en ayunas.

Á la irrupción del grupo, se había apoderado el espanto de toda la calle; todos los transeúntes se eclipsaron, y en un abrir y cerrar de ojos, por todas partes, á derecha é izquierda, las tiendas, los establecimientos, las puertas, las ventanas, las persianas, las buhardillas, los postigos de todas dimensiones se cerraron, desde el piso bajo hasta el tejado.

Una vieja, llena de miedo, colgó un colchón delante de su ventana en una cuerda que servía para poner á secar la ropa, con objeto de amortiguar el efecto de la fusilería.

El bodegón únicamente permanecía abierto, y esto sólo por razón de que allí se había instalado el grupo.

—¡Ah! ¡Dios mío! ¡Dios mío!—exclamaba suspirando la tía Hucheloup.

Bossuet había bajado á recibir á Courfeyrac.

Joly se había asomado á la ventana y gritaba:

—Courfeyrac, ¿por qué no has tomado un paraguas? Te vas á resfriar.

Entre tanto, en pocos minutos habían sido arrancadas veinte barras de hierro de las rejas de la fachada del figón, y desempedradas diez toesas de la calle.

Gavroche y Bahorel habían cogido al pasar y derribado un carro de un fabricante de cal, llamado Anceau; este carro contenía tres toneles llenos de cal, que fueron colocados bajo montones de adoquines.

Enjolrás había levantado la trampa de la cueva, y todos los barriles vacíos de la tía Hucheloup habían ido á flanquear los de cal.

Feuilly, con sus dedos acostumbrados á iluminar delicados países de abanico, había reforzado los toneles y el carro con dos macizas pilas de pedruscos; pedruscos improvisados como todo lo demás, y cogidos sin saber dónde.

Habíanse arrancado también unos puntales de la fachada de una casa próxima, y cruzado á lo largo sobre los barriles.

Cuando Bossuet y Courfeyrac se volvieron, la mitad de la calle estaba ya cerrada por una muralla más alta que un hombre.

No hay nada como la mano popular para construir todo lo que se construye demoliendo.

Matelote y Gibelotte se habían mezclado con los trabajadores; Gibelotte iba y venía cargada de maderos; su laxitud se empleaba en la barricada, y servía adoquines como hubiera servido vino, adormecida.

Un ómnibus que llevaba dos caballos blancos, pasó por el extremo de la calle.

Bossuet salió por encima de los materiales, corrió, detuvo al cochero, hizo bajar á los viajeros, dió la mano «á las señoras», despidió al conductor, y volvió trayéndose el coche y los caballos de la brida.

—Los ómnibus,—dijo,—no pasan por delante de Corinto. Non licet ómnibus adire Corinthum.

Un instante después los caballos desenganchados se iban al acaso por la calle Mondetour, y el ómnibus volcado completaba la barricada.

La señora Hucheloup, trastornada, se había refugiado en el primer piso.

Tenía los ojos vagos, y miraba sin ver, exclamándose por lo bajo; sus gritos de espanto no se atrevían á salir de su garganta.

—Éste es el fin del mundo,—murmuraba.

Joly, dando un beso en el grueso, rojo y arrugado cuello de la señora Hucheloup, decíale á Grantaire:

—Querido, siempre he considerado el cuello de una mujer como una cosa infinitamente delicada.

Pero Grantaire llegaba ya á las más altas regiones del ditirambo. Matelote había vuelto á subir al primer piso. Grantaire la había cogido por el talle, y daba en la ventana grandes carcajadas.

—¡Matelote es fea!—gritaba.—Matelote es el sueño de la fealdad. Matelote es una quimera. Voy á descubrir el secreto de su nacimiento: Un Pigmalión gótico que hacía mascarones de catedrales, enamoróse un día de uno de ellos, del más horrible; suplicó al Amor que le animase, y resultó Matelote. ¡Miradla, ciudadanos! ¡Tiene los cabellos de amarillo de cromo, como la querida del Ticiano, y es una buena muchacha! Yo os respondo que se peleará bien; en toda muchacha de bien se encierra un héroe.

«En cuanto á la tía Hucheloup, es una vieja valerosa. ¡Mirad qué bigotes tiene! Los ha heredado de su marido. ¡Es un húsar! ¡Bah! ¡Peleará bien como tal! Dos como ella aterrarían la comarca.

«Compañeros, derribaremos el gobierno; tan cierto como que hay quince ácidos intermedios entre el ácido margárico y el ácido fórmico. Por lo demás, á mí lo mismo me da.

«Caballeros, mi padre me ha odiado siempre, porque yo no podía comprender las matemáticas; yo no comprendo más que el amor y la libertad. ¡Soy Grantaire, el bueno!

«Como nunca he tenido dinero, no tengo costumbre de tenerle; lo cual es causa de que nunca me haya hecho falta; pero si hubiera sido rico, no habría habido pobres. ¡Ya hubierais visto! ¡Oh! ¡Si todos los buenos corazones tuviesen grandes bolsillos! ¡Cuánto mejor no iría todo! ¡Figúrome á Jesucristo con la fortuna de un Rostchild! ¡Cuánto bien no haría!

«Matelote, ¡abrázame! Eres voluptuosa y tímida. Tienes unas mejillas que solicitan el beso de una hermana, y labios que reclaman el beso de un amante».

—¡Cállate, tonel!—dijo Courfeyrac.

Grantaire respondió:

—¡Soy capitular y maestro en juegos florales!

Enjolrás, que estaba de pie encima de la barricada, con el fusil en la mano, levantó su rostro bello y austero. Ya sabemos que tenía algo del espartano como del puritano. Hubiera muerto en las Termópilas con Leónidos, y quemado á Drogheda con Cromvell.

—¡Grantaire!—exclamó.—Vete á dormir la mona fuera de aquí. Éste es el lugar de la embriaguez, y no de la borrachera. ¡No deshonres la barricada!

Estas palabras irritadas produjeron en Grantaire un efecto singular, como si le hubiesen arrojado un vaso de agua fría al rostro. Pareció que había vuelto en sí.

Sentóse, apoyó los codos sobre la mesa cerca de la ventana, miró á Enjolrás con indecible dulzura, y le dijo:

—Déjame dormir aquí.

—Vete á dormir á otra parte.

Pero Grantaire, fijando de nuevo en él sus ojos tiernos y turbados, [Pg 341] respondió:

—Déjame dormir aquí... hasta que aquí muera.

Enjolrás le miró desdeñosamente, diciendo:

—Grantaire, eres incapaz de creer, de pensar, de querer, de vivir y de morir.

Grantaire replicó con voz grave:

—Ya verás.

Murmuró algunas palabras ininteligibles, dejó caer su cabeza pesadamente sobre la mesa, y por un efecto bastante habitual del segundo período de la embriaguez, á que Enjolrás le había rudamente impulsado, se quedó dormido un instante después.

[Pg 342]

IV
Prueba de consuelo hacia la viuda Hucheloup

Bahorel, admirado de la barricada, exclamaba:

—¡He aquí la calle decapitada! ¡Qué buen efecto hace!

Courfeyrac, al par que demolía algo de la taberna, procuraba consolar á la viuda tabernera.

—Tía Hucheloup, ¿no os quejabais el otro día de que os hubiesen llamado á juicio y declarado delincuente, porque Gibelotte había sacudido [Pg 343] un cobertor desde la ventana?

—Sí, mi buen amigo Courfeyrac. ¡Ay, Dios mío! ¿Vais á poner también esta mesa en la barricada? Y no sólo por el cobertor, sino también por una maceta que se cayó desde la buhardilla á la calle, el gobierno me ha hecho pagar cien francos de multa. ¿No es ello una picardía?

[Pg 344]

—Pues bien, tía Hucheloup; nosotros os vengamos.

La tía Hucheloup, no comprendía al parecer, muy bien, todo el beneficio de esa reparación.

Quedaba satisfecha á la manera de aquella mujer árabe, que, habiendo recibido un bofetón de su marido, fué á ver á su padre pidiendo venganza, y diciéndole:

—Padre, debes á mi marido afrenta por afrenta.

[Pg 345]

El padre preguntó:

—¿En qué mejilla te ha dado el bofetón?

—En la izquierda.

El padre entonces le dió un bofetón en la derecha, y añadió:

—Ya estás satisfecha. Ve y dile á tu marido, que si él ha abofeteado á mi hija, yo he abofeteado á su mujer.

La lluvia había cesado; iban llegando reclutas; los obreros habían llevado bajo las blusas un barril de pólvora, una cesta de botellas de vitriolo, dos ó tres hachas de viento, y un canasto lleno de vasos y de lamparillas, «restos de la fiesta del rey», recientemente celebrada el primero de mayo. Se decía que enviaba aquellas municiones un droguero del arrabal de San Antonio, llamado Pepin.

Rompieron el único farol de la calle de la Chanvrerie, la farola de la calle de San Dionisio, y todas las demás de las calles circunvecinas de Mondetour, del Cisne, de Predicadores, y de la grande y pequeña Truanderie.

Enjolrás, Combeferre y Courfeyrac lo dirigían todo.

Á un tiempo se construían dos barricadas, apoyadas ambas en la misma casa de Corinto, formando escuadra: la mayor cerraba la calle de la Chanvrerie, y la otra la de Mondetour, por el lado de la calle del Cisne; esta última barricada, muy estrecha, estaba construida sólo de toneles y piedras. Había allí unos cincuenta trabajadores; una treintena de ellos con fusiles, porque de pasada habían saqueado la tienda de un armero.

Nada más extraño y abigarrado que aquella tropa.

Uno llevaba levita, un sable de caballería y dos pistolas de arzón; otro iba en mangas de camisa, con sombrero redondo y una bolsa de pólvora colgada al lado; un tercero estaba cubierto de un peto hecho con nueve hojas de papel, y armado con una aguja de enjalmar.

Había uno que gritaba: ¡Exterminemos hasta el postrero, y muramos en la punta de nuestras bayonetas!

El que decía esto no llevaba bayoneta.

Otro mostraba encima de su levita unas correas y una cartuchera de guardia nacional, con la funda adornada con esta inscripción de lana roja: Orden público.

Portafusiles con el número de las legiones, pocos sombreros, ninguna corbata, muchos brazos desnudos, y algunas picas...

Añádase á eso todas las edades, todas las fisonomías, jovenzuelos pálidos, y obreros ennegrecidos.

Todos se apresuraban, y al mismo tiempo que trabajaban, hablaban de los sucesos posibles:

Que se recibirían socorros á las tres de la mañana;

Que se contaba seguramente con un regimiento;

Que París se sublevaría...

Suposiciones terribles, con las cuales se mezclaba una especie de alegría cordial.

Parecían hermanos, y ninguno sabía el nombre de los otros. Los grandes peligros tienen el privilegio de hacer fraternizar á los desconocidos.

En la cocina de Corinto se había encendido lumbre, y se fundían en un molde de balas todas las vasijas, cucharas, tenedores y demás vajilla de estaño del bodegón.

Á pesar de todo se bebía también. Los pistones y municiones andaban revueltos en las mesas con los vasos de vino.

En la sala del billar, Hucheloup, Matelote y Gibelotte, relativamente afectadas por el terror, atontada la una, sofocada la otra y sobresaltada la tercera, desgarraban groseros y viejos paños de mano, y hacían hilas; tres insurrectos las ayudaban, tres mocetones cabelludos, barbudos y bigotudos, que deshilaban la tela con dedos de costurera, y las hacían temblar.

El hombre de elevada estatura que había llamado la atención de Courfeyrac, Combeferre y Enjolrás, en el instante en que se unía al grupo en la esquina de la calle de Billettes, trabajaba en la pequeña barricada y era útil; Gavroche trabajaba en la grande.

En cuanto al joven que había esperado á Courfeyrac en su casa, y le había preguntado por el señor Mario, había desaparecido poco después del momento en que fué detenido el ómnibus.

Gavroche, completamente entusiasmado y radiante, se había encargado de hacer adelantar la obra. Iba, venía, subía, bajaba, volvía á subir; metía ruido, brillaba; parecía que estaba allí para animar á todos.

¿Sentía algún aguijón? Sí, ciertamente; la miseria. ¿Tenía alas? Sí, indudablemente; su alegría.

Gavroche era un torbellino. Se le veía sin cesar; se le oía continuamente; llenaba todo el espacio, encontrándose en todas partes á la vez; era una especie de ubicuidad casi irritante; no había nada que pudiese detenerle; la enorme barricada sentía su acción.

Molestaba á los transeúntes curiosos, excitaba á los perezosos, reanimaba á los fatigados, impacientaba á los pensativos, ponía de buen humor á unos, daba aliento á otros, encolerizaba á algunos y movía á todos; pinchaba á un estudiante, mordía á un obrero; se paraba, volvía enseguida á su faena, volaba por encima del tumulto; saltaba de éstos á aquéllos, murmuraba, zumbaba, y hostigaba á todo aquel tiro; era la mosca del inmenso coche revolucionario.

En sus pequeños brazos estaba el movimiento continuo, y en sus pequeños pulmones el perpetuo clamor.

—¡Bravo! ¡Más adoquines! ¡Más barriles! ¡Más trastos! ¿Dónde los hay? Una pellada de yeso para tapar este agujero. Es muy baja esa barricada; es preciso que suba más. Poned, poned ahí, echadlo todo, arriba con todo. Deshaced la casa. Una barricada es una tetera chinesca. Tomad, ahí tenéis una puerta vidriera.

Esto hizo exclamar á los trabajadores:

—¡Una puerta vidriera! ¿Para qué quieres que sirva una puerta-vidriera, tubérculo?

—Los tubérculos sois vosotros,—respondió Gavroche.—Una puerta-vidriera en una barricada, es cosa excelente; no impide el ataque, pero es un obstáculo más para tomarla. ¿No habéis robado nunca manzanas por encima de una pared cubierta de cascos de botella? Una puerta-vidriera corta los callos de los guardias nacionales cuando quieren subir á la barricada. ¡Pardiez! El vidrio es muy traidor. ¡No tenéis imaginación desenfrenada, amigos míos!

Por lo demás, estaba furioso con su pistola sin gatillo. Iba de uno á otro pidiendo:

—¡Un fusil! ¡Quiero un fusil! ¿Por qué no me dan un fusil?

—¡Un fusil á ti!—dijo Combeferre.

—¡Toma!—replicó Gavroche.—¿Por qué no? ¡Bien tuve uno en 1830 cuando se disputaba con Carlos X!

Enjolrás se encogió de hombros diciendo:

—Cuando los haya para los hombres, se darán á los muchachos.

Gavroche volvió la cabeza con altanería, y le respondió:

—Si te matan antes que á mí, cogeré el tuyo.

—¡Pilluelo!—dijo Enjolrás.

—¡Boquirrubio!—replicó Gavroche.

Un elegante descarriado que pasaba curioseando por el extremo de la calle, vino á distraerles.

Gavroche le gritó:

—¡Veníos con nosotros, joven! Pues qué, ¿no se ha de hacer nada para la vieja patria?

El elegante se escabulló.

[Pg 346]

V
Los preparativos

Los periódicos de aquel tiempo, que dijeron que la barricada de la calle de la Chanvrerie, aquella construcción casi inexpugnable, como la llamaban, llegaba á la altura de los primeros pisos, se equivocaron. No pasaba de seis ó siete pies, término medio.

Estaba construida de manera que los combatientes pudiesen, á voluntad, ocultarse detrás, ó dominar el paso, y aún subir á la cima por medio de una cuádruple fila de adoquines sobrepuestos, y colocados á manera de gradas interiormente.

Por fuera, el frente de la barricada, compuesta de pilas de adoquines y de toneles, unidos por medio de vigas y tablas que se encabestraban en las ruedas del carro del calero Anceau y del ómnibus, presentaba el aspecto de un obstáculo erizado é inextricable.

Una cortadura suficiente para que un hombre pudiese pasar por ella, dejaba espacio suficiente entre el extremo de la barricada más apartado del bodegón y las casas, de modo que era posible hacer una salida.

La lanza del ómnibus estaba puesta verticalmente; y á ella, atada con cuerdas, una bandera roja flotando sobre la barricada.

La pequeña barricada Mondetour, oculta detrás de la casa del figón, no se veía. Las dos barricadas reunidas formaban un verdadero reducto.

Enjolrás y Courfeyrac no habían creído conveniente hacer otra en el segundo extremo de la calle Mondetour, que abre paso á la calle de Predicadores para salir al mercado, queriendo sin duda conservar la posibilidad de una comunicación con el exterior, y temiendo poco el ser atacados por la peligrosa y difícil callejuela de los Predicadores.

Con esta salida libre, que constituía lo que Folar en su estilo estratégico hubiera llamado ramal de trinchera, y con la estrecha cortadura de la calle de la Chanvrerie, el interior de la barricada, en que el figón hacía un ángulo saliente, presentaba un cuadrilátero irregular, cerrado por todas partes.

Había unos veinte pasos de intervalo entre el muro de la barricada y las elevadas casas que formaban el fondo de la calle; de modo que se podía decir que la barricada estaba apoyada en aquellas casas, todas habitadas, pero cerradas de arriba á abajo.

Toda esta obra se hizo sin el menor obstáculo en menos de una hora, y sin que aquel puñado de hombres atrevidos viese aparecer una gorra de pelo ni una bayoneta.

Los pocos paisanos que se atrevían á pasar en aquel instante del motín por la calle de San Dionisio, daban una mirada á la calle Chavrerie, veían la barricada, y apretaban el paso.

Terminadas que fueron las dos barricadas, y enarbolada la bandera, se sacó una mesa fuera del bodegón y se subió en ella Courfeyrac.

Enjolrás trajo el cofre cuadrado, que estaba lleno de cartuchos, y Courfeyrac lo abrió.

Cuando aparecieron los cartuchos, temblaron los más valientes y hubo un momento de silencio.

Courfeyrac los distribuyó sonriendo.

Cada uno recibió treinta cartuchos.

Muchos tenían pólvora, y se pusieron á hacer más con las balas que se estaban fundiendo en el bodegón.

En cuanto al barril de pólvora, estaba sobre una mesa aparte cerca de la puerta; y se guardó en reserva.

El toque de llamada que recorría todo París no cesaba, pero había acabado por no ser más que un ruido monótono del que nadie hacía caso; un ruido que se aproximaba, ó se alejaba, con lúgubres ondulaciones.

Cargaron los fusiles y las carabinas todos á la vez, sin precipitación, con gravedad solemne.

Enjolrás colocó tres centinelas fuera de las barricadas; uno en la calle de la Chanvrerie, otro en la calle de Predicadores, y el tercero en la esquina de la Petite-Truanderie.

Construidas las barricadas, designados los puestos, cargados los fusiles, colocados los centinelas, solos en aquellas calles temibles, por donde no pasaba ya nadie, rodeados de aquellas casas mudas, y como muertas, donde no palpitaba el menor movimiento humano, envueltos en las sombras crecientes del crepúsculo que empezaba ya en medio de aquella obscuridad y de aquel silencio en que se sentía avanzar algo que tenía cierto sabor trágico y terrorífico, aislados, armados, resueltos, y tranquilos, esperaron.

[Pg 347]

VI
Esperando

Durante aquellas horas de espera, ¿qué hicieron?

Es preciso decirlo, porque ello pertenece á la historia.

Mientras los hombres hacían cartuchos, y las mujeres hilas; mientras una gran cacerola llena de estaño y plomo fundido para la fabricación de balas, humeaba sobre un hornillo ardiente; mientras los centinelas velaban arma al brazo en la barricada; mientras Enjolrás, á quien nada podía distraer, cuidaba de los centinelas, Combeferre, Courfeyrac, Juan Provaire, Feuilly, Bossuet, Joly, Bahorel y algunos otros, se buscaron [Pg 348] y se reunieron como en los días más pacíficos de sus conversaciones estudiantiles, y en un rincón de aquella taberna convertido en casamata, á dos pasos del reducto que habían construido, con las carabinas cebadas, cargadas y apoyadas en el respaldo de su silla, aquellos jóvenes, tan próximos á una hora suprema, se pusieron á entonar versos amorosos. ¿Qué versos? Helos aquí:

¿Te acuerdas tú de aquella dulce vida,
Cuando tiernos y jóvenes los dos,
Sin agitar el pecho otras envidias
Que del bien parecer y del amor;

Que sumando tus años á los míos
La suma á los cuarenta no alcanzó,
Y que en nuestra morada, dulce nido,
En primavera, invierno se trocó?

¡Oh, qué tiempos! Manuel sabio y valiente,
París santos banquetes celebraba,
Foy lanzaba sus rayos, y en tu berta
Había un alfiler que me pinchaba.

Todos te contemplaban. Yo abogado
Sin pleitos, á comer te convidaba
Al Prado, y tú estabas tan hermosa
Que por verte sus flores se agitaban.

Yo las oí decir: ¡Cuánta hermosura!
¡Cómo perfuma su cabello el aire!
Bajo su manteleta alas esconde.
Es su sombrero la corona de ángel.

Vagábamos los dos unidos siempre,
Y las gentes pensaban al mirarnos
Que el amor en nosotros desposaba
El tierno abril con el florido mayo.

Saboreando solos, sin testigos,
Aquel fruto dulcísimo vedado,
Nunca mi boca formuló un deseo
Que por tu corazón fuera negado.

Fué la Sorbona el sitio donde siempre
Te adoraba de noche y de mañana,
Que es así como un alma tierna aplica
Su latín amoroso sobre el mapa.

Cuando en el cuarto aquel de primavera.
¡Oh plazas de Maubert y del Delfín!
Alisabas tu media transparente,
Un astro vislumbraba en el confín.

Mucho leí á Platón, y ya nada me falta
Mejor que Lamennais y que Malebranche.
Tú la bondad celeste me mostrabas
Con una flor que me quisieras dar.

Te obedecía yo, y estabas tú sumisa.
¡Oh dorado desván! donde desenlazaba
Tus cintas, contemplándote en camisa
En el espejo en que te retratabas.

¡Y quién nunca podrá echar en olvido
De aquellos tiempos la lucida aurora,
De cintas y de flores y de rizos
En que hablaba el amor su lengua hermosa.

Era nuestro jardín de un tiesto el tulipán;
Tú los vidrios cubrías con tu lindo jubón;
Y la cuenca de arcilla yo solía tomar
Cediéndote la taza de piedra del Japón.

¡Y aquellas grandes penas que solía causarnos
El ver tu boa perdido, quemado tu manchón!
¡Y aquel bello retrato del divino Shakespeare
Vendido cierto día para una colación!

Era yo mendicante y tú caritativa,
Besé de agradecido tu mano tersa y blanca;
Dante in folio, ¿te acuerdas? de mesa nos servía
Para cenar alegres unas cuantas castañas.

Cuando por vez primera en mi desván alegre
Fundí un beso de fuego, de tu labio al calor,
Al verte despeinada, ruborosa la frente,
Palidecí, creyendo desde luego en Dios.

¿Recuerdas nuestras dichas, sin número, infinitas,
Y los pañuelos rotos en mil y mil jirones?
¡Ay, sí! ¡cuántos suspiros que al cielo de las dichas
Volaron desde el fondo de nuestros corazones!

La hora, el lugar, la evocación de aquellos recuerdos de la juventud, algunas estrellas que empezaban á brillar en el cielo, el triste reposo de aquellas calles desiertas, la inminencia de la aventura inexorable que se preparaba, daban un encanto patético á estos versos, murmurados á media voz en el crepúsculo por Juan Provaire, que, según hemos dicho ya, era un tiernísimo poeta.

Y todos aquellos jóvenes saboreaban aquel rato de delicia contemplativa como en los felices días en que se reunían sin zozobra en la apartada sala del café Musain.

La preocupación política huía ante la fantasía de la juventud sentimental.

Entre tanto, se había encendido una antorcha en la barricada pequeña, y en la grande una de esas hachas que el martes de carnaval se ven precediendo á los coches cargados de máscaras que van á la Courtille.

Estas luminarias, como hemos dicho, venían del arrabal de San Antonio.

Habían metido la antorcha en una especie de jaula de adoquines cerrada [Pg 349] por tres lados para abrigarla del viento, y arreglada de modo que toda la luz diese sobre la bandera.

La calle y la barricada quedaban en la obscuridad, y no se veía más que la bandera roja formidablemente iluminada como una enorme linterna sorda.

Esta luz extendía sobre la escarlata de la bandera un tinte de púrpura terrible.

[Pg 350]

VII
El hombre reclutado en la calle de Billettes

La noche había ya caído por completo; nadie se acercaba.

No se oían más que rumores confusos, y por instantes descargas, pero raras, débiles y lejanas.

Este plazo, que se prolongaba, era señal de que el gobierno se tomaba tiempo y reunía sus fuerzas.

Estos cincuenta hombres esperaban á sesenta mil.

Enjolrás se sentía dominado por esa impaciencia que se apodera de [Pg 351] las almas fuertes en el umbral de los grandes sucesos.

Fué á buscar á Gavroche que se había puesto á hacer cartuchos en la sala baja, á la dudosa claridad de dos velas colocadas sobre el mostrador, por precaución, á causa de la pólvora esparcida sobre las mesas.

Además, los insurrectos habían tenido buen cuidado de no encender luz en los pisos superiores.

Gavroche en aquel instante estaba muy pensativo, aunque no precisamente por sus cartuchos.

El hombre de la calle de Billettes acababa de entrar en la sala baja, y había ido á sentarse junto á la mesa menos alumbrada.

Habíale tocado un fusil de munición del mejor modelo, que sostenía entre ambas piernas.

Gavroche, hasta entonces distraído por mil cosas «divertidas», no había ni aún reparado en aquel hombre.

Cuando entró le siguió maquinalmente con la vista, admirando su fusil, y después, en cuanto el hombre se sentó, se levantó el pilluelo [Pg 352] repentinamente, como impulsado por una idea extraña.

Los que hubieran observado á aquel hombre hasta aquel momento, le habrían visto espiarlo todo en la barricada y en el grupo de los insurrectos con singular atención; pero desde que entró en la sala se sumergió en el recogimiento, y parecía no ver nada de lo que pasaba.

El pilluelo se aproximó á aquel hombre pensativo, y empezó á dar vueltas en derredor suyo sobre la punta de los pies, como se hace cuando no se quiere despertar á alguno.

Al mismo tiempo en su rostro infantil, á la vez tan descarado y tan serio, tan vivo y tan profundo, tan alegre y tan entusiasta, se fueron pintando sucesivamente todos esos gestos de viejo que significan: ¡Ah! ¡Bah!... ¡No es posible!... ¡Tengo telarañas en los ojos!... ¡Deliro!... ¿Será él?... No, no es... ¡Pero sí! ¡Pero no! etc., etc.

Gavroche se balanceaba sobre sus talones, crispaba sus manos en los bolsillos, agitaba el cuello como un pájaro, y empleaba en un gesto de desprecio toda la sagacidad de su labio inferior.

Estaba estupefacto, vacilante, incrédulo, convencido, deslumbrado.

Tenía el semblante de un jefe de eunucos en el mercado de esclavas, descubriendo una Venus entre mil mujeronas, y el gesto de un aficionado reconociendo un cuadro de Rafael entre un montón de mamarrachos.

Obraban en él á un tiempo mismo el instinto que olfatea y la inteligencia que combina.

Era evidente que se acercaba un acontecimiento para Gavroche.

En lo más profundo de este examen se acercó á él Enjolrás.

—Tú eres pequeño,—le dijo,—y nadie te verá. Sal de las barricadas, deslízate á lo largo de las casas, date una mirada por las calles, y ven á decirme lo que hay.

Gavroche se empinó sobre sí mismo.

—¡Los pequeños servimos, pues, para algo! ¡Esto es una felicidad! Allá voy. Pero entre tanto, confiad en los pequeños y desconfiad de los grandes.

Y levantando la cabeza y bajando la voz, añadió señalando al hombre de la calle de Billettes:

—¿Veis aquel grande?

—¿Y qué?

—Es un espía.

—¿Estás seguro?

—Aún no hace quince días que me bajó cogido de la oreja, de la cornisa del Puente Real, adonde estaba yo tomando el fresco.

Enjolrás se separó inquieto del pilluelo, y dijo por lo bajo algunas palabras á un obrero del muelle de vinos que estaba allí.

El obrero salió de la sala, y volvió al momento acompañado de otros tres.

Entonces Enjolrás se acercó al hombre, y le preguntó:

—¿Quién sois?

Á esta brusca interrogación, el hombre se sobresaltó; dirigió á Enjolrás una mirada que penetró hasta el fondo de su cándida pupila, pareciendo adivinar su pensamiento.

Sonrió entonces con la sonrisa más desdeñosa, más enérgica y resuelta del mundo, contestando con altiva gravedad:

—Ya os entiendo... ¡Pues bien, sí!

—¿Sois un espía?

—Soy agente de la autoridad.

—¿Cómo os llamáis?

—Javert.

Enjolrás hizo una señal á los cuatro hombres, y en un abrir y cerrar de ojos, antes de que Javert tuviese tiempo de volverse, le cogieron por el cuello, le derribaron y le registraron.

Se le encontró encima una tarjetita circular pegada entre dos vidrios, la cual tenía grabadas por un lado las armas de Francia y esta leyenda: Inspección y vigilancia, y en la otra esta mención: «Javert, inspector de policía; edad, cincuenta y dos años», con la firma del prefecto de policía de entonces, Gisquet.

Llevaba además su reloj y su bolsillo, éste contenía algunas monedas de oro; se le dejó la bolsa y el reloj.

Detrás del reloj, en el fondo del bolsillo, descubrióse por el tacto un papel doblado, que desdobló Enjolrás, leyendo estas cuatro líneas, escritas de mano del prefecto de policía:

«En cuanto el inspector Javert, haya cumplido su misión política, se asegurará, por medio de una vigilancia especial, de si es cierto que algunos malhechores andan vagando por la ribera baja de la derecha del Sena, cerca del Puente de Jena».

Terminado el registro, levantaron á Javert, sujetáronle los brazos por detrás de la espalda, y le ataron en medio de la sala baja al mencionado poste que había dado antiguamente nombre al bodegón.

Gavroche, que había presenciado y aprobado toda la escena con silenciosos movimientos de cabeza, se acercó á Javert y le dijo:

—Es el ratón el que ha cogido al gato.

Todo esto se había ejecutado con tanta rapidez, que todo estaba concluido cuando empezaron á notarlo en el figón.

Alguien había visto al obrero del muelle de vinos hablar misteriosamente con sus tres compañeros, examinar sus pistolas, y esconder bajo la blusa un lío de cuerdas; la curiosidad les obligó á seguirles hasta la puerta del bodegón, pero no entró nadie con ellos.

Refirió á otros lo que había observado, y ya entonces empezó á circular aquel rumor que donde hay mucha gente reunida pone en movimiento, por una futilidad cualquiera, á los más impacientes ó más ávidos de emociones.

Javert no había dado ni un grito; y en cuanto estuvo atado al poste, acudieron Courfeyrac, Bossuet, Joly, Combeferre, y los demás que andaban dispersos por las barricadas.

Javert, recostado en el poste, y tan rodeado de cuerdas que no podía hacer un movimiento, levantaba la cabeza con la serenidad intrépida del hombre que no ha mentido nunca.

—Es un espía,—dijo Enjolrás.

Y volviéndose hacia Javert:

—Seréis fusilado diez minutos antes de que se tome la barricada.

Javert replicó con su acento peculiar más imperioso:

—¿Por qué no enseguida?

Por economía de pólvora.

—Entonces matadme de una cuchillada.

—¡Polizonte,—exclamó el arrogante Enjolrás,—nosotros somos jueces y no asesinos!

Después llamó á Gavroche.

—¡Tú á tu negocio! ¡Haz lo que te he dicho!

—Voy,—contestó Gavroche.

Y deteniéndose en el momento de partir, añadió:

—Á propósito: ¡me daréis su fusil! Yo os dejo el músico; pero quiero el clarinete.

El pilluelo hizo el saludo militar, saltando enseguida alegremente por la cortadura de la gran barricada.

[Pg 353]

VIII
Varias preguntas á propósito de un tal Cabuc, que quizá no se llamaba Cabuc

La pintura trágica que hemos emprendido no sería completa, y el lector no vería en ella, en su relieve exacto y verdadero, esos grandes momentos del drama social y del desarrollo revolucionario en que la convulsión se mezcla con la fuerza, si omitiésemos en nuestro bosquejo un incidente lleno de cierto horror épico y feroz que ocurrió casi al tiempo mismo de marcharse Gavroche.

Los grupos, como es sabido, son bolas de nieve, y confunden al rodar un montón de hombres tumultuosos, á los cuales nadie pregunta de dónde vienen.

Entre los transeúntes que se habían unido al grupo dirigido por Enjolrás, [Pg 354] Combeferre y Courfeyrac, había uno que llevaba una chaqueta de esportillero, bastante usada de los hombros, que gesticulaba y vociferaba, con cierto aspecto de borracho salvaje.

Aquel hombre, llamado ó apodado Cabuc, y desconocido completamente á los que pretendían conocerle, muy ebrio como hemos dicho, ó aparentando estarlo, se había sentado con algunos otros á una mesa que habían sacado fuera del bodegón.

El tal Cabuc, al mismo tiempo que hacía beber á sus compañeros de [Pg 355] conversación, parecía contemplar con aire reflexivo la casa grande del fondo de la barricada, cuyos cinco pisos dominaban toda la calle y daban frente á la de San Dionisio.

De repente exclamó:

—Compañeros, mirad, desde esa casa es desde donde debemos tirar. Puestos en las ventanas, ¡ni el diablo entra en la calle!

—Sí; pero está cerrada la casa,—dijo uno de los bebedores.

—Y no querrán abrir,—dijo otro.

—¡Llamemos!

—No abrirán.

—¡Echemos abajo la puerta!

Cabuc corre á la puerta, que tenía un llamador muy pesado, y llama, pero no abren la puerta. Vuelve á llamar; nadie responde. Da un tercer [Pg 356] golpe; el mismo silencio.

—¿Hay alguien por aquí?—gritó Cabuc.

Nadie se movió.

Entonces cogió un fusil y empezó á dar culatazos á la puerta.

Era una puerta antigua de pasadizo, cintrada, baja, estrecha, sólida, de encina maciza, forrada por el interior de una chapa de palastro y de una armadura de hierro; verdadera poterna de fortaleza.

Los culatazos hacían temblar la casa, pero no conmovían la puerta.

Los vecinos debieron, sin embargo, alarmarse, porque al fin se vió iluminarse y abrirse un ventanillo cuadrado del tercer piso, y aparecer en él una luz y la cara bonachona y asustada de un buen hombre de pelo entrecano, que era el portero.

El que daba los culatazos se paró.

—Señores,—dijo el portero,—¿qué se ofrece?

—¡Abre!—dijo Cabuc.

—Señores, no se puede.

—¡Abre, sea como fuere!

—¡Es imposible, señores!

—¡Yo te daré lo imposible!

Cabuc cogió el fusil y apuntó al portero; pero estaba debajo y era de noche; éste no le vió.

—¿Quieres abrir? ¿Sí ó no?

—¡No, señores!

—¿Dices que no?

—Digo que no, buenos...

El portero no pudo acabar, partió el tiro; la bala le entró por debajo de la barba y le salió por la nuca, después de atravesar la vena yugular.

El pobre viejo cayó sin dar un suspiro; la luz se le fué de las manos y se apagó; no viéndose después más que una cabeza inmóvil, recostada en el borde de la ventana, y un poco de humo blanquecino que subía hacia el tejado.

—¡Ahí queda!—dijo Cabuc, dando un culatazo en el suelo.

Apenas había pronunciado esta palabra, sintió una mano que le cogía del cuello con la fuerza de la garra de un águila, y oyó una voz que le decía:

—¡De rodillas!

El asesino se volvió, y vió delante de sí el rostro pálido y sereno de Enjolrás, que tenía una pistola en la mano.

Había acudido al oir la detonación.

Con la mano izquierda había cogido el cuello, la blusa, la camisa y el tirante de Cabuc.

—¡De rodillas!—repitió.

Y con un movimiento soberano, el delicado joven de veinte años dobló como una caña al robusto ganapán, haciéndole caer de rodillas sobre el lodo.

Cabuc trató de resistir; pero parecía sujetado por un puño sobrehumano.

Enjolrás, pálido, con el cuello descubierto, los cabellos esparcidos y el rostro femenil, tenía en aquel momento algo de la famosa Témis de la antigüedad.

Su expresiva nariz, y sus ojos bajos, daban á su implacable perfil griego aquella expresión de cólera y de castidad que el mundo antiguo creía propiedad de la justicia.

Todos los de la barricada habían acudido, y colocándose en círculo á cierta distancia, conociendo que era imposible pronunciar una palabra ante lo que iban á ver.

Cabuc, vencido, no trataba ya de defenderse, y temblaba de pies á cabeza. Enjolrás le soltó, y sacó el reloj.

—¡Recógete en ti mismo!—le dijo.—Reflexiona ú ora. ¡Te queda un minuto!

—¡Perdón!—murmuró el asesino. Después bajó la cabeza, y balbuceó algunos juramentos inarticulados.

Enjolrás no apartó la vista del reloj, dejó pasar el minuto y volvió el reloj al bolsillo.

En seguida cogió por los cabellos á Cabuc, que se revolvía contra sus rodillas aullando, y apoyó en su oreja el cañón de la pistola.

Muchos de aquellos hombres intrépidos que habían entrado tan tranquilamente en una de las más terribles aventuras, volvieron la cabeza.

Oyóse la explosión; el asesino cayó al suelo boca abajo.

Enjolrás se enderezó, paseando en derredor suyo una mirada convencida y severa.

Luego empujó el cadáver con el pie, diciendo:

—Quitad eso de ahí.

Tres hombres levantaron el cuerpo del asesino, que se agitaba en las últimas convulsiones maquinales de la vida espirante, y le arrojaron por encima de la barricada en la callejuela Mondetour.

Enjolrás se había quedado pensativo. No se sabe qué grandiosas tinieblas se esparcieron lentamente sobre su imponente severidad.

De pronto levantó la voz; todos le escucharon en silencio.

—Ciudadanos,—dijo Enjolrás:—lo que este hombre ha hecho es espantoso, lo que yo he hecho es horrible. Le he matado, por haber matado; y he debido hacerlo, porque la insurrección debe tener su disciplina. El asesinato es ahora mayor crimen que en otras circunstancias; estamos bajo los ojos de la revolución, somos los apóstoles de la república; somos las víctimas del deber, y es preciso que nadie pueda calumniar nuestra lucha. Por esto he juzgado y condenado á muerte á ese hombre. En cuanto á mí, obligado á hacer lo que he hecho, pero aborreciéndolo, me he juzgado también, y pronto vais á ver cómo me he condenado.

Los que le escucharon temblaron.

—Nosotros participaremos de tu suerte,—dijo Combeferre.

—¡Gracias!—respondió Enjolrás.—Pero oídme todavía una palabra. Al matar á ese hombre he obedecido á la necesidad; pero la necesidad es un monstruo del viejo mundo, la necesidad se llama Fatalidad. La ley del progreso es que los monstruos desaparezcan ante los ángeles, y que la Fatalidad se desvanezca ante la Fraternidad.

«No es este momento á propósito para pronunciar la palabra amor. No importa; yo la pronuncio y la glorifico. Amor mutuo, el porvenir es tuyo. Muerte, yo me sirvo de ti, pero te aborrezco.

«Ciudadanos, en el porvenir no habrá tinieblas, ni rayos, ni feroz ignorancia, ni pena sangrienta del Talión; como no habrá Satanás, no habrá tampoco necesidad de Arcángel. En el porvenir nadie matará á nadie; la tierra resplandecerá, y el género humano amará. Ciudadanos, llegará ese día en que todo será amor, concordia, armonía, luz, alegría y vida; vendrá, sí; y para que venga, nosotros vamos á morir».

Enjolrás se calló.

Sus labios de virgen se cerraron, y quedó por un buen espacio, de pie en el sitio en que había derramado aquella sangre, con la inmovilidad del mármol. Su mirada fija hacía que se hablase por lo bajo á su alrededor.

Juan Provaire y Combeferre se estrechaban la mano silenciosamente, apoyados uno contra el otro en el ángulo de la barricada, miraban con cierta admiración algo compasiva á aquel joven tan grave, verdugo y sacerdote, transparente como el cristal, y duro como la roca.

Digamos, de paso, que después del combate, cuando los cadáveres fueron llevados al depósito y registrados, se encontró en el de Cabuc una cédula de agente de policía.

El autor de este libro ha tenido en sus manos, en el año 1848, el informe especial dado con este motivo al prefecto de policía de 1832.

Añadamos que, si hemos de creer una tradición de policía extraña, pero probablemente fundada, Cabuc era Claquesous. El hecho es que desde la muerte de Cabuc no volvió á hablarse más de Claquesous.

Aquel miserable no dejó huella alguna de su desaparición; parecía haberse amalgamado con lo invisible. Su vida había sido todo tinieblas; su fin debió ser la noche.

Por el contrario, todos los que componían la banda de malhechores de que él formaba parte, figuraron más ó menos después, y su fin fué conocido bajo las diversas fases que reviste la existencia de bandido.

Todo el grupo de insurrectos se hallaba aún bajo la emoción de aquel proceso trágico, instruido y terminado tan rápidamente, cuando Courfeyrac volvió á ver en la barricada al jovencillo que por la mañana había preguntado en su casa por Mario.

Aquel muchacho, de aspecto atrevido é indiferente, había vuelto por la noche á reunirse con los insurrectos.

NOTAS:

[7] Pot-aux-roses, maceta de rosas, y Poteau rose, poste de color de rosa, tienen en francés la misma pronunciación.

LIBRO DECIMOTERCERO
MARIO ENTRA EN LA SOMBRA

[Pg 357]

I
Desde la calle Plumet al barrio de San Dionisio

Aquella voz que al través del crepúsculo había llamado á Mario á la barricada de la calle Chanvrerie, le había producido el mismo efecto que la voz del destino.

Quería morir, y se le presentaba la ocasión; llamaba á la puerta de la tumba, y una mano en la sombra le entregaba la llave.

Esas lúgubres brechas que se abren en las tinieblas ante la desesperación, son tentadoras.

Mario separó la verja que le había dejado pasar tantas veces; salió del jardín, y dijo: «¡Vamos!».

Loco de dolor, no sintiendo nada fijo y sólido en su cerebro, incapaz de aceptar nada de la suerte después de aquellos dos meses pasados en la embriaguez de la juventud y del amor, abrumado á la vez por todas las [Pg 358] cavilaciones de la desesperación, no tenía más que un deseo: acabar rápidamente con la vida.

Empezó á andar rápidamente; precisamente iba armado de los dos cachorrillos que le dió Javert.

El joven á quien había creído ver, se había perdido en la obscuridad de las calles.

Mario, que había salido de la calle Plumet por el boulevard, atravesó la explanada y el puente de los Inválidos, los Campos Elíseos, la plaza de Luis XV, y llegó á la calle de Rívoli.

Las tiendas estaban abiertas, el gas brillaba bajo los arcos, las mujeres compraban en las tiendas, se servían sorbetes en el café Laiter, y se comían pastelillos en la pastelería inglesa.

Solamente algunas sillas de posta partían al galope del hotel de los Príncipes y del hotel Mauricio.

Mario entró por el pasaje Délorme en la calle de San Honorato.

Las tiendas estaban cerradas, los comerciantes hablaban delante de sus puertas entreabiertas, los transeúntes circulaban, los faroles estaban encendidos; desde el primer piso, todas las ventanas estaban iluminadas como de ordinario.

En la plaza del Palacio Real había caballería.

Mario siguió por la calle de San Honorato.

Á medida que se alejaba del Palacio Real, veía menos ventanas iluminadas; las tiendas estaban completamente cerradas; nadie hablaba en los umbrales; la calle se obscurecía, y al mismo tiempo se engrosaba la multitud, porque los transeúntes formaban ya muchedumbre.

Nadie hablaba al parecer entre la muchedumbre aquélla; y sin embargo, salía de la misma un murmullo sordo y profundo.

Hacia la fuente del Árbol Seco había grupos inmóviles y sombríos, que se destacaban entre los que iban y venían como piedras en medio de una corriente.

Á la entrada de la calle de Prouvaires, la multitud no andaba ya. Era una masa resistente, sólida, compacta, casi impenetrable, de personas amontonadas, que hablaban en voz baja.

Apenas había allí levitas negras ni sombreros redondos; chaquetones, blusas, gorras, cabezas erizadas y terrosas.

Aquella multitud ondulaba confusamente en la bruma nocturna.

Sus cuchicheos tenían el ronco sonido de un estremecimiento.

Aunque ninguno andaba, se oía un continuado pisoteo en el lodo.

Más allá de este espesor de muchedumbre, en la calle de Roule, en la de Prouvaires y en la prolongación de la de San Honorato, no había una sola vidriera en que brillase una luz.

Veíase perder á lo lejos en aquellas calles la hilera solitaria y decreciente de los faroles.

Los faroles de aquel tiempo parecían grandes estrellas rojas colgadas de cuerdas, proyectando en el suelo una sombra que tenía la forma de una enorme araña.

Estas calles no estaban desiertas. Veíanse en ellas fusiles en pabellones, bayonetas que se movían y tropas que vivaqueaban.

Ningún curioso pasaba de aquel límite; allí cesaba la circulación; allí terminaba la multitud, y empezaba el ejército.

Mario iba decidido; con la voluntad del hombre desesperanzado, le habían llamado y debía ir.

Halló medio de atravesar por entre la multitud y las tropas; sorteó las patrullas y evitó los centinelas.

Dió un rodeo, llegó á la calle Bethisy, y se dirigió hacia el Mercado.

Después de haber atravesado la zona de la multitud, había pasado el límite de la tropa; se encontraba envuelto por algo terrible.

Ni un transeúnte, ni un soldado, ni una luz; nada. El silencio, la soledad, la noche, un frío que le sobrecogía. Entrar en una calle, era entrar en una cueva.

Continuó avanzando.

Dió algunos pasos. Alguien pasó corriendo por su lado. ¿Era un hombre? ¿Era una mujer? ¿Eran más de uno? No hubiera podido decirlo. Aquello había pasado, y se había desvanecido.

De rodeo en rodeo, llegó hasta una callejuela que creyó ser la de la Poterie, y hacia el medio de esta calle encontró un obstáculo.

Extendió las manos, y tropezó con una carreta volcada; pisaba al mismo tiempo charcos de agua, baches, adoquines amontonados y esparcidos. Había allí una barricada bosquejada y abandonada.

Saltó por encima de los adoquines y se encontró al otro lado del obstáculo.

Iba siempre junto á los guarda cantones y guiándose por la pared de las casas.

Un poco más allá de la barricada le pareció distinguir alguna cosa blanca; se acercó y vió dos bultos; eran dos caballos blancos; los del ómnibus que desenganchó Bossuet por la mañana, los cuales habían andado errantes todo el día, y concluido por pararse allí con esa pasividad sumisa de los brutos que no comprenden las acciones del hombre, como no comprende éste las de la Providencia.

Mario pasó adelante.

Cuando llegó á una calle que le pareció la del Contrato Social, un tiro que no sabía de dónde venía y atravesaba la obscuridad, al azar, silbó á su lado mismo, y la bala fué á dar por encima de su cabeza á una bacía colgada á la puerta de una barbería.

En 1846 se veía aún en la calle del Contrato Social, en el ángulo de los pilares del Mercado, aquella bacía agujereada.

Aquel tiro de fusil era aún de vida; á partir de aquel instante, ya no encontró nada.

Todo este itinerario parecíase á un descenso por una escalera de gradas sombrías.

Pero no dejó por eso Mario de seguir adelante.

[Pg 359]

II
París á vista de búho

Un ser que hubiese podido cernerse sobre París en aquel momento en alas de murciélago ó de mochuelo, hubiera descubierto un lúgubre espectáculo.

Todo el antiguo barrio del Mercado, que viene á ser como una ciudad dentro de otra, atravesado por las calles de San Dionisio y de San Martín, en que se cruzan mil callejuelas, de las cuales habían hecho los insurrectos sus reductos y su plaza de armas, se le habría presentado como un enorme agujero sombrío, abierto en el centro de París.

La mirada se perdía allí en un abismo; y á causa de los faroles rotos y de las ventanas cerradas, allí terminaba toda luz, toda vida, todo rumor, todo movimiento.

La policía invisible del motín velaba en todas partes, y conservaba el orden, es decir, la noche; porque la táctica necesaria de la insurrección es ocultar los pocos en la gran obscuridad, multiplicando los combatientes con las posibilidades de la lobreguez.

Al caer el día, todas las ventanas con luz habían recibido un balazo que la apagaba como también, alguna vez, la vida del vecino.

Así nada se movía; reinaba sólo el temor, la tristeza, el estupor en las casas, y en las calles una especie de horror sagrado.

Ni siquiera se distinguían las largas filas de ventanas y balcones, ni los cañones de las chimeneas, los tejados, á los vagos reflejos que salen siempre del empedrado lleno de agua y lodo.

El que hubiera mirado desde lo alto entre aquel conjunto de sombras, habría descubierto quizá aquí y allá, de trecho en trecho, algunos resplandores que permitían ver líneas quebradas y caprichosas, perfiles de extrañas construcciones, algo parecido á luces que fueran y vinieran por entre ruinas; eran las barricadas.

El resto era un lago de obscuridad, brumoso, pesado, fúnebre, por encima del cual se elevaban las masas inmóviles y lúgubres de la torre de Santiago, de la iglesia de San Merry, y otros dos ó tres edificios, de esos que son gigantes elevados por el hombre, y que la noche trueca en fantasmas.

Alrededor de aquel laberinto desierto y alarmante, en los barrios donde aún no había cesado la circulación, donde aún había algunos faroles, el observador aéreo habría podido distinguir el centelleo metálico de los sables y bayonetas, el sordo rumor de la artillería, y el latido de los batallones silenciosos, que se aumentaban de minuto en minuto; formidable muralla que se estrechaba y cerraba alrededor del motín.

El barrio de la insurrección no era sino una especie de monstruosa caverna; allí todo parecía dormido ó inmóvil, y como acabamos de decir, cada calle no ofrecía más que una espesa sombra.

Sombra feroz, llena de peligros, de choques desconocidos y temibles; sombra en que era terrible penetrar y espantoso permanecer; donde los que entraban temblaban ante los que esperaban, y los que esperaban temblaban ante los que venían; combatientes invisibles ocultos en las esquinas; las bocas del sepulcro ocultas en las espesuras de la noche.

Allí no podía esperarse otra claridad que el relámpago de los fusiles, ni otro encuentro que la aparición brusca y rápida de la muerte.

¿Dónde? ¿Cómo? No se sabía; pero era cierto é inevitable.

Allí, en aquel lugar designado para la lucha, el gobierno y la insurrección, la Guardia Nacional y las sociedades populares, el orden y el motín, iban á buscarse á tientas.

Para unos y para otros la necesidad era la misma.

Salir de allí muertos ó vencedores, ésta era la única salida posible.

Situación tan extremada, obscuridad tan poderosa, que los más tímidos se sentían llenos de resolución, y los más atrevidos de terror.

Por lo demás, había por ambas partes igual furia, igual encarnizamiento, igual decisión.

Para los unos, avanzar era morir, y nadie pensaba en retroceder; para los otros, quedarse era morir, y nadie pensaba en la fuga.

Era preciso que al nacer el día quedase todo terminado, que el triunfo estuviese ya en uno ú otro bando, que la insurrección fuese una revolución ó un chispazo apagado.

El gobierno lo comprendía así, lo mismo que los partidos, lo mismo que el último ciudadano.

De ahí nacía la angustia, que se mezclaba con la impenetrable sombra de aquel barrio, donde todo iba á decidirse; de ahí un exceso de ansiedad alrededor de aquel silencio, de donde iba á salir la catástrofe.

No se oía más que un solo ruido: ruido doloroso como el estertor de la muerte, amenazador como una maldición: el toque á rebato de San Merry.

Nada más glacial que el clamor de aquella campana perdida y desesperada lamentándose en las tinieblas.

Como sucede frecuentemente, la naturaleza parecía haberse puesto de acuerdo con lo que los hombres iban á hacer; nada se oponía á las armonías de aquel conjunto.

Las estrellas habían desaparecido; pesadas nubes cubrían el horizonte con sus melancólicos pliegues.

Un cielo negro cubría aquellas calles muertas, como si se desplegase un inmenso sudario sobre aquella tumba inmensa.

[Pg 360]

Mientras se preparaba una batalla política en aquel sitio que había presenciado ya tantos acontecimientos revolucionarios; mientras la juventud, las sociedades secretas, las escuelas en nombre de las teorías y la clase media en nombre de los intereses, se aproximaban para chocar, para luchar y derribarse; mientras cada uno se apresuraba y evocaba la hora última y decisiva de la crisis, á lo lejos, fuera de aquel barrio fatal, en lo más profundo de las cavidades insondables del viejo París, del París miserable que desaparece bajo el esplendor del París dichoso y opulento, se oía murmurar sordamente la sombría voz del pueblo.

Voz tremenda y sagrada compuesta del bramido de la fiera y de la palabra de Dios, que aterroriza á los débiles y advierte á los sabios, que viene siempre de abajo como el rugido del león, y de lo alto como la voz del trueno.

[Pg 361]

III
El último extremo

Mario había llegado á los Mercados.

Allí todo estaba más tranquilo, más obscuro é inmóvil aun que en las calles próximas.

Parecía que la paz glacial del sepulcro había salido de la tierra extendiéndose bajo el cielo.

Sin embargo, por encima de las casas que cerraban la calle de la Chanvrerie, [Pg 362] por el lado de San Eustaquio, se descubría una claridad rojiza.

Era el reflejo de la antorcha que ardía en la barricada de Corinto.

Mario se dirigió hacia aquel resplandor; siguiéndole, llegó al Marché aux Poirées, distinguió la tenebrosa embocadura de la calle de Predicadores, y entró en ella.

El centinela de los insurrectos que vigilaba al otro lado de la calle no le vió.

Conocía que estaba ya cerca de lo que andaba buscando, y andaba de puntillas.

Así llegó al recodo del trozo de la calle Mondetour, que era la única [Pg 363] comunicación conservada por Enjolrás con el exterior.

En la esquina de la última casa, á la izquierda, adelantó la cabeza y miró en aquel trozo de calle.

Un poco más allá de la esquina que formaba el callejón con la calle de la Chanvrerie, que producía una larga proyección sombría, donde él mismo se hallaba metido, divisó algún resplandor en los adoquines, que era la entrada del figón; una lamparilla agonizando en una especie de [Pg 364] muralla informe, y hombres acurrucados con fusiles entre las rodillas.

Todo eso estaba á diez toesas de él.

Era el interior de la barricada.

Las casas que flanqueaban la callejuela por la derecha le ocultaban el resto del figón, la gran barricada y la bandera.

Mario no tenía que dar sino un paso.

Entonces el desgraciado joven se sentó en un guarda cantón, cruzó los brazos, y se puso á pensar en su padre.

Pensó en aquel heroico coronel Pontmercy, que había sido tan valiente soldado, que había defendido en tiempos de la república las fronteras de Francia, y llegado con el emperador á las fronteras del Asia; que había visto á Génova, Alejandría, Milán, Turín, Madrid, Viena, Dresde, Berlín y Moscú; que había dejado, en todos aquellos campos [Pg 365] de gloria de Europa, gotas de la misma sangre que él sentía en sus venas; que había envejecido antes de tiempo en la disciplina y el mando; que había vivido con el cinturón abrochado, con las charreteras cayendo sobre el pecho, con la escarapela ennegrecida por la pólvora, con la frente arrugada por el casco, en las barracas, en el campamento, en el vivac, en los hospitales de campaña, y que después de veinte años, había vuelto de las grandes guerras con una cicatriz en la mejilla, con el semblante risueño, sencillo, tranquilo, admirable, puro como un niño, habiendo hecho todo lo posible en favor de Francia y nada contra ella.

Pensó que ya le había llegado su día, que había sonado su hora, y que después de su padre, él también iba á ser valiente, intrépido, atrevido; iba á correr el peligro de las balas, á ofrecer su pecho á las bayonetas, á derramar su sangre, á buscar al enemigo, á buscar la muerte; [Pg 366] que iba á hacer la guerra á su vez, á bajar al campo de batalla, y que este campo de batalla, á que descendía, era la calle, y que la guerra que iba á hacer, era la guerra civil.

Vió la guerra delante de sí como un precipicio en que iba á caer.

Estremecióse entonces.

Se acordó de aquella espada de su padre, vendida por su abuelo á un prendero, y que él había echado de menos con tan dolorosa pesadumbre.

Pensó que había hecho muy bien aquella valiente y casta espada huyendo de sus manos, perdiéndose irritada en las tinieblas; que si había huido de esta manera, era porque tenía inteligencia y preveía el porvenir; porque presentía el motín, la guerra de las calles, las descargas por los respiraderos de las cuevas, los golpes dados y recibidos por la espalda; porque viniendo de Marengo y de Friedland, no quería ir á la calle de la Chanvrerie; porque después de haber hecho lo que había hecho con su padre, no quería servir el hijo para aquello.

Pensó que si aquella espada estuviese allí, que si habiéndola recibido de la cabecera de su difunto padre se hubiera atrevido á empuñarla y á llevarla á aquel combate nocturno, entre franceses, en una encrucijada, de seguro le había de quemar las manos y fulguraría á su vista como la espada del ángel.

Pensó igualmente que era una felicidad no llevarla consigo, y que hubiera desaparecido, porque así era justo; que su abuelo había sido el verdadero guardián de la gloria de su padre, y que era mejor que la espada del coronel hubiera sido subastada en almoneda, vendida á un prendero, tirada entre hierro viejo, que empleada en herir á la patria.

Después se puso á llorar amargamente.

Esto era horrible.

Pero ¿qué hacer? Vivir sin Cosette era imposible; y puesto que se había ausentado, era preciso morir.

¿No le había dado su palabra de honor de que moriría?

Ella había partido sabiéndolo así; luego le agradaba que Mario muriera.

Además, era evidente que ella no le amaba, pues que se había ido de aquella manera, sin avisarle, sin decirle una palabra, sin escribirle una letra, no ignorando, como no ignoraba, su dirección.

¿Para qué, pues, vivir ya?

Y luego, ¡haber ido allí y retroceder! ¡Haberse acercado al peligro y huir! ¡Haber ido á ver la barricada y alejarse! Alejarse temblando y diciendo: «¡He hecho lo bastante: he visto, y es suficiente. Esto es la guerra civil, me voy!».

¡Abandonar á sus amigos que le esperaban, que quizá le necesitaban, que eran un puñado contra un ejército! ¡Faltar á todo á la vez, al amor, á la amistad, á su palabra! ¡Dar á su cobardía el pretexto del patriotismo!

¡Oh! Esto era imposible; y si el fantasma de su padre estuviese allí en la sombra y le viese retroceder, le cruzaría con la espada de plano, gritándole: «¡Adelante, cobarde!».

Dominado por el vaivén de estos pensamientos, bajó la cabeza.

De pronto la levantó. Acababa de verificarse en su espíritu una especie de rectificación espléndida.

Hay una dilatación del pensamiento propia de la aproximación de la tumba; el estar cerca de la muerte hace que se vea la verdad.

La visión de la lucha, en la cual se sentía próximo á entrar, se le presentaba, no ya horrible, sino soberbia.

La guerra de la calle se transfigura súbitamente por efecto de cierto trabajo interior del alma ante los ojos de su pensamiento.

Todos los tumultuosos interrogantes del desvarío se le aparecieron otra vez en conjunto, pero sin turbarle y sin que dejara de responder á ninguno.

Veamos:

¿Por qué se indignaría su padre? ¿Acaso no hay circunstancias en que la insurrección se eleva hasta la dignidad del deber? ¿Qué había, pues, de pequeño para el hijo del coronel Pontmercy en el combate que iba á empeñarse?

No era, en verdad, Montmirail, ni Champaubert; era otra cosa. No se trataba de un territorio sagrado, sino de una idea santa.

La patria se queja, en buen hora; pero la humanidad aplaude.

Pero ¿es verdad que la patria se queja?

Cierto que la Francia vierte sangre, pero la humanidad sonríe, y ante la sonrisa de la libertad, Francia olvida su herida.

Además, viendo las cosas desde punto más elevado, ¿quién vendría hablando de guerra civil?

¡La guerra civil! ¿Qué quiere decir esto? ¿Acaso hay guerras extranjeras? ¿Acaso toda guerra entre hombres deja de ser una guerra fratricida?

La guerra no se califica por su objeto.

No hay ni guerra extranjera, ni guerra civil, no hay más que guerra justa ó guerra injusta.

Hasta el día en que se concluya el gran concordato humano, la guerra, al menos la que representa el esfuerzo del porvenir que se apresura contra el pasado que se atrasa, puede ser necesaria. ¿Qué hay que censurar, pues, en esa guerra?

La guerra no es una vergüenza; la espada no se convierte en puñal sino cuando asesina al derecho, al progreso, á la razón, á la civilización, á la verdad. Entonces guerra civil ó guerra extranjera es inicua, y se llama crimen.

Fuera de esta cosa santa, la justicia, ¿con qué derecho una forma cualquiera de guerra puede condenar á otra?

¿Con qué derecho la espada de Washington renegará de la pica de Camilo Desmoulins?

Leónidas contra el extranjero, Timoleón contra el tirano, ¿cuál de estos dos es más grande? El uno es defensor, el otro libertador.

Si hemos de censurar, sin pensar en el fin, toda alarma en lo interior de las ciudades, debemos infamar á Bruto, á Marcelo, á Arnoldo, de Blankenheim, á Coligny.

¡Guerra de emboscadas! ¡Guerra en las calles! ¿Por qué no? Ésa era la guerra de Ambiorix, de Arteveldo, de Marnix, de Pelayo. Pero Ambiorix luchaba contra Roma, Arteveldo contra Francia, Marnix contra España, Pelayo contra los moros; todos contra el extranjero.

Pues bien; la monarquía es extranjera, la opresión es extranjera, el derecho divino es extranjero.

El despotismo viola la frontera moral, como la invasión viola la frontera geográfica.

Expulsar al tirano ó expulsar al inglés, es en ambos casos recuperar el propio territorio.

Llega una hora en que no basta protestar; después de la filosofía es menester la acción; la viva fuerza concluye lo que la idea bosqueja. Prometeo encadenado empieza, Aristogitón concluye; la Enciclopedia ilumina las almas, y el 10 de agosto las electriza.

Después de Esquilo, viene Trasibulo; después de Diderot, Dantón.

Las multitudes tienen cierta tendencia á admitir amo. Su masa supone apatía; una multitud se totaliza fácilmente en obediencia.

Es preciso remover, empujar, alentar bruscamente á los hombres con el beneficio mismo de su libertad, deslumbrar sus ojos con lo verdadero, arrojarles la luz á grandes puñados.

Es preciso que se vean algo deslumbrados por su propia salvación; este deslumbramiento les despierta.

De ahí procede la necesidad de los somatenes y de las guerras.

Es preciso que aparezcan grandes combatientes, que iluminen á las naciones con su audacia y sacudan á esta triste humanidad, á la que cubren de sombra el derecho divino, la gloria de los Césares, la fuerza, el fanatismo, el poder irresponsable y las majestades absolutas, cohorte estúpidamente ocupada en contemplar en su esplendor crepuscular, los triunfos sombríos de la noche.

¡Abajo el tirano!

¡Pero qué! ¿De quién habíais? ¿Llamáis tirano á Luis Felipe? No; ni tampoco á Luis XVI.

Ambos son lo que la historia suele llamar buenos reyes: pero los principios no se dividen; la lógica de lo verdadero es rectilínea; la verdad no tiene complacencias. No debe haber, pues, concesión; toda compasión hacia el hombre debe reprimirse.

Hay derecho divino en Luis XVI; lo hay por lo de Borbón en Luis Felipe; ambos representan, dentro cierto espacio, la confiscación del derecho; y para derribar la usurpación universal, es preciso, es indispensable combatirlos, y Francia, como siempre, es la que empieza. Cuando el amo cae en Francia, cae en todas partes.

En suma, restablecer la verdad social, volver su trono á la libertad, volver el pueblo al pueblo, volver al hombre la soberanía, volver á colocar la púrpura en la cabeza de la Francia, restaurar en su plenitud la razón y la equidad, suprimir todo germen de antagonismo restituyendo á cada cual lo propio, aniquilar el obstáculo que la regia corona presenta á la inmensa concordia universal; poner al género humano al nivel del derecho, ¿puede haber causa más justa, y por consiguiente guerra más grande? Tales guerras consolidan la paz.

Una enorme fortaleza de preocupaciones, de privilegios, de supersticiones, de mentiras, de exacciones, de abusos, de violencias, de iniquidades, de tinieblas, permanece todavía de pie sobre el mundo con sus torres de odio.

Hay que echarla abajo. Hay que derrumbar esa masa monstruosa.

Vencer en Austerlitz es grande; pero tomar la Bastilla es inmenso.

No hay nadie que no haya advertido en sí mismo, que el alma (y ésa es la maravilla de su unidad llena de ubicuidad) tiene la rara aptitud de reflexionar casi fríamente en los extremos más violentos, y sucede, á veces, que la pasión desolada y la profunda desesperación, aun en la agonía de sus más sombríos monólogos, tratan de ciertos asuntos y aun discuten tesis.

La lógica se mezcla con la convulsión, y el hilo del silogismo flota, sin romperse, en la lúgubre tempestad del pensamiento.

Éste era el estado de ánimo de Mario.

Al mismo tiempo que así pensaba, decaído, pero resuelto, vacilando no obstante y, en fin, temblando ante lo que iba á hacer, su mirada vagaba por lo interior de la barricada.

Los insurrectos estaban hablando á media voz, sin moverse; se sentía ese, casi silencio, que distingue la última fase de la espera.

Sobre de ellos, en una ventana de un tercer piso, Mario distinguía una especie de espectador ó testigo, que le parecía singularmente atento. Era el portero muerto por Cabuc.

Desde abajo, á la reverberación de la antorcha clavada en el suelo, se descubría vagamente aquella cabeza.

Nada más singular, entre aquella claridad sombría é incierta, que aquella faz lívida, inmóvil, atónita, con los cabellos erizados, los ojos abiertos y fijos, la boca entreabierta é inclinada hacia la calle en actitud de curiosidad.

Hubiérase dicho que aquel muerto contemplaba á los que iban á morir.

Un prolongado reguero de sangre, salida de aquella cabeza, venía recorriendo en hilos rojizos desde la ventana á la altura del primer piso, donde se había detenido.

LIBRO DECIMOCUARTO
GRANDEZAS DE LA DESESPERACIÓN

[Pg 367]

I
La bandera: primer acto

Nadie venía aún; las diez habían dado en San Merry.

Enjolrás y Combeferre habían ido á sentarse, empuñando la carabina, junto á la cortadura de la gran barricada; no hablaban, escuchaban tratando de oir hasta el ruido de los pasos más sordos y lejanos.

De repente, en medio de aquella calma lúgubre, se oyó una voz clara, joven, alegre, que parecía venir de la calle de San Dionisio, y que empezó á cantar, con la cadencia de la antigua cantinela popular. Á la luz de la luna, esta poesía que terminaba con un grito parecido al canto del gallo:

Mi nariz de lágrimas,
Amigo Bugead;
Préstame gendarmes
Para hablarles yo.
Capote azulado,
Gallina al chacó.
¡Ahí tienes el colmo!
¡Co—coricó!

Ellos se apretaron la mano.

—Es Gavroche,—dijo Enjolrás.

—Nos avisa,—dijo Combeferre.

Una carrera precipitada turbó el silencio de la calle desierta; Gavroche saltó con más agilidad que un clown por encima del ómnibus, y cayó en medio de la barricada, sofocado y gritando:

—¡Mi fusil! ¡Ahí están!

Un estremecimiento eléctrico recorrió toda la barricada, y se oyó el movimiento de las manos buscando los fusiles.

—¿Quieres mi carabina?—dijo Enjolrás al pilluelo.

—Quiero el fusil grande,—respondió Gavroche.

Y tomó el fusil de Javert.

Casi al mismo tiempo que entró Gavroche se habían retirado dos centinelas, el de la esquina de la calle y el vigía de la Petite-Truanderie; el de la esquina de la calle de Predicadores había permanecido en su puesto, lo que indicaba que por el lado de los puentes y del Mercado no venía nadie.

La calle de la Chanvrerie, en que apenas se distinguían algunos adoquines al reflejo de la luz que se proyectaba sobre la bandera, ofrecía á los insurrectos el aspecto de un gran pórtico vagamente abierto en una humareda.

Cada cual se había colocado en su puesto de combate.

Cuarenta y tres insurrectos, entre los cuales se contaban Enjolrás, Combeferre, Courfeyrac, Bossuet, Joly, Bahorel y Gavroche, se habían arrodillado en la gran barricada, con las cabezas á flor de la línea del parapeto, los cañones de los fusiles y de las carabinas enfilados por entre los adoquines como por troneras, atentos, mudos, y dispuestos á hacer fuego.

Otros seis, mandados por Feuilly, se habían instalado, con el fusil á la cara, en las ventanas de los dos pisos de Corinto.

Pasáronse así algunos instantes; después se oyó claramente por el lado de San Leu un ruido de pasos regular, lento, numeroso.

Aquel ruido, débil al principio, más fuerte luego, luego más sordo y sonoro, se aproximaba pesadamente sin hacer un alto, sin interrupción, con una continuidad tranquila y horrorosa.

No se oía más que eso.

Era al mismo tiempo el silencio y el ruido de la estatua del Comendador; pero aquellas pisadas de piedra tenían algo de enorme y de múltiple, que despertaba la idea de una muchedumbre al mismo tiempo que la idea de un espectro.

Parecía oirse los pasos de la terrible estatua Legión.

Los pasos se aproximaron, se aproximaron más, y se detuvieron.

Al extremo de la calle se oía como el aliento de muchos hombres.

No se veía nada, sin embargo; se distinguía únicamente en el fondo, entre aquella espesa obscuridad, una multitud de hilos metálicos, finos como agujas, y casi imperceptibles, que se agitaban, semejantes á esas indescriptibles redes fosfóricas que se perciben en el momento de dormirse, bajo los párpados cerrados, en las primeras tinieblas del sueño. Eran las bayonetas y los cañones de los fusiles, confusamente iluminados por la reverberación lejana de la antorcha.

Hubo todavía una pausa, como si se esperase algo por ambos lados.

De repente, desde el fondo de aquella sombra, una voz tanto más siniestra cuanto que no se veía á nadie, y parecía hablar con la misma obscuridad, gritó:

—¿Quién vive?

Al mismo tiempo oyóse el choque de los fusiles que caían sobre las manos.

Enjolrás respondió con acento vibrante y altanero.

—¡Revolución francesa!

—¡Fuego!—dijo la voz.

Un relámpago iluminó todas las fachadas de la calle como si la puerta de un horno se hubiese abierto y cerrado rápidamente.

Una terrible detonación estalló sobre la barricada.

Cayó al suelo la bandera roja.

La descarga había sido tan violenta y tan compacta que cortó el asta, es decir, la punta de la lanza del ómnibus.

Las balas que habían rebotado en las fachadas de las casas penetraron en la barricada, é hirieron á muchos hombres.

La impresión de esta primera descarga fué glacial. El ataque era violento y de tal naturaleza, que pareció grave á los más atrevidos. Era evidente que tenían que habérselas con un regimiento entero.

[Pg 368]

—Compañeros,—gritó Courfeyrac,—no gastemos pólvora en balde. Esperemos á que entren en la calle para contestarles.

—En primer lugar,—dijo Enjolrás,—icemos de nuevo la bandera.

Y la levantó de nuevo, pues había caído precisamente á sus pies.

Oíase por fuera el chocar de las baquetas en los fusiles; la tropa cargaba las armas otra vez.

Enjolrás añadió:

—¿Quién tiene corazón aquí? ¿Quién se atreve á clavar la bandera sobre la barricada? Ninguno respondió.

Subir á la barricada en el momento en que estaban apuntando de nuevo, era morir, y el más valiente duda en condenarse á muerte. Enjolrás mismo sintiendo cierto temblor, repitió:

—¿No hay quién se atreva?

[Pg 369]

II
La bandera: acto segundo

Desde que los insurrectos habían llegado á Corinto y comenzado á levantar las barricadas, nadie se había acordado del señor Mabeuf quien, sin embargo, no se había separado del grupo.

Había entrado en el piso debajo de la taberna, y se había sentado detrás del mostrador.

Allí se había anonadado en sí mismo, por decirlo así; parecía que no veía ni pensaba.

Courfeyrac y otros se le habían acercado advirtiéndole del peligro, y aconsejándole que se retirara, sin que pareciera haberlos oído.

Cuando no le hablaban, se movían sus labios como si contestase á alguien, pero en cuanto se le hablaba, permanecían inmóviles sus ojos, y se apagaban.

Algunas horas antes de que fuese atacada la barricada había tomado una postura que no había abandonado; con ambas manos apoyadas sobre las rodillas y la cabeza inclinada hacia adelante, parecía contemplar un abismo.

Nada había podido sacarle de aquella actitud; no parecía que su pensamiento estuviese en la barricada.

Cuando ocupó cada uno su puesto de combate, no quedaron en la sala baja más que Javert atado al poste, un insurrecto con el sable desnudo custodiándole, y el señor Mabeuf.

En el momento de ataque, de la detonación, le conmovió una sacudida física, y como si despertase se levantó bruscamente, atravesó la sala y apareció en la puerta del figón en el instante en que Enjolrás repetía por segunda vez su pregunta:

—¿No hay quién se atreva?

La presencia del anciano causó una especie de conmoción en todos los grupos; y se oyeron estos gritos:

—¡Es el volante! ¡El convencional! ¡El representante del pueblo!

Es probable que él no lo oyera.

Dirigióse hacia Enjolrás mientras los insurrectos se apartaban á su paso con religioso temor; cogió la bandera de manos de Enjolrás que retrocedió petrificado, y sin que nadie se atreviese á detenerle ni á auxiliarle, aquel anciano de ochenta años, con la cabeza temblorosa y el pie firme, empezó á subir lentamente la gradería interior de adoquines que formaba la barricada.

Era aquello tan sombrío y grande, que todos gritaron á su alrededor: «¡Abajo los sombreros!».

Á cada escalón que subía, sus cabellos blancos, sus faz decrépita, su espaciosa frente calva y arrugada, sus ojos hundidos, su boca asombrada y abierta, sustentando la bandera roja en su diestra, saliendo de súbito de la sombra, agrandándose á la claridad sangrienta de la antorcha, parecía como que fuese surgiendo de la tierra el espectro del 93 con la bandera del terror en la mano.

Cuando estuvo en lo alto del último escalón, cuando aquel fantasma tembloroso y terrible, de pie, sobre aquel montón de escombros, en presencia de mil doscientos fusiles invisibles, se levantó enfrente de la muerte, como si fuese más fuerte que ella, toda la barricada tomó en las tinieblas, cierto aspecto sobrenatural y grandioso.

Hízose aquel silencio que se produce únicamente en derredor de los prodigios.

En medio del silencio semejante, el anciano agitó la bandera roja y gritó:

—¡Viva la revolución! ¡Viva la república! ¡Fraternidad! ¡Igualdad! ¡Y muerte!

Oyóse desde la barricada un cuchicheo bajo y breve, semejante al de un cura apresurado que murmura una oración.

Era probablemente el comisario de policía que hacía las intimaciones legales desde la otra parte de la calle.

Después, la misma voz vibrante que había dicho ¿quién vive? gritó:

—¡Retiraos!

El Señor Mabeuf, pálido, con los ojos extraviados, y las pupilas iluminadas con lúgubres fulgores, levantó la bandera sobre su cabeza, y repitió:

—¡Viva la república!

—¡Fuego!—dijo la voz.

Una segunda descarga parecida á un metrallazo fué á dar contra la barricada.

El anciano se dobló sobre sus rodillas, luego se levantó, escapósele la bandera de las manos, y cayó hacia atrás inerte sobre el suelo, á todo lo largo, con los brazos en cruz.

La sangre corrió á chorros de todo su cuerpo. Su arrugado rostro, pálido y triste, parecía mirar al cielo.

Una de esas emociones superiores al hombre, que le hacen olvidarse aún de su propia defensa, sobrecogió á los insurrectos, y se acercaron al cadáver con horrible espanto.

—¡Qué grandes hombres estos regicidas!—dijo Enjolrás.

Courfeyrac se inclinó al oído de Enjolrás.

—Esto únicamente para ti, sin querer disminuir tu entusiasmo; pero este hombre no ha sido nunca regicida. Le conocía; se llamaba Mabeuf, y no sé qué tendría hoy, pero es un pobre infeliz; mira su cabeza.

—Cabeza de topo y corazón de Bruto,—respondió Enjolrás.

Después levantando la voz, exclamó:

—Ciudadanos, éste es el ejemplo que los viejos dan á los jóvenes. Vacilábamos, y él se ha presentado; retrocedíamos; y él ha avanzado. ¡He [Pg 370] aquí cómo los que tiemblan de viejos enseñan á los que tiemblan de miedo! Este anciano es augusto á los ojos de la patria, ha tenido una larga vida y una gran muerte. Retiremos ahora el cadáver, y que cada uno de nosotros defienda á este anciano muerto como defendería á su padre vivo; ¡que su presencia haga inaccesible nuestra barricada!

Un murmullo de enérgica y sombría adhesión sucedió á estas palabras.

Encorvose Enjolrás, levantó la cabeza del anciano besándola con solemnidad en la frente; después, separándole los brazos y manejándole con tierna solicitud, como si temiera hacerle daño, le quitó la levita, enseñó sus ensangrentados agujeros, y dijo:

—He aquí ahora nuestra bandera.

[Pg 371]

III
Más le hubiera valido á Gavroche tomar la carabina de Enjolrás

Cubriose el cuerpo del señor Mabeuf con un viejo pañuelo negro de la viuda Hucheloup; seis hombres hicieron con sus fusiles una camilla de campaña, colocaron en ella el cadáver, y la llevaron, descubierta la cabeza, con solemne lentitud, á la mesa grande de la sala baja.

Aquellos hombres comprometidos en la sagrada y grave empresa que estaban realizando, no se acordaban de su peligrosa situación.

Cuando el cadáver pasó junto á Javert, que continuaba impasible, Enjolrás dijo al espía:

—¡Y tú enseguida!

Entre tanto, Gavrochillo, único que no había abandonado su puesto, quedándose en observación, creyó ver algunos hombres que se acercaban como lobos á la barricada. De repente exclamó:

—¡Desconfiad!

Courfeyrac, Enjolrás, Juan Prouvaire, Combeferre, Joly, Bahorel y Bossuet, todos salieron en tumulto de la taberna.

Era ya casi tarde.

Veíase un gran espesor de bayonetas serpenteando sobre la barricada.

Guardias municipales, de buena talla, penetraban, unos saltando el ómnibus, otros por la cortadura, empujando al pilluelo, que retrocedía, pero sin huir.

El momento era crítico. Era el primer minuto terrible de la inundación cuando el río se eleva al nivel de sus barreras, y el agua empieza á filtrarse por las hendiduras de los diques.

Un momento más, y la barricada estaba perdida sin remedio.

Bahorel se lanzó sobre el primer guardia, y le mató de un tiro con su carabina, á quema-ropa; el segundo mató á Bahorel de un bayonetazo.

Otro había derribado á Courfeyrac, que gritaba: ¡Á mí!

El más alto de todos, una especie de coloso, se dirigía contra Gavroche con la bayoneta calada.

El pilluelo cogió con sus pequeñas manos el enorme fusil de Javert, apuntó resueltamente al gigante, y dejó caer el gatillo; pero el tiro no salió.

El guardia soltó una carcajada y levantó la bayoneta sobre el muchacho.

Pero antes que hubiera podido tocarle, el fusil se escapó de manos del soldado, cayendo éste de espaldas herido de un balazo en la frente.

Una segunda bala daba en mitad del pecho del otro guardia que había acometido á Courfeyrac.

Era Mario que acababa de aparecer en la barricada.

[Pg 372]

IV
El barril de pólvora

Mario, siempre escondido en el recodo de la calle Mondetour, había asistido á la primera fase del combate, irresoluto y tembloroso.

Sin embargo, no había podido resistir mucho tiempo á tan misterioso y soberano vértigo, que podríamos llamar la atracción del abismo.

Ante la inminencia del peligro, ante la muerte del señor Mabeuf, fúnebre enigma para él, ante Bahorel muerto, ante Courfeyrac gritando: ¡Á mí! ante aquel muchacho amenazado, ante sus amigos, á quienes debía [Pg 373] socorrer ó vengar, se desvaneció toda vacilación, y se lanzó á la pelea con sus dos pistolas en la mano.

Del primer tiro había salvado á Gavroche, y del segundo á Courfeyrac.

Á los tiros y á los gritos de los guardias heridos, la columna había subido al parapeto, en cuya cumbre se veía sobresalir hasta medio cuerpo y en tumulto á guardias municipales, soldados de línea y guardias nacionales de las cercanías, empuñando el fusil.

Cubrían ya más de dos tercios de la barricada, pero no saltaban dentro, como si dudasen, temiendo caer en algún lazo.

Miraban á la obscura barricada, como si mirasen á una cueva de leones; la luz de la antorcha no iluminaba más que las bayonetas, las gorras de pelo, y lo alto de los rostros inquietos é irritados.

Mario no tenía ya armas, había tirado sus pistolas descargadas; pero había visto el barril de pólvora en la sala baja junto á la puerta.

Al volverse de lado mirando hacia aquel sitio, le apuntó un soldado; pero en el mismo punto una mano agarró el cañón del fusil, tapándole la boca. Quien así se había cogido al fusil era el obrero jovencillo del [Pg 374] pantalón de pana.

Salió el tiro, le atravesó la mano, y quién sabe si el cuerpo también, porque cayó al suelo, sin que la bala tocase á Mario.

Todo esto pasó en medio del humo, y fué más bien vislumbrado que visto.

Mario, que entraba al propio tiempo en la sala baja, apenas lo notó.

Sin embargo, había visto confusamente aquel fusil que le apuntaba, y aquella mano que le tapara, y había oído el tiro; pero en tales momentos, todo lo que se ve resulta vacilante y precipitado, y nada le detiene á uno; todo es sombra, y nos sentimos impulsados hacia otra sombra mayor.

Los insurrectos sorprendidos, pero no asustados, se habían reorganizado.

Enjolrás había gritado: «¡Esperarse! ¡No tirar al acaso!». En efecto, en la confusión del primer momento podían herirse unos á otros.

La mayor parte habían subido á la ventana del primer piso y á las buhardillas, desde donde dominaban á la tropa.

Los más arriesgados, con Enjolrás, Courfeyrac, Juan Provaire y Combeferre, se apoyaban valerosamente en las casas del fondo, á descubierto, dando la cara á las filas de soldados y de guardias que coronaban la barricada.

Todo esto se hizo sin precipitación, con esa gravedad extraña y amenazadora que precede al combate.

Por ambas partes se apuntaban á quema-ropa; estaban tan cerca, que podían hablarse al alcance de la voz.

Cuando llegó el momento en que va á saltar la chispa, un oficial con gola y grandes charreteras, extendió la espada, y dijo:

—¡Abajo las armas!

—¡Fuego!—gritó Enjolrás.

Las dos detonaciones partieron á un mismo tiempo, y todo desapareció entre una nube de humo.

Humo acre y sofocante, entre el cual se arrastraban dando gemidos débiles y sordos, los heridos y los moribundos.

Cuando se disipó el humo, se vió por ambos lados á los combatientes, disminuidos, pero en su mismo sitio, cargando las armas en silencio.

De repente oyóse una voz tunante que gritaba:

—¡Retirarse, ó hago volar la barricada!

Todos se volvieron hacia el punto de donde partía aquella voz.

Mario había entrado en la sala baja, y había cogido el barril de pólvora; después se había aprovechado del humo y de la especie de obscura niebla que llenaba el espacio cerrado para deslizarse á lo largo de la barricada hasta el nicho de adoquines donde estaba la luz.

Coger ésta, poner en su lugar el barril de pólvora, empujar la pila de adoquines sobre el barril, cuya tapa se había abierto inmediatamente con una especie de obediencia terrible, todo esto lo había hecho Mario en el tiempo meramente indispensable de bajarse y levantarse.

En aquel momento, todos, guardias nacionales, municipales, oficiales y soldados, apiñados en el extremo de la calle, le miraban con estupor, con el pie sobre los adoquines, la antorcha en la mano, su altivo rostro iluminado por aquella resolución fatal, inclinando la llama del hachón hacia aquel promontorio terrible donde se veía el barril de pólvora roto y se le oía á él este grito aterrador:

—¡Retirarse, ó hago volar la barricada!

Mario en aquella barricada, después del octogenario, era la representación de la juventud revolucionaria después de la aparición de la revolución vieja.

—¡Volar la barricada!—exclamó un sargento.—¡Tú volarás también!

Mario respondió:

—¡Y yo también!

Y acercó la mecha al barril de pólvora.

Pero ya no había nadie en el parapeto.

Los agresores, dejando sus heridos y sus muertos, se retiraban atropelladamente hacia el extremo de la calle, perdiéndose de nuevo en la obscuridad.

Fué aquello un «sálvese el que pueda».

La barricada quedó libre.

[Pg 375]

V
Fin de los versos de Juan Provaire

Todos rodearon á Mario, Courfeyrac se abalanzó á su cuello.

—¿Tú aquí?

—¡Qué fortuna!—dijo Combeferre.

—¡Has llegado á tiempo!—prorrumpió Bossuet.

—¡Si no es por ti, muerto estaba!—repuso Courfeyrac.

—¡Sin vos, me zampan!—añadió Gavroche.

Mario preguntó:

—¿Quién es el jefe?

—Tú,—le contestó Enjolrás.

Mario había tenido todo el día un volcán en el cerebro; entonces sentía un torbellino, que le producía el efecto de estar en él y sacarle fuera de él, arrebatándole. Parecíale que estaba ya á una distancia inmensa de la vida.

Aquellos dos meses luminosos de amor y de alegría yendo á parar bruscamente en aquel horrible precipicio, Cosette perdida para él, la barricada, Mabeuf haciéndose matar por la república, él convertido en jefe de los insurrectos, todas estas cosas le parecían una monstruosa pesadilla.

Tenía que hacer un esfuerzo de voluntad para convencerse de la realidad de cuanto le rodeaba.

Mario había vivido harto poco todavía para saber que nada hay tan inminente como lo imposible, y que lo que hay que prever siempre es lo imprevisto.

Asistía á su propio drama como á una escena que no se explica.

Entre aquella bruma en que estaba sumergido su pensamiento, no conoció á Javert que, atado al poste, no había hecho ni un movimiento de cabeza durante el ataque de la barricada, y que veía agitarse la rebelión en su derredor con la resignación de un mártir y la majestad de un juez. Mario ni siquiera le vió.

Entre tanto los agresores no avanzaban; se les oía andar y hormiguear al extremo de la calle, pero no se aventuraban, fuese que estuviesen esperando órdenes, ó que quisiesen recibir refuerzos antes de atacar aquel reducto inaccesible.

Los insurrectos habían puesto centinelas; algunos, que eran estudiantes de medicina, curaban los heridos.

Habíanse sacado todas las mesas fuera del bodegón, excepto dos, destinadas á las hilas y á los cartuchos, y otra, en que estaba tendido el señor Mabeuf; las habían agregado á la barricada, reemplazándolas en la sala baja con los colchones de la cama de la tía Hucheloup y de las criadas; en estos colchones se habían colocado los heridos.

En cuanto á las tres pobres mujeres que vivían en Corinto, no se sabía qué había sido de ellas; por último se las encontró escondidas en la bodega como aletargadas.

Una emoción dolorosa vino á entristecer la alegría del recobrado parapeto.

Pasóse lista, y faltaba uno de los insurrectos; uno de los más queridos, uno de los más valientes: Juan Provaire.

Le buscaron entre los heridos, no estaba; entre los muertos, no estaba; sin duda había caído prisionero.

Combeferre dijo á Enjolrás:

—Nos han cogido al amigo; pero su agente es nuestro. ¿Tienes empeño en la muerte de ese soplón?

—Sí,—respondió Enjolrás,—pero menos que por la vida de Juan Provaire.

Esto pasaba en la sala baja cerca del poste al cual estaba atado Javert.

—Pues bien,—dijo Combeferre,—voy á atar mi pañuelo á mi bastón, á presentarme como parlamentario, y á ofrecerles el canje de su hombre por el nuestro.

—Atiende,—dijo Enjolrás,—poniendo su mano sobre el brazo de Combeferre.

Oíase al extremo de la calle un crujido de armas significativo.

Después se oyó una voz vigorosa que gritó:

¡Viva la Francia! ¡Viva el porvenir!

Conocieron la voz de Juan Provaire.

Pasó un relámpago y sonó una detonación.

Volvió á suceder el silencio.

—¡Le han matado!—exclamó Combeferre.

Enjolrás miró á Javert, y le dijo:

—¡Los tuyos acaban de fusilarte!

[Pg 376]

VI
La agonía de la muerte después de la agonía de la vida

Una particularidad de este género de guerra es que el ataque de las barricadas se verifica casi siempre de frente, y por lo general los asaltantes se abstienen de buscar las revueltas á las posiciones, ya porque teman las emboscadas, ya porque teman meterse en calles tortuosas.

Toda la atención de los insurrectos se dirigía, pues, á la gran barricada, [Pg 377] que era evidentemente el punto más amenazado, y donde debía empezar infaliblemente la lucha.

Mario, sin embargo, pensó en la barricada pequeña, y fué á ella; la encontró desierta, guardada sólo por la lamparilla temblando entre las piedras.

La calle Mondetour y las encrucijadas de la Petite Truanderie y del Cisne estaban profundamente tranquilas.

Cuando Mario se retiraba, después de hacer su visita de inspección, oyó que le llamaban débilmente:

—¡Señor Mario!

Estremecióse, porqué reconoció la misma voz que le había llamado [Pg 378] dos horas antes por la verja de la calle Plumet.

Solamente que aquella voz parecía entonces sólo un soplo.

Miró en derredor suyo y no vió á nadie.

Mario creyó que se había engañado, que aquella voz podía ser una ilusión añadida por su espíritu á las realidades extraordinarias que pasaban ante sus ojos, y dió un paso para salir del profundo recodo en que estaba la barricada.

—¡Señor Mario!—repitió la voz.

Esta vez no podía dudar; la había oído claramente; miró y nada vió.

—Aquí; á vuestros pies,—dijo la voz.

Entonces se inclinó y vió en la sombra un bulto que se arrastraba hacia él; era el que hablaba.

La lamparilla le permitió distinguir una blusa, un pantalón de pana roto, unos pies descalzos, y algo parecido á un mar de sangre. Mario entrevió [Pg 379] un rostro pálido que procuraba alzarse hacia él, y que le dijo:

—¿Me conocéis?

—No.

—Eponina.

Mario se bajó rápidamente. Era, en efecto, aquella infeliz muchacha vestida de hombre.

—¿Cómo estáis aquí? ¿qué hacéis?

—¡Me muero!—dijo ella.

Hay palabras é incidentes que vigorizan al hombre decaído. Mario exclamó sobresaltado:

—¡Estáis herida! Esperad, voy á llevaros á la sala. Allí os curarán. ¿Es cosa grave? ¿Cómo he de cogeros para no haceros daño? ¿Sufrís mucho? ¡Socorro! ¡Socorro! Pero, Dios mío, ¿qué habéis venido á hacer aquí?

Y trató de pasar el brazo por debajo de Eponina para levantarla.

Al levantarla encontró su mano.

Ella dió un grito débil.

—¿Os he hecho daño?—preguntó Mario.

—Un poco.

—Pero no he hecho más que tocaros la mano.

Eponina acercó la mano á los ojos de Mario, y éste vió en medio de ella un agujero negro.

—¿Qué tienes en esta mano?—la preguntó.

—Está atravesada.

—¿Atravesada?

—Sí.

—¿De qué?

—De una bala.

—¿Cómo?

—¿No habéis visto un fusil que os estaba apuntando?

—Sí, y una mano que le tapó.

—Era la mía.

Mario se estremeció.

—¡Qué locura! ¡Pobre niña! Pero, en fin, más vale que sea así, pues eso no será nada; voy á llevaros á una cama, y os la vendarán; no se muere nadie por tener una mano atravesada.

Ella murmuró:

—La bala atravesó la mano; pero salió por la espalda. Es inútil moverme de aquí. Os diré cómo podéis curarme mejor que un cirujano. Sentaos á mi lado en esta piedra.

Mario obedeció; ella puso la cabeza sobre sus rodillas, y dijo sin mirarle:

—¡Oh, qué placer! ¡Qué bien estoy! ¡Así! ¡Ya no padezco!

Permaneció un instante en silencio; después volvió el rostro haciendo un esfuerzo, y miró á Mario:

—¿Sabéis, señor Mario, que me disgustaba que entraseis en aquel jardín? era una tontería, pues precisamente era yo quien os había enseñado la casa, y luego, al fin, bien había de conocer que un joven como vos...

Aquí se detuvo; y saltando por las sombrías transiciones que estaban sin duda en su alma, añadió con sonrisa angustiosa:

—Yo debía pareceros fea, ¿verdad?

Y continuó:

—¡Ya veis, estáis perdido! Ahora nadie va á salir de la barricada. Yo soy quien os ha traído aquí, y vais á morir. ¡Ah! Así lo creo. Y sin embargo cuando vi que os apuntaban puse mi mano en la boca del fusil. ¡Cosa rara! Pero es que quería yo morir antes que vos. Cuando recibí el balazo, me arrastré hasta aquí; no me han visto, y no me han recogido. Yo os esperaba á vos, y me decía: ¿Y no vendrá?

«¡Oh! ¡Si supierais! Me mordía la blusa; ¡sufría tanto! Pero ahora estoy bien.

«¿Recordáis aquel día que entré en vuestro cuarto y me miré en vuestro espejo, y el día que volví á encontraros en el boulevard dónde estaban trabajando unas mujeres? ¡Cómo cantaban los pájaros! No hace mucho tiempo. Me disteis cien sueldos y os contesté: No quiero vuestro dinero. ¿Recogisteis la moneda? Vos no sois rico, y no me acordé de deciros que la cogieseis. Hacía un sol hermoso; no se sentía frío. ¿Os acordáis, señor Mario? ¡Oh! ¡Qué feliz soy! ¡Todo el mundo va á morir!

Eponina tenía un aspecto insensato, grave, extraviado. Por entre la blusa desgarrada se veía su garganta desnuda. Al mismo tiempo que hablaba, apoyaba la mano herida sobre el pecho, donde tenía otro agujero, del cual salían á intervalos borbotones de sangre como el chorro de vino de un tonel destapado.

Mario contemplaba aquella infortunada criatura con profundo dolor.

—¡Oh!—repuso ella de súbito.—¡Me repite otra vez! ¡Me ahogo!

Cogió la blusa y la mordió; sus piernas se estiraban sobre el pavimento.

En aquel instante la voz de pollo del pequeño Gavroche resonó en la barricada. El muchacho se había subido sobre una mesa para cargar el fusil, y cantaba alegremente esta canción, tan popular en aquella época:

En viendo á Lafayette
Los gendarmes decían:
¡Salvémonos! ¡salvémonos! ¡salvémonos!

Eponina se incorporó, y escuchó; después dijo en voz baja:

—¡Es él!

Y volviéndose hacia Mario:

—Ahí está mi hermano. No hay necesidad de que me vea; me regañaría.

—¿Vuestro hermano?—preguntó Mario, que estaba pensando allá dentro de su dolorido y amargo corazón en los deberes que su padre le había legado con respecto á los Thénardier.—¿Quién es vuestro hermano?

—Este chiquillo.

—¿El que canta?

—Sí.

Mario hizo un movimiento.

—¡Oh! ¡No os vayáis!—dijo ella.—¡Ahora ya no será esto muy largo!

Estaba casi sentada; pero su voz era débil, interrumpida ya por el estertor.

Acercaba cuanto podía su rostro al rostro de Mario, y añadió con cierta extraña expresión:

—Escuchad, no quiero en verdad haceros una broma; tengo en el bolsillo una carta para vos desde ayer. Me habían encargado que la echara al correo, y me la he guardado, no queriendo que la recibierais. Pero tal vez me guardaríais rencor cuando dentro de poco nos volvamos á ver. Los que se mueren vuelven á verse ¿verdad? Tomad vuestra carta.

Cogió convulsivamente la mano de Mario con la suya herida, aunque parecía no sentir dolor, y llevóla al bolsillo de la blusa.

Mario tocó realmente un papel.

—Tomadla,—dijo ella.

Mario sacó la carta.

Entonces Eponina hizo un movimiento de satisfacción y alegría.

—Ahora, por mi trabajo, prometedme...

Y se detuvo.

—¿Qué?—preguntó Mario.

—¡Prometédmelo!

—Os lo prometo.

—Prometedme darme un beso en la frente cuando haya muerto. Yo lo sentiré.

Dejó caer su cabeza sobre las rodillas de Mario, y sus párpados se cerraron.

Él creyó que aquella pobre alma había ya partido.

Eponina continuaba inmóvil; pero de repente, en el momento en que Mario la creía dormida para siempre, abrió lentamente los ojos, apareciendo en ellos la sombría profundidad de la muerte, y le dijo con un acento, cuya dulzura parecía venir ya de otro mundo.

—Mirad, señor Mario, creo que estaba un poco enamorada de vos.

Trató todavía de sonreír, y espiró.

[Pg 380]

VII
Gavroche, profundo calculador de distancias

Mario cumplió su promesa, dando un beso en aquella frente lívida, en la que perleaba un sudor glacial.

Aquel beso no era una infidelidad á Cosette; era un adiós reflexivo y dulce á un alma desgraciada.

Mario no había podido tocar sin estremecerse la carta que Eponina le había dado; comprendió desde luego que encerraba algo grave, y estaba impaciente por leerla.

Así es el corazón del hombre; no había apenas cerrado los ojos la [Pg 381] desventurada muchacha, cuando Mario no pensaba ya sino en desdoblar aquel papel. Separó suavemente á Eponina, dejándola en el suelo, y se fué.

Algo interior le decía que no podía leer la carta delante de aquel cadáver.

Acercóse á una vela de la sala baja.

Era un billetito doblado y cerrado con ese distinguido esmero de las mujeres. Las señas de letra de mujer eran éstas:

«Al señor Mario Pontmercy, en casa Courfeyrac, calle de la Verrerie, número 16».

Abrió el sobre, y leyó:

«Mi amado bien: ¡ay! mi padre quiere que partamos inmediatamente. Estaremos esta noche en la calle del Hombre Armado, número 7, y dentro de ocho días en Inglaterra.—Cosette—4 de junio».

Tal era la inocencia de estos amores, que Mario no conocía aún la letra de Cosette.

Lo que había pasado puede decirse en breves palabras.

Eponina lo había hecho todo.

Desde la noche del 3 de junio tuvo dos proyectos: hacer fracasar el golpe que intentaban dar su padre y los bandidos en la casa de la calle Plumet, y separar á Mario de Cosette.

Había cambiado de harapos con el primer granuja que encontró, á quien le pareció muy divertido vestirse de mujer mientras Eponina se [Pg 382] vestía de hombre.

Ella era quien había dado á Juan Valjean, en el Campo de Marte, el aviso expresivo de: Mudaos.

Juan Valjean había vuelto á su casa, y dicho á Cosette:

Nos vamos esta noche á la calle del Hombre Armado con Santos, y la semana que viene estaremos en Londres.

Cosette, aterrada con este golpe imprevisto, había escrito apresuradamente dos líneas á Mario.

Pero ¿cómo hacer para echar la carta al correo? Ella no salía sola, y la tía Santos, extrañando tal encargo, si se le hubiese dado, de seguro habría enseñado la carta al señor Fauchelevent.

En esta ansiedad, Cosette había visto á través de la verja á Eponina, vestida de hombre, que andaba rondando sin cesar alrededor del jardín.

Cosette llamó á «aquel joven obrero» y dándole cinco francos y la carta, le dijo: «Llevad enseguida esta carta á su destino».

Y Eponina se guardó la carta en el bolsillo.

Al día siguiente, 5 de junio, fué á casa de Courfeyrac á preguntar por Mario, no para entregarle la carta, sino «para ver», cosa que comprenderá toda alma celosa y enamorada.

Allí esperó á Mario ó á Courfeyrac, siempre «para ver». Y cuando éste le dijo: «Vamos á las barricadas», se le ocurrió de repente una idea: buscar aquella muerte como habría buscado otra cualquiera, precipitando en ella á Mario.

Siguió pues, á Courfeyrac, se informó del sitio en que levantaban la barricada; y como estaba segura de que Mario acudiría, como todas las noches, á la cita, puesto que no había recibido la carta, fué á la calle Plumet, esperó á Mario, y le dió, en nombre de sus amigos, aquel aviso, pensando llevarle á la barricada.

Contaba con la desesperación de Mario cuando no encontrase á Cosette, y no se engañaba.

Volvió enseguida á la calle de la Chanvrerie, donde ya hemos visto lo que había hecho.

Murió con esa alegría trágica, propia de los corazones celosos que arrastran en su muerte al ser amado, diciendo: «¡Nadie le poseerá!».

Mario cubrió de besos la carta de Cosette.

¡Ella le amaba pues!... Por un momento creyó que ya no debía morir; pero después se dijo: «Se marcha; su padre la lleva á Inglaterra, y mi abuelo me niega el permiso para casarme. En nada ha cambiado la fatalidad».

Comprendió, pues, que le quedaban dos deberes que cumplir: informar á Cosette de su muerte y enviarle un supremo adiós, salvando de la catástrofe inminente que se preparaba á aquel pobre muchacho, hermano de Eponina é hijo de Thénardier.

Llevaba consigo su cartera, la misma en que había escrito tantos pensamientos de amor para Cosette, arrancó una hoja y escribió con lápiz estas líneas:

«Nuestro casamiento era imposible. He hablado á mi abuelo y se opone. Yo no tengo bienes ni tú tampoco. He ido á tu casa y no te he hallado; ya sabes la palabra que te di, y la cumplo. Voy á morir. Te amo. Cuando leas estas líneas, mi alma estará cerca de ti, y te sonreirá».

No teniendo con qué cerrar la carta, dobló sólo el papel, y puso estas señas:

Á la señorita Cosette Fauchelevent, en casa del señor Fauchelevent, calle del Hombre Armado, número 7.

Doblada la carta, permaneció un momento pensativo; volvió á coger su cartera, la abrió y escribió con el mismo lápiz en la primera página estas otras líneas:

«Me llamo Mario Pontmercy. Que lleven mi cadáver á casa de mi abuelo Guillenormand, calle de las Hijas del Calvario, número 6, en el Marais».

Guardó la cartera otra vez en el bolsillo de la levita, y llamó á Gavroche.

El pilluelo acudió á la voz de Mario con semblante alegre y servicial.

—¿Quieres hacer algo por mí?

—Todo lo que queráis,—dijo Gavroche.—¡Dios santo! á no ser por vos me hubieran frito.

—¿Ves esta carta?

—Sí.

—Tómala, sal de la barricada al instante—(Gavroche inquieto empezó á rascarse la oreja), y mañana por la mañana la llevarás adonde dice el sobre, á la señorita Cosette, en casa del señor Fauchelevent, calle del Hombre Armado, número 7.

El heroico muchacho contestó:

—¡Está bien! Pero... durante este tiempo podrán tomar la barricada, y yo no estaré aquí.

—No atacarán la barricada hasta el amanecer, según todas las apariencias, y no será tomada hasta el medio día.

El nuevo respiro que los sitiadores concedían á la barricada se prolongaba en efecto; era una de las intermitencias frecuentes en los combates nocturnos, que van siempre seguidas de doble encarnizamiento.

—¿Y si yo llevase la carta mañana por la mañana?

—Sería tarde. La barricada será probablemente bloqueada; se cerrarán todas las calles, y no podrás salir. Ve enseguida.

Gavroche no encontró nada que replicar; quedó indeciso y rascándose la oreja tristemente. De repente, con uno de esos movimientos de pájaro que le eran propios, cogió la carta, diciendo:

—Está bien.

Y salió corriendo por la calle Mondetour.

Se le había ocurrido una idea, que le había decidido, pero que se había callado, temeroso de que Mario le hiciese alguna objeción.

He aquí la idea:

—Apenas es aún media noche; la calle del Hombre Armado no está lejos; voy á llevar la carta desde luego y estaré de vuelta oportunamente.

LIBRO DECIMOQUINTO
LA CALLE DEL HOMBRE ARMADO

[Pg 383]

I
Carta canta

¿Qué son las convulsiones de una ciudad al lado de las conmociones del alma? El hombre es una profundidad mayor aún que el pueblo.

Juan Valjean en aquel momento sentía en su interior una revolución violenta.

El abismo se había vuelto á abrir para él y temblaba como París en el umbral de un cambio formidable y obscuro.

Algunas horas habían bastado para que su destino y su conciencia se cubriesen de opacas sombras.

Y podía decirse de él como de París: los dos principios se encuentran frente á frente: el ángel de la luz y el ángel de la noche van á luchar [Pg 384] cuerpo á cuerpo al borde del abismo.

¿Cuál de ellos precipitará al otro? ¿Quién vencerá á quién?

La víspera de aquel día, Juan Valjean, acompañado de Cosette y de la tía Santos, se había instalado en la calle del Hombre Armado; allí le esperaba una nueva peripecia.

Cosette no había abandonado la calle Plumet sin cierta resistencia.

La primera vez, desde que vivían juntos, la voluntad de Cosette y la de Juan Valjean se habían presentado distintas; y si no chocado, se habían [Pg 385] contradicho al menos. Hubo objeciones por un lado, é inflexibilidad tenaz por otro.

El brusco consejo: Mudaos, lanzado por un desconocido á Juan Valjean, le había alarmado hasta el punto de hacerle absoluto; se creía ya descubierto y perseguido.

Cosette había tenido que ceder.

Ambos habían llegado á la calle del Hombre Armado sin desplegar los labios, sin hablar una palabra, absortos cada uno en su meditación particular; Juan Valjean tan inquieto, que no veía la tristeza de Cosette, [Pg 386] y Cosette tan triste, que no veía la inquietud de Juan Valjean.

Juan Valjean había mandado seguirle á la tía Santos, lo cual no había hecho él nunca en sus ausencias anteriores; preveía quizá que no había de volver á la calle Plumet, y no podía, ni dejarla á ella detrás de sí, ni decirle su secreto, aunque la creía fiel y reservada; pues desde la criada á la señora, la traición empieza por la curiosidad.

Pero la tía Santos, como si estuviese predestinada á servir á Juan Valjean, no era curiosa.

Decía en medio de su tartamudez, en su lenguaje de aldeana de Barneville: «Yo soy así; hago lo mío, pues nada tengo que ver con lo demás».

En aquella mudanza de la calle Plumet, que había sido casi una huida, Juan Valjean no había llevado más que la maletita embalsamada [Pg 387] bautizada por Cosette con el nombre de inseparable.

Otros bultos habrían exigido mozos, y los mozos son testigos; había mandado ir un coche á la puerta de la calle de Babilonia, y en él se habían trasladado.

Solamente la tía Santos, aunque difícilmente, consiguió permiso para empaquetar alguna ropa blanca, vestidos, y unos pocos objetos de tocador.

Cosette no había llevado más que su pupitre y su cartapacio.

Juan Valjean, para hacer mayor la soledad y la sombra de aquella desaparición, no había querido dejar el pabellón de la calle Plumet hasta la caída de la tarde, lo cual había dado tiempo á Cosette para escribir [Pg 388] su esquelita á Mario.

Cuando llegaron á la calle del Hombre Armado, era ya cerrada la noche.

Se habían acostado silenciosamente.

La nueva habitación estaba situada en un patio interior; era un segundo piso, compuesto de dos alcobas, un comedor y una cocina al lado del comedor, con un camarachón, en que había un catre de tijera, que se destinó para la tía Santos.

El comedor era al propio tiempo recibimiento, y separaba las dos alcobas; la habitación tenía todos los muebles necesarios.

La confianza se apodera de nosotros como la inquietud; tal es la naturaleza humana.

Apenas llegó Juan Valjean á la calle del Hombre Armado, disminuyó su ansiedad, y fué disipándose por grados.

Hay sitios de calma que obran como mecánicamente sobre el espíritu.

La calle era obscura, los vecinos pacíficos, y Juan Valjean sintió una especie de contagio de tranquilidad en aquella callejuela del antiguo París, tan estrecha, que estaba cerrada á los coches por una viga trasversal, sostenida por dos estacas; sorda y muda en medio del rumor de la ciudad, con luz crepuscular en medio del día, é incapaz de emociones, [Pg 389] por así decirlo, entre sus dos filas de altos edificios seculares, que se callan como viejos que son.

Hay en aquella calle cierto olvido estancado.

Juan Valjean respiró. ¿Cómo habían de poder encontrarle allí?

Su primer cuidado fué poner el inseparable á su lado.

Durmió bien. Dícese que la noche aconseja, y puede añadirse que tranquiliza.

Á la mañana siguiente se despertó casi alegre. Parecióle muy bonito el comedor, que era feo, y estaba amueblado con una antigua mesa redonda, un aparador bajo con un espejo inclinado encima, un sofá apolillado, y algunas sillas, en que estaban los paquetes que había hecho la tía Santos.

En uno de ellos se descubría por la abertura, el uniforme de guardia nacional de Juan Valjean.

En cuanto á Cosette, había mandado á la Santos que le llevara un caldo á su cuarto, y no se la vió hasta por la tarde.

Á eso de las cinco, Santos, que iba y venía muy ocupada en sus quehaceres, puso en la mesa del comedor un ave fiambre, que Cosette, por deferencia á su padre, consintió en mirar.

Hecho esto, Cosette, pretextando una jaqueca persistente, había dado las buenas noches á Juan Valjean, y se había encerrado en su alcoba.

Juan Valjean había comido un alón con apetito; y apoyado de codos sobre la mesa, serenándose poco á poco, iba recobrando su antigua serenidad.

Mientras hacía esta sobria comida, había oído confusamente dos ó tres veces el tartamudeo de la tía Santos, como diciendo:

—Señor, hay revoltina; andan á tiros por estas calles.

Pero absorto en una multitud de combinaciones interiores, no había hecho caso; ó por mejor decir, no lo había oído.

Se levantó y comenzó á pasear de la puerta á la ventana y de la ventana á la puerta, cada vez más tranquilizado.

Con la calma, iba reapareciendo también en su imaginación Cosette, su único pensamiento.

No porque le inquietase aquella jaqueca, crisis nerviosa de poca importancia, desazón de muchacha, nube de momento, que podía durar uno ó dos días, sino que pensaba en el porvenir, y como siempre, pensaba con dulzura; y no veía ningún obstáculo para que la vida feliz recobrase su curso.

Hay horas en que todo parece imposible, como las hay en que todo parece fácil.

Juan Valjean atravesaba una de esas horas buenas, que suelen venir después de las horas tristes, como el día después de la noche, por la sencilla ley de sucesión y del contraste que está en la esencia misma de la naturaleza, y que los hombres superficiales, no sabiendo qué nombre darles, llaman antítesis.

En aquella calle pacífica donde se había refugiado Juan Valjean se desprendía de todo lo que le había turbado durante algún tiempo.

Por lo mismo que había visto muchas tinieblas, empezaba á descubrir un poco la luz.

Haber abandonado la calle Plumet sin complicaciones ni incidentes, era haber ya dado un gran paso.

Tal vez sería conveniente alejarse por algún tiempo, é ir á Londres.

Pues bien, iría; ¿qué más le daba estar en Francia que en Inglaterra, con tal de tener á su lado á Cosette?

Cosette era su patria; bastaba á su felicidad; la idea de que él no fuese suficiente para la felicidad de Cosette, idea que en otro tiempo había sido su pesadilla y su fiebre, ni aun se presentaba entonces á su ánimo.

Estaba, puede decirse, en el amortiguamiento de todos sus pasados dolores, en pleno optimismo.

Teniendo á Cosette á su lado parecíale que era suya; efecto de óptica que todo el mundo ha experimentado.

Arreglaba en sí mismo con toda facilidad el viaje á Inglaterra con Cosette; veía elaborarse su felicidad, no importaba dónde, allá en las perspectivas de su fantasía.

Mientras se paseaba lentamente de un lado á otro, su mirada se fijó en una cosa extraña.

Vió enfrente de sí, en el espejo inclinado sobre el aparador, y leyó claramente estas líneas:

«Mi amado bien: ¡ay! mi padre quiere que partamos inmediatamente. Estaremos esta noche en la calle del Hombre Armado, número 7, y dentro de ocho días en Inglaterra.—Cosette—4 de junio».

Juan Valjean se detuvo sobresaltado y atónito.

Cosette, al llegar, había puesto el cartapacio sobre el aparador, delante del espejo, y en su dolorosa agonía lo había olvidado, sin notar que lo dejaba abierto precisamente por la hoja de papel secante, sobre la cual había apoyado para secar los renglones escritos por ella, y que había encomendado al muchacho que pasaba por la calle Plumet.

Lo escrito había quedado marcado en el papel secante.

El espejo reflejaba la escritura.

Resultaba lo que se llama en geometría la imagen simétrica, de tal modo, que la escritura al revés sobre el papel se presentaba al derecho en el espejo; así es que Juan Valjean tenía delante de sí la carta escrita durante la víspera por Cosette á Mario.

Era una cosa tan sencilla como terrible.

Juan Valjean se dirigió al espejo, volvió á leer aquellas líneas, pero no lo creyó; le parecía que se le presentaban á la luz del delirio. Era una alucinación, una cosa imposible; aquello no existía.

Poco á poco fué precisándose su percepción, miró el cartapacio de Cosette, y recobró el sentimiento de la realidad.

Tomólo en la mano y dijo:

—De aquí proviene eso.

Examinó convulsivamente los renglones estampados en el papel secante; pero lo escrito al revés formaba tales garabatos confusos, que no dió con el sentido.

Entonces dijo para sí:

—Esto no significa nada; no hay aquí nada escrito.

Y respiró, lleno de aliento todo el pecho, con indecible alivio.

¿Quién no ha tenido esas necias alegrías en momentos horribles?

El alma no se entrega á la desesperación sin haber agotado antes todas las ilusiones.

Tenía el cartapacio en la mano y contemplándolo, en un estado de feliz estupidez, casi dispuesto á reirse de la alucinación de que había sido víctima.

De repente su mirada cayó de nuevo sobre el espejo, y se le presentó otra vez la visión.

Aquellos renglones se dibujaban con una claridad inexorable.

Esta vez no era ya una ilusión. La reincidencia de una visión es una realidad; era aquello palpable: era la escritura reflejada al derecho en el espejo.

Todo lo comprendió.

Juan Valjean vaciló, soltó el cartapacio y se dejó caer en el viejo sillón, al lado del aparador, con la cabeza abatida y las pupilas vidriosas y extraviadas.

Se dijo que aquello era evidente, que la luz del mundo se le había eclipsado para siempre, que Cosette había escrito aquello á alguien, y entonces oyó á su alma, convertida en fiera, lanzar, en medio de las tinieblas, un sordo rugido.

¡Idle pues á quitar al león el perro que tiene en su jaula!

¡Cosa extraña y triste! En aquel momento Mario no había recibido aún la carta de Cosette, y ya la traidora casualidad se la había dado á Juan Valjean.

Hasta aquel día ninguna prueba había sido bastante poderosa á vencer á Juan Valjean.

Se había visto sometido á pruebas horribles; la desgracia había sido pródiga con él; la ferocidad de la suerte, armada con todas las venganzas y con todos los desprecios sociales, le había hecho su víctima encarnizándose en él.

Pero Juan Valjean no había retrocedido ni decaído ante nada; había aceptado por necesidad todos los extremos; había sacrificado su inviolabilidad de hombre reconquistada, entregado su libertad, arriesgado su cabeza; lo había perdido, lo había sufrido todo, y había permanecido desinteresado y estoico, hasta el punto de habérsele podido considerar á veces fuera de sí mismo como un mártir.

Su conciencia, aguerrida en todos los asaltos posibles de la adversidad, parecía inaccesible.

Pero á la sazón, cualquiera que hubiese podido ver su fuero interno, habría augurado que fácilmente aquella conciencia flaqueaba.

Y es que de todas las torturas que había sufrido en aquel prolongado interrogatorio á que le sometía el destino, era ésta la más terrible.

Jamás le habían asido tenazas semejantes. Experimentaba el sacudimiento misterioso de todas las sensibilidades latentes; sentía el atenazamiento de fibras desconocidas.

¡Ay! La prueba suprema, ó mejor dicho, la prueba única, es la pérdida del ser amado.

El pobre anciano Juan Valjean no amaba ciertamente á Cosette sino como un padre; pero ya lo hemos hecho notar anteriormente, en aquella paternidad, la viudez misma de su vida había mezclado todos los amores; amaba á Cosette como hija; amábala como madre, como hermana; y como nunca había tenido ni amante, ni esposa; como la naturaleza es un acreedor que no acepta ninguna excusa, este sentimiento, también el más necesario de todos, se había mezclado vagamente con los demás, sin conocerlo, puro con la pureza de la ceguedad, inconsciente, celestial, angélico, divino; más bien como instinto que como sentimiento; y aún más que como instinto, como un atractivo imperceptible é invisible, pero real.

El amor, propiamente dicho, se hallaba en su gran ternura para Cosette, como el filón de oro en la montaña, tenebroso y virgen.

Recuérdese la pintura que ya hemos bosquejado de ésa su actitud de corazón.

Entre ambos no era posible unión alguna, ni aún la de las almas; y sin embargo, ello es cierto que sus destinos estaban ligados en consorcio.

Exceptuando á Cosette; es decir, una infancia, Juan Valjean no había conocido en toda su larga vida nada de lo que se puede amar.

Las pasiones y los amores que se suceden no habían producido en él esos verdes matices sucesivos, verde tierno sobre verde sombrío, que se notan en las hojas que han pasado al invierno, y en los hombres que han pasado de los cincuenta.

En suma; toda esa fusión interior, como ya hemos insistido en ello varias veces, todo ese conjunto, cuya resultante era una gran virtud, acababa por hacer de Juan Valjean un padre para Cosette, padre extrañamente formado del abuelo, del hijo, del hermano y del marido; padre en que había hasta una madre; padre que amaba y adoraba á Cosette, y que tenía aquella hija como su luz, su morada, su familia, su patria, su paraíso.

Así, cuando vió que todo estaba decididamente concluido, que se le escapaba, que se le deslizaba de las manos, que se perdía, que era como una nube, como agua que se evaporaba; cuando tuvo ante los ojos esta evidencia terrible: «Otro es el objeto de su corazón, otro el deseo de su vida; tiene su amado, y yo no soy más que su padre, yo no existo ya»; cuando no pudo dudar más, cuando se dijo: «¡Se va de mí!» el dolor que experimentó traspasó los límites de lo posible.

¡Haber hecho todo lo que había hecho para ir á parar en aquello! ¡Cómo, pues! ¡Á no ser nada!

Entonces, según acabamos de decir, se estremeció de pies á cabeza, sublevándose consigo mismo. Sintió hasta en la raíz de sus cabellos que se despertaba el egoísmo, y el yo bramó en el abismo de su conciencia.

Hay derrumbamientos interiores. La certidumbre de la desesperación no penetra en el hombre sin separar y romper ciertos elementos profundos, que son alguna vez el hombre mismo.

El dolor, cuando llega á ese punto, es un grito de alarma para todas las fuerzas de la conciencia.

Entonces se verifican las crisis fatales, y pocos salen de ella semejantes á sí mismos y firmes en el deber.

Cuando se desborda el límite del padecimiento, llegan á desconcertarse las virtudes más imperturbables.

Juan Valjean volvió á tomar el cartapacio, y se convenció de nuevo, permaneciendo inclinado y como petrificado sobre aquellas líneas irrecusables, fija la vista, formándose en su interior tal nube, que no parecía sino que se derrumbaba toda su alma.

Examinó aquella revelación, á través del aumento que le prestaba la fantasía, con una tranquilidad aparente y terrible; porque la tranquilidad del hombre es espantosa cuando llega á la frialdad de la estatua.

Midió el gran paso que su destino había dado sin que él lo sospechara; recordó sus temores del verano anterior tan locamente disipados; reconoció el precipicio; seguía siendo el mismo, con la diferencia de que Juan Valjean no estaba ya á la orilla, sino en el fondo.

¡Cosa inaudita y dolorosa! había caído sin notarlo.

Se había apagado toda luz de su vida, mientras él creía estar viendo el sol.

Su instinto no vaciló un momento. Reunió ciertas circunstancias, ciertas fechas, ciertos rubores y palideces de Cosette, y se dijo: «Es él».

La adivinación del hombre desesperado es una especie de arco misterioso que siempre da en el blanco.

Desde su primera conjetura esperaba encontrarse con Mario; no sabía su nombre, pero dió al instante con él. Descubrió claramente, en el fondo de la implacable evocación del recuerdo, al desconocido rondador del Luxemburgo, á aquel miserable buscador de amoríos, á aquel haragán de novela, á aquel imbécil, á aquel cobarde, porque es una cobardía el ir á hacer guiños de ternura á las muchachas que tienen á su lado un padre que las ama.

Luego de haber comprobado que en el fondo de aquella situación existía aquel joven, y que todo venía de ello, Juan Valjean, el hombre regenerado, el hombre que había trabajado tanto por su alma, el hombre que había hecho tantos esfuerzos para convertir toda la vida, toda la miseria y toda la desgracia en amor, miró dentro de sí mismo, y vió un espectro: el Odio.

Los grandes dolores llevan el decaimiento en sí mismos. Descorazonan el ser. El hombre en quien penetran siente desaparecer algo de su interior. En la juventud, su visita es lúgubre; más tarde es siniestra.

¡Ay! Si cuando la sangre está caliente, cuando son negros los cabellos, cuando la cabeza se endereza sobre el cuerpo como la llama sobre la antorcha; cuando la rueda del destino tiene todavía todo su espesor; cuando el corazón, lleno de amor apetecible, tiene aún latidos que pueden ser correspondidos; cuando se tiene delante de sí tiempo de reparar; cuando se ofrecen á la vista todas las mujeres, todas las sonrisas, todo el porvenir y todo el horizonte; si cuando la fuerza de la vida está completa, la desesperación es una cosa terrible, ¿qué será en la vejez cuando los años se precipitan cada vez más pálidos, en la triste hora crepuscular en que comienzan á verse las estrellas de la tumba?

Durante esta meditación, entró la tía Santos.

Juan Valjean se levantó y la preguntó:

—¿En dónde pasa esto? ¿Lo sabéis?

Santos, estupefacta, sólo pudo responderle:

—¿Os gusta?

—¿No me habéis dicho hace un momento que están batiéndose?—repuso él.

—¡Ah! Sí, señor. Hacia San Merry.

Hay movimientos maquinales que proceden, sin que lo sepamos, de nuestros pensamientos más profundos.

Sin duda, á impulsos de un movimiento de este género, y del que apenas tuvo conciencia, se halló Juan Valjean en la calle cinco minutos después.

Estaba con la cabeza descubierta, sentado en el poyo de la puerta de su casa, pareciendo escuchar.

Era ya de noche.

[Pg 390]

II
El pilluelo enemigo de las luces

¿Cuánto tiempo pasó así? ¿Cuáles fueron los flujos y reflujos de aquella meditación trágica? ¿Se reanimó ó permaneció abatido? ¿Le encorvó el dolor hasta la ruptura? ¿Pudo levantarse aún, y sentar el pie en su conciencia sobre algo sólido?

Ni él mismo hubiera podido decirlo probablemente.

La calle estaba desierta. Algunos vecinos inquietos que volvían rápidamente á sus casas apenas le vieron.

En los momentos de peligro, cada uno mira sólo para sí.

El farolero vino, como siempre, á encender el farol, que estaba colocado [Pg 391] precisamente enfrente de la puerta del número 7, y se fué.

Si alguien hubiese examinado á Juan Valjean en aquella sombra, no le hubiera creído vivo.

Estaba así sentado en el umbral de la puerta, inmóvil como una larva de hielo. En la desesperación siéntese cierta congelación.

Oíase el toque de rebato y varios rumores tempestuosos.

En medio de todas aquellas convulsiones de la campana mezclada con el motín, el reloj de San Pablo dió gravemente las once sin apresurarse, porque el toque de rebato es el hombre y la hora es Dios.

El sonido del reloj no causó el menor efecto en Juan Valjean; no se movió.

Pero poco después oyó una violenta detonación por el lado del Mercado; al poco rato la siguió otra más violenta aún; era probablemente el [Pg 392] ataque de la barricada de la calle de Chanvrerie, que, según hemos visto, fué rechazado por Mario.

Al oir estas dos descargas, cuya furia parecía crecer con el estupor de la noche, Juan Valjean tembló; levantóse mirando hacia el sitio de donde venía el ruido, y después cayó sobre el poyo, cruzó los brazos, dejando caer lentamente la cabeza sobre el pecho.

Así prosiguió su tenebroso diálogo consigo mismo.

De repente levantó los ojos; alguien andaba por la calle; oía los pasos muy cerca; miró á la luz del farol, y por el lado de la calle que va á los Archivos descubrió una figura lívida, joven y alegre.

Gavroche acababa de entrar en la calle del Hombre-Armado.

Iba mirando al aire como buscando algo. Veía perfectamente á Juan Valjean, pero sin hacerle el menor caso.

Gavroche, después de haber mirado al aire, miraba al suelo; andaba de puntillas, tocando las puertas y las ventanas del piso bajo. Todas estaban cerradas con barras y cerrojo.

Después de haber reconocido cinco ó seis puertas cerradas de este modo, el pilluelo se encogió de hombros, y entró en materia, consigo [Pg 393] mismo, en estos términos:

—¡Pardiez!

Y volvió á mirar al aire.

Juan Valjean, que un momento antes, en la situación de alma en que estaba, no hubiese preguntado ni respondido á nadie, se sintió irresistiblemente impulsado á dirigir la palabra á aquel muchacho:

—Chiquillo,—le dijo,—¿qué es lo que tienes?

—Tengo hambre,—contestó secamente Gavroche; y añadió:—el chiquillo seréis vos.

Juan Valjean metió la mano en el bolsillo, y sacó una moneda de cinco francos.

Pero Gavroche que pertenecía á la familia de las nevatillas, y que pasaba rápidamente de un gesto á otro, acababa de coger una piedra. Acababa de ver el farol.

—¡Calle!—exclamó.—¿Tenéis todavía faroles por aquí? No estáis por cierto en regla, amigos míos. Esto es un desorden. Reparad eso.

Y tiró la piedra al farol, cayendo los vidrios con tanto estrépito, que los vecinos, ocultos detrás de las cortinas de la casa de enfrente, gritaron:

—¡He aquí el Noventa y tres!

El farol osciló con violencia y se apagó. La calle quedó á obscuras desde luego.

—Esto es, calle vieja,—dijo Gavroche,—ponte el gorro de dormir.

Y volviéndose hacia Juan Valjean, le preguntó:

—¿Cómo se llama ese monumento gigantesco que está allí al cabo de la calle? Los Archivos, ¿verdad? Sería preciso aplastarles un poco la cara á esas columnas bestiales, haciendo con ellas una bonita barricada.

Juan Valjean se acercó á Gavroche.

—¡Pobrecillo!—dijo á media voz y hablando consigo mismo.—Tiene hambre.

Y le puso en la mano la pieza de cien sueldos.

Gavroche levantó los ojos asombrado de la magnitud de aquel gran sueldo; le miró en la obscuridad, y quedó deslumbrado de su blancura.

Conocía de oídas las piezas de á cinco francos, y le gustaba su reputación; quedó pues encantado de ver una tan de cerca, y dijo:

—Contemplemos el tigre.

Miróla extasiado por algunos momentos; pero volvióse luego á Juan Valjean, le alargó la moneda y dijo majestuosamente:

—Ciudadano, me gusta más romper los faroles. Recoged vuestra fiera. Á mí no se me corrompe. Eso tiene garras, pero á mí no me cogen.

—¿Tienes madre?—le preguntó Juan Valjean.

Gavroche respondió:

—Tal vez más que vos.

—Pues bien,—dijo Juan Valjean,—guarda ese dinero para tu madre.

Gavroche se sintió conmovido. Además, había notado que el hombre que le hablaba no llevaba sombrero, y esto le inspiraba confianza.

—¿De veras no es esto para que no rompa los faroles?

—Rompe todo lo que quieras.

—Sois todo un hombre,—dijo Gavroche.

Y se guardó la moneda en el bolsillo.

Aumentándose así su confianza, preguntó:

—¿Sois de esta calle?

—Sí, ¿por qué?

—¿Podríais indicarme el número 7?

—¿Para qué buscas el número 7?

El muchacho se detuvo; temió haber dicho demasiado, y se metió enérgicamente los dedos entre el pelo, limitándose á responder:

—¡Ah! Para saberlo.

Una idea súbita atravesó la mente de Juan Valjean. La angustia tiene momentos de lucidez. Así fué que le dijo al muchacho:

—¿Eres tú el que me traes una carta que estoy esperando?

—¡Vos!—exclamó Gavroche.—Vos no sois mujer.

—La carta es para la señorita Cosette, ¿no es eso?

—¿Cosette?—murmuró Gavroche.—Sí, creo que es ese el nombre.

—Pues bien,—añadió Juan Valjean;—yo soy quien tengo que entregarle la carta. Dámela.

—¿En ese caso, debéis saber que vengo de la barricada?

—Sin duda,—dijo Juan Valjean.

Gavroche metió la mano en uno de sus bolsillos, y sacó un papel plegado en cuatro dobleces.

Luego hizo un saludo militar, diciendo:

—Respétese el despacho; viene del gobierno provisional.

—Dámelo,—repitió Juan Valjean.

Gavroche tenía el papel en la mano levantado sobre su cabeza.

—No creáis que es un billete amoroso; es para una mujer, pero es para el pueblo. Nosotros peleamos, pero respetamos al bello sexo. No somos como en el gran mundo, donde hay señores leones que mandan pollitos á los camellos.

—Dame, pues.

—En verdad,—continuó Gavroche,—me parecéis tener todo el aspecto de un buen hombre.

—Dámela pronto.

—¡Tomad!

Y entregó el papel á Juan Valjean.

—Y despachaos, señor Cosa; porque la señorita Cosilla está esperando.

Gavroche se quedó muy satisfecho de aquel juego de palabras.

Juan Valjean repuso:

—¿Hay que llevar la respuesta á San Merry?

—Haríais entonces un pan como unas hostias,—exclamó Gavroche.—Esta carta viene de la barricada de la Chanvrerie, y allá me vuelvo. Buenas noches, ciudadano.

Y diciendo y haciendo se fué, ó mejor dicho, voló como un pájaro escapado hacia el sitio de donde había venido.

Se sumergió en la obscuridad como si abriese en ella un agujero con la rígida rapidez de un proyectil.

La callejuela del Hombre Armado quedó silenciosa y solitaria; en un abrir y cerrar de ojos, aquella extraña criatura, que participaba de la sombra y del sueño, penetró en la bruma por entre aquellas filas de casas negras, perdiéndose como el humo en las tinieblas; y hubiera podido creerse que se había disipado completamente, si algunos minutos después el ruido de un vidrio roto y el estruendo de un farol cayendo al suelo, no hubiese despertado nuevamente á los burgueses indignados.

Era Gavroche que pasaba por la calle del Chaume.

[Pg 394]

III
Durante el sueño de Cosette y Santos

Juan Valjean volvió á entrar en la casa con la carta de Mario.

Subió la escalera á tientas, satisfecho de las tinieblas como un búho que lleva ya su presa; abrió y cerró suavemente la puerta, escuchó si se oía algún ruido, se aseguró de que, según todas las apariencias, Cosette y Santos dormían, consumió tres ó cuatro pajuelas fosfóricas, de aquellas antiguas, antes de producir la luz ¡tanto le temblaba la mano! porque había algo de robo en lo que acababa de hacer.

Por fin, encendió la vela, se recostó en la mesa, desdobló el papel, y leyó:

En las emociones violentas, no se lee, se atropella, por así decirlo, el papel; se le oprime como á una víctima; se le estruja; se le clavan las uñas de la cólera ó de la alegría; se corre hacia el fin; se salta al principio; la atención es febril; comprende en conjunto, sobre poco más ó menos, lo esencial; se apodera de un punto, y todo lo demás desaparece.

En la carta de Mario á Cosette, Juan Valjean no vió más que estas palabras:

«...Muero; cuando leas esto, mi alma estará á tu lado».

Al ver ese renglón sintió un deslumbramiento horrible; se quedó un instante como pasmado del cambio de emoción que se verificaba en él; miraba la carta de Mario con una especie de asombro embriagador; tenía ante sus ojos aquel esplendor, la muerte del ser aborrecido.

Dió un terrible grito de alegría interior.

Así pues, todo estaba ya terminado. El desenlace llegaba más presto de lo que él se habría atrevido á esperar.

El ser que oponía un obstáculo á su destino desaparecía, y desaparecía por sí mismo, libremente, de buena voluntad, sin que él hubiera hecho nada para conseguirlo; sin que fuese culpa suya, «aquel hombre» iba á morir; quizá había ya muerto.

Aquí su fiebre comenzó á echar cálculos.

No, no ha muerto todavía. Esta carta ha sido escrita indudablemente para que Cosette la lea mañana por la mañana; después de las dos descargas que he oído entre once y doce no ha habido nada, la barricada no será atacada formalmente hasta el amanecer; pero es igual, desde el momento en que «ese hombre» se ha metido en esa guerra, está perdido; será arrastrado por el engranaje de sus ruedas.

Juan Valjean se sentía desembarazado; iba á encontrarse de nuevo solo con Cosette; cesaba la competencia; empezaba de nuevo el porvenir.

No tenía que hacer más sino guardarse aquella carta en el bolsillo, y Cosette no sabría nunca lo que había sido de «aquel hombre».

«No hay más sino dejar que las cosas se cumplan. Ese hombre no puede escapar. Si no ha muerto ya, es seguro que va á morir. ¡Qué dicha!».

Diciendo todo esto allá en su interior, se puso sombrío.

Bajó y despertó al portero.

Como cosa de una hora después, Juan Valjean salía vestido de guardia nacional y armado.

El portero había encontrado fácilmente en la vecindad con qué completar su equipo.

Llevaba pues un fusil cargado y una cartuchera llena de cartuchos.

Dirigióse hacia los Mercados.

[Pg 395]

IV
El exceso de celo de Gavroche

Entretanto, acababa de pasarle una nueva aventura á Gavroche.

Después de haber apedreado al farol de la calle de Chaume, llegó á la de Vieilles-Haudriettes, y no viendo ni «un perro» siquiera, creyó que era buena ocasión de entonar todas las canciones de que era capaz.

Su paso, lejos de acortarse con el canto, se aceleraba.

Y echó á volar á lo largo de las casas dormidas ó aterradas estas coplas incendiarias:

Medita el ave en las sombras,
pretendiendo que fué Atala
ayer, de un ruso en campaña...
Donde van las buenas mozas.
Lon la.

Mucho, Perico, alborotas
por Mila en noche buena
me llamó junto á su reja...
Donde van las buenas mozas.
Lon la.

Las garbosas picaronas
lanzan de sus ojos chispas
que acabarán con Orfila.
Donde van las buenas mozas.
Lon la.

Viva el amor y sus bromas,
vivan Inés y Pamela;
Lisa ardió dando candela.
Donde van las buenas mozas.
Lon la.

Dije cuando vi de Concha
y Susana la mantilla,
entre sus pliegues me líen.
Donde van las buenas mozas.
Lon la.

Amor, que cubres de rosas
á Juana en tu selva amena,
mira que así me condenas.
Donde van las buenas mozas.
Lon la.

Estando á tu espejo, Lola,
poniéndote la camisa,
el corazón se me iba...
Donde van las buenas mozas.
Lon la.

Dejando el baile á deshora,
mirad á Luz mi lucero,
digo á las luces del cielo.
Donde van las buenas mozas.
Lon la.

Gavroche, al mismo tiempo que cantaba, prodigaba la pantomima.

El gesto es el punto de apoyo del estribillo.

Su semblante, repertorio inagotable de muecas, hacía gestos más convulsivos y fantásticos que las bocas de un lienzo agujereado durante un vendaval.

Desgraciadamente, como estaba solo y era de noche, no era visto ni visible. Existen muchas riquezas perdidas de este jaez. De repente se detuvo, diciendo:

—Interrumpamos la canción.

Acababa de distinguir en el hueco de una puerta cochera lo que se llama en pintura un grupo, es decir, un ser y una cosa; era la cosa un carretón de mano, y el ser un auvernés que dormía en él.

Los brazos del vehículo se apoyaban en el suelo, y la cabeza del auvernés en la tabla del carretón.

Tenía el cuerpo arremolinado en aquel plano inclinado, y los pies tocando al suelo.

Gavroche, con su experiencia de las cosas de este mundo, conoció que estaba borracho.

Era, sin duda, algún mozo de cordel que había bebido demasiado, y dormía demasiado también.

—Ahí se ve,—pensó Gavroche,—para qué sirven las noches de verano. El auvernés se duerme en su carretón; pues yo cojo el carretoncillo para la república y dejo el auvernés á la monarquía.

Habíase iluminado de repente su inteligencia con esta idea:

—Este carretón representaría un buen papel en nuestra barricada.

El auvernés roncaba.

Gavroche separó suavemente el carretón por detrás, y al auvernés por delante, es decir, por los pies, y al cabo de un minuto, el pobre hombre, imperturbable, reposaba de plano sobre el suelo.

El carretoncillo estaba libre.

Gavroche, acostumbrado á hacer frente en todas ocasiones á lo imprevisto, lo llevaba siempre todo consigo; metió la mano en un bolsillo, y sacó un pedazo de papel y una punta de lápiz rojo escamoteado á algún carpintero, y escribió:

«República francesa»:
«Recibí tu carretón».

Y firmó: «Gavroche».

Hecho esto, puso el papel en el bolsillo del chaleco de pana del auvernés, que seguía roncando; cogió el carretón, y partió hacia el Mercado, empujando el vehículo á gran galope y alborotando en aire triunfal.

Esto era peligroso, porque en la Imprenta Real había un cuerpo de guardia.

Gavroche no pensó en ello.

Aquella guardia la montaban nacionales de las cercanías, que empezaban á despertar, cuyas cabezas iban levantándose sobre las almohadas de las camas de campaña.

Los faroles rotos á pedradas y aquel cantar á gritos, eran cosas demasiado graves en calles tan miedosas como aquéllas, que desean acostarse al ponerse el sol y apagan las luces muy temprano.

Hacía una hora que el pilluelo estaba metiendo en el barrio el mismo alboroto que un moscardón en una botella.

El sargento jefe de la guardia estaba escuchando, y esperaba. Era un hombre prudente.

El estrépito del carretón rodando, llenó la medida de su expectación posible, en vista de lo cual determinó el sargento hacer un reconocimiento, diciendo:

—¡Viene toda una partida! Vayamos despacio.

Era claro que la hidra de la anarquía había salido de su agujero, y se revolvía por el barrio.

El sargento se aventuró á salir fuera del cuerpo de guardia con sordo paso.

De repente Gavroche, empujando su carretón en el instante en que iba á desembocar en la calle de Vieilles Haudriettes, se encontró frente [Pg 396] á frente con un uniforme, un chacó, un plumero y un fusil.

Se detuvo por segunda vez, y exclamó:

—¡Calle! ¡Es él! Buenas noches, orden público.

Las admiraciones de Gavroche eran siempre breves, y se pasaban pronto.

—¿Adónde vas, granuja?—gritó el sargento.

—Ciudadano,—dijo Gavroche,—aún no os he llamado señor. ¿Por qué me insultáis?

—¿Adónde vas, renacuajo?

—Señor mío,—respondió Gavroche,—ayer érais tal vez un hombre [Pg 397] de talento, pero lo habéis perdido esta mañana.

—Te pregunto ¿que adónde vas, tunante?

Gavroche respondió:

—¡Vaya un modo de hablar! Nadie os concedería los años que tenéis. Deberíais vender vuestros cabellos á cien francos la pieza, y así os ganaríais quinientos francos.

—¿Adónde vas, adónde vas? ¿Adónde vas, bandido?

Gavroche replicó:

—¡Vaya unas palabrotas! La primera vez que os den de mamar, deben limpiaros mejor la boca.

El sargento cruzó la bayoneta.

—¿Me dirás por fin adónde vas, miserable?

—Mi general,—dijo Gavroche,—voy á buscar al comadrón para mi esposa, que está de parto.

—¡Á las armas!—gritó el sargento.

Salvarse con lo mismo que ha sido causa de su perdición, es la sublimidad [Pg 398] de los hombres fuertes; Gavroche midió de una ojeada toda la situación; el carretoncillo lo había comprometido; el carretoncillo debía protegerle.

En el momento en que el sargento iba á caer sobre Gavroche, el carretón convertido en proyectil y empujado á toda fuerza, rodaba sobre él con furia, y dándole en medio del vientre lo derribó hacia atrás en el arroyo, al mismo tiempo que se disparaba su fusil en el aire.

Al grito del sargento salieron atropelladamente los que estaban en el cuerpo de guardia; el tiro dió motivo á una descarga general al acaso, después de la cual cargaron los fusiles y empezaron de nuevo el fuego.

Este fuego á la gallina ciega duró un buen cuarto de hora, y mató no pocos cristales.

Entre tanto, Gavroche, que había retrocedido corriendo, se detuvo cinco ó seis calles más allá, y se sentó sofocado en el guarda-cantón de [Pg 399] la esquina de la d'Enfants Rouges.

Allí se puso á escuchar.

Después de haber respirado unos instantes, se volvió hacia el sitio donde se oía el fuego graneado, levantó la mano izquierda á la altura de la nariz, y la lanzó tres veces hacia adelante, golpeándose con la derecha en la nuca; gesto soberano en el que la pillería parisiense ha condensado la ironía francesa; y que es evidentemente eficaz, puesto que dura hace ya medio siglo.

Una amarga reflexión turbó aquella alegría.

—Sí,—dijo,—me desternillo, me muero de risa, reviento de gozo; pero pierdo camino, y tengo ahora que dar un rodeo. ¡Mientras llegue á tiempo á la barricada!

Y luego emprendió nuevamente su carrera.

Así corriendo volvió á decir:

—¡Ah! ¿Y dónde estaba yo?

Entonó otra vez su canción, atravesando rápidamente las calles. El canto de Gavroche fué extinguiéndose en las tinieblas.

Pero restan espantosas
Bastillas que derribar
dentro del orden actual...
Donde van las buenas mozas.
Lon la.

¿Quién juega á bolos, ó bolas?
y el viejo mundo se hundía
cuando el gran bolo corría.
Donde van las buenas mozas.
Lon la.

Vieja plebe bonachona,
lanza del Louvre enseguida
á la torpe monarquía.
Donde van las buenas mozas
Lon la.

Las verjas viejas ya rotas,
Carlos X se vino abajo
al santo suelo rodando.
Donde van las buenas mozas.
Lon la.

La alarma del cuerpo de guardia no dejó de dar su resultado. El carretón fué conquistado, y el borracho hecho prisionero. El primero fué embargado, y el segundo no dejó de ser perseguido después ante un consejo de guerra como cómplice.

El ministerio público dió pruebas en semejante ocasión de su infatigable celo para la defensa de la sociedad.

La aventura de Gavroche, que se conserva en la tradición del barrio del Temple, es uno de los recuerdos más terribles de los antiguos vecinos del Marais, titulándose en su memoria:

«Ataque nocturno del cuartel de la Imprenta Real».

QUINTA PARTE
JUAN VALJEAN

LIBRO PRIMERO
LA GUERRA ENTRE CUATRO PAREDES

[Pg 400]

I
La Caribdis del arrabal de San Antonio, y la Scila del arrabal del Temple

Las dos barricadas más memorables que el observador de las enfermedades sociales puede mencionar, no pertenecen al período en que tuvo lugar la acción de este libro. Esas barricadas, símbolo ambas, bajo distintos aspectos, de una terrible situación, surgieron durante la fatal insurrección de junio de 1848, la guerra más grande de las calles que ha visto la historia.

Acontece á veces que, así contra los principios, como contra la libertad, [Pg 401] la igualdad y la fraternidad, y aún contra el voto universal, contra el gobierno de todos para todos, desde el fondo de sus descorazonamientos, de sus angustias, de sus desalientos, de su desnudez, de su fiebre, de sus aflicciones, de sus miasmas, de su ignorancia y de sus tinieblas, esa gran desesperada, la canalla protesta, y el populacho da la batalla al pueblo.

Los indigentes atacan el derecho común; la oclocracia se insurrecciona contra el demos.

Son estos días lúgubres, porque existe siempre, en esa misma demencia, cierta parte de derecho; hay algo de suicidio en ese duelo; y estas mismas palabras, que parecen ser otras tantas injurias: indigente, canalla, [Pg 402] oclocracia y populacho, prueban ¡ay! antes la culpa de los que reinan, que la de los que sufren; mejor la falta de las clases privilegiadas que la de los desheredados.

Por nuestra parte nunca pronunciamos esas palabras sin dolor y respeto; porque cuando la filosofía sondea los hechos á que corresponden, encuentra en ellos frecuentemente muchas grandezas al lado de las miserias.

Atenas era una oclocracia, los mendigos formaron la Holanda, el populacho salvó muchas veces á Roma, y la canalla seguía á Jesucristo.

No es propio de pensadores dejar de contemplar á veces las magnificencias de abajo.

En esa canalla pensaba sin duda San Jerónimo, en esas pobres gentes, en todos esos vagabundos, en todos esos miserables, de donde salieron [Pg 403] los apóstoles y los mártires, cuando dijo esta misteriosa frase: Fex urbis, lex orbis.

Las exasperaciones de la muchedumbre que sufre y mana sangre; sus violencias contrarias á los principios que constituyen su vida; sus atropellos al derecho común, son golpes de Estado populares, y deben ciertamente reprimirse.

El hombre probo se sacrifica á hacerlo, y combate á esa muchedumbre por lo mismo que la ama.

Pero ¡cuán excusable le parece á pesar de combatirla! ¡Cómo la venera á pesar de resistirla!

Es uno de esos momentos raros en que, haciendo lo que debe hacerse, se siente uno algo desconcertado y como disuadido de seguir adelante.

Es preciso insistir; pero la conciencia siente una triste satisfacción, y el cumplimiento del deber se resiente de la angustia del corazón.

Lo acontecido en junio de 1848, apresurémonos á decirlo, fué un hecho aparte y casi imposible de clasificar en la filosofía de la historia.

Todas las palabras que acabamos de escribir están de más, tratándose de este motín extraordinario, donde se vió la santa ansiedad del trabajo reclamando sus derechos.

Fué necesario combatirle, y era un deber hacerlo, porque atacaba á la república; pero en el fondo, ¿qué fué junio de 1848? Una rebelión del pueblo contra sí mismo.

Donde no se pierde de vista el asunto, no hay digresión. Así, permítasenos llamar por un momento la atención del lector hacia las dos barricadas, únicas en su clase, que acabamos de nombrar, y que caracterizaron aquella insurrección.

Cerraba la una la entrada del arrabal de San Antonio; cerraba la otra, el paso al arrabal del Temple.

Aquéllos, ante cuyos ojos se levantaron á la luz del hermoso cielo azul de junio, estas dos terribles obras maestras de la guerra civil, no las olvidarán jamás.

La barricada de San Antonio era monstruosa. Tenía la altura de tres pisos y la anchura de setecientos pies.

Cerraba de uno á otro ángulo la vasta embocadura del arrabal, es decir, tres calles; abarrancada, dentellada, cortada en picachos, con una inmensa hendidura por almena, con sus contrafuertes á guisa de baluartes, con sus rebellines y cabos aquí y allá, fuertemente apoyada en los dos grandes promontorios de casas del arrabal, elevábase como una calzada ciclópea en el fondo de la terrible plaza que ha visto el 14 de julio.

Diez y nueve barricadas se sucedían en la profundidad de las calles, detrás de esa barricada madre.

Sin más que verla, sentíase en todo el arrabal el inmenso sufrimiento de agonía, llegado ya el punto extremo en que la desesperación quiere convertirse á todo trance en catástrofe.

¿De qué estaba hecha aquella barricada? De los destrozos de tres casas de seis pisos, demolidas expresamente para ello, decían unos; del prodigio de todas las iras, decían otros.

Tenía el deplorable aspecto de todas las construcciones del odio: la ruina.

Podía decirse á un mismo tiempo: ¿quién ha edificado esto? ¿quién ha destruido esto?

Era la obra improvisada de la fermentación.

¡Ea! ¡Esa puerta! ¡Esa reja! ¡Aquel alero! ¡Ese dintel! ¡Aquel hornillo roto! ¡Aquellas ollas melladas! ¡Ea! ¡Venga todo! ¡Que venga todo acá; cavad allá! ¡Arrojadlo todo! ¡Echad, desmantelad, derribad, demoledlo todo!

Era la cooperación del adoquín, de la piedra, de la viga, del barrote, del trapo, del cascote, de la silla desfondada, del troncho de col, del pingajo, del harapo y de la maldición.

Era una mezcla de lo grande y de lo pequeño; el abismo parodiado por el barullo; la masa junto al átomo; el lienzo de la pared derribada y la escudilla rota; una fraternización amenazadora de todos los escombros.

Sísifo había arrojado allí su peñasco, y Job su tiesto.

Era una suma terrible. Era el acrópolis de los descamisados.

Carretas volcadas accidentaban el declive; un inmenso carromato aparecía tumbado al través con el eje hacia arriba, semejando una cuchillada en aquel frontispicio tumultuoso; un ómnibus, subido alegremente á fuerza de brazos á la cima de aquel hacinamiento de cosas, como si los arquitectos de aquella salvajada hubiesen querido añadir la burla del pillastre al espanto, ofrecía su lanza sin arreos á los ignorados caballos del aire.

Aquella masa gigantesca, aluvión del motín, figuraba al espíritu el Osa sobre el Polión de todas las revoluciones; el 93 sobre el 89, el 9 de Termidor sobre el 10 de agosto; el 18 de Brumario sobre el 21 de enero; Vendimiario sobre Pradial; 1848 sobre 1830.

La situación valía la pena, y semejante barricada era digna de aparecer en el punto mismo de donde había desaparecido la Bastilla.

Si el océano construyese diques, los construiría de igual manera.

La furia de la ola estaba impresa en aquel obstáculo deforme.

¿Pero qué ola? la muchedumbre.

Creíase ver el tumulto petrificado. Creíase oir zumbar, sobre la barricada, como sobre una colmena, á las enormes abejas tenebrosas del progreso violento.

¿Era aquello un conjunto de malezas? ¿Era una bacanal? ¿Era una fortaleza?

El vértigo parecía haberlo construido con sus alas.

Tenía aquel reducto algo de cloaca, y algo de olímpico aquel montón.

Veíanse, en una mezcolanza llena de desesperación, caballetes de tejados, pedazos de buhardillas con su papel pintado, vidrieras enteras esperando el cañón sobre los escombros, chimeneas arrancadas, armarios y mesas, bancos en imponente confusión, y los mil y mil desechos del mendigo mismo, que contienen á la vez el furor y la nada.

Habríase dicho que era el andrajo de un pueblo, andrajo de madera, de hierro, de bronce y de piedra; y que el arrabal de San Antonio lo había lanzado á su puerta de un escobazo colosal, haciendo de su miseria su barricada.

Pedruscos que parecían tajos, cadenas dislocadas, armazones de vigas en forma de horcas, ruedas horizontales, todo esto, saliendo de entre los escombros, amalgamaba á aquel edificio de la anarquía el sombrío aspecto de los antiguos suplicios sufridos por el pueblo.

La barricada de San Antonio echaba mano de todo; todo cuanto la guerra civil puede arrojar á la cabeza de la sociedad salía de ella.

No era un combate, sino un paroxismo.

Las carabinas que defendían aquel reducto, entre las cuales había algunos trabucos, enviaban cascos de loza, huesecillos, botones, incluso ruedecillas de butacas, proyectiles peligrosos á causa del cobre.

La barricada estaba frenética, atronaba los aires con un clamor indecible; en ciertos instantes, provocando al ejército, se cubría de gente y de tempestad; coronábala una cohorte de flameantes cabezas; hervía dentro un hormiguero; tenía una cresta espinosa de fusiles, sables, palos, hachas, picas y bayonetas; una inmensa bandera roja parecía abofetear el viento á sus mismos impulsos; oíanse las voces de mando, las canciones de ataque, los redobles del tambor, los llantos de las mujeres y las carcajadas tenebrosas de los muertos de hambre.

Era descomunal y viviente, y como del lomo de un animal eléctrico, salía de su superficie un continuado centelleo.

El espíritu de la Revolución envolvía en su nube aquella cima, en donde resonaba la voz del pueblo, semejante á la de Dios mismo.

Desprendíase una majestad extraña de aquella titánica espuerta de escombros.

Era un montón de inmundicia, y era al propio tiempo el Sinaí.

Como hemos dicho antes, atacaba en nombre de la Revolución, ¿á quién? á la Revolución.

Aquella barricada, el acaso, el desorden, el azoramiento, el error, lo desconocido, tenía frente de sí á la Asamblea constituyente, á la soberanía del pueblo, el sufragio universal, la nación y la república; era la Carmañola desafiando á la marsellesa.

Desafío insensato, pero heroico; porque ese antiguo arrabal es un héroe.

El arrabal y su reducto se auxiliaban mutuamente.

El arrabal se apoyaba en el reducto, y el reducto tenía su apoyo en el arrabal.

La inmensa barricada se ostentaba como un arrecife, en el cual se estrellaba la estrategia de los grandes generales de la guerra de África.

Sus cavernas, sus excrecencias, sus verrugas, sus jorobas, gesticulaban, por así decirlo, y se mofaban bajo el humo.

La metralla se perdía en lo deforme; los obuses se sumergían y engolfaban allí; las balas no servían sino para hacer agujeros en los agujeros.

¿Á qué objeto cañonear el caos?

Y los regimientos, acostumbrados á las más espantosas visiones de la guerra, miraban con inquietos ojos aquella especie de reducto, fiera salvaje; jabalí, por lo erizado, y montaña, por lo enorme.

Á un cuarto de legua de allí, de la esquina de la calle del Temple, que desemboca en el boulevard, cerca del Château d'Eau, si se sacaba atrevidamente la cabeza fuera de la punta formada por el pórtico del almacén Dallemagne, se percibía á lo lejos, más allá del canal, en la calle que enfila las rampas de Belleville, en el punto culminante de la subida, un muro extraño que llegaba al segundo piso de las fachadas, especie de guión entre las casas de la derecha y de la izquierda, como si la calle hubiese doblado por sí misma su pared más alta para cerrarse bruscamente.

Esta pared estaba construida de adoquines, y era recta, perpendicular, nivelada con la escuadra, tirada á cordel, alineada con la plomada.

Faltábale, sin duda, la argamasa: pero, como en ciertos muros romanos, esto no alteraba su rígida arquitectura.

Adivinábase la profundidad de todo aquello viendo su elevación.

La cornisa era matemáticamente paralela á la base.

Distinguíanse á trechos sobre la plomiza superficie, troneras casi invisibles, parecidas á hilos negros, y separadas unas de otras por espacios iguales.

La calle, hasta donde alcanzaba la vista, estaba desierta, y todas las puertas y ventanas cerradas.

Surgía en el fondo aquella barrera, que transformaba la calle en callejón sin salida, la pared inmóvil y tranquila, donde no se veía á nadie, ni se oía nada, ni siquiera un grito, ni el más leve ruido, ni un soplo. Como si se tratara de un sepulcro.

El resplandeciente sol de junio inundaba con su luz aquel terrible objeto.

Era la barricada del arrabal del Temple.

Aun los más atrevidos, desde que llegaban á aquel sitio y la veían, no podían dejar de quedar pensativos ante aquella misteriosa aparición.

Era una obra bien proporcionada; las partes ajustaban y encajaban perfectamente; el todo rectilíneo, simétrico y fúnebre.

Había allí ciencia y tinieblas. Conocíase que el jefe de la barricada era un geómetra ó un espectro.

Mirábase aquello y se hablaba en voz baja.

De cuando en cuando, si alguno, soldado, oficial ó representante del pueblo, se aventuraba á atravesar la calzada solitaria, oíase un silbido agudo y débil, y el transeúnte caía herido ó muerto, ó si se libraba, veíase penetrar en algún postigo cerrado, en el hueco entre dos piedras ó en el rebozo de la pared, una bala ó un casco de metralla.

La gente de la barricada había hecho de dos trozos de tubos de bronce de los del gas, tapados en un extremo con estopa y tierra refractaria, dos cañoncitos.

No se gastaba inútilmente la pólvora; casi todos los tiros daban en el blanco.

Había acá y allá algunos cadáveres, y charcos de sangre en el arroyo de la calle.

El autor conserva el recuerdo de una mariposa blanca que volaba de un lado á otro. El estío no abdica jamás.

En los alrededores, el piso de las puertas cocheras estaba cubierto de heridos.

Conocía uno allí que era blanco de algún fusil invisible, y que toda la calle estaba bajo la puntería de las bocas de fuego.

Los soldados de la columna de ataque, agrupados detrás de la especie de joroba que forma, á la entrada del arrabal del Temple, el puente cintrado del canal, observaban, graves y pensativos, aquel lúgubre reducto, aquel objeto inmóvil, impasible, de donde salía la muerte.

Algunos se arrastraban á cuclillas hasta lo alto de la curva del puente, cuidando de que no asomasen sus chacós.

El valiente coronel Monteynard admiraba estremecido aquella barricada.

¡Qué bien construida está!—decía á un representante.—No hay una piedra que salga más que otra. Parece una porcelana.

En aquel momento una bala le rompió la cruz que llevaba sobre el pecho, y cayó.

—¡Cobardes!—gritaban otros.—Pero ¡si no se presentan! ¡Que se los vea al menos! ¡No se atreven! ¡Se esconden!

La barricada del arrabal del Temple, defendida por ochenta hombres nada más, y atacada por diez mil, resistió tres días.

Al cuarto se hizo como en Zaatcha y Constantina; se agujerearon las casas, se entró en ellas por los techos, y así pudo tomarse la barricada.

Ninguno de aquellos ochenta cobardes pensó en huir: todos fueron muertos, excepto el jefe, Barthélemy, de quien hablaremos luego.

La barricada de San Antonio era el tumulto de los truenos, la del Temple era el silencio.

Entre ambos reductos había la misma diferencia que entre lo formidable y lo siniestro.

Parecía el uno la boca de una fiera; el otro, la de un mascarón.

Admitiendo que la gigantesca y tenebrosa insurrección de junio se compusiera de una cólera y de un enigma, sentíase en la primera barricada [Pg 404] al dragón, y detrás de la segunda la esfinge.

Aquellas dos fortalezas habían sido edificadas por dos hombres, llamados Cournet el uno, y Barthélemy el otro.

Cournet había hecho la barricada de San Antonio, y Barthélemy la barricada del Temple.

Cada una de ambas era la imagen de aquél que la había levantado.

Cournet era hombre de elevada estatura, anchas espaldas, rostro colorado, fuerza colosal, corazón atrevido, alma leal, ojo sincero y terrible. Era intrépido, enérgico, irascible, violento; el más cordial de los [Pg 405] hombres y el más formidable de los combatientes. La guerra, la lucha y la reyerta eran su elemento y le ponían alegre. Había sido oficial de marina, y en sus gestos y voz se adivinaba que salía del Océano y que procedía de la tempestad: continuaba el huracán en la batalla.

Salvo el genio, había en Cournet algo de Dantón, así como, prescindiendo de la divinidad, había en Dantón algo de Hércules.

Barthélemy, flaco, de pobre apariencia, pálido, taciturno, era una especie de pilluelo trágico, que abofeteado por un municipal, le acechó, [Pg 406] le aguardó y le mató, habiendo ido á presidio á los diez y siete años. Salió é hizo aquella barricada.

Algún tiempo después (¡complicación fatal!), estando en Londres proscriptos ambos, Barthélemy mató á Cournet. Fué éste un duelo fúnebre.

Más tarde, cogido en el engranaje de una de esas misteriosas aventuras en que se mezcla la pasión, catástrofe en que la justicia francesa ve circunstancias atenuantes, y la justicia inglesa sólo ve la muerte, Barthélemy fué ahorcado.

La sombría construcción social está hecha de manera que, gracias á la desnudez material y gracias á la obscuridad moral, aquel desgraciado ser que contenía una inteligencia indudablemente social, grande quizá, empezó por el presidio en Francia, y acabó por la horca en Inglaterra.

Barthélemy, cuando llegaba el caso, no enarbolaba más que una bandera: la negra.

[Pg 407]

II
Qué se ha de hacer en el abismo sino hablar

Diez y seis años se habían pasado en la subterránea educación del motín, y junio de 1848 era más sabio que junio de 1832.

La barricada de la calle de la Chanvrerie era sólo un esbozo y un embrión, comparada con las dos colosales barricadas que acabamos de delinear; mas para su época, era formidable.

Los insurrectos, bajo la inspección de Enjolrás, pues Mario no veía [Pg 408] ya nada, habían aprovechado la noche.

La barricada había sido, no sólo reparada, sino reforzada. Había crecido dos pies más.

Algunas barras de hierro, saliendo de entre las piedras, parecían lanzas en ristre.

Escombros agregados de diferentes clases, traídos de todas partes, complicaban el armazón exterior.

El reducto había sido hábilmente rehecho por dentro como pared y por fuera como maleza.

Habíase recompuesto la gradería de adoquines que permitía subir á él como al muro de una ciudadela.

Se había dado un limpión á la barricada: la parte baja estaba libre de estorbos, la cocina del bodegón convertida en hospital, y la cura de los heridos practicada; se había recogido la pólvora esparcida por el suelo, y en las mesas fundido balas, fabricado cartuchos, aprontado hilas, [Pg 409] distribuido las armas caídas, barrido el interior del reducto, quitado los escombros y llevado los cadáveres.

Los muertos habían sido depositados en la callejuela de Mondetour, de la que los insurrectos continuaban siendo dueños.

Por mucho tiempo siguieron las manchas rojas sobre el empedrado.

Entre los muertos había cuatro guardias nacionales de las afueras, cuyos uniformes mandó recoger Enjolrás.

Había aconsejado Enjolrás dos horas de sueño; un consejo suyo era una consigna, y sin embargo, sólo se aprovecharon de él tres ó cuatro.

Feuilly empleó aquellas dos horas en grabar esta inscripción en la pared frontera á la taberna:

¡VIVAN LOS PUEBLOS!

Estas tres palabras, grabadas en la piedra con un clavo, se leían allí en 1848 todavía.

Las tres mujeres habían aprovechado el descanso de la noche para desaparecer definitivamente; con lo cual respiraban más á sus anchas los insurrectos.

Sin duda habían hallado medio de refugiarse en alguna casa vecina.

La mayor parte de los heridos podían y querían combatir aún.

Había en la cocina, que hacía las veces de hospital, sobre una litera formada de colchones y haces de paja, cinco hombres gravemente heridos, entre ellos dos guardias municipales. Á estos últimos se les había atendido en primer lugar.

En la sala baja no quedaron más que Mabeuf, cubierto con el paño negro, y Javert atado al poste.

—Ésta es la sala de los muertos,—dijo Enjolrás.

En lo interior de esta sala, apenas alumbrada por una vela, hacia el fondo, hallándose la mesa mortuoria detrás del poste, como una barra horizontal, resultaba una especie de cruz vaga formada por Javert de pie y Mabeuf tendido.

La lanza del ómnibus, aunque rota por los disparos de la fusilería, estaba aún en disposición de sostener una bandera, y Enjolrás que poseía las cualidades propias de un jefe, ejecutando siempre lo que decía, ató á aquella asta el levitón ensangrentado y hecho jirones del viejo mártir.

No era posible comida ninguna, pues carecían de pan y carne.

Los cincuenta hombres de la barricada, en las diez y seis horas que llevaban de estar allí, habían consumido pronto las mezquinas provisiones del figón.

En un instante dado, toda barricada que resiste se convierte inevitablemente en la balsa de los náufragos de la Medusa.

Fué preciso resignarse á tener hambre.

Eran las primeras horas del 6 de junio, de aquel día espartano, en que Jeanne, en la barricada de San Merry, rodeado de insurrectos que le pedían pan, cuando todos aquellos combatientes decían: ¡Á comer!, respondió:

—¿Para qué? Si son ya las tres, y á las cuatro todos habremos muerto.

Como no había que comer, Enjolrás prohibió que se bebiera.

Privóles del vino, y puso tasa al aguardiente.

Habíanse encontrado en la cueva quince botellas llenas, herméticamente tapadas.

Enjolrás y Combeferre las examinaron.

El último dijo mientras subía:

—Esto pertenece al antiguo almacén del tío Hucheloup, que empezó por tener tienda de comestibles.

—Debe ser verdadero vino,—observó Bossuet.—Es una fortuna que Grantaire duerma; pues de que no, peligrarían esas botellas.

Enjolrás, á pesar de los murmullos, puso su veto á las quince botellas; y para que nadie las tocara y se las considerase como sagradas, las mandó colocar debajo de la mesa donde yacía Mabeuf.

Á eso de las dos de la madrugada se contaron los combatientes; aún quedaban treinta y siete.

El día empezaba á despuntar, y apagaron la antorcha que se había vuelto á colocar en su alvéolo de adoquines.

El interior de la barricada, especie de patio usurpado á la calle, estaba anegado en tinieblas, y se asemejaba, á través del vago horror crepuscular, al puente de un navío desamparado.

Los combatientes, yendo y viniendo, se movían allí como formas negras.

Por encima de aquel aterrador nido de sombra, se bosquejaban lívidamente los pisos de las casas mudas, y en la parte superior se veía blanquear las chimeneas.

El cielo ofrecía aquel su hermoso é indeciso matiz entre blanco y azul.

Los pájaros volaban, cantando alegremente.

La casa alta que formaba el fondo de la barricada, mirando hacia Levante, ostentaba en su techo un reflejo de color de rosa.

En el ventanillo del tercer piso, el aire de la mañana agitaba los blancos cabellos de la cabeza del hombre muerto.

—Me alegro de que hayan apagado la antorcha,—decía Courfeyrac á Feuilly.—Dábame grima verla doblarse á impulso del viento; parecía tener miedo. La luz de las antorchas es como la prudencia de los cobardes; alumbra mal porque tiembla.

El alba despierta los ánimos, como despierta á los pájaros; todos hablaban.

Joly, al ver á un gato andando sobre la canal de un tejado, prorrumpió en este arranque filosófico:

—¿Qué es el gato? Es un correctivo. Después de haber hecho Dios el ratón,—exclamó:—«¡Vaya! He hecho una tontería». É hizo inmediatamente al gato. El gato es la fe de erratas del ratón. El ratón y el gato, son la prueba revisada y corregida de la creación.

Combeferre, rodeado de estudiantes y de obreros, hablaba de los muertos, de Juan Provaire, de Bahorel, de Mabeuf, y hasta de Cabuc y de la tristeza severa de Enjolrás, y decía:

—Armodio y Aristógiton, Bruto, Chereas, Estéfano, Cromwell, Carlota Corday, Sand, todos han sentido, después del golpe, su momento de angustia. Nuestro corazón es tan propenso á estremecerse, y la vida humana es un misterio tan grande, que, aun en el caso de un homicidio cívico, de un homicidio libertador, si los hay, el remordimiento de haber herido á un hombre excede á la alegría de haber servido al género humano.

Y un instante después, como acontece de ordinario en el laberinto de la palabra, por una transición á que dieron lugar los versos de Juan Provaire, Combeferre se puso á comparar entre sí á los traductores de las Geórgicas, á Raux con Cournand, á Cournand con Délille, indicando los pasajes traducidos por Malfilatre, sobre todo los prodigios de la muerte de César.

El nombre de César le condujo naturalmente á hablar de Bruto.

—César,—decía Combeferre,—mereció caer. Cicerón trató con severidad á César, y tenía razón para ello. Aquella severidad suya no es en modo alguno la diatriba. Zoilo insultando á Homero, Mevio insultando á Virgilio, Visé insultando á Molière, Pope insultando á Shakespeare, Frerón insultando á Voltaire, es el cumplimiento de una antigua ley de envidia y de odio; el genio atrae la injuria; los grandes hombres son siempre más ó menos zaheridos.

«Pero Zoilo y Cicerón son dos: Cicerón es el justiciero del pensamiento, como es Bruto el justiciero de la espada.

«Por mi parte, vitupero esta última justicia, la espada; pero la antigüedad la admitía.

«César, violador del Rubicón, confiriendo, como procedentes de él, las dignidades que procedían del pueblo, no levantándose á la entrada del Senado, hacía, como dice Eutropio, cosas de rey y casi de tirano; regia ac pene tyrannica.

«Era un grande hombre; tanto peor, ó tanto mejor; pues así la lección es más alta. Sus veintitrés heridas me afectan menos que la saliva escupida á la frente de Jesucristo. César es acuchillado por senadores; Cristo es abofeteado por lacayos. Á mayor ultraje, mayor sentimiento de Dios.

Bossuet, dominando desde la cima de un montón de adoquines toda aquella charla, gritaba, carabina en mano:

—¡Oh Cydathenaeum! ¡Oh Myrrhinus! ¡Oh Probalintho! ¡Oh Gracias de la Æántide! ¡Oh, quién me diera el pronunciar los versos de Homero como un griego de Laurio ó de Edapteón!».

[Pg 410]

III
Luz y sombra

Enjolrás había ido á hacer un reconocimiento, saliendo por la callejuela de Mondetour, y serpenteando á lo largo de las casas.

Los insurrectos, debemos decirlo, estaban llenos de esperanza.

La manera como habían rechazado el ataque de la noche, les inducía casi á despreciar anticipadamente el ataque de la mañana. Aguardábanle sonriendo, y creían en el triunfo tanto como en la causa que sustentaban.

Por otra parte iba á llegarles evidentemente un socorro, y contaban con él.

Arrastrados por esa facilidad de profecía victoriosa, que es una de las fuerzas del francés combatiendo, dividían en tres fases seguras el día próximo á alumbrar: á las seis de la mañana pronunciamiento de un regimiento que estaba ya trabajado; á las doce, insurrección de todo París; á la puesta del sol, la Revolución.

Oíase la campana de San Merry, que no había cesado un solo minuto de tocar á rebato desde la víspera, lo cual probaba que la otra barricada, la grande, la de Jeanne, seguía resistiendo.

Todas estas esperanzas se comunicaban de uno á otro grupo con una especie de cuchicheo alegre é imponente á la vez, que parecía el zumbido belicoso de una colmena.

Enjolrás apareció de nuevo. Volvía de su sombrío paseo de águila en la obscuridad exterior. Escuchó un instante todo aquel regocijo con los brazos cruzados y la mano en la boca.

Después, fresco y sonrosado, en medio de la blancura matinal creciente, díjoles:

—Todo el ejército de París está sobre las armas. La tercera parte de esa tropa pesa sobre la barricada que defendéis, y además la Guardia nacional. He distinguido los chacós del quinto de línea, y los banderines de la legión sexta. Dentro de una hora seremos atacados. En cuanto al pueblo, ha mostrado ayer efervescencia, pero hoy ya no se mueve. No hay nada que esperar; ni un arrabal, ni un regimiento. Estamos abandonados.

Estas palabras cayeron sobre los bulliciosos grupos, produciendo el efecto de la primera gota de la tempestad sobre un enjambre. Todos quedaron mudos y como anonadados.

Hubo un momento de inexplicable silencio, en que se hubiera oído volar á la muerte.

Este momento fué breve.

Una voz, que salió del fondo de los grupos, gritó á Enjolrás:

—Está bien. Elevemos la barricada á veinte pies de altura, y muramos aquí todos. Ciudadanos, hagamos la protesta de los cadáveres. Mostremos que, si el pueblo abandona á los republicanos, los republicanos no abandonamos al pueblo.

Esas palabras expresaban, en medio de la nube penosa de ansiedades individuales, el pensamiento de todos, y así fueron acogidas de uno á otro extremo de la barricada con aclamación entusiasta.

Nunca ha llegado á saberse el nombre del individuo que habló así; alguno quizá de éstos que visten blusa, ignorado, desconocido, olvidado; [Pg 411] un héroe del momento, ese grande anónimo que se mezcla siempre en las crisis humanas y en los génesis sociales, y que en un instante dado pronuncia con tono sublime la palabra decisiva, desvaneciéndose en las tinieblas, después de representar por un instante la luz del relámpago, al pueblo y á Dios.

Esa resolución inexorable estaba de tal manera en el ambiente del 6 de junio de 1832, que casi á la misma hora, en la barricada de San Merry, los insurrectos lanzaban este clamor, conservado por la historia y consignado en el proceso que se formó luego:

—Désenos ó no se nos dé auxilio, ¡qué importa! Hagámonos matar desde el primero al último.

Como se ve, las dos barricadas, aunque materialmente aisladas, se comunicaban.

[Pg 412]

IV
Cinco de menos y uno más

Después que hubo hablado el desconocido que derrotó «la protesta de los cadáveres», dando la fórmula del sentimiento común, salió de todas las bocas un grito terrible de extraña satisfacción; fúnebre por el sentido y triunfal por el acento.

—¡Viva la muerte! Nadie salga de aquí.

—¿Por qué todos?—dijo Enjolrás.

—¡Todos! ¡Todos!

Enjolrás repuso:

La posición es buena, la barricada es fuerte. Si bastan treinta hombres [Pg 413] ¿á qué sacrificar cuarenta?

Ellos replicaron:

—Porque ninguno querrá marcharse.

—Ciudadanos,—exclamó Enjolrás con cierta vibración casi irritada de su acento,—la república no es tan rica en hombres que pueda hacer inútiles dispendios. La vanagloria es un despilfarro. Sí, para algunos, resulta el deber de marcharse, hay que cumplirlo como otro deber cualquiera.

Enjolrás, el hombre principio, tenía sobre sus correligionarios la singular omnipotencia que se desprende de lo absoluto; y sin embargo, por grande que fuera su poderío, empezaron á oírse murmullos.

Enjolrás, jefe hasta la punta de los dedos, viendo que había quien [Pg 414] murmuraba, insistió, y repuso con altivez:

—Que los que teman no ser treinta, lo digan desde luego.

Redobláronse los murmullos.

—Además,—observó una voz de entre el grupo,—marcharse es cosa muy fácil de decir. La barricada está cercada por todas partes.

—Menos por la del Mercado,—dijo Enjolrás.—La calle Mondetour está libre, y siguiendo la de Predicadores se puede llegar á la plazuela de los Inocentes.

—Y allí,—añadió otra voz del grupo,—no habrá medio de escapar. Se tropezará con alguna patrulla de tropa de línea ó de las afueras, que al ver á un hombre de blusa y gorra le preguntará: ¿De dónde vienes? [Pg 415] ¿De la barricada quizá? Y examinando las manos del fugitivo, y viendo que huelen á pólvora, le fusilarán.

Enjolrás, sin responder, tocó á Combeferre en el hombro, y ambos entraron en la sala baja.

Después de un momento salieron. Enjolrás traía en sus dos manos los cuatro uniformes que había mandado reservar, y Combeferre le seguía con las fornituras y chacós.

—Vistiendo este uniforme,—dijo Enjolrás,—es fácil mezclarse en las filas y huir. Hay aquí para cuatro.

Y arrojó en el suelo desempedrado los cuatro uniformes.

Nadie se movió en aquel estoico auditorio.

Combeferre tomó la palabra:

—Vamos,—dijo,—es preciso tener un poco de lástima. ¿Sabéis de qué se trata? Pues se trata de las pobres mujeres. Vamos á ver. ¿Hay esposas? ¿sí ó no? ¿Hay hijos? ¿sí ó no? ¿Hay ó no hay madres que mecen las cunas con sus pies, y que tienen alrededor de sí un ato de chiquillos? [Pg 416] Aquél de entre vosotros que no haya visto jamás el seno de una madre criando que alce el dedo.

«¡Ah! ¿Queréis morir? También yo, yo que os estoy hablando, pero no quiero ver junto á mí espectros de mujeres retorciendo los brazos de desesperación. Morid, si así lo deseáis, pero no ocasionéis la muerte. Los suicidios, como el que va á verificarse aquí, son sublimes; pero el suicidio debe reducirse á los más estrechos límites; y en cuanto se extienda á vuestros parientes toma el nombre de asesinato. Acordaos de las cabecitas rubias; pensad en los cabellos blancos.

«Ahora bien, oídme. Enjolrás, hace un instante, según me ha dicho, ha visto en la esquina de la calle del Cisne una pobre ventana de un quinto piso, con luz, y al través de los vidrios la vacilante sombra de una cabeza de anciana, que tenía trazas de haber pasado la noche aguardando. Quizá sea la madre de alguno de vosotros. Pues bien, ése que se marche, que se dé prisa á ir en busca de su madre, y decirle: «¡Madre, aquí estoy!», y que vaya tranquilo, pues no dejaremos por eso de cumplir nuestro deber.

«Cuando se sostiene á los parientes con el trabajo de los brazos, no hay derecho á sacrificarse, porque equivale á desertar de la familia.

«Pero, ¡y los que tienen hijas, los que tienen hermanas! ¿Habéis pensado en ello bien? Desafiar la muerte, morir; en buen hora. ¿Y mañana? Ahí quedan esas muchachas sin pan... ¡Porvenir terrible! El hombre mendiga; la mujer se vende.

«¡Ah! Esos bellísimos seres tan llenos de gracia y dulzura, que se adornan la cabeza con flores, que llenan la morada de castidades, que cantan, que charlan, que son como un perfume viviente, que prueban la existencia de los ángeles en el cielo con la pureza de las vírgenes en la tierra; esa María, esa Luisita, esa Lola, adorables y honestas criaturas, que son vuestra bendición y vuestro orgullo... ¡Pobrecitas! ¿Van á tener hambre!

«¡Qué! ¿Queréis que os lo diga? Hay un mercado de carne humana; y no serán vuestras sombras, con sus manos trémulas alrededor de ellas, las que las guarden de entrar en él. Pensad en la calle; pensad en las aceras llenas de transeúntes; pensad en las tiendas, por delante de las cuales pasan y vuelven á pasar mujeres descotadas y sumidas en el fango. También esas mujeres han sido puras. Aquéllos de vosotros que tengan hermanas deben pensar en ello.

«La miseria, la prostitución, los agentes municipales, la cárcel de San Lázaro, tales son los abismos que se abren ante esas delicadas y bellas muchachas frágiles maravillas del pudor, del donaire y de la belleza, más frescas que las lilas de mayo. ¡Ah! ¡Morir vosotros! ¡No estar ya á su lado! Perfectamente; habréis querido librar al pueblo de los reyes, entregando vuestras hijas á la policía.

«Amigos, tened, cuando menos, compasión. ¡Se piensa de ordinario tan poco en las mujeres, en las infelices mujeres! Se fía en que no han recibido la educación de los hombres; se les impide leer, pensar, ocuparse en política... Pero ¿se les impedirá que vayan esta tarde al depósito de la Morgue, y reconozcan allí vuestros cadáveres?

«¡Ea! Es preciso que los que tengan familia se hagan el cargo de su deber como buenos, que nos den un apretón de manos y se marchen, dejándonos aquí solos con nuestra faena. Comprendo que se necesita valor para marcharse, que es difícil; pero cuanto mayor es la dificultad, mayor resulta el mérito.

«Dícese: «Tengo un fusil, estoy en la barricada, y me quedo». Estas cosas se dicen fácilmente; pero, amigos míos, hay un mañana, y ese mañana no amanecerá para vosotros, y sí para vuestras familias. Y ¡cuántos sufrimientos!

«¿Sabéis lo que es de un lindo niño, sano, fresco y colorado como una manzana, que picotea, retoza, ríe y exhala dulcísimo frescor al darle un beso, en cuanto se le abandona?

«He visto uno que apenas levantaba tres palmos del suelo. Su padre había muerto, y unas pobres gentes le habían recogido por caridad. Pero es el caso que no tenían pan para sí, y el niño estaba siempre hambriento. Era en invierno. No lloraba.

«Veíasele arrimado á la estufa donde jamás había lumbre, y cuyo tubo, como sabéis, se ajusta con tierra amarilla. El pobre niño arrancaba con sus deditos un poco de esa tierra, y se la comía.

«Tenía la respiración ronca, la cara lívida, las piernas flojas, el vientre abultado. No decía nada. Si le hablaban, no respondía.

«Murió. Le llevaron á morir al hospicio de Necker. Estando yo allí de practicante le vi.

«Ahora, si hay entre vosotros algún padre de los que tienen á dicha ir á pasear el domingo, llevando de su robusta mano la manita de su tierno hijo, vea en aquel niño el suyo.

«¡Pobrecillo! Me parece verle todavía desnudo sobre la mesa de disecciones, con las costillas asomándole bajo la piel, como las fosas bajo la yerba de un cementerio. Se le encontró una cosa parecida á lodo en el estómago, y ceniza en los dientes.

«¡Vamos! Probemos á consultar nuestra conciencia y nuestro corazón. La estadística demuestra que la mortalidad de los niños abandonados es de cincuenta y cinco por ciento. Lo repito; aquí se trata de las esposas, de las madres, de las hijas, de los niños. Nadie habla de nuestras propias personas.

«Harto se sabe lo que valéis todos; harto se sabe que sois todos unos valientes; ¡pardiez! que os alegráis y envanecéis de dar la vida por la santa causa, que os creéis elegidos para morir útil y dignamente, y que todos queréis participar del triunfo. Enhorabuena. Pero no estáis solos en el mundo. Hay otras personas en quienes es preciso pensar, y no debemos ser egoístas».

Todos bajaron la cabeza con aire sombrío.

¡Extrañas contradicciones del corazón humano en sus momentos más sublimes! Combeferre, que hablaba así, no era huérfano. Acordábase de las madres de los otros y olvidaba la suya. Iba á morir; era «egoísta».

Mario, en ayunas, calenturiento, sucesivamente burlado en todas sus esperanzas, embarrancado en el dolor, el más sombrío de todos los náufragos, saturado de emociones violentas, y sintiendo aproximarse el fin, estaba cada vez más sumido en ese visionario estupor que precede siempre á la hora fatal, voluntariamente aceptada.

Un fisiólogo hubiera podido estudiar en él los síntomas crecientes de esa absorción febril, conocida y clasificada por la ciencia, y que es respecto del sufrimiento lo que la voluptuosidad respecto del placer.

También la desesperación tiene sus éxtasis, y éste era el éxtasis de Mario.

Asistía á todo lo que allí pasaba, como si lo contemplase desde afuera.

Conforme hemos dicho antes, las cosas que sucedían á su vista se le figuraban lejanas; aunque distinguía el conjunto, no percibía los pormenores.

Veía á los que iban y venían al través de un inmenso resplandor. Las voces llegaban á él como si saliesen del fondo de un abismo.

Pero, sin embargo, eso le conmovió.

Había en aquella escena algo que penetró hasta él, y le despertó.

Su única idea era la de morir, y no quería distraerse de ella un solo instante; pero comprendió en su sonambulismo fúnebre, que por el mero hecho de perderse, no le estaba vedado salvar á alguien.

Levantó la voz:

—Enjolrás y Combeferre tienen razón,—dijo;—nada de sacrificios inútiles. Opino como ellos, y hay que darse prisa. Lo que Combeferre ha dicho no admite réplica. Entre vosotros se encuentran algunos que tienen familia, madres, hermanas, esposas, hijas. Salgan ésos de las filas.

Nadie se movió.

—¡Salgan de las filas los hombres casados, y los que son el sostén de sus familias!—repitió Mario.

Su autoridad era grande; pues si bien se consideraba á Enjolrás como jefe de la barricada, mirábase á Mario como su salvador.

—Lo mando,—exclamó Enjolrás.

—Os lo ruego,—dijo Mario.

Entonces, conmovidos por el discurso de Combeferre, por la orden de Enjolrás, y por la súplica de Mario, aquellos hombres heroicos empezaron á denunciarse unos á otros.

—Cierto,—decía un joven á un hombre ya formado; tú eres padre de familia. Márchate.

Á ti es á quien te toca irse,—respondía el hombre,—pues mantienes á tus dos hermanas.

Y empeñóse una lucha inaudita, no queriendo ninguno dejarse de poner á la puerta del sepulcro.

—Despachemos,—dijo Combeferre;—dentro de un cuarto de hora ya será tarde.

—Ciudadanos,—prosiguió Enjolrás,—reina aquí la república, y el sufragio universal con ella. Designad vosotros mismos quiénes deben irse.

Obedecieron.

Á los pocos minutos fueron designados cinco por unanimidad, y salieron de las filas.

—¡Son cinco!—exclamó Mario.

No había más que cuatro uniformes.

—Bueno,—dijeron los cinco.—Es preciso que se quede uno.

Y empezó de nuevo la generosa querella, buscando cada cual razones para no marcharse, y para convencer á los otros de que debían hacerlo.

—Tú tienes una mujer que te ama.

—Tú tienes á tu madre anciana.

—Tú no tienes padre ni madre; ¿qué va á ser de tus hermanitos?

—Tú eres padre de cinco hijos.

—Tú tienes derecho á vivir, pues sólo cuentas diez y siete años. Sería morir demasiado pronto.

Esas grandes barricadas revolucionarias eran centros de heroísmo. Lo inverosímil parecía allí sencillo, y aquellos hombres no se admiraban unos de otros.

—Despachemos,—repitió Courfeyrac.

Desde los grupos gritaron á Mario:

—Designad vos el que deba quedarse.

—Sí,—dijeron los cinco;—elegid y os obedeceremos.

Mario no se creía ya capaz de emociones, y sin embargo, á la idea de elegir un hombre para la muerte, toda su sangre refluyó hacia el corazón. Se hubiera puesto pálido, si le hubiese sido posible aún palidecer.

Dirigióse á los cinco, que le aguardaban con la sonrisa en los labios, cada uno de los cuales, brillando en sus ojos esa gran llama que se ve en el fondo de la historia sobre las Termópilas, le gritaba:

—¡Yo! ¡yo! ¡yo!

Y Mario los contó como un estúpido. No había remedio; ¡eran cinco! Luego fijó la vista en los cuatro uniformes.

En aquel instante el quinto uniforme cayó, como llovido del cielo, sobre los otros cuatro. El quinto hombre se había salvado.

Mario alzó los ojos y reconoció al señor Fauchelvent.

Juan Valjean acababa de entrar en la barricada.

Sea en virtud de indicaciones recibidas, sea por instinto, sea por casualidad, llegaba por la callejuela de Mondetour. Gracias á su uniforme de guardia nacional, nadie le había puesto el menor obstáculo.

El centinela, colocado por los insurrectos en la calle de Mondetour, no creyó dar la señal de alarma tratándose de un guardia nacional solo. Dejó que se internara en la calle, diciéndose: «será probablemente un refuerzo, y cuando no, un prisionero».

El momento era demasiado grave para que el centinela pudiera distraerse de su deber y dejar su puesto de observación.

Al entrar Valjean en el reducto, nadie le echó de ver, estando todos los ojos fijos en los cinco individuos elegidos y en los cuatro uniformes.

Juan Valjean lo había visto y oído todo; y despojándose silenciosamente de su uniforme, lo arrojó, como dejamos dicho, en el montón de los cuatro.

La emoción fué indescriptible.

—¿Quién es ese hombre?—preguntó Bossuet.

—Un hombre que salva á los demás,—contestó Combeferre.

Mario añadió con voz grave:

—Le conozco.

Esta afirmación satisfacía á todos.

Enjolrás se volvió á Juan Valjean, diciéndole:

—Bienvenido, ciudadano.

Y añadió:

—Ya sabéis que aquí se va á morir.

Juan Valjean, sin decir una palabra, ayudó al insurrecto, á quien acababa de salvar, á vestir su uniforme.

[Pg 417]

V
¡El horizonte que se descubre desde lo alto de la barricada!

La situación de todos en aquella hora fatal y en aquel lugar inexorable, tenía por resultado extremo la suprema melancolía de Enjolrás.

Enjolrás abarcaba dentro de sí la plenitud de la revolución, y no obstante, era tan incompleto como pueda serlo lo absoluto. Tenía demasiado de Saint Just, y no lo bastante de Anacarsis Clootz.

Su espíritu, sin embargo, en la sociedad de los amigos del A B C, había acabado por someterse á la influencia magnética de las ideas de Combeferre. Hacía algún tiempo que, saliendo poco á poco del estrecho molde del dogma, cedía al empuje del progreso, llegando á aceptar, como evolución definitiva y magnífica, la trasformación de la gran república [Pg 418] francesa en la inmensa república humana.

En cuanto á los medios inmediatos, dada una situación violenta, queríalos también violentos; en esta parte no había variado, y permanecía fiel á la escuela épica y formidable, que se resume en este número: Noventa y tres.

Enjolrás estaba de pie sobre la gradería de adoquines, con un codo apoyado en el cañón de su carabina.

Meditaba, y de vez en cuando se estremecía, como si sintiese pasar un hálito misterioso... En los lugares que visita la muerte, suelen notarse esos efectos de las antiguas trípodes.

De sus pupilas, que reflejaban la mirada interior, salían como llamas comprimidas.

De repente levantó la cabeza; sus cabellos rubios como el oro cayeron hacia atrás, como los del ángel sobre el sombrío carro de estrellas, semejantes á la melena de un león erizada en forma de resplandeciente aureola. Entonces Enjolrás habló así:

—Ciudadanos, imaginaos el porvenir. ¡Las calles de las ciudades inundadas de luz, ramas verdes en los umbrales, las naciones hermanas, los hombres justos, los viejos bendiciendo á los niños, el pasado amando lo presente, los pensadores en libertad completa, los creyentes iguales entre sí, por religión el cielo, Dios, sacerdote directo, la conciencia humana convertida en altar, extinguido el odio; el taller y la escuela fraternizando, por penalidad y por recompensa la notoriedad; para todos el trabajo, para todos el derecho, la paz para todos, sin más derramamientos de sangre, sin más guerras, y las madres dichosas!

«El primer paso es sojuzgar la materia; el segundo realizar el ideal.

«Reflexionad en lo que ha hecho ya el progreso hasta nuestros días.

«En otros tiempos las primeras razas humanas veían aterrorizadas pasar ante sus ojos la hidra que soplaba sobre las aguas, el dragón que vomitaba fuego, el grifo que era el monstruo del aire, y que volaba con alas de águila y garras de tigre; espantosas fieras que resultaban superiores al hombre.

«Sin embargo, el hombre ha tendido sus redes, las sagradas redes de la inteligencia, y ha acabado por coger en ellas á los monstruos.

«Hemos domado á la hidra, y ahora se le llama buque de vapor; hemos domado al dragón, y ahora se le llama locomotora; estamos á punto de domar el grifo, le tenemos ya cogido, y se llama ya globo.

«El día en que esta obra de Prometeo termine, unciendo el hombre definitivamente al carro de su voluntad, la triple Quimera antigua, la hidra, el dragón y el grifo, ese día será dueño del agua, del fuego y del aire, y vendrá á ser para el resto de la creación animada, lo que para él eran en otro tiempo los antiguos dioses.

«¡Valor, y adelante! ¿Adónde vamos, ciudadanos? Á la ciencia convertida en gobierno, á la fuerza de las cosas erigida en única fuerza pública, á la ley natural con su sanción y su penalidad en sí misma y promulgada por la evidencia, á una alborada de verdad que corresponda al albor del día.

«Caminamos á la unión de los pueblos; caminamos á la unidad del hombre.

«No más ficciones, no más parásitos. Lo real gobernado por lo verdadero; éste es el fin.

«La civilización celebrará sus asambleas en las alturas de Europa, y luego en el centro de los continentes, en un gran Parlamento de la inteligencia.

«Hase visto ya algo parecido á esto. Los anfictiones tenían dos juntas al año; una en Delfos, mansión de los dioses, y otra en las Termópilas, mansión de los héroes.

«Europa tendrá sus anfictiones, y el globo los tendrá también á su vez.

«Francia lleva dentro de su seno ese porvenir sublime. En ella está la gestación del siglo XIX. Lo que bosquejó Grecia, merece ser terminado por Francia.

«Oye, tú, Feuilly, valiente obrero, hombre del pueblo, hombre de los pueblos. Yo te venero. Sí, tú ves con claridad las futuras edades; sí, tienes razón.

«Carecías de padre y madre, Feuilly, y has adoptado por madre la humanidad y por padre el derecho. Vas á morir aquí; esto es, á triunfar.

«¡Ciudadanos! Suceda hoy lo que quiera, venzamos ó seamos vencidos, vamos á producir una revolución. Así como los incendios iluminan toda una ciudad, las revoluciones iluminan todo el género humano.

«¿Y qué revolución produciremos? Acabo de decirlo: la revolución de lo Verdadero.

«Bajo el punto de vista político, no hay más que un principio: la soberanía del hombre sobre sí mismo. Esta soberanía del yo sobre el yo se llama Libertad.

«Desde el punto en que dos ó más de estas soberanías se asocian, comienza el Estado. Pero en esta asociación no hay abdicación ninguna.

«Cada soberanía cede cierta parte de sí misma para formar el derecho común; parte que es igual para todos. Y esta identidad de concesiones hechas por los individuos en beneficio de la humanidad se llama Fraternidad.

«El punto de intersección de todas estas soberanías que se agregan, es lo que recibe el nombre de Sociedad. Siendo esta intersección una unión, el punto en que se verifica es un nudo. De ahí lo que se llama vínculo social.

«Algunos dicen contrato social, y viene á ser lo mismo, por cuanto la palabra contrato se forma etimológicamente con la idea de vínculo.

«Entendámonos acerca de la igualdad; puesto que si la libertad es la cima, la igualdad es la base.

«La igualdad, ciudadanos, no significa toda la vegetación á nivel; una sociedad de matas grandes y de robles pequeños; un vecindario de envidiosos mordiéndose entre sí; civilmente, la igualdad significa el camino abierto á todas las aptitudes; políticamente, los votos de todos teniendo un mismo peso; religiosamente, todas las conciencias poseyendo igual derecho.

«La igualdad tiene un órgano, y este órgano es la instrucción gratuita y obligatoria. El derecho al alfabeto: por ahí es por donde se debe empezar.

«La escuela primaria impuesta á todos; la escuela secundaria ofrecida á todos: tal es la ley.

«De la escuela idéntica sale la sociedad igual.

«¡Sí, enseñanza! ¡Luz! ¡Luz! De la luz emana todo, y todo vuelve á ella.

«Ciudadanos, el siglo XIX es grande; pero el siglo XX será dichoso.

«Entonces no habrá nada que se parezca á la antigua historia; no habrá que temer, como hoy, una conquista, una invasión, una usurpación, una rivalidad de naciones á mano armada, una interrupción de civilización por el casamiento de algún rey; no habrá que temer un nacimiento de las tiranías hereditarias, un reparto de pueblos acordado en congresos, desmembraciones por hundimientos de dinastías, combates de religiones al encontrarse frente á frente, como los machos cabríos, en la sombra, sobre el puente de lo infinito; no habrá que temer el hambre, la explotación, la prostitución por la miseria, la miseria por falta de trabajo, y el cadalso y la cuchilla, y las batallas y todos esos latrocinios del acaso en la obscura selva de los acontecimientos.

«Casi pudiera decir, que no habrá ya acontecimientos, porque en la marcha natural del progreso no hay sacudidas ni accidentes.

«Todos serán felices.

«El género humano cumplirá su ley, como el globo terrestre cumple la suya; la armonía entre el alma y el astro se restablecerá; el alma gravitará en torno de la verdad, como el astro en torno de la luz.

«Amigos, la hora en que estamos y en que os hablo es una hora sombría: pero tales son las terribles condiciones de la conquista del porvenir.

«Una revolución es un peaje.

«¡Oh! El género humano será libertado, sacado de su postración, consolado. Lo afirmamos desde esta barricada.

«¿De dónde ha de salir el grito de amor, sino del altar del sacrificio?

«¡Oh, hermanos míos! Aquí está el lazo de unión entre los que piensan y los que sufren; esta barricada no está hecha ni de adoquines, ni [Pg 419] de maderos, ni de hierro viejo; está hecha de dos hacinamientos, uno de ideas, otro de dolores.

«La miseria se encuentra en ella con lo ideal.

«En ella, el día abrazado á la noche, le dice: Voy á morir contigo, y tú conmigo vas á renacer.

«Del estrecho abrazo de todas las aflicciones brota la fe. Los padecimientos traen aquí su agonía, y las ideas su inmortalidad.

«Esta agonía y esta inmortalidad van á mezclarse y á componer nuestra muerte.

«Hermanos, el que muere aquí, muere en la irradiación del porvenir, [Pg 420] y nosotros bajamos á una tumba completamente iluminada por la aurora».

Enjolrás se detuvo; era ello más bien una interrupción que el fin de su discurso.

Sus labios seguían moviéndose en silencio, como si continuase hablando consigo mismo; y sus compañeros, atentos y ansiosos de recoger aquellas palabras, no apartaban la vista de él.

No hubo aplausos, pero se cuchicheó durante un buen rato.

La palabra es un soplo; los estremecimientos de la inteligencia se parecen al estremecimiento de las hojas.

[Pg 421]

VI
Mario rudo y Javert lacónico

Digamos lo que pasaba en la imaginación de Mario.

Recuérdese el estado de su alma.

Como hemos vuelto á indicar, para él ahora todo se había reducido á una visión. Sus ideas eran confusas.

Mario, repitámoslo, se hallaba bajo las sombras de las grandes alas de lo tenebroso, abiertas sobre los agonizantes. Sentía que había penetrado en él el sepulcro, y parecíale que estaba al otro lado de la barrera, no viendo ya las caras de los vivos sino por los ojos de un muerto.

¿Cómo y por qué se encontraba allí el señor Fauchelvent? ¿Qué iba á hacer á la barricada? Mario no trató de averiguar nada de esto; pues siendo propio de nuestra desesperación extenderse á cuanto nos rodea, encontraba lógico que todos fuesen á morir en aquel sitio.

Pensó, sin embargo, en Cosette, con indecible angustia.

Por lo demás, el señor Fauchelvent no le habló, ni le miró siquiera, y hasta pareció no haber oído cuando Mario, levantando la voz, dijo: «Le conozco».

[Pg 422]

Esta actitud del señor Fauchelvent aliviaba á Mario de un gran peso, y aun diríamos que le agradaba, si tratándose de tales impresiones, pudiera emplearse semejante palabra.

Habíase sentido siempre incapaz de hablar á aquel hombre enigmático, que era para él á la vez equívoco é imponente.

Además, hacía mucho tiempo que no le había visto, lo cual, unido al carácter tímido y reservado de Mario, aumentaba más aún la imposibilidad.

Los cinco hombres designados salieron de la barricada por la callejuela de Mondetour; parecían verdaderos guardias nacionales.

Uno de ellos se fué llorando. Antes de partir, dieron un abrazo á los que se quedaban.

Cuando aquellos cinco hombres, devueltos á la vida, se marcharon, Enjolrás pensó en el sentenciado á muerte, y entró en la sala baja.

Javert, atado al poste, meditaba.

—¿Necesitas algo?—le preguntó Enjolrás.

Javert contestó:

—¿Cuándo me mataréis?

—Aguarda. En este momento necesitamos todos nuestros cartuchos.

—Entonces, dadme de beber,—dijo Javert.

Enjolrás le presentó él mismo un vaso de agua, y como Javert estaba atado, le ayudó á beber.

—¿Quieres algo más?—preguntó de nuevo Enjolrás.

—Estoy mal en este poste,—respondió Javert.—Habéis tenido alma para dejarme pasar así la noche. Atadme como queráis, pero bien podíais echarme sobre una mesa como al otro.

Y con un movimiento de cabeza indicaba el cadáver del señor Mabeuf.

Recordará el lector que en el fondo de la sala había una mesa grande, donde se habían fundido balas y hecho cartuchos; empleada, pues, toda la pólvora, y hechos todos los cartuchos, aquella mesa quedaba libre.

Por orden de Enjolrás, cuatro insurrectos desataron á Javert del poste, mientras un quinto hombre apoyaba en su pecho una bayoneta.

Dejáronle las manos atadas detrás, sujetáronle los pies con una cuerda delgada, pero fuerte, de modo que pudiera dar pasos de quince pulgadas, como se hace con los que van á subir al patíbulo, y se le condujo hasta la mesa del fondo, tendiéndole allí, y atándole perfectamente por la mitad del cuerpo.

Para mayor seguridad, y por medio de una cuerda fijada al cuello, se añadió el sistema de ligaduras, que le ponían en la imposibilidad de evadirse, esa especie de lazo, llamado en las cárceles gamarra, que partiendo de la nuca se bifurca en el estómago, y llega á las manos después de haber pasado por entre las piernas.

Mientras sujetaban á Javert, un hombre, en el umbral de la puerta, le estaba contemplando con atención singular.

La sombra que producía aquel hombre hizo volver la cabeza á Javert. Alzó los ojos y reconoció á Juan Valjean. Sin el menor estremecimiento volvió á bajarlos de nuevo con cierta altivez, limitándose á decir:

—¡No tiene nada de particular!

[Pg 423]

VII
La situación se agrava

El día adelantaba rápidamente, pero las ventanas y las puertas permanecían cerradas. Era la aurora, no el despertar.

El extremo de la calle Chanvrerie, opuesto á la barricada, había sido evacuado por las tropas, como hemos dicho; parecía pues estar libre, dando paso al transeúnte con una tranquilidad siniestra.

La calle de San Dionisio estaba muda como el paseo de las esfinges en Tebas. Ni un solo ser viviente se veía en las encrucijadas que blanqueaba [Pg 424] un reflejo de sol.

Nada hay tan lúgubre como esa claridad de las calles desiertas.

Aunque no se veía á nadie, en cambio se oía.

Notábase á cierta distancia un movimiento misterioso.

Era evidente que el instante crítico iba á llegar.

Como la víspera por la noche, los centinelas se replegaron, pero esta vez no quedó ninguno.

La barricada estaba más fuerte que en el primer ataque, y desde la partida de los cinco se la había elevado más aún.

Enjolrás, avisado por el vigía á quien tocó observar la parte del Mercado, temeroso de ser sorprendido por ella, adoptó una resolución grave. Mandó hacer una barricada en la pequeña bocacalle de la de Mondetour, que había permanecido libre hasta entonces.

Para eso fué preciso arrancar algunas hiladas más de adoquines.

De este modo la barricada, tapiando tres calles, la de la Chanvrerie por delante, la del Cisne y la Petite Truanderie á la izquierda, y la de [Pg 425] Mondetour á la derecha, era en verdad casi inexpugnable, si bien constituía igualmente un encierro fatal.

Tenía tres frentes, pero no le quedaba salida.

—Fortaleza y ratonera al mismo tiempo,—dijo riéndose Courfeyrac.

Enjolrás mandó hacinar junto á la puerta del bodegón unos treinta adoquines, «arrancados de más»,—decía Bossuet.

El silencio era ya tan profundo por el lado de dónde debía venir el ataque, que Enjolrás hizo que cada cual ocupase de nuevo su respectivo puesto.

Distribuyóse á todos una ración de aguardiente. Nada hay más curioso que una barricada preparándose á recibir el asalto.

Cada cual elige su sitio como en el teatro. Se recuestan, apoyan los codos, se respaldan, y hasta algunos forman sillones con los adoquines.

Si la esquina de una pared incomoda, todos se apartan; si sobresale un ángulo protector, á él se acogen todos.

Los zurdos hacen buena obra, pues ocupan los sitios que molestan á los otros.

Muchos se disponen á combatir sentados, queriendo estar cómodos así para matar como para morir.

En la funesta guerra de junio de 1848, un insurrecto que tenía una puntería terrible y que hacía fuego desde una azotea, había dispuesto que le llevasen un sillón á la Voltaire: en él murió de un casco de metralla.

En cuanto el jefe manda el zafarrancho de combate, todos los movimientos desordenados cesan; no más empellones, no más corrillos, no más apartes; todo lo que bulle en los ánimos converge y se cambia en ansiedad, esperando la embestida.

Antes del peligro una barricada es el caos; en el peligro es la disciplina. Del peligro nace el orden.

Desde que Enjolrás tomó su carabina de dos cañones, y se situó en una especie de almena que se había reservado, todos callaron.

Oyóse un ruido de golpes secos resonar confusamente en toda la extensión de la barricada. Era que se montaban los fusiles.

Por lo demás, reinaba allí más grandeza de ánimo, más confianza que nunca; el exceso del sacrificio fortalece. No tenían ya esperanza, pero les quedaba la desesperación; la desesperación, última arma, que á veces conquista la victoria: Virgilio lo ha dicho.

Los recursos supremos emanan de las resoluciones extremas.

Embarcarse en la muerte, suele ser á veces el medio de evitar el naufragio, y la tapa del ataúd se convierte en estos casos en tabla de salvación.

Como la víspera por la noche, la atención de todos se dirigía, y casi pudiera decirse que se apoyaba, en el extremo de la calle, claro y visible á la sazón.

No aguardaron mucho tiempo.

El movimiento empezó á oírse claramente por el lado de San Leu, aunque no se parecía al del primer ataque.

El crujido de cadenas, el alarmante sacudimiento de una masa, la trepidación del bronce al saltar sobre el empedrado, especie de ruido solemne, anunciaron que se acercaba alguna siniestra armazón de hierro.

Estremeciéronse las entrañas de aquellas vetustas y tranquilas calles, abiertas y construidas para la fecunda circulación de los intereses y de las ideas, y no para que rodasen por ellas con monstruoso estrépito los carros de guerra.

La fijeza de las pupilas de todos los combatientes clavada en el extremo de la calle, tomó una expresión feroz.

Apareció una pieza de artillería.

Los artilleros, la venían empujando colocada ya sobre las muñoneras y desenganchada del avantrén. Dos de ellos sostenían el afuste, cuatro empujaban las ruedas, y otros seguían con el arcón.

Veíase humear la mecha encendida.

—¡Fuego!—gritó Enjolrás.

Toda la barricada hizo fuego, y la detonación fué espantosa; una tempestad de humo envolvió y obscureció la pieza de artillería y los hombres.

Después de unos instantes se disipó la nube, y el cañón y los hombres reaparecieron.

Los artilleros acababan de colocarla enfrente de la barricada, con lentitud, en toda regla, sin precipitación de ningún género.

No había ni uno herido.

Enseguida el jefe, apoyándose en la culata para elevar el tiro, se puso á apuntar el cañón con la gravedad de un astrónomo que asesta el anteojo.

—¡Bravo por los artilleros!—gritó Bossuet.

Y toda la barricada aplaudió.

Un momento después, la pieza, perfectamente situada en medio de la calle, como si dijéramos, á caballo sobre el arroyo, estaba ya en batería.

Era una boca formidable que se abría ante la barricada.

—¡Magnífico!—exclamó Courfeyrach.—Aquí está la brutalidad. Después del cachete el puñetazo. El ejército extiende su garra hacia nosotros. La barricada va á sentirse sacudir seriamente. Los fusiles tantean, el cañón atrapa.

—Es una pieza de á ocho, de nuevo modelo y de bronce,—añadió Combeferre.—Esa clase de piezas, por poco que se exceda de la proporción de diez partes de estaño por ciento de cobre, están expuestas á reventar. El exceso de estaño las hace demasiado blandas, y sucede entonces que se forman escarabajos en el oído. Para obviar ese peligro y poder forzar la carga, tal vez convendría volver al procedimiento del siglo XIV, y reforzar exteriormente la pieza con un sistema de anillos de acero sin soldadura, desde la culata á los muñones. Entretanto, se remedia ese defecto como mejor se puede; se consigue descubrir dónde están los escarabajos en el oído de un cañón, haciendo uso de la sonda; pero es preferible emplear la estrella móvil de Gribeauval.

—Sí,—respondió Courfeyrac,—eso aumenta la potencia balística, pero disminuye la precisión del tiro. En el tiro, á corta distancia, la trayectoria no tiene toda la tensión debida, y exagerándose la parábola, el camino del proyectil no es bastante rectilíneo para poder herir los objetos intermedios, lo cual es, sin embargo, una necesidad del combate, cuya importancia crece con la aproximación del enemigo y la precipitación de los disparos. Esta falta de tensión de la curva del proyectil en los cañones rayados del siglo XVI, consistía en lo escaso de la carga; y las cargas pequeñas en las piezas de guerra, son una exigencia de las necesidades balísticas, tales, por ejemplo, como la conservación de los afustes.

«En suma, el cañón, ese déspota, no puede todo lo que quiere; la fuerza es una gran debilidad. Una bala de cañón no anda más que seiscientas leguas por hora; la luz recorre sesenta mil en un segundo. Tal es la superioridad de Jesucristo sobre Napoleón.

—Carguen otra vez,—dijo Enjolrás.

¿De qué manera iba á recibir el revestimiento de la barricada el embate de la artillería? ¿Abrirían brecha en ella las balas? Ésta era la cuestión.

Mientras los insurrectos cargaban de nuevo sus fusiles, los artilleros hacían lo propio con el cañón.

La ansiedad era profunda en el reducto.

Partió el tiro, y sonó la detonación.

—¡Presente!—gritó una voz alegre.

Y al mismo tiempo que la bala dió contra la barricada, vióse á Gavroche precipitarse dentro.

Llegaba por el lado de la calle del Cisne, y había andado listo en saltar la barricada accesoria que estaba enfrente del laberinto de la Petite Truanderie.

Gavroche hizo en la barricada más efecto que la bala.

La bala se había perdido en los escombros, logrando á lo sumo romper una rueda del ómnibus, y destrozar la carreta vieja de Anceau.

Los de la barricada, al ver esto, se echaron á reir.

—Proseguid,—gritó Bossuet dirigiéndose á los artilleros.

[Pg 426]

VIII
La artillería se va poniendo seria

Todos rodearon á Gavroche.

Pero Mario, sin darle tiempo de decir nada, se lo llevó aparte, y le preguntó estremecido:

—¿Qué vienes á hacer aquí?

—¡Toma!—respondió el chico.—¿Y vos?

Y mirando fijamente á Mario con un descaro épico, sus dos ojos se agrandaban por efecto de la arrogante lucidez que despedían las órbitas.

Mario prosiguió con acento severo.

—¿Quién te ha dicho que volvieras? Supongo que habrás entregado mi carta.

No dejaba de escocerle algo á Gavroche lo relativo á aquella carta; pues en la prisa de volver á la barricada, mejor que entregarla, lo que [Pg 427] hizo fué deshacerse de ella.

No podía dejar de decir en sus adentros, que la había confiado con sobrada ligereza á aquel desconocido, cuyo rostro no logró distinguir siquiera, á pesar de tener descubierta la cabeza.

En una palabra, reprendíase interiormente, y temía los cargos que Mario pudiera dirigirle.

Para salir de apuros, eligió el medio más sencillo, el de mentir abominablemente.

—Ciudadano, entregué la carta al portero. La señora dormía, y se la darán en cuanto despierte.

Mario, al enviar aquella carta, se había propuesto dos cosas: despedirse de Cosette y salvar á Gavroche. Tuvo que contentarse con la mitad de lo que quería.

El envío de su carta y la presencia del señor Fauchelvent en la barricada ofrecían cierta correlación, que no dejó de presentarse á su espíritu, y dijo á Gavroche, mostrándole aquel hombre:

—¿Le conoces?

—No,—contestó Gavroche.

En efecto, como acabamos de recordar, el chico no había visto á Juan Valjean sino de noche.

Las turbias y enfermizas conjeturas que habían confusamente aparecido [Pg 428] en el espíritu de Mario, se disiparon.

¿Conocía él por ventura las opiniones del señor Fauchelvent?

¿No podía ser republicano; y de ahí naturalmente su presencia en el sitio del combate?

Gavroche estaba ya al otro extremo de la barricada, gritando:

—¡Mi fusil!

Courfeyrac mandó que se le entregasen.

Gavroche advirtió á los «camaradas», como él los llamaba, que el bloqueo de la barricada era cosa hecha; que á él le había costado mucho trabajo llegar. Un batallón de línea, cuyos pabellones estaban en la Petite Truanderie, tenía tomadas las salidas de la calle del Cisne, y por el lado opuesto, la guardia municipal se había apostado en la calle de Predicadores. Enfrente estaba el grueso del ejército.

Dadas estas explicaciones, añadió Gavroche:

—Os autorizo para que los zurréis de lo lindo.

Entretanto Enjolrás, desde su almena, espiaba con oído atento.

Los sitiadores, poco satisfechos sin duda de su cañonazo, no le habían repetido.

Una compañía de infantería de línea ocupó el extremo de la calle detrás de la pieza. Los soldados desempedraban el suelo, y construían allí con los adoquines una pared baja, especie de parapeto, que apenas excedía de diez y ocho pulgadas de altura y daba frente á la barricada.

En el ángulo izquierdo de este parapeto veíase la cabeza de un batallón de las afueras, formado en masa en la calle de San Dionisio.

Enjolrás, desde su atalaya, creyó percibir este ruido particular que se hace al sacar del arcón las cajas de metralla, y pudo el jefe cambiar la puntería é inclinar ligeramente la boca del cañón á la izquierda. Después, los artilleros se pusieron á cargar la pieza.

El mismo jefe cogió el bota fuego y lo acercó al oído.

—¡Bajad la cabeza!—gritó Enjolrás.—¡Arrimarse á la pared! ¡Todos de rodillas á lo largo de la barricada!

Los insurrectos, esparcidos delante del figón y que habían dejado su puesto de combate á la llegada de Gavroche, corrieron en pelotón á la barricada; pero aún no se había ejecutado la orden de Enjolrás, cuando se oyó el tiro, con ese ronquido terrible de las descargas de metralla. Era, en efecto, un metrallazo.

La carga, dirigida á la cortadura del reducto, había rebotado contra la pared, y de este espantoso rebote resultaron dos muertos y tres heridos.

Continuando así, la barricada no habría podido sostenerse por más tiempo. Penetraba en ella la metralla.

Hubo un rumor de consternación.

—Impidamos al menos el segundo metrallazo,—dijo Enjolrás.

Y, bajando la carabina, apuntó al jefe que, inclinado en aquel momento sobre la culata del cañón, rectificaba y fijaba definitivamente la puntería.

El jefe era un guapo sargento de artillería, joven, rubio, de rostro apacible, con ese aire inteligente propio del arma predestinada y tremenda que, á fuerza de perfeccionarse en el horror, ha de acabar por matar la guerra.

Combeferre, de pie junto á Enjolrás, contemplaba á aquel joven.

—¡Qué lástima!—dijo.—¡Qué horribles son estas matanzas! Por fin, cuando ya no haya reyes, no habrá guerras. Enjolrás; tú apuntas á ese sargento, pero no le miras. Figúrate que es un buen mozo; es intrépido, no cabe duda; se le ve calcular. Son muy instruidos esos jóvenes artilleros. Tiene padre, madre, familia; probablemente ama. Representa á lo sumo veinticinco años. Podría ser hermano tuyo.

—Lo es,—dijo Enjolrás.

—Sí,—prosiguió Combeferre,—y también mío. No le matemos, pues.

—Déjame. Lo que es preciso, es preciso.

Y una lágrima rodó lentamente por la mejilla de mármol de Enjolrás.

Al mismo tiempo oprimió el gatillo de su carabina y salió el tiro.

El artillero giró dos veces sobre sí mismo abriendo los brazos y levantando la cabeza como para aspirar el aire; luego cayó de costado sobre la pieza, sin volver á moverse.

Brotábale de la espalda un arroyo de sangre. La bala le había atravesado el pecho de parte á parte.

Estaba muerto.

Fué preciso retirarle, y reemplazarle.

Habíanse ganado efectivamente algunos minutos.

[Pg 429]

IX
Empleo de aquel talento de cazador furtivo y de aquella puntería
infalible, que influyó en la condena de 1796

Los pareceres eran diversos en la barricada.

La pieza de artillería iba á funcionar de nuevo, y con aquella metralla todo habría concluido en un cuarto de hora. Era de absoluta necesidad atenuar la fuerza de los tiros.

Enjolrás pronunció esta orden.

—Es preciso poner allí un colchón.

—No hay ninguno,—respondió Combeferre.—Los ocupan los heridos.

Juan Valjean, sentado aparte en un guarda-cantón junto á la esquina del figón, con el fusil entre las piernas, no había tomado parte hasta entonces en nada de lo que pasaba.

Parecía no oir á los combatientes exclamar, aludiéndole:—«Un fusil inútil».

Al dar Enjolrás la orden, Juan Valjean se levantó:

Recordará el lector, que cuando llegó el tropel de gente á la calle de la Chanvrerie, una vieja, por miedo á las balas, había puesto un colchón delante de su ventana.

Esta ventana pertenecía á una buhardilla, y estaba sobre el techo de una casa de seis pisos, algo separada de la barricada.

El colchón, colocado de través y apoyado por debajo en dos varas de tender ropa, estaba sostenido por arriba con dos cuerdas, que desde lejos parecían dos hilos, atadas á clavos fijos en el dintel de la buhardilla.

Veíanse destacarse claramente aquellas cuerdas como dos cabellos.

—¿Puede alguien prestarme una carabina de dos cañones?—dijo Juan Valjean.

Enjolrás, que acababa de cargar de nuevo la suya, se la entregó.

Juan Valjean apuntó á la buhardilla, y tiró.

Una de las cuerdas quedó rota, y el colchón no pendía más que de un hilo. Juan Valjean disparó el segundo tiro, y la segunda cuerda dió contra los vidrios de la buhardilla.

El colchón resbaló por entre las dos varas y cayó á la calle.

La barricada aplaudió.

Todos gritaron:

—¡Ya tenemos colchón!

—Sí,—dijo Combeferre;—pero ¿quién irá por él?

El colchón había caído, en efecto, fuera de la barricada, entre los sitiados y sitiadores; y como la muerte del sargento de artillería había exasperado á la tropa, los soldados, hacía unos instantes, se habían tendido boca abajo detrás de la línea de adoquines levantada por ellos; y para suplir el forzoso silencio de la pieza, enmudecida hasta reorganizar su servicio, habían roto el fuego contra la barricada.

Los insurrectos no respondían á aquellas descargas de fusilería para ahorrar municiones.

La fusilería se estrellaba contra la barricada, pero llenaba de balas la calle, dándole un aspecto terrible.

Juan Valjean salió por el boquete, penetró en la calle, atravesó aquel huracán de balas, fué en busca del colchón, cargó con él á cuestas, y volvió á la barricada.

Él mismo colocó el colchón en el boquete, fijándolo contra la pared de modo que no lo viesen los artilleros.

Hecho esto, aguardóse la descarga de metralla.

No se hizo esperar. El cañón vomitó rugiendo su paquete de metralla, pero no hubo rebote. Las postas abortaron contra el colchón.

Habíase logrado el efecto previsto, y la barricada se había salvado.

—Ciudadano,—dijo Enjolrás á Juan Valjean,—la República os da las gracias.

Bossuet, admirado y riéndose,—exclamó:

—¡Es inmoral que un colchón tenga tanta virtud! ¡Es el triunfo de lo flexible sobre lo fulminante! Pero de todos modos, ¡bendito sea el colchón, que anula el cañón!

[Pg 430]

X
Aurora

En aquel momento se despertaba Cosette.

Su cuarto era estrecho, aseado, discreto, con una gran ventana á Oriente, que daba al patio interior de la casa.

Cosette no sabía nada de lo que pasaba en París.

No estaba á la víspera, y se había retirado ya á su cuarto, cuando la tía Santos dijo: «Parece que hay jarana».

Durmió pocas horas, pero bien. Tuvo dulces sueños, contribuyendo algo quizá á ello la extremada blancura de su cama.

Habíasele aparecido Mario inundado de claridad; y como al despertar daba el sol de lleno en sus ojos, se le figuró que continuaba soñando.

Su primer pensamiento, cuando salió de aquel ensueño, fué de alegría. Cosette se sintió tranquila.

Experimentaba, como Juan Valjean algunas horas antes, esa reacción [Pg 431] del alma que no admite bajo concepto alguno la desgracia, y se puso con todas sus fuerzas á esperar, sin saber el por qué.

De improviso le asaltó una angustia indecible. ¡Hacía tres días que no había visto á Mario!

Pero reflexionó que debía haber recibido su carta, que sabía donde estaba, y que hallándose dotado de tanto talento, encontraría medio de llegar hasta ella... Y muy pronto, sin duda, quizá aquella misma mañana.

Era día claro, mas por la disposición horizontal de los rayos de luz creyó que amanecía. Había que levantarse, no obstante, para recibir á Mario.

Sentía que le era imposible vivir sin Mario, y parecíale ello razón suficiente para que viniese.

No había nada que objetar; el argumento era concluyente.

Pues ¡no llevaba ya tres días de padecer! ¡Tres días sin ver á Mario! ¡Atrocidad del cielo!

Dios había querido probarla; pero la prueba había terminado, y Mario iba á volver portador de buenas nuevas.

Tal es la juventud; se enjuga pronto los ojos; y considerando inútil el dolor, no lo acepta.

La juventud es la sonrisa del porvenir ante un desconocido, que es el porvenir mismo.

Nada para ella más natural que ser dichosa; parece que su respiración está hecha de esperanza.

Por lo demás, Cosette no acertaba á recordar lo que Mario le había dicho á propósito de aquella ausencia, que sólo debía durar un día, ni [Pg 432] cómo se la había explicado.

Todo el mundo sabe la facilidad con que una moneda que cae en el suelo corre á ocultarse y mortifica al que la busca. Hay pensamientos que divierten de igual modo á costa nuestra, escondiéndose en un rincón del cerebro.

En vano corremos tras ellos; la memoria no consigue apoderarse del fugitivo.

Cosette no dejaba de sentir cierto despecho al notar que el recuerdo le era rebelde, pues juzgaba criminal en ella el olvido de las palabras que Mario había pronunciado.

En cuanto dejó el lecho, se apresuró á cumplir con las dos atenciones del alma y del cuerpo: la oración y el tocador.

Puédese en rigor introducir al lector en una alcoba nupcial, pero no en el dormitorio de una virgen.

Apenas se atrevería á ello el verso, y no debe intentarlo la prosa.

Es el interior de una flor cerrada aún; es una blancura en la sombra; es la celdilla íntima de un lirio cerrado, que no debe mirar el hombre mientras no le haya mirado el sol.

La mujer, todavía capullo, es sagrada.

Ese lecho inocente que se descubre, esa adorable semidesnudez que tiene miedo de sí misma, ese blanco pie que se refugia en una chinela, esa garganta que se vela delante de un espejo, como si el espejo tuviera ojos, esa camisa que se apresura á subir y ocultar los hombros al menor ruido de un mueble que cruje, ó de un carruaje que pasa, esas cintas atadas, esos corchetes abrochados, esos cordones atacados, esos estremecimientos, esos temblores de frío y de pudor, ese azoramiento exquisito de todos los movimientos, esa inquietud casi alada donde nada hay que temer, esas fases sucesivas del vestido, tan bellas como las nubes de la aurora, todas esas cosas no conviene referirlas, y es ya demasiado indicarlas.

La mirada del hombre debe mostrarse aún más religiosa ante la virgen que sale del lecho, que ante la estrella que aparece en el horizonte. La posibilidad de alcanzar debe convertirse en acrecentamiento de respeto.

El aterciopelado del melocotón, el polvillo de la ciruela, el radiante cristal de la nieve, el ala de la mariposa polvoreada de plumas, son objetos groseros, si se comparan con esta castidad que ni aun sabe que es casta.

La joven es un fulgor de sueño, sin ser todavía una estatua.

Ocúltase su alcoba en la parte sombría del ideal.

El indiscreto tacto de la mirada ofende brutalmente su vaga penumbra. Contemplar, en semejante caso, es profanar.

No mostraremos, pues, nada de ese suave rebullir de Cosette al levantarse.

Un cuento oriental dice, que Dios había hecho blanca la rosa; pero que habiéndola mirado Adán en el momento de entreabrirse, tuvo vergüenza, y se coloreó. Nosotros somos de los que se quedan suspensos delante de las vírgenes y de las flores, por creerlas dignas de veneración.

Cosette se vistió muy pronto y se peinó, lo cual era sencillísimo en aquel tiempo, pues entonces las mujeres no se ahuecaban los bucles y el rodete con almohadillas, ni embutidos de tul ó de cerda.

Después abrió la ventana y miró alrededor, esperando descubrir algún trozo de calle, un ángulo de casa ó de empedrado, y ver en él á Mario. Pero no se veía nada de lo que pasaba fuera, por estar el patio interior rodeado de altas paredes, y sin más vista que á unos jardines.

Cosette declaró que aquellos jardines eran horribles, y por la primera vez de su vida le parecieron feas las flores.

Mucho más le habría gustado ver el menor pedazo de calle, y así tomó el partido de dirigir los ojos al cielo, como si creyese que Mario podía también venir de allí.

De repente empezó á llorar, y no era efecto de la movilidad de su aire, sino consecuencia de las esperanzas frustradas por el abatimiento: tal era su situación.

Sintió confusamente algo horrible, una de esas visiones que lleva el aire dentro de sí, y dijo en su interior, que no estaba segura de nada; que perderse de vista, era de todos modos perderse; y la idea de que Mario pudiera venir hacia ella del cielo, se le representó, no ya con colores agradables, sino lúgubres.

Después, así con semejantes nubecillas, recobró la calma y la esperanza, brillando nuevamente en su rostro esa sonrisa inconsciente, pero que espera en Dios.

Todos dormían aún en la casa. Reinaba un silencio de provincia, y no se había abierto ningún postigo.

La portería estaba cerrada. La tía Santos no se había levantado, y Cosette supuso naturalmente que le sucedería lo propio á su padre.

Preciso era todo lo que había sufrido, y lo que entonces sufría para acusar duramente á su padre, por haberla así sacado de su jardín y su pabellón queridos, para llevarla á aquel cuarto estrecho y escondido; pero contaba con Mario, pues el eclipse de aquella luz amorosa era de todo punto imposible.

Percibía de vez en cuando, á cierta distancia, como sacudimientos sordos, y decía:

—¡Es raro que se abran y cierren las puertas-cocheras tan temprano!

Eran los disparos de cañón contra la barricada.

Había, á algunos pies más abajo de la ventana de Cosette en la antigua cornisa negruzca de la pared, un nido de vencejos. Este nido resaltaba un poco, de suerte que se podía, desde arriba, ver el interior de aquel pequeño paraíso.

La madre cubría á la sazón con sus alas, en forma de abanico, á sus hijuelos, y el padre revoloteaba, iba y volvía, trayendo en el pico comida y besos.

El naciente día doraba aquella casa feliz: la gran ley de la naturaleza «Multiplicaos», se veía allí risueña y augusta, y aquel dulce misterio se derramaba en la gloria de la mañana.

Cosette con los cabellos al sol y el alma en las quimeras, iluminada interiormente por el amor y fuera por la aurora, se inclinó maquinalmente al parecer, y casi sin atreverse á confesar que pensaba al mismo tiempo en Mario, se puso á contemplar aquellas aves, aquella familia, aquel macho y aquella hembra, aquella madre y aquellos pequeñuelos, con la profunda turbación que un nido produce en una virgen.

[Pg 433]

XI
Un tiro que no deja de ser certero ni mata á nadie

El fuego de los agresores continuaba. La fusilería y la metralla alternaban, sin producir, á la verdad, gran daño.

Solamente padecía bastante la parte alta de la fachada de Corinto; poco á poco iba perdiendo su forma la ventana del primer piso como las buhardillas del tejado, acribilladas á balazos, y cascos de metralla. Los combatientes apostados allí tuvieron que retirarse.

Por lo demás, ésta es la táctica que se observa generalmente en el ataque de barricadas; se tira por mucho tiempo, á fin de agotar las municiones de los insurrectos, si éstos cometen la falta de contestar.

Cuando se conoce, por la disminución del fuego, que no tienen ya balas ni pólvora, se da el asalto.

Enjolrás no había caído en el lazo, y la barricada no contestaba.

Á cada descarga, Gavroche ahuecaba el carrillo con la lengua, signo despreciativo en alto grado.

—Bueno,—decía;—romped la tela; tenemos mucha necesidad de hilas.

Courfeyrac interpelaba á la metralla por el poco efecto que producían sus cascos, y le decía al cañón:

—¡Te vuelves difuso, amigo mío!

En la batalla hay también sus intrigas como en los bailes de máscaras.

Por eso, probablemente, el silencio del reducto empezaba á inquietar á los sitiadores, y el temor de algún incidente imprevisto excitó en ellos el deseo de ver claro al través de aquel montón de adoquines, y de saber lo que pasaba detrás de aquella pared impasible, que recibía los tiros sin dignarse contestar.

De pronto divisaron los insurrectos un casco que brillaba con el sol sobre un tejado próximo.

Era un bombero que, apoyado en una chimenea, parecía estar allí de centinela, dominando con su vista toda la barricada.

—Es un vigilante incómodo,—dijo Enjolrás.

Juan Valjean había devuelto la carabina á Enjolrás, pero tenía su fusil.

Sin decir palabra, apuntó al bombero, y un segundo después el casco, herido por la bala, cayó con estrépito á la calle.

El bombero, asustado, se alejó más que de prisa.

Reemplazóle en su sitio otro observador. Era un oficial.

Juan Valjean, que había vuelto á cargar su fusil, apuntó al recién venido, y el casco del oficial fué á reunirse con el del soldado.

El oficial no insistió más, desapareciendo con igual presteza que el soldado.

Esta vez comprendieron la advertencia, y nadie sustituyó á aquellos dos, renunciando todos á espiar la barricada.

—¿Por qué no habéis matado á esos hombres?—preguntó Bossuet á Juan Valjean.

Éste no respondió.

[Pg 434]

XII
El desorden partidario del orden

Bossuet murmuró por lo bajo á Combeferre:

—No ha contestado á mi pregunta.

—Es un hombre que hace el bien á tiros,—dijo Combeferre.

Los que conservan algún recuerdo de aquella época, ya lejana, saben que la guardia nacional de las afueras peleó con bizarría contra las insurrecciones.

Mostróse particularmente encarnizada é intrépida en las jornadas de junio de 1832.

Los buenos figoneros de Pantin, de Vertus ó de la Cunette, cuyos establecimientos dejaba el motín sin parroquia, se volvían leones ante el [Pg 435] espectáculo de sus salas de baile desiertas, sacrificándose en aras del orden representado por el figón.

En aquel tiempo, vulgar y heroico á la vez, ante las ideas que tenían sus caballeros, tenían los intereses sus paladines.

El prosaísmo del móvil no le quitaba nada al valor del movimiento.

Los banqueros, viendo disminuirse sus montones de escudos, entonaban la Marsellesa.

Vertíase líricamente la sangre en favor del mostrador, defendiendo con entusiasmo lacedemoniano la tienda, ese inmenso diminutivo de la patria.

En el fondo, justo es decirlo, era allí todo muy formal. Los elementos sociales entraban en lucha, esperando el día de entrar en equilibrio.

Otro de los signos de aquel tiempo, era la anarquía mezclada con el [Pg 436] gubernamentalismo (nombre bárbaro del partido correcto).

Defendíase el orden con indisciplina.

El tambor tocaba á llamada de repente, por orden y antojo de tal ó cual coronel de la guardia nacional; éste ó el otro capitán iba al fuego por inspiración propia; éste ó aquel guardia peleaba de imaginación «y por su propia cuenta».

En los minutos críticos, en las «jornadas» se seguía menos el consejo de los jefes que el de los instintos.

Había en el ejército del orden, verdaderos guerrilleros, los unos de espada, como Fannicot, los otros de pluma, como Enrique Fonfrede.

La civilización, desgraciadamente representada en aquella época más bien por un agregado de intereses que por un grupo de principios, estaba, ó se creía, en peligro, y lanzaba el grito de alarma. Todos, constituyéndose en centro, la defendían, le prestaban auxilio y protección, y el primero que llegaba se imponía la obligación de salvar la sociedad.

Á veces, el celo llegaba hasta el exterminio. Un piquete de guardia nacional se constituía, por autoridad privada, en consejo de guerra, y juzgaba y ejecutaba en cinco minutos á los insurrectos que caían prisioneros.

Una improvisación de esa clase juzgó y condenó á Juan Provaire. Ferocísima ley de Lynch, que ningún partido tiene derecho de echar en cara á los demás, pues así se aplica por la república en América, como por la monarquía en Europa.

Complicábase esa ley de Lynch con las equivocaciones que resultaban.

Cierto día de motín, un joven poeta, llamado Pablo Amado Garnier, fué perseguido en la Plaza Real por un soldado con la bayoneta calada, y no pudo evitar la muerte, sino refugiándose en la puerta-cochera del número 6. Oíase gritar: «¡Á ése, que es sansimoniano!» y querían matarle.

Ahora bien; la causa de todo aquello era que llevaba bajo el brazo un tomo de las Memorias del duque de San Simón; un guardia nacional había leído en el dorso del libro San Simón y bastó para que gritase: «¡Matarle!».

El 6 de junio de 1832, una compañía de guardias nacionales de las afueras, que mandaba el capitán Fannicot antes citado, se hizo diezmar por gusto ó por capricho en la calle de la Chanvrerie. El hecho, aunque raro, consta de la sumaria formada á consecuencia de la insurrección de 1832.

El capitán Fannicot, ciudadano impaciente y osado, especie de bandolero del orden, de esos que acabamos de caracterizar, gubernamentalista fanático é indómito, no pudo resistir al incentivo de hacer fuego antes de tiempo y á la ambición de tomar la barricada por sí sólo únicamente, es decir, con su compañía.

Exasperado por la aparición sucesiva de la bandera roja y del vestido viejo, que él tomó por la bandera negra, censuraba á todos los generales y jefes de cuerpo, los cuales celebraban consejo, y eran de opinión que no había llegado aún el momento del asalto decisivo, y dejaban, según la expresión célebre de uno de ellos, que «la insurrección se fuese asando con su misma grasa».

Á él, por su parte, le parecía que la barricada estaba madura; y como lo que está maduro debe caer, probó.

Mandaba hombres tan resueltos como él, «furiosos», según el dicho de un testigo.

Su compañía, la misma que había fusilado al poeta Juan Provaire, era la primera del batallón situado en el ángulo de la calle.

Cuando menos se esperaba, el capitán lanzó su gente contra la barricada.

Este movimiento, ejecutado con mejor deseo que estrategia, costó caro á la compañía Fannicot. Antes que llegase á los dos tercios de la calle, una descarga general de la barricada la recibió, y cuatro de los más audaces que corrían á la cabeza, fueron muertos á boca de jarro al pie del reducto.

Entonces, aquel pelotón de guardias nacionales, valientes, pero sin la tenacidad militar, hubo de replegarse, después de alguna vacilación, dejando tras de sí quince cadáveres.

Aquel instante de vacilación dió á los insurrectos tiempo para volver á cargar las armas, y otra descarga muy mortífera alcanzó á la compañía antes de que pudiera doblar la esquina de la calle, que era su abrigo.

Hubo un momento en que se encontró entre dos fuegos, porque el cañón, no habiéndose dado orden en contra, seguía con sus disparos.

El intrépido é imprudente Fannicot fué una de las víctimas de la metralla. Matóle el cañón, esto es, el orden.

Aquel ataque, más furioso que formal, irritó á Enjolrás.

—¡Imbéciles!—dijo.—Envían su gente á morir, y nos hacen gastar las municiones inútilmente.

Enjolrás hablaba como verdadero general de motín.

La insurrección y la represión no luchan nunca con armas iguales. La insurrección, fácilmente agotable, no tiene sino un número limitado de tiros y de combatientes; imposible es reemplazar una cartuchera que se vacía ó un hombre que sucumbe.

La represión, como cuenta con el ejército, no se cuida de los hombres; y como tiene el parque de Vincennes, poco le importa desperdiciar la pólvora ni las balas. Dispone de tantos regimientos como defensores hay en la barricada, y de tantos arsenales como cartucheras poseen los insurrectos.

Son, pues, luchas de uno contra ciento, que terminan siempre por destruir la barricada, á menos que la revolución, surgiendo bruscamente, no vaya y arroje en la balanza su flamígera espada de arcángel.

Cuando eso sucede, el levantamiento se hace general, los empedrados entran en efervescencia, pululan los reductos populares, París se estremece soberanamente, despréndese el quid divinum, hay en el aire un 10 de agosto, hay un 29 de julio, aparece una prodigiosa luz, las abiertas bocas de la fuerza retroceden; y el ejército, ese león, ve ante sí, de pie y tranquilo, á ese profeta: la Francia.

[Pg 437]

XIII
Luces que pasan

En el caos de sentimientos y de pasiones que defienden una barricada, se encuentra de todo: valor, juventud, pundonor, entusiasmo, idealismo, convicción, encarnizamiento de jugador, y más que nada, intermitencias de esperanza.

Una de esas intermitencias, uno de esos vagos estremecimientos de esperanza, atravesó súbitamente, cuando menos se creía, la barricada de la Chanvrerie.

—Oíd,—exclamó de repente Enjolrás desde su atalaya;—paréceme que París se despierta.

Es sabido que en la mañana del 6 de junio tuvo la insurrección por una ó dos horas, cierta recrudescencia.

La obstinación de la campana de San Merry reanimó algunas ilusiones.

En las calles de Poirier y de Gravilliers se empezaron á levantar barricadas.

Delante de la puerta de San Martín, un joven, armado con una carabina, atacó sólo á un escuadrón de caballería. Al descubierto, en medio del boulevard, puso una rodilla en tierra, apuntó, tiró, mató al que [Pg 438] mandaba el escuadrón, y se volvió diciendo: «Otro más que ya no nos hará daño».

Fué acuchillado.

En la calle de San Dionisio, una mujer colocada detrás de una celosía corrida, hacía fuego contra la guardia municipal; á cada tiro se veían temblar las hojas de la celosía.

Un chico de catorce años, que llevaba los bolsillos llenos de cartuchos, fué preso en la calle de la Cossonnerie.

Varios cuerpos de guardia fueron atacados.

Á la entrada de la calle Martín Poirée, un fuego de fusilería muy vivo y de todo punto inesperado, recibió á un regimiento de coraceros, á cuya cabeza marchaba el general Cavaignac de Barague.

En la calle Planche Mibray, arrojaron de lo alto de los tejados sobre la tropa cascos de loza vieja y utensilios de cocina: mala señal; así que al darse parte de este hecho al mariscal Soult, al veterano de Napoleón, se puso pensativo, acordándose de la frase de Suchet en Zaragoza: «Estamos perdidos, cuando las viejas nos vierten el vaso de noche en la cabeza».

Aquellos síntomas generales que se manifestaban en el instante de creerse localizado el motín, aquella fiebre iracunda que volvía á sobreponerse, aquellas pavesas que volaban acá y allá por encima de aquellas masas profundas de combustible llamadas los arrabales de París, todo aquel conjunto alarmó á los jefes militares, que se dieron prisa á apagar aquellos principios de incendio.

Aplazóse para después que esas chispas se extinguieran el ataque de las barricadas Chanvrerie y San Merry, á fin de tener que habérselas con ellas solas, y de acabarlo todo de una vez.

Lanzáronse columnas á las calles donde había fermentación, barriendo las grandes, sondando las pequeñas, á derecha é izquierda, ya con precaución y lentamente, ya á paso de carga.

La tropa derribaba las puertas de las casas donde se había hecho fuego, y al mismo tiempo piquetes de caballería dispersaban al trote ó á la carrera los grupos de los boulevares.

No se verificó, pues, aquella represión sin ruido, sin el estrépito tumultuoso propio de los choques entre el ejército y el pueblo.

Y eso era lo que percibía Enjolrás en los intervalos de la fusilería y la metralla.

Había visto además pasar por la esquina de la calle, heridos en parihuelas, y dijo á Courfeyrac:

—Esos heridos no son de aquí.

La esperanza duró poco; aquella claridad no tardó en eclipsarse. En menos de media hora lo que había en el aire se desvaneció; fué á modo de un relámpago sin rayo, y los insurrectos sintieron volver á caer sobre ellos esa especie de losa de plomo que la indiferencia del pueblo arroja sobre los que se obstinan en resistir después de abandonados.

Había abortado el movimiento general que pareció bosquejarse vagamente; y así, la atención del ministro de la Guerra y la estrategia de los generales podían concentrarse ya en las tres ó cuatro barricadas que se sostenían aún. El sol subía en el horizonte.

Un insurrecto interpeló á Enjolrás:

—Tenemos hambre. Pero ¿es verdad que vamos á morir aquí sin comer?

Enjolrás, siempre apoyado en su almena, y sin apartar los ojos del extremo de la calle, hizo con la cabeza una señal afirmativa.

[Pg 439]

XIV
Donde se leerá el nombre de la querida de Enjolrás

Courfeyrac, sentado en un adoquín junto á Enjolrás, continuaba insultando al cañón, y cada vez que pasaba, con su monstruoso ruido, esa sombría nube de proyectiles llamada metralla, lanzábale una bocanada de ironía.

—Echa los bofes, infeliz animal; me das lástima; te desgañitas en vano. Eso no es trueno; es tos.

Y todo el mundo reía á su alrededor.

Courfeyrac y Bossuet, cuyo valeroso buen humor se aumentaba con el peligro, sustituían, como la señora Scarron, el chiste al alimento; y puesto que faltaba el vino, escanciaban á todos alegría.

—Admiro á Enjolrás,—decía Bossuet.—Su impasible temeridad me maravilla. Vive solo, y quizá esto le tenga un poco triste. Enjolrás se queja de su grandeza, que le ata á la viudez. Todos nosotros, más ó menos, tenemos queridas que nos vuelven locos; es decir, valientes. Cuando se está enamorado como un tigre, no es un gran mérito pelear como un león. Así nos vengamos de las malas pasadas que nos juegan las buenas mozas. Roldán se hace matar por hacer rabiar á Angélica. Todos nuestros actos heroicos provienen de nuestras mujeres. Un hombre sin mujer es una pistola sin gatillo: la mujer es la que hace disparar al hombre. Pues bien; Enjolrás no tiene mujer, no está enamorado, y sin embargo, halla medio de ser intrépido. Es una gran cosa eso de poder ser frío como la nieve y atrevido como el fuego.

Enjolrás no parecía escuchar; pero cualquiera que hubiese estado junto á él, le hubiera oído pronunciar á media voz esta palabra: Patria.

No había cesado aún de reirse Bossuet, cuando Courfeyrac gritó:

—¡Noticia!

Y con la voz de un pregonero en el acto de anunciar, añadió:

—Me llamo Pieza de á Ocho.

En efecto, un nuevo personaje acababa de salir á la escena. Era otro cañón.

Los artilleros, maniobrando con rapidez, colocaron en batería la segunda pieza al lado de la primera.

Con esto empezaba ya á bosquejarse el desenlace.

Algunos instantes después, las dos piezas, perfectamente servidas, tiraban de frente contra el reducto, y las descargas cerradas del batallón de línea y del de las afueras sostenían á la artillería.

Oíanse también cañonazos á cierta distancia; y era que al mismo tiempo que estas dos piezas se encarnizaban en la barricada de la calle de la Chanvrerie, otras dos bocas de fuego, una en la calle de San Dionisio, y otra en la de Aubry le Boucher, acribillaban el reducto de San Merry.

Los cuatro cañones se repercutían lúgubremente.

Los sombríos perros de la guerra se respondían mutuamente con sus ladridos.

De las dos piezas asestadas á la sazón contra la barricada de la calle de la Chanvrerie, tiraba la una con metralla y con bala rasa la otra.

Esta última tenía la puntería algo más alta, y el tiro estaba calculado de manera que la bala hiriese la extremidad de la arista superior de la barricada, la desmochase, é hiciese saltar los pedazos menudos de adoquines sobre los insurrectos como nueva metralla.

Esta dirección del tiro tenía por objeto alejar á los combatientes de la cima del reducto, obligándolos á apiñarse en lo interior; es decir, que esto anunciaba el asalto.

Una vez ahuyentados los combatientes de lo alto de la barricada por las balas, y de las ventanas del figón por la metralla, las columnas de ataque podrían adelantar por la calle, sin que les apuntaran, y quizá, hasta sin ser vistas, escalar atropelladamente el reducto, como la noche anterior, y ¿quién sabe? si tomarlo por sorpresa.

—Es absolutamente preciso disminuir el daño que nos hacen esas piezas,—dijo Enjolrás, y gritó:—¡Fuego contra los artilleros!

Todos estaban preparados. La barricada, que por tanto tiempo se había mantenido silenciosa, hizo fuego desesperadamente, sucediéndose [Pg 440] siete ú ocho descargas con una especie de rabia mezclada de alegría.

La calle se llenó de un humo espesísimo, y al cabo de algunos minutos por entre aquella bruma rayada de llamaradas, se pudo distinguir confusamente á las dos terceras partes de los artilleros tendidos bajo las ruedas de los cañones.

Los que habían quedado en pie continuaban en el servicio de las piezas con severa tranquilidad; pero el fuego se había amortiguado.

—Vamos bien,—dijo Bossuet á Enjolrás.—¡Victoria!

Enjolrás, meneando la cabeza, contestó:

—Con un cuarto de hora más que dure esta victoria no quedarán ya más de diez cartuchos en la barricada.

Parece que Gavroche oyó la frase.

[Pg 441]

XV
Gavroche fuera

De repente, Courfeyrac vió un bulto á la parte de afuera de la barricada blanco de las balas.

Gavroche había tomado del figón una cesta de las que sirven para poner botellas, y saliendo por la cortadura, se ocupaba tranquilamente en vaciar en su cesta las cartucheras llenas de los guardias nacionales muertos en el declive del reducto.

—¿Qué haces ahí?—gritóle Courfeyrac.

Gavroche levantó la nariz.

—Estoy llenando el cesto, ciudadano.

—¿No ves la metralla?

Gavroche respondió:

—Ya lo veo, llueve; ¿y qué más?

Gritóle de nuevo Courfeyrac:

—¡Vuelve adentro!

—Enseguida,—contestó Gavroche.

Y de un salto penetró en la calle.

Recordemos que la compañía de Fannicot, al retirarse, había dejado en pos de sí un rastro de cadáveres.

Como unos veinte de éstos yacían acá y allá á lo largo de la calle, [Pg 442] sobre el empedrado; eran veinte cartucheras para Gavroche, y una provisión de cartuchos para la barricada.

El humo formaba en la calle como una niebla.

Cualquiera que haya visto una nube en una garganta de montañas entre dos alturas perpendiculares, puede figurarse aquel humo encerrado y como condensado por dos sombrías líneas de altas casas. Subía lentamente y se renovaba sin cesar, resultando de ahí una obscuridad gradual, que empañaba la luz del sol en medio del día.

Los combatientes se distinguían apenas de un extremo á otro de la calle, no obstante la cortedad de la distancia.

Aquella obscuridad, probablemente prevista y calculada por los jefes que debían dirigir el asalto de la barricada, fué útil á Gavroche.

Bajo los pliegues de aquel velo de humo, y gracias á su pequeñez, pudo avanzar por la calle, sin que le viesen, y desocupar las siete ú ocho primeras cartucheras sin gran peligro.

Arrastrábase boca abajo, andaba á gatas, cogía la cesta con los dientes, se torcía, se deslizaba, ondulaba, culebreaba de un cadáver á [Pg 443] otro, y vaciaba las cartucheras como un mono abriendo las nueces.

Desde la barricada, á pesar de estar aún bastante cerca, no se atrevían á gritarle que volviese por miedo de llamar la atención hacia él.

En el bolsillo del cadáver de uno encontró un frasco de pólvora.

—Para la sed,—dijo guardándoselo.

Á fuerza de seguir avanzando, llegó adonde la niebla de la fusilería se volvía transparente, tanto, que los tiradores de la tropa de línea, apostados detrás de su parapeto de adoquines, y los del batallón de las afueras, en el ángulo de la calle, notaron que se movía algo entre el humo.

En el instante en que Gavroche vaciaba la cartuchera de un sargento [Pg 444] que yacía junto á un guarda-cantón, una bala dió en el cadáver.

—¡Diablo!...—dijo Gavroche.—Me matan mis muertos.

Otra bala arrancó chispas del empedrado junto á él. La tercera volcó el cesto.

Gavroche miró, y vió que el fuego procedía de los guardias nacionales de las afueras.

Púsose en pie con los cabellos esparcidos al viento, los brazos en jarra, los ojos fijos en los guardias nacionales, y cantó:

Si son feos en Nanterre,
Es por culpa de Voltaire,
Si tontos en Palaiseau,
Es por culpa de Rousseau.

Luego recogió la cesta, volviendo á meter en ella, sin perder uno, los cartuchos que habían rodado por el suelo, y sin miedo á los tiros dirigióse [Pg 445] á desocupar otra cartuchera.

Otra cuarta bala no logró acertarle tampoco. Gavroche cantó:

Voltaire es el culpado
Si no soy abogado;
Si soy un pajarillo,
Rousseau es quien lo ha querido.

La quinta bala no produjo otro efecto que el de inspirarle la tercera copla:

Es mi genio alegrillo
Porque Voltaire lo quiso;
Si soy un pobre yo,
La culpa es de Rousseau.

Así continuó por algún tiempo.

El espectáculo era á la vez que espantoso, entretenido.

Gavroche, blanco de las balas, se mofaba de los fusiles. Parecía divertirse en ello.

Era el gorrión picoteando á los cazadores.

Á cada descarga respondía con una copla.

Apuntábanle sin cesar, jamás le acertaban.

Los guardias nacionales y los soldados se reían al apuntarle.

Echábase en el suelo, volvía á levantarse, se ocultaba en el ángulo de una puerta; saltaba, luego desaparecía; tornaba á aparecer, huía; presentábase de nuevo, respondiendo á la metralla con gestos harto libres, [Pg 446] y entre tanto pillaba los cartuchos, vaciaba las cartucheras, y llenaba su cesto.

Los insurrectos, casi sin respirar, le seguían con mirada ansiosa.

La barricada temblaba mientras él cantaba sin pensar en la muerte.

No era un niño, ni un hombre; era una hada en forma de pilluelo, como si dijéramos el enano invulnerable de la lucha burlándose de los gigantes.

Las balas corrían tras él, pero él era más listo que las balas.

Jugaba con la muerte á una especie de horroroso escondite, y cada vez que el espectro asomaba su descarada faz, el pilluelo le daba un bufido.

Sin embargo, una bala, mejor dirigida ó más traidora que las otras, acabó por alcanzar á aquel muchacho, fuego fatuo.

Viósele vacilar y luego caer.

Toda la barricada lanzó un grito.

Pero había algo de Anteo en aquel pigmeo; para el pilluelo tocar el empedrado, es como para el gigante tocar la tierra.

[Pg 447]

Gavroche no había caído sino para volver á levantarse. Al incorporarse una prolongada franja de sangre le cruzaba la cara.

Levantó ambos brazos al aire, miró hacia el punto de donde había salido el tiro, y se puso á cantar:

Heme por fin caído
Por culpa de Voltaire;
De narices en tierra
Por culpa de...

No pudo acabar. Otra bala del mismo tirador le cortó la frase. Esta vez cayó de bruces contra el suelo, y no volvió á moverse.

Aquella pequeña grande alma había volado.

[Pg 448]

XVI
De cómo un hermano puede trocarse en padre

Había á aquella misma sazón en el jardín del Luxemburgo—pues la mirada del drama debe alcanzar á todas partes,—dos niños que andaban cogidos de la mano. Podría contar el uno siete años, y el otro cinco.

Mojados por la lluvia, habían elegido los paseos donde daba el sol. El mayor acompañaba al más pequeño; ambos iban cubiertos de andrajos y pálidos.

El más pequeño decía:

—Tengo mucha hambre.

El mayor, ya con ciertas ínfulas de protector, llevaba al otro de la mano izquierda, y en la derecha tenía una varita.

Hallábanse solos en el jardín, pues la policía había mandado cerrar las verjas con motivo de la insurrección, y el jardín estaba desierto. Las [Pg 449] tropas que habían vivaqueado ahí por la noche, habían marchado al combate.

¿Cómo estaban allí aquellas criaturas?

¿Se habían evadido quizá de algún cuerpo de guardia entreabierto? ¿Acaso en las cercanías, en la puerta del Infierno, en la explanada del Observatorio, ó en la encrucijada próxima que domina el frontón, donde se lee: Invenerunt parvulum pannis involutum, había alguna barraca de saltimbanquis de la que pudieran haber escapado?

¿Quizá la víspera por la tarde, burlando la vigilancia de los inspectores del jardín, al tiempo de cerrar la verja, se habían quedado y pasado la noche en alguno de los kioscos donde se leen periódicos?

El hecho es que vagaban por allí á su sabor, y que parecían libres.

Vagar y parecer libres es estar perdido; y en efecto, lo estaban aquellos pobres niños.

Eran los mismos cuya suerte había tenido inquieto á Gavroche, y que el lector recordará. Hijos antes de Thénardier, alquilados por la Magnon, atribuidos á Guillenormand, y á la sazón hojas caídas de todas aquellas ramas sin raíces, y rodando por tierra á impulsos del viento.

Sus vestiditos, limpios en tiempo de la Magnon, y que le servían de prospecto para con el señor Guillenormand estaban hechos jirones.

Aquellos dos seres pertenecían ya á la estadística de los «Niños abandonados», que la policía comprueba, recoge, extravía y vuelve á encontrar en medio del arroyo en París.

Sólo en un día de tanta confusión se comprende que aquellos miserables rapazuelos estuviesen en el jardín del Luxemburgo. Si los inspectores los hubiesen visto, habrían arrojado de allí semejantes andrajos.

Los chicos pobres no entran en los jardines públicos; sin embargo debería pensarse que, como niños que son, tienen derecho á las flores.

Encontrábanse, pues, allí, gracias á haberse mandado cerrar la verja. Estaban de contrabando. Habíanse escurrido en el jardín y se quedaron dentro.

Los inspectores no deben dejar de vigilar, aunque se cierre la verja; se supone que continúan funcionando, pero la vigilancia es menor y hasta escasa.

Los inspectores aquel día, participando de la ansiedad pública, y más ocupados en lo exterior que en lo interior, no se ocupaban del jardín, y así no vieron á los dos delincuentes.

Había llovido la víspera y también un poco por la mañana; pero en junio los chaparrones es como si no cayeran. Apenas se conoce una hora después de la tormenta que tan hermoso y sonrosado día ha vertido lágrimas. El suelo se seca tan pronto como las mejillas de un niño.

En ese instante del solsticio, la luz del mediodía es, digámoslo así, punzante. Se apodera de todo. Se duplica y se superpone á la tierra con una especie de succión. Diríase que el sol tiene sed.

Un chaparrón es un vaso de agua. La lluvia es absorbida al momento.

Por la mañana todo son arroyos que corren; por la tarde, polvo que se levanta.

Nada hay tan admirable como el verdor que lava la lluvia y que enjuga el sol; es la frescura caliente.

Los jardines y las praderas, con el agua en sus raíces y el sol en sus flores, se convierten en cazoletas de incienso, y exhalan á un tiempo todos sus perfumes.

Todo sonríe, canta y se ofrece. Se siente uno suavemente embriagado.

La primavera es un paraíso provisional, y el sol ayuda al hombre á tener paciencia mientras viene el paraíso definitivo.

Hay seres que no piden más; vivientes que, teniendo el azul del cielo, dicen: ¡me basta! Pensadores absortos ante el prodigio, sacando de la idolatría de la naturaleza la indiferencia hacia el bien y el mal; contempladores del Cosmos, radiosamente distraídos del hombre, que no comprenden que exista quien fije la atención en el hambre de unos, en la sed de otros, en la desnudez del pobre durante el invierno, en la curvatura linfática de una pequeña espina dorsal, en el jergón, en la buhardilla, en el calabozo, en los harapos de infelices muchachas tiritando de frío, cuando se puede soñar bajo la sombra de los árboles; espíritus serenos y terribles despiadadamente satisfechos.

¡Cosa rara! El infinito les basta.

Ignoran esa grande necesidad del hombre, lo finito, que cabe en un abrazo.

No se acuerdan de lo finito que admite el progreso, el trabajo sublime.

Huye de su mente lo indefinido, que nace de la combinación humana y divina, de lo infinito y de lo finito.

Con tal de ponerse frente á frente de la inmensidad, se sonríen.

Para ellos no hay alegría, sino éxtasis.

Abismarse: tal es su vida.

En su concepto, la historia de la humanidad no es más que un plano fraccionario donde no se halla el Todo. El verdadero Todo existe fuera.

¿Para qué ocuparse el hombre, de los pormenores de esa pequeña fracción?

Decís que el hombre padece; es muy posible; pero mirad en cambio cómo se eleva Aldebaran.

Decís que á la madre se le ha agotado la leche, que el recién nacido se está muriendo; así será, no lo sabemos; pero en cambio, contemplad ese admirable rosetón que forma la albura del abeto examinada con el microscopio. ¡Comparad á esto el encaje más rico!

Esos pensadores se olvidan de amar. Es tanto lo que influye en ellos el zodíaco, que les impide ver al niño que llora. Dios les eclipsa el alma.

Es una familia de inteligencias pequeñas y grandes á la vez.

Horacio pertenecía á ese número, y Goethe, y puede que también Lafontaine; magníficos egoístas del infinito; espectadores tranquilos de dolor, que no ven á Nerón si hace buen tiempo, á quienes el sol oculta la hoguera, que mirarían guillotinar buscando en el suplicio un efecto de luz; que no oyen ni el grito, ni el sollozo, ni el estertor, ni el somatén; para quienes todo está bien, puesto que hay un mes de mayo; que se declaran satisfechos mientras buscan sobre su cabeza nubes de púrpura y oro, y que están decididos á ser felices mientras los astros brillen y canten las aves.

Son cuerpos radiantes que demiten tinieblas, sin sospechar que son dignos de lástima; y lo son en realidad.

Quien no llora, no ve.

Es preciso admirarlos y compadecerlos, como se compadecería y admiraría á un ser que fuese á la vez noche y día, que no tuviese ojos bajo las cejas, y en mitad de cuya frente brillase un astro.

Según algunos, la indiferencia de esos pensadores es una filosofía superior. En buen hora; pero es una superioridad enfermiza.

Se puede ser inmortal y cojo; testigo Vulcano.

Se puede ser más que hombre y menos que hombre.

Lo incompleto-inmenso está en la naturaleza. ¿Quién sabe si el sol no es tal vez ciego?

Mas entonces, ¿de quién fiarse? Solem quis dicere falsum audeat? ¿Cómo han de engañarse ciertos genios, ciertos Altísimos humanos, ciertos hombres astro?

¿Cómo lo que está á tan gran altura, en la cima, en la cúspide, en el zenit; lo que envía á la tierra tanta luz, ha de ver poco, ha de ver mal, ó no ha de ver?

¿No es esto para desesperar? No.

Pues ¿qué hay sobre el sol? Dios.

El 6 de junio de 1832, á las once de la mañana, el Luxemburgo, solitario y despoblado, estaba encantador.

Los arriates y los parterres se cambiaban, en medio de la luz, perfumes y resplandores. Las ramas, locas con la claridad del medio día, parecían querer abrazarse.

Había en los sicómoros una batahola de currucas; los gorriones celebraban su triunfo; otros pajarillos trepaban por los castaños, picoteando en los agujeros de la corteza.

La platabanda aceptaba la legítima supremacía de los lirios. El más augusto de los perfumes es el que sale de la blancura.

Respirábase el olor aromático de los claveles. Las viejas cornejas de María de Médicis sentían el amor sobre los gigantescos árboles.

El sol doraba, teñía de púrpura y encendía los tulipanes, que no son otra cosa que las variedades de la llama trocadas en flores.

En torno de los bancales de tulipanes revoloteaban las abejas, chispas de aquellas flamígeras flores.

Todo era goce y alegría, hasta la próxima lluvia; esta reincidencia, de que debían aprovecharse los lirios y las madreselvas, no tenía nada de alarmante; las golondrinas hacían la graciosa amenaza de volar bajo.

El que estaba allí respiraba felicidad; la vida olía bien; toda aquella naturaleza exhalaba candor, socorro, asistencia, paternidad, caricia, aurora.

Los pensamientos que caían del cielo eran dulces como la manita de un niño que besamos.

Las estatuas, bajo los árboles, desnudas y blancas, llevaban ropajes de sombra trepados de luz; eran diosas con harapos de sol; de todas colgaban rayos.

Alrededor del gran estanque, la tierra estaba ya seca y aún caliente.

Se movía bastante viento para levantar acá y allá pequeños remolinos de polvo; y algunas hojas amarillas, restos del último otoño, se perseguían alegremente como niños juguetones.

La abundancia de la claridad tenía un no sé qué de tranquilizadora.

La vida, la savia, el calor, los efluvios se desbordaban; sentíase bajo la creación lo enorme del manantial; en todos aquellos soplos impregnados de amor, en aquel vaivén de reverberaciones y de reflejos, en aquella prodigiosa expendición de rayos, en aquel derramamiento indefinido de oro fluido, se sentía la prodigalidad de lo inagotable; y detrás de tanto esplendor, como detrás de una cortina de llamas, se entreveía á Dios, el millonario de estrellas.

Gracias á la arena, no había una mancha de lodo; gracias á la lluvia, no había un solo grano de polvo.

Los ramilletes acababan de lavarse; todo el terciopelo, todo el raso, todos los barnices, todo el oro que sale de la tierra en forma de flores, se ofrecían á la vista con espléndida pureza.

Toda aquella magnificencia respiraba aseo.

El gran silencio de la dichosa naturaleza llenaba el jardín. Silencio celeste, compatible con mil músicas, arrullos de los nidos, zumbidos de los enjambres, latidos del viento.

Toda la armonía de la estación se completaba en un agradable conjunto. Las entradas y salidas de la primavera se verificaban con el mayor orden y regularidad; concluían las lilas y empezaban los jazmines; algunas flores se retrasaban, y por otra parte se adelantaban algunos insectos; la vanguardia de las mariposas encarnadas de junio fraternizaba con la retaguardia de las blancas mariposas de mayo.

Los plátanos mudaban la piel. La brisa formaba ondulaciones en los magníficos grupos de castaños.

El espectáculo era espléndido.

Un veterano del próximo cuartel que miraba á través de la verja, decía:

—Es la primavera armada de todas armas, y vestida de gala.

Toda la naturaleza se desayunaba; la creación se había sentado á la mesa, pues había dado la hora. El gran mantel azul estaba tendido bajo el cielo, y el gran mantel verde sobre la tierra.

El sol alumbraba á toda luz.

Dios servía el banquete universal. Cada ser tenía su alimento ó su ración.

La paloma zorita encontraba cañamones, el pinzón mijo, el jilguero anahálida, el petirojo gusanos, la abeja flores, la mosca infusorios, el verderón moscas.

Comíanse también de vez en cuando los unos á los otros, que tal es el misterio del mal mezclado con el bien; pero ni un solo animal tenía el estómago vacío.

Los dos niños abandonados habían llegado junto al estanque; y como si les asustase toda aquella luz, procuraban esconderse; instinto del pobre y del débil hasta delante de la magnificencia impersonal; y se pusieron detrás de la barraca de los cisnes.

Por intervalos, cuando soplaba viento, se oían confusamente gritos, un ruido, especie de estertor tumultuoso, que era el fuego de los fusiles; y golpes sordos, que eran los cañonazos.

Notábase humo sobre los tejados por el lado del Mercado, y sonaba á lo lejos una campana, que parecía llamar.

Los niños no daban indicios de notar ninguno de aquellos ruidos.

El más pequeño repetía de cuando en cuando á media voz:

—Tengo hambre.

Casi á la par que los dos chiquitines, arrimábase otra pareja al estanque.

Era un buen señor de unos cincuenta años, que llevaba de la mano á otro buen muchacho de seis; sin duda un padre en compañía de su hijo.

El niño de seis años tenía un bollo grandísimo.

En aquella época, en ciertas casas vecinas de la calle Madame y del Infierno, tenían sus inquilinos derecho á una llave para entrar en el Luxemburgo cuando estaban cerradas las verjas; tolerancia que después se ha suprimido. Aquel padre y aquel hijo salían indudablemente de una de dichas casas.

Los dos pobrecillos vieron venir aquel caballero y se ocultaron aún más.

Era el tal un burgués, tal vez el mismo á quien Mario un día, en medio de su amorosa fiebre, había oído, junto al propio estanque, aconsejar á su hijo «que evitase los excesos».

Tenía el aire afable y altivo, y su boca, no cerrándose nunca, sonreía siempre. Esa sonrisa mecánica, producida por exceso de mandíbula y escasez de piel, pone de manifiesto, no el alma, sino los dientes.

El niño, con su bollo mordido, sin seguir comiéndolo parecía estar algo ceñudo.

Llevaba el uniforme de guardia nacional, seguramente á causa del motín, y el padre iba vestido de paisano, por prudencia.

Detuviéronse el padre y el hijo junto al estanque, donde se holgaban los cisnes.

Aquel señor parecía profesar una admiración especial á estos animales. Asemejábase á ellos en el modo de andar.

Á la sazón los cisnes nadaban; éste es su principal talento; y estaban magníficos.

Si los dos pobrecillos se hubiesen puesto á escuchar y tenido edad para comprender, habrían podido recoger las palabras de un hombre grave. El padre le decía al hijo:

—El sabio se contenta con poco. Toma ejemplo en mí. No me gusta el fausto. No se me ve nunca con vestidos galoneados de oro y piedras preciosas. Dejo ese falso brillo para las almas mal organizadas.

En aquel instante los gritos profundos que venían del lado del Mercado estallaron con redoble de campanas y otros rumores.

—¿Qué es eso?—preguntó el niño.

El padre respondió:

—Son saturnales.

De repente vió á los dos niños harapientos que continuaban inmóviles detrás de la casita verde de los cisnes.

—Ése es el principio,—dijo.

Y añadió tras un breve silencio:

—La anarquía entra en este jardín.

Entretanto, el hijo volvió á morder el bollo, escupió el bocado, y se puso á llorar bruscamente.

—¿Por qué lloras?—preguntó el padre.

—No tengo gana,—contestó el muchacho.

El padre sonrió con mayor expresión.

—No se necesita tener gana para comer un bollo.

—Me repugna el bollo. Está duro.

—¿No quieres más?

—No.

El padre le mostró los cisnes.

—Arrójalo á esos palmípedos.

El niño vaciló. Aunque no se quiera el bollo, no es ello una razón para regalarlo.

El padre prosiguió:

—Sé humano. Es preciso tener lástima de los animales.

Y tomando el bollo de mano del muchacho, lo tiró al estanque.

El bollo cayó bastante cerca de la orilla.

Los cisnes estaban lejos, en medio del estanque, y ocupados con alguna otra presa; así fué que no vieron al señor ni su bollo.

El buen señor, conociendo que este último corría peligro de perderse, y pesaroso de un naufragio inútil, comenzó á ejecutar movimientos telegráficos, con lo que consiguió llamar la atención de los cisnes.

Divisaron éstos algo que sobrenadaba, viraron de bordo, como barcos que son, y se dirigieron hacia el bollo lentamente, con esa beatucha majestad que sienta tan bien á los animales blancos.

—Los cisnes comprenden las señales,—dijo el burgués, muy satisfecho de su propio ingenio.

En aquel momento el tumulto lejano de la ciudad creció de súbito. Esta vez tenía algo de siniestro. Hay ciertas bocanadas de aire que hablan con mayor claridad que otras.

La que soplaba á la sazón llevó hasta allí claramente redobles de tambor, gritos, descargas cerradas y las lúgubres respuestas de la campana y del cañón. Coincidió esto con una nube negra que de improviso ocultó al sol.

Todavía los cisnes no habían llegado al bollo.

—Volvámonos,—dijo el padre;—atacan las Tullerías.

Cogió otra vez la mano de su hijo, y prosiguió:

—De las Tullerías al Luxemburgo no hay más distancia que la que separa la dignidad de rey de la dignidad de par. No es mucho. Van á llover balas.

Miró la nube.

—Y quizá también va á descargar la lluvia. El cielo se mezcla en todo esto. La rama segunda está condenada. Volvámonos aprisa.

—Quisiera ver á los cisnes comerse el bollo,—dijo el niño.

El padre respondió:

—Sería una imprudencia.

Y se llevó á su hijo.

El niño, sintiendo dejar los cisnes, volvió la cabeza hacia el estanque hasta que un grupo de árboles se lo ocultó.

Entretanto; y al mismo tiempo que los cisnes, los dos chicos vagabundos se habían por su parte acercado hacia donde estaba el bollo.

Flotaba éste sobre el agua. Mientras el más pequeño no apartaba los ojos del bollo, dirigía el mayor la vista al caballero que se marchaba.

El padre y el hijo entraron en el laberinto de paseos, que conduce á la escalera grande del grupo de árboles por el lado de la calle Madame.

En cuanto se perdieron de vista, el mayor se tendió inmediatamente boca abajo en el borde circular del estanque, y aferrándose á él con la mano izquierda, inclinado sobre el agua, casi expuesto á caer, extendió [Pg 450] con la mano derecha su varita hacia el bollo.

Los cisnes, viendo el enemigo, se dieron prisa; y al apresurarse, produjeron un efecto de pecho favorable al niño pescador. El agua refluyó delante de ellos, y una de esas suaves ondulaciones concéntricas empujó tranquilamente el bollo hacia la varita del chico.

Al mismo tiempo que llegaban los cisnes tocó la varita al bollo; el muchacho dió un golpe vivo, lo atrajo hacia sí, asustó á los cisnes, lo cogió, y se levantó.

El bollo estaba mojado, pero los niños tenían hambre y sed.

El mayor lo dividió en dos partes, una grande y otra pequeña; tomó la pequeña para sí, dió la grande á su hermanito, y le dijo:

Carga con este taco tu fusil.

[Pg 451]

XVII
Mortuus pater, filium moriturum expectat

Mario se había lanzado fuera de la barricada, seguido de Combeferre; pero ya era tarde.

Gavroche estaba muerto.

Combeferre se encargó del cesto con los cartuchos, y Mario del chico.

¡Ay! Iba pensando que lo que el padre de Gavroche había hecho por su padre, él lo hacía por el hijo; sólo que Thénardier había cargado con su padre aún vivo, y él llevaba muerto al pobre niño.

Cuando Mario entró en el reducto con Gavroche en brazos, tenía, como el pilluelo, el rostro inundado de sangre.

En el instante de bajarse para coger á Gavroche, una bala le había pasado rozando el cráneo sin que él lo advirtiese.

Courfeyrac se quitó la corbata y vendó la frente de Mario.

Púsose á Gavroche en la misma mesa que á Mabeuf, y sobre ambos cuerpos se tendió el pañuelo negro, suficiente á cubrir el anciano y el niño.

Combeferre distribuyó los cartuchos del cesto que había traído.

Esto proporcionaba á cada hombre quince tiros más.

Juan Valjean seguía en el propio sitio, sin moverse. Cuando Combeferre le presentó sus quince cartuchos, sacudió la cabeza.

—¡Qué excéntrico tan raro!—dijo en voz baja Combeferre á Enjolrás.—Halla medio de no batirse en esta barricada.

—Lo que no le impide defenderla,—contestó Enjolrás.

—El heroísmo tiene sus hombres originales,—repuso Combeferre.

Y Courfeyrac, que había oído, añadió:

—Es un género distinto del de Mabeuf.

Es curioso notar, que el fuego que se hacía contra la barricada apenas turbaba los ánimos en el interior.

Los que no han atravesado jamás el torbellino que constituye esta clase de guerras, no pueden imaginar los singulares momentos de tranquilidad que se mezclan á sus convulsiones. Se va y viene, se habla, se dicen chistes, se pasa el tiempo.

Una persona á quien conocemos oyó decir á un combatiente, en medio de la metralla:

—Estamos aquí como en un almuerzo de amigos.

El reducto de la calle de la Chanvrerie, lo repetimos, parecía muy tranquilo en el interior. Todas las peripecias y todas las fases habían sido ó iban á ser agotadas.

La posición, de crítica que era, habíase convertido en amenazadora, é iba probablemente á volverse desesperada.

Á medida que la situación se obscurecía, la luz heroica teñía más y más de púrpura la barricada.

Enjolrás la dominaba gravemente con la actitud de un joven espartano, consagrando su espada desnuda al sombrío genio de Epidotas.

Combeferre, con el mandil atado á la cintura, curaba á los heridos.

Bossuet y Feuilly hacían cartuchos con la pólvora del frasco que Gavroche encontró en el morral del cabo; y Bossuet le decía á Feuilly:

—Vamos pronto á tomar la diligencia para otro planeta.

Courfeyrac, sentado en los adoquines que se había reservado junto á Enjolrás, disponía y arreglaba todo un arsenal, su bastón de estoque, su fusil, dos pistolas de arzón y un aro de puño, todo con el cuidado de una joven que pone en orden sus avíos de tocador.

Juan Valjean, mudo, miraba la pared que tenía enfrente.

Un obrero se sujetaba á la cabeza con una cuerda un gran sombrero de paja de la tía Hucheloup, por miedo á los rayos del sol, decía.

Los jóvenes de la Cogurda de Aix departían alegremente unos con otros, como si tuviesen prisa de hablar en su dialecto por última vez.

Joly, que había descolgado el espejo de la tía Hucheloup, estaba examinando en él su lengua.

Varios combatientes, habiendo encontrado mendrugos de pan, casi mohosos, en un cajón, se los estaban comiendo ávidamente.

Mario estaba inquieto, pensando en lo que su padre iba á decirle.

[Pg 452]

XVIII
El buitre convertido en presa

Insistamos en un hecho psicológico natural en las barricadas. No debe omitirse nada de lo que caracteriza esta guerra sorprendente de las calles.

Sea cual fuere la extraña tranquilidad interior de que acabamos de hablar, la barricada, para los que están dentro, continúa siendo como una visión.

Hay algo de apocalíptico en la guerra civil; todas las brumas de lo desconocido se mezclan á sus terribles resplandores; las revoluciones son esfinges, y todo el que ha estado en una barricada cree haber tenido un sueño.

Lo que se siente en tales sitios, como ya hemos indicado á propósito de Mario, y veremos luego las consecuencias, es más, y es menos que la [Pg 453] vida. Ya fuera de la barricada, no se sabe lo que en la barricada se ha presenciado.

Ha estado uno terrible, y lo ignora. Ha estado uno circuido de ideas que combatían, que tenían rostros humanos, y la cabeza del patriarca se ha iluminado con la luz del porvenir.

Había allí cadáveres tendidos, y fantasmas en pie. Las horas eran colosales, y parecían horas eternas.

Se ha vivido en la muerte. Se han visto pasar sombras.

¿Qué era aquello? Había allí manos ensangrentadas; un ruido espantoso, y al mismo tiempo un horrible silencio; bocas abiertas que gritaban, y otras bocas abiertas que no decían nada; se estaba en medio del [Pg 454] humo, de la noche quizás.

Créese haber tocado el siniestro borde de las profundidades desconocidas, y se mira uno á las uñas, donde aparecen unas como manchas encarnadas. Hase olvidado todo.

Volvamos á la calle de la Chanvrerie.

De repente, entre dos descargas, se oyó el toque lejano de la hora que sonaba.

—Son las doce,—dijo Combeferre.

Aún no habían acabado de dar las doce campanadas, cuando Enjolrás, poniéndose de pie, dijo con voz tonante desde lo alto de la barricada:

—Súbanse adoquines á la casa, y colóquense en el reborde de la ventana y de la buhardilla. La mitad de la gente á los fusiles, y la otra mitad á las piedras. No hay un minuto que perder.

Una partida de zapadores bomberos, con el hacha al hombro, acababa de aparecer, en orden de batalla, al extremo de la calle.

Aquella tenía que ser la cabeza de una columna. ¿Y de cuál? De la de ataque indudablemente.

Los zapadores-bomberos, encargados de demoler la barricada, deben [Pg 455] preceder siempre á los soldados que han de escalarla.

No cabía duda de que llegaba ya el instante, denominado por Clermont Tonnerre, en 1822, «el collerazo».

La orden de Enjolrás fué ejecutada con la correcta exactitud propia de los buques y de las barricadas, los dos únicos sitios de combate de los cuales es imposible la evasión.

En menos de un minuto, las dos terceras partes de los adoquines, que Enjolrás había hecho amontonar en la puerta de Corinto, fueron subidos al primer piso y al desván; y antes de que transcurriese otro minuto, aquellos adoquines, colocados artísticamente uno sobre otro, tapiaban hasta la mitad de su altura la ventana del uno y los tragaluces del otro.

Feuilly, principal constructor, tuvo cuidado de dejar algunos claros para los cañones de los fusiles.

Aquella especie de parapeto en las ventanas pudo formarse con tanta mayor facilidad, cuanto que la metralla había cesado.

Las dos piezas tiraban ahora con bala al centro del reducto, á fin de abrir un agujero, y, si era posible una brecha para el asalto.

Cuando los adoquines destinados á la defensa estuvieron en su sitio, Enjolrás mandó llevar al primer piso las botellas que había colocado debajo de la mesa donde estaba Mabeuf.

—¿Quién, entonces, beberá esto?—preguntó Bossuet.

—Ellos,—contestó Enjolrás.

Se tapió enseguida la ventana del piso bajo, y se aprontaron los travesaños de hierro que servían para cerrar de noche por dentro la puerta del bodegón.

La fortaleza estaba completa. La barricada era el baluarte y era la taberna el torrejón.

Con los adoquines que quedaron se cerró la cortadura.

Como los defensores de una barricada se ven siempre obligados á economizar las municiones, y los sitiadores lo saben, estos combinan su plan con una especie de regodeo irritante, exponiéndose antes de tiempo al fuego, más aún en apariencia que en realidad, y permitiéndose todas las comodidades.

Los preparativos de ataque se hacen siempre con cierta lentitud metódica; después viene el rayo.

Esta lentitud permitió á Enjolrás revisarlo y perfeccionarlo todo. Conocía que, ya que semejantes hombres iban á morir, su muerte debía ser una obra maestra.

Dijo á Mario:

—Somos los dos jefes. Voy adentro á dar algunas órdenes; quédate fuera tú, y observa.

Apostóse Mario de vigía en la cúspide de la barricada.

Enjolrás mandó clavar la puerta de la cocina, que, como recordará el lector servía de hospital.

—Que no alcancen las salpicaduras á los heridos,—dijo.

Dió las últimas instrucciones en la sala baja con voz breve, pero profundamente tranquila; Feuilly escuchaba y respondía en nombre de todos:

—Que haya hachas dispuestas en el primer piso para cortar la escalera. ¿Las hay?

—Sí,—dijo Feuilly.

—¿Cuántas?

—Dos hachas y un machete.

—Está bien. Somos veintisiete hombres aptos para el combate. ¿Cuántos fusiles hay?

—Treinta y cuatro.

—Sobran ocho. Que estén á la mano esos ocho fusiles, cargados como los demás. En el cinto los sables y las pistolas. Veinte hombres en la barricada. Seis, emboscados en la buhardilla y en la ventana del primer piso para hacer fuego contra los sitiadores por las troneras de los adoquines. Que no quede aquí ni un solo trabajador inútil. Luego, cuando el tambor toque á atacar, que los veinte de abajo se precipiten á la barricada. Los que primero lleguen se colocarán mejor.

Dadas estas órdenes, se volvió á Javert, y le dijo:

—No me olvido de ti.

Y poniendo sobre la mesa una pistola, añadió:

—El último que salga de aquí levantará la tapa de los sesos á ese espía.

—¿Aquí mismo?—preguntó una voz.

—No; no mezclemos ese cadáver con los nuestros. Se puede atravesar la pequeña barricada de la callejuela de Mondetour. Sólo tiene cuatro pies de alta. El hombre está bien amarrado. Se le conducirá y ejecutará allí. En aquel momento había uno de los presentes más impasible que Enjolrás; era Javert.

Presentóse Juan Valjean.

Estaba confundido en el grupo de los insurrectos.

Salió y dijo á Enjolrás:

—¿Sois vos el jefe?

—Sí.

—Me habéis dado las gracias hace poco.

—En nombre de la República. La barricada tiene dos salvadores; Mario Pontmercy y vos.

—¿Creéis que merezco recompensa?

—Sin duda.

—Pues bien; pido una.

—¿Cuál?

—La de permitirme levantar la tapa de los sesos á ese hombre.

Javert alzó la cabeza, vió á Juan Valjean, hizo un movimiento imperceptible, y dijo:

—Es muy justo.

Enjolrás había vuelto á cargar de nuevo la carabina, y miró alrededor.

—¿No hay quién reclame?

Y dirigiéndose á Juan Valjean, le dijo:

—Tomad el polizonte.

Juan Valjean tomó, en efecto, posesión de Javert, sentándose al extremo de la mesa.

Cogió la pistola, un débil ruido seco anunció que acababa de montarla.

Casi al mismo instante se oyó el toque de una corneta.

—¡Alerta!—gritó Mario desde lo alto de la barricada.

Javert se puso á reir con aquella risa sorda que le era propia, y mirando fijamente á los insurrectos, les dijo:

—No gozáis de mucha más salud que yo.

—¡Todo el mundo afuera!—gritó Enjolrás.

Los insurrectos se lanzaron en tropel, y al salir recibieron en la espalda (permítasenos la frase) estas palabras de Javert:

—¡Hasta luego!

[Pg 456]

XIX
Venganza de Juan Valjean

En cuanto Juan Valjean se quedó sólo con Javert, desató la cuerda que sujetaba al prisionero por la mitad del cuerpo, y cuyo nudo estaba debajo de la mesa. Enseguida le hizo seña de que se levantase.

Javert obedeció, con aquella indefinible sonrisa en que se condensa la supremacía de la autoridad encadenada.

Juan Valjean tomó á Javert de la gamarra, como se tomaría á una acémila del diestro y conduciéndole en pos de sí, salió del figón con lentitud, porque Javert, trabado de piernas, no podía dar sino pasos muy cortos.

Juan Valjean llevaba en la mano la pistola.

Atravesaron de este modo el trapecio interior de la barricada.

Los insurrectos, atentos todos al inevitable ataque, estaban de espaldas.

Solamente Mario, ladeado en la extremidad izquierda del parapeto, los vió pasar. Aquel grupo del paciente y el verdugo se iluminó con la [Pg 457] luz sepulcral que había en su alma.

Juan Valjean, no sin algún trabajo, hizo escalar á Javert, atado y todo, sin soltarle un instante, la pequeña trinchera de la callejuela de Mondetour.

Cuando hubieron pasado este parapeto, se encontraron solos en la calle.

Nadie los veía.

El ángulo que formaban las casas los ocultaba á los ojos de los insurrectos.

Á pocos pasos de allí formaban un terrible montón los cadáveres retirados de la barricada.

En aquel hacinamiento de muertos se distinguía un rostro lívido, una cabellera suelta, una mano agujereada, y un seno de mujer medio desnudo: era Eponina.

Javert se fijó, de soslayo, en aquel cuerpo, y dijo á media voz, profundamente tranquilo:

—Paréceme que conozco á esa muchacha.

Después se volvió hacia Juan Valjean.

Juan Valjean se puso la pistola bajo el brazo, y fijó en Javert una mirada que no necesitaba palabras para decir:

—Javert, soy yo.

Javert respondió:

—Desquítate.

Valjean sacó una navaja del bolsillo, y la abrió.

—¡Un flamenco!—exclamó Javert.—Tienes razón. Esto te cuadra más.

Juan Valjean cortó la gamarra que Javert tenía al cuello, luego cortó las cuerdas de las muñecas, y por último, bajándose, hizo lo mismo con la cuerda de los pies. Después, poniéndose otra vez derecho, díjole con fría serenidad:

—Estáis libre.

Javert no era hombre que se asombrase fácilmente. Sin embargo, á pesar de ser tan dueño de sí mismo, no pudo evitar cierta emoción. Se quedó admirado é inmóvil.

Juan Valjean prosiguió:

—No creo que salgáis de aquí. No obstante, si por casualidad salieseis, vivo con el nombre de Fauchelevent en la calle del Hombre Armado, número 7.

Javert sintió una especie de fruncimiento de tigre, que le hizo entreabrir un lado de la boca, y murmuró entre dientes:

—Guárdate.

—Idos,—dijo Juan Valjean.

—Javert repuso:

—¿Has dicho Fauchelevent, calle del Hombre Armado?

—Número 7.

Javert repitió á media voz:

—Número 7.

Abrochóse su levitón, tomó cierta actitud militar, dió media vuelta, cruzó los brazos, apoyando la barba en una de las manos, y echó á andar tomando la dirección de los Mercados. Juan Valjean le seguía con la vista.

Después de dar algunos pasos, Javert se volvió y dijo á Juan Valjean:

—Me habéis fastidiado. Prefiero que me matéis.

Javert, sin advertirlo, no tuteaba ya á Juan Valjean.

—Idos,—repitió Juan Valjean.

Javert se fué alejando poco á poco. Un momento después doblaba la esquina de la calle de Predicadores.

Cuando Javert hubo desaparecido, Juan Valjean descargó su pistola al aire.

Después, entrando de nuevo en la barricada, dijo:

—Ya está.

Entretanto he aquí lo que había pasado.

Mario, más ocupado en lo de afuera que en lo de adentro, no se había fijado hasta entonces en el espía amarrado en el fondo obscuro de la sala baja.

Cuando le vió á la luz del día, atravesando la barricada camino de la muerte, le conoció.

Un recuerdo súbito penetró en su alma. Acordóse del inspector de la calle de Pontoise y de las dos pistolas que le había entregado, las que le sirvieron en aquella misma barricada; y no sólo se acordó de la fisonomía, sino también del nombre.

Sin embargo, era un recuerdo nebuloso y confuso, como todas sus ideas.

No fué una afirmación, sino una pregunta que se hizo á sí mismo.

—¿No es ese el inspector de policía que me dijo llamarse Javert?

Quizá era tiempo todavía de intervenir en favor de aquel hombre; pero, ante todo, había que cerciorarse de si era en realidad Javert.

Mario interpeló á Enjolrás, que acababa de colocarse al otro extremo de la barricada:

—¡Enjolrás!

—¿Qué?

—¿Cómo se llama ese hombre?

—¿Quién?

—El agente de policía. ¿Sabes su nombre?

—Sin duda; él mismo nos lo ha dicho.

—¿Cómo se llama?

—Javert.

Mario se levantó.

En aquel instante se oyó el pistoletazo.

Juan Valjean volvió á aparecer, diciendo:—«Ya está».

Un frío interior atravesó el corazón de Mario.

[Pg 458]

XX
Los muertos tienen razón y los vivos no se equivocan

La agonía de la barricada iba á empezar.

Todo contribuía á aumentar la trágica majestad de aquel momento supremo; mil misteriosos fracasos en el aire, el soplo de las masas armadas puestas en movimiento en calles que no se veían, el galope intermitente de los caballos, el pesado rodar de las piezas de artillería en marcha, las descargas cerradas y los cañonazos cruzándose en el laberinto de París, el humo dorado de la batalla subiéndose á los tejados, gritos lejanos, vagos, terribles, relámpagos amenazadores en todas partes, la campana de San Merry, que parecía entonces sollozar, la dulzura de la estación, el esplendor del cielo lleno de sol y de nubes, la belleza del día y el espantoso silencio de las casas.

Porque, desde la víspera, era el silencio ciertamente terrible; las dos hileras de casas de la calle de la Chanvrerie se habían convertido en [Pg 459] murallas, murallas espantosas, con las puertas cerradas, y cerradas también ventanas y postigos.

En aquellos tiempos, tan diferentes de los actuales, cuando había llegado la hora en que el pueblo quería derrocar una situación demasiado larga, ó acabar con una carta otorgada, ó con un país legal; cuando la cólera universal se difundía en la atmósfera; cuando la ciudad consentía en la sublevación de sus adoquines; cuando la insurrección hacía sonreír á la burguesía cuchicheándole al oído el santo y seña, entonces el habitante, penetrado, digámoslo así, de motín, auxiliaba al combatiente, y la casa fraternizaba con la fortaleza improvisada que se apoyaba en ella.

Cuando la situación no había aún madurado; cuando la insurrección no era consentida decididamente; cuando la masa rechazaba el movimiento, ¡ay de los combatientes! la ciudad se convertía en desierto alrededor de los sublevados, las almas se helaban, los asilos se cerraban, [Pg 460] y la calle se cambiaba en desfiladero para ayudar al ejército á tomar la barricada.

No se hace andar á un pueblo por sorpresa más aprisa de lo que él quiere. ¡Desgraciado del que quiera violentarle!

Un pueblo no se deja manejar. Entonces abandona la insurrección á sus propias fuerzas, y mira á los insurrectos como apestados, y la casa es una escarpadura, la puerta un rechazo, la fachada un muro. Muro que ve, oye y se hace el sordo. Pudiera entreabrirse y salvarle.

Pero no. Aquel muro es un juez. Mira y condena.

¡Qué sombrío aspecto el de las casas cerradas! Parecen muertas y viven. La vida, que se encuentra allí como en suspenso, persevera.

Nadie ha salido de allí hace veinticuatro horas; pero tampoco falta nadie.

En el interior de aquella roca se va, se viene, se acuesta la gente y se levanta; se vive en familia, se bebe, se come, y se tiene miedo; ¡cosa terrible! El miedo disculpa aquella terrible inhospitalidad, y el susto [Pg 462] que con él se mezcla es una circunstancia atenuante.

Algunas veces se han visto ejemplos de ello; el miedo se convierte en pasión; el susto puede cambiarse en furia, como la prudencia en cólera. De ahí aquella frase tan profunda: ¡Esos rabiosos de moderados!

Hay resplandores de espanto supremo, de donde sale como un humo lúgubre, la cólera.

¿Qué quieren estas gentes?...

No están nunca contentos. Comprometen á los hombres pacíficos...

¡Como si no tuviésemos ya revoluciones de sobra!...

¿Qué han venido á hacer aquí?...

Que busquen medio de salvarse: y si no lo encuentran, tanto peor para ellos; suya es la culpa...

Les está bien...

Nada de eso nos atañe...

Pues, ¿y nuestra pobre calle? ¡Cómo nos la han acribillado á balazos!...

Son un hato de perdidos...

Sobre todo, que no se les abra la puerta...

Y la casa entonces toma el aspecto de una tumba.

El insurrecto agoniza delante de aquella puerta; ve llegar la metralla [Pg 463] y los sables desnudos; si grita, sabe que le oyen, pero sabe también que no han de ir á abrirle.

Hay allí paredes que podrían protegerle; hay hombres que podrían salvarle; y tienen aquellas paredes oídos de carne, y los hombres aquellos entrañas de piedra.

¿Á quién acusar?

Á nadie y á todo el mundo.

Á los tiempos incompletos en que vivimos.

Así es que la utopía se transforma siempre de su cuenta y riesgo en insurrección, pasando de protesta filosófica á protesta armada; de Minerva [Pg 464] á Palas.

La utopía, que se impacienta y se vuelve motín, sabe lo que la espera; lo común es que se anticipe demasiado.

Entonces se resigna y acepta estoicamente, en lugar del triunfo, la catástrofe.

Sirve sin quejarse, y hasta disculpa á los que reniegan de ella; su magnanimidad es consentir en el abandono.

Es indomable contra el obstáculo, é indulgente con la ingratitud.

¿Pero es, en efecto, ingratitud?

Sí, bajo el punto de vista humano.

No, bajo el punto de vista individual.

El progreso es el modo de ser del hombre.

La vida general de la especie humana se llama Progreso; el paso colectivo de la especie humana se llama igualmente Progreso.

El progreso camina; hace el gran viaje humano y terrenal hacia lo celestial y lo divino; tiene sus paradas, durante las cuales reúne el rebaño cuando se queda atrás; tiene sus estaciones en que medita, ante alguna tierra de Canaán espléndida, descubriendo de improviso su horizonte; tiene sus noches en que duerme; y una de las más dolorosas ansiedades [Pg 465] del pensador es ver sombras en el alma humana, y tocar, en medio de las tinieblas, sin poder despertarle, al progreso dormido.

Dios está muerto tal vez, decía un día al que escribe estas líneas, Gerardo de Nerval, confundiendo el progreso con Dios, y tomando la interrupción del movimiento por la muerte del Ser.

El que desespera se equivoca.

El progreso se despierta infaliblemente: y en suma, pudiera decirse que marcha, dormido y todo, por lo que crece. Cuando se le ve nuevamente de pie, se le encuentra más alto.

Estar siempre apacible no depende del progreso, ni más ni menos que del río. No elevéis ninguna barrera; no arrojéis ninguna roca, que el obstáculo hace espumar al agua y hervir la humanidad.

De ahí los disturbios; pero después de los disturbios se conoce el camino andado.

Hasta que el orden, que no es otra cosa que la paz universal, se haya establecido; hasta que reinen la armonía y unión, el progreso tendrá por etapa las revoluciones.

¿Qué es el progreso entonces? Acabamos de decirlo: la vida permanente de los pueblos.

Ahora bien; algunas veces sucede que la vida momentánea de los individuos resiste á la vida eterna del género humano.

Confesémoslo sin amargura; el individuo tiene su interés distinto, y puede, sin prevaricación, estipular en favor de ese interés y defenderlo. Tiene el presente, posee su parte excusable de egoísmo; la vida momentánea tiene su derecho, y no está obligada á sacrificarse eternamente por el porvenir.

La generación, á la que toca actualmente dar la vuelta al mundo, no se halla constituida en el deber de abreviar su viaje por otras generaciones que, bien considerado todo, son iguales á ella, y cuyo turno llegará más tarde.

Yo existo, murmura ese alguien que se llama Todo. Soy joven y estoy enamorado; soy viejo y quiero descansar; soy padre de familia, trabajo, prospero, emprendo buenos negocios, poseo casas de alquiler; tengo créditos del Estado, soy feliz; tengo mujer é hijos, amo todo esto, deseo vivir, dejadme tranquilo.

De ahí, en ciertas horas, esa profunda frialdad hacia la magnánima vanguardia del género humano.

La utopía, por otra parte, convengamos en ello, sale de su irradiación apelando á las armas.

Siendo la verdad de mañana, toma prestada su regla de conducta á la batalla y la mentira de ayer. Siendo el porvenir, se agita como el pasado. Siendo la idea pura, se convierte en vía de hecho.

Complica su heroísmo con una violencia, de que debe responder en justicia; violencia de lance y de expediente, contraria á los principios, y por la que es fatalmente castigada.

La utopía-insurrección combate con el antiguo código militar en la mano; fusila á los espías, ejecuta á los traidores, suprime seres vivientes, y los arroja en las tinieblas desconocidas.

Se sirve de la muerte: ¡cosa grave!

Parece que la utopía ha perdido la fe en la irradiación, que es su fuerza irresistible é incorruptible.

Descarga la espada; y como no hay espada simple, pues todas tienen dos filos, quien hiere con el uno se hiere con el otro.

Hecha esta salvedad, y hecha severamente, nos es imposible dejar de admirar, triunfen ó no, á los gloriosos combatientes del porvenir, á los confesores de la utopía.

Aun cuando aborte su acción, son venerables; y quizá es su majestad mayor siendo vencidos.

La victoria, en el sentido del progreso, merece el aplauso de los pueblos; pero una derrota heroica merece su tierna simpatía.

La una es magnífica, la otra sublime.

Nosotros, que preferimos el martirio al triunfo, creemos á Juan Brown más grande que Washington, y á Pisacana más grande que Garibaldi.

Es necesario que alguien esté por los vencidos.

El mundo es injusto con esos grandes ensayadores del porvenir, cuando abortan.

Acúsase á los revolucionarios de sembrar el espanto.

Toda barricada parece un atentado.

Se acriminan sus teorías, se recela de su objeto, se teme su segunda intención, se denuncia su conciencia.

Se les echa en cara que elevan, construyen y acumulan contra el hecho social reinante un montón de miserias, dolores, iniquidades, agravios y desesperaciones, y que arrancan de las hondonadas pedruscos de tinieblas para parapetarse y combatir.

Se les grita: «¡Desempedráis el infierno!». Á lo que podrían ellos contestar: «Por esto es que nuestra barricada está hecha de buenas intenciones».

Lo mejor, sin duda, es la solución pacífica.

En suma, convengamos en que cuando se ven las huellas se piensa en el oso, y es esa una buena voluntad de que la sociedad preocupa.

Pero de la sociedad depende salvarse así misma; y nosotros apelamos á su natural buena voluntad.

Ningún remedio violento es necesario.

Estudiar buenamente el mal, hacerle constar y luego curarle. Esto es á lo que la invitamos.

Quien quiera que sean, aún caídos, sobre todo caídos, son augustos los hombres, que, en todos los puntos del universo, fija la vista en Francia, luchan por la grande obra con la inflexible lógica del ideal.

Dan su vida pura y simplemente por el progreso; cumplen la voluntad de la Providencia verificando un acto religioso. Al llegar la hora señalada con tanto desinterés como un actor á quien le toca entrar en escena, obedeciendo al director divino, bajan á la tumba.

Y esa lucha sin esperanza y esa desaparición estoica, la aceptan para conducir á sus espléndidas y supremas consecuencias universales el majestuoso movimiento humano, irresistiblemente comenzado el 14 de julio de 1789; semejantes soldados son sacerdotes.

La Revolución francesa es un gesto de Dios.

Por lo demás... y conviene añadir esta distinción á las ya indicadas en otro capítulo, existen las insurrecciones aceptadas que se llaman revoluciones, y las insurrecciones rechazadas que se llaman motines.

Una insurrección que estalla, es una idea que expone su examen ante el pueblo.

Si el pueblo deja caer la bola negra, la idea es un fruto seco, la insurrección es un acaloramiento.

Armarse en guerra á cada intimación, y siempre que la utopía lo desea, no es propio de los pueblos. Las naciones no tienen á todas horas el temperamento de los héroes y de los mártires.

Son positivas. Á priori, la insurrección les repugna, primero, porque frecuentemente su resultado es una catástrofe; y en segundo lugar, porque siempre su punto de partida es una abstracción.

Porqué, y esto es lo hermoso, los que se sacrifican lo hacen siempre por el ideal, por el ideal sólo.

Una insurrección es un entusiasmo. El entusiasmo puede montar en cólera, de ahí el acudir á las armas.

Pero toda insurrección que apunta á un gobierno ó á un régimen, no se dirige solamente á ese gobierno ó á ese régimen; apunta más alto.

Así, por ejemplo, insistamos en ello; lo que combatían los jefes de la insurrección de 1832, y en particular los jóvenes entusiastas de la calle de la Chanvrerie, no era precisamente á Luis Felipe.

La mayor parte, cuando hablaban con toda franqueza, hacían justicia á las cualidades de aquel rey, mediador entre la monarquía y la revolución. Ninguno le odiaba.

Pero atacaban la rama segunda del derecho divino en Luis Felipe, como habían atacado la rama primogénita en Carlos X; y lo que querían derrocar, derrocando el trono en Francia, era, ya lo hemos dicho anteriormente, la usurpación del hombre por el hombre, y del privilegio sobre el derecho en todo el universo.

París sin rey, da por repercusión el mundo sin déspotas.

Así era como ellos raciocinaban.

Su objeto, lejano sin duda, vago quizá, y retrocediendo ante el esfuerzo era, no obstante, grande.

Y así es en efecto. Sacrifícase uno por esos fantasmas que, para los sacrificados, son ilusiones casi siempre; pero ilusiones á las que, en conclusión, se mezcla toda la certidumbre humana.

El insurrecto poetiza y dora la insurrección. Lánzase en esos trágicos acontecimientos embriagándose en lo que va á hacer. ¿Quién sabe? Tal vez triunfe...

Son el menor número; tienen contra sí todo un ejército; pero defienden el derecho, la ley natural, la soberanía del individuo sobre sí mismo, que no es posible abdicar; la justicia, la verdad; y si llega el caso, mueren como los trescientos espartanos.

No se piensa en don Quijote, sino en Leónidas.

Y siguen adelante; y una vez comprometidos, ya no retroceden.

Se lanzan de cabeza, teniendo por esperanza una victoria inaudita, la revolución consumada, el progreso libre, el engrandecimiento del género humano, la emancipación universal y, en último caso, las Termópilas.

Frecuentemente, esos torneos guerreros en favor del progreso salen frustrados; ya hemos dicho el por qué.

La multitud se muestra reacia al impulso de los paladines. Las masas pesadas, las muchedumbres, frágiles por su peso mismo, temen las aventuras, y hay siempre algo de aventura en lo ideal.

Por otra parte, no debe olvidarse que entran también en juego los intereses, poco amigos de lo ideal y de lo sentimental. Muchas veces el estómago paraliza el corazón.

La grandeza y la belleza de Francia consiste en que cría menos vientre que otros pueblos, se ajusta más fácilmente el cordón á la cintura.

Es la primera en vestirse y la última que se acuesta.

Marcha adelante siempre. Le gusta descubrir.

Esto prueba su espíritu de artista.

Lo ideal no es sino el punto culminante de la lógica, como no es la belleza otra cosa que la cima de la verdad.

Los pueblos artistas son también los pueblos consecuentes. Amar la belleza es ver la luz.

Por esto la antorcha de Europa, es decir, de la civilización, fué llevada al principio por Grecia, que la traspasó á Italia, y ésta, hizo lo propio con Francia.

¡Divinos pueblos, exploradores! Vitæ lampada tradunt.

¡Cosa admirable! La poesía de un pueblo es el elemento del pueblo. La cantidad de civilización se mide por la cantidad de imaginación.

Solamente los pueblos civilizadores deben considerar varoniles. Corinto, sí; Sibaris, no.

El que se afemenina se envilece. No hay necesidad absoluta de ser dilettante, ni virtuose, pero es indispensable ser artista.

En materia de civilización, no ha de buscarse el refinamiento, sino lo sublime. Así es como se da al género humano el modelo de lo ideal.

El ideal moderno tiene su tipo en el arte, y sus medios en la ciencia. Con la ciencia se realizará esa visión augusta de los poetas: la belleza social. Se reconstruirá el Edén con el A + B.

Al punto á que ha llegado la civilización, lo exacto es un elemento necesario de lo espléndido, y el órgano científico no sólo sirve, sino que completa el sentimiento artístico. La fantasía debe calcular.

El arte, que es el que conquista, debe tener por punto de apoyo la ciencia, que es la que marcha. La solidez de la montura es importantísima.

El espíritu moderno es el genio de Grecia con el genio de la India por vehículo: Alejandro montando el elefante.

Las razas petrificadas en el dogma, ó desmoralizadas por el lucro, son impropias para dirigir la civilización.

La genuflexión ante el ídolo ó ante el escudo, atrofia el músculo que anda y la voluntad que va.

La absorción hierática ó comercial aminora la irradiación de un pueblo, rebaja su horizonte rebajando su nivel, y le quita esa inteligencia humana y divina á la vez, del fin universal, que constituye las naciones misioneras.

Babilonia no tiene ideal, ni Cartago lo tiene. Atenas y Roma tienen y conservan todavía al través de la espesa noche de los siglos, aureolas de civilización.

Francia es un pueblo de las cualidades de Grecia é Italia.

Es ateniense por lo bello, y romana por lo grande.

Es más inclinado á la abnegación y al sacrificio que los otros pueblos.

Solamente que esta propensión la toma y deja. Esto es un gran peligro para los que corren cuando ella no quiere sino andar, ó para los que andan cuando ella desea estarse quieta.

Francia tiene sus recaídas de materialismo, y en ciertos instantes, las ideas que obstruyen ese cerebro sublime, no muestran ya nada que recuerde la grandeza francesa, y son de las dimensiones de un Missouri, ó de una Carolina del Sur.

¿Qué remedio? El gigante representa el papel del enano. La inmensa Francia tiene sus tonterías de pequeñez. Eso es todo.

Á esto no hay nada que objetar. Los pueblos, como los astros, tienen el derecho de eclipsarse.

No importa, con tal que la luz vuelva y el eclipse no degenere en noche.

Alba y resurrección son sinónimos.

La reaparición de la luz es idéntica á la perseverancia del yo.

Hagamos constar estos hechos con calma. La muerte es en la barricada, ó la tumba en el destierro, son contratiempos aceptables para el sacrificio.

El verdadero nombre del sacrificio es desinterés.

Que los abandonados se dejen abandonar, que los desterrados se dejen desterrar, y limitémonos á suplicar á los grandes pueblos que no retrocedan demasiado lejos, cuando retroceden.

No se debe, so pretexto de volver á la razón, avanzar demasiado en el descenso.

La materia existe, el minuto existe, los intereses existen, el estómago existe; pero es preciso que no sea el estómago el único sabio.

La vida momentánea tiene su derecho; concedido; pero la vida permanente tiene también el suyo. ¡Ay! el haber subido no guarda de caer.

Vese esto en la historia más frecuentemente que se quisiera. Una nación es ilustre; toma el gusto á lo ideal, y luego muerde el polvo y le sabe bien.

Si se le pregunta cómo es que abandona á Sócrates por Falstaff, responde: «Porque me gustan los hombres de Estado».

Una palabra antes de volver á la lucha.

Una batalla como la que estamos refiriendo, no es otra cosa que una convulsión hacia lo ideal.

El progreso con trabas es enfermizo, y padece esta especie de epilepsias trágicas.

Hemos debido tropezar con esa enfermedad del progreso, la guerra civil. Es una de las fases fatales, acto y entreacto á la vez de este drama, cuyo eje es un condenado social, y cuyo verdadero título es: El Progreso.

¡El Progreso!

Este grito, que lanzamos con frecuencia, encierra todo nuestro pensamiento; y en el punto del drama á que hemos llegado, teniendo que experimentar alguna prueba más aún la idea que abraza, quizá nos sea permitido, si no descorrer el velo, al menos dejar transparentar claramente la luz.

El libro que el lector tiene á la vista, es de un extremo á otro, en su conjunto como en sus detalles, sean cuales fueren las intermitencias, las excepciones ó las flaquezas, el camino que va del mal al bien, de lo injusto á lo justo, de lo falso á lo verdadero, de la noche al día, del apetito á la conciencia, de la descomposición á la vida, de la brutalidad al deber, del infierno al cielo, de la nada á Dios.

Punto de partida, la materia; punto de llegada el alma.

La hidra al principio, el ángel al final.

[Pg 466]

XXI
Los héroes

De súbito el tambor llamó á la carga.

El ataque fué el huracán. Á la víspera, en medio de la obscuridad, los sitiadores se habían aproximado á la barricada silenciosamente como serpientes.

Á la sazón, en pleno día, en aquella calle abierta, la sorpresa era de todo punto imposible; además, la viva fuerza se había desenmascarado, el cañón había empezado á rugir, y el ejército se precipitó sobre el reducto.

Entonces la furia era habilidad.

Una poderosa columna de infantería de línea, cortada á intervalos regulares por guardia nacional y guardia municipal de á pie, y apoyada en masas profundas, que se las oía sin verlas, desembocó en la calle á paso de carga, tocando tambores y clarines, con las bayonetas caladas [Pg 467] y los zapadores á la cabeza, é imperturbable ante los proyectiles, cayó sobre la barricada con la fuerza de una viga de bronce sobre un muro.

El muro resistió.

Los insurrectos hicieron fuego impetuosamente, y el reducto escalado ostentó una cabellera de relámpagos.

El asalto fué tan furibundo, que por un momento se vió la barricada llena de sitiadores; pero sacudió los soldados, como sacude el león los perros, y no se cubrió de combatientes sino como de espuma el arrecife, para reaparecer luego escarpada, negra y formidable.

La columna, obligada á replegarse, permaneció compacta en la calle, al descubierto, pero terrible, y contestando al reducto con un horroroso [Pg 468] tiroteo de fusilería.

Cualquiera que haya visto fuegos artificiales, recordará el haz de cohetes voladores que se denomina ramillete.

Represéntese pues el lector ese ramillete, no vertical sino horizontal, con una bala, una posta ó un casco de metralla en la punta de cada espiga de fuego, y lanzando la muerte al desgranar sus espigas de rayos.

La barricada estaba debajo.

Por ambas partes había igual denuedo.

El valor era casi bárbaro, complicándose con una especie de ferocidad heroica, que comenzaba por el sacrificio de sí mismo.

Era la época en que un guardia nacional se batía como un zuavo.

La tropa quería terminar; la insurrección anhelaba la lucha.

La aceptación de la agonía en plena juventud y en salud plena, trueca la intrepidez en frenesí.

Cada uno tenía allí el engrandecimiento de la hora suprema. La calle se cubrió de cadáveres.

La barricada tenía en uno de los extremos á Enjolrás, y en el otro á Mario.

Enjolrás, que traía toda la barricada dentro de la cabeza, se reservaba y se ponía al abrigo de las balas; tres soldados cayeron uno tras otro [Pg 469] al pie de su almena sin haberle visto siquiera.

Mario combatía al descubierto. Presentábase blanco de los fusiles enemigos, pues más de la mitad de su cuerpo sobresalía por cima del reducto.

No hay mayor pródigo que el avaro entregándose al despilfarro, ni hay hombre más terrible en la pelea que el pensador.

Mario aparecía formidable y meditabundo. Estaba en la batalla como en un sueño. Hubiera podido decirse que era un fantasma disparando tiros.

Agotábanse los cartuchos, pero no los sarcasmos. Dentro de aquel torbellino del sepulcro en que se encontraban, se reían.

Courfeyrac iba con la cabeza descubierta, sin absolutamente nada que la protegiera.

—¿Qué has hecho del sombrero?—le preguntó Bossuet.

Courfeyrac respondió:

—Han acabado por llevársemelo á cañonazos.

Ó bien decían otras cosas más elevadas.

—¡Cómo comprender,—exclamaba amargamente Feuilly,—á esos hombres (y citaba los nombres, de hombres conocidos y hasta célebres, algunos del antiguo ejército) que habían ofrecido unírsenos, jurando ayudarnos; que se habían comprometido por su honor; que son nuestros generales, y que nos abandonan!

Y Combeferre se limitaba á contestar con grave sonrisa:

—Hay personas que observan las reglas del honor como se observan las estrellas, de lejos.

El interior de la barricada estaba lleno de cartuchos rotos, que parecía haber nevado.

Los sitiadores tenían la ventaja del número; los insurrectos la de la posición. De lo alto de una pared hacían fuego á boca de jarro contra los soldados, quienes tropezaban con los muertos y heridos, enredándose en la pendiente.

Aquella barricada, construida como estaba, y admirablemente apoyada, era en verdad una posición en la que un puñado de hombres podía resistir á una legión.

No obstante, la columna de ataque, reforzada continuamente, y engrosando bajo la lluvia de balas, se acercaba inexorablemente; y ya el ejército, poco á poco, paso á paso, pero con seguridad, estrechaba la barricada, como el husillo á la prensa.

Sucedíanse los asaltos. El horror aumentaba.

Entonces estalló entre aquel montón de adoquines, en aquella calle de la Chanvrerie, una lucha digna de las murallas de Troya.

Aquellos hombres extenuados, harapientos, cansados, que no habían comido hacía veinticuatro horas, que tampoco habían dormido, que sólo contaban con algunos tiros más, que se tentaban los bolsillos vacíos de cartuchos, heridos casi todos, vendada la cabeza ó el brazo con lienzos húmedos y ennegrecidos, de cuyos trajes agujereados brotaba sangre, armados apenas de malos fusiles y de sables viejos mellados, se convirtieron en titanes. Diez veces seguidas fué cercado, asaltado y escalado el reducto, pero nunca tomado.

Para tener idea de aquella lucha, convendría figurarse el fuego aplicado á un montón de espíritus terribles, y contemplar el incendio.

No era aquello un combate, sino el interior de un horno; las bocas respiraban llamas, los rostros tenían algo de extraordinario. La forma humana parecía imposible; los combatientes resplandecían, y era monstruoso ver ir y venir por entre el humo rojizo aquellas salamandras de la lucha.

Renunciamos á pintar las escenas sucesivas y simultáneas de aquella grandiosa matanza. Sólo la epopeya tiene derecho á llenar doce mil versos con una batalla.

Podía llamarse el infierno del bracmanismo, el más formidable de los diez y siete abismos á que el Veda da el nombre de Selva de las espadas.

Se luchaba cuerpo á cuerpo, palmo á palmo, á pistoletazos, á sablazos, á puñadas, de lejos, de cerca, de arriba, de abajo; de todas partes, de los tejados de la casa, de las ventanas del figón, de los tragaluces de la cueva adonde se habían retirado algunos. Era la pelea de uno contra sesenta.

La fachada de Corinto, á medio demoler, estaba horrorosa.

La ventana, acribillada de metralla, había perdido vidrios y marcos, y no era más que un agujero informe precipitadamente tapado con adoquines.

Bossuet fué muerto, Feuilly lo fué también, como lo fueron igualmente Joly y Combeferre.

Combeferre, atravesado el pecho por tres bayonetazos en el momento en que estaba levantando un soldado herido, no tuvo más tiempo que el de mirar al cielo, y espirar.

Mario, combatiendo siempre, estaba acribillado de heridas, particularmente en la cabeza, tanto, que el rostro desaparecía bajo la sangre, de manera que hubiera podido decirse que lo llevaba cubierto con un pañuelo rojo.

Enjolrás era el único que se mantenía ileso.

Cuando no tenía arma, extendía la mano á derecha é izquierda y un insurrecto le ponía en ella otra cualquiera. De cuatro espadas no le quedaba ya sino un trozo; una más que Francisco I en Mariñano.

Homero dice: «Diómedes degüella á Axilo, hijo de Teutránide, que habitaba en la feliz Arisba; Eurialo, hijo de Mecisteo, extermina á Dresos y Ofeltios, á Esepo y á Pedaso, el que la nayade Abarbarea concibió del irreprensible Bucolionte; Ulises derriba á Pídites de Percosa; Antíloco á Ablero; Polípetes á Astialo; Polidamas á Otos de Cilene, y Teucro á Aretaonte. Megantios muere atravesado por la pica de Euripiles. Agamenón, rey de los héroes, derriba á Elatos, nacido en la escarpada ciudad que baña el sonoro río Satnois».

En nuestros antiguos poemas de heroicidades, Esplandían ataca con un hacha de fuego al gigante marqués de Swantibore, el cual se defiende apedreando al caballero con las torres que va arrancando.

Nuestros antiguos frescos murales nos muestran los dos duques de Bretaña y de Borbón, armados y pertrechados con sus escudos y arreos de guerra á caballo, embistiéndose uno á otro, empuñando el hacha de arma, enmascarados de hierro, calzados de hierro y enguantados de hierro, el uno caparazonado de armiño y el otro gualdrapado de azul; el de Bretaña con su león entre ambos cuernos de la corona, y el de Borbón cubierto con un casco cuya visera es una monstruosa flor de lis.

Pero, para aparecer soberbio, no se necesita llevar, como Ivón, el morrión ducal, ni empuñar, como Esplandían, una llama viva, ni haber traído de Epiro, como Files, padre de Polidamas, una buena armadura, regalo de Eufeto, rey de los hombres; basta dar la vida por una convicción ó por lealtad.

Ese simple soldado, aldeano ayer de la Beauce ó del Limosin, que ronda, con el machete al lado, en torno de las niñeras del Luxemburgo. Y ese estudiante pálido, inclinado sobre un estuche de anatomía ó sobre un libro, rubio adolescente, que se afeita con tijeras; coged á uno y otro, inspiradles el soplo del deber; ponedlos frente á frente en la encrucijada de Boucherat, ó en el callejón sin salida de Planche-Mibray, haciendo que luche por su bandera el uno, y que pelee el otro por su ideal; y que se imaginen los dos que luchan por la patria; y el choque resultará colosal, tanto, que la sombra que proyectarán en el gran campo épico de las luchas humanas nuestro soldadito y nuestro pisaverde, igualará á la sombra de Megarionte, rey de la Licia, llena de tigres, cerrando cuerpo á cuerpo contra el inmenso Ayax, rival de los dioses.

[Pg 470]

XXII
Palmo á palmo

Cuando no quedaron ya más jefes vivos que Enjolrás y Mario en los dos extremos de la barricada, el centro, que habían sostenido largo tiempo Courfeyrac, Joly, Bossuet, Feuilly y Combeferre, cedió. El cañón, sin abrir brecha alguna practicable, había rebajado largamente la parte media del reducto. El borde superior había desaparecido, desmoronándose á fuerza de balazos; y los escombros que caían, ya interior, ya exteriormente, acabaron de formar, amontonándose á ambos lados, dos taludes, uno dentro y otro fuera.

El talud exterior ofrecía á los sitiadores un plano inclinado.

Intentóse un asalto decisivo, y esta vez salió bien. La masa erizada de bayonetas, marchando al paso gimnástico, llegó con irresistible empuje; y el espeso frente de batalla de la columna de ataque apareció entre [Pg 471] el humo en lo alto de la escarpa. No hubo, esta vez, remedio alguno.

El grupo de insurrectos que defendía el centro retrocedió atropelladamente.

Entonces se despertó en algunos el sombrío amor á la vida. Viéndose blanco de aquella selva de fusiles, muchos de ellos no querían ya morir. Fué aquel uno de estos instantes en que el instinto de la conservación lanza alaridos, y en que el animal reaparece en el hombre.

Estaban acorralados contra la casa de seis pisos que servía de fondo al reducto. Dicha casa podía ser para ellos la salvación. Hallábase atrancada y como tapiada de arriba abajo.

Antes que la tropa de línea estuviese en el interior del reducto, hubiera podido abrirse y cerrarse una puerta; para esto bastaba el espacio de un relámpago; y la puerta de la casa entreabierta de súbito y vuelta á cerrar inmediatamente, era la vida para aquellos desesperados; detrás de la casa había calles; facilidad de fuga, el espacio.

Empezaron á pegar culatazos con los fusiles y á dar con el pie contra la puerta, llamando, gritando, suplicando, juntando las manos.

Nadie abrió. Desde el ventanillo del tercer piso los estaba mirando la cabeza del muerto.

Pero Enjolrás, Mario y siete ú ocho más que les seguían, acudieron á protegerles.

Enjolrás había gritado á los soldados: «¡Deteneos!», y como un oficial no obedeciese la intimación, Enjolrás mató al oficial.

Encontrábase á la sazón en el pequeño espacio interior del reducto, apoyado contra la casa de Corinto, con la espada en una mano y la carabina en la otra, teniendo abierta la puerta del figón, é impidiendo [Pg 472] traspasarla á los sitiadores. Desde allí gritó á los desesperados:

—No hay más que una puerta abierta. Ésta.

Y cubriéndolos con su cuerpo, y haciendo él solo cara á un batallón, les dió tiempo para que pasasen por detrás.

Todos se precipitaron dentro.

Enjolrás, haciendo con su carabina, de la que se servía como si fuera un palo, lo que los peritos en ello llaman molinete, paraba cuantos bayonetazos se le dirigían, y entró el último.

Hubo un instante horrible, al querer penetrar los soldados y querer los insurrectos cerrar la puerta.

Cerróse ésta por fin con tal violencia, que al encajar en el quicio, dejó ver cortados y pegados al dintel los cinco dedos de un soldado que se había asido á ella.

Mario quedó afuera; un tiro acababa de romperle la clavícula. Sintióse desvanecer y cayó.

En aquel momento, ya cerrados los ojos, experimentó la conmoción de una mano vigorosa que le cogía; su desmayo le permitió apenas este pensamiento mezclado con el supremo recuerdo de Cosette:

—Soy prisionero y me fusilarán.

Enjolrás, no viendo á Mario entre los que se refugiaban en el figón, tuvo la misma idea. Pero habían llegado al punto en que no le quedaba á cada cual más tiempo que el de pensar en su propia suerte.

Enjolrás sujetó la barra de la puerta, echó el cerrojo, dió dos vueltas á la llave, hizo lo propio con el candado, mientras que, por la parte de afuera, atacaban furiosamente los soldados con las culatas de los fusiles y los zapadores con sus hachas.

Empezaba el sitio de la taberna.

Los soldados, fuerza es decirlo, estaban encendidos en cólera.

La muerte del sargento de artillería los había irritado; y lo que era aún más terrible, en las pocas horas anteriores al ataque había circulado entre ellos la noticia de que los insurrectos mutilaban á los prisioneros, y que se veía en el figón el cadáver de un soldado sin cabeza.

Estos rumores terribles acompañan de ordinario á las guerras civiles; uno de ellos causó más adelante la catástrofe de la calle Transnonain.

Cuando estuvo la puerta atrancada, Enjolrás dijo á los demás:

—Vendámonos caros.

Luego se acercó á la mesa donde estaban tendidos los cuerpos de Mabeuf y Gavroche.

Veíanse bajo el paño negro dos formas estiradas y rígidas, grande la una y pequeña la otra, ambas caras se dibujaban vagamente bajo los fríos pliegues de la mortaja. Una mano saliendo del sudario, colgaba hacia el suelo. Era la del anciano.

Enjolrás se inclinó y besó aquella mano venerable, como había el día antes besado la frente.

Fueron los dos únicos besos que dió en su vida.

Abreviemos: la barricada había luchado como una puerta de Tebas; la taberna luchó como una casa de Zaragoza.

Tales resistencias son feroces.

Nada de cuartel. Nada de capitulación posible. Se quiere morir para poder matar.

Cuando Suchet dice:

—Capitulad...

Responde Palafox:

—Después de la guerra de cañón, la de cuchillo.

Nada faltó á la toma por asalto de la taberna de Hucheloup; ni los adoquines lloviendo desde la ventana y el tejado sobre los sitiadores, exasperando á los soldados con aplastamientos horribles, ni los disparos desde la cueva y la buhardilla, ni el furor del ataque, ni la rabia de la defensa, ni en fin, cuando cedió la puerta, la frenética demencia del exterminio.

Los sitiadores, al resbalar dentro del bodegón, con los pies enredados en las tablas de la puerta hecha astillas, no hallaron un sólo combatiente.

La escalera de caracol, cortada á hachazos, yacía en medio de la sala baja; algunos heridos acababan de espirar; los que vivían aún estaban en el piso principal; y allí, por el agujero del techo que había servido de encaje á la escalera comenzó un espantoso fuego.

Eran los últimos cartuchos.

Una vez quemados, sin pólvora ya, ni balas, aquellos formidables agonizantes, tomaron cada cual en la mano dos de las botellas reservadas por Enjolrás, de que antes hemos hablado, é hicieron frente al escalamiento con aquellas mazas horriblemente frágiles. Eran botellas de agua fuerte.

Narramos estos hechos lúgubres del encarnizamiento tal cual son. El sitiado ¡ay! se sirve de todo.

El fuego griego no ha deshonrado á Arquímedes, ni la pez derretida á Bayardo. La guerra es todo espanto, y no hay en ella nada que elegir.

La fusilería de los sitiadores, á pesar de la dificultad de tener que dirigirse de abajo arriba, era mortífera.

El borde del agujero del techo se vió luego rodeado de cabezas de muertos, de las que corría sangre en hilos rojos y humeantes.

El estrépito era indecible; un humo concentrado y ardiente derramaba casi la noche sobre aquel combate.

Carecemos de palabras para expresar el horror cuando se llega á semejante extremo.

No había hombres en aquella lucha, entonces infernal.

No eran ya gigantes contra colosos. Parecíase todo aquello más á las descripciones de Milton y Alighieri que á Homero.

Los demonios atacan, y resistían los espectros.

Era la monstruosidad del heroísmo.

[Pg 473]

XXIII
Orestes en ayunas y Pilades borracho

En fin, subiéndose unos sobre otros, ayudándose con el armazón de la escalera, trepando por las paredes, asiéndose del techo, acuchillando en el borde mismo de la trampa á los últimos que se resistían, unos veinte de los sitiadores, entre soldados, guardias nacionales y guardias municipales, desfigurados la mayor parte por heridas recibidas en el rostro al verificar aquella terrible ascensión, cegados por la sangre, furiosos y salvajes, precipitáronse en la sala del piso principal.

No quedaba allí más que un sólo hombre de pie, Enjolrás.

Sin cartuchos, sin espada; no tenía en la mano más que el cañón de su carabina, cuya culata había roto contra la cabeza de los que entraban.

Se había situado de manera, que el billar le separaba de sus enemigos, retrocediendo hasta el ángulo de la sala; y allí con la mirada altiva, erguida la cabeza y ostentando aquel pedazo de arma en la mano, [Pg 474] inspiraba aún el temor suficiente á que nadie se le acercase.

Oyóse un grito:

—Es el jefe. Él es quien mató al artillero. Ya que se ha colocado aquí, está perfectamente. Que se quede. Fusilémosle aquí mismo.

—Fusiladme,—dijo Enjolrás.

Y arrojando el trozo de carabina, y cruzando los brazos, presentó el pecho. La audacia del que debe morir, conmueve siempre á los hombres.

En cuanto cruzó los brazos Enjolrás desafiando á la muerte, cesó en la sala el ruido atronador, convirtiéndose de repente aquel caos en una especie de solemnidad sepulcral.

Parecía que la amenazadora majestad de Enjolrás, desarmado é inmóvil, pesaba sobre el tumulto, y que, con la sola autoridad de su tranquila mirada, aquel joven, el único que no había sido herido, soberbio, ensangrentado, bello é indiferente como si fuera invulnerable, obligase á aquella siniestra turba á matarle respetuosamente.

Su belleza, realzada en aquel momento por la altivez, aparecía radiante; y como si no pudiera alcanzarle el cansancio, como no le habían alcanzado las balas durante aquellas horribles veinticuatro horas que acababan de transcurrir, aparecía fresco y sonrosado.

Quién sabe si se referiría á Enjolrás el testigo que dijo después ante el consejo de guerra:

—Había un insurrecto á quien oí llamar Apolo.

Uno de los guardias nacionales que le apuntaba, bajó el cañón del fusil, diciendo:

—Paréceme que voy á fusilar una flor.

Doce hombres se formaron en pelotón en el ángulo opuesto á Enjolrás, montando sus fusiles en silencio.

Después gritó un sargento:

—¡Apunten!

Intervino un oficial.

—Esperad,—dijo.

Y dirigiéndose á Enjolrás:

—¿Queréis que se os vendan los ojos?

—No.

—¿Sois vos, en efecto, quien mató al sargento de artillería?

—Sí.

Hacía poco que se había despertado Grantaire.

Grantaire, como recordará el lector, dormía desde la víspera en la sala alta del figón, sentado en una silla y recostada la parte superior del cuerpo sobre una mesa.

Realizaba, en toda su energía, la antigua metáfora: borracho muerto.

El horrible filtro alcohólico de ajenjo le había aletargado. La mesa que tenía delante era pequeña, y no sirviendo pues para la barricada, se la dejaron.

Seguía en la misma postura, doblado el cuerpo y apoyada la cabeza en el brazo, cercado de vasos, copas y botellas.

Dormía con el sueño profundo del oso atontado, ó de la sanguijuela harta.

Ni el fuego de los fusiles, ni el del cañón, ni la metralla que penetraba por la ventana en la sala donde estaba, ni la prodigiosa baraúnda del asalto le despertaron. Sólo, de vez en cuando, respondía al cañón con un ronquido.

Parecía estar esperando á que una bala le ahorrase el trabajo de abrir los ojos nuevamente.

En torno de él yacían algunos cadáveres, y á primera vista, no se le distinguía de los que dormían el profundo sueño de la muerte.

El ruido no despierta á un borracho, pero sí le desvela á veces el silencio.

Es una observación que se ha hecho más de una vez.

La caída de todos alrededor de Grantaire, aumentaba su letargo como un arrullo; pero la especie de alto que hizo el tumulto delante de Enjolrás, fué una sacudida para aquel pesado sueño.

Es el efecto de un carruaje á galope que se detenga inesperadamente.

Los que duermen dentro del coche, despiertan entonces.

Grantaire levantó la cabeza sobresaltado, extendió los brazos, se frotó los ojos, miró, bostezó y comprendió.

La embriaguez que termina se parece á una cortina que se descorre.

Vese en conjunto y de una sola vez cuanto se ocultaba detrás.

Todo acude de repente á la memoria, y el borracho, que no sabe nada de lo que ha pasado durante veinticuatro horas, no ha acabado aún de abrir los párpados cuando ya está enterado de todo.

Las ideas le vuelven con súbita lucidez; la opacidad de la embriaguez, especie de vapor que obscurecía el cerebro, se disipa y da lugar á la clara y despejada percepción de la realidad.

Retirado como estaba Grantaire en un rincón, y al abrigo de la mesa de billar, los soldados, que no apartaban la vista de Enjolrás, no habían reparado en él; y ya el sargento se preparaba á repetir la orden ¡apunten! cuando oyó de improviso gritar con voz robusta:

—¡Viva la república! Aquí estoy yo.

Grantaire se había levantado.

El inmenso resplandor del combate á que él no había asistido, apareció en la brillante mirada del borracho transfigurado.

Repitiendo ¡viva la república! atravesó la sala con paso firme, y fué á colocarse delante de los fusiles, en pie, junto á Enjolrás.

—Matad á dos de un golpe,—dijo.

Y volviéndose á Enjolrás, añadió con tierno acento:

—¿Me lo permites?

Enjolrás le estrechó la mano sonriendo.

No había acabado aún de sonreír cuando sonó la detonación.

Enjolrás, atravesado por ocho tiros, quedó arrimado contra la pared, [Pg 475] como si las balas le hubiesen clavado allí. No hizo más que inclinar la cabeza.

Grantaire cayó á sus pies como herido de un rayo.

Poco después, los soldados desalojaban á los últimos insurrectos que se habían refugiado en lo alto de la casa.

Tirábase dentro del desván desde las vigas cruzadas. Se peleaba por entre la misma armazón del tejado.

Arrojábanse cuerpos por las ventanas, algunos de ellos vivos todavía. Dos cazadores que intentaban levantar el ómnibus hecho pedazos, fueron víctimas de dos tiros de carabina disparados de la buhardilla. Un hombre de blusa, á quien precipitaron desde aquella altura, atravesado el vientre de un bayonetazo, se revolcaba en el suelo agonizando. Un soldado y un insurrecto se deslizaron juntos por la pendiente del tejado, sin querer soltarse, cayendo asidos en feroz abrazo. En la cueva se luchaba igualmente. Gritos, tiros, espantosos extertores y silencio luego.

Se había tomado la barricada.

Los soldados empezaron entonces el registro de las casas vecinas y la persecución de los fugitivos.

[Pg 476]

XXIV
Prisionero

Mario era prisionero en efecto; prisionero de Juan Valjean.

La mano que le había asido por detrás en el momento de caer, y cuya presión había sentido al desmayarse, era la de Juan Valjean.

Juan Valjean no había tomado otra parte en el combate que la de exponer la vida. Sin él, en aquella fase suprema de la agonía, nadie hubiera pensado en los heridos. Gracias á él, presente como una providencia en todas partes durante la matanza, los que caían eran levantados, llevados á la sala baja, y curados.

En los intervalos, reparaba la barricada.

Pero nada que pudiera parecer un golpe, un ataque, ni siquiera un rasgo personal, salió de sus manos. Callaba y socorría.

Por lo demás, apenas tenía algunas rozaduras. Las balas le habían respetado. Si el suicidio entró por algo en el plan que se propuso al encaminarse á aquella tumba, el éxito no le había favorecido. Pero dudamos de que hubiese pensado en el acto irreligioso del suicidio.

Juan Valjean, en medio de la densa niebla del combate, no aparentaba ver á Mario, siendo así que no le perdía de vista un solo instante.

Cuando un balazo derribó á Mario, Juan Valjean saltó con la agilidad del tigre, se abalanzó sobre él como sobre una presa, y se lo llevó.

El torbellino del ataque estaba en aquel instante tan violentamente concentrado sobre Enjolrás y la puerta del bodegón, que nadie vió á Juan Valjean, llevando en sus brazos á Mario desmayado, atravesar el [Pg 477] desempedrado pavimento de la barricada, y desaparecer detrás del ángulo de la casa de Corinto.

El lector recordará ese ángulo, que formaba una especie de cabo en la calle, y protegía de las balas, de la metralla, y hasta de las miradas, algunos pies cuadrados de terreno.

Hay á veces, en los incendios, una habitación que no arde, y en los mares más alborotados, detrás de un promontorio, ó al final de una serie de escollos, un rincón tranquilo.

En aquella especie de repliegue del trapecio interior de la barricada había agonizado Eponina.

Allí se detuvo Juan Valjean, dejó á Mario en el suelo, se apoyó en la pared, y miró en derredor.

La situación era espantosa.

Por de momento, y quizá durante de dos ó tres minutos, aquel lienzo de pared era un abrigo; pero ¿cómo salir y librarse de la matanza?

Recordaba la angustia que había experimentado ocho años antes, en la calle de Polonceau, y de qué manera había conseguido salir del apuro; pero si entonces era difícil, era imposible á la sazón.

Tenía delante aquella casa sorda é implacable de seis pisos, que no parecía habitada más que por el hombre muerto del ventanillo; á la derecha estaba la barricada bastante baja que cerraba la Petite Truanderie; y aunque no ofrecía gran dificultad salvar este obstáculo, distinguíase por encima del parapeto una hilera de puntas de bayoneta. Era la tropa de línea acechando al otro lado de la barricada.

No cabía duda de que atravesar el parapeto equivalía á ir á buscar una descarga cerrada, y que toda cabeza que se atreviera á aparecer en lo alto de la pared de adoquines, serviría de blanco á una descarga de sesenta tiros. Á la izquierda tenía el campo de batalla. Detrás del ángulo de la pared estaba la muerte.

¿Qué hacer?

Sólo un pájaro hubiera podido salir de allí.

Y era preciso decidirse enseguida, hallar un recurso, tomar una resolución. Á dos pasos de aquel sitio se peleaba, y por fortuna se encarnizaban todos contra un punto único, contra la puerta del figón; pero si se le ocurría á un soldado, á uno solo, dar la vuelta á la casa, ó atacarla por el flanco, todo habría concluido.

Juan Valjean miró la casa de enfrente, luego la barricada de la derecha, y por último el suelo, con la violencia del apuro supremo, extraviado, y como si hubiese querido abrir con los ojos un agujero.

Á fuerza de mirar, bosquejóse y llegó á adquirir forma ante él una cosa vagamente perceptible en aquella agonía, como si la vista tuviera poder para hacer brotar el objeto deseado. Vió á los pocos pasos, y al pie del pequeño parapeto, con tanto rigor custodiado y vigilado exteriormente, bajo un hundimiento de adoquines, que ocultaba en parte, una reja de hierro colocada de plano y al nivel del piso. Aquella reja, compuesta de barrotes trasversales, tenía unos dos pies cuadrados. El marco de adoquines que la sostenía había sido arrancado, y estaba como desencajada. Al través de los barrotes se entreveía una abertura obscura, parecida al cañón de una chimenea ó al brocal de una cisterna. Abalanzóse Juan Valjean.

Su antigua experiencia de las evasiones le iluminó el cerebro como un rayo de luz.

Apartar los adoquines, levantar la reja, cargarse á Mario á cuestas, inerte como un cuerpo muerto, bajar con esta carga, sirviéndose de los codos y de las rodillas, á aquella especie de pozo, afortunadamente poco profundo; volver á dejar caer la pesada trampa de hierro, que los adoquines derrumbándose cubrieron de nuevo; asentar el pie en una superficie embaldosada á tres metros del suelo, todo esto fué ejecutado como lo que se hace en el delirio, con la fuerza de un gigante y la rapidez del águila: apenas necesitó unos cuantos minutos.

Encontróse Juan Valjean, con Mario siempre desmayado, en una especie de corredor largo y subterráneo.

Entre la más profunda paz y el silencio más absoluto de la noche.

La impresión que había experimentado otra vez al caer de la calle al convento renació en él, con la diferencia de que á la sazón no llevaba consigo á Cosette sino á Mario.

Apenas oía sobre de su cabeza cierto vago murmullo; era el formidable tumulto de la taberna.

LIBRO SEGUNDO
EL INTESTINO DE LEVIATÁN

[Pg 478]

I
La tierra empobrecida por el mar

París arroja al agua anualmente veinticinco millones de francos. Y sea esto dicho sin metáfora. ¿Cómo y de qué manera? Día y noche. ¿Con qué fin? Con ninguno. ¿Con qué idea? Sin pensar en ello. ¿Para qué? Para nada. ¿Por medio de qué órgano? De su intestino. ¿Y cuál es su intestino? Su cloaca.

Veinticinco millones; tal es el más moderado de los guarismos aproximativos que arrojan cálculos de la ciencia especial.

La ciencia, después de haber andado á tientas durante mucho tiempo, sabe hoy que el más fecundo y eficaz de los abonos es el humano. Los chinos, digámoslo para vergüenza nuestra, lo sabían antes que nosotros.

Ningún labrador chino, y es Eckeberg quien lo dice, vuelve de la ciudad sin llevar en los dos extremos de su bambú dos cubos llenos de lo que nosotros llamamos inmundicias. Gracias al abono humano, la tierra [Pg 479] está en China tan joven como en tiempos de Abraham.

El trigo chino da hasta ciento veinte granos por uno.

No hay guano comparable á los residuos de una capital.

Una gran ciudad es el mejor de los estercoleros.

Emplear la ciudad en abonar el campo, sería asegurar un éxito infalible.

Si nuestro oro es estiércol, en cambio nuestro estiércol es oro.

¿Qué se hace de ese oro estiércol? Se le arroja al abismo.

Envíanse á fuerza de gastos convoyes de buques para recoger en el polo austral el excremento de los petrelius y de los pingüinos, y se arroja al mar el incalculable elemento de opulencia que se tiene á mano.

Todo el abono del hombre y del animal que el mundo pierde, devuelto á la tierra en vez de echarlo al mar, bastaría para alimentar al mundo.

Esos montones de inmundicias en las esquinas y guarda cantones, esos carros de inmundicias que se zangolotean por la noche en las calles, esos horribles toneles de muladar, esos fétidos arroyos de fango subterráneo que el empedrado oculta, ¿sabéis lo que es?

Es la pradera florida, la yerba verde, el serpol, el tomillo, la salvia; es la caza, el ganado, el mugido de satisfacción de los bueyes por la [Pg 480] tarde; es heno oloroso, trigo dorado, pan en vuestra mesa, sangre caliente en vuestras venas; es salud, alegría, vida.

Así lo quiere esa misteriosa creación, que es la trasformación en la tierra y la transfiguración en el cielo.

Devolved todo eso al gran crisol, y saldrá de él vuestra abundancia.

La nutrición de los campos produce el alimento de los hombres.

Sois dueños de perder esa riqueza y de creerme además ridículo.

Será la obra superior de vuestra ignorancia.

La estadística ha calculado que Francia solamente vierte todos los años en el Atlántico, por la boca de sus ríos, quinientos millones de francos.

Con estos quinientos millones, notadlo bien, se cubriría la cuarta parte de los gastos del presupuesto; y sin embargo, es tal la habilidad del hombre, que prefiere desprenderse de ellos echándolos al agua.

La misma substancia del pueblo se la lleva aquí gota á gota, y allí á oleadas, el miserable vomitar de nuestras alcantarillas en los ríos, y el gigantesco desagüe de nuestros ríos en el océano.

Cada hipo de nuestras cloacas nos cuesta mil francos. Lo cual da dos [Pg 481] resultados exactísimos: la tierra empobrecida y el agua apestada.

El hombre saliendo del surco y la enfermedad saliendo del río.

Es sabido hoy, á no dudarlo, que el Támesis envenena á Londres.

En cuanto á París, ha sido preciso en estos últimos tiempos hacer que la mayor parte de las cloacas desemboquen río abajo por el último puente.

Un doble aparato tubular, provisto de válvulas y esclusas de escape, aspirante y repelente, un sistema de drenaje elemental, sencillo como el pulmón del hombre, y que funciona ya en varios pueblos de Inglaterra, bastaría para traer á nuestras ciudades el agua pura de los campos, y llevar á nuestros campos el agua rica de las ciudades, y con ese facilísimo vaivén, sencillo á todos usos, aprovecharíamos los quinientos millones que se tiran. Pero se piensa en otras cosas.

El procedimiento actual hace daño, queriendo hacer bien.

La intención es buena, el resultado triste.

Créese purificar la ciudad, y se apesta á los habitantes.

Una alcantarilla es un error.

Cuando en todas partes el drenaje, con su doble función restituyendo lo que toma, haya reemplazado la alcantarilla, simple lavado empobrecedor, entonces, combinándose esto con los datos de una nueva economía social, el producto de la tierra será décuplo, y el problema de la miseria se atenuará considerablemente.

Añádase la supresión de los parasitismos, y quedará completamente resuelto el problema.

Entretanto, la riqueza pública se va al río, y sigue la merma.

La merma, sí; tal es la palabra. La Europa se arruina por consunción.

Hemos dicho lo que pierde Francia. Ahora bien; conteniendo París la vigésima quinta parte de la población francesa total, y siendo el guano de París el más rico de todos, no se llega todavía al guarismo verdadero evaluando en veinticinco millones de francos la parte que corresponde á la capital en los quinientos que Francia desecha anualmente.

Esos veinticinco millones, empleados en socorros y comodidades, doblarían el esplendor de París. La ciudad los consume en cloacas.

Así puede decirse que la gran prodigalidad de París, sus maravillosos festejos, sus locuras de Beaujon, sus orgías, su oro derramado á manos llenas, su fausto, su lujo, su magnificencia, son sus cloacas.

De esta suerte es como, en la ceguedad de una mal entendida economía política, se anega y deja arrastrar por la corriente, perdiéndose en los abismos el bienestar de todos. Convendría que hubiese redes como las de Saint Cloud para la riqueza pública.

Económicamente, el hecho puede resumirse así: París, canasta agujereada, barril sin fondo.

París, esa ciudad modelo, patrón de las capitales bien construidas, y de la que cada pueblo procura tener una copia, metrópoli de lo ideal, augusta patria de la iniciativa, del impulso y del ensayo, centro y mansión de las inteligencias, ciudad nación, colmena del porvenir, admirable mezcla de Babilonia y de Corinto, haría, bajo el punto de vista que acabamos de indicar, encogerse de hombros al último aldeano del Fo Kian.

Imitad á París, y os arruinaréis.

Por lo demás, particularmente en ese despilfarro inmemorial é insensato, el mismo París no hace más que imitar.

Esas sorprendentes inepcias no son nuevas; la necedad en el presente caso viene de muy lejos.

Los antiguos obraban como los modernos.

«Las cloacas de Roma, dice Liebig, han absorbido todo el bienestar del labrador romano». Cuando la campiña de Roma fué arruinada por el albañal de la ciudad, Roma agotó los recursos de Italia en su cloaca; ejecutando lo propio con Sicilia, Cerdeña y África.

El albañal de Roma se ha tragado al mundo.

Aquella cloaca ofrecía sus tragaderas á la ciudad y al universo: Urbi et orbi.

Ciudad eterna, albañal insondable.

En estas como en otras cosas, Roma da el ejemplo. Ejemplo que sigue París con toda la tontería propia de las ciudades ingeniosas.

Para las necesidades de la operación de que hemos hablado, París tiene debajo de sí otro París: un París de alcantarillas, con sus calles, encrucijadas, plazas, callejuelas sin salida; con sus arterias y circulación, que es fango, faltando únicamente la forma humana.

Porque no debe adularse á nadie, ni siquiera á un gran pueblo.

Donde hay de todo, se encuentra la ignominia junto á la sublimidad; y si París contiene á Atenas, la ciudad de las luces; á Tiro, la ciudad del poder; á Esparta, la ciudad de las virtudes; á Nínive, la ciudad prodigiosa, contiene igualmente á Lutecia, la ciudad del cieno.

Por otra parte, ahí está impreso también el sello de su poder, y la titánica sentina de París realiza, en medio de sus movimientos, ese ideal extraño realizado en la humanidad por algunos hombres, tales como Maquiavelo, Bacon y Mirabeau: la grandiosidad de lo abyecto.

El suelo subterráneo de París, si la vista pudiera penetrar su superficie, presentaría el aspecto de una madrépora colosal.

La esponja no tiene más boquetes y pasillos que el pedazo de tierra, de seis leguas de circuito, donde descansa la antigua gran ciudad.

Sin hablar de las catacumbas, que son una cueva aparte; sin hablar del inexplicable cruzamiento de las cañerías del gas; sin contar el vasto sistema de tubos que distribuyen el agua á las fuentes públicas, las cloacas forman por sí solas, en ambas orillas del Sena, una prodigiosa red tenebrosa; laberinto cuyo hilo es su misma pendiente.

Allí aparece, entre la húmeda niebla, el ratón, que parece el producto del parto de París.

[Pg 482]

II
Historia antigua del alcantarillado

Imaginémonos á París levantado como una tapadera; la red subterránea de las alcantarillas, mirada á vista de pájaro, dibujará en las dos orillas una especie de tallo grueso, injerto en el río. En la orilla derecha, la cloaca de circunvalación será como el tronco de ese tallo, los conductos secundarios serán las ramas y los callejones sin salida las ramitas extremas.

Esta figura es sumaria y no del todo exacta; pues el ángulo recto, que es el ángulo general de este género de ramificaciones subterráneas, es rarísimo en la vegetación.

Podremos formarnos una idea más aproximada de ese extraño plano geométrico, figurándonos ver en el suelo, sobre un fondo de tinieblas, algún caprichoso alfabeto oriental, embrollado como un acertijo, cuyas letras disformes estuviesen unidas unas á otras, en una mezcolanza aparente [Pg 483] y como á la ventura, ya por sus ángulos, ya por sus extremos.

Las sentinas y cloacas representaban un gran papel en la Edad media, en el Bajo Imperio y en el antiguo Oriente. La peste nacía en ellos, y los déspotas morían allí. Las multitudes miraban, casi con temor religioso, aquellos lechos de podredumbre, cunas monstruosas de la muerte. El foso de los Gusanos de Benarés no era menos vertiginoso que el Foso de los Leones de Babilonia.

Teglatfalasar, según los libros rabínicos, juraba por la sentina de Nínive.

De la cloaca de Münster hacía salir Juan de Leiden su falsa luna, y del pozo cloaca de Kekhscheb, su menecmo oriental, Mokanna, el profeta encubierto del Korasan, hacía salir su falso sol.

La historia de los hombres se refleja en la historia de las cloacas. Las gemonias eran las crónicas de Roma. La de París ha sido una antigüedad formidable, tan pronto asilo, como sepulcro.

El crimen, la inteligencia, la protesta social, la libertad de conciencia, el pensamiento, el robo, todo lo que las leyes humanas persiguen ó han perseguido, se ha escondido en ese subterráneo: los apaleadores del siglo XIV, los capeadores del XV, los hugonotes del XVI, los iluminados de Morin en el XVI, los fuelleros del XVIII.

Hace cien años salía de allí la puñalada nocturna, y allí se deslizaba el ratero para salvarse del peligro. El bosque tenía la caverna y París la alcantarilla.

El truán, ese pícaro galo, aceptaba la alcantarilla como sucursal del Patio de los Milagros, y por la noche, ruin y feroz, entraba en el vomitorio de Maubuée como en una alcoba.

Era natural que los que tenían por lugar de faena cotidiana el callejón sin salida de Vide Gousset (limpia bolsillos) ó la calle de Coupe Gorge (corta cabezas), tuviesen por domicilio nocturno el puentecillo de Camino Verde ó la huronera de Hurepoix. De ahí surge un enjambre de recuerdos.

Fantasmas de todas clases frecuentan esos largos corredores solitarios; en todas partes la podredumbre y el miasma, acá y allá un respiradero, donde Villon, de adentro, habla con Rabelais, de afuera.

La cloaca del antiguo París es el punto de reunión de todos los aniquilamientos y de todos los ensayos. La economía política ve en él un detritus, y la filosofía social un residuo.

La cloaca es la conciencia de la población. Todo converge en ella y se confronta.

Existen en ese lugar lívido, tinieblas, pero no secretos. Cada cosa tiene allí su verdadera forma, ó al menos su forma definitiva.

El montón de inmundicias puede alegar en su favor que no es mentiroso. La ingenuidad se ha refugiado allí.

En él se encuentra la máscara de Basilio; pero enseñando el cartón y los alambres, lo de dentro como lo de fuera, realzado todo por el cieno de la honra. La nariz postiza de Scapin se encuentra allí cercana.

Todas las trampas de la civilización, cuando ya no sirven, caen en ese foso de verdad, á donde va á parar el inmenso desagüe social. Se sumergen en él, pero se ponen de manifiesto al mismo tiempo. Esa mezcla es una confesión. Allí no hay ya falsas apariencias; no hay afeite ni disfraz posibles; la basura arroja su camisa; desnudez absoluta, disipación de ilusiones; nada parece más que lo que es, con la siniestra manifestación de lo que acaba.

Realidad y desaparición.

Allí un pedazo de botella confiesa los excesos de la embriaguez; el asa de una cesta cuenta la domesticidad; el corazón de manzana que ha tenido opiniones literarias, vuelve á ser corazón de manzana; la efigie del ochavo se cubre francamente de verdín; el salivazo de Caifás se encuentra con el vómito de Falstaff; el reluciente luis de oro que sale del garito choca con el clavo mohoso del que cuelga el cabo de cuerda del suicidio; un feto lívido rueda por allí envuelto con las lentejuelas que bailaron en la Ópera el último martes de Carnaval; una toga que ha juzgado á los hombres, se revuelca junto á un harapo que fué basquiña de una cortesana.

Aquello pasa de fraternidad, es un tuteamiento inmenso. Todo lo que antes se acicalaba, anda embrutecido. Se ha arrancado el último velo. La cloaca viene á ser un cínico. Todo lo dice.

Esta sinceridad de la inmundicia nos agrada porque alivia al alma.

Cuando se ha vivido teniendo que soportar en la tierra el espectáculo de esa grande importancia que se atribuyen la razón de Estado, el juramento, la ciencia política, la justicia humana, la probidad profesional, las austeridades de situación, las togas incorruptibles, no deja de ser un consuelo el entrar en una cloaca y verlo entre el fango que le corresponde.

Es, al mismo tiempo, una enseñanza.

Ya lo hemos dicho; la historia pasa por la cloaca.

Las matanzas como la de San Bartolomé, van filtrando gota á gota entre los adoquines. Los grandes asesinatos públicos, las matanzas políticas y religiosas atraviesan ese subterráneo de la civilización, y arrojan sus cadáveres en él. Para el pensador, todos los asesinos históricos están allí, en la horrible penumbra, de rodillas, con un pedazo de sudario por delantal, lavando lúgubremente con la esponja las manchas de sus crímenes.

Luis XI está allí en compañía de Tristán, Francisco I con Duprat, Carlos IX con su madre, Richelieu con Luis XIII; allí está Louvois, allí está Letellier, allí Hebert y Maillard, escarbando las piedras por si consiguen que desaparezca la huella de sus hechos.

Bajo las bóvedas se oye la escoba de esos espectros. Respírase en ellas la enorme fetidez de las catástrofes sociales. Vense en sus ángulos reflejos rojizos. Corre allí el agua terrible, donde se han lavado las sangrientas manos.

El observador social debe penetrar en estos sombríos parajes, puesto que forman parte de su laboratorio. La filosofía es el microscopio del pensamiento.

Todo quiere huir de ella, pero no se le escapa nada. Inútil es tergiversar. ¿Qué lado de sí mismo es el que se manifiesta cuando se tergiversa? El de la vergüenza. La filosofía persigue con su proba mirada al mal, y no le permite que se desvanezca en la nada. En el eclipse de las cosas que desaparecen, en el apocamiento de las cosas que se extinguen, lo reconoce todo. Adivina la púrpura por el andrajo, y la mujer por el harapo. Con la cloaca reedifica la ciudad, y con el cieno rehace las costumbres.

Por los tiestos deduce el ánfora ó el cántaro.

Conoce por la marca de la uña en el pergamino la diferencia entre la judería de la Judengasse y la judería del Ghetto. En lo que resta encuentra lo que ha sido; el bien, el mal, lo falso, lo verdadero, la mancha de sangre del palacio, el borrón de tinta en la caverna, la gota de sebo del lupanar, las pruebas sufridas, las tentaciones conseguidas, las orgías vomitadas, el pliegue de los caracteres al doblegarse, la huella de la prostitución en las almas que la grosería ha hecho posibles, y en la túnica de los faquines de Roma la marca de los codazos de Mesalina.

[Pg 484]

III
Bruneseau

El alcantarillado de París, en la Edad Media, era legendario. En el siglo XVI, Enrique II intentó un reconocimiento que fracasó. No hace cien años, según testimonio de Mercier, la cloaca quedó abandonada á sí misma, llegando á suceder lo que suceder debía buenamente.

El antiguo París estaba entregado á las disputas, á las indecisiones y á los ensayos. Fué durante mucho tiempo bastante torpe. Después vino el 89 á mostrar cómo adquieren ingenio las ciudades. Pero antiguamente, la capital tenía poquísima cabeza; no sabía realizar sus asuntos ni moral ni materialmente, y lo mismo ignoraba cómo había de barrer las inmundicias, que cómo debía de extirpar los abusos. Todo era obstáculo; todo dudas. Por ejemplo, la alcantarilla era refractaria á todo itinerario. No se orientaba uno mejor en el muladar que se entendía en la ciudad; por encima lo ininteligible, por debajo lo intrincado, confusión [Pg 485] de lenguas arriba y abajo, confusión en los subterráneos; Babel sobre Dédalo.

Á veces se le ocurría á la cloaca de París desbordarse, como si aquel desconocido Nilo montase de repente en cólera. Había la infamia de las inundaciones de cloacas.

Muchas veces aquel estómago de la civilización digería mal; la cloaca refluía al paladar de la ciudad, y París tenía el resabor de su fango.

Estas semejanzas de la alcantarilla con el remordimiento eran buenas, en cuanto eran otros tantos avisos; pero se recibían mal, pues la ciudad se indignaba de que su cieno manifestara tanta audacia, y no se avenía con aquella aparición de la basura. Era pues arrojarla lo mejor.

La inundación de 1802 es uno de los actuales recuerdos de los parisienses octogenarios.

El fango se derramó por la plaza de las Victorias, donde se halla la estatua de Luis XIV; entró en la calle de San Honorato por las dos bocas de los Campos Elíseos, en la calle de San Florentino por la cloaca del mismo nombre, en la calle de Pierre-à-Paisson por el de la Sonnerie, en la calle de Popincourt por el del Chemin Vert, en la calle de la Roquette por el de la calle de Lappe; cubrió las losas de la calle de los Campos Elíseos hasta la altura de treinta y cinco centímetros, y al mediodía, [Pg 486] funcionando por el vomitorio del Sena en sentido inverso, penetró en la calle de Mazarino, en la de Echaudé y en la de Marais, donde se detuvo á una distancia de ciento nueve metros, precisamente á pocos pasos de la casa que había habitado Racine, respetando, del siglo XVII, al poeta mejor que al rey.

Llegó al máximo de profundidad en la calle de San Pedro, donde se elevó tres pies por sobre las baldosas de la esclusa, y al máximo de extensión en la calle de San Sabino, donde se ostentó en una longitud de doscientos treinta y ocho metros.

Á principios del siglo actual, la alcantarilla de París era todavía un lugar misterioso. El cieno no puede gozar nunca de buena reputación; pero aquí la mala faena llegaba hasta el terror. París sabía confusamente que tenía debajo de sí un terrible subterráneo.

Hablábase de él como de aquel charco monstruoso de Tebas, donde pululaban escoloprendas de quince pies de largo, el cual hubiera podido servir de baño á Behemoth.

Las grandes botas de los poceros no se aventuraban nunca más allá de ciertos puntos conocidos. Estaba aún muy reciente el tiempo que los carros de inmundicia (de lo alto de las cuales Sainte Foix fraternizaba con el marqués de Crequi), se vaciaban sencillamente en la alcantarilla.

En cuanto á la limpieza, confiábase este cuidado á los chaparrones, que antes amontonaban que barrían.

Roma, al menos, concedía alguna poesía á su cloaca, dándole el nombre de Gemonias; pero París insultaba á la suya, llamándola el agujero fétido.

La ciencia y la superstición marchaban de acuerdo respecto al horror. El agujero fétido no repugnaba menos á la higiene que á la leyenda.

El monje regañón había aparecido bajo la bóveda hedionda de la alcantarilla de Mouffetard; los cadáveres de los Marmousets habían sido arrojados en la cloaca de la Barillerie; Fagon atribuyó la terrible fiebre maligna de 1685 á la gran hendidura de la alcantarilla del Marais, que permaneció descubierta hasta 1833 en la calle de San Luis, casi á la muestra del Galante Mensajero. La boca de la alcantarilla de la calle de la Mortellerie era célebre por las pestes que de allí salían; con su reja de hierro, cuyas puntas se asemejaban á una hilera de dientes; venía á ser aquella fatal calle unas fauces de dragón lanzando el infierno sobre los hombres.

La imaginación popular daba realce al sombrío desagüe parisiense con cierta horrible mezcla de infinito.

La cloaca carecía de fondo. Era como el abismo del Ática. La idea de explorar aquellas regiones pestíferas no se le ocurría á la policía.

Atreverse con lo desconocido, echar la sonda entre aquellas tinieblas, ó marchar en descubrimiento de aquel sumidero, ¿quién había de ser el atrevido?

Era espantoso. Presentóse, sin embargo, alguien. La cloaca tuvo pues su Cristóbal Colón.

Un día de 1805, en una de esas raras apariciones que el emperador hacía en París, el ministro de lo Interior, un Decrés ó un Cretet cualquiera, asistió á la audiencia matinal del señor.

Oíase en Carrousel el ruido de los sables de todos aquellos soldados extraordinarios de la gran república y del grande imperio; agolpábanse los héroes á la puerta de Napoleón; hombres del Rin, del Escalda, del Adige y del Nilo; compañeros de Joubert, de Desaix, de Marceau, de Hoche y de Kléber; areóstatas de Fleurus; granaderos de Maguncia, pontoneros de Génova, húsares á quienes habían mirado las pirámides, artilleros á quienes habían salpicado las balas de Junot, coraceros de los que tomaron por asalto la escuadra fondeada en el Zuyderzée; unos habían seguido á Bonaparte por sobre el puente de Lodi, otros habían acompañado á Murat en la trinchera de Mantua, otros se habían adelantado á Lannes en el barranco de Montebello.

Todo el ejército de entonces se hallaba allí en el patio de las Tullerías, representado por compañías ó pelotones, y custodiando á Napoleón en su reposo.

Era la época brillante en que el grande ejército tenía tras sí á Marengo, y delante á Austerlitz.

—Señor, dijo el ministro de lo Interior á Napoleón, he visto ayer al hombre más intrépido del imperio.

—¿Quién es ese hombre?—preguntó bruscamente el emperador.—¿Qué es lo que ha hecho?

—Quiere hacer una cosa, señor.

—¿Cuál?

—Registrar las alcantarillas de París.

Ese hombre existía y se llamaba Bruneseau.

[Pg 487]

IV
Detalles ignorados

Verificóse el registro. Fué una gran campaña; una batalla nocturna contra la peste y la asfixia. Fué al propio tiempo un viaje de descubrimientos. Uno de los sobrevivientes de aquella exploración, obrero inteligente, muy joven entonces, refería aún, hace algunos años, los curiosos detalles que Bruneseau creyó deber omitir en su informe al prefecto de policía, como indignos del estilo administrativo.

Los procedimientos desinfectantes eran todavía en aquella época harto rudimentarios.

Apenas Bruneseau hubo salvado las primeras articulaciones de la red subterránea, cuando ocho de los veinte trabajadores se negaron á seguir adelante.

La operación era complicada; el registro importaba la limpieza; era preciso, pues, á un mismo tiempo ir midiendo y limpiando. Señalar las entradas de agua, contar las rejas y las bocas, señalar los empalmes, indicar las corrientes en los puntos de partida, reconocer las circunscripciones respectivas de varios depósitos, sondar los pequeños albañales injertos en su cloaca principal, medir la altura de cada pasillo y el ancho así del arranque de las bóvedas, como á flor de rasante; determinar, en fin, el orden de nivelación, en la recta de cada entrada de agua, ya en el piso de la alcantarilla, ya en el de la calle. Adelantábase difícilmente, y más de una vez las escalas de descenso se sumergieron dentro tres pies [Pg 488] de fango. Las linternas agonizaban entre los miasmas. De cuando en cuando había que retirar algún pocero desmayado.

Tropezábase en varios puntos con un precipicio; y era que el suelo se había hundido y que el embaldosado se había venido abajo transformándose el albañal en pozo sin fondo. No se hallaba el punto firme, y hubo hombres desaparecidos bruscamente costando mucho trabajo volverles á sacar. Por disposición de Fourcroy, se iban encendiendo de trecho en trecho en los lugares suficientemente saneados, grandes cubos llenos de estopa empapada en resina. La pared, de vez en cuando, estaba cubierta de excrecencias disformes que podríamos llamar tumores, pues hasta las piedras parecían enfermas en aquel centro irrespirable.

Bruneseau procedió en su exploración de arriba abajo. En el punto divisorio de las dos cañerías del Grand Hurleur, consiguió leer en una piedra saliente esta fecha: 1550.

Era el límite donde se había detenido Filiberto Délorme, encargado por Enrique II de visitar la sentina de París. Aquella piedra era el sello del siglo XVI en la alcantarilla.

Bruneseau descubrió la mano del siglo XVII en el conducto del Ponceau y en la calle Vieille du Temple, cuyas bóvedas se habían construido entre 1600 y 1650; y la mano del siglo XVIII en la sección al Oeste del canal colector, encajonado y abovedado en 1740. Más reciente la obra de 1740, estaba más agrietada y decrépita que la de la cloaca de circunvalación, que databa de 1412, época en que el arroyo de agua viva de Menilmontant fué elevado á la dignidad de gran alcantarilla de París, ascenso análogo al de un aldeano cualquiera que fuese nombrado primer ayuda de cámara del rey; algo parecido á Gros Jean convertido en Level. Creyóse reconocer acá y allá, particularmente bajo el Palacio de [Pg 489] Justicia, alvéolos de antiguos calabozos practicados en la misma alcantarilla. Horribles in pace. De uno de aquellos alvéolos colgaba una argolla de hierro.

Se tapiaron todos. Entre las cosas que se hallaron, las había rarísimas; por ejemplo, el esqueleto de un orangután que desapareció del jardín botánico en 1800, desaparición probablemente relacionada con la famosa é incontestable aparición del diablo en la calle de los Bernardinos, en el último año del siglo XVIII. El pobre diablo acabó por ahogarse en la alcantarilla.

Debajo del largo corredor cimbrado que conduce al Arche-Marión, dejó admirados á los inteligentes una cesta de trapero, muy bien conservada. En todas partes el cieno que los poceros habían ido á remover con tal intrepidez, abundaba en objetos preciosos, en alhajas de oro y plata, en pedrería y moneda.

Un gigante que hubiese hecho pasar por un tamiz aquella cloaca, habría acumulado las riquezas de los siglos.

En el punto de partida de los dos empalmes de la calle del Temple y de la calle de Sanite Avoye, se recogió una medalla singular hugonota de bronce, que tenía en una cara un cerdo con birrete de cardenal, y en la otra un lobo con la tiara en la cabeza.

El hallazgo más sorprendente fué á la entrada de la Gran Cloaca.

Habíase cerrado aquella entrada en otros tiempos con una reja, de la que sólo quedaban los goznes.

De uno de los goznes pendía una especie de harapo informe y sucio que sin duda, detenido allí al caer, flotaba en la sombra, y acababa de desmenuzarse. Bruneseau acercó la linterna y lo examinó. Era de batista finísima, y se distinguía en una de las puntas, menos consumida que lo demás, una corona heráldica, con estas siete letras bordadas encima: Lavbesp. La corona era una corona de marqués, y las siete letras significaban Laubespine.

Reconocióse que se tenía á la vista un pedazo de la mortaja de Marat.

Cuando joven, había corrido Marat sus aventuras amorosas, sobre todo cuando formaba parte de la casa del Conde de Artois como veterinario. De aquellos amores con una dama principal, históricamente comprobados, le había quedado aquella sábana. Residuo ó recuerdo.

Á su muerte, como era la única tela fina que había en su casa, se le amortajó con ella. Unas viejas envolvieron para la tumba al trágico Amigo del pueblo en aquel lienzo, testigo un día, de voluptuosidades. Bruneseau siguió adelante. Dejóse el harapo donde estaba, sin acabarlo de destruir siquiera.

¿Fué desprecio ó respeto?

Marat merecía ambas cosas.

Además, el destino estaba bien impreso en él, para que se vacilara en tocarlo. Por otra parte, deben dejarse las cosas del sepulcro en el sitio que eligen.

En suma, era una extraña reliquia. Una marquesa había dormido en ella; Marat la había consumido, y pasando por el Panteón, había ido á servir de pasto á las ratas de la cloaca.

Aquel andrajo de alcoba, cuyos pliegues hubiera dibujado alegremente Watteau en otro tiempo, había terminado por ser digno de la mirada del Dante.

La visita total del pudridero subterráneo de París, duró siete años, desde 1805 á 1812.

De paso, Bruneseau designaba, dirigía y llevaba á cabo trabajos considerables; en 1808 bajaba el enlosado del Ponceau, y creando en todas partes nuevas líneas, adelantaba la alcantarilla en 1809, por debajo de la calle de San Dionisio hasta la fuente de los Inocentes; en 1810, por debajo de la calle de Froidmanteau y de la Salpetrière; en 1811 por debajo de las calles Neuve des Petits Pères, Mail, Echarpe, de la plaza Real; y en 1812, por debajo de la calle de la Paz y Chaussée d'Antin. Al mismo tiempo hacía desinfectar y sanear toda la red.

Desde el segundo año, unióse á Bruneseau su yerno Nargaud.

Así fué como á principios de este siglo la sociedad vieja limpió su fondo interior, engalanando su albañal. Siempre fué ello un limpión.

Tortuoso, agrietado, desempedrado, cuarteado, lleno de baches, atravesado por recodos extraños, subiendo y bajando sin lógica, fétido, salvaje, feroz, sumido en la obscuridad, con cicatrices en sus baldosas y cuchilladas en sus muros, espantoso; tal era, visto retrospectivamente, el antiguo alcantarillado de París.

Ramificaciones en todos sentidos, cruzamientos de zanjas, empalmes, patas de ganso, estrellas, como en las zapas, recodos, callejones sin salida, bóvedas salitradas, sumideros infectos, rezumos herpéticos en los techos, tinieblas; nada igualaba al horror de aquella antigua cripta exutoria, aparato digestivo de Babilonia, antro, foso, abismo trepado de calles, topera titánica donde el espíritu cree ver vagar, á través de la sombra, entre inmundicias que fueron esplendores, el enorme topo ciego de lo pasado.

Esto, lo repetimos, era el alcantarillado de otros tiempos.

[Pg 490]

V
Progreso actual

Hoy día el alcantarillado es regular, limpio, frío, directo y suficiente. Realiza casi el ideal de lo que se entiende en Inglaterra por la palabra «respetable». No se aparta de las reglas, tiene el color parduzco, está tirado á cordel, é íbamos á decir que... de veinticinco alfileres.

Parécese á un proveedor convertido en consejero de Estado.

Se ve casi claro. El fango se porta decentemente.

Á primera vista se le podría confundir con uno de aquellos corredores subterráneos tan comunes en lo antiguo y tan útiles para las fugas de monarcas y príncipes, en aquellos buenos tiempos «en que el pueblo amaba á sus reyes».

El albañal actual es un hermoso albañal; reina en él el estilo puro; el clásico alejandrino rectilíneo que, expulsado de la poesía, parece haberse refugiado en la arquitectura; se diría que quiere mezclarse en todas las piedras de esa larga bóveda tenebrosa y blanquizca; cada desagüe es una arcada; la construcción de la calle de Rívoli forma escuela hasta para una cloaca.

Por lo demás, en ninguna parte está más en su lugar la línea geométrica que en la vía estercolaria de una gran ciudad. Allí todo debe subordinarse al camino más corto.

La alcantarilla ha tomado hoy cierto aspecto oficial. La misma policía en sus informes, cuando tiene que hablar de ella, no le falta al respeto. Las palabras que la caracterizan en el lenguaje administrativo son dignas y elevadas. Lo que antes se llamaba tripa, se llama hoy galería; lo que antes llevaba el nombre de agujero, hoy lleva el de atabe. Si llegaba el caso no conocería el mismo Villon su antigua morada.

Esa red de cuevas sigue teniendo, por supuesto, su inmemorial población de roedores, más bullidora que nunca; de vez en cuando una rata vieja asoma la cabeza por la ventana de la alcantarilla, y examina á los parisienses; pero aún esa polilla se domestica, encontrándose satisfecha de su palacio subterráneo. No le queda nada á la cloaca de su primitiva ferocidad. La lluvia, que ensuciaba el albañal del pasado, lava el del presente.

Sin embargo, no hay que fiar en él demasiado. Los miasmas lo habitan todavía. Es más bien hipócrita que irreprochable.

Por más que se empeñe la prefectura de policía y la junta de Sanidad, á pesar de todos los procedimientos empleados, exhala siempre cierto olorcillo vago y sospechoso como Tartuffe después de la confesión.

Convengamos, no obstante, en que, como la limpieza es un homenaje que el albañal tributa á la civilización, y como, bajo este punto de vista, la conciencia de Tartuffe es un progreso sobre el establo de Augias, ello es cierto que el alcantarillado de París ha mejorado.

Es más que progreso; es una trasmutación.

Entre la antigua cloaca y el alcantarillado actual, media una revolución. ¿Quién hizo esa revolución?

El hombre á quien tiene olvidado todo el mundo, y que hemos nombrado ya, Bruneseau.

[Pg 491]

VI
Progreso futuro

La abertura del alcantarillado de París no ha sido una obra insignificante. Los últimos diez siglos han estado trabajando sin poder terminarla, como tampoco han podido acabar á París. La cloaca sigue como por repercusión el desarrollo de París. Es, en la tierra, una especie de pólipo tenebroso de mil arterias, que crece debajo, al par que crece encima la gran ciudad. Siempre que la ciudad abre una nueva vía, el albañal alarga el brazo.

La vieja monarquía no había construido sino veintitrés mil trescientos metros de alcantarilla; á ese término había llegado París el 1.º de enero de 1806.

Partiendo de esa época, de la que volveremos á ocuparnos luego, la obra ha sido conveniente y enérgicamente reformada y continuada. Napoleón [Pg 492] construyó (los guarismos son siempre curiosos) cuatro mil ochocientos cuatro metros; Luis XVIII, cinco mil setecientos nueve; Carlos X, diez mil ochocientos treinta y seis; Luis Felipe, ochenta y nueve mil veinte; la república de 1848, veintitrés mil trescientos ochenta y uno; el régimen actual, setenta mil quinientos; total, hasta la fecha, doscientos veintiséis mil seiscientos diez metros; sesenta leguas de alcantarillado. Entrañas enormes de París; ramificación obscura y siempre activa; construcción ignorada é inmensa.

Como se ve, pues, el laberinto subterráneo de París, es hoy más que décuplo de lo que era al empezar el siglo. No es fácil figurarse la perseverancia y los esfuerzos que han sido necesarios para conducir esa cloaca al punto de perfección relativa en que hoy se encuentra.

Con gran dificultad había el antiguo prebostazgo monárquico, y en los diez últimos años del siglo XVIII el corregimiento revolucionario, conseguido abrir las cinco únicas, aunque no insignificantes, leguas de albañal que existían antes de 1806. Toda clase de obstáculos embarazaban esa operación; los unos, propios de la naturaleza del terreno, los otros, inherentes á las preocupaciones mismas de la laboriosa población de París.

Encuéntrase París edificado sobre un terreno extraordinariamente rebelde á la piqueta, á la sonda, á toda operación humana. Nada más difícil que perforar y penetrar esa formación geológica á la cual se superpone [Pg 493] la maravillosa formación histórica llamada París. En cuanto la mano de obra, bajo una forma cualquiera, se empeña y aventura con esa capa de aluviones; parece que crean las resistencias subterráneas.

Son todo ello arcillas líquidas, manantiales vivos, rocas duras, légamos blandos y profundos que la ciencia especial llama mostazas. El pico adelanta difícilmente en las capas calcáreas, que alternan con hilos de greda muy sutiles y sedimentos esquistosos á manera de hojas incrustadas de conchas de ostras, contemporáneas de los océanos preadamitas.

Á veces, un arroyo hace reventar de improviso la bóveda principiada, é inunda á los trabajadores, ó alguna irrupción de marga se abre paso lanzándose con la furia de una catarata, y rompe como frágil vidrio las más fuertes vigas de sostenimiento.

Recientemente, en la Villette, cuando fué preciso, sin interrumpir la corriente ni variar el cauce, hacer pasar la cloaca colectora por debajo del canal de San Martín, se abrió una grieta en el fondo del canal, cayendo de repente el agua en la excavación subterránea, sin que bastasen las bombas á detener la inundación.

Hubo que apelar á un buzo, el cual, con no poco trabajo logró tapar al fin la grieta que estaba en la embocadura del gran estanque.

Por otro lado, junto al Sena, y también bastante lejos del río, como por ejemplo en Belleville, en la Gran Vía, como en el pasaje Lunière, existen arenas sin fondo, donde un hombre puede hundirse y desaparecer [Pg 494] á ojos vistos.

Agréguese á todo esto la asfixia por los miasmas y al quedar enterrado por hundimientos y desprendimientos repentinos. Agréguese igualmente el tifus, de que los trabajadores se impregnan lentamente.

En nuestros días, después de haber abierto la galería de Clichy, con banqueta para recibir una cañería matriz de agua del Ourcq, trabajo ejecutado en zanja, á diez metros de profundidad; después de haber, á pesar de los derrumbamientos, y con ayuda de las excavaciones frecuentemente pútridas, y de los acodalamientos, abovedado el arroyo de la Bièvre desde el boulevard del Hospital hasta el Sena; después de haber, con el fin de librar á París de las aguas torrenciales de Montmartre, y dar salida á ese lago fluvial de nueve hectáreas que se corrompía junto á la puerta de los Mártires; después de haber, decimos, construido la línea de alcantarillado desde la puerta blanca al camino de Aubervilliers, en cuatro meses, trabajando día y noche, á la profundidad de once metros; después de haber, cosa no vista hasta entonces, hecho subterráneamente un albañal en la calle de Barre du Bec, sin zanja á seis metros debajo del suelo, murió el constructor Monnot.

Después de haber abovedado tres mil metros de alcantarilla en todos los puntos de la ciudad, desde la calle Traversière Saint Antoine á la calle de de Lourcine; después de haber, por medio del empalme de la Arbalète, evitado las inundaciones pluviales en la encrucijada Censier-Mouffetard; después de haber construido la alcantarilla de San Jorge sobre cimientos de rocas y hormigón en arenas movedizas; después de haber dirigido el temible descenso de empalme del ramal de Nuestra Señora de Nazareth, el ingeniero Duleau murió también.

Y sin embargo, no existen boletines para esos actos de valor mucho más útiles que la brutal carnicería de los campos de batalla.

Las alcantarillas de París, en 1832, distaban mucho de ser lo que son hoy día. Bruneseau había dado el impulso; pero se necesitaba el cólera para determinar la vasta construcción que después se ha llevado á efecto.

Sorprende oir decir, por ejemplo, que, en 1821, parte de la cloaca de circunvalación llamada el Gran Canal, como en Venecia, se corrompía aún al aire libre, en la calle de Gourdes.

En 1823, fué cuando la ciudad de París encontró en sus bolsillos los doscientos sesenta y seis mil ochenta francos y seis sueldos necesarios para cubrir semejante inmundicia. Los tres pozos absorbentes del Combat, de la Cunette y de Saint Mandé, con sus desagües, aparatos, desatranques y ramales depuratorios, no datan de antes de 1836.

La vialidad intestinal de París ha sido hecha de nuevo, y como ya lo hemos dicho, se ha más que decuplicado en un cuarto de siglo.

Hace treinta años, durante la época de la insurrección del 5 y 6 de junio, existía aún, en muchos parajes, el alcantarillado antiguo. Gran número de calles abovedadas hoy día, eran entonces zanjas abiertas.

Veíase frecuentemente en el punto adonde iban á parar las vertientes de una calle ó de una encrucijada, grandes rejas cuadradas y provistas de gruesos barrotes, cuyo hierro lucía bruñido por los pasos de la multitud, peligrosas y resbaladizas para las caballerías de los carruajes.

El lenguaje oficial de puentes y caminos daba á esas pendientes y á esas rejas el nombre expresivo de quebraderos.

En 1832, en una infinidad de calles, como las de la Estrella, San Luis, el Temple, Vieja del Temple, Nuestra Señora de Nazareth, Folie Mericourt, muelle de las Flores, calle del Petit Musc, Normandía, Pont aux-Biches, Marais, San Martín, Nuestra Señora de las Victorias, Faubourg-Monmartre, Grange Batelière, en los Campos Elíseos, calle Jacob y Tournon, la antigua cloaca gótica mostraba aún solamente sus golas.

No eran éstas sino enormes aberturas de piedra, rodeadas á veces de guarda ruedas descaradamente monumentales.

París, en 1806, no tenía casi mayor número de alcantarillas que el comprobado en mayo de 1663; cinco mil trescientas veintiocho toesas. Después de Bruneseau, en 1.º de enero de 1832, tenía cuarenta mil tres cientos metros.

De 1806 á 1831 se habían construido anualmente por término medio setecientos cincuenta metros.

En los años posteriores ha correspondido á cada año de ocho á diez mil metros de galería, todo de mampostería, revestido de cal hidráulica sobre base de hormigón. Á doscientos francos el metro, las sesenta leguas de alcantarilla del París actual representan cuarenta y ocho millones.

Además del progreso económico que al principio hemos indicado, asócianse graves problemas de higiene pública á esta inmensa cuestión: el alcantarillado de París.

París está entre dos capas: una de agua y otra de aire. La capa de agua, extendida á una profundidad bastante grande, pero que ha sido ya sondada por dos perforos, proviene de las vetas de asperón verde, situadas entre la creta y el calcáreo jurásico.

Todas esas vetas pueden representarse por un disco cuyo radio mida veinticinco leguas; en él se rezuman multitud de ríos y arroyuelos; de manera que en un vaso de agua del pozo de Grenelle se bebe el Sena, el Marne, el Yonna, el Oise, el Aisne, el Cher, el Vienne y el Loira.

La capa de agua es saludable; viene primero del cielo y luego de la tierra.

La capa de aire es malsana; viene del albañal. Todos los miasmas de la cloaca se mezclan á la respiración de la ciudad; de ahí el mal aliento.

El aire respirado junto á un estercolero, está probado: es, científicamente, más puro que el aire que se respira en París.

En un tiempo dado, con la ayuda del progreso, perfeccionándose después los mecanismos y difundiéndose la claridad científica, se empleará la capa de agua en purificar la capa de aire; es decir, en lavar las alcantarillas.

Sabido es lo que entendemos por lavar las alcantarillas, esto es, restituir el fango á la tierra, el estiércol al suelo y el abono á los campos. Resultará de este solo hecho puesto en práctica, para toda la comunidad social, disminución de miseria y aumento de salud.

Hoy por hoy, la irradiación de las enfermedades de París se extiende á cincuenta leguas en derredor del Louvre, tomado este edificio como centro de ese círculo pestilencial.

Pudiera decirse que, desde hace diez siglos, es la cloaca la enfermedad de París. El albañal es el vicio que la ciudad tiene en la sangre. El instinto popular no se ha engañado nunca. El oficio de pocero era en otro tiempo casi tan peligroso y repugnante al pueblo, como el de matarife carnicero, por tanto tiempo reputado horrible y cedido al verdugo.

Necesitábase pagarlo muy bien para que un albañil se decidiese á bajar aquellas minas fétidas; el pocero vacilaba siempre al colocar su escalera; y era proverbial el dicho: bajar á la alcantarilla es bajar á la fosa. Distintas leyendas de todas clases, como hemos dicho, llenaban de espanto aquel tragadero colosal; temible sentina que á la huella de las revoluciones del globo, como de las revoluciones del hombre, une los vestigios de todos los cataclismos, desde las conchas del diluvio hasta el harapo de Marat.

LIBRO TERCERO
CIENO Y ALMA

[Pg 495]

I
La cloaca y sus sorpresas

Era en el alcantarillado de París donde se encontraba Juan Valjean.

Otra de las semejanzas de París con el mar. El buzo puede desaparecer en él como en el océano.

La transición era inaudita. En el centro mismo de la ciudad, Juan Valjean había salido de ella, y en un abrir y cerrar de ojos, el tiempo preciso de levantar una tapa y volverla á dejar caer, había pasado de la luz á las tinieblas, del medio día á la media noche, del estrépito al silencio, del torbellino de los truenos al estancamiento de la tumba; y por una peripecia más prodigiosa aún que la de la calle de Polonceau, del extremo del peligro á la seguridad más absoluta.

Caída violenta en una cueva; desaparición en los calabozos perdidos de París. Dejar aquella calle, donde en todas partes se veía la muerte, [Pg 496] por una especie de sepulcro, donde debía encontrar la vida, fué un instante extraordinario.

Permaneció algunos segundos como aturdido, escuchando estupefacto.

Habíase abierto de improviso ante sus pies la trampa de salvación, cogiéndole, digámoslo así, á traición la bondad celeste. ¡Adorables emboscadas de la Providencia!

Solamente que el herido no se movía, y Juan Valjean ignoraba si lo que llevaba consigo en aquella fosa, era un vivo ó un muerto.

Su primera sensación fué la de que estaba ciego. Repentinamente no vió nada más. Parecióle también que en un minuto se había vuelto sordo. Nada oía.

El frenético huracán de matanza que se desencadenaba á algunos pasos de allí no llegaba hasta él; ya lo hemos dicho, gracias al espesor de la tierra que le separaba de la escena, si no apagado y confuso como [Pg 497] un rumor en una profundidad.

Conoció únicamente que pisaba sobre terreno sólido; ¿pero era esto suficiente?

Extendió un brazo, luego otro, tocando ambas paredes, de donde infirió que el pasillo era estrecho. Resbaló, y dedujo que la baldosa estaba mojada.

Adelantó un pie con precaución, temiendo encontrar algún agujero, algún sumidero, algún precipicio, cerciorándose de que el embaldosado se prolongaba. Una bocanada de aire fétido le indicó cuál era el lugar en que se hallaba.

Pasados algunos instantes no estaba ya ciego. Un poco de luz descendía del respiradero por donde había entrado, y ya su mirada se había acostumbrado á aquella cueva. Empezó á distinguir algo.

El pasillo donde se había soterrado (ninguna otra palabra expresa mejor la situación), estaba cerrado con pared á su espalda. Era uno de aquellos callejones sin salida que el lenguaje especial llama empalmes.

Tenía delante de sí otra pared, pared de tinieblas. La claridad del respiradero concluía á diez ó doce pasos del punto en que se encontraba [Pg 498] Juan Valjean, y apenas reflejaba una blancura pálida á algunos metros de la húmeda pared de la alcantarilla.

Más allá eran las tinieblas compactas; parecía horrible penetrar en ellas, y la entrada tenía visos de inmersión. Sin embargo, podía penetrar en aquella pared de bruma, y hasta era necesario darse prisa á ello.

Juan Valjean calculó que aquella reja que él había visto debajo de los adoquines, era posible que la viesen los soldados. Todo pendía de la casualidad, pues nada podía evitar que los soldados bajasen también al pozo y lo registrasen.

No había momento que perder.

Recogió á Mario del suelo, se lo echó á cuestas y emprendió la marcha, penetrando resueltamente por aquella obscuridad.

La verdad es que estaban menos á salvo de lo que Juan Valjean creía. Aguardábanles peligros de otro género, y no tal vez menores.

Después del torbellino fulgurante de la lucha, la caverna de los miasmas y de las emboscadas; después del caos, la cloaca. Juan Valjean había caído de uno en otro círculo del infierno.

Cuando hubo andado cincuenta pasos, le fué preciso detenerse. Se le ofreció una duda. El pasillo iba á parar á otro ramal con el que tropezaba trasversalmente. Allí se le presentaban dos caminos. ¿Cuál debía elegir? ¿El de la derecha ó el de la izquierda? ¿Cómo orientarse en aquel [Pg 499] obscuro laberinto?

Este laberinto, como ya lo hemos hecho notar, tenía un hilo, la pendiente; siguiéndola se iba al río.

Juan Valjean lo comprendió, desde luego.

Pensó que estaba probablemente en la alcantarilla del Mercado; que si tomaba á la izquierda y seguía la pendiente, llegaría antes de un cuarto de hora á alguna boca junto al Sena, entre el puente del Change y el puente Nuevo; es decir, que aparecería en medio del día en el punto más concurrido de París; quizá también iría á parar á algún recodo de encrucijada.

Estupor de los transeúntes al ver surgir del suelo bajo sus pies á dos hombres ensangrentados; llegada inmediata de los gendarmes; alarma del cuerpo de guardia más próximo, y prisión segura antes de haber sacado el cuerpo.

Era preferible internarse en el laberinto, fiarse de la obscuridad, y encomendarse á la Providencia para la salida.

Subió la pendiente, y tomó á la derecha.

Cuando hubo doblado el ángulo de la galería, la lejana claridad del respiradero desapareció, la cortina de tinieblas volvió á caer ante sus ojos, y volvió á quedar ciego de nuevo. Continuó, sin embargo, avanzando, tan rápidamente como le fué posible.

Los dos brazos de Mario rodeaban el cuello de Juan Valjean, y sus pies colgaban por detrás; Juan Valjean sostenía los brazos con una mano, y con la otra iba tentando la pared.

La mejilla de Mario tocaba, y se pegaba á la suya con la sangre. Sentía correr por encima de él y penetrar sus vestidos una corriente tibia que procedía de Mario. Sin embargo, la sensación de calor húmedo en la oreja próxima á la boca del herido, indicaba que éste respiraba, y de consiguiente que vivía.

El pasillo por donde caminaba Juan Valjean era menos estrecho que el primero. Era el andar bastante penoso. La lluvia del día anterior no se había desaguado aún, y formaba un pequeño torrente en el centro de la cuneta, de suerte que era preciso arrimarse á la pared para no meter los pies en el agua.

Así iba andando Juan Valjean por entre las tinieblas. Parecíase á los seres nocturnos que marchan á tientas en lo invisible, perdidos subterráneamente entre las venas de la sombra.

No obstante, poco á poco, fuese que otros respiraderos lejanos enviasen alguna luz flotante á aquella opaca bruma, fuese que sus ojos se acostumbrasen á la obscuridad, comenzó otra vez á entrever confusamente, ya la pared á que iba arrimado, ya la bóveda por debajo de la cual caminaba.

La pupila se dilata en las tinieblas, y acaba por percibir claridad, del mismo modo que el alma se dilata con la desgracia, y acaba por encontrar á Dios.

Era difícil dirigir el rumbo.

El trazado de las alcantarillas refleja, digámoslo así, el de las calles superpuestas.

Había en el París de aquella época mil doscientas calles. Imagínese debajo de él esa selva de tenebrosas ramas que se denomina alcantarillado.

El total de las alcantarillas existente á la sazón, y colocadas punta con punta, hubiera medido una longitud de once leguas. Hemos dicho antes que la red actual, gracias á la actividad especial de los últimos treinta años, no cuenta menos de sesenta leguas.

Juan Valjean principió por engañarse. Creyó estar debajo de la calle de San Dionisio, y no era así desgraciadamente.

Hay debajo de esa calle una alcantarilla vieja de piedra, que pertenece á los tiempos de Luis XIII, y va en derechura á la cloaca colectora, llamada Gran Cloaca, con un solo codo á la derecha, á la altura del antiguo Patio de los Milagros, y un solo ramal, la alcantarilla de San Martín, cuyos brazos se cortan en forma de cruz. Pero el ramal de la Petite Truanderie, cuya entrada estaba próxima al figón de Corinto, no ha comunicado nunca con el subterráneo de la calle de San Dionisio; va á parar á la alcantarilla Montmartre, que era donde se había internado Juan Valjean.

Abundaban allí las probabilidades de extraviarse. La alcantarilla Montmartre es una de las intrincadas de la antigua red.

Afortunadamente Juan Valjean había dejado detrás de sí la alcantarilla del Mercado, cuyo plano geométrico figura una multitud de masteleros de juanete entretejidos; pero tenía delante de sí más de un tropiezo embarazoso, y más de una esquina de calle (porque son calles, en efecto) que aparecían en la obscuridad como interrogantes.

Primero; á su izquierda, la vasta alcantarilla Platrière, especie de enredijo chino, que conduce y embrolla su caos de T y de Z por debajo de la casa de correos y de la rotonda de alhóndiga hasta el Sena, donde termina en Y.

Segundo; á su derecha, el corredor en línea curva de la calle del Cuadrante, con sus tres dientes, que son otros tantos callejones sin salida.

Tercero; á su izquierda, el empalme de Mail, complicado, casi desde la entrada, por una especie de horquilla, yendo á parar de zigzags á la gran cripta exutoria del Louvre, abierta y ramificada en todos sentidos.

Por último, á su derecha, el pasillo sin salida de la calle de Jeuneurs, sin contar otros pequeños rincones aquí y acullá antes de llegar á la alcantarilla de circunvalación; era la única capaz de conducirle á alguna salida bastante lejana para poder suponerla segura.

Si Juan Valjean hubiese tenido alguna noción de todo lo que acabamos de indicar, habría advertido pronto, con sólo tocar la pared, que no estaba en la galería subterránea de la calle de San Dionisio. En lugar de la piedra sillar vieja, en lugar de la arquitectura antigua, altiva y regia hasta en el albañal, con fondo y asiento de granito, y mezcla de cal grasa que costaba á razón de ochocientos francos la toesa, hubiera sentido al tacto la baratura contemporánea, el recurso económico, la piedra asperón revestida de cal hidráulica sobre capa de hormigón, que cuesta á doscientos francos el metro, la mampostería plebeya denominada de pequeño material; pero no sabía nada de todo esto para poder regirse.

Seguía adelante, con ansiedad, pero con calma, sin ver ni saber nada, á la ventura, es decir, en manos de la Providencia.

Gradualmente, digámoslo también, cierto horror se apoderaba de él. La sombra que envolvía su espíritu. Caminaba en medio de un enigma. Aquel acueducto de la cloaca es formidable; crúzanse sus galerías vertiginosamente. Es muy lúgubre verse sumido en aquel París de tinieblas.

Juan Valjean estaba obligado á encontrar y casi á inventar su camino sin verle.

En aquel lugar desconocido, podía ser, cada paso que daba, el último de su vida.

¿Cómo salir de allí? ¿Hallaría por dónde? Y en ese caso, ¿llegaría á tiempo? Aquella colosal esponja subterránea con alvéolos de piedra, ¿se dejaría penetrar y horadar? ¿Tropezaría con algún nudo inesperado de obscuridad? ¿Iría á parar á lo enmarañado é insuperable? ¿Morirían allí, Mario de hemorragia, y él de hambre? ¿Acabarían de extraviarse ambos, quedando reducidos á esqueletos en un rincón de aquella noche?

Lo ignoraba. Á ninguna de esas preguntas que él se hacía, sabía qué contestar.

El intestino de París es un precipicio. Estaba, como el profeta, en el vientre de un monstruo.

De repente se sintió sorprendido. Cuando menos lo esperaba, y sin haber cesado de caminar en línea recta, notó que ya no subía; el agua del arroyo le daba en los talones y no en la punta de los pies. La alcantarilla bajaba entonces. ¿Por qué? ¿Iba, pues, á llegar inesperadamente al Sena?

El peligro era grande; pero podía ser mayor el que resultaría retrocediendo. Siguió pues adelante.

No se dirigía al Sena. La albardilla que forma el suelo de París en la ribera derecha, vacía una de sus vertientes en el Sena, y otra en la Gran Cloaca. La cima de esta albardilla, que determina la división de las aguas, traza una línea muy caprichosa.

El punto culminante, sitio en que se dividen los desagües, está en la alcantarilla de Sainte-Avoye, más allá de la calle de Michel le Comte; en la alcantarilla del Louvre, cerca de los boulevares, y en la alcantarilla Montmartre, junto á los Mercados. Á ese punto culminante había llegado Juan Valjean. Dirigíase á la cloaca de circunvalación; y estaba pues en buen camino, pero ignorándolo.

Cada vez que encontraba un ramal, buscaba á tientas los ángulos, y si la abertura que se ofrecía ante él era menos ancha que el corredor donde estaba, seguía sin hacer caso juzgando, con razón, que toda senda más estrecha le llevaría á un callejón sin salida, lo que equivaldría á alejarle del objeto principal, que era salir de la alcantarilla. Así logró evitar el cuádruple lazo que le tendían en la obscuridad los cuatro laberintos mencionados.

Poco después supo que se separaba del París petrificado por el motín, donde las barricadas, habían suprimido la circulación, y que iba por debajo del París vivo y normal. De pronto sintió sobre su cabeza como el ruido del trueno, lejano, pero continuado. Era el rodar de los carruajes.

Según sus cálculos, hacía media hora poco más ó menos que caminaba, y no había pensado aún en descansar, contentándose con cambiar la mano que sostenía á Mario. La obscuridad era más profunda que nunca; pero esta obscuridad le tranquilizaba.

De pronto vió su sombra delante de sí. Destacábase sobre un rojo claro, que teñía vagamente el pavimento á sus pies y la bóveda sobre su cabeza, y que resbalaba á derecha é izquierda, por las dos viscosas paredes del corredor. Volvióse, estupefacto.

Detrás de él, en la parte del pasillo que acababa de dejar á una distancia que le pareció inmensa, resplandecía rayando la tenebrosa espesura, una especie de astro horrible que parecía mirarle.

Era la sombría estrella de la policía, que aparecía en el albañal.

Detrás de aquella estrella se movían confusamente ocho ó diez formas negras, derechas, perceptibles y espantosas.

[Pg 500]

II
Explicación

Durante el 6 de junio dispúsose una batida en las alcantarillas. Temíase que los vencidos se refugiasen en ellas; el prefecto Gisquet se encargó de registrar el París oculto, mientras el general Bugeaud barría el París público; doble operación que exigía una doble estrategia de la fuerza pública, representada arriba por el ejército y abajo por la policía.

Tres grupos de agentes y de poceros exploraron la vialidad subterránea de París; la primera por la orilla derecha; la segunda por la izquierda, y la tercera por el centro, ó sea la Cité. Los agentes iban armados de carabinas, rompe cabezas, espadas y puñales.

Lo que en aquel momento reflejaba la luz sobre Juan Valjean era la linterna de la ronda de la orilla derecha.

Aquella ronda acababa de visitar la galería curva y los tres callejones sin salida que están debajo de la calle del Cuadrante. Mientras la ronda registraba estos callejones, Juan Valjean había tropezado con la entrada de la galería, y viendo que era más estrecha que el pasillo principal, no penetró en ella, y siguió adelante.

Los agentes de policía, al dejar la galería del Cuadrante, habían creído oir ruido de pisadas en la dirección de la cloaca de circunvalación. Eran, en efecto, las pisadas de Juan Valjean.

El sargento que mandaba la ronda levantó la linterna, y la ronda se puso á mirar, en medio de la bruma, hacia el lado de donde venía el ruido.

Fué éste para Juan Valjean un minuto inexplicable.

Afortunadamente, aunque él veía bien la linterna, ésta le veía mal á él. La linterna era la luz y él era la sombra. Hallábase muy lejos y confundido en el fondo obscuro del subterráneo. Arrimóse á la pared y se detuvo.

Por lo demás, Juan Valjean no tenía cabal idea de lo que se movía detrás de él. El insomnio, la falta de alimento y las emociones, le habían hecho también visionario.

Veía un resplandor, y junto á aquel resplandor, larvas. ¿Qué significaba aquello? No lo comprendía.

Paróse Juan Valjean, y cesó el ruido.

Los de la ronda escuchaban y no oían; miraban y no veían. Consultaron entre ellos.

Había á la sazón en aquel punto de la alcantarilla de Montmartre una especie de encrucijada, llamada de servicio, que se suprimió después á causa de la laguna interior que formaban allí las aguas pluviales en las grandes tormentas. La ronda pudo agruparse en el lugar de aquella encrucijada. Juan Valjean vió aquel corro de larvas cuyas cabezas de sabueso se juntaban pareciendo cuchichear.

El resultado de la conferencia celebrada por los perros guardianes, fué que se habían engañado, que no había habido ruido, que no había allí nadie, que era inútil internarse en la cloaca de circunvalación, que sería perder el tiempo; pero que convendría darse prisa en ir hacia San Merry, pues si había algo que hacer y algún bonigote que rastrear, era por aquella parte.

De vez en cuando los partidos echan suelas nuevas á sus antiguas injurias. En 1832 la palabra bonigote era el punto de enlace entre la palabra jacobino y ya olvidada, y la palabra demagogo, casi inusitada á la sazón, y que tan excelente servicio ha prestado después.

El jefe dió la orden de torcer á la izquierda, dirigiéndose á la vertiente del Sena. Si les hubiese ocurrido dividirse en dos grupos y marchar [Pg 501] en dirección opuesta, Juan Valjean habría caído en sus manos. Esto estuvo en un hilo.

Es posible que las instrucciones de la prefectura, previendo el caso de un combate, y suponiendo á los insurrectos en gran número, prohibiesen á la ronda el fraccionarse.

Los sabuesos volvieron á ponerse, pues, en marcha, dejando tras de ellos á Juan Valjean. De todo aquel movimiento, Valjean no percibió nada, salvo el eclipse de la linterna, que dió la vuelta repentinamente.

Antes de continuar la marcha, el jefe de la ronda, para descargo sin duda de la conciencia de policía, descargó su carabina en dirección al sitio que ocupaba Juan Valjean. La detonación rodó de eco en eco bajo la cripta, como el borborismo de aquel intestino titánico.

Un pedazo de yeso que cayó en el arroyo fué á agitar el agua á pocos pasos de Juan Valjean, advirtiéndole de que la bala había dado en la bóveda sobre su cabeza.

Pisadas lentas y á compás resonaron un buen espacio sobre las baldosas, desvaneciéndose á medida que se aumentaba la distancia; después aquel grupo de formas negras se perdió en la sombra; una luz osciló bosquejando en la bóveda un arco rojizo que decreció, desapareciendo enseguida. Volvió á ser el silencio profundo, la obscuridad, completa; la ceguedad y la sordera volvieron á posesionarse de las tinieblas, y Juan Valjean, no osando aún moverse, permaneció bastante tiempo apoyado contra la pared, atento al oído y dilatada la pupila, mirando disiparse aquella patrulla de fantasmas.

[Pg 502]

III
El hombre filado

Es preciso hacer á la policía de aquel tiempo la justicia de que, aún en las circunstancias públicas más graves, cumplía imperturbablemente su deber de inspección y vigilancia. Un motín no era á sus ojos un pretexto para soltar la rienda á los malhechores, y descuidar la sociedad por la razón de que el gobierno estaba en peligro. El servicio ordinario se desempeñaba correctamente á través del servicio extraordinario, y sin resentirse en lo más mínimo.

En medio de un incalculable suceso político comenzado, y bajo la presión de una revolución posible, sin dejarse distraer por la insurrección ni por la barricada, el agente seguía imperturbable la pista al ladrón.

Algo parecido á esto ocurrió en la tarde del 6 de junio á orillas del Sena, en el ribazo de la derecha, un poco más allá del puente de los Inválidos.

Hoy ya no hay allí ribazo. El aspecto de aquellos lugares ha cambiado por completo.

En el ribazo, dos hombres, separados uno de otro por cierta distancia, parecían observarse, evitándose mutuamente. Á medida que el que [Pg 503] iba delante procuraba alejarse, ponía el que iba detrás empeño en acercársele.

Era como una partida de ajedrez que se jugase de lejos y en silencio.

Ni uno ni otro parecían llevar prisa; los dos caminaban despacio como si cada cual temiese, por apresuramiento, hacer que su compañero avivase el paso.

Hubiérase dicho ser un apetito andando tras una presa, sin aparentar intención deliberada. La presa era socarrona, y estaba en guardia.

Observábanse las proporciones debidas entre la garduña hostigada y el perro hostigador. El que trataba de escapar tenía mala traza y una figura raquítica, y el que quería echarle mano, era de elevada estatura y rudo aspecto, dando á entender que su choque había de ser contundente.

El primero, sintiéndose más débil, evitaba al segundo; pero hacíalo de manera harto furiosa; los que hubieran podido examinarlo de cerca habrían visto en sus ojos la sombría hostilidad de la fuga y toda la amenaza que cabe en el miedo.

El ribazo era solitario; no pasaba un alma, ni siquiera se veía al barquero ó al descargador de leña en las barcazas amarradas acá y allá.

No podían distinguirse bien aquellos dos hombres sino desde el muelle de enfrente, y así vistos, el que iba delante hubiera aparecido como un ser erizado, andrajoso, torcido é inquieto, y tiritando bajo una blusa harapienta; y el otro, como un personaje clásico y oficial, con la levita de la autoridad abrochada hasta la barba.

El lector reconocerá quizás á estos dos hombres viéndoles más cerca.

¿Qué objeto se proponía el último?

Probablemente suministrar al primero ropa de más abrigo.

Cuando un hombre vestido por el Estado persigue á otro hombre harapiento, es con el objeto de convertirle también en hombre vestido por el Estado. La cuestión estriba tan sólo en el color. El traje azul se considera glorioso; el encarnado denigrante.

Hay una púrpura que procede de abajo.

Era probablemente algún disgusto, y algo de esta púrpura lo que el primero deseaba evitar.

Si el otro le permitía ir delante y no se apoderaba de él aún, era, según las apariencias, con la esperanza de ver cómo se dirigía á alguna cita significativa, ó á algún grupo que fuese buena presa.

Esta operación delicada se llama «acechamiento».

Lo que hace probable esta conjetura, es que el hombre de la levita abrochada, divisando desde el ribazo un coche de alquiler que iba vacío hizo alguna indicación al cochero.

Éste la comprendió; y conociendo evidentemente con quién se las había, cambió de dirección, y empezó á seguir poco á poco desde lo alto del muelle á aquellos dos hombres.

De esto no se enteró el personaje de mala traza y harapiento que iba delante.

El coche pasaba junto á los árboles de los Campos Elíseos, y por encima del parapeto se veía pasar el busto del cochero con la fusta en la mano.

En una de las instrucciones secretas de la policía á los agentes, se lee este artículo: «Tener siempre dispuestos un carruaje de plaza por si fuese necesario».

Maniobrando cada cual por su parte con estrategia irreprochable, acercábanse aquellos dos individuos á una rampa del muelle que descendía hasta el ribazo, la que permitía entonces á los cocheros que venían de Passy llevar á beber al río á sus caballos. Dicha rampa se ha suprimido después, por exigirlo así la simetría. Los caballos se mueren de sed, pero la vista goza.

Era verosímil que el hombre de blusa subiese por la rampa, á fin de intentar la evasión por los Campos Elíseos, sitio lleno de árboles; pero en cambio muy frecuentado por agentes de policía, y en el cual podía el otro encontrar fácilmente quien le ayudara.

Este punto del muelle dista muy poco de la casa traída de Moret á París en 1824 por el coronel Brack, y denominada casa de Francisco I. Allí cerca había un cuerpo de guardia.

Con gran sorpresa de su observador, el hombre filado no tomó por la rampa del abrevadero, sino que continuó avanzando por el ribazo á lo largo del muelle.

Evidentemente su posición iba resultando crítica.

¿Qué iba á hacer, salvo no arrojarse al Sena?

Ya no había forma de volver á subir al muelle; ni rampa, ni escalera; y estaban ya próximos al sitio marcado por el ángulo del río hacia el puente de Jena, donde el ribazo, cada vez más estrecho, acababa en una débil lengua perdiéndose en el agua.

Allí iba inevitablemente á encontrarse bloqueado entre el muro perpendicular á la derecha, el río á la izquierda y enfrente, y la autoridad á la espalda.

Es cierto que el término del ribazo estaba oculto á la vista por un montón de escombros de seis á siete pies de altura, producto de no se sabe qué demolición. Pero ¿esperaba aquel hombre poderse esconder con provecho en un sitio donde no había para descubrirle, más que dar la vuelta? El recurso hubiera sido pueril. Él no soñaba de seguro en ello; la inocencia de los ladrones no llega á tal extremo.

Aquel montón de ruinas formaba al borde del agua una especie de eminencia que se extendía como un promontorio hasta la pared del muelle.

El hombre perseguido llegó á la pequeña colina y la dobló, dejando entonces de ser visto por el otro.

Este último aprovechó el momento en que ni veía ni le veían, y dejando disimulos aparte, se puso á caminar con rapidez. En breves instantes llegó junto á los escombros, dió la vuelta al montón, y quedóse estupefacto.

El hombre á quien perseguía no estaba allí.

Eclipse total del hombre de la blusa.

El ribazo apenas tenía, desde el montón de escombros, unos treinta pasos más; sumergíase allí en el agua que batía la pared del muelle.

El fugitivo no hubiera podido arrojarse al Sena, ni escalar el muelle sin que le viese su perseguidor. ¿Qué se había hecho, pues?

El hombre del levitón abrochado caminó hasta la punta del ribazo, y permaneció allí un instante pensativo, con los puños convulsos, y registrándolo todo con los ojos.

De improviso se dió un golpe en la frente, pues acababa de percibir, en el sitio donde terminaba la tierra y empezaba el agua, una reja de hierro ancha y baja, arqueada, provista de una enorme cerradura y de [Pg 504] tres sólidos goznes. Aquella reja, especie de puerta en la parte inferior del muelle, daba al río lo mismo que al ribazo. Por debajo pasaba un arroyo negruzco que iba á desaguar en el Sena.

Al otro lado de los pesados y mohosos barrotes se distinguía una especie de corredor abovedado y obscuro. El hombre se cruzó de brazos y miró la reja con el aire de quien se echa algo en cara.

Como no bastaba mirar trató de empujarla; sacudió fuertemente la reja, pero ésta resistió el empuje.

Era probable que acabasen de abrirla, aunque no se hubiese oído ruido alguno; cosa rara, tratándose de una reja tan pesada; de todos modos no había duda de que la habían vuelto á cerrar. Esto indicaba que aquél para quien había girado sobre los goznes tenía, no una ganzúa, sino una llave.

Pronto asaltó esta evidencia al espíritu del hombre que se esforzaba en violentar la reja, pues prorumpió indignado en el siguiente epifonema:

—¡Esto sí que es grave! ¡Una llave del gobierno!

Luego, calmándose de súbito, expresó todo un mundo interior de ideas con esta bocanada de monosílabos, pronunciados casi irónicamente:

—¡Ta... ta... ta... ta!

Dicho esto, esperando, no se sabe si ver salir al de la blusa, ó entrar otros, se puso en acecho detrás del montón de ruinas, con la rabia paciente [Pg 505] de un perro de muestra.

Por su parte, el carruaje de plaza, que seguía todas sus evoluciones, se paró junto al parapeto.

El cochero, previendo que no sería cosa de uno ni dos minutos, ató el húmedo saco de avena al hocico de sus caballos, ese saco tan conocido de los parisienses á quienes los gobiernos, sea dicho entre paréntesis, suelen ponérselo algunas veces.

Los escasos transeúntes del puente de Jena volvían la cabeza antes de alejarse, fijándose un instante en aquellos dos detalles inmóviles del paisaje: hombre en el ribazo, y el coche en el muelle.

[Pg 506]

IV
También lleva su cruz

Juan Valjean emprendió de nuevo su marcha, y ya no se detuvo más.

Era una marcha que se hacía más dificultosa á cada paso. El nivel de aquellas bóvedas varía; la elevación media es de unos cinco pies y seis pulgadas, habiendo sido calculada para la estatura de un hombre. Juan Valjean se veía pues obligado á doblarse, por temor de que Mario diese contra la bóveda. Á cada instante tenía que bajarse, volviendo á [Pg 507] enderezarse luego, é iba sin cesar tentando la pared.

La humedad de las piedras y la viscosidad del piso eran malos puntos de apoyo, así para la mano, como para el pie.

Tropezaba en el fiemo de la ciudad.

Los intermitentes reflejos de los respiraderos no aparecían sino á larguísimos intervalos, y tan débiles, que el sol en su mayor fuerza semejaba la claridad de la luna.

Lo demás era niebla, miasma, obscuridad, negrura.

Juan Valjean tenía hambre y sed; sed sobre todo; pero como en el mar, había allí mucha agua de la que no se podía beber. Su fuerza, prodigiosa, como ya sabemos, y muy poco debilitada por la edad, gracias á una vida casta y sobria, empezaba, sin embargo, á abandonarle. Sobreveníale la fatiga, y á medida que perdía vigor aumentábase el peso de la carga. Mario, muerto quizá, pesaba como pesan los cuerpos inertes.

Juan Valjean le sostenía de manera que el pecho no se le oprimiese del todo ó que la respiración pudiese pasar lo mejor posible. Sentía deslizársele las ratas rápidamente por entre las piernas. Una se asustó hasta el extremo de querer morderle.

De cuando en cuando llegaban hasta él ráfagas de aire fresco procedentes de las bocas de la alcantarilla, que le reanimaban.

Podrían ser como las tres de la tarde cuando entró en la cloaca de circunvalación.

Al principio le sorprendió aquel ensanchamiento repentino. Encontróse de súbito en una galería, cuyas paredes no alcanzaba tocar con [Pg 508] los brazos abiertos, y bajo una bóveda mucho más alta que él.

La Gran Cloaca tiene efectivamente ocho pies de ancho por siete de alto.

En el punto en que la alcantarilla Montmartre se une con la Gran Cloaca, otras dos galerías subterráneas, la de la calle de Provence y la del Abattoir, forman una encrucijada. Entre estas cuatro vías, cualquiera menos sagaz hubiera vacilado. Juan Valjean eligió la más ancha; es decir, la alcantarilla de circunvalación.

Pero renovábase la duda entre subir ó bajar. Calculó que la situación era apurada, y que necesitaba á todo trance llegar al Sena, ó lo que era lo mismo, bajar. Torció, pues, á la izquierda.

Acertó pues atinadamente; porque hubiera sido un error imaginar que la alcantarilla de circunvalación tuviese dos salidas, una hacia Bercy y otra hacia Passy. Como lo indica su nombre, es la que circuye subterráneamente á París del lado de la orilla derecha.

La Gran Cloaca, que no es sino el antiguo arroyo Menilmontant, va á parar, subiendo á un callejón sin salida, esto es, al primitivo punto de partida, á su origen, al pie del cerrillo Menilmontant.

No se comunica directamente con el ramal que recoge las aguas de París en el barrio de Popincourt, y que desemboca en el Sena por la alcantarilla Amelot, por encima de la antigua isla de Louviers.

Este ramal, que completa el albañal colector, se halla separado de él, bajo la misma calle de Menilmontant, por un paredón que indica el punto en que se dividen las aguas río abajo y río arriba.

Si Juan Valjean hubiese optado por subir, habría llegado, después de mil esfuerzos, aniquilado de fatiga, espirando en las tinieblas, á una pared; y habría estado perdido sin remedio.

En rigor, retrocediendo un poco, internándose en el pasillo de Filles-du Calvaire, á condición de no titubear en la pata de ganso subterránea de la encrucijada Boucherat; tomando por el corredor de San Luis, después á la izquierda, por el ramal de San Gil, y torciendo luego á la derecha, procurando evitar la galería de San Sebastián, hubiera podido llegar á la alcantarilla Amelot, y desde allí, no extraviándose en la especie de F que hay debajo de la Bastilla, salir al Sena junto al Arsenal. Pero para esto era indispensable conocer á fondo, en todas sus ramificaciones y aberturas, la enorme madrépora de las alcantarillas. Debemos, no obstante, repetirlo, él ignoraba la disposición de aquel horrible alcantarillado por donde caminaba; y si se le hubiese preguntado dónde se hallaba, habría respondido: en la noche.

Su instinto le servía perfectamente. Bajar era realmente la única salvación posible.

Dejó á la derecha los dos pasillos que se ramifican en figura de grifo bajo la calle Laffitte y la de San Jorge, y el largo corredor bifurcado de la Chaussée d'Antin.

No mucho más allá de un afluente, que era, al parecer, el ramal de la Magdalena, se detuvo. Estaba muy cansado. Un respiradero bastante ancho, probablemente el de la calle de Anjou, daba una luz casi viva. Juan Valjean, con la suavidad de movimientos que pondría un hermano tratándose de un hermano herido, dejó á Mario sobre el andén de la alcantarilla. El rostro ensangrentado de Mario apareció á la blanca luz del respiradero como en el fondo de una tumba.

Tenía los ojos cerrados, los cabellos pegados á las sienes como pinceles secos empapados de rojo, las manos caídas y muertas, los miembros fríos, la sangre coagulada al borde de los labios.

Se había formado un gran cuajarón de sangre pegado al lazo de la corbata; la camisa penetraba en las heridas, y el paño del traje rozaba por las aberturas en la carne viva.

Juan Valjean, separando con la punta de los dedos la ropa, le puso la mano en el pecho, y vió que aún latía el corazón.

Rasgó la camisa, vendó las heridas lo mejor que pudo y restañó la sangre que corría; luego, inclinándose sobre Mario, que continuaba sin conocimiento y casi sin respiración, le miró con cierto inexplicable odio.

Al desabrochar el vestido de Mario encontró en su bolsillo dos cosas; el pan que estaba allí olvidado desde la víspera, y su cartera. Comió el pan, y abrió la cartera. En la primera página vió las cuatro líneas escritas por Mario. Decían, como ya sabemos:

«Me llamo Mario Pontmercy. Que lleven mi cadáver á casa de mi abuelo, señor Guillenormand, calle de las hijas del Calvario, número 6, en el Marais».

Juan Valjean leyó á la luz del respiradero estas cuatro líneas, y permaneció un momento absorto en sí mismo, repitiendo á media voz: calle de las Hijas del Calvario, número 6, señor Guillenormand, y volvió á colocar la cartera en el bolsillo de Mario.

Había comido, y se sentía reanimado.

Cargóse otra vez á cuestas el cuerpo de Mario, apoyó cuidadosamente la cabeza en su hombro derecho, y continuó descendiendo por la alcantarilla.

La Gran Cloaca encaminada al lecho inferior del valle de Menilmontant, tiene cerca de dos leguas de largo y está embaldosada en la mayor parte del trayecto.

La luz de la denominación de las calles de París con que mostramos al lector el recorrido subterráneo de Juan Valjean, éste no la tenía. Ni sabía la zona de la ciudad que atravesaba ni la distancia que había andado. Solamente por la mayor palidez de los rayos de luz que de cuando en cuando encontraba, iba entendiendo que el sol se retiraba del empedrado y que el día no tardaría en declinar; y luego que siendo el ruido de los carruajes cada vez menos perceptible, llegando á cesar casi, dedujo que no estaba ya debajo del París central, y que se iba acercando á algún lugar solitario próximo á los boulevares exteriores ó á los últimos muelles.

Donde hay menos casas y menos calles, tiene la cloaca menos respiraderos. La obscuridad crecía pues alrededor de Juan Valjean; sin embargo no dejó de seguir adelante tanteando en la sombra.

Esta sombra trocóse inesperadamente en terrible.

[Pg 509]

V
La arena, como la mujer, tiene cierta finura pérfida

Sintió luego que penetraba en el agua, y que tenía debajo de los pies, no baldosas, sino cieno.

Acontece á veces, en ciertas costas de Bretaña ó de Escocia, que un hombre, viajero ó pescador, caminando con la marea baja por el arenal, á cierta distancia de la orilla advierte de improviso que desde hace rato anda difícilmente.

La playa resulta bajo sus pies como resinosa; péganse á ella las suelas del calzado; no parece aquello arena, sino liga. La arena no presenta señales de humedad, y sin embargo, cada paso, en cuanto se ha levantado [Pg 510] el pie, deja un hueco que se llena de agua. No obstante, la vista no ha notado cambio alguno. La inmensa playa aparece tranquila; el arenal conserva el mismo aspecto; nada distingue el suelo sólido del suelo no sólido; la alegre nubecilla de pulgones de mar continúa saltando tumultuosamente sobre los pies del caminante. El hombre sigue su marcha siempre hacia delante pisando con fuerza y logrando acercarse á la costa. No está inquieto. ¿Por qué ha de estarlo? Sólo siente como si la pesadez de sus pies se aumentare á cada uno de sus pasos.

De repente se hunde; se hunde dos ó tres pulgadas.

Es de seguro que no va por el buen camino. Se detiene para orientarse.

Mira á sus pies; los pies han desaparecido bajo la arena; los saca y procura retroceder. Vuelve atrás, y se hunde más aún. La arena le llega á los tobillos. Con un esfuerzo se arranca de allí y se dirige á la izquierda; [Pg 511] la arena le llega á media pierna. Con otro esfuerzo se dirige á la derecha; la arena le alcanza las corvas.

Entonces conoce con indecible terror que se encuentra en un arenal movedizo, centro espantoso donde no puede caminar el hombre ni andar el pez. Si lleva alguna carga la arroja, como el buque cuando le acosa la tormenta. Pero ya no es tiempo; la arena le cubre las rodillas.

Llama, agita el sombrero ó el pañuelo; la arena sube y sube más.

Si está la playa desierta, si la tierra se halla demasiado distante, si el banco de arena con su mala fama aleja á los transeúntes, si no hay héroes en los alrededores, no tiene remedio, queda condenado al hundimiento.

Vese condenado vivo á ese espantoso enterramiento, largo, infalible, implacable, imposible de retardar ni de apresurar, que dura algunas horas, que no acaba; que le coge de pie, libre, en completa salud, y tira de él hacia abajo; que á cada esfuerzo que hace, á cada grito que lanza, le atrae un poco más; que parece castigar su resistencia aumentando la presión; que le introduce lentamente en la tierra, dejándole tiempo bastante para ir viendo el horizonte, los árboles, la verde campiña, el humo de las aldeas en la llanura, las velas de los buques en el mar, los pájaros que vuelan y que cantan el sol y el cielo.

Este deslizamiento es el sepulcro convertido en marea, que va subiendo desde el fondo de la tierra hacia un ser vivo. Cada minuto es un enterramiento inexorable.

El desventurado trata de sentarse, de echarse, de arrastrarse, y estos variados movimientos contribuyen á enterrarle más y más.

Se incorpora y se hunde; se siente engullir. Grita, implora, retuerce los brazos ansiosamente, se desespera...

La arena le llega al vientre; poco después al pecho, y luego no es ya más que un busto.

Levanta las manos, lanza gemidos de terror, clava las uñas en el suelo como para asirse de aquella ceniza, se apoya en los codos, queriendo [Pg 512] librarse de aquel estuche resbaladizo, llora y suspira frenéticamente; la arena continúa subiendo.

La arena le llega hasta los hombros, le alcanza al pescuezo; ya no se ve más que una cabeza. La boca grita, la arena la llena: viene el silencio.

Aún miran los ojos, la arena los ciega; llegó la noche.

Después la frente va decreciendo; una mota de cabello se estremece sobre la arena; sale una mano, escarba la superficie del suelo, se agita y desaparece. Siniestro desvanecimiento de un hombre.

Á veces el jinete se hunde con el caballo, ó el carretero con su vehículo, todo zozobra bajo la arena.

Es el naufragio fuera de las aguas; es la tierra ahogando al hombre.

La tierra penetrada por el océano se convierte en trampa. Ofrécese á la vista como una llanura, y se abre como la ola. El abismo tiene estas traiciones.

Esa fúnebre aventura, siempre posible en tal ó cual playa del mar, éralo también, hace treinta años, en las alcantarillas de París.

Antes de los importantes trabajos comenzados en 1833, el desagüe subterráneo de París estaba expuesto á hundimientos repentinos.

Infiltrábase el agua en ciertos terrenos subyacentes particularmente deleznables; el fondo, fuese ya embaldosado, como en las alcantarillas antiguas, ó de cal hidráulica sobre hormigón como en las galerías modernas, careciendo de punto de apoyo, cedía; y en un piso de esta clase ceder es rajarse, es hundirse.

El solado desaparecía en cierta extensión. La grieta que se abría boca de un abismo de cieno, tenía en el lenguaje técnico el nombre de hundidero.

¿Qué viene á ser un hundidero? Es la arena movediza de las orillas del mar, que se encuentra de repente debajo de la tierra; es el arenal del monte de San Miguel en una alcantarilla.

El suelo humedecido está como en fusión; todas sus moléculas se hallan suspendidas en un medio blando, que ni es tierra ni es agua. La profundidad suele ser muy grande, y nada hay más terrible que semejante encuentro. Si el agua domina, la muerte es rápida, á causa de la inmersión; si domina la tierra, la muerte es lenta, verificándose por hundimiento.

Figurémonos el horror de semejante muerte.

Si es espantoso desaparecer en la arena del mar, ¿qué ha de ser la desaparición en la cloaca?

En lugar del aire libre, de la luz del día, del brillante horizonte, del ruido de esas nubes que esparcen la vida, de esos barcos que se ven de lejos, de la esperanza bajo todas las formas; de los transeúntes probables, del socorro posible hasta el postrer minuto; en lugar de todo eso, la sordera, la ceguedad, una bóveda negra, un interior de fosa abierta, la muerte en el fango bajo una tapadera, la asfixia lenta por las emanaciones de la podredumbre, una caja de piedra donde esta asfixia abre su garra en el cieno y nos coge por la garganta; la fetidez mezclada al estertor; el légano en vez de la arena; el hidrógeno sulfurado en vez del huracán; la basura en vez del océano.

¡Y el tormento de llamar, de rechinar los dientes, de retorcerse, de agitarse, de agonizar teniendo esa enorme ciudad, que nada sabe, sobre nuestra cabeza!

¡No cabe explicación posible del horror de semejante muerte!

La muerte encuentra á veces la compensación de sus atrocidades en cierta indignidad terrible. Se puede ser grande en la hoguera y en el naufragio; es posible una actitud sublime, así en medio de las llamas, como entre las olas. Cabe transfiguración en el abismarse. Aquí no. Aquí la muerte es sucia. Humillante espirar. Las supremas visiones flotantes son abyectas. El lodo es sinónimo de vergüenza. Es raquítico, infame y feo.

Morir en un tonel de malvasía, como Clarence, pase; pero morir en la fosa del pocero, como Escoubleau es horrible.

Debatirse en el cieno es asqueroso. Al par que se agoniza, se chapotea.

Hay tinieblas bastantes para que sea aquello el infierno, y fango de sobra para que no sea más que un lodazal; de suerte que aquel moribundo no sabe si va á convertirse en espectro ó en sapo. Siempre es el sepulcro siniestro, pero en este caso resulta disforme.

La profundidad de los hundideros variaba, como también su longitud y densidad, en razón de la mejor ó peor calidad del terreno. Ora tenía tres ó cuatro pies de profundidad, ora ocho ó diez, ora no se encontraba el fondo. Unas veces el fango era casi sólido, otras casi líquido.

En el hundidero de Lunière, un hombre hubiera tardado un día en desaparecer, mientras que hubiera sido absorbido en cinco minutos en el lodazal de Phelippeaux.

El fango sostiene más ó menos, según es más ó menos denso.

Un niño se salva donde un hombre se pierde.

La primera ley de salvación es despojarse de toda clase de carga. El pocero que sentía ceder el suelo bajo sus pies, arrojaba el saco con las herramientas del oficio, ó la banasta ó el cubo.

Los hundideros provenían de diferentes causas: congelamiento del suelo; algún derrumbamiento á una profundidad fuera del alcance del hombre; los violentos chaparrones del verano; la lluvia incesante del invierno; las lloviznas menudas y continuadas.

Á veces el peso de las casas vecinas en un terreno margoso ó arenoso hacía inclinar las bóvedas de las galerías subterráneas; ó sucedía que el embaldosado estallaba y se abría bajo aquel empuje terrible. De este modo, el asiento del Panteón destruyó, hace un siglo, parte de las cuevas de la montaña de Santa Genoveva.

Cuando se hundía una alcantarilla bajo la presión de las casas, el desorden, en ciertas ocasiones, se manifestaba arriba, en la calle, por una especie de grietas, como dientes de sierra, entre los adoquines, que formaban una línea serpentina en toda la longitud de bóveda hundida, y entonces, como el daño era visible, podía aplicársele pronto remedio. Acontecía también con frecuencia que el destrozo interior no se revelaba por ninguna grieta exterior. En ese caso, ¡pobres poceros! Entrando sin precaución en la alcantarilla hundida, estaban expuestos á abismarse. Los antiguos registros hacen mención de varios poceros sepultados por esta causa, y hasta citan los nombres de las víctimas; entre otros, el de uno que se perdió en el hundimiento debajo del ramal de la calle Careme-Prénant, llamado Blas Pontrain, hermano de Nicolás Pontrain, el último sepulturero del cementerio conocido por el Osario de los Inocentes, en 1785, época en que este cementerio desapareció.

Algo parecido le sucedió al joven y elegante vizconde de Escoubleau, de quien ya hemos hablado, que fué uno de los héroes del sitio de Lérida, donde se dió el asalto con medias de seda y una vanguardia de músicos tocando violines. Escoubleau, sorprendido una noche en casa de su prima, la duquesa de Sourdis, pereció ahogado por un hundimiento del albañal de Beautreillis, donde se había refugiado huyendo del duque.

La señora duquesa, cuando le dieron cuenta de esta muerte, pidió su frasco, y se olvidó de llorar á fuerza de respirar sales.

En casos semejantes, no hay amor que queme; la cloaca lo apaga.

Hero se niega á lavar el cadáver de Leandro. Tisbe se tapa las narices delante de Píramo, exclamando: ¡Puf!

[Pg 513]

VI
El hundidero

Juan Valjean se encontró ante un hundidero.

Esta especie de hundimientos eran entonces muy frecuentes en el subsuelo de los Campos Elíseos, que se sometía con dificultad á los trabajos hidráulicos, y conservaba poco las construcciones subterráneas, por su excesiva fluidez. Esta fluidez deja atrás la inconsistencia misma de las pérfidas arenas del barrio de San Jorge, que han necesitado un afirmado de hormigón, y de las capas gredosas infectadas de gas del barrio de los Mártires, tan líquidas, que no ha podido practicarse el paso por debajo de la galería de los Mártires, sino por medio de un tubo de hierro colado.

Cuando en 1836 se demolió en el arrabal de San Honorato, para volverla á construir, la antigua alcantarilla de piedra, donde ahora encontramos á Juan Valjean, la arena movediza que constituye el subsuelo de los Campos Elíseos hasta el Sena, fué un obstáculo tal, que hizo durar la obra cerca de seis meses, con gran escándalo de los ribereños, sobre todo de los ribereños de palacios y carrozas.

Los trabajos, sobre ser difíciles, fueron peligrosos, si bien es verdad que hubo cuatro meses y medio de lluvia y tres crecidas del Sena.

El hundidero que encontró Juan Valjean provenía del chaparrón de la víspera.

El empedrado, mal sostenido por la arena subyacente, había flaqueado, produciendo un estancamiento de agua.

Siguióse la filtración y luego el derrumbamiento.

El solado desunido se había sumergido en el cieno. ¿Hasta qué extensión? se ignoraba.

En aquel punto la obscuridad era más espesa que en las demás partes. Era un agujero de lodo en una caverna de noche.

Juan Valjean sintió que el embaldosado desaparecía bajo sus pies, y penetró en el fango. Agua en la superficie, légamo en el fondo.

Era preciso pasar, pues que retroceder era imposible.

Mario estaba expirante, y Juan Valjean extenuado ya y sin aliento.

Por otra parte, ¿adónde había de ir?

Juan Valjean siguió adelante; creyendo sobre todo que era el hundidero poco profundo.

Pero á medida que avanzaba, sus pies se iban hundiendo. Pronto el cieno le llegó á media pierna, y el agua sobre las rodillas. Caminaba, no obstante, sosteniendo con los brazos levantados á Mario, lo más que podía, sobre el agua.

El cieno le pasaba ya de las corvas y el agua de la cintura. Imposible volver atrás. Hundíase á cada paso más, y aquel fango, bastante denso para el peso de un hombre, no podía sostener el de dos. Trabajo les hubiera costado á Mario y á Juan Valjean salir de allí andando separados.

Juan Valjean continuó avanzando con aquel moribundo, que quizá era ya un muerto.

El agua le llegaba á los sobacos. Conocía que iba á zozobrar, y apenas podía moverse en la profundidad de cieno en que se hallaba. La densidad, que era el sostén, era al propio tiempo el obstáculo.

Tenía levantado siempre á Mario sobre el agua, y con esfuerzos inauditos seguía adelante; pero no sin sumergirse más, hasta no quedarle visibles sino la cabeza y los brazos levantando á Mario.

En las antiguas pinturas del diluvio se ve á una madre haciendo otro tanto con su hijo.

Hundióse aún más, y para poder respirar, volvía la cara hacia atrás.

Quien le hubiese visto en aquella obscuridad, habría creído ver una máscara flotante en la sombra.

Divisaba vagamente por encima de él la cabeza colgante y el rostro lívido de Mario. Hizo un esfuerzo desesperado y adelantó un pie. El pie tropezó en una cosa sólida; era un punto de apoyo. Ya era tiempo.

Afirmóse é irguióse con cierta furia en aquel punto de apoyo, lo cual le produjo el efecto del primer peldaño de una escalera para subir nuevamente á la vida.

Aquel punto de apoyo que halló en el fango en el momento supremo, era el principio de la otra vertiente del solado, que había cedido sin romperse, encorvándose debajo del agua como una tabla de una sola pieza.

Los embaldosados bien construidos son abovedados y presentan esta clase de resistencia. Aquel fragmento del solado, en parte sumergido, pero sólido, era una verdadera rampa; y una vez alcanzada, se estaba á salvo.

Juan Valjean subió por aquel plano inclinado, y pronto estuvo al otro lado del hundidero.

Al salir del agua tropezó en una piedra, y cayó de rodillas. Parecióle muy justo, y permaneció allí algún tiempo, con el alma abismada hablando á Dios.

Levantóse tiritando, helado, infecto, doblándose bajo el peso del moribundo que llevaba, chorreando cieno, y con el alma inundada por una luz extraña.

[Pg 514]

VII
Á veces se encalla donde se cree desembarcar

Emprendió su camino otra vez aún.

Por lo demás, si bien no dejó la vida en el hundidero, parecía haber dejado las fuerzas. Habíale aniquilado aquel supremo esfuerzo; y era tal su fatiga, que á cada tres ó cuatro pasos tenía que recobrar aliento y apoyarse en la pared.

Tuvo una vez necesidad de sentarse en el andén para cambiar de posición á Mario, y creyó no volver á levantarse.

Pero si el vigor había muerto en él, no así la energía, y se levantó.

Caminó desesperadamente, casi de prisa; anduvo de este modo unos cien pasos, sin alzar la cabeza, sin respirar apenas, cuando, de súbito, tropezó en la pared.

Había llegado á uno de los ángulos de la alcantarilla con la cabeza baja, y de ahí el choque. Abrió los ojos, y en la extremidad del subterráneo, delante de él, lejos, muy lejos, percibió la luz. No era esta vez la claridad terrible, sino una claridad purísima. Era la luz del día.

Juan Valjean veía la salida.

El alma de un condenado que en medio de las llamas divisase de repente la salida del infierno, experimentaría lo que experimentó Juan Valjean. Volaría desatinadamente con sus quemadas alas hacia la radiante puerta.

Juan Valjean no sintió ya fatiga, no sintió ya el peso de Mario; recobró sus piernas de acero, y se puso á correr mejor que á caminar. Á medida que se aproximaba distinguía mejor la salida.

Era un arco abovedado, más bajo que la bóveda, la cual por grados iba decreciendo, y menos ancho que la galería, que iba estrechándose al par que la bóveda bajaba. El túnel terminaba en forma de embudo; término vicioso, imitado de los calabozos de las cárceles, lógico en un penal, ilógico en una cloaca, y por esto tal vez se ha corregido.

Juan Valjean llegó á la salida.

Allí se detuvo.

Era, en efecto, una salida, pero no se podía salir.

Estaba cerrado el arco con una fuerte reja, y la reja que, al parecer, giraba muy pocas veces sobre sus oxidados goznes, estaba sujetada al dintel de piedra por una gruesa cerradura, rojiza de orín, que parecía [Pg 515] un enorme ladrillo. Veíase el ojo de la llave, y el macizo pestillo profundamente encajado en la chapa de hierro. La cerradura era de doble vuelta, de la forma de las de las Bastillas, tan en uso en el París antiguo.

Al otro lado de la raja, el aire libre, el río, el día, el ribazo muy estrecho, pero suficiente para marcharse; los muelles lejanos, París, ese gran abismo donde es tan fácil esconderse; el vasto horizonte, la libertad. Á la derecha, río abajo, se distinguía el puente de Jena, y á la izquierda, río arriba, el puente de los Inválidos. El sitio hubiera sido á propósito para esperar la noche y evadirse. Era uno de los puntos más solitarios de París; el ribazo que da frente al Gros Caillou.

Las moscas entraban y salían al través de los barrotes de la verja.

Serían como las ocho y media de la tarde. El día iba desapareciendo.

Juan Valjean colocó á Mario junto á la pared, en la parte seca del embaldosado; después se dirigió á la reja, y cogió con sus dos manos crispadas los barrotes.

El sacudimiento fué frenético, la conmoción nula. La reja no se movió. Juan Valjean fué probando los barrotes uno después de otro, por ver si podía arrancar el menos sólido, y convertirle en palanca para levantar la puerta ó para romper la cerradura. Ninguno cedió.

Los dientes del tigre dentro de sus alvéolos no tienen mayor solidez. Ni palanca, ni fuerza alguna para aquel obstáculo invencible. No había medio de abrir la puerta.

¿Debía, pues acabar todo allí? ¿Qué hacer? ¿Qué partido tomar?

Para retroceder, y desandar el horrible camino recorrido, no se sentía con fuerzas suficientes. Por otra parte, ¿cómo atravesar de nuevo aquel lodazal de donde había salido por milagro? Y después del lodazal, ¿no estaba allí la ronda de policía de la cual no era fácil escaparse dos veces?

¿Dónde ir, pues? ¿Qué dirección tomar?

Seguir la pendiente, no era alcanzar el fin. Aunque se encontrase otra salida, ¿no había de estar también cerrada con reja ó tapón?

Todas las salidas se hallaban indudablemente cerradas como aquélla. La casualidad había hecho desencajar la reja por donde había entrado; pero era evidente que todas las demás bocas de la alcantarilla estarían cerradas.

Sólo había logrado evadirse, para caer en un gran calabozo.

Todo había acabado. Cuanto había hecho Juan Valjean resultaba inútil.

La fatiga produciendo el aborto.

Estaban ambos cogidos en las sombrías é inmensas redes de la muerte, y Juan Valjean sentía correr por sus negros hilos, estremeciéndose en las tinieblas, á la espantosa araña.

Volvióse de espaldas á la reja, se dejó caer en el suelo junto á Mario, que continuaba inmóvil, y hundió la cabeza entre ambas rodillas. No había salida. Era la última gota del cáliz de la angustia.

¿En qué pensaba durante aquel profundo abatimiento?

Ni en él, ni en Mario. Pensaba en Cosette.

[Pg 516]

VIII
El jirón de la levita

En medio de aquel anonadamiento, sintió una mano en el hombro y una voz que hablando por lo bajo decía:

—Parte para dos.

¿Quién podía ser entre aquellas sombras?

Nada se parece tanto al sueño como la desesperación, y Juan Valjean creyó estar soñando. No había oído pasos. ¿Era aquello posible? Levantó los ojos.

Había un hombre delante de él.

Este hombre vestía blusa é iba descalzo; llevaba los zapatos en la mano izquierda; sin duda se los había quitado para llegar hasta Juan Valjean sin ser oído.

Juan Valjean no vaciló un momento. Á pesar de cogerle tan de improviso, conoció al hombre. Era Thénardier.

Aunque despertando, digámoslo así, sobresaltado, Juan Valjean, acostumbrado á vivir alerta y práctico en los golpes imprevistos que conviene parar pronto, recobró enseguida toda su presencia de ánimo. [Pg 517] Además, la situación no podía empeorar, pues hay desastres que no pueden acrecentarse, y ni el mismo Thénardier era capaz de ennegrecer aquella tenebrosa noche.

Hubo un momento de tregua.

Thénardier, levantando la mano derecha á la altura de la frente en forma de pantalla, frunció las cejas y achicó los ojos, lo cual acompañado de una contracción de labios, caracterizaba la atención sagaz de un hombre que quiere reconocer á otro. No lo consiguió sin embargo.

Como antes hemos dicho, Juan Valjean se volvía de espaldas á la luz, y estaba además tan desfigurado é iba tan lleno de fango y de sangre, que ni aún en medio de la luz del día le hubiera reconocido nadie.

Al contrario, Thénardier, que, alumbrado el rostro por la luz de la reja, lívida, es verdad, pero clara en su lividez, saltó, como dice la enérgica metáfora vulgar, desde luego á los ojos de Juan Valjean. Esta desigualdad de situación bastaba para dar alguna ventaja á Juan Valjean en el misterioso duelo que iba á empeñarse. El encuentro se realizaba [Pg 518] entre Juan Valjean disfrazado y Thénardier sin máscara.

Juan Valjean advirtió inmediatamente que Thénardier no le conocía.

Se consideraron un momento en la penumbra, y como si trataran de medirse. Thénardier fué el primero en romper el silencio.

—¿Cómo te las vas á componer para salir?

Juan Valjean no respondió.

Thénardier continuó:

—Es imposible forzar la puerta, y es preciso, sin embargo, que salgas de aquí.

—Ciertamente,—dijo Juan Valjean.

—Pues bien; parte para entrambos.

—¿Qué quieres decir?

Tú has matado á ese hombre; bien. Pero yo tengo la llave.

Thénardier indicaba con el dedo á Mario, y prosiguió:

—No te conozco, pero quiero ayudarte. Debes ser un camarada.

Juan Valjean empezó á comprender. Thénardier le tomaba por un asesino.

Thénardier repuso:

—Oye, buen amigo, no habrás matado á ese hombre sin mirar lo que llevaba en los bolsillos. Dame la mitad, y te abro la puerta, proporcionándote [Pg 519] cómo deshacerte del muerto.

Dejando asomar entonces una enorme llave por debajo de su blusa hecha jirones, añadió:

—¿Quieres ver cómo se porta la llave del campo? Pues míralo.

Juan Valjean «se quedó tonto», según el dicho de Corneille, hasta el punto de dudar de la realidad de lo que veía.

Era la Providencia con formas horribles; era el ángel bueno que surgía de la tierra en la persona de Thénardier.

Thénardier metió la mano en un gran bolsillo que llevaba oculto bajo la blusa, sacó una cuerda y la alargó á Juan Valjean, diciéndole:

—Toma, te doy además la cuerda que te hace falta.

—¿Y para qué esta cuerda?

—Necesitas también una piedra; pero afuera la hallarás. Junto á la reja las hay de sobra en un montón.

—¿Y para qué la piedra?

—Imbécil, puesto que vas á arrojar el cadáver al río, si no le atas [Pg 520] una piedra al cuello, va á flotar sobre el agua.

Juan Valjean tomó maquinalmente la cuerda. No hay quién no tenga de estas aceptaciones maquinales.

Thénardier hizo castañetear sus dedos, como si le hubiese asaltado de repente una idea.

—Pero, camarada, ¿cómo has podido salir del lodazal? Yo no me he atrevido con él. ¡Puf! ¡Y cómo hueles!

Después de una pausa añadió:

—Te estoy haciendo preguntas, y haces tú muy bien en no contestarme. Es un ensayo para cuando comparezcas ante el juez, que es por cierto un cuarto de hora bien poco gracioso. Además de que, quien calla no dice nada. ¡Bah! Porque no vea tu cara ni conozca tu nombre, no te figures que ignoro lo que eres y lo que quieres. Lo sé. Le has estropeado un lado á ese mozo, y ahora desearías ocultarle en algún sitio. Te hace falta el río, que es el gran escóndelo todo. Voy á sacarte del apuro. Me gusta ayudar á la gente lista.

Al mismo tiempo de aprobar el silencio de Juan Valjean, trataba visiblemente de hacer que hablase. Empujóle en el hombro, para poder examinarle de perfil; y sin salir del tono bajo en que se mantenía en su voz, díjole:

—Ahora que me acuerdo; eres un tonto. ¿Por qué no arrojaste á ese hombre en el lodazal?

Juan Valjean guardó silencio.

Thénardier, alzando hasta la nuez de la garganta el harapo que le servía de corbata, gesto que completa el aire de importancia de un hombre de peso, continuó:

—Bien puede ser que obrases cuerdamente, porque mañana los trabajadores, al venir á tapar el hueco, habrían tropezado con el cadáver, y de hilo en hilo, hebra por hebra, quizá se hubiera llegado hasta ti. Alguien ha entrado en la alcantarilla... ¿Quién? ¿Por dónde ha salido?... ¿Le han visto salir?...

La policía es muy ingeniosa. La alcantarilla es traidora y denuncia. Semejante hallazgo es una rareza, y llama la atención; pocas gentes se valen de la cloaca para sus negocios, mientras que el río es de todos. El río es la verdadera sepultura. Al cabo de un mes se pesca al hombre en las redes de Saint Cloud. ¡Y bien! ¿Qué importa? Un cuerpo muerto medio deshecho. ¡Vaya en gracia! ¿Quién le mató? París. Ni siquiera se da parte á la justicia. Has hecho muy bien.

Cuanto mayor era la locuacidad de Thénardier, más mudo se iba quedando Juan Valjean.

Thénardier le sacudió de nuevo sobre el hombro.

—Terminemos nuestro asunto. Partamos. Has visto mi llave; muéstrame tu dinero.

Thénardier aparecía huraño, fosco, mirado siniestramente algo amenazador; pero el tono era pacífico.

Notábase una cosa extraña. Los modales de Thénardier no tenían nada de sencillos. Estaba como violento. Aunque sin afectar misterio, hablaba bajo, y de vez en cuando ponía el dedo en la boca murmurando: ¡chist!

No era fácil adivinar la causa.

Allí no había nadie más que ellos dos solos, y Juan Valjean supuso que habían otros bandidos ocultos en algún rincón no lejano, y que Thénardier no tenía intención de partir con ellos.

—Acabemos,—repitió Thénardier.—¿Cuánto tenía ese mozo en la faltriquera?

Juan Valjean metió la mano en la suya.

Recuérdese que su costumbre era llevar siempre dinero consigo. Así se lo exigía la vida de azares imprevistos á que se veía condenado.

Esta vez, sin embargo, le cogió casi completamente desprevenido. Al ponerse la noche anterior el uniforme de guardia nacional, se había olvidado, abrumado como estaba de pensamientos lúgubres, de llevar la cartera. Sólo tenía algunas monedas en el bolsillo del chaleco. Volvióle del revés, empapado como estaba de fango, y vació en el solado de la banqueta un luis de oro, dos monedas de cinco francos y diez ó doce sueldos.

Thénardier alargó el labio inferior, y torció el cuello en ademán significativo.

—Le has matado por bien poco,—dijo.

Y se puso á tentar con toda familiaridad los bolsillos de Juan Valjean y los bolsillos de Mario.

Atento Juan Valjean principalmente á que no le diese la luz en el rostro se dejó registrar.

Al propio tiempo de andar Thénardier en el bolsillo de Mario, con la destreza de un escamoteador, halló medio de arrancar, sin que Juan Valjean lo notase, un jirón, y ocultarle debajo de su blusa, calculando, sin duda, que podría servirle algún día para conocer al hombre asesinado y al asesino.

En cuanto á dinero, no encontró nada más que los treinta francos.

—Es verdad,—dijo,—uno con otro no tienen más que eso.

Y olvidando su palabra de parte para dos, lo tomó todo.

Vaciló algo al llegar á los sueldos; pero después de reflexionar, los confió también, murmurando:

—¡No importa! Sería despacharles muy barato.

Enseguida sacó otra vez la llave.

—Ahora, amigo mío, es menester que te vayas. Aquí es como en la feria, se paga á la salida. Ya has pagado; sal.

Y se echó á reir.

Al proporcionar así á un desconocido el auxilio de aquella llave, y al abrir á otro que él aquella reja, ¿le guiaba la intención pura y desinteresada de salvar á un asesino? Seános permitido dudarlo.

Thénardier ayudó á Juan Valjean á cargar de nuevo con Mario, y luego se dirigió de puntillas á la reja, haciendo señas á Valjean que le siguiese. Miró hacia fuera, púsose el dedo en la boca, y permaneció algunos segundos como observando.

Satisfecha al parecer su curiosidad, metió la llave en la cerradura. El pestillo se deslizó y la puerta giró entre sus goznes sin producir chirrido ni otro ruido alguno. La operación se hizo muy lentamente.

Era evidente que la reja y los goznes, untados con aceite, se abrían más á menudo de lo que podía suponerse. Era ésta una suavidad siniestra, en la que se adivinaban idas y venidas furtivas, entradas y salidas silenciosas de hombres nocturnos, y los pasos de lobo del crimen.

La alcantarilla estaba indudablemente en relaciones de complicidad con alguna banda misteriosa. Aquella reja taciturna era una encubridora.

Thénardier entreabrió la puerta lo suficiente para que saliese Juan Valjean, volvió á cerrar, dió dos vueltas á la llave en la cerradura, y se sumergió otra vez en la obscuridad, sin hacer más ruido que un soplo.

Parecía andar con las patas aterciopeladas del tigre.

Poco después, aquella providencia de tan mala traza, había desaparecido en lo invisible.

Juan Valjean se encontraba fuera.

[Pg 521]

IX
Mario produce el efecto de un cadáver á alguien que lo entiende

Dejó deslizar á Mario por el ribazo.

¡Estaban fuera!

Los miasmas, la obscuridad y el horror quedaban detrás de ellos; inundábalos á la sazón el aire libre, puro, lleno de vida, impregnado de alegría y respirable. Rodeábales el silencio; pero era el apacible silencio del sol oculto de bajo el azulado horizonte. El crepúsculo iba desapareciendo, porque venía á toda prisa la noche libertadora y amiga de cuantos necesitan de un manto de sombra para salir de sus angustias.

El cielo se ofrecía por todas partes como un consuelo inmenso.

El río llegaba hasta los pies de Juan Valjean como el blanco susurro de un beso. Oíase el diálogo aéreo de los nidos que se daban las buenas noches en los olmos de los Campos Elíseos. Algunas estrellas, salpicando [Pg 522] débilmente el pálido azul del zenit, y visibles sólo á la meditación, formaban aquí y allá en la inmensidad breves é imperceptibles resplandores. La noche desplegaba sobre la cabeza de Juan Valjean todas las dulzuras del infinito.

Era la hora indecisa y delicada, que no dice nunca sí ni no. Había ya bastante obscuridad para poder eclipsarse á cierta distancia, y bastante luz aún para conocer de cerca.

Por espacio de algunos segundos se sintió Juan Valjean vencido irresistiblemente por aquel conjunto de serenidad augusta y halagüeña. Existen indudablemente minutos de olvido en que el sufrimiento cesa de oprimir al miserable; en que todo se abisma en la idea; en que la paz, cual si fuese la noche, envuelve al pensador, y bajo el crepúsculo que irradia, y á imitación del cielo que se ilumina, el alma se llena de estrellas.

Juan Valjean no pudo dejar de contemplar la sombra inmensa y vaga, que por encima de él se extendía; y pensativo, tomaba entre el majestuoso silencio del eterno cielo un tinte de éxtasis y de oración. Después, vivamente, como si el sentimiento del deber le asaltase, se inclinó hacia Mario, y cogiendo agua en el hueco de la mano, le roció suavemente el rostro con algunas gotas. Los párpados de Mario no se movieron; sin embargo, su boca entreabierta respiraba.

Juan Valjean iba á introducir de nuevo la mano en el río, cuando de improviso sintió esa especie de embarazo que se siente al tener detrás de nosotros alguien á quien no vemos.

En otra parte hemos indicado ya esa impresión conocida por todo el mundo.

Se volvió.

Como hacía poco, había también, en efecto, alguien detrás de él.

Era un hombre de elevada estatura, y como envuelto en un levitón largo, y cruzado de brazos, llevando en la mano derecha un rompecabezas del que se veía el puño de plomo. Estaba de pie, á poca distancia del grupo que formaban Juan Valjean y Mario.

ilop523
Inspector Javert—le dijo Juan Valjean—, os pertenezco.

[Pg 523]

Con el auxilio de las sombras venía á ser una especie de aparición. Un hombre sencillo se hubiera asustado á causa del crepúsculo, y un hombre reflexivo á causa de su rompecabezas.

Juan Valjean reconoció á Javert.

El lector habrá adivinado, sin duda, que el perseguidor de Thénardier no era otro que Javert.

Javert, después de su inesperada salida de la barricada, se dirigió á la prefectura de policía, dió cuenta verbalmente de todo al prefecto en persona, y continuó luego su servicio, que implicaba, según aquella nota que se le encontró, cierta inspección del ribazo de la orilla derecha en los Campos Elíseos, la cual hacía tiempo que llamaba la atención de la policía.

Allí había aparecido Thénardier y le había seguido. Ya se sabe lo demás.

Compréndese también que aquella reja tan obsequiosamente abierta á Juan Valjean, era una habilidad de Thénardier. Thénardier sentía siempre allí á Javert; el hombre espiado tiene un olfato que no le engaña. Era preciso arrojar algo que roer á aquel sabueso.

Un asesino, ¡qué buen hallazgo! No convenía desperdiciar tanta fortuna.

Thénardier, haciendo salir en su lugar á Juan Valjean, proporcionaba una presa á la policía, que así desistiría de perseguirle, y le olvidaría ante un asunto de mayor urgencia; recompensaba á Javert de su espera, lo que lisonjea siempre á un espía; ganaba treinta francos, y se prometía entre tanto un fácil escape para él, mediante aquella diversión.

Juan Valjean había pasado de un escollo á otro.

Aquellos dos encuentros seguidos, cayendo de Thénardier á Javert, eran en verdad duros.

Javert no conoció á Juan Valjean, quien como hemos dicho, no se parecía á sí mismo.

Sin separar los brazos, aseguró mejor el rompecabezas en su puño con movimiento imperceptible, y dijo con acento seco y tranquilo:

—¿Quién sois?

—Yo.

—¿Quién es... yo?

—Juan Valjean.

Javert se puso el rompecabezas entre los dientes, dobló las corvas, inclinó el cuerpo, apretó sobre los hombros de Juan Valjean sus dos robustas manos que se encajaron allí como dos tornillos, examinóle, y le reconoció.

Casi se tocaban sus rostros.

La mirada de Javert era terrible.

Juan Valjean permanecía inerte bajo la presión de Javert, como un león que tolerase la garra de un lince.

—Inspector Javert,—le dijo,—os pertenezco. Además desde esta mañana me juzgo vuestro prisionero. No os he dado las señas de mi casa para tratar luego de evadirme. Apoderaos de mi persona. Sólo os pido una cosa.

Javert parecía no oir; tenía clavadas sus pupilas en Juan Valjean.

Su barba fruncida empujaba los labios hacia la nariz, prueba de meditación feroz. Por último, soltó á Juan Valjean, irguióse de repente, cogió de nuevo su rompecabezas, y como en sueños, murmuró más bien que pronunció esta pregunta:

—¿Qué hacéis ahí? ¿Quién es ese hombre?

Continuaba sin tutear á Juan Valjean.

Juan Valjean contestó, y el sonido de su voz pareció despertar á Javert.

—De él quería precisamente hablaros. Disponed de mí como os plazca; pero antes ayudadme á llevarle á su casa. No os pido otra cosa.

El rostro de Javert se contrajo, como le sucedía siempre que alguien parecía creerle capaz de alguna concesión. Sin embargo, no dijo que no.

Inclinóse de nuevo, sacó del bolsillo un pañuelo, que humedeció en el agua, y limpió la frente ensangrentada de Mario.

—Este hombre estaba en la barricada,—dijo á media voz y como hablando consigo mismo.—Es el que designaban con el nombre de Mario.

Conocíase en esto al espía por excelencia, que lo había observado, oído, entendido y recogido todo, creyendo morir; que espiaba hasta en la agonía, y que, con el pie en la primera grada del sepulcro, había tomado notas.

Cogió la mano da Mario y buscó el pulso.

—Es un herido,—dijo Juan Valjean.

—Es un muerto,—contestó Javert.

Juan Valjean respondió.

—Todavía no.

—¿Le habéis traído entonces aquí desde la barricada?—observó Javert.

Necesitábase que su preocupación fuese mucha para no insistir en aquella salvación sospechosa al través de la cloaca, ni advertir siquiera el silencio de Juan Valjean después de su pregunta.

Juan Valjean, por su parte, parecía no tener más que un solo pensamiento, y prosiguió:

—Vive en el Marais, calle de las Hijas del Calvario, en casa de su abuelo... No recuerdo el nombre.

Juan Valjean registró en la levita de Mario, sacó la cartera, la abrió en la página donde Mario había escrito con lápiz, y se la mostró á Javert.

Había aún en el espacio, bastante claridad flotante para que se pudiera leer; además de que los ojos de Javert poseían la fosforescencia felina de las aves nocturnas.

Y descifrando las pocas líneas escritas por Mario, dijo entre dientes: «Guillenormand, calle de las Hijas del Calvario, número 6».

Y luego gritó: ¡Cochero!

Recuérdese el carruaje de plaza que estaba esperando por si acaso.

Javert se guardó la cartera de Mario.

Un momento después, el carruaje, bajando por la rampa del abrevadero, estaba en el ribazo.

Mario fué colocado en el asiento del interior, y Javert y Juan Valjean ocuparon el delantero.

Cerrada ya la portezuela, alejóse el coche rápidamente, subiendo por los muelles en dirección á la Bastilla.

Dejaron los muelles y entraron en las calles. El cochero, silueta negra desde el pescante, arreaba á sus escuálidos caballos. Silencio glacial dentro del carruaje. Mario, inmóvil, con el torso del cuerpo apoyado en uno de los ángulos, la cabeza caída sobre el pecho, los brazos colgando y las piernas tiesas, parecía no aguardar otra cosa que el ataúd.

Hubiérase dicho que Juan Valjean estaba hecho de sombra y Javert de piedra; y en aquel tenebroso carruaje, cuya parte interior, cada vez que pasaba por delante de un farol, se teñía de cierta luz pálida como un relámpago intermitente, la casualidad había reunido, y como colocado frente á frente y como confrontándolas, las tres inmovilidades trágicas: el cadáver, el espectro y la estatua.

[Pg 524]

X
La vuelta del hijo pródigo de su vida

Á cada vaivén del carruaje una gota de sangre caía de entre los cabellos de Mario.

Era ya cerrada la noche cuando llegaron al número 6 de la calle de las Hijas del Calvario.

Javert fué el primero que bajó, y después de cerciorarse de que aquella era la casa que buscaba, levantó el pesado aldabón de hierro de la puerta cochera, que figuraba, según la antigua moda, un macho cabrío y un sátiro frente á frente, y dió un gran golpe.

Entreabrióse apenas la puerta, y Javert la empujó.

El portero apareció á medias, bostezando, entre dormido y despierto, con una vela en la mano.

Todos dormían en la casa.

En el Marais se acuestan las gentes muy temprano, sobre todo los días de motín. Este bueno y antiguo barrio, amilanado por la revolución, se refugia en el sueño, así como los niños, cuando oyen que viene [Pg 525] el coco, se cubren la cabeza con el cobertor de la cama.

Entretanto Juan Valjean y el cochero sacaron á Mario del carruaje, sosteniéndolo el primero por los sobacos y el segundo por las corvas.

Al verificar esta operación, Juan Valjean introdujo la mano bajo los destrozados vestidos de Mario, tentó el pecho, y se convenció de que el corazón latía aún, y hasta que latía menos débilmente, como si el movimiento del coche, hubiera determinado en él cierta renovación de vida.

Javert interpeló al portero con ese tono natural del que manda ante el portero de un faccioso.

—¿Vive aquí alguien que se llama Guillenormand?

—Aquí vive. ¿Qué se os ofrece?

—Le traemos su nieto.

—¡Su nieto!—exclamó atónito el portero.

—Muerto.

Juan Valjean, que venía detrás de Javert, harapiento y sucio, y á quien el portero miraba con cierto horror, le indicó que no, con la cabeza.

El portero no pareció comprender las palabras de Javert, ni la seña de Juan Valjean.

Javert continuó:

—Fué á la barricada, y ahí le tenéis.

—¡Á la barricada!—exclamó el portero.

—Se ha hecho matar. Id á buscar á su abuelo.

El portero no se movía.

—¡Vais ó no!—repuso Javert.

Y añadió:

—Mañana habrá aquí entierro.

Para Javert los incidentes naturales del servicio público estaban clasificados por categorías, lo cual es el comienzo de la previsión y de la vigilancia; y cada eventualidad tenía su compartimiento; los hechos posibles llegado el caso, en cantidades variables, clasificando así los sucesos de la calle en ruido, motín, carnaval, entierro.

El portero se limitó á despertar á Vasco; Vasco despertó á Nicolasita; Nicolasita despertó á la señorita Guillenormand, la tía de Mario.

En cuanto al abuelo, dejósele dormir, calculando que sabría harto pronto aquella desgracia.

Subieron á Mario al primer piso, sin que nadie se enterase de ello en el resto de la casa, y se le acomodó en un antiguo canapé de la antecámara del señor Guillenormand.

Mientras iba Vasco á por un médico, y Nicolasa abría los armarios de la ropa blanca, Juan Valjean le tocaba en el hombro.

Comprendió, y bajó la escalera seguido del inspector de policía.

El portero los vió partir como los había visto llegar, entre cierta somnolencia de espanto.

Entraron de nuevo en el carruaje, y el cochero ocupó su asiento.

—Inspector Javert, dijo Juan Valjean, concededme aún otra cosa.

—¿Cuál?—preguntó duramente Javert.

—Dejadme que entre un momento en mi casa. Después haced de mí lo que queráis.

Javert permaneció silencioso algunos instantes, con la barba hundida en el alto cuello de su levitón; luego bajando el vidrio delantero, dijo:

—Cochero, calle del Hombre-Armado, número 7.

[Pg 526]

XI
Sacudimiento de lo absoluto

No volvieron á despegar los labios en todo el trayecto.

¿Qué es lo que quería Juan Valjean? Acabar lo que había principiado, advertir á Cosette, decirle dónde estaba Mario, darle quizá alguna otra indicación útil, tomar, si podía, ciertas disposiciones supremas. En cuanto á él, en cuanto á lo que le concernía personalmente, era asunto concluido; habíale cogido Javert, y no se resistía. Cualquier otro, en semejante situación, hubiera pensado tal vez vagamente en la cuerda de Thénardier y en los barrotes del primer calabozo donde entrase; pero desde lo que le sucedió con el obispo, había en Juan Valjean, tratándose de un atentado, aún siendo contra sí mismo, insistamos en repetirlo, una profunda vacilación religiosa.

El suicidio, esa misteriosa vía de hecho en lo desconocido, que puede contener hasta cierto punto la muerte del alma, resultaba imposible en Juan Valjean.

Á la entrada de la calle del Hombre Armado, el coche se detuvo; era demasiado estrecha para que pudieran entrar en ella los carruajes. Javert y Juan Valjean se apearon.

El cochero observó humildemente al «señor inspector» que el terciopelo de Utrecht de su carruaje estaba manchado de sangre del hombre asesinado, y de barro del asesino. Esto era lo que había comprendido. Añadiendo que se le debía indemnizar.

Y sacando al mismo tiempo su libreta, suplicó al señor inspector tuviese la bondad de escribirle en ella «un breve testimonio que le asegurase...».

Javert rechazó la libreta que le alargaba el cochero y le dijo:

—¿Cuánto te debo, incluso el tiempo de la parada y la carrera?

—Hay que contar siete horas y cuarto, respondió el cochero; el terciopelo estaba nuevo. Ochenta francos señor inspector.

Javert sacó del bolsillo cuatro luises de oro, y despidió el carruaje.

Juan Valjean supuso que la intención de Javert era conducirle á pie al cuerpo de guardia de Blanes-Manteaux, ó al de los Archivos, que estaban allí cerca.

Penetraron en la calle, que como de costumbre, estaba desierta. Javert seguía á Juan Valjean.

Llegaron al número 7. Juan Valjean llamó á la puerta y ésta se abrió.

—Está bien,—dijo Javert;—subid.

Y añadió con extraña expresión, y como si le costase esfuerzo hablar así:

—¡Aquí os aguardo!

Juan Valjean miró á Javert. Aquella manera de obrar desdecía de la costumbre del inspector de policía; pero resuelto como se mostraba Juan Valjean á entregarse y acabar de una vez, no debía sorprenderle mucho que Javert tuviese en aquel caso cierta altiva confianza, la confianza del gato que concede al ratón una libertad de la longitud de su garra. Empujó la puerta, entró en la casa, diciendo al portero que estaba acostado, y que desde su cama había tirado del cordón de la puerta:

—Soy yo.

Y subió la escalera.

Al llegar al primer piso se paró un momento.

Todas las vías dolorosas tienen sus estaciones.

La ventana del descansillo, que era de guillotina, estaba abierta. Como en muchas casas antiguas, la escalera tenía vistas á la calle. El farol público, colocado precisamente enfrente de la casa, daba alguna claridad á los escalones, lo que equivalía á un ahorro de alumbrado.

Juan Valjean, sea para respirar, sea maquinalmente, sacó la cabeza por la ventana, inclinóse y pudo ver toda la calle, que es corta y que resultaba alumbrada por el farol de un extremo á otro. Juan Valjean tuvo un aturdimiento de estupor; ya no había nadie.

Javert se había ido.

[Pg 527]

XII
El abuelo

Vasco y el portero habían transportado á la sala á Mario, que seguía tendido é inmóvil, en el canapé donde se le había dejado al llegar.

El médico, á quien habían ido á llamar, estaba allí.

La señorita Guillenormand se había levantado yendo y viniendo, asustada, juntando las manos, é incapaz de hacer otra cosa que exclamar:

—¡Es posible, Dios mío!

Añadiendo de cuando en cuando: ¡Todo va á llenársenos de sangre!

Pasado el primer horror, iluminó su espíritu cierta filosofía de la situación, que se revelaba en esta exclamación: ¡Esto había de acabar así!...

[Pg 528]

Pero no completó el pensamiento con la frase: ¡Ya lo había dicho yo! tan usada en casos semejantes.

Por orden del facultativo, se había habilitado un catre de tijera junto al canapé.

El médico examinó á Mario, y después de cerciorarse de que continuaban los latidos del pulso, de que el joven no tenía en el pecho ninguna herida profunda, y de que la sangre de los labios provenía de las fosas nasales, le hizo tender en el catre, sin almohada, con la cabeza á nivel del cuerpo, y aún algo más baja, desnudo todo el busto, á fin de facilitar la respiración.

La señorita Guillenormand viendo que iban á desnudar á Mario, se retiró; yéndose á rezar el rosario en su cuarto.

El cuerpo no había recibido ninguna lesión interior; una bala, amortiguada al dar sobre la cartera, se había desviado, y corriéndose por la costillas, había abierto una grieta de horrible aspecto, pero sin profundidad, y por consiguiente sin peligro.

El prolongado paseo subterráneo había acabado de dislocar la clavícula rota, y esto presentaba serias complicaciones.

Tenía los brazos acuchillados, pero ningún tajo desfiguraba su rostro.

Sin embargo, la cabeza estaba cubierta de heridas.

¿Debían ser peligrosas aquellas heridas? ¿Deteníanse en la superficie? ¿Llegaban al cráneo? No se podía decir aún. Era un síntoma grave que hubiesen producido el desmayo, y no siempre se despierta de los desmayos de esta clase. La hemorragia, además, había debilitado al herido.

De la cintura abajo habíale protegido la barricada.

Vasco y Nicolasita se ocupaban en rasgar trapos y preparar vendas. Nicolasa las cosía, y Vasco las arrollaba. Faltaban hilas, pero el médico había restañado provisionalmente la sangre de las heridas con bolitas de algodón en rama.

Sobre una mesa, al lado de la cama, había tres bujías encendidas, con el estuche de cirugía abierto.

El médico lavó el rostro y los cabellos de Mario con agua fría. En un instante quedó teñido de rojo un cubo lleno.

El portero alumbraba.

El médico parecía meditar tristemente.

De cuando en cuando hacía signos negativos con la cabeza, como respondiendo á alguna pregunta interior. Acostumbran á ser de mal agüero para el enfermo estos misteriosos diálogos del médico consigo mismo.

En el momento en que el médico limpiaba el rostro y tocaba apenas con el dedo los párpados siempre cerrados de Mario, abrióse la puerta del fondo, apareciendo en el umbral una figura alta y pálida.

Era el abuelo.

El motín hacía dos días que traía muy inquieto, indignado y preocupado [Pg 529] al señor Guillenormand. No había podido dormir durante la noche anterior, y durante el día había estado calenturiento. Se había acostado al anochecer, recomendando que se echasen todos los cerrojos en la casa, y abrumado de fatiga estaba dormitando.

Los ancianos tienen el sueño ligero; el cuarto del señor Guillenormand estaba contiguo á la sala; así fué que á pesar de todas las precauciones que se tomaron, el ruido le despertó.

Sorprendido de ver luz á través de las rendijas de la puerta, saltó de la cama dirigiéndose á tientas á la sala.

Estaba en el umbral, con la mano apoyada á la puerta á media abrir, la cabeza temblorosa y un poco inclinada hacia adelante, el cuerpo envuelto en una bata de noche, blanca, estirada y sin pliegues como un sudario: atónito. Parecía un fantasma mirando en una tumba.

Vió el catre y sobre el colchón aquel joven ensangrentado blanco como la cera, con los ojos cerrados, la boca abierta, los labios descoloridos, desnudo hasta la cintura, lleno de heridas rojas é inmóvil, vivamente alumbrado.

El abuelo sintió de los pies á la cabeza todo el estremecimiento de que son capaces unos miembros casi osificados: sus ojos, cuya córnea estaba casi amarilla por causa de su avanzada edad, se velaron con una especie de reflejo vidrioso, toda su cara tomó en un instante los ángulos terrosos de una calavera; sus brazos cayeron colgando como si se les hubiera roto el resorte que los sustentaba, y su estupor se adivinaba por la separación de los dedos de sus trémulas manos; sus rodillas formaron un ángulo hacia adelante, dejando entrever por la abertura de la bata sus pobres piernas desnudas y erizadas de blanco vello; mientras exclamó balbuceando:

—¡Mario!

—Señor,—dijo Vasco,—acaban de traer al señorito. Ha estado en la barricada, y...

—¡Está muerto!—gritó el anciano con voz terrible.—¡Ah, tunante!

Entonces una especie de transfiguración sepulcral irguió como un muchacho á aquel centenario.

—Señor mío,—dijo,—vos sois el médico; empezad por decirme francamente. Está muerto, ¿verdad?

El médico, en el colmo de la ansiedad, guardó silencio.

El señor Gruillenormand retorció sus manos, prorrumpiendo en una espantosa carcajada.

—¡Está muerto! ¡Está muerto!. ¡Se ha hecho matar en las barricadas... por odio á mí! ¡Ha sido en contra mía que ha hecho esto! ¡Ah! ¡Bebedor de sangre! ¡Es así como vuelves á casa! ¡Mísero de mí! ¡Ay! ¡Está muerto!

Y dirigiéndose á la ventana, la abrió de par en par como si se ahogase; y de pie, ante las sombras de la noche, se puso á hablar con ellas:

[Pg 530]

—¡Traspasado, acuchillado, degollado, exterminado, desmenuzado, hecho pedazos! ¡Sabía que yo le esperaba, que había hecho arreglar su cuarto, y colgar á la cabecera de mi cama su retrato de cuando era niño! ¡Sabía que no tenía más que volver, y que no he cesado de llamarle en tantos años; y que todas las noches me sentaba al hogar con las manos en las rodillas, no sabiendo qué hacer, y que por él me había vuelto loco!

«¡Tú sabías esto; tú sabías perfectamente que con sólo entrar y decir: «Soy yo», ibas á ser el amo de casa, y yo te hubiera obedecido, y hubieras dispuesto á tu sabor del bobalicón de tu abuelo! Lo sabías, y has dicho: «¡No; es un realista, y no iré!». ¡Y te has ido á las barricadas, y te has hecho matar por perversidad! ¡Por vengarte de lo que te dije á propósito del señor duque de Berry! ¡Es una conducta infame! ¡Y luego acostaos y dormid tranquilos! Para encontrármelo muerto. ¡Vaya un despertar!».

El médico, que empezaba á alarmarse por los dos, dejó un momento á Mario, y yendo á la ventana, cogió al Señor Guillenormand del brazo. Volvióse el abuelo, le miró con ojos que parecían agrandarse y brotar sangre, y díjole con calma:

—Señor mío, os lo agradezco mucho, pero estoy tranquilo; soy un hombre que ha visto la muerte de Luis XVI, y sabe sobrellevar las desgracias. Lo terrible para mí es pensar que vuestros periódicos tienen la culpa de todo. Tendréis escritorzuelos, habladores, abogados, oradores, tribunos; discusiones, progresos, luces, derechos del hombre, libertad de imprenta, y todo cuanto queráis, pero os traerán así á casa los hijos. ¡Ah, Mario! ¡Esto es abominable! ¡Asesinado! ¡Muerto antes que yo! ¡Y en una barricada! ¡Ah, pícaro!

«Doctor. Creo que vivís en este barrio. Sí, os conozco perfectamente. Desde mi ventana os veo pasar en vuestro cabriolé. Debo decíroslo. Haríais mal en creer que estoy irritado. No es posible irritarse contra un muerto. Sería una barbaridad. Es un niño á quien he criado. Yo era ya viejo, cuando él era todavía chiquitín. Jugaba en las Tullerías con una pala pequeñita y un carrito, y para que los inspectores no gruñesen, iba yo tapando con mi bastón los agujeros que él hacía con su pala en la arena. Un día gritó: «¡Abajo Luis XVIII» y se fué. No es mía la culpa.

«Era sonrosado y rubio. Su madre ha muerto. ¿No habéis reparado que todos los niños son rubios? ¿En qué consiste eso? Es hijo de uno de esos pícaros del Loire; pero los hijos son inocentes de los crímenes de sus padres.

«Recuerdo que cuando era así de pequeño... ¡Cuánto le costaba pronunciar la d! En la dulzura del acento se le hubiera creído un pájaro. Un día, delante del Hércules Farnesio, se formó un corro por admirarle; ¡tan hermoso era! Su cabeza se parecía á las que se ven en los cuadros de ángeles. Yo ahuecaba la voz y le metía miedo con el bastón; pero él sabía muy bien qué era ello.

[Pg 531]

«Por la mañana, cuando entraba en mi cuarto, yo refunfuñaba, pero su presencia me hacía el efecto del sol. No hay defensa contra estos mocosos. En cuanto le cogen á uno, ya no le vuelven á soltar. La verdad es que no había nada tan cariñoso y cándido como ese niño.

«¡Vénganme á mí ahora hablando de los Lafayette, de los Benjamín Constant y de los Estirasuelas de Corcelles, que me lo asesinan! Esto no puede quedar así».

Acercóse á Mario, que seguía lívido é inmóvil, y á cuyo lado había vuelto otra vez el médico, y empezó de nuevo á retorcer los brazos.

Los blancos labios del anciano se agitaban como maquinalmente, y de ellos salían como soplos estertóreos, palabras casi ininteligibles que se oían apenas:

—¡Ah desalmado! ¡Ah clubista! ¡Ah malvado! ¡Ah setembrista!

Reproches en voz baja de un agonizante á un cadáver.

Poco á poco y siendo como es indispensable que estallen las erupciones interiores, el encadenamiento de las palabras se restableció; pero parecía faltarle ya al abuelo la fuerza necesaria al pronunciarlas; su voz estaba tan sorda y apagada como si viniese del otro lado de un abismo.

—¡Me es ello igual, puesto que también voy á morir! ¡Y cuando pienso que no hay en París una mujer que no se hubiera alegrado de labrar la felicidad de ese miserable! ¡Un salvaje que en vez de divertirse y de disfrutar de la vida, ha ido á combatir, y se ha dejado ametrallar como un tonto! ¿Y por quién? ¿Por qué? ¡Por la república! ¡En vez de ir á bailar á la Chaumière, como deben hacer los jóvenes! ¡De qué le ha servido tener veinte años! ¡La república, lindo perifollo de necedades!

«¡Pobres madres, dad, dad buenos mozos al mundo! En fin, está muerto. Habrá dos entierros en la casa.

«¡Te has dejado adornar de ese modo por los bellos ojos del general Lamarque! ¿Qué favores te había dispensado ese general Lamarque? ¡Un matachín! ¡Un charlatán! ¡Dejarse matar por un difunto! ¡Hay para volverse loco! ¿Puede esto explicarse? ¡Y sin volver la vista, sin mirar si en el mundo quedaba alguno detrás de él! ¡Ay! ¡Ahora los pobres viejos habrán de morirse solos! ¡Revienta ahí en ese rincón, búho!

«Pues bien; á la verdad, más vale así, ya me lo esperaba; esto me va á matar sin remedio. Soy demasiado viejo; tengo cien años, tengo mil años; hace mucho tiempo que tengo el derecho de morir. Con este golpe se acabó todo. Todo concluyó: ¡qué felicidad! ¿Á qué viene hacerle ahora respirar ese amoníaco y todas estas drogas? ¡Trabajo inútil, torpe de médico! Idos, está muerto, bien muerto. Lo digo yo, que entiendo de eso; yo, que también estoy muerto. No ha hecho nunca él las cosas á medias. ¡Sí; los tiempos que corremos son infames, infames, y he aquí lo que pienso de vosotros todos, de vuestras ideas, sistemas, maestros, oráculos y doctores, como de vuestros escritorzuelos, de vuestros míseros filósofos y de todas las revoluciones que espantan desde hace sesenta años á esas nubes de cuervos de las Tullerías!

«¡Y ya que has sido implacable haciéndote matar como lo has hecho, tampoco tendré yo siquiera el pesar de tu muerte! ¿Lo entiendes, asesino?».

En aquel momento abrió Mario lentamente los párpados, y su mirada, velada aún por el asombro letárgico, se fijó en el señor Guillenormand.

—¡Mario!—exclamó el anciano.—¡Mario! ¡Hijo mío! ¡Hijo de mi alma! ¡Hijo amado! ¡Abres los ojos, me miras, estás vivo! ¡Gracias, hijo mío, gracias!

Y cayó desmayado.

[Pg 532]

LIBRO CUARTO

I
Javert desviado

Javert se había alejado á paso lento de la calle del Hombre Armado.

Caminaba con la cabeza baja por primera vez en su vida, y también por primera vez en su vida con las manos cruzadas atrás.

Hasta aquel día Javert no había tomado de las dos actitudes de Napoleón, otra que la que denota resolución, los brazos cruzados sobre el pecho; la que expresa incertidumbre, esto es, la de las manos detrás, le era desconocida. Habíase verificado en él un gran cambio; toda su personalidad, lenta y sombría aparecía impresa de ansiedad.

Internóse por calles silenciosas.

Sin embargo, seguía una dirección.

Tomó por el camino más corto hacia el Sena, llegó al muelle de los Olmos, le costeó, dejó tras de sí la Grève, y se detuvo á cierta distancia del cuerpo de guardia de Châtelet, en el ángulo del puente de Nuestra Señora. El Sena, entre el puente de Nuestra Señora y el Pont au Change por un lado, y los muelles de la Megisserie y de las Flores por el otro, forma una especie de lago cuadrado atravesado por una corriente.

Este punto del Sena, desagrada mucho á los marineros.

Nada tan peligroso como aquella corriente, irritada en aquella época por las estacas del molino del puente, hoy demolido.

Los dos puentes, tan próximos uno á otro, aumentan el peligro, y el agua se precipita de una manera formidable debajo de los arcos. Rueda allí formando ondas horribles; acumúlase, amontónase, forcejea contra los pilares como queriendo arrancarlos con gruesas cuerdas líquidas.

Los hombres que allí caen no reaparecen más; allí los más diestros nadadores se ahogan.

Javert apoyó los dos codos en el parapeto, la barba en ambas manos, [Pg 533] y mientras sus uñas se crispaban maquinalmente en sus pobladas patillas, púsose á meditar.

En el fondo de su alma acababa de pasar una novedad, una revolución, una catástrofe, y debía examinarse.

Javert sufría horriblemente.

Hacía algunas horas que había cesado de ser sencillo. Estaba turbado; aquel cerebro, tan límpido en su ceguera, había perdido su trasparencia; una nube empañaba aquel cristal. Javert sentía en su conciencia dividirse el deber, y no podía disimulárselo.

Cuando encontró tan inesperadamente á Juan Valjean en el ribazo del Sena, sintió en su interior algo del lobo que se apodera de nuevo de su presa, y del perro que vuelve á hallar á su amo.

Veía entre sí dos sendas, igualmente rectas; pero eran dos, y esto le aterraba, que en toda su vida no había conocido jamás sino una sola línea derecha. Y para colmo de angustias, aquellas dos sendas eran opuestas. La una de aquellas dos rectas excluía la otra.

¿Cuál sería la verdadera?

Su situación era inexplicable.

Deber la vida á un malhechor; aceptar y reembolsar esta deuda; ser, á pesar de sí mismo, nivelado á un perseguido por la justicia, y pagarle un servicio con otro servicio; dejar que le dijese: «Vete», y decirle á su vez: «Se libre»; sacrificar á causas personales el deber, esta obligación general, y sentir en aquellas causas personales algo de general también, y tal vez superior; traicionar á la sociedad por ser fiel á su conciencia y realizarse semejantes absurdos, acumulándose sobre su persona, le aterraba en verdad.

Una cosa le había admirado, y era que Juan Valjean le hubiese perdonado; y otra cosa le petrificaba y era, que él, Javert, hubiese perdonado á Juan Valjean.

¿Dónde estaba él entonces? Buscábase, y no acertaba á dar consigo.

¿Qué había de hacer? Entregar á Juan Valjean, era mal hecho; pero mal hecho también era dejarle libre.

En el primer caso, el representante de la autoridad caía más bajo que el presidiario; en el segundo, el presidiario se sobreponía á la ley y la pisoteaba. En ambos casos, era el deshonor para Javert.

En cualquier partido que tomara había caída.

El destino tiene extremados precipicios sobre lo imposible, más allá, de los cuales la vida no es más que un abismo.

Javert se encontraba en el borde de uno de estos precipicios.

Angustiábale tener que pensar. La misma violencia de todas aquellas emociones contradictorias le obligaba á ello. ¡Pensar! Cosa inusitada para él y singularmente dolorosa.

Hay siempre en el pensamiento cierta cantidad de rebelión interior, y le irritaba sentirla en sí.

[Pg 534]

El pensar sobre cualquier asunto ajeno al estrecho círculo de sus funciones, hubiera sido para él, en todos casos, siempre inútil y fatigoso; pero tratándose de lo de aquel día que acababa de transcurrir, resultaba un tormento. Sin embargo, había que examinar la conciencia después de tales sacudimientos, y darse cuenta de sí mismo y á sí mismo.

Estremecíale lo que acababa de hacer, él, Javert, decidiendo contra todos los reglamentos de policía, contra toda la organización social y judicial, contra el código entero, poner en libertad á un hombre, porque así le había convenido, sustituyendo sus negocios particulares á los negocios públicos. ¿No era esto incalificable?

Cada vez que fijaba su mente en aquella acción sin nombre, temblaba de pies á cabeza.

¿Qué resolución debería tomar?

Un solo recurso le quedaba; volver enseguida á la calle del Hombre-Armado, y apoderarse de Juan Valjean. Era evidente que no debía hacer otra cosa. Y no podía.

Algo le cerraba el camino por aquel lado.

¿Algo? ¿qué? ¿Hay algo en el mundo después de los tribunales, de las sentencias ejecutorias, de la policía y de la autoridad? Javert estaba trastornado. ¡Sagrado un presidiario! ¡Un presidiario no debía ser preso por la justicia! ¡Y esto por culpa de Javert!

¿No era horrible que Javert y Juan Valjean, el hombre nacido para castigar, y el hombre nacido para sufrir, ambos á dos dependientes de la ley, hubiesen llegado al extremo de sobreponerse á ella?

¿Cómo? ¡Habían de ocurrir semejantes atrocidades y sin que nadie fuera castigado! ¡Juan Valjean, más fuerte que todo el orden social, se vería libre, y Javert continuaría comiendo el pan del gobierno!

Poco á poco aquella meditación tomaba un aspecto terrible.

Hubiera podido dirigir también á su conciencia algún cargo con motivo del insurrecto conducido á la calle de las Hijas del Calvario, pero no pensaba en él. La falta menor se perdía en la mayor.

Además, tratábase de un hombre evidentemente muerto, y con la muerte termina la persecución legal.

Juan Valjean: ése era el peso que abrumaba su espíritu.

Juan Valjean le desconcertaba. Los axiomas que habían sido los puntos de apoyo de toda su vida, caían por tierra ante aquel hombre. La generosidad de Valjean para con él le tenía agobiado.

Recordaba hechos que en otro tiempo había calificado de mentira y locuras, y que á la sazón le parecían realidades.

El señor Magdalena reaparecía detrás de Juan Valjean, superponiéndose ambas figuras sin formar más que una, que era venerable. Javert sentía penetrar en su alma algo horrible; la admiración hacia un presidiario. Pero ¿es concebible el respeto á un presidiario? Esta obra le horrorizaba, y sin embargo no podía sustraerse á ella.

[Pg 535]

Por esfuerzos que hiciera se veía obligado á confesar en su fuero interno la sublimidad de aquel miserable. Esto era odioso.

Un malhechor benéfico, un presidiario compasivo, dulce, clemente; recompensando el mal con el bien; dando contra el odio el perdón; prefiriendo la piedad á la venganza; conformándose con perderse á sí mismo antes que perder á su enemigo; salvando al que le había maltratado, arrodillado en lo más elevado de la virtud, más cerca del ángel que del hombre; era un monstruo cuya existencia tenía que confesar Javert.

Aquello no podía seguir así.

Es verdad que él no se había rendido de buen grado á aquel monstruo, á aquel ángel infame, á aquel héroe horrible, que le causaba tanta indignación como asombro. Veinte veces había sentido tentaciones de arrojarse sobre Juan Valjean, cogerle y devorarle, esto es, prenderle.

¿Había, en efecto, nada más sencillo?

Gritar delante del primer cuerpo de guardia; «¡un presidiario escapado!»; llamar á los gendarmes y decirles: «¡Ahí tenéis este hombre!»; marcharse enseguida, dejar allí á aquel condenado, ignorar lo que siguiese, y no volverse á ocupar más de ello. Ese hombre debía ser para siempre el prisionero de la ley; la ley debía hacer de él lo que quisiera. ¿Hay algo más justo?

Javert había pensado todo esto, había querido ponerlo en ejecución, prender á aquel hombre, y entonces, como ahora, habíale sido imposible; cada vez que la mano del inspector de policía se levantaba convulsivamente sobre Juan Valjean por cogerle del cuello, aquella mano, como si tirase de ella una fuerza enorme, había vuelto á caer, y en el fondo de su pensamiento oía una voz, una voz extraña que le gritaba: «Está bien. Entrega á tu salvador; haz traer enseguida la jofaina de Poncio Pilatos, y lávate las garras».

Después se examinaba á sí mismo, y junto á Juan Valjean ennoblecido, contemplaba degradado á Javert.

¡Un presidiario era su bienhechor!

Pero, ¿por qué le había permitido á aquel hombre perdonarle la vida?

En aquella barricada tenía el derecho de morir, y hubiera debido hacer uso de este derecho. Hubiera debido llamar á los otros insurrectos en auxilio suyo contra Juan Valjean, hacer que por fuerza le fusilasen; esto era preferible.

Su angustia suprema era la desaparición de la certidumbre. Se sentía desencajado. El código no era ya más que algo descompuesto en su mano. Acometíanle escrúpulos de una especie desconocida.

Efectuábase en él una revelación de sentimientos enteramente distinta de la afirmación legal, su regulador único hasta entonces. Continuar en su honradez antigua no era ya bastante.

Un orden completo de hechos inesperados surgía y le subyugaba. Era aquello para su alma un mundo nuevo: el beneficio aceptado y devuelto, [Pg 536] el sacrificio, la misericordia, la indulgencia, las violencias hechas por la piedad á la austeridad, la acepción de personas, nada de sentencias definitivas, nada de condenas, la posibilidad de una lágrima en los ojos de la ley, una justicia ignorada según Dios, dirigida en sentido contrario según los hombres.

Creía estar viendo en las tinieblas la imponente aparición de un sol moral desconocido, que le producía á la vez horror y deslumbramiento. Búho obligado á las miradas del águila.

Decíase á sí mismo que había excepciones, que la autoridad podía desconcertarse, que la regla podía resultar incompleta ante un hecho, que no cabía todo en el texto del código, que lo imprevisto se hacía obedecer, que la virtud de un penado podía tender un lazo á la virtud de un funcionario, que lo monstruoso podía ser divino, que el destino tenía emboscadas como aquélla y calculaba en su desesperación que, ni él mismo, estaba al abrigo de una sorpresa.

Veíase obligado á reconocer que existía la bondad. Aquel presidiario había sido bueno; y él mismo, ¡oh rareza! iba siendo bueno también. Es decir, se estaba depravando.

Se creía cobarde, y se horrorizaba de sí mismo.

El ideal para Javert no era ser humano, grande ó sublime, sino ser irreprensible. Entonces él estaba pues faltando.

¿Cómo había podido llegar á tanto? ¿Cómo había pasado todo aquello? No hubiera sabido contestarse á sí mismo.

Oprimía su cabeza con ambas manos; pero por más que hacía, no acertaba á explicárselo.

Había tenido siempre, á no dudarlo, la intención de poner á Juan Valjean en poder de la ley, de que era cautivo, y de la cual él, Javert, era esclavo.

Ni por un momento mientras le tuvo en sus manos, le había ocurrido la idea de dejarle ir. Había abierto la mano en cierto modo, á pesar de su voluntad, y se le había escapado. Toda clase de interrogantes estaban titilando ante sus ojos. Dirigíase preguntas, dábase respuestas, y aquellas respuestas le aterraban. Preguntábase: ¿qué ha hecho ese presidiario, ese desesperado, á quien he perseguido sin cesar, que me ha tenido bajo sus pies, que podía y debía vengarse, tanto por rencor como por seguridad propia, dejándome la vida, perdonándome? ¿Ha cumplido su deber? No. Algo más. Y yo dejándole á mi vez libre, ¿qué he hecho? ¿Mi deber? No. Algo más.

¿Existe algo entonces superior al deber?

Al llegar aquí se asustaba; desafinábase su balanza; uno de los platillos caía en el abismo, el otro se elevaba á los cielos, y Javert se espantaba tanto por el que subía como por el que bajaba.

Sin ser, ni aun en último grado, lo que se llamaba volteriano ó filósofo, ó incrédulo y respetuoso, al contrario, instintivamente con la Iglesia [Pg 537] establecida considerábala tan sólo como un fragmento augusto del edificio social; para él no había más dogma que el orden, y esto le bastaba. Desde que tuvo edad de hombre y empezó á desempeñar su cargo, cifró en la policía casi toda religión. Empleamos aquí las palabras sin la menor ironía y en su acepción más seria—siendo espía como se es sacerdote. Tenía un superior, llamado Gisquet; apenas había pensado hasta entonces en la existencia de otro superior llamado Dios.

Ese nuevo jefe, Dios, lo sentía dentro de sí inesperadamente, y esto le mortificaba.

Aquella presencia inesperada le desorientaba; no sabía qué hacer de aquel superior; él, que no ignoraba que el subordinado está obligado á doblar siempre la cabeza, no debiendo ni desobedecer, ni censurar, ni discutir, y que respecto á un superior que asombra demasiado, el inferior no tiene otro remedio que presentar la dimisión.

Pero ¿cómo hacerlo para presentar la dimisión á Dios?

Fuese como fuere, y esta idea reaparecía siempre, el hecho predominante para él era que acababa de cometer una infracción espantosa. Había cerrado los ojos ante un criminal reincidente; había dado libertad á un presidiario; había robado á las leyes un hombre que le pertenecía. Nada menos que eso había hecho, y no se daba cuenta de sí mismo. No estaba seguro de su persona. Ni siquiera concebía las razones de su modo de obrar, lo cual le producía vértigo.

Hasta entonces, había vivido con la fe ciega que engendra la probidad tenebrosa. Abandonándole aquella fe, le faltaba esta probidad. Todo cuando había creído se desvanecía. Las verdades que él no quería oir, le asediaban inexorablemente.

Era preciso ser otro hombre para lo sucesivo.

Sufría los extraños dolores de una conciencia á la que se le hubiese hecho bruscamente la operación de la catarata. Veía lo que le repugnaba ver. Sentíase vacío, inútil, dislocado de su pasada vida, destituido, disuelto. Había muerto en él la autoridad. No tenía ya pues el corazón de ser.

¡Terrible situación! Estar conmovido.

¡Ser de granito y dudar! ¡Ser la estatua del Castigo fundida por completo en el molde de la ley, y hallar de repente que bajo el pecho de bronce hay algo de absurdo y de rebelde que se parece al corazón! ¡Pagar un bien con otro bien, aunque hasta allí se hubiese creído que aquel bien era el mal! ¡Ser el perro de guardia y lamer! ¡Ser hielo y derretirse! Ser la tenaza y trocarse en mano! ¡Sentir de súbito que los dedos se abren para soltar la presa! ¡Espantosa acción!

¡El hombre proyectil sin saber ya el camino y retrocediendo!

¡Verse obligado á confesarse á sí mismo que la infalibilidad no es infalible, que puede haber error en el dogma, que no está dicho todo porque el código haya hablado, que la sociedad no es perfecta, que la [Pg 538] autoridad está complicada con la vacilación, que son posibles las conmociones en lo inmutable, que los jueces son hombres, que la ley puede engañarse, que los tribunales pueden equivocarse! ¡Ver una reja en el inmenso cristal azul del firmamento!

Lo que molestaba á Javert era el Fampoux de una conciencia recta, el descarrilamiento del alma, el aplastamiento de una probidad lanzada irresistiblemente en línea recta que se estrella contra Dios.

¡Es cierto que no deja de ser extraño que el fogonero del orden, que el maquinista de la autoridad, montado sobre el ciego caballo férreo de la rígida vía, pudiese verse desmontado por un rayo de luz; que lo inconmutable, que lo directo, lo correcto, lo geométrico, lo pasivo, lo perfecto pudiera doblegarse; que hubiera para la locomotora una vía flexible!

¿Comprendía Javert á Dios, siempre interior en el hombre, conciencia verdaderamente refractaria á la falsa conciencia; prohibición para la chispa de apagarse; orden para el rayo de acordarse del sol; inducción para el alma de reconocer la verdad absoluta puesta en confrontación con el absoluto ficticio; la humanidad imperdible; el corazón humano inadmisible; este fenómeno espléndido, el más bello quizá de nuestros prodigios interiores, Javert lo comprendía? ¿Lo penetraba? ¿Se daba cuenta de él?

No, evidentemente.

Pero bajo la presión de ese incomprensible sin contestación, sentía entreabrírsele el cráneo.

No era menor el individuo transfigurado, que la víctima de aquel prodigio; y sucumbía exasperado.

En todo ello no veía más que una inmensa dificultad de ser. Parecíale que en adelante su respiración sería un tormento continuado.

Javert no había visto nunca de lo desconocido sino lo inferior.

Hasta entonces, cuanto había habido por encima de él había sido para su mirada una superficie lisa, igual, límpida; nada ignorado, ni nuevo; nada que no fuese definido, coordinado, encadenado, preciso, exacto, circunscrito, limitado, firme, todo previsto; la autoridad era una cosa llana; ningún tropiezo en ella, ningún vértigo en su presencia. Javert no había sentido nunca nada desconocido sobre su cabeza. Lo irregular, lo inesperado, la abertura desordenada en el caos, el desliz posible en un precipicio; todo ello era propio de las regiones inferiores, de los rebeldes, de los malos, de los miserables. Á la sazón Javert retrocedía bruscamente espantado de aquella aparición inaudita: un abismo en lo alto.

¡Cómo, pues! ¡Aquel desarreglo de arriba abajo, cómo estaba todo desconcertado en absoluto!

¿De qué fiar entonces? ¡Todo aquello de que se está convencido puede hundirse!

¡Cómo! ¡Y era un miserable magnánimo quien podía encontrar la [Pg 539] parte vulnerable de la coraza de la sociedad! ¡Y un honrado servidor de la ley podía verse cogido entre dos crímenes, el crimen de dejar escapar á un hombre, y el crimen de prenderle! ¡No era, pues, cierto todo en la consigna dada por el Estado al funcionario! ¡Podía haber callejones sin salida en el deber!

¡Cómo pues! ¡Todo eso era realmente efectivo! ¿Era cierto que un antiguo criminal, doblegado bajo el peso de las condenas, pudiera enderezarse y acabar por tener razón? ¿Era esto creíble?

¿Existían casos, pues, en que la ley debía retirarse ante el crimen transfigurado, balbuceando disculpas?

—¡Sí, era ello verdad! ¡Javert lo veía, y Javert lo tocaba! Y no sólo no podía negarlo, sino que tomaba en ello parte. Eran las realidades como era abominable que los hechos positivos pudiesen llegar á semejante deformidad. Á cumplir los hechos con su deber, se hubieran limitado á ser las pruebas de la ley; los hechos, es Dios quien los envía. ¿Iría pues entonces la anarquía á descender de lo alto?

Así... y en el acrecentamiento de la angustia, y en la ilusión óptica de la consternación, borrábase todo lo que hubiese podido restringir y corregir su impresión, resumiéndose ya en lo sucesivo á sus ojos la sociedad, el género humano, y el universo entero en un simple y terrible contorno; así la penalidad, la cosa juzgada, la fuerza debida á la legislación, las sentencias de los tribunales soberanos, la magistratura, el gobierno, la prevención y la represión, la sabiduría oficial, la infalibilidad legal, el principio de autoridad, todos los dogmas sobre que reposa la seguridad política y civil, la soberanía, la justicia, la lógica que emana del código, el absoluto social, la verdad pública, todo eso se convertía en escombros, desbarajuste y caos; y aún él, Javert, el vigilante del orden, la incorruptibilidad al servicio de la policía, el perro providencial de la sociedad, quedaba vencido y anonadado... y sobre toda aquella ruina un hombre en pie, con el gorro verde en la cabeza y la aureola en la frente.

He aquí el trastorno que había alcanzado; he aquí la visión espantosa que embargaba su alma.

¿Era aquello soportable? No.

¡Estado violento, sí lo hubo! Sólo había dos maneras de salir de él. Era la una, irse resueltamente á Juan Valjean y devolver al calabozo el hombre del presidio, la otra...

Javert dejó el parapeto, é irguiendo esta vez la cabeza, dirigióse con paso firme al cuerpo de guardia indicado por un farol en una de las esquinas de la plaza del Châtelet.

Al llegar, distinguió dentro, al través de los cristales, á un gendarme, y entró. Con la sola manera de empujar la puerta de un cuerpo de guardia, los hombres de policía se conocen entre sí. Javert dijo su nombre, mostró su tarjeta al gendarme, y se sentó junto á la mesa, sobre la [Pg 540] cual ardía una vela. Había en la mesa una pluma, un tintero de plomo y papel para los casos de sumaria eventual y escribir los partes de las rondas nocturnas.

Aquella mesa, con su correspondiente silla de paja, además es una institución; existe en todos los puestos de policía, invariablemente adornada con un platillo de boj lleno de serrín, y una caja de cartón con obleas encarnadas. Es el primer escalón del sitio oficial. Allí empieza la literatura del Estado.

Javert tomó la pluma y un pliego de papel, y se puso á escribir. He aquí lo que escribió:

ALGUNAS OBSERVACIONES EN BIEN DEL SERVICIO

«En primer lugar: suplico al señor prefecto que pase la vista por estas líneas.

«Segundo: los detenidos que vienen del interrogatorio se quitan los zapatos y permanecen descalzos sobre el embaldosado mientras se les registra. Muchos tosen cuando se los vuelve al encierro. Esto ocasiona gastos de enfermería.

«Tercero: la acechamiento es una cosa buena, pero con agentes de relevo de distancia en distancia, pues convendría que, en casos importantes, dos agentes al menos no se perdiesen de vista, en razón á que, si por cualquier causa un agente afloja en el servicio, el otro le vigile y haga sus veces.

«Cuarto: no se comprende por qué motivo el reglamento especial de cárcel de las Magdalenas prohíbe al preso que tenga una silla, aún pagándola.

«Quinto: en la cantina de las Magdalenas no hay más que dos barrotes, y esto permite á la cantinera dejarse tocar la mano por los detenidos.

«Sexto: los detenidos, llamados ladrones, que llaman á los otros al locutorio, exigen dos sueldos de cada preso por gritar su nombre distintamente. Esto es un robo.

«Séptimo: por el hilo ordinario se retienen diez sueldos al preso en el taller de los tejedores; lo cual es un abuso del contratista, pues no por eso el lienzo vale menos.

«Octavo: no está muy bien que los que van á visitar la fuerza, tengan que atravesar por el patio de los monicacos para ir al locutorio de Santa María Egipcíaca.

«Noveno: es cierto que diariamente se oye á los gendarmes referir en el patio de la prefectura los interrogatorios hechos por los jueces á los detenidos. En un gendarme, que debiera ser sagrado, repetir lo que ha oído en el gabinete de instrucción es una falta grave.

«Décimo: la señora Henry es una buena mujer; su cantina está muy [Pg 541] aseada; pero es muy malo que esté al cuidado de una mujer el ventanillo del calabozo de incomunicados. Esto no es digno de la Conserjería de una gran civilización».

Javert trazó las anteriores líneas con mano firme y estilo correcto, no omitiendo una sola coma, y haciendo crujir el papel bajo su pluma. Al pie de la última línea firmó:

Javert, inspector de primera clase.

«En el cuerpo de guardia de la plaza del Châtelet, 7 junio de 1832, á eso de la una de la madrugada».

Secó la tinta fresca sobre el papel, doblólo en forma de carta, le puso una oblea, y escribió encima: Nota para la Administración. Dejóle sobre la mesa, y salió del cuerpo de guardia. La vidriera enrejada se cerró tras él.

Cruzó de nuevo diagonalmente la plaza del Châtelet, llegó al muelle, y fué á situarse con una exactitud automática en el punto mismo que había abandonado hacía un cuarto de hora; los codos, como antes, sobre el parapeto, en actitud idéntica.

Parecía no haberse movido.

Reinaba completa obscuridad. Era el momento sepulcral que sigue á la media noche. Espesas nubes cubrían las estrellas. El cielo tenía un aspecto siniestro.

No se veía una sola luz en las casas de la Cité; no pasaba un alma; cuanto alcanzaba la vista entre las sombras de calles y muelles estaba desierto; Nuestra Señora y las torres del palacio de Justicia parecían siluetas de la noche. Un farol alumbraba el pretil del muelle. Los perfiles sombríos de los puentes iban desapareciendo uno tras otro en las tinieblas. El río había engrosado con las lluvias.

El lugar en que se había apoyado Javert estaba, como se recordará, situado sobre la corriente rápida del Sena, perpendicular á la formidable espiral de remolinos que se desata y vuelve á anudar como un tornillo sin fin.

Javert inclinó la cabeza y miró.

Todo estaba negro. Nada se distinguía. Oíase el ruido de las oleadas pero no se veía el río. De cuando en cuando aparecía en aquella profundidad vertiginosa una luz que serpenteaba vagamente. Es virtud que tiene el agua de coger la luz, no se sabe dónde, en medio de la noche más completa, y convertirla en culebra.

La claridad no tardaba en disiparse, y todo volvía á quedar confuso y negro. La inmensidad parecía estar allí abierta.

Abajo, no era aquello agua, sino abismo.

La pared del muelle, abrupta, confusa, mezclada de vapor y ocultándose enseguida, producía el efecto de una muralla: lo infinito. No se veía nada, pero se sentía la frialdad hostil del agua, y el olor insípido de la piedra mojada. Subía de aquel abismo un hálito salvaje. La crecida del río, que se adivinaba mejor que se veía, el trágico susurrar de la corriente, la lóbrega grandiosidad de los arcos del puente, la caída imaginable en aquel vacío tenebroso, toda aquella sombra estaba impregnada de horror.

Javert permaneció inmóvil algunos minutos, mirando aquel abismo de tinieblas. Contemplaba lo invisible con una fijeza parecida á la atención.

Zumbaba el agua.

De pronto se quitó el sombrero, dejándolo sobre el reborde del parapeto.

Luego después una figura alta y negra, que desde lejos cualquier viandante trasnochador hubiera podido tomar por un fantasma, apareció enhiesta sobre el parapeto, se inclinó hacia el Sena, volvió á erguirse de nuevo y cayó inmediatamente en las tinieblas. Oyóse un chapoteo sordo, pero sólo la sombra estuvo en el secreto de las convulsiones de aquella forma obscura, desaparecida bajo el agua.

LIBRO QUINTO
ABUELO Y NIETO

[Pg 542]

I
Donde se ve de nuevo el árbol de la plancha de cinc

Algún tiempo después de los acontecimientos que venimos narrando, el tío Boulatruelle tuvo una viva emoción.

El tío Boulatruelle, aquel peón caminero de Montfermeil que hemos ya entrevisto en las partes tenebrosas de este libro.

Boulatruelle, como se recordará tal vez, era hombre que se ocupaba en cosas turbias y distintas. Desmenuzaba las piedras y desvalijaba á los viajeros en la carretera...

Pontonero y ladrón, soñaba sin cesar con tesoros escondidos en el bosque de Montfermeil. Esperaba en que el día menos pensado encontraría dinero enterrado al pie de algún árbol, y mientras esperaba, buscábalo en el bolsillo de los transeúntes.

Por de pronto, sin embargo, era prudente. Acababa de librarse de una buena, pues, como ya dijimos, le cogieron en el desván de Jondrette con los demás bandidos. Utilidad de un vicio: su borrachera le había salvado. No se pudo averiguar si estaba allí en clase de robado ó de ladrón; [Pg 543] de donde resultó la providencia de sobreseimiento fundado en su notorio estado de embriaguez en aquella terrible noche, y se le devolvió su libertad.

Volvió pues á tomar la clave del bosque y á ocupar el camino de Gagny y Lagny, bajo la vigilancia judicial, á seguir engravando por cuenta del Estado, cabizbajo, meditabundo, disgustado del robo que estuvo á pique de perderle, y cada vez con mayor cariño al vino, que acababa de ser su salvador.

En cuanto á la viva emoción que experimentó al poco tiempo de haber vuelto bajo el techo de césped de su choza de peón caminero, hela aquí:

Una madrugada, cuando Boulatruelle se dirigía, como de costumbre, á su trabajo, y quizá al sitio desde donde acechaba, divisó entre las ramas á un hombre que estaba de espaldas hacia él, pero cuya traza, y por lo que pudo colegir desde lejos y á la luz del crepúsculo, no le era del todo desconocida.

Boulatruelle, aunque borracho, tenía clara y excelente memoria, arma defensiva indispensable á todo el que se pone en lucha con el orden legal.

—¿Dónde diablos he visto yo algo parecido á ese hombre?—preguntóse á sí mismo.

Pero la única respuesta que se le ocurrió fué, que se parecía á alguien, cuya figura medio confusa guardaba en su memoria.

Por lo demás, Boulatruelle, prescindiendo de la identidad que no le fué posible fijar, hizo comparaciones y echó cálculos. Aquel hombre no era del país, y acababa de llegar á pie indudablemente; pues ningún carruaje [Pg 544] público pasaba á tales horas por Montfermeil. Había andado toda la noche. ¿De dónde venía? La distancia no debía ser muy grande, pues no llevaba lío ni morral.

De París, sin duda.

¿Por qué estaba en aquel bosque y á tales horas? ¿Á qué había ido allí? Boulatruelle pensó en el tesoro. Á fuerza de atormentar su memoria, recordó vagamente haber tenido ya, algunos años antes, otro encuentro parecido con un hombre que se le figuró podría muy bien ser aquel mismo.

Mientras meditaba, había bajado la cabeza, como cediendo á la presión del pensamiento; lo cual, aunque natural, fué poco hábil. Cuando volvió á levantarla ya no vió nada.

El hombre había desaparecido en el bosque entre las vaguedades del crepúsculo.

—¡Diantre!—dijo Boulatruelle;—yo he de dar con él. Yo descubriré la parroquia de ese parroquiano. Yo sabré á qué viene aquí ese paseante de Patrón Minette. Nadie tiene secretos en mi bosque que yo no averigüe.

Tomó su pico que era muy puntiagudo.

—He aquí,—murmuraba,—con qué desentrañar la tierra y á ese hombre.

Y como quien ata un cabo á otro cabo, arreglando el paso lo mejor que pudo al itinerario del desconocido, se puso en marcha á través de la enramada.

Cuando hubo dado un centenar de pasos, ayudóle el día, que empezaba á clarear. Pisadas impresas acá y allá en la arena, yerbas aplastadas, matorrales tronchados, retoños doblados entre el ramaje y que volvían á enderezarse con la graciosa lentitud de una linda muchacha que levanta sus brazos desperezándose, le indicaron una especie de pista. Siguióla, pero la perdió luego. Entretanto se pasaba el tiempo. Internóse en el bosque, y llegó á una especie de eminencia.

Un cazador madrugador que cruzaba á lo lejos de un lado á otro, silbando el aire de Guillery, le inspiró la idea de encaramarse en un árbol. Aunque viejo, era ágil. Había allí una corpulenta haya, digna de Títiro y de Boulatruelle. Subióse á ella lo más alto que pudo.

La idea era buena. Al explorar aquel sitio por el lado en que es el bosque más intrincado y agreste, Boulatruelle vió de repente al hombre.

Apenas le distinguió, cuando volvió á perderle de vista.

El hombre entró, ó mejor, se deslizó en un claro bastante lejano, oculto por grandes árboles, pero que Boulatruelle conocía muy bien por haber notado allí, cerca de un elevado montón de piedras de asperón un castaño enfermo, vendado con una plancha de zinc clavada sobre la corteza. Aquel claro es el que llamaban en otro tiempo el soto de Blarú. El montón de piedras, destinado no se sabe á qué, estaba allí hacía treinta años, y allí continúa sin duda todavía. No hay longevidad como la de un montón de piedras, á no ser la de una empalizada de tablas, sobre todo si es provisional. ¡Qué mayor razón para durar!

Boulatruelle, con la rapidez que da la alegría, se dejó caer en vez de bajar del árbol. Había encontrado la guarida, y ya sólo se trataba de apoderarse de la fiera. El famoso tesoro de sus sueños estaba allí sin duda.

No era muy fácil llegar al soto. Por los senderos trillados, llenos de revueltas incómodas, se necesitaba algo más de un cuarto de hora. En línea recta, por la espesura, allí sumamente compacta, espinosa y agreste, había que emplear una media hora larga.

Boulatruelle cometió la torpeza de no comprenderlo. Creyó en la línea recta; ilusión de óptica respetable, pero que pierde á muchos hombres. La espesura, erizada y todo, le pareció el mejor camino.

—Tomemos por la calle de Rívoli de los lobos,—se dijo.

Boulatruelle, acostumbrado á caminar siempre de través, cometió entonces la falta de ir derecho.

Internóse resueltamente entre las malezas.

Tuvo que habérselas con acebos, ortigas, espinos, agavanzos, cardos y zarzas muy irascibles, y salió lleno de arañazos.

Al pie del barranco encontró una charca que le fué preciso atravesar.

Llegó por fin, después de cuarenta minutos, al soto de Blarú, sudando, mojado, jadeante, arañado y feroz.

No había nadie.

Boulatruelle corrió al montón de piedras. El montón estaba en su sitio; nadie se lo había llevado.

En cuanto al hombre, ni la sombra. Habíase desvanecido en la selva.

Se había evadido, ¿por dónde? ¿hacia qué lado? ¿en qué espesura? No había medio de adivinarlo.

Lo más doloroso era que detrás del montón de piedras, al pie del árbol de la plancha de cinc, se notaba la tierra recientemente removida, y había un azadón olvidado ó abandonado, y un pequeño hoyo.

Este hoyo estaba vacío.

—¡Ladrón!—gritó Boulatruelle, enseñándole los puños al horizonte.

[Pg 545]

II
Deja Mario la guerra civil y se apresta para la guerra doméstica

Mario estuvo largo tiempo entre la muerte y la vida. Durante algunas semanas tuvo fiebre acompañada de delirios y síntomas cerebrales de bastante gravedad, causados más bien por la conmoción de las heridas de la cabeza, que por las heridas mismas.

Repetía el nombre de Cosette durante noches enteras en medio de la locuacidad lúgubre de la fiebre, y con la sombría obstinación del agonizante. La extensión de ciertas lesiones era un peligro serio, pues la supuración de las llagas podía fácilmente reabsorberse, y matar por consiguiente [Pg 546] al enfermo bajo ciertas influencias atmosféricas, á cada cambio de tiempo, al menor huracán, el médico se inquietaba sobremanera.

—Sobre todo que el herido no experimente la menor emoción,—decía á cada paso.

Las curas eran complicadas y difíciles, pues en aquella época no se conocía todavía el modo de fijar los aparatos y vendajes por medio del esparadrapo.

Nicolasita gastó en hilas una sábana «del tamaño de un cielo-raso», decía ella. No sin poco trabajo se pudo conseguir atajar la gangrena con lociones de cloro y el nitrato de plata.

Mientras duró el peligro, el señor Guillenormand, desatinado y sin moverse de la cabecera del lecho de su nieto estuvo, como Mario, entre la vida y la muerte.

Diariamente y muchas veces de mañana y tarde, un caballero de pelo blanco y muy bien puesto, (tales eran las señas que daba el portero), iba á preguntar por el enfermo, y dejaba para las curas un gran paquete de hilas.

Por último, el 7 de septiembre, á los cuatro meses, día por día, contados desde la fatal noche en que le habían traído moribundo á casa de su abuelo, declaró el médico que respondía del enfermo. Empezaba la convalecencia.

No obstante, tuvo Mario que permanecer aún más de dos meses tendido en un sillón á causa de los accidentes producidos por la fractura de la clavícula. Queda siempre, como quedó entonces, una llaga última [Pg 547] que no quiere cerrarse, y que eterniza la cura y los vendajes con grande aburrimiento del paciente.

En cambio, aquella larga enfermedad, y la no menos larga convalecencia, le libraron de las pesquisas judiciales.

No hay cólera en Francia, aún siendo pública, que á los seis meses no se extinga. En el estado actual de la sociedad, todos tienen su parte de culpa en los motines, y por lo mismo todos sienten la necesidad de cerrar los ojos. El oficio de acusador resulta entonces más odioso que nunca.

Añadamos también que el incalificable edicto de Gisquet, mandando á los médicos que denunciasen á los heridos, indignó de tal modo á la opinión pública y no sólo al público, sino al mismo rey en primer lugar, que los heridos se encontraron cubiertos y protegidos por aquella indignación.

Excepción hecha de los que habían sido cogidos en el sitio del combate, los consejos de guerra no se atrevieron á molestar á nadie. Dejóse, pues, tranquilo á Mario.

El señor Guillenormand atravesó primero todas las angustias para experimentar luego todos los éxtasis. Costó mucho impedirle que pasase las noches enteras junto al herido. Hizo que le llevaran su colosal sillón al lado de la cama de Mario, y exigió que su hija emplease el mejor lienzo de la casa en hacer compresas y vendas. La señorita Guillenormand, obrando como persona prudente y mayor, halló medio de economizar la batista, dejando al propio tiempo al abuelo en la creencia de que [Pg 548] le obedecía. El señor Guillenormand no permitía que le explicasen que se sacan mejores hilas del lienzo grueso que de la batista, y del usado que del nuevo. Asistía á todas las curas que el pudor vedaba presenciar á la señorita soltera.

Cuando se cortaban con las tijeras las carnes muertas, él exclamaba: ¡ay! ¡ay! Nada tan conmovedor como verle alargar al herido, con su trémula mano senil, una tisana. Abrumaba al médico á preguntas, sin advertir que siempre le repetía las mismas.

El día en que le anunció el doctor que Mario estaba fuera de peligro, el buen hombre se volvió medio loco. Dió tres luises de propina al portero.

Por la noche, al entrar en su cuarto, bailó una gavota castañeteando con los dedos índice y pulgar, y cantando esta canción:

Juana nació bretona,
Que es nido de pastoras;
Yo adoro su jubón;
Bribón.

En ella amor se anida.
Pues clava con su vista
De su aljaba los frutos,
Astutos.

Yo la canto, y yo quiero
Más que á Diana, ¡salero!
Sus dos melocotones,
Bretones.

Arrodillóse luego sobre una silla, y Vasco, que le observaba por la rendija de la puerta, tuvo por cierto que estaba rezando.

Hasta entonces no había creído mucho en Dios.

Á cada nueva fase de mejoría que iba notando, aumentaba el abuelo sus extravagancias. Hacía un sinfín de acciones maquinales, llenas de alegría; subía y bajaba las escaleras sin saber por qué. Una vecina, no mal parecida por cierto, se quedó asombrada al recibir una mañana un gran ramo de flores. Era el señor Guillenormand quien se lo enviaba, y fué ello causa de una escena de celos con el marido. El señor Guillenormand intentaba coger y sentar á Nicolasita sobre sus rodillas.

Llamaba á Mario el señor barón, y gritaba á veces: ¡Viva la república!

Á cada instante preguntaba al médico:

—¿Verdad que ya no hay peligro?

Miraba á Mario con ojos de abuela. Mirábale comer como alelado. No se cuidaba ni se atendía para nada á sí mismo. Mario era el dueño de la casa; en el colmo de su alegría había abdicado, resultando ser el nieto de su nieto.

En medio de aquella alegría era el más venerable de los niños. Por temor de fatigar ó de importunar al convaleciente, se colocaba detrás de él para prodigarle sus sonrisas. Estaba contento, gozoso, fuera de sí; había rejuvenecido. Sus cabellos blancos realzaban con suave majestad el alegre resplandor que brotaba de su rostro.

Cuando la gracia se mezcla con las arrugas, es adorable; hay siempre cierta aurora en las expansiones de la vejez.

En cuanto á Mario, mientras se dejaba curar y velar, no tenía más que una idea fija: Cosette.

Desde que se calmó la fiebre y el delirio, no volvió á pronunciar este nombre; parecía que no pensaba ya en él, y precisamente estaba silencioso porque tenía allí su alma.

No sabía lo que había sido de Cosette; todos los sucesos de la calle de la Chanvrerie vagaban como una nube en su memoria; sombras casi imperceptibles flotaban en su espíritu, Eponina, Gravroche, Mabeuf, los Thénardier, todos sus amigos envueltos lúgubremente en el humo de la barricada; la extraña aparición del señor Fauchelvent en aquella sangrienta aventura le causaba el efecto de un enigma en una tempestad; no comprendía nada de su propia vida; no sabía cómo ni por quién había sido salvado, y nadie en su derredor lo sabía tampoco.

Lo único que pudieron decirle fué, que le habían traído de noche en un carruaje de alquiler á la calle de las Hijas del Calvario. Pasado, presente, porvenir, todo no era en él más que las nebulosidades de una idea vaga; pero en medio de aquella bruma había un punto inmóvil, una línea clara y precisa, una cosa de granito, una resolución, una voluntad: encontrar á Cosette. Para él la idea de la vida no era distinta de la idea de Cosette; había decretado en el fondo de su corazón que no aceptaría lo uno sin lo otro; y estaba inquebrantablemente decidido á exigir de quien quiera que quisiese, obligarle á continuar viviendo, fuese su abuelo, la suerte ó el infierno, la restitución de su perdido Edén.

Mas no se hacía ilusiones respecto de los obstáculos.

Debemos apuntar aquí un detalle: no se dejaba ganar ni enternecer por todas las solicitudes y ternezas de su abuelo. Tampoco estaba, por otra parte, en el secreto de todas ellas, y luego en sus divagaciones de convaleciente, calenturientas todavía quizá, desconfiaba de aquellas dulzuras como de una cosa extraña y nueva, cuyo objeto fuese sojuzgarle. Manteníase frío. El abuelo le prodigaba inútilmente sus áridas sonrisas de anciano.

Decíase Mario para sí que, no hablando y dejándose llevar, todo iría buenamente; pero que, tratándose de Cosette, encontraría quizá otro semblante, y aparecería entonces desenmascarada la verdadera expresión del abuelo.

Y el choque tendría que ser violento; recrudescencia de las cuestiones de familia, comparación de posiciones, todos los sarcasmos y todas las objeciones á la vez; Fauchelvent, Cortaelviento, la fortuna, la pobreza, la miseria, la piedra al cuello, el porvenir. Resistencia violenta y, conclusión: Negativa.

Mario se prevenía de antemano.

Y después, á medida que iba recobrando vida, reaparecían sus antiguos agravios, abríanse de nuevo las envejecidas llagas de su memoria, pensaba en el pasado, el coronel Pontmercy se interponía entre él y el abuelo, imaginando así que ninguna bondad positiva podía esperar de quien había sido tan injusto y tan duro para con su padre. Y con la salud renacía en él cierta aspereza contra su abuelo. El buen viejo la resistía dulcemente.

El señor Guillenormand observaba también, aunque nada decía, que Mario, desde su vuelta á casa y de haber recobrado el conocimiento, no le había dicho una sola vez padre mío. No le decía tampoco señor, es cierto, pero hallaba medio de no decir lo uno ni lo otro, con el giro que daba á las frases.

Se aproximaba evidentemente una crisis.

Como sucede casi siempre en tales casos, Mario, á fin de probar sus fuerzas, intentó una escaramuza antes de empeñar la batalla. Esto se llama tantear el terreno.

Cierta mañana en que el señor Guillenormand, á propósito de un periódico que le vino á mano, habló ligeramente de la Convención, y lanzó un epifonema realista contra Dantón, Saint Just y Robespierre.

—Los hombres del '93 eran gigantes,—dijo Mario con severidad. El viejo se calló, y no volvió á chistar en todo el día.

Mario, que tenía presente siempre el espíritu inflexible del abuelo de sus primeros años, vió en aquel silencio, una profunda concentración de cólera; auguró una lucha encarnizada, y aumentó en lo más recóndito de su pensamiento los preparativos de combate.

Resolvió que en caso negativo, se arrancaría los aparatos, dislocaría de nuevo su clavícula, descubriría las heridas que aún estaban abiertas, y rechazaría todo alimento. Las heridas eran sus municiones. Obtener á Cosette ó morir.

Esperaba el momento favorable con la paciencia muda de los enfermos. Este momento vino.

[Pg 549]

III
Mario ataca

Un día el señor Guillenormand, mientras que su hija ponía en orden los frascos y las tazas sobre el mármol de la cómoda, inclinándose sobre Mario, le dijo con la mayor ternura:

—¿Sabes, hijo mío, que yo en tu lugar preferiría ahora la carne al pescado? Un lenguado frito es muy bueno al principio de la convalecencia; pero después, al irse á levantar el enfermo, no hay como una buena chuleta.

Mario, que había recobrado ya casi todo su vigor, hizo un esfuerzo, se incorporó en el lecho, apoyó las manos en la ropa de la cama, miró á [Pg 550] su abuelo de frente, y con aire y acento terrible, dijo:

—Esto me pone en el caso de deciros una cosa.

—¿Cuál?

—Que quiero casarme.

—Lo había previsto,—dijo el abuelo soltando una carcajada.

—¿Cómo previsto?

—Sí, previsto. Tendrás tu novia.

Mario, estupefacto y abrumado de admiración, temblaba con todos sus miembros.

El señor Guillenormand continuó:

—Sí, la tendrás; tendrás á tu linda y tierna niña. Todos los días viene bajo la forma de un respetable anciano á preguntar por ti. Desde que estás herido, se pasa el tiempo llorando y haciendo hilas. Me he informado. Vive en la calle del Hombre Armado, número 7. ¡Ah! ¡Ya estamos en ello! La quieres ¿no es eso? pues bien; la tendrás. Esto te admira. Habías formado tu pequeño complot, y te habías dicho: Voy á decírselo así, crudamente á mi abuelo, á esa momia de la Regencia y del Directorio, á ese antiguo pisaverde, á ese Dorante convertido en Geronte. También ha tenido él sus ligerezas, y sus amoríos, y sus modistillas, y sus Cosettes. También él ha tenido sus arrullos y tendido sus alas y picoteado el pan de sus abriles; preciso será que se acuerde. Vamos á verlo. Batalla. ¡Ah! ¡Así coges al saltón de los cuernos! Vaya en gracia. Te ofrezco una chuleta y me respondes que quieres casarte. ¡Ésta sí que es transformación! Habrás contado con que habría pelotera. No sabiendo que era yo un viejo cobarde.

«¿Qué dices á ello? Te contraría. No esperabas encontrar al abuelo más tonto que tú, y te hallas con que resulta inútil el discurso que ibas á endilgarme. ¿No es verdad, señor abogado, que hay para desesperarse? [Pg 55] Pues bien; desesperarse y barajar. Hago pues lo que quieres, y todo es culpa tuya, imbécil. Óyeme.

«Me he informado, pues yo también soy un tanto cazurro, y sé que es hermosa y muy prudente; lo del lancero no resultó verdad; ha hecho un montón de hilas; es un estuche; te adora; y si te hubieras muerto, habríamos sido tres; su ataúd habría acompañado al mío.

«Se me ocurrió la idea desde que te vi mejor de colocártela á la cabecera sin más ni más; pero solamente en las novelas se introduce así de rondón á las muchachas lindas en las alcobas de los simpáticos heridos que les interesan. Esto ya no se hace. ¿Qué hubiera dicho tu tía?

«Casi siempre estabas medio desnudo, señorito. Pregúntale á Nicolasita, que no se ha separado de ti un momento, si era posible que una mujer se acercase á tu cama. Y luego, ¿qué hubiera dicho el médico? Una joven bonita no es el mejor remedio contra la fiebre.

«Por fin ¿á qué hablar más de ello? Es negocio concluido; es cosa hecha; ya está dicho; tómala. Ésta es mi ferocidad. He visto que ya no me querías, y he dicho para mí: ¿Qué haría yo para que me quisiera ese tunante? Tengo á mano su Cosette y voy á dársela; preciso será que me ame un poco ó me diga por qué.

«¡Ah! ¡Pensabas que el viejo iba á gritar como un energúmeno, á levantar su bastón contra esa aurora! Nada de eso. Venga Cosette, y venga el amor enhorabuena. No deseo otra cosa. Señorito, tomaos la molestia de casaros. ¡Y sé feliz, hijo de mi alma!».

Dicho esto el anciano, rompió á llorar.

Cogió la cabeza de Mario, la estrechó contra su corazón, y el viejo y el joven lloraron juntos.

El llanto es una de las manifestaciones de suprema dicha.

—¡Padre mío!—exclamó Mario.

—¡Ah! ¡Conque me amas!—dijo el anciano.

Hubo un momento inefable. Ambos se ahogaban y no podían hablar.

Por fin, tartamudeó el abuelo:

—¡Vamos! Ya desembuchó; ya me ha llamado padre.

Mario desprendió su cabeza de los brazos del anciano y dijo suavemente:

—Pero, padre mío, ahora que estoy mejor, me parece que podría verla.

—También lo tenía previsto. La verás mañana.

—¡Padre mío!

—¿Qué?

—¿Por qué no hoy?

—Pues bien, hoy. ¡Vaya por hoy! Me has llamado tres veces «padre mío», y bien vale ello que la veas. Voy á ocuparme. Te la traerán. Lo tenía previsto, créeme. Esto ha sido ya puesto en verso. Es el desenlace de la elegía del Joven enfermo de Andrés Chenier, á quien degollaron los malva... los gigantes del '93.

Creyó el señor Guillenormand notar un ligero fruncimiento de cejas en Mario, quien, á decir verdad, ya no le escuchaba, transportado como estaba en amoroso éxtasis, y pensando mucho más en Cosette que en 1793.

El abuelo, temblando de haber citado tan fuera de propósito á Andrés Chenier, repuso precipitadamente:

—Degollaron, no es la palabra. El hecho es que los grandes genios revolucionarios, que no eran malvados, esto es incontestable, que eran héroes, ¡pardiez! conocían que Andrés Chenier les molestaba un poco, y le hicieron guilloti... Es decir, que aquellos grandes hombres, el 7 de Termidor, por el bien público, suplicaron á Andrés Chenier que tuviese la bondad de ir...

El señor Guillenormand, enredado en su propia frase, no pudo continuar. No acertando pues á concluir ni á retractar la frase, aprovechó un momento en que su hija arreglaba la almohada de Mario, y trastornado con tan vivas emociones, salió fuera del cuarto tan aprisa como se lo permitieron sus años, cerró tras de sí la puerta, encendido el rostro, sofocado, echando espumarajos, desencajados los ojos, y hallándose de manos á boca con el buen Vasco, que estaba limpiando las botas en la antecámara, le cogió del cuello, y le gritó furioso á la cara:

—¡Por todos los diablos del infierno! ¡Sí, sí, aquellos bandidos le asesinaron!

—¿Á quién, señor?

—¡Á Andrés Chenier!

—Sí, señor,—dijo Vasco asustado.

[Pg 552]

IV
La señorita Guillenormand acaba por no parecerle mal que el señor
Fauchelvent hubiese entrado con algo bajo el brazo

Cosette y Mario volvieron á verse.

Renunciamos á describir la entrevista. Hay cosas de las que no se debe intentar la pintura; el sol es una de ellas.

Toda la familia, incluso Vasco y Nicolasita, estaba reunida en el cuarto de Mario cuando entró Cosette.

Apareció en el umbral; hubiérase dicho que la circundaba una aureola.

Precisamente en aquel instante iba á sonarse el anciano, y se quedó [Pg 553] parado, cogida la nariz en el pañuelo, y mirando por encima á Cosette.

—¡Adorable!—exclamó.

Después se sonó estrepitosamente.

Cosette estaba embriagada de gozo, embelesada, asustada, en el cielo. Estaba todo lo asombrada que se puede estar en la dicha. Balbuceaba, ya pálida, ya encendida, queriendo echarse en brazos de Mario, y sin atreverse. Avergonzábase de amar delante de tanta gente. No se tiene jamás compasión á los amantes dichosos; se está junto á ellos cuando más desearían verse solos. ¡Qué necesidad tenían de la gente!

Con Cosette había entrado un hombre de cabellos blancos, grave, y risueño á la vez, si bien resultaba aquella sonrisa vaga y dolorosa. Era el señor Fauchelvent; esto es, Juan Valjean.

Vestido muy decentemente, como había dicho el portero, luciendo un traje negro y nuevo, y con corbata blanca.

El portero estaba muy lejos de reconocer en aquel anciano burgués, en aquel notario probable, al horrible conductor de cadáveres que apareció á sus ojos la noche del 7 de junio, harapiento, enlodado, asqueroso, enmascarado de sangre y cieno, sosteniendo en brazos á Mario sin [Pg 554] sentidos; y sin embargo, su olfato de portero estaba excitado. Cuando el señor Fauchelvent llegó con Cosette, no pudo menos de decir por lo bajo á su mujer:

—No sé por qué, pero cada día se me antoja que he visto otra vez esta cara.

El señor Fauchelvent, en el cuarto de Mario, permaneció como aparte y junto á la puerta.

Llevaba bajo el brazo un paquete, muy parecido á un tomo en octavo, envuelto en papel. Esta cubierta de papel era verduzca, y parecía mohosa.

—¿Llevará siempre ese buen señor libros bajo el brazo?—preguntó por lo bajo á Nicolasita la señorita Guillenormand, poco amiga de libros.

—¡Y qué!—respondió en el mismo tono el señor Guillenormand, que la había oído.—Será algún sabio. Además, ¿qué tiene eso de particular? ¿Es culpa suya? El señor Boulard, á quien conocí, no salía nunca sin su [Pg 555] libraco contra el pecho. Y saludando, dijo en alta voz:

—Señor Tranchelvent...

El abuelo Guillenormand no lo hizo adrede, pues la poca atención á los nombres propios era en él un rasgo aristocrático.

—Señor Tranchelvent, tengo el honor de pediros para mi nieto, el señor barón Mario de Pontmercy, la mano de esta señorita.

«El señor Tranchelvent» se inclinó.

—Negocio concluido,—exclamó el abuelo.

Y volviéndose á Mario y Cosette, con ambos brazos extendidos en actitud de bendecirlos, gritó:

—Permiso para adoraros.

No dieron ellos lugar á que se repitiese la autorización. Y empezó el gorjeo.

Hablábanse en voz baja, Mario recostado en su ancho sillón, Cosette de pie junto á él.

—¡Dios mío!—murmuraba Cosette.—¡Os vuelvo á ver! ¡Eres tú! ¡Sois vos! ¡Haber ido á batirse de aquel modo! ¿Y por qué? Es horrible. Durante cuatro meses no he vivido. ¡Oh! ¡Qué maldad haber tomado parte en esta lucha! ¿Qué os había hecho yo? Os perdono; pero no volváis á ello jamás. Ahora mismo, cuando han ido á decirnos que viniéramos, volví á creer que me moría; pero era de gozo. ¡Estaba tan triste! No me detuve en vestirme, y así, debo pareceros horrible. ¿Qué dirán vuestros parientes si reparan en mi pañoleta toda arrugada? ¡Pero habla! Dejas que hable yo sola. Seguimos viviendo en la calle del Hombre Armado.

«¡Parece que la herida del hombro era terrible! Me han asegurado que cabía el puño dentro. Además, parece que os han cortado la carne con tijeras. Esto es horroroso. He llorado hasta agotarse el raudal de mis ojos.

«¡Es bien extraño que se pueda sufrir tanto!

«¡Qué aspecto tan bondadoso tiene vuestro abuelo! No os molestéis ni os apoyéis en el codo, vais á haceros daño. ¡Oh! ¡Qué feliz soy! ¡Acabóse, pues, la desgracia!

«Soy una tonta. Quería deciros cosas que ya no recuerdo. ¿Me amáis como antes?

«Vivimos en la calle del Hombre Armado. Allí no hay jardín.

«He estado haciendo hilas todo este tiempo. ¡Aquí tenéis; señor mío; la culpa es vuestra, se me ha encallecido el dedo!».

—¡Ángel mío!—exclamó Mario.

Ángel es la sola palabra de la lengua que no se gasta nunca. Ninguna otra podría resistir al obstinado empleo que hacen de ella los enamorados.

Después, como había gente delante, cesaron de hablar, contentándose con estrecharse suavemente la mano.

El señor Guillenormand se volvió á los que estaban en el cuarto, y les gritó:

—Vamos, señores, hablar alto, hacer ruido, formar aparte. ¡Qué diablo! Bullicio, bullicio, que estos muchachos puedan charlar á su gusto.

Y acercándose á Mario y Cosette les dijo por lo bajo:

—Tuteaos. No os hagáis violencia.

La señorita Guillenormand asistía con estupor á esa irrupción de claridad en su interior de vieja solterona; pero este estupor no tenía nada de agresivo; no era por ningún concepto la mirada escandalizada y envidiosa de una lechuza á dos tortolillas; era buenamente el ojo atónito de una pobre inocente de cincuenta y siete años; era la vida sin vida contemplando este triunfo del amor.

—Ya te lo tenía yo dicho,—exclamaba su padre,—no podía dejar de suceder esto.

Permaneció un instante silencioso, y añadió luego:

—Contempla la dicha de los demás.

Volviéndose enseguida hacia Cosette, exclamó:

—¡Bellísima, encantadora! Es una magnífica pintura de Greuze. ¿Y vas tú solo á poseer semejante tesoro, polizonte? ¡Ah, pícaro! De buena te libras conmigo. Si tuviera yo quince años menos, nos disputaríamos su mano á estocadas.

«¡Vaya! estoy enamorado de vos, damisela. Es muy sencillo, pues... ¡Está en su derecho! ¡Ah qué lindas, qué alegres bodas vamos á tener! Nuestra parroquia es San Dionisio del Santísimo Sacramento; pero obtendré una dispensa para que os caséis en San Pablo, que es mejor iglesia. La construyeron los jesuitas. Es más graciosa. Está mirando á la fuente del cardenal de Birague. La obra maestra de la arquitectura de los jesuitas está en Namur; se llama Saint Loup. Será preciso ir á verla después de casados. Vale la pena de hacer el viaje.

«Señorita, soy completamente de vuestro modo de pensar; quiero que se casen las muchachas, pues para eso han nacido. No me gustan las santas Catalinas vírgenes. Quedarse solteras es meritorio, pero frío. La Biblia dice: Multiplicaos. Para salvar al pueblo se necesita á Juana de Arco, la doncella; mas para que no se acabe la especie, se necesitan madres. Casaos, pues, hermosas. ¿De qué sirve permanecer solteras? Yo sé bien que hay para ellas una capilla aparte en la iglesia, y que se acogen á la hermandad de la Virgen; pero, caramba, un lindo marido, mozo de provecho, y al cabo de un año un monín rollizo y rubio, que mame como un ganapán y que tenga buenas roscas de carne en los muslos y que coja á manos llenas el pecho de la madre con sus deditos sonrosados, riendo como la aurora, vale esto mucho más, á mi ver, que llevar á vísperas un cirio, y cantar: Turris eburnea».

El abuelo hizo una pirueta sobre sus talones de noventa años, y prosiguió en su charla, como resorte en movimiento:

¿Con que, por fin, dejándote de vaguedades falsas
Resulta verdadero, Alcipo, que te casas?

—Á propósito.

—¿Qué, padre mío?

—¿No tenías un amigo íntimo?

—Sí, Courfeyrac.

—¿Qué se ha hecho de él?

—Ha muerto.

—Más vale así.

Sentóse junto á ellos, hizo sentar también á Cosette, y cogió sus cuatro manos entre las suyas arrugadas por la edad, diciendo:

—Delicadilla es la niña. ¡Es una obra maestra esta Cossette! Es tan linda muchacha como gran señora. Lástima que se quede en baronesa, pues su nacimiento es de marquesa. ¡Y qué pestañas tiene!

«Hijos míos, fijad bien en vuestras cabezuelas que estáis ahora en lo cierto. Amaos como bobos. El amor es la barbaridad de los hombres y el espíritu de Dios. Adoraos. Sólo que,—y dijo esto poniéndose triste de repente.—¡Qué lástima! Ahora pienso en ello. Más de la mitad de mi renta es vitalicia. Mientras yo viva, todo irá bien; pero después de mi muerte, de aquí á veinte años, ¡ah, pobrecillos! no tendréis un cuarto. Esas bonitas y blancas manos, señora baronesa, dispensarán al diablo el favor de tirarle de la cola».

Oyóse aquí una voz grave y tranquila, que dijo:

—La señorita Eufrasia Fauchelvent tiene seiscientos mil francos.

Era la voz de Juan Valjean.

No había desplegado aún los labios; nadie parecía cuidarse siquiera de que estuviese allí, y él permanecía de pie é inmóvil detrás de aquellos seres felices.

—¿Quién es la señorita Eufrasia en cuestión?—preguntó el abuelo, asustado.

—Yo,—respondió Cosette.

—¡Seiscientos mil francos!—repuso el señor Guillenormand.

—Menos catorce ó quince mil á corta diferencia,—dijo Juan Valjean.

Y dejó sobre la mesa el paquete que el señor Guillenormand había tomado por un libro.

Juan Valjean abrió por sí mismo el paquete; era un legajo de billetes de banca. Hojeáronlos y contáronlos. Había quinientos billetes de mil francos, y ciento sesenta y ocho de quinientos. Total: quinientos ochenta y cuatro mil francos.

—¡He aquí un buen libro!—dijo el señor Guillenormand.

—¡Quinientos ochenta y cuatro mil francos!—murmuró la tía.

—Esto allana muchas cosas, ¿no es verdad señorita Guillenormand mayor?—dijo el abuelo.—¡Ese diablo de Mario ha ido á desenterrar en la región de los sueños una griseta millonaria! ¡Fiad luego en los amoríos de muchachos! Los estudiantes encuentran estudiantes de seiscientos mil francos. Mejor trabaja Cherubin que Rotschild.

—¡Quinientos ochenta y cuatro mil francos!—repetía á media voz el señor Guillenormand. ¡Quinientos ochenta y cuatro mil! Vale tanto como decir seiscientos mil. ¡Vaya!

En cuanto á Mario y Cosette, se estaban mirando el uno al otro durante este tiempo, sin fijarse apenas en aquel detalle.

[Pg 556]

V
Depositad antes el dinero en un bosque cualquiera que en casa de un notario

Se habrá comprendido, sin alargar explicaciones, que Juan Valjean, después del lance judicial de Champmathieu, había podido, gracias á su primera evasión de algunos días, ir á París, y retirar á tiempo de casa de Laffite la suma ganada por él con el nombre de señor Magdalena, en Montreuil sur Mer; y que temeroso de que le cogiesen, lo cual no tardó en suceder, había ocultado aquella suma, enterrándola en el bosque de Montfermeil en el sitio llamado el soto de Blarú.

La cantidad, consistente en seiscientos treinta mil francos, toda en billetes de Banco, abultaba poco y cabía en una caja; sólo que, para preservar esta caja de la humedad, la había puesto dentro de un cofrecito de roble, lleno de virutas de castaño. En el mismo cofrecillo guardaba otro tesoro, los candeleros del obispo. Se recordará que los llevó consigo al evadirse de Montreuil sur Mer.

El hombre á quien Boulatruelle vió una noche por primera vez, era Juan Valjean. Luego, cada vez que Juan Valjean necesitaba dinero, iba á buscarle al soto de Blarú. De ahí las ausencias de que hemos hablado. Tenía escondido un azadón entre los matorrales, en un lugar sólo de él conocido.

Cuando vió á Mario convaleciente, presintiendo que se acercaba la hora en que aquel dinero podría ser útil, fué á buscarlo; y él fué también á quien Boulatruelle vió en el bosque, pero esta vez por la mañana y no por la noche. Boulatruelle heredó el azadón.

La suma verdadera ascendía á quinientos ochenta y cuatro mil quinientos francos. Juan Valjean guardó los quinientos para él.

«Luego veremos»,—dijo para sí.

La diferencia entre esa cantidad y los seiscientos treinta mil francos retirados de casa de Laffite, representaban el gasto de diez años, de 1823 á 1833. Los cinco que permaneció en el convento no habían costado más que cinco mil francos.

Juan Valjean colocó los dos candeleros de plata sobre la chimenea, donde brillaron con grande admiración de la tía Santos.

Por lo demás, Juan Valjean sabía que estaba ya libre de Javert. Oyó referir, y lo vió confirmado en el Monitor, el caso de un inspector de policía, llamado Javert, á quien se encontró ahogado debajo de la bancada de las lavanderas, entre el Pont au Change y el Puente Nuevo; y que un escrito que había dejado aquel hombre, por otra parte irreprensible y muy estimado de sus jefes, hacía creer que sólo un acceso de enajenación mental había podido producir el suicidio.

—En efecto,—pensó Juan Valjean,—puesto que me dejó libre teniéndome cogido, loco debía de estar.

[Pg 557]

VI
Los dos viejos, cada uno á su modo, hacen cuanto pueden para que Cosette sea feliz

Dispúsose todo para la boda. Consultado el médico, declaró que podía verificarse en febrero. Se estaba en diciembre. Algunas semanas de perfecta é inefable dicha pasaron como un sueño.

No era el abuelo el menos venturoso. Pasábase extasiado cuartos de hora enteros contemplando á Cosette.

—¡Qué admirable niña!—exclamaba.—¡Qué aire tan dulce y bondadoso el suyo! No hay que decir prenda de mi corazón; es la muchacha más encantadora que he visto en mi vida. Día vendrá en que sus virtudes olerán á violeta. Es una verdadera monada; no se puede dejar de vivir noblemente acompañado de semejante criatura; Mario, hijo mío, eres barón, eres rico; no ejerzas de abogado; te lo suplico.

Cosette y Mario habían pasado bruscamente del sepulcro al paraíso. La transición había sido tan inesperada, que sólo el deslumbramiento les impidió perder el sentido.

—¿Comprendes algo de todo esto?—preguntábale Mario á Cosette.

—No,—respondía Cosette:—pero me parece que el buen Dios nos mira.

Juan Valjean lo hizo todo, lo allanó todo, lo concilió y facilitó todo, para apresurar la dicha de Cosette, tan solícito y alegre en apariencia como Cosette misma.

El haber sido alcalde le sirvió para resolver muy bien un problema delicado, cuyo secreto le pertenecía exclusivamente: el estado civil de Cosette. Decir secamente su origen, ¿quién sabe? tal vez hubiese podido impedir el casamiento. Separó de Cosette toda dificultad, arreglándole una familia de individuos ya difuntos, lo cual era el mejor medio de evitar reclamaciones. Cosette era el último vástago de una rama extinguida. Cosette no era hija suya, sino de otro Fauchelevent, hermano suyo. Los dos hermanos habían sido jardineros en el convento del Petit Picpus.

Se preguntó al convento; y allí dieron los más excelentes é irreprochables informes. Aquellas buenas mujeres, poco á propósito y sin inclinación á sondear las cuestiones de paternidad ni encontrar en ello la menor malicia, nunca supieron de cierto de cuál de los dos Fauchelevent [Pg 558] era hija Cosette. Dijeron lo que se quiso, y lo dijeron con celo.

Extendióse una acta oficial; y Cosette llegó á ser ante la ley la señorita Eufrasia Fauchelvent, declarada huérfana de padre y madre. Juan Valjean se arregló de manera que se le designase con el nombre de Fauchelvent, como tutor de Cosette, con el señor Guillenormand en calidad de subrogado suyo.

En cuanto á los quinientos ochenta y cuatro mil francos, resultaron ser un legado hecho á Cosette por una persona ya difunta, que deseaba permanecer ignorada.

El legado primitivo había sido de quinientos noventa y cuatro mil francos; pero se habían gastado diez mil en la educación de la señorita Eufrasia, la mitad de los cuales los había cobrado el propio convento. Aquella manda depositada en manos de un tercero, debía entregarse á Cosette al llegar á su mayor edad, ó cuando se casase. Como se ve, todo [Pg 559] esto era muy aceptable, mucho más tratándose de una suma que pasaba de medio millón.

Existían naturalmente acá y acullá algunas singularidades; pero nadie las vió; uno de los interesados tenía los ojos vendados por el amor, y los demás por los seiscientos mil francos.

Cosette supo que no era hija de aquel anciano á quien había llamado padre tanto tiempo. Era sólo un pariente, y el otro Fauchelvent su verdadero padre. En otra cualquiera ocasión esto la habría molestado; pero en aquel momento inefable en que se hallaba, resultó apenas una sombra, una ligera nube que el exceso de la alegría disipó bien pronto. Tenía á Mario.

Con la aparición del mancebo, desaparecía el anciano; así es la vida.

Y luego, Cosette estaba acostumbrada hacía muchos años á ver enigmas en torno suyo; todos los que han tenido una infancia misteriosa, se hallan siempre dispuestos á renunciar á ciertos sentimientos.

Continuó, sin embargo, llamándole «padre» á Juan Valjean.

Cosette, angelical en todo, estaba entusiasmada por el señor Guillenormand. Es verdad que él la colmaba de madrigales y regalos.

Mientras Juan Valjean procuraba á Cosette una situación normal en la sociedad, y una posesión de estado inatacable, el señor Guillenormand cuidaba de la canastilla de boda. Nada le divertía tanto como manifestarse [Pg 560] espléndido. Regaló á Cosette un vestido de guipur de Binche que venía directamente de su abuela.

«Aquellas modas renacen hoy, decía, y las jóvenes de mi vejez se visten como las viejas de mi infancia».

Vaciaba sus respetables y panzudas cómodas de laca de Coromandel, que en muchos años no habían sido abiertas. Confesemos á estos vejestorios, decía; veamos lo que tienen en la tripa. Abría con estrépito los cajones igualmente panzudos, llenos de trajes y adornos de todas sus mujeres, de todas sus queridas y de todas sus abuelas. Pequines, damascos, rasos, moarés estampados, vestidos de gro de canutillo abrillantado, pañuelos [Pg 561] de la India bordados de un oro que puede lavarse, delfinas sin revés en piezas, blondas de Génova y de Alençon, aderezos de joyería antigua, cestillos de marfil labrado con dibujos de batallas microscópicas, baratijas, cintas: todo se lo regalaba á Cosette.

Cosette, maravillada, perdida de amor por Mario, y abrumada de reconocimiento hacia el viejo Guillenormand, soñaba con una felicidad sin límites, envuelta en rasos y terciopelos. Su canastilla de boda le parecía estar sostenida por los serafines. Su alma se elevaba á lo azul en alas de encaje de Malinas.

La embriaguez de los enamorados, ya lo hemos dicho, no podía compararse sino al éxtasis del abuelo. Había como una fanfarria continuada en la calle de las Hijas del Calvario.

Cada mañana, nueva ofrenda de antiguallas por parte del abuelo á Cosette. Todos los falbalás imaginables se expansionaban espléndidamente á su alrededor.

Un día Mario, que aprovechaba gustoso la ocasión de decir algo grave en medio de su felicidad, dijo á propósito de un incidente cualquiera:

—Los hombres de la Revolución son tan grandes, que tienen ya el prestigio de los siglos, como Catón y Foción, y cada uno de ellos parece una memoria antigua.

¡Moaré antiguo!—exclamó el viejo.—Gracias, Mario. Ésta es precisamente la idea que yo andaba buscando.

Y al día siguiente vino un traje magnífico de moaré antiguo, color de té, á engrosar la canastilla de Cosette.

El abuelo sacaba de aquellas antiguallas mucha sabiduría.

—El amor es una gran cosa, pero necesita de estos accesorios. La felicidad necesita de lo inútil; por sí sola, no es más que lo necesario, y conviene sazonarla mucho con lo superfluo. Un palacio y su corazón. Su corazón y el Louvre. Su corazón y las fuentes de Versalles. Tenga yo mi pastora, pero hagámosla duquesa. Tráiganme á Filis coronada de florecillas, pero añadámosle cien mil libras de renta. Ábrase una bucólica, [Pg 562] y piérdase de vista bajo una columnata de mármol. Consiento en la bucólica y también en la magia de mármoles y oro. La felicidad á secas se parece al pan seco, que llena el estómago, pero no es comer. Quiero lo superfluo, lo inútil, lo extravagante, lo excesivo, lo que de nada sirve.

«Acuérdome de haber visto en la catedral de Estrasburgo un reloj, tan alto como una casa de tres pisos, que señalaba la hora, que tenía la bondad de señalar la hora; pero cuyo aspecto no indicaba que tal fuese su misión; y el cual, después de haber sonado las doce del día ó de la noche, medio día, la hora del sol, media noche, la hora del amor, ú otra hora cualquiera, daba la luna y las estrellas, la tierra y el mar, las aves y los peces, Febo y Febé, y una caterva de cosas que salían de un nicho, y los doce apóstoles, y el emperador Carlos V, y Eponina, y Sabino, y con esto y además un montón de muñequillos dorados tocando la trompeta; sin contar, por supuesto otras mil alegres campanillas que repetían sus sones á cada instante sin saberse por qué. Y al lado de todo esto, ¿qué vale la simple muestra de un reloj que sólo marca las horas? [Pg 563] Opino, pues, como el gran reloj de Estrasburgo, y le prefiero al cucú de la Selva Negra».

El señor Guillenormand desbarraba especialmente al tratarse de la boda, y todo el ajuar del siglo XVIII hallaba cabida en sus ditirambos. Siguió perorando:

—Vosotros ignoráis el arte de las fiestas. En estos tiempos no se sabe pasar un día alegre. El siglo XIX es un siglo blanducho; fáltale el vigor del exceso. Ignora lo que es rico; ignora lo que es noble. En todo es mondo y lirondo. La clase media es insípida, incolora, inodora é informe. Sus mujeres no tienen otro sueño al establecerse, como ellas dicen, que un lindo gabinete recién alhajado con muebles de palo santo y cortinajes de calicot. ¡Paso! ¡Paso! Que el señor Hormiguita se casa con la señorita Ahorrillos. Suntuosidad y esplendor. Han pegado un luis de oro á un cirio bendito.

«Tal es la época actual. ¡Ay! Dejadme que huya á la otra parte de los Sarmatas.

«¡Ah! desde 1787 predije que estaba perdido todo el día que vi al duque de Rohan, príncipe de León, duque de Chabot, duque de Montbazon, marqués de Soubise, vizconde de Thouars, y par de Francia, ir á Longchamps en calesín.

El resultado no podía ser otro. En este siglo se hacen negocios, se juega á la Bolsa, se gana dinero, y se es miserable. Se acicala y barniza la superficie; cada cual procura prenderse bien los alfileres, lavarse, jabonarse, restregarse, afeitarse, peinarse, charolarse, alisarse, frotarse, cepillarse, limpiarse exteriormente, aparecer irreprochable, liso como un guijarro, brillante, aseado, y al propio tiempo, ¡por el alma de mi dama! en el fondo de la conciencia no hay más que fiemo y cloacas capaces de hacer retroceder á una vaquera que se suene con los dedos. Concédoles á estos tiempos este mote: «Limpieza sucia». Mario, no te enojes por ello; permíteme hablar. Yo no digo mal del pueblo, ya lo ves; al contrario, se me llena la boca con tu pueblo; pero no tomes á mal que vapulee un poco á la clase media. ¡Oh! pertenezco á ella, y «quien bien quiere bien castiga».

«Y dígote, lo repito, hoy se casa la gente, pero no sabe casarse. Sí, es verdad; sí, echo de menos la gentileza de las costumbres antiguas. Todo lo echo de menos; aquella elegancia, aquella caballerosidad, aquellos modales corteses y alegres, aquel gracioso lujo que cada cual lucía, la música formando parte de la boda, sinfonía arriba, tamboril abajo, las danzas, los rostros acoplados en la mesa, los madrigales alambicados, las canciones, los fuegos artificiales, las risas francas, el diablo y su comitiva, los grandes lazos de cintas. Echo de menos la liga de la novia; esta liga que es prima hermana del ceñidor de Venus. ¿Sobre qué gira la guerra de Troya? ¡Pardiez! sobre la liga de Elena. ¿Por qué combaten? ¿Por qué el divino Diómedes rompe en la cabeza de Merioneo el gran casco de bronce de diez puntas? ¿Por qué Aquiles y Héctor se alancean? Porque Elena ha dejado que París le ate la liga.

«Con la liga de Cosette haría Homero la Ilíada. Introduciría en su poema un viejo bobalicón como yo, y le llamaría Néstor.

«Amigos míos, en otro tiempo, en el dulce tiempo de mis mocedades, los casamientos se celebraban sabiamente; primero un buen contrato de boda, y luego una comilona suculenta. En cuanto salía Cuyaceo entraba Camacho, porque, ¡diantre! el estómago es un bicho agradable que pide lo que le es debido, y quiere tener también su boda. Se cenaba de lo lindo; se tenía al lado una buena moza sin tocas ni griñones más que para velar moderadamente su garganta. ¡Oh! ¡Y qué bocas tan risueñas; y cómo reinaba el gozo en aquellos tiempos! La juventud era un ramillete; todo joven remataba con una rama de lilas ó un ramo de rosas; el guerrero se trocaba en pastor; y si por casualidad era capitán de dragones, encontraba la manera de llamarse Florián. Se procuraba aparecer bello; abundaban los bordados y brillaban los colorines. El burgués lucía como una flor; el marqués brillaba como un diamante. No se gastaban trabillas; no se usaban botas. Se iba rozagante y lustroso, satinado y adamascado, aéreo, gracioso, remilgado; lo cual no impedía llevar espada al lado. También tiene el colibrí su pico y sus uñas.

«Era el tiempo de las Indias galantes. Delicadeza y magnificencia: tales eran las dos mitades de aquel siglo. Y ¡vive Dios! que nos divertíamos en grande.

«Hoy día se es más serio. El burgués es avaro, la burguesa gazmoña. ¡Desdichado siglo es el vuestro! Seríais capaces de expulsar á las Gracias por demasiado descotadas... ¡Ay! Se oculta la hermosura como si fuera fealdad. Desde la revolución, á todo se le pone pantalones, hasta á las bailarinas; una bailadora debe ser grave, vuestros rigodones son doctrinarios. Hay que aparecer majestuosos. No es bien visto quien no lleva la barba metida dentro de la corbata. El ideal de un mozalbete de veinte años que se casa, consiste en parecerse al señor Royer-Collard. ¿Y sabéis lo que se consigue con esa majestad rara? Empequeñecerse.

«Tened previsto que la alegría no es solamente alegre, sino grande. Pero, al menos, sed enamorados alegrillos; ¡qué diablo! ¡Casaos, cuando os caséis, con la fiebre, y el atolondramiento, y el bullicio, y la batahola de la felicidad! En la iglesia la gravedad, pase. Pero después de la misa, ¡caramba! sería menester hacer revolotear un sueño fantástico en derredor de la novia.

«El casamiento debe ser quimérico y real; debe pasear en ceremonial desde la catedral de Reims hasta la pagoda de Chanteloup. Me horrorizan las bodas prosaicas. ¡Por vida de!, ese día al menos, subíos al Olimpo; sed dioses. ¡Ah! pudiendo ser silfos, juegos y risas y argiráspidas, no sois más que mezquinos galopos. Amigos míos, todo recién casado debe ser un príncipe Aldobrandini. Aprovechad ese minuto, único en la vida, para volar al empíreo con los cisnes y las águilas, aunque hayáis de caer otra vez al día siguiente en el prosaísmo de las ranas. No andarse en economías con el himeneo; no le escatiméis sus esplendores; no regateéis el día de su brillo. La boda no es el igual de casa. ¡Oh! Si yo obrase á gusto mío, ¡cuán galano lo dispondría! ¡cómo se oirían trinar los violines entre los árboles!

«He aquí mi programa; mi programa azul celeste en campo de plata. Mezclaría en la fiesta las divinidades campestres; convocaría las dríadas y las nereidas. La boda de Anfititre, una nube de rosa, ninfas con graciosos peinados y enteramente desnudas, un académico dedicando coplas á la diosa, y una carroza tirada por monstruos marinos.

¡Tritón trotando al frente, tirando de su concha
sonidos placenteros que á cualquiera alborozan!

«Éste, éste es un magnífico programa de fiesta; de lo contrario, confieso que no lo entiendo, ¡torpe de mí!».

Mientras que, el abuelo, en medio de su lírica efusión, se escuchaba á sí mismo, Cosette y Mario experimentaban la dulce embriaguez de contemplarse libremente.

La señorita Guillenormand contemplaba todo aquello con su imperturbable placidez. Durante cinco ó seis meses no había cesado de recibir emoción tras emoción: Mario de vuelta, Mario cubierto de sangre, Mario traído de una barricada, Mario muerto y luego vivo, Mario reconciliado, Mario casándose con una pobre, Mario casándose con una millonaria. Los seiscientos mil francos habían sido su última sorpresa; y ya con ello recobró la indiferencia propia de los tiempos de su primera comunión.

Así, continuó yendo regularmente á los oficios, pasaba y repasaba las cuentas de su rosario, leía su eucólogo, murmuraba en un rincón de la casa sus Ave Marías, mientras cuchicheaban en otro, I love you (yo te amo), y veía vagamente á Mario y á Cosette como dos sombras. Cuando la sombra era ella.

Existe cierto estado de ascetismo inerte, en que el alma neutralizada por el entorpecimiento, extraña á lo que pudiera llamarse el trabajo de vivir, no percibe, si se exceptúan los temblores de tierra y las catástrofes, ninguna de las impresiones humanas, ni las que son agradables, ni las que son penosas.

—Esa devoción,—decía el señor Guillenormand á su hija,—se parece mucho al romadizo de cabeza. No huelas nada de la vida. Pues si no sientes el mal olor, tampoco el bueno.

Por lo demás, los seiscientos mil francos habían fijado las indecisiones de la vieja solterona. Su padre estaba tan acostumbrado á prescindir de ella, que no la consultó sobre el casamiento de Mario. Había cedido al primer ímpetu, como hacía siempre, no teniendo de déspota convertido en esclavo, más que un solo pensamiento: satisfacer á Mario. De la tía, no se había acordado, ni que existiera, ni que pudiera tener opinión propia. Esto, por complaciente y poco voluntariosa que ella fuese, la había lastimado.

Algo ofendida en su fuero interno, pero exteriormente impasible, había dicho para sí: «Mi padre resuelve la cuestión del casamiento sin mí; yo resolveré la cuestión de la herencia sin él».

En efecto; la señorita Guillenormand era rica, y su padre no lo era. No comunicó, pues, á nadie sus decisiones sobre el particular.

Es probable que si el casamiento hubiera sido pobre, pobre lo hubiese dejado. «¡Tanto peor para mi señor sobrino! Se casa con una pobre; pues que pida limosna». Pero los dos millones de Cosette cayeron en gracia á la tía, y variaron su modo de pensar respecto de aquel par de enamorados. Seiscientos mil francos son una suma que merece consideraciones, y era evidente que la señorita Guillenormand no podía dejar de testar en favor de aquellos jóvenes, por lo mismo que no necesitaban de su herencia.

Se dispuso que el matrimonio habitase en casa del abuelo. El señor Guillenormand quiso absolutamente cederles sus habitaciones, por ser las mejores de la casa.

Esto me rejuvenecerá,—decía.—Es un antiguo proyecto que yo me tenía. Siempre tuve la idea de tener los novios en mi cuarto.

Amuebló este cuarto con gran número de antiguos y graciosos cachivaches, lo hizo tapizar con una tela extraordinaria que conservaba en pieza, y la creía de Utrech, fondo arrasado, con capullos de oro y flores de terciopelo de las llamadas orejas de oso. «De esta tela, decía, son los cortinajes de la cama de la duquesa de Anville, en Roche Guyon».

Colocó sobre la chimenea una estatuita de Sajonia, ostentando un manguito sobre el seno desnudo. La biblioteca del señor Guillenormand se transformó en despacho de abogado con destino á Mario, puesto que, con arreglo á lo que previenen los estatutos del colegio de abogados, necesitaba tener gabinete.

[Pg 564]

VII
Efectos del sueño mezclados á la felicidad

Los enamorados se veían diariamente. Cosette iba á ver á Mario acompañada del señor Fauchelvent.—Esto es al revés de lo ordinario,—decía el señor Guillenormand,—que la futura venga á domicilio á hacer que se la haga la corte.—Pero la convalecencia del enfermo había hecho adoptar esa costumbre, y los sillones de la calle de las Hijas del Calvario, mejores para los diálogos amorosos que las sillas de paja de la calle del Hombre Armado, habían contribuido á arraigarla.

Mario y el señor Fauchelvent se veían, pero no se hablaban. Parecía plan convenido.

Todas las jóvenes necesitan un rodrigón. Cosette no hubiera podido ir sin el señor Fauchelvent. Para Mario, era el señor Fauchelvent la condición de Cosette, y él la aceptaba. Al discutir sobre política, aunque vagamente y sin determinar nada, bajo el punto de vista de la mejora general en la suerte de todos, llegaban á decirse algo más que sí y no. Una vez, con motivo de la enseñanza, que Mario quería que fuese gratuita y obligatoria, multiplicada bajo todas las formas, prodigada á [Pg 565] todos como el aire y el sol, en una palabra, respirable al pueblo entero, fueron del mismo parecer, y casi entraron en conversación.

Mario echó de ver entonces que el señor Fauchelvent hablaba bien, y hasta con cierta elevación de lenguaje. Faltábale, sin embargo, algo que no sabía determinar. Tenía algo de menos que los hombres de mundo, y algo de más por otra parte.

Mario, interiormente y en el fondo de su pensamiento, rodeaba con todo género de cuestiones mudas á aquel señor Fauchelvent, que era para él sencillamente benévolo y frío. Había momentos en que se le ocurrían dudas sobre sus propios recuerdos. Existía en su memoria un agujero, [Pg 566] un punto negro, un abismo abierto por cuatro meses de agonía, y en el que se habían perdido muchas cosas.

Preguntábase si estaba bien seguro de haber visto al señor Fauchelvent, á un hombre tan grave y sereno, en la barricada.

Por otra parte, no era éste el único estupor que las apariciones y desapariciones del pasado habían dejado en su espíritu; ni debe creerse que estuviese libre de aquellas obsesiones de la memoria que nos obligan, aun siendo dichosos, aun hallándonos satisfechos, á mirar melancólicamente hacia atrás. La cabeza, que no se vuelve hacia los horizontes ya desvanecidos, no encierra pensamiento ni amor.

Á veces Mario oprimía su cara entre ambas manos, y el vago y tumultuoso pasado atravesaba por el crepúsculo que tenía en su cerebro. Veía nuevamente caer á Mabeuf, oía cantar á Gavroche bajo la metralla, sentía en sus labios el frío de la frente de Eponina; las sombras de todos sus amigos, Enjolrás, Courfeyrac, Juan Provaire, Combeferre, Bossuet y Grantaire, se presentaban á sus ojos disipándose enseguida. Todos aquellos seres queridos, dolorosos, valientes, alegres ó trágicos, ¿eran sueños ó habían en realidad existido?

Lo había arrastrado todo el motín en su humareda.

Las grandes fiebres producen grandes sueños. Interrogábase, palpábase, sentía el vértigo de todas aquellas realidades desvanecidas.

¿Dónde estaban, pues? ¿Era cierto que todos habían muerto?

Una caída en las tinieblas se lo había llevado todo, excepto á él. Parecíale aquélla una desaparición como detrás de una cortina de teatro. Hay telones en la vida que bajan también.

Al acto siguiente viene Dios.

Y aun él mismo, ¿era él propio por ventura? Él, pobre, era rico; él, abandonado, tenía una familia; él, desesperado, se iba á casar con Cosette.

Le parecía haber cruzado al través de una tumba, entrando en ella negro y saliendo blanco; y que en aquella tumba se habían quedado los [Pg 567] demás. En determinados instantes, aquellos seres del pasado, volviendo y presentándosele, formaban corro en torno suyo, y le asombraban, pero se serenaba luego pensando en Cosette: necesitaba esta gran felicidad para desvanecer aquella catástrofe.

El señor Fauchelvent casi tenía también su lugar entre aquellos desvanecibles seres. Costábale trabajo á Mario creer que el Fauchelvent de la barricada fuese el mismo Fauchelvent de carne y hueso, tan gravemente sentado junto á Cosette. El primero era probablemente una de esas pesadillas que iban y venían en sus horas de delirio.

Por lo demás, siendo ambos caracteres inaccesibles, no había posibilidad que se cruzaran preguntas entre Mario y el señor Fauchelvent. Ni que se le ocurriese tal idea. En otra parte hemos indicado ya este característico detalle.

Dos hombres poseedores de un secreto, y que por una especie de convenio tácito no hablan de él, es menos raro de lo que parece.

Solamente una vez Mario intentó la prueba. Sacó á plaza en la conversación la calle de la Chanvrerie, y volviéndose al señor Fauchelvent, le dijo:

—¡Vos conocéis dicha calle perfectamente!

—¿Qué calle?

—La de la Chanvrerie.

—No recuerdo nada acerca del nombre de esa calle,—contestó el señor Fauchelvent con el tono más natural del mundo.

La respuesta, que se refería al nombre de la calle, y no á la calle misma, le pareció á Mario más concluyente de lo que lo era en realidad.

—Decididamente,—pensó él,—he soñado. He tenido una alucinación. Alguien que se le parecería. Este señor Fauchelvent no estaba allí.

[Pg 568]

VIII
Dos hombres imposibles de encontrar

El encantamiento, por grande que fuese, no borró en nada otras preocupaciones del espíritu de Mario.

Mientras se iba disponiendo la boda y llegaba la época fijada, se dedicó á hacer difíciles y escrupulosas indagaciones retrospectivas.

Tenía contraídas deudas de gratitud por varios lados, así por parte de su padre, como por sí mismo.

Existía Thénardier, y existía el desconocido que le había llevado á él, Mario, á casa de su abuelo Guillenormand.

Mario quería encontrar á esos dos hombres, pues no se explicaba cómo podría casarse y ser feliz olvidándolos, temiendo que aquellas deudas de reconocimiento no pagadas, enturbiaran la luz de su existencia, tan esplendente á la sazón.

Érale imposible dejar tras de sí semejantes partidas en descubierto; y quería, antes de penetrar alegremente en el porvenir, saldar completamente el pasado.

El que Thénardier fuese un malvado, no borraba el hecho de haber salvado al coronel Pontmercy. Thénardier podía ser un bandido para todo el mundo, excepto para Mario.

Y Mario, ignorando la verdadera escena del campo de Waterloo, no conocía aquella particularidad de que su padre se hallase con respecto á Thénardier en la situación extraña de deberle la vida sin deberle por eso agradecimiento.

Ninguno de los diversos agentes que empleó Mario, consiguió descubrir la pista de Thénardier. Por este lado parecía haberse borrado todo por completo. La esposa Thénardier había muerto en la cárcel mientras se estaba sumariando el proceso.

Sólo Thénardier y su hija Azelma eran los únicos que habían quedado de aquel grupo lamentable; pero sumergidos nuevamente en la sombra.

El abismo del desconocimiento social había vuelto á cerrarse silenciosamente sobre aquellos seres, sin que se viese siquiera á la superficie aquel estremecimiento, aquel temblor, aquellos apagados círculos concéntricos que anuncian que algo ha caído al fondo, y que puede echarse la sonda.

Muerta la Thénardier, sobreseído en la parte de Boulatruelle, desaparecido Claquesous y fugados de la cárcel los principales acusados, el proceso de la emboscada del caserón de Cuervo, había casi abortado. El caso resultaba, pues, bastante obscuro. El tribunal había tenido que contentarse con los dos subalternos Panchaud (a) Primaveral y Demi Liard (a) Millonario, que fueron sentenciados contradictoriamente á diez años de presidio. Á sus cómplices evadidos y contumaces se los había condenado á cadena perpetua.

Thénardier, jefe y promovedor, había sido sentenciado también, pero á muerte, en rebeldía; y esta sentencia era lo único que quedaba de Thénardier, arrojando sobre aquel nombre sepultado su resplandor siniestro como una vela junto á un ataúd.

Por lo demás, sumido Thénardier en las últimas profundidades por el temor de que le volvieran á prender con motivo del referido fallo, aumentaba la tenebrosa nube que ya le envolvía.

En cuanto al otro, en cuanto al hombre ignorado que había salvado á Mario, las pesquisas dieron por el pronto algún resultado; pero no dieron luego mayor luz.

Consiguióse encontrar el coche de alquiler que había transportado á Mario á la calle de las Hijas del Calvario en la noche del 6 de junio.

Declaró el cochero que el 6 de junio, obedeciendo las órdenes de un agente de policía, se había «estacionado» desde las tres de la tarde hasta el anochecer en el muelle de los Campos Elíseos, junto al desagüe de la Gran Cloaca. Que á eso de las nueve de la noche se había abierto la reja de la alcantarilla que da sobre el ribazo del río; que había salido un hombre llevando á cuestas á otro hombre, que parecía muerto; que el agente que estaba en observación en dicho punto, había puesto preso al vivo y recogido al muerto; que, por orden del agente, él, cochero, había admitido á toda aquella gente en su coche; que primero habían ido á la calle de las Hijas del Calvario; que allí habían depositado al hombre muerto; que el hombre muerto era el señor Mario, y que él, el cochero, le conocía muy bien, aunque esta vez estuviese vivo; que enseguida habían vuelto á subir á su coche, y él había arreado los caballos; que á pocos pasos de la puerta de los Archivos le habían gritado que parara; que allí, en la calle, le habían pagado y despedido, y el agente se había llevado al otro individuo; que él no sabía nada más, y que la noche era muy obscura.

Mario, ya lo hemos dicho, de nada se acordaba; únicamente, conservaba cierta idea vaga de que le había cogido por detrás una mano vigorosa en el momento de caer de espaldas en la barricada; después, todo se había desvanecido.

No habiendo recobrado el conocimiento sino después en casa de su abuelo Guillenormand.

Perdíase en conjeturas.

No podía dudar de su propia identidad. ¿Cómo conciliar entonces que, habiendo caído en la calle de la Chanvrerie, le hubiese recogido un agente de policía en el ribazo del Sena, junto al puente de los Inválidos?

Alguien le había llevado desde el barrio de los mercados hasta los Campos Elíseos. ¿Y cómo? Por la alcantarilla. ¡Servicio inaudito!

¡Alguien! Pero, ¿quién?

Éste era el hombre que buscaba Mario.

Pero de este hombre, que era su salvador, nada, ni una huella, ni el menor indicio.

Aunque obligado Mario, por otra parte, á guardar gran reserva, extendió sus investigaciones hasta la prefectura de policía. Y allí tampoco arrojaron mayor luz los informes que dieron.

La prefectura sabía menos que el cochero del carruaje de alquiler. Allí no se tenía noticia de ningún arresto verificado el 6 de junio en la reja de la Gran Cloaca; no se había recibido parte ninguno de agente alguno referente al hecho que en la prefectura, se consideraba como una fábula.

Atribuíase la invención de aquella fábula al cochero. Para alcanzar una propina, son los cocheros capaces de todo, hasta de tener imaginación.

El hecho, sin embargo, era cierto, y Mario no podía dudar de él, á menos de dudar de su propia personalidad, como hemos dicho.

Todo resultaba inexplicable en tan extraño enigma.

¡Aquel hombre! Aquel hombre misterioso que el cochero había visto salir de la reja del Gran Albañal llevando á cuestas á Mario desmayado y que el agente de policía en observación había arrestado en flagrante delito de salvar á un insurrecto, ¿qué se había hecho? Y el mismo agente, ¿qué se había hecho también?

¿Por qué había guardado silencio aquel agente? ¿Había logrado evadirse aquel individuo? ¿había sobornado al agente?

¿Por qué, pues, ese hombre no daba señal ninguna de vida á Mario, que se lo debía todo? Su desinterés no era menos prodigioso que su abnegación. ¿Por qué el tal hombre no reaparecía? Quién sabe si era superior á la recompensa; pero nadie lo es al agradecimiento.

¿Había muerto? ¿Qué hombre era aquél? ¿Qué figura la suya? Nadie podía decirlo.

El cochero respondía: La noche era muy negra. Vasco y Nicolasita, aturdidos, no habían reparado sino en el señorito, todo lleno de sangre.

El portero, cuya luz había alumbrado la trágica llegada de Mario, era el único que se había fijado en el hombre en cuestión, y las señas que daba eran éstas:

—«Era un hombre horrible».

Con la esperanza de sacar partido para sus investigaciones, Mario hizo guardar el traje ensangrentado que llevaba puesto cuando le condujeron á casa de su abuelo.

Al examinar la levita, notóse que estaba desgarrada de una manera extraña en uno de los faldones. Faltábale un jirón.

Hablando Mario una noche delante de Cosette y Juan Valjean de aquella singular aventura, de los informes sin cuento que había tomado y de la inutilidad de sus esfuerzos, impacientóle el rostro frío de Fauchelvent, y exclamó con una viveza que casi tenía la vibración de la cólera:

—Sí, ese hombre, quien quiera que sea, fué sublime. ¿Sabéis, señor mío, lo que hizo? Intervino como el arcángel. ¡Fuéle preciso arrojarse en medio del combate, arrebatarme, abrir la alcantarilla, arrastrarme por ella, llevarme! ¡Fuéle preciso andar más de legua y media por horrorosas galerías subterráneas, encorvado, doblado, en las tinieblas, en la cloaca; más de legua y media, señor mío, con un cadáver á cuestas! ¿Y con qué objeto? Con el único objeto de salvar aquel cadáver. Y aquel cadáver era yo. Sin duda dijo él para sí: «¡Quizá hay todavía un soplo de vida; voy á arriesgar mi existencia por ese miserable resquicio!». ¡Y arriesgó su existencia, no una, sino veinte veces! Cada paso era un peligro; y la prueba está en que al salir de la alcantarilla, le prendieron.

«¿Sabéis, señor mío, que aquel hombre hizo todo esto? Sin la esperanza de recompensa alguna. ¿Qué era yo? Un insurrecto. ¿Qué era yo? Un vencido.

«¡Oh! Si los seiscientos mil francos de Cosette fueran míos...».

—Vuestros son,—interrumpió Juan Valjean.

—Pues bien,—respondió Mario;—yo los daría por encontrar á ese hombre.

Juan Valjean guardó silencio.

LIBRO SEXTO
NOCHE CLARA

[Pg 569]

I
El 16 de febrero de 1833

La noche del 16 al 17 de febrero de 1833, fué una noche bendita. Estuvo sobre sus sombras el cielo abierto. Fué la noche de bodas de Mario y Cosette.

El día había sido delicioso.

No había sido la fiesta transparente imaginada por el abuelo; esto es, una magia con grupos de querubines y de cupidos sobre la cabeza de los novios, un casamiento digno do figurar en la decoración de un techo; pero había sido un día apacible y risueño.

La moda de los casamientos no era en 1833 lo que es hoy. Aún no había tomado Francia de Inglaterra esa exquisita delicadeza de llevarse á la mujer, de huir al salir de la iglesia, de ocultarse avergonzados con su dicha, y de combinar las maneras del banquero quebrado con las delicias del cantar de los cantares.

No se había comprendido todavía cuánta castidad y decencia hay en traquetear el paraíso en silla de posta, en entremezclar su misterio con los chasquidos del látigo, en tomar para lecho nupcial un catre de posada, [Pg 570] y en dejar tras de sí, en la vulgar alcoba, á tanto por noche, el más sagrado de los recuerdos de la vida, confundido con la plática del mayoral de diligencias y la moza de la posada.

En la segunda mitad del siglo XIX en que estamos, no bastan ya el alcalde con su banda, el sacerdote con su casulla, la ley y Dios; se necesita para complemento el postillón de Longjumeau con chaqueta azul de vueltas encarnadas y botones de cascabel, chapa al brazo, calzón de cuero verde, galones falsos, sombrero charolado, pelo abultado y empolvado de blanco, látigo enorme, botas de montar, y sus correspondientes imprecaciones á los caballos normandos de cola anudada.

Francia, es verdad, no lleva aún la elegancia hasta arrojar, como la nobleza inglesa, sobre la silla de posta de los novios una granizada de chinelas rotas y zapatos viejos, en memoria de Churchill, luego Marlborough ó Malbruck, quién se vió atacado el día de su boda por las iras [Pg 571] de una tía suya, ataque al que debió su fortuna.

Las chinelas y zapatos no forman todavía parte de nuestras fiestas nupciales; pero paciencia; á medida que se extienda el buen gusto, ya se llegará á ello.

En 1833, como quien dice hace cien años, no se verificaba aún el casamiento al trote.

Creíase aún en aquella época, ¡cosa rara! que el casamiento es una fiesta íntima y social; que un banquete patriarcal no perjudica á una solemnidad doméstica; que la alegría, aun siendo excesiva, con tal de no traspasar los límites del decoro, no daña á la felicidad y que, por último, es bueno y aún venerable contemplar la fusión de dos destinos, de la cual ha de salir una familia, comenzando en la casa, y que el interior doméstico tenga en adelante por testigo á la cámara nupcial.

Teníase, pues, el impudor de casarse en casa.

La boda de Mario y Cosette, siguiendo esa moda, hoy ya caducada, se efectuó en casa del señor Guillenormand.

Á pesar de lo natural y trillado del negocio matrimonial, las amonestaciones, el arreglo de papeles, la alcaldía y la iglesia, ofrecen siempre alguna complicación. No pudo estar todo listo antes del 16 de febrero.

Ahora bien; por el puro placer de ser exactos diremos, que el 16 de [Pg 572] febrero era martes de Carnaval, lo cual dió lugar á vacilaciones y escrúpulos, particularmente por parte de la señorita Guillenormand.

—¡Martes de Carnaval!—exclamó el abuelo.—Tanto mejor. Hay un refrán que dice:

Boda de martes lardero
Produce siempre hijos buenos

«¡Celébrese pues, y sea el 16, si es que tú, Mario, no quieres que se aplace».

—No por cierto,—respondió el enamorado.

—Casémonos,—exclamó el abuelo.

El casamiento se celebró el 16, á pesar de la alegría pública. Estaba lloviendo; pero en el cielo siempre queda un rinconcito azul al servicio de la felicidad, que los amantes ven, aún cuando el resto de la creación quede bajo paraguas.

Juan Valjean había entregado el día anterior á Mario, en presencia del señor Guillenormand, los quinientos ochenta y cuatro mil francos.

Verificándose el casamiento bajo el régimen de la comunidad de bienes, el contrato de boda fué muy sencillo.

La tía Santos no era en adelante necesaria á Juan Valjean, por cuya razón Cosette se quedó con ella, elevándola al grado de doncella suya.

En cuanto á Juan Valjean, había en la casa del señor Guillenormand un bonito cuarto, expresamente amueblado para él, y Cosette le dijo con [Pg 573] tan irresistible acento: «Padre, yo os lo ruego», que le había hecho casi prometer que iría á habitarlo.

Algunos días antes del fijado para el casamiento, ocurrió á Juan Valjean un accidente. Habíase lastimado el dedo pulgar de la mano derecha, y sin ser cosa grave, como no consintió que nadie se ocupara de ello, ni le curase, ni viese su mal, ni aun Cosette siquiera, tuvo que envolverse la mano con un lienzo, y llevar el brazo suspendido de un pañuelo.

Fuéle, pues, imposible firmar; pero lo hizo en su lugar el señor Guillenormand, como tutor sustituto de Cosette.

No conduciremos al lector ni á la alcaldía ni á la iglesia. No se sigue hasta allí á dos enamorados, y la costumbre es volver la espalda al drama desde que se le ve el ramo en el ojal al novio. Nos limitaremos, pues, á tomar nota de un incidente que, sin advertirlo la comitiva, acaeció en el tránsito de la calle de las Hijas del Calvario á la iglesia de San Pablo.

Estábase reparando á la sazón el empedrado de la extremidad norte de la calle de San Luis, la que se hallaba interceptada á partir de la calle del Parque Real; así fué que los coches de la boda no pudieron ir directamente hasta San Pablo.

Hubo que cambiar de itinerario; era lo más sencillo torcer por el boulevard.

Uno de los convidados hizo la observación de que, siendo martes de Carnaval, habría allí grande acumulación de carruajes.

—¿Por qué?—preguntó el señor Guillenormand.

—Por las máscaras.

—Perfectamente,—dijo el abuelo.—Vamos por ese lado. Estos chicos se casan; van á entrar en lo serio de la vida, y bueno es que se preparen viendo algo de máscaras.

Siguióse el camino del boulevard. En la primera de las berlinas de boda iban Cosette y la señorita Guillenormand, con el señor Guillenormand y Juan Valjean. En la segunda iba Mario, separado todavía de la novia, según costumbre. La comitiva nupcial, al salir de la calle de las Hijas del Calvario, tuvo que entrar en fila en la larga procesión de carruajes que formaban la cadena sin fin de la Magdalena á la Bastilla, y de la Bastilla á la Magdalena.

Las máscaras abundaban en el boulevard, y á pesar de que llovía por intervalos, no se amilanaban los payasos, arlequines y pierrots. Gracias al buen humor del invierno de 1833, París se había disfrazado de Venecia. Hoy no se ven ya martes de Carnaval por el estilo. Como todo lo existente no es sino un carnaval continuado, no hay ya carnavales.

Las alamedas rebozaban de gente y las ventanas de curiosos. Veíanse cubiertas de espectadores las azoteas que coronan los peristilos de los teatros. Además de las máscaras, se veía el desfile, tan propio del martes de carnaval como de Longchamp, de vehículos de todas clases, berlinas, carrozas, calesas, cabriolés, marchando en orden, rigurosamente pegados unos en otros por los reglamentos de policía, y como encajados en los carriles de un camino de hierro. Los que ocupan tales vehículos son á la vez actores y espectadores. Algunos municipales cuidaban de mantener en la parte baja de los boulevares las dos interminables filas paralelas, que se movían en sentido contrario, y vigilaban para que nada perturbase la doble corriente de aquellos dos arroyos de carruajes, subiendo y bajando, uno hacia la Chaussée d'Antin, otro hacia el arrabal de San Antonio.

Los carruajes blasonados de los pares de Francia y embajadores, caminaban por el centro de la calzada, yendo y viniendo libremente. Igual privilegio disfrutaban ciertas comparsas magníficas, en particular la del Buey Gordo.

En medio de aquella alegría parisiense, Inglaterra hacía chasquear su látigo; la silla de posta de lord Seymour, hostigada por cierto sobrenombre populachero, pasaba metiendo mucho ruido.

En la doble fila, á lo largo de la cual galopaban los municipales de á caballo como perros mastines, había muchas modestas berlinas de familia, atestadas de tías y abuelas, mostrando á las portezuelas graciosos grupos de niños disfrazados, pierrots de siete años y pierrotillas de seis, encantadoras criaturas que sentían ya cómo formaban oficialmente parte de la alegría pública, penetrados de la dignidad de su arlequinada con la gravedad de verdaderos funcionarios.

De cuando en cuando sobrevenía un obstáculo en la procesión de los vehículos, deteniéndose una ú otra de las dos filas laterales, hasta que desaparecía el tropiezo. Un solo carruaje atrancado bastaba á paralizar toda la línea. Luego se ponían otra vez en marcha.

Los coches de la boda estaban en la fila que iba hacia la Bastilla, por la parte derecha del boulevard. Á la altura de la calle de Pont aux Choux hubo una parada. Casi al mismo tiempo, en la parte opuesta, la otra fila en dirección á la Magdalena se detuvo también. Había allí entonces en aquella fila un carruaje lleno de máscaras.

Estos carruajes, ó mejor dicho, estas carretadas de máscaras, son harto conocidas de los parisienses. Si llegasen á faltar en un martes de Carnaval, ó en el día de Piñata, se despertaría la malicia, y diríase: Algo hay escondido. Probablemente va á cambiar el ministerio.

Atascamiento de Casandras, de Arlequines, de Colombinas, cabeceando á los vaivenes del carro por encima de la gente de á pie, todos igualmente grotescos, desde el turco hasta el salvaje. Hércules sosteniendo marquesas y verduleras que obligarían á Rabelais á taparse los oídos, como las Bacantes hacían bajar los ojos á Aristófanes; pelucas de hilaza, trajes de punto imitando carne de color de rosa sucio, sombreros con cintajos y verduras, anteojos, tricornios de Janot, encasquetados en cabezas sin seso, gritos á la gente de á pie, brazos en jarras, posturas atrevidas, hombros desnudos, rostros embadurnados, impudeces deslenguadas; es decir, un caos de desvergüenzas paseado por un cochero cubierto de flores manoseadas; ésta es la institución del Carnaval.

Grecia necesitaba la carreta de Tespis y Francia necesita el carruaje de alquiler de Vadé.

Todo puede parodiarse, incluso la parodia. La saturnal, esa gesticulación de la belleza antigua, va aumentándose progresivamente hasta llegar al martes de Carnaval; y la bacante, en otro tiempo coronada de pámpanos, inundada de sol, mostrando un seno de mármol en una semidesnudez divina, hoy día, apoltronada bajo los harapos húmedos del Norte, ha acabado por convertirse en repugnante mojiganga.

La tradición de los carros de máscaras se remonta á los tiempos más antiguos de la monarquía. En las cuentas de Luis XI se asignan al baylío del palacio «veinte sueldos torneses para tres coches enmascarados callejeros». En nuestros días, esas comparsas bulliciosas de criaturas se dejan conducir en alguna antigua calesa, sobre cuyo imperial se agrupan, cuando no abruman con su tumultuoso hacinamiento, algún landó oficial descubierto. Veinte ocupan un carruaje para seis. Encarámanse en el pescante, en las bigoteras, en los resortes de la cubierta, en la lanza; hasta llegan á horcajar en los faroles. Están de pie, sentados, con las piernas cruzadas ó colgando. Las mujeres ocupan las rodillas de los hombres. Desde lejos, se ven por encima del innumerable hormiguero de cabezas, estas pirámides de furiosos; formadas sobre carrozas, montañas de alegría en medio de aquella barahúnda.

Collé, Panard y Piron han salido de ellas enriquecidos de germanía, y ellos son los que escupen desde su cúspide sobre el pueblo todo el catecismo de la desvergüenza.

Aquel carruaje desmesurado, al parecer, por su cargamento, tiene cierto aire de conquista. Bullicio adelante, batahola detrás. En él se vocifera, se grita, se aúlla, se salta, se patalea en el colmo de la dicha; ruge la alegría, resplandece el sarcasmo, se esparce la jovialidad como una púrpura; dos rocines tiran de esta apoteosis de la farsa: es el carro triunfal de la Risa.

Risa harto cínica para ser franca; risa, en efecto sospechosa. Esta risa tiene una misión; la de probar á los parisienses la verdad del carnaval.

Tales carruajes impúdicos, en los que se adivina cierto cúmulo de tinieblas, hacen meditar al filósofo. Hay algo allí del gobierno. Tócase con el dedo cierta afinidad misteriosa entre los hombres públicos y las mujeres públicas.

Como de tantas torpezas amontonadas resulte un total de alegría; como escalonando la ignominia sobre el oprobio, se engolosine al pueblo; como el espionaje, sirviendo de cariátida á la prostitución, divierta á la chusma; como la muchedumbre se recree viendo pasar sobre las cuatro ruedas de un carruaje á ese monstruoso montón viviente, de oropel andrajoso, mitad basura y mitad resplandor, el cual canta y ladra, á la vez que palmotee al contemplar esa gloria formada de todas las vergüenzas; y pensar que no hay fiesta para las multitudes si la policía no saca á pasear por media de ellas mismas, ésas, á modo de hidras de la alegría con veinte cabezas.

Es ello muy triste. Pero ¿qué remedio? Esos carros de fango, adornados de cintas y flores, son insultados y amnistiados por la risa pública. La risa de todos es cómplice de la degradación universal. Ciertas fiestas malsanas desagregan al pueblo y le convierten en populacho; y el populacho, como los tiranos, necesita bufones. El rey tiene á Roquelaure, y el pueblo á Payaso.

París es la gran ciudad loca, siempre que deja de ser la gran ciudad sublime. El carnaval forma parte en él de la política. París, confesémoslo, se deja divertir de buen grado, aunque sea con la infamia. No pide á sus señores, cuando los tiene, sino una cosa: que le den el cieno pintarrajado. Roma tenía igual humor. Amaba á Nerón; Nerón era un histrión titánico.

La casualidad hizo, como dijimos antes, que uno de esos disformes grupos de mujeres y hombres enmascarados, acoplado en una ancha calesa, se detuviese á la izquierda del boulevard, mientras la comitiva nupcial se paraba á la derecha. De una á otra parte del boulevard, el carruaje de las máscaras alcanzó á ver frente á frente al de la novia.

—¡Toma!—dijo una máscara,—es una boda.

—Una boda fingida,—observó otro.—Nosotros somos la verdadera.

Y demasiado lejos para poder interpelar á los novios, temerosos por otra parte de llamar sobre sí la atención de los municipales, las dos máscaras dirigieron la vista á otra parte.

Toda la carretada de mascarones tuvo á poco que habérselas con la multitud, que empezó á chiflarla, manera de acariciar de la muchedumbre; y los dos máscaras que acababan de hablar, entablaron junto con sus compañeros una lucha de denuestos contra el gentío, en la que se agotaron todos los proyectiles del repertorio de plazuela para responder á las enormes bocanadas del pueblo; entablándose entre las máscaras y la chusma un terrible tiroteo de metáforas.

Entretanto, otras dos máscaras del mismo carruaje, un español de narices descomunales, semblante de viejo arrugado y enormes bigotes negros, y una rabanera flaca y muy joven, con careta de terciopelo, habíanse fijado en los novios, y durante aquella granizada de insultos, tuvieron su diálogo en voz baja.

Este diálogo era sofocado por el tumulto.

Como la lluvia había mojado al carruaje, y además el viento de febrero nada tiene de apacible, la rabanera descotada que hablaba con el español, al par que iba riéndose, tiritaba y tosía.

He aquí el diálogo:

—Dime.

—¿Qué, daron[8]?

—¿Ves aquel viejo?

—¿Qué viejo?

—Aquél que va en el primer roulotte[9] de la boda, á este nuestro lado.

—¿El que lleva el brazo recogido en un pañuelo negro?

—Sí.

—¿Y qué?

—Estoy seguro de conocerle.

—¡Ah!

—Que me cercenen el colabro, y que no en mi vioc vousaille, tonorge mi mezig, si no colombo yo aquel pantino[10].

—¡Hoy sí que París tiene parisienses!

—¿Puedes agacharte y ver la novia?

—No.

—¿Y al novio?

—En ese carruaje no va ningún novio.

—¡Pues no!

—Al menos que sea el otro viejo.

—Procura ver á la novia; agáchate más.

—No puedo.

—Lo mismo da. Estoy seguro de conocer á ese viejo que se duele de la pata.

—¿Y qué más tienes conociéndole?

—¡Quién sabe! ¡Á veces...

—Para nada me cuido yo de viejos.

—¡Le conozco!

—Conócele cuanto quieras.

—¿Cómo diablos asiste á la boda?

—También asistimos nosotros.

—¿De dónde vienen?

—¿Yo qué sé?

—Oye.

-¿Qué?

—Debieras hacer una cosa.

—¿Cuál?

—Bajar de nuestro carruaje y filar[11] la boda.

—¿Para qué?

—Para saber adónde van y de quién se trata. Despacha; date prisa en bajar, fée[12] mía, tú que eres joven.

Pero yo no puedo dejar el carruaje.

—¿Por qué?

—Estoy alquilada.

—¡Por vida de!...

—Cobro mi jornal de rabanera de la prefectura.

—Es verdad.

—Si dejo el coche, el primer inspector que me vea me detendrá. Ya [Pg 574] lo sabes.

—Sí, lo sé.

—Hoy estoy alquilada á Pharos[13].

—Sin embargo, este viejo me amuela.

—¡Sí! ¿Te amuelan los viejos? Y esto que no eres una muchacha.

—Está en el primer carruaje.

—¿Y qué?

—En la roulotte de la novia.

—¿Y luego?

—Luego ha de ser el padre.

—¿Y eso qué me importa?

—Te digo que es el padre.

—Oye.

—¿Qué?

—Yo no puedo salir sino enmascarado. Aquí estoy de escondidas, nadie sabe quién soy. Pero mañana ya no habrá máscaras; es miércoles [Pg 575] de ceniza; y corro el riesgo de caer[14]. Es preciso que me vuelva á mi escondite. Pero tú eres libre.

—No mucho.

—Más que yo, siempre.

—Bien. ¿Y luego qué?

—Que procures saber dónde va la boda.

—¿Adónde va?

—Sí.

—Yo lo sé.

—¿Adónde va, pues?

—Al Cuadrante Azul.

—Entonces no es por este lado.

[Pg 576]

—¡Pues bien! á la Rapée.

—Ó á otra parte.

—Como que es libre. Las bodas son libres.

—No basta. Te digo que es preciso procures averiguar qué boda es ésa, qué papel juega en ella este viejo, y dónde viven los novios.

—¡Pues no es ello cosa de cada día! Es un milagro eso de encontrar ocho días después á una boda que ha circulado por París el martes de Carnaval. ¡Un alfiler en un pajar! ¿Es esto posible?

—No importa; sin embargo, hay que intentarlo. ¿Entiendes, Azelma?

Las dos filas continuaron de nuevo por ambos lados del boulevard su movimiento en sentido inverso, y el carruaje de los mascarones perdió de vista el coche de la novia.

[Pg 577]

II
Juan Valjean continúa con el brazo en cabestrillo

¿Á quién le es dado realizar sus sueños? Debe haber para ellos sin duda elecciones en el cielo; nosotros, sin saberlo, somos los candidatos, y los ángeles votan. Cosette y Mario fueron elegidos.

Cosette en la alcaldía y en la iglesia estuvo radiante y encantadora. La tía Santos, ayudada de Nicolasita, la había aderezado.

Sobre una falda de tafetán blanco llevaba puesta la de guipur de Binche, realzando su belleza un velo de punto de Inglaterra, un collar de perlas finas, una corona de azahares; todo esto era blanco, y entre esta blancura Cosette irradiaba. Era la delicadeza del candor dilatándose [Pg 578] y transfigurándose á la luz. Podía decirse que era una virgen dispuesta á convertirse en diosa.

Los hermosos cabellos de Mario estaban lustrosos y perfumados; entreveíanse acá y allá bajo el espesor de los rizos, algunas líneas pálidas; eran las cicatrices de la barricada.

El abuelo, soberbio, con la cabeza erguida, magnífico, amalgamando más que nunca en su traje y en sus maneras toda la elegancia del tiempo de Barras, conducía á Cosette. Reemplazaba á Juan Valjean, quien por llevar el brazo en cabestrillo, no podía dar la mano á la novia.

Venía luego Juan Valjean, vestido de negro y sonriendo.

—Señor Fauchelvent,—decía el abuelo,—éste es un gran día. Voto por el fin de las aflicciones y pesadumbres. En lo sucesivo, no debe haber tristeza en parte alguna. ¡Pardiez! decreto que reine la alegría. El mal no tiene derecho de existir. Es una vergüenza á la verdad para el azul del cielo que haya hombres desgraciados. El mal no proviene del [Pg 579] hombre que, en el fondo, es bueno. Todas las miserias humanas radican en el infierno, dicho por otro nombre las Tullerías del diablo. ¡Vaya! ¡También me permito soltar hoy frases demagógicas! Lo que es yo, no tengo ya opiniones políticas; que todos los hombres sean ricos, es decir, felices; con esto me contento.

Cuando al terminar las ceremonias, después de haber pronunciado delante del alcalde y del sacerdote todos los sí necesarios, después de haber firmado en los registros de la municipalidad y de la sacristía, después de haber cambiado los respectivos anillos, después de haber estado de rodillas codo con codo bajo el yugo de moaré blanco, entre nubes de incienso, llegaron asidos de la mano, admirados y envidiados de todos, Mario de negro, y Cosette de blanco, precedidos del pertiguero con charreteras [Pg 580] de coronel, sonando con su alabarda en las baldosas, en medio de dos hileras de maravillados concurrentes; llegaron, decimos, al pórtico de la iglesia, abiertas las puertas de par en par, dispuestos á subir al coche, ya todo terminado; Cosette no alcanzaba todavía á creerlo. Fijábase en Mario, en el gentío y en el cielo; parecía como temerosa de despertar. Su atónito é inquieto semblante resultaba aún más embelesador.

Para la vuelta, entraron juntos en el mismo carruaje, sentándose Mario al lado de Cosette, y enfrente el señor Guillenormand y Juan Valjean. La señorita Guillenormand retiróse á ocupar el segundo carruaje. «Hijos míos,—les decía el abuelo,—heteos hechos ya el señor barón y la señora baronesa, con treinta mil libras de renta». Cosette, arrimándose cuanto pudo á Mario, acarició su oído con este cuchicheo angelical: «¡Es [Pg 581] verdad pues! ¡Me llamo Mario; soy tu señora!».

Aquellos dos seres irradiaban. Hallábanse en el momento supremo irrevocable, en el deslumbrante punto de intersección de toda la juventud y de toda la alegría. Realizábanse los versos de Juan Provaire. No sumaban cuarenta años entre los dos.

Representaban la sublimidad del matrimonio; aquellas dos criaturas eran dos lirios.

No se miraban uno á otro; se contemplaban. Cosette entreveía á Mario en una gloria, y Mario entreveía á Cosette en un altar. Y sobre aquel altar y en aquella gloria, mezclándose ambas apoteosis, en el fondo, y sin saber cómo, detrás de una nube para Cosette y en un fulgor para Mario, estaba lo ideal, lo verdadero, el cumplimiento del ósculo y del sueño, el tálamo nupcial.

Todos los tormentos pasados se trocaban para ellos en embriaguez. Parecíales que los pesares, los insomnios, las lágrimas, las angustias, los [Pg 582] terrores y la desesperación, transformados en caricias y rayos de luz, hacían aún más deliciosa la hora de delicias que se aproximaba, y que las tristezas se habían vuelto tan serviciales, que servían el tocado á la alegría.

¡La desdicha servía de aureola á su felicidad! ¡La prolongada agonía de su amor remataba en una ascensión!

El encanto mismo inundaba aquellas dos almas, nuncio de voluptuosidad en Mario y de pudor en Cosette. Decíanse por lo bajo: «Iremos á ver juntos nuestro jardín de la calle Plumet». Los pliegues del traje de Cosette caían sobre Mario.

Semejante día es una mezcla inefable de divagaciones y certidumbres. Al lado de la posesión se forman suposiciones. Se tiene todavía delante de sí bastante tiempo para adivinar.

¡Encierra este día la inefable emoción de que al medio día se piense en la media noche! Las delicias de aquellos dos corazones rebosaban sobre [Pg 583] la multitud, comunicando alegría á los transeúntes.

En la calle de San Antonio, delante de San Pablo, se paraba la gente para ver á través de los cristales del coche, temblar los azahares sobre la cabeza de Cosette. Entraron luego en la calle de las Hijas del Calvario.

Mario, sin separarse de Cosette, subió con aire de triunfo y radiante la misma escalera por donde le habían subido moribundo. Los pobres, agolpados delante de la puerta y repartiéndose las limosnas, los bendecían. En todas partes había flores. La casa no estaba menos perfumada que la iglesia; después del incienso, las rosas. Creían oir voces en el infinito; tenían á Dios en el corazón; el destino se les presentaba como una techumbre de estrellas; sobre su cabeza divisaban la luz del sol naciente. De repente sonó el reloj.

Mario se fijó en el gracioso brazo desnudo y algo rosado de Cosette que se entreveía vagamente al través de los encajes del vestido; Cosette, advirtiendo la mirada de Mario, ruborizóse hasta el blanco de los ojos.

Habían sido convidados muchos antiguos amigos de la familia Guillenormand, y todos se apresuraban en derredor de Cosette, llamándola á porfía señora baronesa.

El oficial Teódulo Guillenormand, ya capitán, había venido de Chartres, donde se hallaba de guarnición, para asistir á la boda de su primo Pontmercy. Cosette no le conoció.

Y él por su parte, acostumbrado á parecer lindo á todas las mujeres, no se acordaba más de Cosette que de otra cualquiera.

—¡Qué bien hice en no creer aquel cuento del oficial de lanceros!—decía para sí Guillenormand.

Cosette no había demostrado nunca más cariño á Juan Valjean, estando así al nivel del viejo Guillenormand; mientras éste expresaba su alegría por medio de aforismos y máximas, ella exhalaba el amor y la bondad como un perfume. La dicha quiere dichoso á todo el mundo.

Para hablar á Juan Valjean, hallaba inflexiones de voz del tiempo de su niñez, y le acariciaba con su sonrisa.

Habíase dispuesto el banquete en el comedor.

Un alumbrado esplendente como el sol, es el sazonamiento indispensable de las grandes alegrías. Los dichosos no aceptan la bruma ni la obscuridad; no consienten en estar entre sombras. Noche, sí; tinieblas, no. Á falta de sol es menester crear uno.

El comedor estaba hecho un ascua de alegría. Colgaba en el centro, por encima de la mesa blanca y resplandeciente, una araña de Venecia de almendras chatas y con toda clase de matices de color; azules, violados, rojos y verdes, destacándose en medio de las bujías. Alrededor de la araña, candelabros; en la pared, cornucopias con grupos de tres y cinco velas. Espejos, cristalería, vajilla, porcelana, loza, servicio, orfebrería, plata, todos los ramos, con tal profusión, que donde no había una luz había una flor.

En la antecámara, una flauta, dos violines y un violoncello, ejecutaban á la sordina cuartetos de Haydn.

Juan Valjean se había sentado en una silla del salón detrás de la puerta, cuya hoja casi le ocultaba. Algunos momentos antes de sentarse á la mesa, Cosette, como por una corazonada, fué á hacerle una gran reverencia, extendiendo con ambas manos la falda de su vestido de novia, y preguntóle con picaresca mirada:

—¿Estáis contento, padre?

—Sí,—dijo Juan Valjean,—estoy contento.

—Bien; reíos entonces.

Juan Valjean sonrió.

Poco después anunciaba Vasco que estaba servida la sopa.

Los convidados, precedidos del señor Guillenormand, quien daba el brazo á Cosette, entraron en el comedor, y se fueron colocando, según el orden establecido, alrededor de la mesa.

Figuraban en ella dos grandes sillones colocados á derecha é izquierda de la novia, el primero para Guillenormand y el segundo para Juan Valjean. Sentóse Guillenormand, pero el otro sillón quedó vacío.

Buscóse con la vista al señor Fauchelvent.

No estaba allí.

Guillenormand preguntó á Vasco:

—¿Sabes dónde está el señor Fauchelvent?

—Señor,—respondió Vasco,—precisamente acaba de salir, encargándome de deciros, que molestado un poco por su mano enferma, lo cual le impedía sentarse á la mesa con el señor barón y la señora baronesa, rogaba se le dispensase, que vendría mañana á primera hora.

Aquel sillón vacío enfrió un poco la efusión del banquete nupcial: pero ausente Fauchelvent, allí estaba Guillenormand, y el abuelo brillaba por dos. Dijo que Fauchelvent hacía bien en acostarse temprano, si la mano le molestaba, y que aquello no era sino «pupa». Esta declaración bastó. Por otra parte, ¿qué es un punto obscuro en medio de una inundación de alegría? Cosette y Mario se encontraban en uno de esos momentos egoístas y bienaventurados en que todas las facultades se encuentran en la percepción de la felicidad. Y luego, al señor Guillenormand se le ocurrió una buena idea: «¡Pardiez! Ya que está vacío ese sillón pasa tú, Mario. Tu tía, aunque tenga derechos sobre ti, te lo permitirá. Ese sillón es para ti. Es de ley y de gracia. Fortunato junto á Fortunata».

Aplauso general de toda la mesa.

Mario ocupó junto á Cosette el sitio destinado á Juan Valjean; y las cosas se arreglaron de manera que Cosette, triste al principio por ausencia de Juan Valjean, acabó por ponerse contenta. Desde el momento que era Mario quien le reemplazaba, Cosette no hubiera echado de menos á Dios mismo.

Y puso ella su lindo pie, calzado de raso blanco, sobre el pie de Mario.

Ocupado ya el sillón, no se echó ya de menos al señor Fauchelvent; y cinco minutos después, la risa y el júbilo reinaban de un extremo á otro de la mesa con toda la animación del olvido.

Á los postres, el señor Guillenormand, de pie con una copa de vino champaña en la mano, á medio llenar para que el temblor de sus noventa y dos años no la hiciera desbordar, brindó por los novios.

—No os librareis por cierto de dos sermones,—exclamó.—Por la mañana habéis tenido el del cura; vais á tener esta noche el del abuelo. Atended, pues: voy á daros un consejo: Adoraos. Yo no amontono giros y circunloquios, voy derecho al blanco: ¡Sed felices! No hay en la creación otros sabios que los tortolitos. Los filósofos dicen: «Moderad vuestra alegría». Pero yo digo: «Dad rienda suelta á la alegría. Sed apasionados como diablos; sed incansables». Los filósofos desbarran. Yo quisiera hacerles tragar de nuevo toda su filosofía.

«¿Pueden sobrar por ventura nunca en la vida los perfumes, los capullos de rosa entreabiertos, los ruiseñores cantando, las hojas verdes ni las auroras? ¿Puede estar nunca de más el amor? ¿Puede ser jamás excesivo el amor mutuo? ¡Cuidado, Estela, que eres demasiado linda! ¡Alerta, Nemoroso, que eres demasiado bello! ¡Disparates! ¿Es nunca demasiado embelesarse, demasiado halagarse, excesivo quererse? ¿Pueden ser nunca jamás desmedidas las dichas ni la vida?

«Moderar la alegría. ¡Mucho que sí! ¡Abajo los filósofos! La sabiduría es el júbilo. Regocijaos; regocijémonos todos. ¿Somos dichosos porque somos buenos, ó somos buenos porque somos dichosos? ¿El famoso diamante Sancy (cienseis) se llama así por haber pertenecido á Harley de Sancy, ó porque pesa ciento seis quilates? No lo sé; abundan en la vida estos problemas; pero lo que importa es poseer el Sancy y la felicidad. Seamos dichosos, sin escudriñar.

«Obedezcamos ciegamente al sol. ¿Qué es el sol? Es el amor; y quien dice amor, dice mujer. ¡Ay! ¡ay! he aquí una potencia absoluta, la mujer. Preguntadle á ese demagogo de Mario si no es esclavo de esa tiranuela de Cosette. ¡Y de buena gana, cobardón! ¡La mujer! No hay ningún Robespierre que la resista. La mujer reina. Ya no soy realista de otra realeza. ¿Qué es Adán? El reino de Eva. Para Eva no hay 89.

«Hubo el cetro real coronado de una flor de lis, el cetro imperial coronado de un globo, el cetro de Carlo-Magno que era de hierro, el cetro de Luis el Grande que era de oro; torciólos la Revolución entre su pulgar y su índice como pajuelas; todo acabó, todo se quebró y rodó por el suelo: ya no hay cetros; pero ¡sublevaos contra ese pañolito bordado que huele á pachulí! Me gustaría verlo. Probad. ¿Por qué es tan sólido? Porque es un trapo.

«¡Ah! ¡Sois el siglo XIX! ¿Y qué? Nosotros éramos del siglo XVIII, ¡tan bárbaros como vosotros! No creáis haber cambiado mucho el universo, porque vuestro galanteador se llame el cólera morbo, y vuestro verdugo se llame la cachucha; en el fondo siempre habrá que amar á las mujeres. Os desafío á que salgáis de aquí. Esos diablillos son nuestros ángeles. Sí; el amor, la mujer y el beso; éste es el círculo de que os desafío á salir. Por mi parte, de buena gana volvería á entrar en él. ¿Quién de vosotros ha visto elevarse en el infinito, apaciguándolo todo á sus pies, contemplando las ondas como una mujer, á la estrella Venus, á la gran coqueta del abismo, la Celimena del océano? ¡El océano! ¡Terrible Alcestes! Pues bien; en vano se alborota; aparece Venus, y hace que sonría. La fiera salvaje se somete. Así somos todos. Cólera, tempestad, rayos, espuma, todo sube hasta el techo. Entra una mujer en escena, es una estrella que se eleva; ¡á tierra todo el mundo! Mario se batía hace seis meses, y hoy se casa. Perfectamente. Sí, Mario, sí; Cosette; tenéis razón. Sed osados el uno para el otro; haceos el amor, haced que estallemos de rabia los que no podemos imitaros; idolatraos. Tomad en vuestros picos todas las briznas de felicidad que hay en la tierra, y arreglaos un nido para toda la vida. ¡Pardiez! ¡que amar y ser amado, no es ningún milagro cuando se es joven! No os figuréis haberlo inventado vosotros. También yo he soñado, también yo he divagado, también yo he suspirado, también yo he tenido límpida el alma.

«El amor es un niño de seis mil años. El amor tiene derecho á una gran barba blanca. Matusalén es un niño al lado de Cupido. Hace sesenta siglos que el hombre y la mujer salen, amándose, de todos sus apuros. El diablo, como maligno, se ha puesto á aborrecer al hombre; y el hombre, que es más maligno aún, se ha puesto á amar á la mujer; de lo cual ha resultado ser mayor el bien que ha conseguido, que el mal que le ha hecho el diablo. Esta fineza fué encontrada ya en el Paraíso terrenal. La invención, amigos míos, es vieja, y sin embargo conserva toda su novedad. Aprovechaos. Sed Dafne y Cloé, mientras llega el tiempo de que seáis Filemón y Baucis. Portaos de manera que, cuando estéis juntos, nada os falte, y que Cosette sea el sol para Mario, y Mario el universo para Cosette. Cosette, que la sonrisa de tu marido sea el buen tiempo; Mario, que las lágrimas de tu mujer sean la lluvia, y que no llueva jamás en vuestro hogar. Habéis robado á la lotería el buen número, el amor en el sacramento; tenéis el premio gordo, guardadlo bajo llave, no lo derrochéis; adoraos, y no os cuidéis de lo demás.

«Creedme. El sano juicio os habla por mi boca, y el sano juicio no puede mentir. Sed religiosamente el uno para el otro. Cada cual tiene su manera de adorar á Dios. ¡Diantre! ¡El mejor modo de adorar á Dios, es amar á la mujer! ¡Yo te amo! Tal es mi catecismo. Todo el que ama, quien quiera que sea, es ortodoxo.

«El juramento de Enrique IV coloca la santidad entre la francachela y la embriaguez. ¡Por la pechuga de San Gris! Mi religión no tiene nada que ver con tal juramento. Se olvida la mujer, y esto me asombra tratándose con un jurador como Enrique IV. Amigos míos, ¡viva la mujer! Soy viejo, según se dice, pero es admirable como me siento dispuesto á ser joven. Quisiera ir á oir las zampoñas de los bosques. Me embelesa ver á los muchachos que aciertan á ser lindos y dichosos. Me casaría de buena gana si encontrase con quien; es imposible imaginar que Dios nos haya criado para otra cosa: idolatrar, arrullar, galantear, ser palomo, ser gallo, picotear á los enamorados desde la mañana hasta la noche, mirarse en su mujercita, erguirse, triunfar, hinchar la papada: he aquí el objeto de la vida. Así pensábamos nosotros en hacerlo cuando éramos jóvenes. ¡Ah, virtud pintada! ¡y qué preciosas mujeres había entonces! ¡Qué caras! ¡Qué pimpollos! Allí sí que era yo devastador.

«Amaos, pues. Para no amarse, yo no sé de qué serviría la primavera; por mi parte, rogaría á Dios que encerrase las maravillas que nos pone de manifiesto, que nos privase de ellas, que volviese á su caja las flores, las aves y las mujeres guapas.

«Hijos míos, recibid la bendición de este buen viejo».

La noche se pasó rápida, gozosa y alegremente. El soberano buen humor del abuelo dió tono á la fiesta, y todos trataron de corresponder á aquella cordialidad casi centenaria. Se bailó un poco, se rió mucho; fué una boda inocente. Hubieran podido convidar á ella al viejo bonachón. Y en verdad que estaba allí representado en la persona del señor Guillenormand.

Hubo bullicio y luego silencio.

Desaparecieron los novios.

Poco después de las doce, la casa del señor Guillenormand se trocó en templo.

Aquí nos detenemos. En el umbral de las noches de boda hay un ángel en pie, sonriendo, con el dedo sobre los labios.

El alma se anega en la contemplación ante ese santuario, donde se celebra el amor.

Debe haber resplandores sobre tales moradas. El goce que encierran debe escaparse á través de las piedras de los muros, convertido en claridad, é irradiar vagamente en las tinieblas. Es imposible que esta fiesta sagrada y fatal no eleve un rayo celeste al infinito. El amor es el crisol sublime donde se verifica la fusión del hombre y de la mujer; el ser uno, el ser triple, el ser final, la trinidad humana sale de él. Ese nacimiento de dos almas en una ha de ser forzosamente una emoción para la sombra. El amante es sacerdote; la virgen enajenada se asombra. Y algo de ese gozo llega hasta Dios. Donde hay realmente matrimonio, es decir, amor, entra el idealismo.

Un lecho nupcial es un fulgor de aurora en las tinieblas. Si fuese dado á la pupila de carne percibir las visiones terribles y agradables de la vida superior, es probable que veríamos las formas de la noche, los desconocidos alados, los caminantes azules de lo invisible, inclinarse, en multitud de cabezas sombrías, alrededor de la casa luminosa satisfechos, benditos, mostrándose unos á otros, á la virgen esposa dulcemente asombrada, y ostentando el reflejo de la felicidad humana en sus rostros divinos. Si en tan suprema hora, deslumbrados los esposos por el deleite, y creyéndose solos, escuchasen, oirían en su cuarto un aleteo confuso. La dicha perfecta implica la solidaridad de los ángeles. La obscura y reducida alcoba tiene todo el cielo por techo.

Cuando dos bocas, consagradas por el amor, se aproximan para crear, es imposible que sobre aquel beso inefable no se realice un estremecimiento en el misterio inmenso de las estrellas.

Estas felicidades son las verdaderas. No existe el goce fuera de estos goces. El amor es el único éxtasis. Todo lo demás llora.

Amar ó haber amado, esto basta. No pidáis nada luego. No se puede encontrar otra perla en los piélagos tenebrosos de la vida. Amar es el cumplimiento del más alto deber.

[Pg 584]

III
La inseparable

¿Qué había sido de Juan Valjean?

Inmediatamente después de haberse reído, cediendo á la graciosa intimación de Cosette, aprovechó Juan Valjean un instante en que nadie le miraba, y salió á la antecámara. Era la misma sala en la que, ocho meses antes, había entrado cubierto de cieno, de sangre y de polvo, trayéndole el nieto al abuelo. El antiguo revestimiento de madera estaba adornado con guirnaldas de hojas y flores; los músicos estaban sentados en el mismo canapé en que había dejado á Mario.

Vasco, vestido de negro, con calzón corto, medias y guantes blancos, estaba colocando coronas de rosas alrededor de los platos que iban á servirse. Juan Valjean le mostró su brazo en cabestrillo, y se marchó después de encargarle explicase el motivo de su ausencia.

Las ventanas del comedor daban á la calle. Juan Valjean permaneció de pie algunos minutos, inmóvil entre la obscuridad, bajo aquellas ventanas radiantes. Estaba escuchando. El confuso ruido del banquete llegaba hasta él. Oía la voz alta y magistral del abuelo, los violines, el retintín de los platos y los vasos, las carcajadas y, en medio de todo [Pg 585] aquel alegre rumor, distinguía la dulce y regocijada voz de Cosette.

Dejó la calle de las Hijas del Calvario, y se volvió á la calle del Hombre Armado.

Tomó para volverse las calles de San Luis, Culture Sainte Cathérine y Blancs Manteaux, y aunque era el curso más largo, era el mismo que tenía la costumbre de seguir hacía tres meses, evitando así el tropel de transeúntes y los barros de la calle Vieille du Temple, cuando desde la calle del Hombre Armado iba todos los días con Cosette á la calle de las Hijas del Calvario.

Este camino que había recorrido con Cosette excluía para él todo otro itinerario.

Juan Valjean entró en su casa. Encendió su vela y subió.

La habitación estaba vacía. Ni siquiera había en ella la tía Santos. Las pisadas de Juan Valjean producían en los cuartos mayor ruido que ordinariamente. Todos los armarios estaban abiertos. Penetró en el cuarto de Cosette.

No había sábanas en la cama. La almohada de cutí, sin funda y sin guarniciones, estaba colocada sobre los cobertores doblados al pie de los colchones, cuya tela se veía, y donde ya nadie había de acostarse. Los pequeños objetos femeninos pertenecientes á Cosette habían desaparecido, quedando únicamente los muebles grandes y las cuatro paredes. La cama de la tía Santos estaba igualmente desaparejada. Una sola cama hecha, parecía esperar á alguien: era la de Juan Valjean.

Juan Valjean miró las paredes; cerró algunas puertas de los armarios, pasando del uno al otro cuarto.

Luego entró en el suyo, dejando la vela sobre una mesa.

Había sacado el brazo del cabestrillo, y se servía de la mano derecha como si nada tuviese en ella.

Acercóse á su cama; y sus ojos, fuese por casualidad, fuese de intento, se fijaron en la inseparable, que había dado celos á Cosette; en la maleta de que no se separaba jamás. El 4 de junio, al llegar á la calle del Hombre Armado, la había colocado en un velador junto á su cabecera. Dirigióse al velador con cierta excitación, sacó una llavecita del bolsillo y abrió la maleta.

Fué sacando de ella poco á poco los vestidos con que diez años antes había dejado Cosette á Montfermeil; primero el vestido negro, después el pañolito negro, enseguida los zapatos fuertes de niña que casi habrían podido servir todavía á Cosette, tan breve era su pie; el jubón de bombasí tupido, el refajo de punto, el delantal con bolsillos y las medias de lana. Estas últimas, donde se veía señalada aún la forma de una pierna infantil, eran poco más largas que la mano de Juan Valjean. Todo aquello era negro, y era él quien había llevado á Montfermeil aquellos vestidos para Cosette.

Á medida que los sacaba de la maleta, los iba dejando sobre la cama. Pensaba y recordaba. Era en invierno, en un mes de diciembre harto frío, ella tiritaba medio desnuda, apenas cubierta de harapos, con sus pobres y amoratados piececitos metidos en unos malos zuecos. Él, Juan Valjean, le había hecho dejar aquellos andrajos y ponerse aquel traje de luto. La madre debió regocijarse en su tumba al ver á su hija enlutada por ella, y sobre todo, al verla vestida y abrigada. Recordaba aquel bosque de Montfermeil, que había atravesado en compañía de Cosette: recordaba la crudeza del tiempo que hacía, los árboles sin hojas, las ramas sin pájaros, el cielo sin sol. Así y todo, aquello había sido un embeleso. Ordenó cuidadosamente las ropitas sobre la cama, el pañuelo junto á la saya, las medias cerca de los zapatos, y el jubón junto al zagalejo, contemplándolas una tras otra, y diciendo para sí: «Así era ella; llevaba su gran muñeca en brazos, había guardado su luis de oro en el bolsillo de este delantal, se reía, é íbamos los dos asidos de la mano; no contaba en el mundo más que conmigo...».

Aquí, su venerable cabeza blanca cayó sobre el lecho; su corazón, constantemente estoico, estalló abismando, por así decirlo, su faz en los vestidos de Cosette, y si alguien hubiese pasado á la sazón por la escalera, habría podido oir perfectamente su horroroso llanto.

[Pg 586]

IV
Immortale jecur

La antigua y formidable lucha, de la que hemos visto ya diferentes fases, vuelve á empezar.

Jacob no luchó con el ángel más que una noche. ¡Ay! ¡Cuántas veces hemos visto á Juan Valjean luchando en medio de las tinieblas, cuerpo á cuerpo con su conciencia, y luchando perdidamente contra ella!

¡Lucha inaudita! ¡En ciertos momentos el pie se desliza; en otros se hunde el suelo!

¡Cuántas veces aquella conciencia, precipitándose furiosa hacia el bien, le había estrechado y abrumado! ¡Cuántas veces la verdad le había puesto la inexorable rodilla sobre el pecho! ¡Cuántas veces, derribado á fuerza de luz, le había pedido perdón! ¡Cuántas veces esa luz implacable, [Pg 587] encendida en él y sobre él por el obispo, le había deslumbrado violentamente cuando más deseaba cegar!

¡Cuántas veces, en lo más crudo de la pelea, se había vuelto á enderezar, asido de la roca, apoyado en el sofisma, arrastrado entre el polvo, tan pronto derribando á los pies su propia conciencia, tan pronto derribado por ella! Cuántas veces, después de un equívoco, después de un razonamiento traidor y especioso del egoísmo, había oído á su conciencia irritada gritarle al oído: «¡Zancadilla! ¡Miserable!». ¡Cuántas veces su pensamiento refractario había agonizado convulsivamente bajo la evidencia del deber!

Resistencia á Dios. Sudores fúnebres. ¡Cuántas heridas secretas, que solamente él sentía manar!

¡Cuántos desgarros en su lamentable existencia! ¡Cuántas veces se había levantado nuevamente ensangrentado, quebrantado, lacio, iluminado, desesperado el corazón y serena el alma! ¡Sintiéndose vencedor [Pg 588] siendo vencido! Y después de haberle dislocado, atenaceado y deshecho su propia conciencia, de pie, formidable, luminosa, tranquila, le decía: «Ya puedes ir en paz».

Pero ¡Ay! ¡Qué paz tan lúgubre al salir de tan sombría lucha!

No obstante, aquella noche, comprendía Juan Valjean que empeñaba su postrer combate.

Una sola cuestión se le presentaba dolorosa.

Las predestinaciones no son siempre directas; no se desarrollan en línea recta ante el predestinado; tienen sus callejones sin salida, sus laberintos, sus travesías obscuras y sus encrucijadas alarmantes en su multitud de vías. Juan Valjean había hecho alto en lo más peligroso de todas aquellas encrucijadas.

Había llegado al supremo empalme del bien y del mal. Tenía esta tenebrosa intersección á la vista. Como le había sucedido en otras peripecias dolorosas, dos caminos se abrían delante de él: uno tentador, otro horroroso. ¿Cuál de ambos elegir?

El que aterraba, le era aconsejado por el misterioso dedo indicador que todos percibimos cuando fijamos la vista en la sombra.

Juan Valjean tenía que escoger una vez más entre el puerto terrible y la sonriente emboscada.

¿Es, pues, verdad que el alma puede curar y no la suerte? ¡Terrible cosa, un destino irremediable!

He aquí la cuestión que se presentaba:

¿De qué manera iba á portarse Juan Valjean con relación á la felicidad de Cosette y Mario? Él era quien había querido, quien había hecho aquella felicidad, por más que le destrozase las entrañas; y á la sazón, contemplándola, podía sentir la especie de satisfacción que sentiría un [Pg 589] armero al reconocer la marca de su fábrica en un cuchillo, al arrancarlo humeante de su pecho herido.

Cosette tenía á Mario, Mario poseía á Cosette. Todo lo tenían, incluso la riqueza, y esto era obra suya.

Pero una vez formada, una vez existente aquella dicha, ¿qué le correspondía hacer á Juan Valjean? ¿Imponerse á ella y tratarla como si le perteneciera?

Sin duda, Cosette era ya de otro; pero ¿retendría Juan Valjean de Cosette todo lo que podía retener de ella? ¿Continuaría siendo la especie de padre, entrevisto, pero respetado, que había venido siendo hasta entonces? ¿Se introduciría tranquilamente en casa de Cosette? ¿Uniría, sin decir una palabra, su pasado á aquel porvenir? ¿Presentaríase, como asistido de su derecho, é iría á sentarse, envuelto en sombras, sobre aquel hogar luminoso? ¿Cogería, sonriendo, la mano de aquellos inocentes entre sus manos trágicas? ¿Posaría sus pies en la apacible chimenea del salón de Guillenormand, aquellos pies que arrastraban tras sí la infamante sombra de la ley? ¿Participaría él de la suerte reservada á Cosette y á Mario? ¿Aumentaría la obscuridad sobre su propia frente y las nubes sobre la de ellos? ¿Colocaría en tercer lugar, entre aquellas dos felicidades su propia catástrofe? ¿Persistiría en su silencio? En una palabra; ¿sería él, junto á aquellos dos seres dichosos, el siniestro nudo del destino?

Es preciso estar acostumbrado á los golpes de la fatalidad para atreverse á alzar los ojos cuando aparecen ciertas cuestiones en toda su horrible desnudez. El bien ó el mal se hallan detrás de este severo interrogante.—¿Qué vas á hacer?—pregunta la esfinge.

Juan Valjean poseía el hábito de la prueba, y miró fijamente á la esfinge.

Examinó el despiadado problema bajo todas sus fases.

Cosette, aquella existencia alegre, era la tabla de salvación de aquel náufrago. ¿Qué hacer? ¿Asirse á ella fuertemente ó abandonarla?

Si se asía, escapaba al desastre, tornaba á ver el sol, dejaba escurrir el agua amarga de sus vestidos y sus cabellos; se había salvado: vivía.

¿Iba á soltar su presa?

Entonces, el abismo.

Aconsejábase así dolorosamente con su pensamiento, ó mejor dicho, combatía furioso, dentro de sí mismo, tan pronto contra su voluntad, como contra su convicción.

Fué una dicha para Juan Valjean el haber podido llorar. Esto quizá le iluminó. Al principio, sin embargo, tomó la tempestad un aspecto horrible, desencadenándose con más violencia que la que le impulsó en otra época hacia Arrás. El pasado reaparecía ante él; comparaba y lloraba. Una vez abierta la esclusa de las lágrimas, retorcióse aquel desesperado.

Sentíase detenido.

¡Ay! En el pugilato decisivo entre el egoísmo y el deber, cuando se retrocede paso á paso ante el ideal inconmutable, extraviado, encariñado, exasperado, teniendo que ceder, disputando el terreno, esperando una huida posible, buscando una salida; ¡qué brusca y siniestra resistencia la del pie de una muralla detrás de nuestro pie!

¡Sentir que la sombra sagrada es un obstáculo!

¡Lo invisible inexorable, qué obsesión!

La conciencia no desiste jamás. Toma tu partido, Bruto; toma tu partido, Catón. No tiene fondo, Dios. Se arroja á ese pozo el trabajo de toda la vida; se arroja la fortuna, la riqueza, los triunfos, la libertad ó la patria; se arroja el bienestar, el reposo, la alegría. ¡Es poco, es poco aún! ¡Vaciad el vaso! ¡Inclinad la urna! ¡Es poco también! Es preciso arrojar también el corazón.

En alguna parte de la espesa bruma de los antiguos infiernos ha de haber un tonel parecido á ese pozo.

¿No es perdonable á la verdad rehuirlo? ¿Puede lo inagotable reclamar su derecho? Las cadenas sin fin ¿no son acaso incompatibles con la fuerza humana? ¿Quién vituperaría á Sísifo y á Juan Valjean porque gritasen: ¡basta!?

La obediencia de la materia está limitada por el roce: y ¿no ha de haber un límite á la obediencia del alma? Si el movimiento continuo es imposible, ¿por qué ha de exigirse la continua abnegación?

El primer paso no es nada; el último es el difícil.

¿Qué era el proceso Champmathieu al lado del casamiento de Cosette y sus consecuencias? ¿Qué valía lo de volver á presidio, comparado con volver á la nada?

¡Cuán sombrío es el primer escalón del descenso! ¡Cuán negro es el segundo!

¿Y cómo no volver entonces la cabeza?

El martirio es una sublimación; sublimación corrosiva. Es una tortura que santifica. Puede consentirse en él la primera hora, estar sentado en el trono de hierro candente, tener ceñida la corona de hierro candente, aceptar el globo de hierro candente, empuñar el cetro de hierro candente; pero falta todavía vestir el manto de llamas; ¿y no llega un momento en que la carne miserable se rebela, y entonces abdica el suplicio?

Por último, Juan Valjean entró en la calma del abatimiento.

Pesó, meditó y calculó las alternativas de la misteriosa balanza de luz y sombra.

Imponer su presidio á aquellas dos hermosas criaturas, ó consumar él mismo su irremediable sumersión.

De una parte el sacrificio de Cosette, de la otra el suyo propio.

¿Qué solución adoptó?

¿Qué determinación? ¿Cuál fué en su interior su contestación definitiva al incorruptivo interrogatorio de la fatalidad? ¿Qué puerta se decidió á abrir? ¿Qué parte de su vida resolvió cerrar y condenar? Entre todas aquellas quebradas insondables que le rodeaban, ¿cuál elegía? ¿Qué extremo aceptó? ¿Á cuál de aquellos abismos se inclinó?

Su vertiginosa divagación duró toda la noche.

Continuó allí hasta asomar el día, en la misma actitud, doblado sobre aquel lecho, prosternado bajo la enormidad del destino; ¡ay! aplastado quizá, con los puños crispados, los brazos extendidos en ángulo recto, como un crucifijo desclavado y arrojado de cara al suelo. Doce horas de una larga noche de invierno, helado, sin levantar la cabeza ni pronunciar una palabra, inmóvil como un cadáver, mientras que su pensamiento rodaba por el suelo y subía á las nubes; como la hidra unas veces, como el águila otras.

Al verle alguien en aquella actitud sin movimiento, le habría creído muerto; pero estremecíase de pronto convulsivamente, y su boca, pegada á los vestidos de Cosette, los besaba. Entonces se le veía revivir.

Pero ¿quién podía verlo, puesto que Juan Valjean estaba solo y no había allí nadie?

Quien está en las tinieblas.

NOTAS:

[8] Daron, padre.

[9] Roulotte, carruaje.

[10] Que me corten el cuello y que no pueda yo decir en mi vida tú ni vou, si no conozco yo al tal parisién.

[11] Filar, seguir.

[12] Fée, hija.

[13] Pharos, al gobierno.

[14] Caer, ser preso.

LIBRO SÉPTIMO
LA ÚLTIMA GOTA DEL CÁLIZ

[Pg 590]

I
El séptimo círculo y el octavo cielo

Los días siguientes á los de boda son solitarios. Se respeta el recogimiento de la felicidad, y un poco también el sueño retardado. La barahúnda de las visitas y las felicitaciones no vuelve hasta más tarde. El 17 de febrero, poco después del medio día, estaba Vasco, con su paño y plumero bajo el brazo, ocupado en «arreglar la antecámara», cuando oyó un ligero golpe en la puerta.

No había tirado de la campanilla, lo cual es una discreción propia de semejante día. Abrió Vasco, y vió al señor Fauchelvent.

Introdújole en el salón, revuelto todo aún de arriba á bajo, ofrecía [Pg 591] éste todo el aspecto del campo de batalla de las alegrías de la víspera.

¡Diantre!—observó Vasco.—Nos hemos despertado tarde caballero.

—¿Está levantado el señor?—preguntó Juan Valjean.

—¿Cómo seguís del brazo?—preguntó Vasco á su vez.

—Mejor. ¿Se ha levantado el amo?

—¿Cuál? ¿El antiguo ó el nuevo?

—El señor de Pontmercy.

—¿El señor barón?—prorrumpió Vasco como empinándose.

Los títulos sirven principalmente para los criados. Parece que les toca algo, les alcanza lo que un filósofo llamaría las salpicaduras del título, y esto les lisonjea. Mario, digámoslo de paso, republicano militante, habiéndolo probado, era barón á pesar suyo. Habíase verificado en la familia una pequeña revolución acerca de este título; Guillenormand era entonces quien abogaba por él, y Mario quien le desechaba; pero el coronel Pontmercy había escrito: Mi hijo llevará mi título, y Mario obedecía. [Pg 592] Y luego Cosette, en quien empezaba á despuntar la mujer, estaba satisfecha de ser baronesa.

—¿El señor barón?—repitió Vasco.—Voy á ver. Le diré que está aquí el señor Fauchelvent.

—No. No le digáis que soy yo. Decidle que hay quien desea hablarle en particular, mas sin decir el nombre.

—¡Ah!—exclamó Vasco.

—Quiero darle una sorpresa.

—¡Ah!—repuso el criado, dirigiéndose á sí mismo el segundo ¡ah! como explicación del primero. Y salió. Juan Valjean se quedó solo.

Acabamos de decir que el salón estaba en desorden. Parecía que, aplicando el oído, hubiera podido oirse aún el vago rumor de la boda. Veíanse por el suelo flores de todas clases, desprendidas de las guirnaldas y de los peinados. Las bujías, apuradas hasta el cabo, añadían á los cristales de las arañas estalactitas de cera. Ningún mueble estaba en su lugar. En los rincones, tres ó cuatro sillas, aproximadas unas á otras y formando círculo, parecían como continuar una plática comenzada. El conjunto era risueño. Los restos de una fiesta encierran siempre cierta [Pg 593] gracia. El gozo había reinado allí. En aquellas sillas desarregladas, en medio de aquellas flores ya marchitas, bajo aquellas luces apagadas, se había pensado en la dicha. El sol sucedía á los candelabros y sus rayos penetraban alegremente en la sala.

Transcurrieron algunos minutos. Juan Valjean seguía inmóvil en el sitio donde le había dejado Vasco. Estaba muy pálido. Veíanse sus ojos tan hundidos bajo las órbitas á causa del insomnio, que casi desaparecían. Las arrugas de su levita negra patentizaban que había pasado la noche sin quitársela, teniendo llenos los codos de esa pelusa blanca que deja en el paño roce del lienzo. Juan Valjean miraba á sus pies la ventana dibujada en el pavimento por el sol.

Al ruido que hizo la puerta, levantó los ojos.

Entró Mario con la cabeza erguida, la boca risueña, el rostro como inundado de luz, la frente dilatada, la mirada triunfante. Tampoco había dormido.

—¡Sois vos, padre!—exclamó viendo á Juan Valjean.—¡Y ese imbécil [Pg 594] de Vasco, con su aire misterioso! Pero venís muy temprano. No son más que las doce y media, Cosette está durmiendo.

La palabra padre, dicha á Fauchelvent por Mario, significaba: felicidad suprema. Ya hemos indicado que siempre había existido entre ambos tibieza y embarazo, hielo que romper ó derretir. Mario se hallaba en ese punto de embriaguez en que las escabrosidades se aplanan, en que el hielo se disuelve, siendo Fauchelvent para él, como para Cosette, el padre.

Y continuó: la palabra se desbordaba en él con esa superabundancia propio de los divinos paroxismos de la alegría.

—¡Cuán satisfecho estoy de veros! ¡si supierais cuánto os echamos ayer de menos! Buenos días, padre. ¿Cómo va esa mano? Mejor ya, ¿verdad?

Y satisfecho de la buena contestación que se daba á sí mismo, prosiguió:

—Ambos hemos hablado mucho de vos. ¡Cosette os quiere tanto! Supongo que no vais á olvidar que tenéis aquí vuestro cuarto. Basta ya de la calle del Hombre Armado. No queremos que penséis en ella más. ¿Cómo pudisteis ir á habitar una calle como aquélla, malsana, ruinosa [Pg 595] y fea, cerrada por un lado, fría, y en la que apenas se puede entrar? Vendréis á instalaros aquí, desde hoy mismo, ó Cosette se enfadará. Está dispuesta á llevarnos á todos á su gusto. Os lo prevengo. Ya habéis visto vuestro cuarto, está junto al nuestro y da á los jardines. Se ha arreglado algo que le faltaba á la cerradura, la cama está pronta; no falta sino que entréis en ella. Cosette ha mandado colocar junto á la cama una butaca antigua, forrada de terciopelo de Utrech, á la que ha dicho: Tiéndele los brazos. Cada primavera anida un ruiseñor en el grupo de acacias que hay delante de las ventanas. Allí estará dentro de dos meses. Tendréis vuestro nido á la derecha, y el nuestro á la izquierda. Por la noche cantará el ruiseñor, y de día os hablará Cosette. El cuarto tiene sol de Mediodía. Cosette arreglará en él vuestros libros, el viaje del capitán Cook, el otro de Vancouver y demás objetos vuestros.

«Creo que hay una maletita que apreciáis en mucho, á la cual he destinado un rinconcito de honor. Habéis conquistado á mi abuelo; parece que congeniáis. Viviremos todos juntos. ¿Sabéis jugar al whist? Colmaréis los deseos de mi abuelo, si lo jugáis. Vos mismo acompañaréis á paseo á Cosette los días en que tenga yo vista, la llevaréis del brazo como en otro tiempo, ya sabéis, en el Luxemburgo. Estamos absolutamente decididos á ser felices, y vos participaréis de nuestra felicidad. ¿Lo entendéis, padre? Por supuesto, hoy almorzaréis con nosotros.

—Señor—dijo Juan Valjean,—tengo que deciros una cosa. Soy un antiguo presidiario.

El límite de los sonidos agudos perceptibles puede traspasar perfectamente el alcance del espíritu como de la materia. Estas palabras: Soy un antiguo presidiario, al salir de los labios de Fauchelvent y al entrar en el oído de Mario, iban más allá de lo posible. Mario no entendió. Parecióle [Pg 596] que acababan de decirle algo, pero no supo qué. Quedóse con la boca abierta.

Entonces advirtió que el hombre que le hablaba estaba espantoso. En su feliz enajenamiento no había notado hasta aquel instante aquella terrible palidez.

Juan Valjean desató el pañuelo negro que sostenía su brazo, quitóse el envoltorio de la mano, descubrió el dedo pulgar, y mostrándosele á Mario:

—No tengo nada en la mano,—dijo.

Mario contempló el dedo.

—Ni he tenido jamás nada,—repuso Juan Valjean.

No se veía, en efecto, señal ni herida alguna.

Juan Valjean prosiguió:

—Convenía que no asistiese yo al casamiento, y me he alejado cuanto he podido. He supuesto esta herida para evitar una falsedad, para no [Pg 597] introducir nulidad alguna en los contratos matrimoniales, para no tener que firmar.

Mario tartamudeó:

—¿Y qué quiere decir todo esto?

—Quiere esto decir,—respondió Juan Valjean,—que he estado en presidio.

—¡Me estáis volviendo loco!—exclamó Mario aterrado.

—Señor de Pontmercy,—dijo Juan Valjean,—he estado diez y nueve años en presidio por robo. Luego me condenaron á cadena perpetua, también por robo, como reincidente, y á la hora presente soy un simple escapado de presidio.

Mario hubiera querido retroceder ante la realidad, rechazar el hecho y resistir á la evidencia; pero era preciso ceder á ella. Empezó á comprender, y como sucede siempre en casos semejantes, traspasó el límite de la comprensión. Tembló por la repugnancia que sintió interiormente; estremecióse con la idea que atravesó su espíritu. Entrevió para sí, en el porvenir, un destino disforme.

—¡Decidlo, decidlo todo, todo!—exclamó.—¡Sois padre de Cosette!

Y retrocedió dos pasos con un indecible movimiento de terror.

Juan Valjean levantó la frente en actitud tan majestuosa, que pareció [Pg 598] crecer hasta el techo.

—Es necesario que me creáis, señor; aunque el juramento de los presidiarios no sea admitido en juicio.

Permaneció silencioso un momento, y luego, con cierta autoridad soberana y sepulcral, añadió, articulando lentamente y apoyando las sílabas una á una:

—...Debéis creerme. Padre de Cosette, ¡yo! delante de Dios, no. Señor de Pontmercy: Yo soy un aldeano de Faverolles. Ganábame la vida podando árboles. No me llamo Fauchelvent; me llamo Juan Valjean. Ningún parentesco me une á Cosette. Tranquilizaos.

Mario balbuceó:

—¿Y quién me prueba?...

—Yo. Puesto que yo lo digo.

Mario miró á aquel hombre. Estaba lúgubre y sereno. La mentira no podía salir de semejante calma. Lo glacial es sincero. La verdad se sentía [Pg 599] en aquella frialdad de tumba.

—Os creo,—dijo Mario.

Juan Valjean inclinó la cabeza como quien acepta el testimonio, y continuó:

—¿Qué soy yo para Cosette? Un pasajero. Hace diez años que ignoraba su existencia. La quiero mucho, es cierto. Cuando uno, ya viejo, ha visto crecer á esos pequeñuelos, es natural quererlos. Los viejos se creen abuelos de todos los niños. Paréceme que podéis suponer que hay en mí algo parecido á un corazón. Era huérfana. No tenía padre ni madre. Necesitaba de mí. Por eso me he consagrado á amarla. Los niños son tan débiles, que el primero que llega, aún siendo un hombre como yo, puede servirles de protector. He cumplido ese deber con respecto de Cosette. No creo que tan poca cosa merezca llamarse una buena acción; pero si lo es, tomad nota de que la he hecho yo. Registradla [Pg 600] como una circunstancia atenuante.

«Hoy Cosette se separa de mí; nuestros dos caminos se alejan, y en lo sucesivo ya no puedo hacer nada por ella. Cosette es la señora de Pontmercy. Su providencia ha cambiado. Y Cosette gana en el cambio. Perfectamente. En cuanto á los seiscientos mil francos, no me habléis de ellos, pero me anticipo á vuestra pregunta. Se trata de un depósito. ¿Cómo se hallaba en mis manos ese depósito? Poco importa. Lo devuelvo y no se me puede exigir más. Completo la restitución diciéndoos mi verdadero nombre. Esto es interés mío. Me conviene que sepáis quién yo soy».—Y Juan Valjean fijó la vista en Mario.

Lo que Mario experimentaba era tumultuoso é incoherente. Ciertas ráfagas del destino producen oleajes parecidos en nuestra alma.

Todos tenemos momentos de turbación en que las ideas se dispersan, y decimos lo primero que se nos ocurre, que no es siempre lo más oportuno. Hay revelaciones súbitas que no se pueden resistir, y que embriagan como un vino funesto.

Mario estaba admirado con la situación nueva que se le presentaba, hasta el punto de hablar á aquel hombre casi reprochándole amargamente su confesión.

—Pero, en fin,—exclamó,—¿por qué me decís todo eso? ¿Qué es lo que os obliga á ello? Podíais haberos guardado el secreto. Nadie os denuncia, persigue ni hostiga. ¿Qué razón os mueve á hacer así, sin más ni más, semejante revelación? Acabad. ¿Qué más hay? ¿Con qué fin hacéis [Pg 601] semejante confesión? ¿Á qué objeto?

—¿Á qué objeto?—respondió Juan Valjean con una voz tan baja y tan sorda, que se hubiera dicho hablaba consigo mismo, mas bien que con Mario.—¿Qué objeto mueve en realidad al presidiario para venir á deciros: soy un presidiario? En verdad que es ello cosa rara. Es por honradez. Sabéis lo que hay de malo en ello, es un hilo que tengo en el corazón, y me tiene sujeto. Esos hilos nunca resultan más sólidos que cuando uno es viejo. Toda la vida se deshace en torno de ellos y lo resisten. Si hubiera podido arrancar ese hilo, romperle, desatar el nudo ó cortarle, irme lejos, muy lejos, estaba salvado; bastábame partir. Hay diligencias en la calle de Bouloy. Sed muy felices, podía haber dicho, y marcharme. He probado de romper ese hilo, he tirado, y ha resistido, y no se ha roto. Me arrancaba con él el corazón. Entonces dije: no es posible que viva en otra parte. Debo quedarme. Pero tenéis razón, soy un imbécil; ¿por qué no quedarme buenamente? Me ofrecéis un cuarto en vuestra casa; la señora de Pontmercy me quiere mucho; ha dicho á ese sillón: «¡Tiéndele los brazos!». Vuestro abuelo desea mi compañía, congeniamos, [Pg 602] habitaremos todos en la misma casa, comeremos juntos, daré el brazo á Cosette... á la señora de Pontmercy, perdonad la costumbre; tendremos un techo, una mesa, un hogar para todos, la misma chimenea en invierno, el mismo paseo en verano. ¡Magnífica perspectiva! ¡Qué feliz existencia! Viviremos en familia. ¡En familia!

Al pronunciar esta palabra Juan Valjean se anubló su semblante, cruzó los brazos, fijó la vista en el suelo como si quisiese abrir á sus pies un abismo, y exclamó con voz que parecía el estallido de una tempestad:

—¡En familia! No; yo no tengo familia. La vuestra no es mía, yo no pertenezco á la familia de los hombres. En las casas en que reina la intimidad, estoy de más. Hay familias, es verdad, pero no para mí. Yo soy el infeliz; vivo fuera. No sé si he de dudar de haber tenido padres. El día en que he casado esa niña, todo ha concluido; la he visto dichosa; la he visto unida al hombre á quien ama, y junto á ellos un buen anciano; una pareja de ángeles, rodeados de todas las alegrías; en esta [Pg 603] casa, he dicho: Tú no debes entrar.

«Era fácil mentir, no cabe duda, engañaros á todos, seguir llamándome el señor Fauchelvent. Mientras ha sido en bien de ella, he podido mentir; pero ahora, en abono mío, no debo hacerlo. Bastaba con callarme, y todo marchaba como hasta aquí. Me preguntáis: ¿qué es lo que me obliga á hablar? Una cosa singular; mi conciencia. Y sin embargo, ¡era tan fácil callarme! He pasado la noche esforzándome en persuadirme de ello. Vos me interrogáis como un profesor, y por cierto que lo que acabo de deciros da este derecho. Pues bien, sí; he pasado toda la noche buscando razones; se me han ocurrido algunas excelentes, he hecho cuanto ha estado de mi parte, creedlo.

«Pero hay dos cosas en que no he acertado; ni á romper el hilo que me tiene sujeto por el corazón, amarrado y fijo aquí, ni á hacer callar á alguien que me habla bajo cuando estoy solo. Por esto he venido esta mañana á confesároslo todo ó casi todo. Hay lo inútil, que sólo á mí me concierne, y esto me lo guardo para mí. Lo esencial ya lo sabéis. Así, pues, he tomado mi misterio; y os lo he traído, y he rasgado mi secreto ante vuestros ojos. No era resolución ésta muy fácil de adoptar; así que, como os digo, toda la noche he estado luchando conmigo mismo. ¡Ah! Vos creéis que yo no me he dicho que no era esto como el proceso [Pg 604] Cbampmathieu; y que con callar mi nombre no infería daño á nadie, y el nombre de Fauchelvent me lo había dado el mismo Fauchelvent agradecido por un servicio que le había prestado, así es que yo podía muy bien conservarle, y ser muy feliz en ese cuarto que me ofrecéis, que sin molestar á nadie, podría estar en mi rinconcito, y que mientras vos tendríais á Cosette, tendría yo la satisfacción de estar bajo del mismo techo.

«Así hubiera tenido cada cual su felicidad proporcionada. Con seguir siendo Fauchelvent todo se arreglaba; sí, todo, excepto mi alma. Al rededor mío, alegría; en el fondo de mi alma obscuridad. No basta ser dichoso, es preciso estar satisfecho. Así habría yo seguido siendo Fauchelvent, y ocultando mi verdadero rostro en presencia de vuestras expansiones, yo habría encerrado un enigma, y en medio de vuestro claro día habría yo tenido mis tinieblas, y sin preveniros siquiera, habría introducido buenamente el presidio en vuestro hogar, me habría sentado á vuestra mesa con la idea de que, á saber quién yo era, me arrojaríais de ella, y me habría dejado servir por unos criados que, de saberlo, habrían exclamado: ¡Qué horror! ¡Yo había de irme á codear con quien tiene derecho á rechazarme; yo había de haber escamoteado vuestros apretones de mano! ¡Había de haberse dividido el respeto en esta casa entre cabellos blancos venerables y cabellos blancos infamados! ¡En vuestras horas más íntimas, cuando todos los corazones se hubiesen creído abiertos hasta el fondo unos para otros, cuando hubiésemos estado los cuatro juntos, vuestro abuelo, vosotros dos y yo, habría habido ahí un desconocido! ¡Y compartiendo vuestra existencia, mi único cuidado debiera ser el de no levantar jamás la tapa de mi terrible pozo! ¡Yo, un muerto, me impondría á vosotros que sois la vida! Equivaldría á condenaros conmigo. ¡Vos, Cosette y yo seríamos tres cabezas con el gorro verde! ¿No os estremece esto?

«No siendo en verdad sino el más infeliz de los hombres, habría llegado á ser el más monstruoso. ¡Cometer todos los días el mismo crimen! ¡Mentir todos los días! ¡Tener todos los días sobre mi cara el mismo velo de noche! ¡Comunicaros todos los días, uno tras otro continuamente esta parte de la afrenta mía, á vosotros mis queridísimos, mis inocentes hijos! ¿Callarse es muy sencillo? ¿Nada cuesta guardar silencio? No, no es sencillo. Hay silencios que mienten. ¡Y mi mentira, y mi fraude, y mi indignidad, y mi cobardía, y mi traición, y mi crimen, yo los habría bebido gota á gota, yo los habría escupido y vueltos á beber, yo habría concluido á media noche para volver á empezar á medio día, y mis buenos días habrían mentido, y mis buenas noches habrían mentido, y de esa suerte habría yo dormido, y de esa suerte habría comido mi pan, y habría mirado á Cosette á la cara, y habría respondido á su sonrisa de ángel con la sonrisa del condenado, y habría sido un hipócrita abominable!

«Y todo, ¿para qué? Para ser feliz. ¡Para ser feliz yo! ¿Tengo derecho acaso para ello? Yo estoy fuera de la vida, señor mío».

Juan Valjean se detuvo. Mario seguía escuchando. Semejantes encadenamientos de ideas y de angustias no pueden interrumpirse. Juan Valjean bajó de nuevo la voz, pero el sonido de la voz no era ya sordo, era siniestro.

—¿Me preguntáis por qué hablo? cuando nadie me denuncia, me persigue, ni hostiga. ¡Sí! ¡Estoy denunciado, hostigado, perseguido! ¡Sí! ¿Por quién? Por mí. Yo mismo me cierro el paso, y me arrastro, y me empujo, y me paro, y me ejecuto; y cuando uno se tiene preso á sí mismo, bien preso está».

Y asiéndose de su propia levita fuertemente, y tirándola hacia Mario:

—¿Veis este paño?—dijo.—¿No os parece que tiene cogido el cuello de esta levita sin temor de que se le escape? ¡Pues bien! Existe otro puño que agarra más fuertemente: la conciencia. Para ser feliz, señor mío, se necesita no comprender nunca el deber, porque en cuanto se le comprende es implacable. Diríase que castiga por comprenderle, pero no; antes bien recompensa, pues nos coloca en un infierno, donde sentimos á Dios junto á nosotros. Y en cuanto se nos desgarran las entrañas, está uno en paz consigo mismo.

Y con dolorido y triste acento añadió:

—Señor de Pontmercy, esto está fuera del sentido común; yo soy un hombre honrado; degradándome á vuestros ojos es como me elevo á los míos. Otra vez me ha sucedido ya; pero aquello fué menos doloroso; no fué, puede decirse, nada. Sí, un hombre honrado. No lo sería, cuando por mi culpa hubieseis continuado estimándome; ahora que me despreciáis, sí, lo soy. Tengo la fatalidad de que, no pudiendo jamás poseer sino una consideración robada, esa consideración me humilla y agobia interiormente; necesitando el desprecio ajeno para el respeto propio, entonces me elevo. Soy un presidiario que obedece á su conciencia. Ya sé yo que es ello muy singular. Pero, ¿qué remedio? Es así. He contraído compromisos conmigo mismo, y los estoy cumpliendo. Hay encuentros que nos ligan; hay casualidades que nos arrastran por el camino del deber. ¡Ah, señor de Pontmercy, me han sucedido tales cosas en la vida!

Juan Valjean hizo aún otra pausa, tragando la saliva con esfuerzo, como si sus palabras tuviesen un sabor amargo, y luego prosiguió:

—Cuando siente uno tal horror de sí mismo, no tiene derecho para hacer á los demás, sin saberlo, partícipes de su horror, para comunicarles su peste; no tiene derecho para hundirles en su precipicio sin que ellos se aperciban; no tiene derecho para cubrirlos con la chaqueta roja del presidio, para entorpecer solapadamente con su miseria la felicidad del prójimo. Es odioso acercarse á los que están sanos, y tocarlos en la sombra con su úlcera invisible. En vano Fauchelvent me prestó su nombre; no tengo el menor derecho para llevarle; él pudo dármelo, yo no puedo admitirlo. Un nombre es otro yo... Ya veis, señor mío, que he pensado un poco, y he leído otro poco, aunque no sea más que un aldeano; y ya veis igualmente que sé explicarme como debo, y darme cuenta de las cosas, según la educación que yo mismo me he procurado. Pues bien; sustraer un nombre y cubrirse con él no es de hombre honrado. Tan ladrón es el que toma letras del alfabeto, como el que roba un bolsillo ó un reloj. ¡Ser una firma falsa de carne y hueso, ser una llave falsa viviente, y entrar en casa de los hombres de bien destrozando la cerradura; no poder mirar nunca cara á cara, ser siempre infame interiormente! ¡No, no! y mil veces no. Vale más sufrir, manar sangre, llorar, arrancarse la piel de la carne con las propias uñas, pasar las noches en convulsiones de agonía, torturándose el pecho y el alma. Por eso he venido á contaros lo que acabáis de oir. Así, sin más ni más, como habéis dicho.

Respiró dolorosamente, y lanzó todavía esta última frase:

—En otro tiempo, para vivir, robé un pan; hoy no quiero vivir robando un nombre.

—¡Para vivir!—interrumpió Mario.—¿Acaso necesitáis de este nombre para vivir?

—¡Ah! Yo me entiendo,—respondió Juan Valjean, alzando y bajando la cabeza lentamente muchas veces seguidas.

Hubo unos momentos de silencio. Los dos callaban, sumergido cada cual en un abismo de pensamientos. Mario se había sentado junto á una mesa, y apoyaba el ángulo de la boca en uno de sus dedos doblado.

Juan Valjean iba y venía. Detúvose delante de un espejo, y se quedó inmóvil. Luego, como respondiendo á un razonamiento interior, dijo, mirando aquel espejo, donde él no se veía:

—¡Es lo cierto que ahora me siento aliviado!

Púsose nuevamente á pasear, dirigiéndose al otro extremo de la sala. En el instante de volverse, notó que Mario le miraba andar. Entonces le dijo con un acento indescriptible:

—Arrastro un poco la pierna. Ya comprenderéis ahora por qué.

Volvióse por completo, y continuó:

—Y á pesar de todo, señor mío, figuraos que nada he dicho, que sigo siendo Fauchelvent, que vivo en esta casa, que soy de la familia, que tengo mi cuarto, que salgo á almorzar en vuestra compañía por la mañana en zapatillas y bata, que por la noche vamos los tres al teatro, que acompaño á la señora de Pontmercy á pasear á las Tullerías y á la plaza Real; en una palabra, que estamos juntos y me creo vuestro igual. El día menos pensado, estoy yo aquí, estáis vosotros hablando conmigo, riendo, y de repente ois una voz que grita este nombre: ¡Juan Valjean! Y he aquí que la mano espantosa de la policía sale de la sombra y me arranca bruscamente la careta.

Callóse de nuevo; Mario se había levantado estremecido.

Juan Valjean añadió:

—¿Qué decís á eso?

El silencio de Mario era la respuesta.

Juan Valjean continuó:

—Ya veis que he tenido razón en no callarme. Sí, sed dichoso, vivid en el cielo, sed el ángel de otro ángel, habitad el sol y contentaos con eso, y sin cuidaros de qué manera un pobre condenado se desgarra el pecho para cumplir con su deber. Tenéis en vuestra presencia, señor mío, un hombre bien miserable.

Mario cruzó lentamente la sala, y cuando estuvo cerca de Juan Valjean, le tendió la mano; pero, como la de éste no se alargase á tomarla, hubo de aproximarse él.

—Mi abuelo tiene amigos,—le dijo;—yo haré que obtenga un indulto.

—Es inútil,—respondió Juan Valjean.—Me creen muerto, y esto basta. Los muertos no están sujetos á la vigilancia de la policía. Se les deja pudrir tranquilamente. La muerte es lo mismo que el indulto.

Y retirando su mano, que retenía Mario, añadió con cierta dignidad inexorable:

—Por lo demás, no he de cumplir sino con mi deber: he aquí el único amigo á quien recurriré. No necesito otro indulto que el de mi conciencia.

En este momento entreabrióse suavemente la puerta al otro extremo de la sala, y apareció la cabeza de Cosette en la abertura. Sólo se distinguía su cándido semblante; estaba admirablemente despeinada, y tenía los párpados hinchados aún de haber dormido. Hizo el movimiento de un pájaro que saca la cabeza fuera del nido; miró primero á su marido, luego á Juan Valjean, y les gritó riendo, con esa sonrisa que sólo se ve en el fondo de una rosa:

—Apostaría á que estáis hablando de política. ¡Qué barbaridad! ¡En vez de estar conmigo!

Juan Valjean se estremeció.

—¡Cosette!—balbuceó Mario.

Y se detuvo. Hubiera podido créerseles culpables á uno y otro.

Cosette, con aspecto radiante, seguía mirándolos. Brotaban de sus ojos como destellos del paraíso.

—Os he cogido infraganti,—dijo Cosette.—Acabo de oir á través de la puerta á mi padre Fauchelvent que decía: «La conciencia... Cumplimiento de mi deber...». ¡Esto es política! Y yo no quiero que se hable de política en este día. No es del caso.

—Te engañas, Cosette,—respondió Mario.—Hablábamos de negocios. Buscábamos el medio mejor de colocar tus seiscientos mil francos.

—No es esto todo,—interrumpió Cosette.—Y sino, ahora vengo yo. ¿Me queréis aquí?

Y traspasando resueltamente la puerta, entró en el salón. Llevaba puesto un gran peinador blanco, de mil pliegues, de holgadas mangas, que partiendo del cuello le caía hasta los pies. En los dorados cielos de las antiguas pinturas góticas hay ángeles graciosísimos vestidos como ella.

Contemplóse de pies á cabeza en un espejo de cuerpo entero, y prorrumpió con una expresión de éxtasis inefable:

—Había un rey y una reina. ¡Oh! ¡Qué contenta estoy!

Dicho esto, hizo un gran saludo á Mario y á Juan Valjean.

—Ya lo veis,—continuó,—vengo á colocarme á vuestro lado en un sillón; dentro de media hora almorzaremos y hablaréis cuanto queráis; ya sé yo que los hombres tienen que hablar, seré muy discreta.

Mario la tomó del brazo, y la dijo amorosamente:

—Estamos hablando de negocios.

—Á propósito,—respondió ella,—he abierto mi ventana, y acaba de llegar al jardín una bandada de pierrots (gorriones). Pájaros, no máscaras. Que, si hoy es miércoles de ceniza para nosotros no lo es para ellos.

—Te repito que estamos hablando de negocios; anda, hija mía, déjanos un instante. Hablamos de números y te aburrirías.

—¡Qué corbata más bonita te has puesto, Mario! Estáis muy coquetón, señor mío. No, no me aburriré.

—Te aseguro que sí.

—Que no. Puesto que sois vosotros. No os comprenderé, pero escucharé. Cuando se oye á quien bien se quiere, no se necesita comprender lo que dicen. Estar juntos, es todo lo que quiero, aquí me quedo ¡Vaya!

—¡Cosette mía! Imposible.

—¡Imposible!

—Sí.

—Está bien,—repuso Cosette.—¡Os habría dicho tantas cosas! Que el abuelito duerme todavía; que la tiita ha ido á misa; que la chimenea del cuarto de papá Fauchelvent rebota el humo; que Nicolasita ha llamado al fumista; que la tía Santos y Nicolasa han reñido ya; que Nicolasa se ríe de cómo tartamudea la tía Santos. Pues bien; no sabréis nada de todo esto. ¿Con que, imposible? También yo gritaré: ¡Imposible! ¿Quién perderá en el juego? Ea, amiguito mío, Mario mío, deja que me quede.

—Te juro que necesitamos estar solos.

—¿Soy yo alguien por ventura?

Juan Valjean no decía una palabra. Cosette se volvió hacia él.

—Lo primerito que quiero, padre, es que me abracéis. ¿Cómo os calláis así, en vez de poneros de mi parte? ¡Vaya un papá singular! ¡No veis cuán desgraciada soy en mi nuevo estado! Mi marido me pega. Ea, un abrazo y un beso, prontito.

Juan Valjean se acercó.

Cosette se volvió hacia Mario.

—¿Veis? os hago una mueca.

Enseguida presentó su frente á Juan Valjean.

Juan Valjean dió un paso hacia ella.

Cosette retrocedió, exclamando:

—¡Qué pálido estáis, padre! ¿Os duele mucho el brazo?

—Ya está curado,—dijo Juan Valjean.

—¿Habéis dormido mal?

—No.

—¿Estáis triste?

—No.

—¡Vaya! Un abrazo. Y si os sentís bien, si dormís bien y estáis contento, no os reñiré.

Y de nuevo le presentó su frente.

Juan Valjean besó aquella frente, donde brillaba un reflejo del cielo.

—Sonreid.

Juan Valjean obedeció. Su sonrisa fué la de un espectro.

—Ahora defendedme de mi marido.

—¡Cosette!—exclamó Mario.

—Enfadaos, padre. Decidle que debo quedarme: que delante de mí se puede hablar de todo. ¡Con que, se me cree tan tonta! ¡Es ello tan gran cosa! ¡Negocios, colocar dinero en un banco! ¡Vaya un misterio! Los hombres dan importancia á cualquier tontería. Quiero quedarme aquí. Esta mañana estoy muy bien; Mario, mírame.

Y con un encogimiento de hombros adorable y cierto aire de despique, fijó los ojos en Mario.

Prodújose como un relámpago entre aquellos dos seres. Poco importaba que no estuviesen solos.

—¡Te amo!—dijo Mario.

—¡Te adoro!—dijo Cosette.

Y cayeron irresistiblemente uno en brazos de otro.

—Ahora,—repuso Cosette arreglando un pliegue de su ancho peinador con cierto ligero ademán de triunfo, ahora me quedo.

—Esto no,—replicó Mario en tono suplicante.—Tenemos que terminar cierto asunto.

—¿Aún no?

Mario dió á su voz una inflexión grave.

—Te aseguro, Cosette, que es imposible.

—¡Ah! ¡Hacéis gala de vuestra voz de hombre! ¡Está muy bien! Ya me voy. Padre, no me habéis apoyado. Señor marido, señor papá, sois un par de tiranos. Se lo voy á contar al abuelito. Si creéis que he de volver á deciros tonterías, os equivocáis. Tengo mi orgullito también. Ahora la mía. Ya veréis cómo sois vosotros los que os vais á fastidiar sin mí. Voyme cargada con toda la razón.

Y se fué.

Dos segundos después la puerta se abrió de nuevo; su fresca y sonrosada mejilla asomó por entre las dos hojas, y Cosette gritó:

—Estoy furiosa.

Volvióse á cerrar la puerta, y renacieron las tinieblas.

Fué aquello como un rayo de sol descarriado, atravesando sin imaginarlo las sombras de la noche.

Mario se cercioró de que la puerta estaba bien cerrada.

—¡Pobre Cosette!—murmuró.—Cuando sepa...

Á estas palabras, Juan Valjean tembló de pies á cabeza, fijando en Mario sus ojos extraviados.

—¡Cosette! ¡Ay! Sí, se lo vais á decir todo; justo. No había yo pensado en ello. Se tienen fuerzas para una cosa, y faltan para otra. Os lo ruego, señor mío. Os conjuro por lo más sagrado; dadme vuestra palabra de no decirle nada. ¿No basta que vos lo sepáis? Nadie me ha obligado á delatarme, lo he hecho de buen grado; me delataría á todos, al universo entero, ¿qué me importa? ¡Pero á ella! Ella no sabe lo que es esto y se espantaría. ¡Cómo! ¡un presidiario! Sería menester explicárselo y decirle: «¡Es un hombre que ha estado en presidio!». Un día vió ella pasar la cuerda... ¡Oh, Dios mío!

Y enseguida se dejó caer en un sillón, ocultando el rostro entre ambas manos.

No se le oía; pero, por el movimiento de sus hombros se conocía que lloraba. Llanto silencioso, llanto terrible.

Existe en el sollozo algo de sofocación. Dióle una pequeña convulsión, se inclinó hacia atrás contra el respaldo como para respirar, dejando caer sus brazos, y pudiendo ver Mario su rostro bañado en llanto, le oyó decir tan bajo, que su voz parecía salir de un abismo sin fondo:

—¡Oh! ¡Quisiera morir!

—Serenaos,—dijo Mario;—guardaré vuestro secreto para mí solo.

Y menos enternecido quizá de lo que debiera, pero obligado hacía una hora á familiarizarse con aquella revelación horrible, viendo gradualmente el presidiario superponerse ante sus ojos á Fauchelvent, cautivado poco á poco por aquella realidad lúgubre, y conducido por la pendiente natural de la situación á medir la distancia que acababa de interponerse entre aquel hombre y él, añadió Mario:

—Me es imposible dejar de deciros algo sobre el depósito que tan fiel y honradamente me habéis entregado. Es un acto de probidad. Justo es que se os dé la recompensa. Fijad vos mismo la cantidad, y os será contada. No temáis en hacerla subir mucho.

—Gracias, señor mío,—respondió Juan Valjean con dulzura.

Permaneció pensativo un momento, pasando maquinalmente la yema del dedo índice por la uña del pulgar: luego levantando la voz:

—Todo ha concluido,—dijo,—ó poco menos. Una sola cosa me queda.

—¿Cuál?

Juan Valjean experimentó como una suprema vacilación, y sin voz, casi sin aliento, balbuceó:

—Ahora que ya lo sabéis todo, ¿creéis, señor mío, vos que sois el dueño, que no debo yo ver más á Cosette?

—Sería lo más acertado,—respondió fríamente Mario.

—No volveré á verla,—murmuró Juan Valjean.

Y se dirigió hacia la puerta.

Puso la mano en el picaporte, cedió el pestillo, entreabrióse la puerta lo bastante para pasar. Juan Valjean se quedó un segundo inmóvil, luego cerró de nuevo y se volvió hacia Mario.

No estaba ya pálido, sino lívido. No tenía ya lágrimas en los ojos, sino una especie de luz trágica. Su voz había adquirido una calma extraña.

—Si me lo permitís, señor, vendré á verla. Os aseguro que lo deseo muchísimo. Sin eso, sin la necesidad de ver á Cosette, no os habría hecho esta confesión. Hubiera partido sencillamente... Pero queriendo permanecer en el punto en que habita Cosette, y continuar viéndola, he debido honradamente decirlo todo, seguid vos la ilación de mi razonamiento que es fácil de comprender, ¿no es cierto? Hace ya nueve años largos que la tengo á mi lado; nuestra primera habitación fué aquella casucha del boulevard; luego el convento, enseguida junto al Luxemburgo. Allí la visteis por primera vez. Recordaréis aquel sombrero de felpa azul. Después nos trasladamos al barrio de los Inválidos, donde había una reja y un jardín á la calle Plumet. Desde mi habitación en un patio interior la oía tocar el piano. Tal ha sido mi vida. El uno sin el otro, jamás. Nueve años y algunos meses ha durado esto. Era yo para ella un padre, y se creía mi hija. No sé si me explico bastante bien, señor de Pontmercy: pero os aseguro que me sería difícil marcharme ahora y no volverla á ver, no hablarle más, quedarme sin nada en este mundo. Si no ha de pareceros mal, vendría yo de vez en cuando á ver á Cosette. No lo haría con gran frecuencia; no permanecería mucho tiempo. Podríais mandar que me recibiera en la salita del cuarto bajo. Yo entraría por la puerta trasera, la de los criados; pero esto causaría extrañeza quizá. Valdrá más, creo, entrar por donde entra todo el mundo. ¡Ay, sí, señor mío! Deseo mucho ver alguna que otra vez á Cosette, tan pocas cuantas queráis. Poneos en mi lugar; no tengo más que ella en la tierra. Y luego, hay que ser cautos; si yo no volviese ya más, esto produciría mal efecto, parecería muy raro. Así, lo que puedo hacer es venir al anochecer.

—Vendréis todas las tardes,—dijo Mario,—y Cosette os aguardará.

—¡Cuán bueno sois, señor!—exclamó Juan Valjean.

Mario le saludó; la felicidad acompañó hasta la puerta á la desesperación, y aquellos dos hombres se separaron.

[Pg 605]

II
Obscuridades que puede contener una revelación

Mario estaba trastornado.

La especie de antipatía que había sentido siempre hacia el hombre junto al cual veía á Cosette, estaba ya explicada. Había en aquel personaje cierto no sé qué enigmático de que su instinto le advertía.

Era aquel enigma la más repugnante de las vergüenzas: el presidio. El señor Fauchelvent era el presidiario Juan Valjean.

Hallar bruscamente semejante secreto en medio de su dicha, equivalía á descubrir un escorpión en un nido de tórtolas.

¿La dicha de Mario y de Cosette iba á estar condenada á semejante testigo? ¿Era ello un hecho consumado? ¿Formaba parte de su casamiento la aceptación de aquel hombre? ¿No había remedio?

¿Se había unido Mario al mismo tiempo con aquel escapado de presidio?

Aunque se ciña una doble corona de luz y de alegría, por más que se saboreen los instantes más dichosos de la existencia en amor correspondido; [Pg 606] sacudimientos de esta especie harían estremecer forzosamente al mismo arcángel en su éxtasis, y al mismo semidiós en su gloria.

Como sucede siempre con los cambios repentinos y bruscos como aquél, preguntábase Mario si no tendría algo que echarse en cara. ¿Le había faltado la adivinación? ¿Le había faltado la prudencia? ¿Se había aturdido involuntariamente? Tal vez un poco. ¿Se había metido, sin bastante precaución para explorar los alrededores, en aquella aventura amorosa, cuyo término había sido su casamiento con Cosette? Reconocía,—y así es como por una serie de confesiones sucesivas de nosotros mismos sobre nuestra propia conciencia, la vida nos va corrigiendo poco á poco—reconocía, decimos, el lado quimérico y visionario de su naturaleza, especie de nube interior propia de muchas organizaciones, y que en los paroxismos de la pasión y del dolor se dilata por el cambio de temperatura del alma, é invade al hombre entero hasta el punto de [Pg 607] convertirle en una conciencia inundada de bruma. Hemos indicado ya más de una vez ese elemento característico de la individualidad de Mario.

Recordaba que en la embriaguez de su amor, durante las seis ó siete semanas de éxtasis que había pasado en la calle Plumet, ni siquiera habló á Cosette del drama del caserón del Cuervo, donde la víctima se aferró tan extrañamente en el silencio durante la lucha, y en la evasión después. ¿Por qué no le había ocurrido hablar de ello á Cosette tratándose de una cosa tan reciente y horrorosa? ¿Cómo se concibe que no le hubiese nombrado siquiera á los Thénardier, sobre todo el día que se encontró con Eponina? Casi sentía dificultad para explicarse á la sazón su silencio de entonces. Dábase cuenta de él, sin embargo, recordando su aturdimiento, su embriaguez por Cosette, el amor absorbiéndolo todo, aquel arrobamiento de ambos en lo ideal, y quizá también con la cantidad imperceptible de razón mezclada en aquel estado violento y embelesador [Pg 608] del alma, un vago y sordo instinto de ocultar y abolir en su memoria aquella horrible aventura, cuyo contacto temía, en la que no quería representar papel alguno, á la que se sustraía, no pudiendo ser narrador ni testigo sin ser acusador.

Por otra parte, aquellas pocas semanas habían pasado como un relámpago, sin conceder espacio más que al amor.

En fin, pesado, considerado y examinado todo, resultaba que aún en el caso de haber referido á Cosette la emboscada del caserón del Cuervo, de haberle hablado de los Thénardier, cualesquiera que hubiesen sido las consecuencias, aún en el caso de haber descubierto que Juan Valjean era un presidiario, ¿habría por esto cambiado él, Mario? ¿Habría por esto cambiado ella, Cosette? ¿Habría él retrocedido? ¿La habría adorado menos? ¿Habría dejado de casarse? No.

¿Habría, pues, cambiado en algo cuanto había hecho? No. Nada, pues, tenía que lamentar, nada que reprocharse. Todo estaba bien. Existe un Dios para esos beodos que se llaman enamorados. Mario ciego, había seguido el camino que hubiese elegido con la vista clara. El amor [Pg 609] le había vendado los ojos. ¿Para llevarle adónde? Al paraíso.

Pero aquel paraíso debía estar rodeado en lo sucesivo de una cerca infernal.

La antigua repulsión de Mario por aquel hombre, por aquel Fauchelvent convertido en Juan Valjean, estaba á la sazón llena de horror.

En este horror, digámoslo también, había cierta compasión y aún cierta sorpresa.

Aquel ladrón, reincidente y todo, había restituido un depósito. ¿Y qué depósito? Seiscientos mil francos. Y siendo el poseedor único del secreto, pudo muy bien habérselo guardado ó no entregarlo todo.

Por otra parte, había revelado espontáneamente su propia situación. Y á esto no le obligaba nadie. Si se sabía quién había sido, por él era.

Había en aquella confesión otra cosa sobre la aceptación de la humillación, la del peligro. Para un condenado, la máscara no es máscara, es un abrigo. Un hombre falso es la seguridad, y él había renunciado á un falso nombre. Podía, siendo presidiario, ocultarse para siempre en el [Pg 610] seno de una familia honrada; y había resistido á la tentación. ¿Por qué? Por escrúpulo de conciencia. Él mismo lo había explicado con el irresistible acento de la sinceridad.

En suma, quien quiera que fuese aquel Juan Valjean, era incontestablemente una conciencia que despertaba. Había en él cierta misteriosa rehabilitación comenzada, y según todas las apariencias, hacía mucho tiempo que este escrúpulo dominaba á aquel hombre. Tales accesos de lo justo y de lo bueno no son propios, á la verdad, de naturalezas vulgares. El despertar de la conciencia indica grandeza de alma.

Juan Valjean era sincero. Esta sinceridad visible, palpable, irrefragable, evidente hasta por el dolor que le causaba, hacía inútiles las averiguaciones, y daba autoridad á todo cuanto decía aquel hombre.

Había en esto, para Mario, una inversión extraña de situaciones. ¿Qué se desprendía del señor Fauchelvent? La desconfianza. ¿Qué surgía de Juan Valjean? La confianza.

En el misterioso balance que Mario pensativo formaba de aquel Juan Valjean, comprobaba el activo y el pasivo, queriendo llegar á un resultado; pero todo ello aparecía como en una borrasca.

Esforzándose Mario en deducir una idea clara de aquel hombre, y persiguiéndole, por decirlo así, en el fondo de su pensamiento, le perdía y no le volvía á encontrar sino en una bruma fatal.

El depósito restituido honradamente, la probidad en la confesión, eran una acción buena; esto producía como un claro que se abría en una nube, mas la nube se ennegrecía nuevamente.

Por turbios que fuesen los recuerdos de Mario, alguna sombra le alcanzaba todavía.

¿Qué venía á ser en definitiva aquella aventura del desván de Jondrette? ¿Por qué á la llegada de la policía, aquel hombre, en lugar de querellarse, había huido?

Mario encontraba entonces la respuesta: porque aquel hombre era un reo sentenciado y prófugo.

Otro enigma: ¿Por qué había ido aquel hombre á la barricada?

Porque al presente Mario veía aparecer distintamente aquel recuerdo á impulso de sus emociones, como la tinta simpática al fuego. Aquel hombre estaba en la barricada; mas no combatía. ¿Qué había ido á hacer allí?

Ante semejante pregunta surgía un espectro, y daba esta respuesta: Javert.

Mario recordaba perfectamente en aquella hora la fúnebre visión de Juan Valjean arrastrando fuera de la barricada á Javert atado, y oía aún detrás del ángulo de la callejuela Mondetour el horrible pistoletazo. Existía verosímilmente, algún odio entre el espía y el presidiario. El uno molestaba al otro; y Juan Valjean había ido á la barricada por vengarse. Llegó tarde. Probablemente sabía que Javert había caído prisionero. La venganza corsa ha penetrado en ciertas inferioridades, y allí es ley, tan sencilla, que no asusta á las almas medio convertidas al bien; y los tales corazones opinan que un criminal, en vía de arrepentimiento, puede tener escrúpulo de robar y no de vengarse. Juan Valjean había matado á Javert; esto parecía evidente.

Última pregunta, á la cual no encontraba respuesta, sin embargo de sentirla como una tenaza: ¿Por qué la existencia de Juan Valjean había corrido tanto tiempo unida á la de Cosette?

¿Qué significaba la obra sombría de la Providencia al poner aquella niña en contacto con semejante hombre? ¿Se forjan en el cielo cadenas para dos, y Dios se complace en aceptar el ángel junto al demonio? ¿Puede habitar un mismo cuarto en el misterioso presidio de las miserias, la inocencia y el crimen? En este desfile de condenados que se llama el destino humano, ¿pueden pasar tocándose dos frentes, la una cándida y la otra formidable; la una bañada por completo de los divinos matices del alba, y la otra pálida para siempre con el fulgor del eterno relámpago? ¿Quién había podido determinar aquel enlace inexplicable? ¿Por qué clase de prodigio se había establecido semejante comunidad de vida entre la niña celestial y el viejo presidiario?

¿Quién había podido atar el cordero al lobo, y cosa más incomprensible aún, el lobo al cordero?... Porque el lobo amaba al cordero; porque el ser feroz adoraba al ser débil; porque, durante nueve años, el ángel había tenido por punto de apoyo al monstruo. La infancia y la adolescencia de Cosette, su nacimiento á la luz, su virginal desarrollo hacia la vida y la libertad, habían encontrado abrigo en aquella solicitud disforme.

Aquí las cuestiones se deshojaban, por así decirlo, en innumerables enigmas; los abismos se abrían en el fondo de los abismos, y Mario no podía inclinarse hacia Juan Valjean sin vértigo. ¿Quién era, pues, aquel hombre precipicio?

Los antiguos símbolos genesíacos son eternos; en la sociedad humana, tal cual hoy existe, y hasta el día que la cambie una claridad mayor, habrá siempre dos hombres; superior el uno, inferior el otro: el que se dirige al bien es Abel, y Caín el que se hunde en el mal. ¿Quién era entonces aquel Caín tierno? ¿Quién era aquel bandido, absorto religiosamente en la adoración de una virgen, velando por ella, educándola, custodiándola, dignificándola y envolviéndola á ella él, impuro, de pureza?

¿Qué significaba aquella sentina venerando aquella inocencia, hasta el punto de no dejar en ella mancha alguna? ¿Qué significaba aquel Juan Valjean dirigiendo la educación de Cosette? ¿Qué venía á ser aquella figura tenebrosa dedicándose exclusivamente á preservar de toda sombra y de toda nube la aparición de un astro?

Éste era el secreto de Juan Valjean, como era también el secreto de Dios. Ante ese doble secreto, Mario retrocedía. En cierta manera, el uno le tranquilizaba respecto del otro. Dios, en esa ventura, se patentizaba tanto como Juan Valjean. Dios tiene sus instrumentos, y se sirve del que más le acomoda, porque no es responsable ante los hombres. ¿Sabemos nosotros como obra Dios?

Juan Valjean había trabajado en Cosette, contribuyendo un poco á formar su alma; esto era incontestable. ¿Y qué? El obrero podía ser horrible, pero la obra resultaba admirable. Dios produce sus milagros como mejor le parece. Había construido aquella embelesadora Cosette, empleando en ello á Juan Valjean. Le plugo escoger á tan extraño colaborador. ¿Qué cuentas le podemos pedir? ¿Es la primera vez que el fiemo ayuda á la primavera á hacer la rosa?

Mario se respondía á sí mismo, y calificaba de buenas sus respuestas. No había osado insistir con Juan Valjean sobre los puntos que acabamos de indicar, y esto sin confesarse á sí mismo que no se atrevía. Adoraba á Cosette; la poseía; Cosette era espléndidamente pura. Esto le bastaba. ¿Para qué otra aclaración? Lo tenía todo. ¿Qué podía desear? ¿Acaso todo no es bastante? Los negocios personales de Juan Valjean no le incumbían.

Al inclinarse á la sombra fatal de aquel hombre tomaba acta de aquella declaración solemne del miserable: «No soy nada de Cosette. Hace diez años que ignoraba que ella existiese».

Juan Valjean era un pasajero, como él mismo había dicho. Pasaba, pues, y quien quiera que fuese, su misión había concluido.

Mario le sucedía en cumplir las funciones de providencia al lado de Cosette. Cosette había encontrado en las regiones etéreas á su igual, á su amante, á su esposo, á su celestial compañero. Al remontarse Cosette á las alturas, alada y transfigurada, dejaba tras de sí en la tierra su crisálida vacía y repugnante: Juan Valjean.

En cualquier círculo de ideas que girase Mario, siempre se reproducía cierto horror á Juan Valjean. Horror sagrado quizás, porque, como hemos indicado, presentía un quid divinum en aquel hombre. Sin embargo, por más atenuaciones que buscase, le era preciso siempre acabar por aquello de, es un presidiario; es decir, el ser que, en la escala social, carece hasta de sitio, por hallarse más abajo del último escalón. Después del último de los hombres, viene el presidiario. El presidiario no es, por así decirlo, hermano de los demás vivientes. La ley le ha destituido de toda la cantidad de humanidad que puede quitar á un hombre.

Mario en las cuestiones penales admitía, aunque demócrata, el sistema inexorable, y tenía acerca de los que la ley toca, todas las ideas de la ley. No había aceptado aún, preciso es decirlo, todos los progresos. No era todavía capaz de distinguir entre lo escrito por el hombre y lo escrito por Dios; entre la ley y el derecho. No había examinado y pesado el derecho que se arroga el hombre de disponer de lo irrevocable y de lo irreparable. No se rebelaba contra la palabra vindicta.

Parecíale muy natural que ciertas infracciones de la ley escrita fuesen seguidas de penas eternas, y aceptaba de esas ideas, salvo avanzar más tarde infaliblemente, pues su índole era buena y compuesta en el fondo de progreso latente.

En medio, pues, de esas ideas, aparecíale Juan Valjean disforme y repulsivo. Era el réprobo, era el presidiario. Esta palabra era para él como el eco de la trompeta del juicio final; y después de haber contemplado un buen espacio de tiempo á Juan Valjean, su último gesto fué volver la cabeza, exclamando interiormente: Vade retro.

Mario, debemos reconocerlo, é insistir en ello, aún interrogando á Juan Valjean hasta el punto de que éste le dijera: Me estáis confesando, no le había dirigido, sin embargo, dos ó tres preguntas decisivas.

No porque no se le hubiesen ocurrido, sino por miedo. ¿El desván de Jondrette? ¿La barricada? ¿Javert?

¿Quién sabe adónde habrían llegado las revelaciones? Juan Valjean no parecía hombre capaz de retroceder. ¿Y quién sabe si Mario, después de empujarle, no hubiera querido retenerle?

¿No nos ha sucedido á todos, que en circunstancias supremas, nos hayamos permitido hacer una pregunta, taparnos luego los oídos para no oir la respuesta? Esos temores los sienten muy particularmente los enamorados. No es prudente interrogar á un cuerpo descubierto todas las situaciones siniestras; especialmente cuando al lado indisoluble de nuestra propia vida se encuentra fatalmente unido á ellas. De las explicaciones desesperadas de Juan Valjean podía brotar alguna luz siniestra. ¿Y quién sabe si esa horrible claridad no se extendiera hasta Cosette, esparciendo una especie de fulgor infernal sobre la frente de aquel ángel? Las chispas de un relámpago son también rayo. La fatalidad participa de esas solidaridades, en que la huella del crimen se graba en la inocencia misma por la sombría ley de los reflejos colorantes. Las imágenes más puras pueden conservar eternamente la reverberación de una vecindad horrible. Con razón ó sin ella, Mario había tenido miedo. Sabía ya demasiado, prefiriendo antes aturdirse que despejarse.

Desatinado llevaba entre sus brazos á Cosette, cerrando los ojos por no ver á Juan Valjean.

Este hombre era la noche, noche positiva y terrible. ¿Cómo atreverse á inquirir el fondo? Es espantoso interrogar á la sombra. ¿Quién sabe lo que va á responder? El alba podría quedar obscurecida para siempre.

En semejante estado de ánimo, era para Mario una perplejidad dolorosa pensar que aquel hombre tuviera el roce más insignificante con Cosette.

Aquellas formidables preguntas, ante las cuales había retrocedido, y de las que hubiera podido surgir una decisión implacable y definitiva, se las echaba en cara por no haberlas hecho.

Creíase harto bueno, harto generoso, ¿y por qué no decirlo? harto débil; debilidad que le había arrastrado á una concesión imprudente. Se había dejado conmover, lo cual era un error, puesto que debía pura y simplemente haber rechazado á Juan Valjean.

Juan Valjean era el fuego que habría debido alejar, desembarazando su casa de aquel hombre.

Indignábase contra sí; indignábase contra el brusco torbellino de emociones que le había aturdido, cegado y arrastrado. Estaba descontento de sí mismo.

¿Qué hacer entonces? Las visitas de Juan Valjean le repugnaban profundamente. ¿Á qué objeto aquel hombre en su casa? ¿Qué hacer? Esta reflexión le aturdía, no queriendo profundizar, no queriendo ahondar, no queriendo sondarse á sí mismo. Había prometido; se había dejado llevar hasta prometer; Juan Valjean contaba con su promesa; y hay que cumplir la palabra, aunque sea á un presidiario, y sobre todo á un presidiario á quien se da. Sin embargo, su principal deber era para Cosette.

En suma, sentíase poseído de una repulsión que le dominaba todo, que le sublevaba.

Mario resolvía este confuso encadenamiento de ideas en su cerebro, pasando de una á otra, y excitado por todas. De ahí una turbación profunda.

No le fué fácil ocultar aquella turbación á Cossette; pero el amor es un talento, y Mario lo tuvo.

Por lo demás, dirigió, sin objeto aparente, algunas preguntas á Cosette, cándida como es blanca una paloma, y sin recelar nada; hablóle de su infancia y de su juventud, y convencióse más y más de que todo lo que puede tener un hombre de paternal y respetable, lo había aquel presidiario derramado sobre Cosette.

Todo lo que Mario había entrevisto y supuesto era una realidad. Aquella siniestra ortiga había amado y protegido á aquel lirio.

LIBRO OCTAVO
DECRECIMIENTO CREPUSCULAR

[Pg 611]

I
El cuarto bajo

Al día siguiente, al anochecer, Juan Valjean llamó á la puerta cochera de la casa del señor Gillenormand. Vasco fué quien le recibió. Vasco estaba en el patio como á propósito y obedeciendo una orden. Á veces basta con decir á un criado: «Estad atento para cuando venga Fulano».

Vasco, sin aguardar á que Juan Valjean se adelantase hacia él, le dirigió la palabra:

—El señor barón me ha encargado os pregunte si deseáis subir, ó esperar aquí.

—Quedarme aquí,—respondió Juan Valjean.

Vasco, respetuoso como siempre, abrió la puerta de la sala baja, y dijo:—Voy á avisar á la señora.

La pieza en que entró Juan Valjean era un cuarto bajo, abovedado y húmedo, que servía á veces de bodega, con salida á la calle, enladrillado de baldosas encarnadas y mal alumbrado por una ventana enrejada.

No era este cuarto de los que dan mucho que hacer á los zorros, el plumero y la escoba. El polvo yacía allí tranquilo. La persecución de las arañas no estaba, en verdad, organizada. Una hermosa tela, anchamente desplegada, muy negra, adornada de moscas muertas, giraba al rededor de uno de los vidrios de la ventana. La sala, pequeña y baja de techo, estaba amueblada con una porción de botellas vacías, amontonadas en un rincón. La pared, enjalbegada de ocre amarillo, se iba desarrevocando á grandes trozos. Había en el fondo una chimenea con repisa estrecha de madera, pintada de negro. En esta chimenea había fuego; lo cual daba á entender que se había contado con la respuesta de Juan Valjean: «Quedarme aquí».

Á ambos lados de la chimenea había un sillón, y entre estos, se extendía haciendo de alfombra, una antigua esterita de pie de cama, mostrando más urdimbre que trama.

Tenía la habitación por alumbrado la llama de la chimenea y el crepúsculo de la ventana.

Juan Valjean estaba fatigado. Hacía algunos días que no comía ni descansaba. Dejóse caer en uno de los sillones.

Vasco volvió, puso sobre la chimenea una bujía encendida y se retiró, sin que Juan Valjean, con la cabeza inclinada y la barba sobre el pecho, advirtiera la presencia de Vasco ni la bujía.

De repente se levantó como sobresaltado. Cosette estaba detrás de él.

No la había visto entrar; pero había sentido que entraba.

Volvió la cabeza y contemplóla. Estaba adorablemente bella; pero lo que él contemplaba con su profunda mirada no era la belleza, era el alma.

—Padre,—exclamó Cosette,—ya yo me sabía vuestras singularidades, pero jamás me hubiera figurado que llegasen á tanto. ¡Vaya una ocurrencia! Me ha dicho Mario que sois vos quien se empeña en que le reciba aquí.

—Sí, yo soy.

—Ya me esperaba no obstante esta respuesta. Está bien. Os prevengo que voy á armar un escándalo. Empecemos por el principio. Padre, abrazadme.

Y le presentó la mejilla.

Juan Valjean permaneció inmóvil.

—No os movéis. Está visto; actitud de culpable. Pero no importa, os perdono. Jesucristo ha dicho: «Presentad la otra mejilla». Aquí la tenéis.

Juan Valjean no se movió tampoco; parecía tener los pies clavados en el suelo.

—Esto se pone serio,—dijo Cosette.—¿Qué os he hecho yo? Me creo ofendida, y me debéis una satisfacción. Comeréis con nosotros.

—He comido ya.

—No es verdad. Haré que el señor Guillenormand os reprenda. Los abuelos son los encargados de regañar á los padres. Vamos, subid conmigo [Pg 612] á la sala enseguida.

—Imposible.

Aquí perdió Cosette un poco de terreno. Cesó de mandar y pasó á las preguntas.

—Pero ¿por qué? ¡Y habéis escogido para visitarme el cuarto peor de la casa! Esto es horrible.

—Tú sabes...

Juan Valjean rectificó:

—Ya lo sabéis, señora, soy algo raro, tengo mis manías.

Cosette chocó sus pequeñas manos una contra otra.

—¡Señora!... ¡sabéis!... ¡Otra novedad! ¿Qué significa esto?

Juan Valjean le dirigió aquella sonrisa dolorosa á que de vez en cuando recurría.

—Habéis querido ser señora, y ya lo sois.

—Pero no para vos, padre.

—No me llaméis padre.

—¿Cómo?

—Llamadme señor Juan, Juan, si queréis.

—¿No sois ya mi padre? ¿No soy ya Cosette? ¿Vos sois el señor Juan? ¿Qué significa todo esto? ¿Qué revolución es ésta? ¿Qué ha pasado? Miradme á la cara. ¡Y no aceptáis el vivir con nosotros! ¡Y no queréis el cuarto que se os tenía destinado! ¿Qué os he hecho yo? ¿Qué os he hecho? ¡Ha de haber aquí algo que!...

—Nada.

—Pues, ¿y entonces?

—Todo sigue lo mismo.

—¿Por qué cambiáis de nombre?

—También habéis vos cambiado el vuestro.

Sonrióse entonces como antes, y añadió:

—Puesto que sois la señora de Pontmercy, muy bien puedo ser yo el señor Juan.

—Nada comprendo. Todo esto raya en lo bárbaro. Pediré permiso á mi marido para que seáis el señor Juan, y espero que no ha de consentirlo. Me causáis pesadumbre. En hora buena que se tengan manías, [Pg 613] mas no hasta el punto de dar pena á su hijita Cosette. Malo es esto; y vos no tenéis derecho para las cosas malas, vos que sois tan bueno.

Juan Valjean no respondió.

Tomóle ella vivamente ambas manos, y con un movimiento irresistible, levantándolas al nivel de su rostro, las estrechó contra su cuello junto á la barba, lo cual es un gesto de profundo cariño.

—¡Oh!—le dijo.—¡Sed bueno!

Y prosiguió:

—Ved á lo que yo llamo ser bueno, ser amable: venid á vivir en nuestra compañía; aquí hay pájaros como en la calle Plumet; dejad ese tabuco de la calle del Hombre Armado; no me hagáis adivinar charadas, sed como los demás hombres; almorzad y comed con nosotros; sed, como os tengo dicho, mi padre.

Él apartó las manos.

—No necesitáis ya de padre; tenéis ya marido.

Cosette se incomodó.

—¡Que no necesito padre! Esto está fuera del sentido común. ¡En verdad que no sé qué he de deciros!

—Si la tía Santos estuviese aquí,—repuso Juan Valjean, como quien busca testigos para asirse hasta de un cabello,—sería la primera en convenir que siempre he obrado á mi modo. Nada hay en todo ello de particular. Siempre me ha gustado mi obscuro rinconcito.

—Pero aquí hace frío, aquí apenas se ve. Es abominable esa de quererse llamar señor Juan. Y yo me opongo á que me tratéis de vos.

—Al venir,—respondió Juan Valjean,—he visto en la calle de San Luis un gracioso mueble, en casa de un ebanista. Si yo fuese mujer y bonita, no dejaría de comprarlo. Es un tocador magnífico, de estos que llamáis de palo de rosa, tiene incrustaciones y una luna muy grande. Tiene sus cajoncitos. Es bellísimo.

—¡Oh! ¡Qué hombre tan raro!—replicó Cosette.

Y con exquisito donaire, apretando los dientes y separando los labios, sopló contra Juan Valjean. Era una Gracia copiando á una gata.

—Estoy furiosa,—prosiguió.—Desde ayer me estáis haciendo todos rabiar; estoy muy incomodada. No comprendo una palabra. Ni vos me defendéis contra Mario, ni Mario me ampara contra vos; estoy sola. Arreglo un cuarto bonitamente; á Dios mismo habría puesto en él si hubiese podido. Y me dejáis desairada con mi cuarto. Encargo á Nicolasita una buena comida, y veo despreciado mi convite. Mi padre Fauchelvent quiere que le llame señor Juan, y que le reciba en una cueva vieja y húmeda, en cuyas paredes nacen barbas y donde, por cristales, hay botellas vacías, y por cortinas telarañas. Sois un hombre muy raro, convengo en ello; tenéis este carácter; pero ¿no se ha de conceder alguna tregua á los que se casan? ¿Por qué volver tan pronto á vuestras rarezas? ¿Vais, pues, á vivir muy contento en vuestra abominable calle del Hombre Armado? ¿Y cuánto me he desesperado yo en ella? ¿Estáis resentido [Pg 614] contra mí? Me estáis apenando en alto grado. ¡Id, pues!

Y formalizándose de repente, clavó la vista en Juan Valjean, añadiendo:

—Esto es demostrar que no queréis que sea yo feliz.

La ingenuidad, sin saberlo, penetra á veces en lo más hondo. Estas palabras, sencillas para Cosette, eran profundas para Juan Valjean. Cosette quería solo arañar, y destrozaba.

Juan Valjean palideció.

Permaneció un instante sin responder; luego con acento indescriptible y hablando consigo mismo, murmuró:

—Su felicidad era el único fin de mi vida. Dios puede hoy echarme de este mundo. Cosette, eres dichosa, y mi misión ha terminado.

—¡Ah! ¡Me habéis tuteado!—exclamó Cosette.

Y saltó á su cuello.

Juan Valjean, desvanecido, la estrechó contra su pecho, pareciéndole casi que la recobraba.

—¡Gracias, padre!—le dijo Cosette.

Semejante arrebato iba á volverse doloroso para Juan Valjean.

Desprendióse dulcemente de los brazos de Cosette, y tomó su sombrero.

—¿Qué es eso?—preguntó Cosette.

Juan Valjean respondió:

—Me retiro, señora; os están aguardando.

Y desde el umbral de la puerta añadió:

—Os he tuteado. Decid á vuestro esposo que no me volverá á suceder. Perdonadme.

Y Juan Valjean se fué, dejando á Cosette estupefacta con tan enigmática despedida.

[Pg 615]

II
Otro paso atrás

Al día siguiente á la misma hora volvió Juan Valjean.

Cosette no le hizo ya preguntas, ni se mostró admirada, ni dijo que sentía frío, ni habló más de la sala; evitó también llamarle padre, ni señor Juan; dejando que la tratase de vos y que la llamase señora solamente.

Había en su semblante menos alegría. Casi estaba triste y lo habría estado, si le hubiese sido posible.

Probablemente había tenido con Mario una de esas conversaciones en que el hombre amado dice lo que quiere, y sin explicar nada satisface á la mujer amada. La curiosidad de los enamorados no acostumbra á salirse de los límites de su amor.

La sala baja estaba un poco más decente. Vasco había suprimido las botellas y Nicolasita las arañas.

Todos los días que se iban sucediendo conducían allí á la misma hora á Juan Valjean; no tuvo éste valor para tomar las palabras de Mario de otro modo que á la letra. Mario, por su parte, para no tener que asistir, se ingenió de manera que siempre se encontraba ausente á las horas en que iba Juan Valjean. Las personas de la casa se acostumbraron á aquel nuevo capricho del señor Fauchelvent. La tía Santos contribuyó á ello, repitiendo que el señor había sido siempre así. El abuelo decretó que era «muy original». Y esto basta. Además, á los noventa años no son posibles ya nuevas relaciones; todo es juxtaposición; un recién venido es una molestia. No hay sitio para él, todos los hábitos están adquiridos.

El señor Guillenormand se alegró de verse desembarazado de «aquel señor», de aquel Fauchelvent ó Tranchalvent, y añadió: «Esos tipos extravagantes son muy comunes. Hacen toda clase de rarezas, y sin el menor motivo. El marqués de Canaples era peor aún, pues compró un palacio para vivir en las buhardillas. Son apariencias fantásticas que dan á ciertas gentes».

Nadie entrevió la siniestra realidad. ¿Ni quién había de ir á adivinar tal cosa? Hay pantanos de éstos en la India; el agua ofrece un aspecto extraordinario, inexplicable, que se estremece sin impulsarla el viento, que se agita cuando debiera estar en calma. Se ven los borbotones sin causa en la superficie, no se distingue la hidra que se arrastra en el fondo.

Muchos hombres tienen también un monstruo secreto, un mal que alimentan, un dragón que los roe, una desesperación que anida en su obscuridad. Individuo hay que se parece á los demás individuos, va y viene, y nadie sabe que lleva en su seno un terrible dolor parásito que le está devorando con sus mil dientes, el cual vive dentro del miserable, á quien mata. Nadie sabe que aquel hombre es un abismo. Está estancado, pero profundo. De vez en cuando se nota cierta conmoción incomprensible en la superficie. Fórmase una onda misteriosa, que se desvanece y vuelve luego á aparecer. Una burbuja de aire sube y revienta. Aquella cosa, insignificante al parecer, es terrible. Es la respiración del animal desconocido.

Ciertas costumbres extrañas: al llegar á la hora en que los demás se marchan, el ocultarse cuando los otros se dejan ver, el cubrirse en todas ocasiones con la capa que podría llamarse de color de pared, buscar el paseo solitario, preferir la calle desierta, no mezclarse en las conversaciones, evitar las multitudes y las fiestas, aparentar que se está bien y vivir pobremente, tener, aunque rico, la llave de la casa en el bolsillo y la vela en la portería, entrar por la puerta excusada, subir por la escalera secreta; todas estas singularidades insignificantes, es decir, ondas, burbujas, círculos fugitivos en la superficie, provienen muchas veces de un fondo formidable.

Se pasaron así muchas semanas. Poco á poco entró Cosette en una vida nueva: las relaciones que crea el matrimonio, las visitas, los cuidados de la casa, las diversiones, estos grandes deberes. Las diversiones no eran costosas; reducíanse á una sola: estar con Mario. La principal ocupación de Cosette era salir con él y no separarse de su lado. Ambos sentían un placer cada vez mayor en pasearse asidos del brazo, á la luz del sol, en plena calle, á la vista de todo el mundo, los dos solos.

Cosette experimentó una contrariedad. La tía Santos no pudo llevarse bien con Nicolasita; el choque de dos solteronas es imposible, y se marchó. El abuelo seguía contento y satisfecho; Mario defendía alguno que otro pleito y la tía Guillenormand vivía agradablemente en la nueva familia una vida lateral que parecía bastarle. Juan Valjean hacía todos los días su visita.

Desaparecido el tuteo, el vos, el señora, el señor Juan, todo esto le hacían parecer otro á los ojos de Cosette. El cuidado que él mismo había puesto en desapegarla de él, iba produciendo su resultado. Ella [Pg 616] estaba cada vez más alegre, pero menos tierna. Sin embargo, Cosette seguía siendo siempre la misma queriéndole mucho, y él lo sabía.

Un día le dijo ella de súbito: Érais mi padre, y habéis dejado de serlo; fuísteis mi tío, y no lo sois tampoco: érais el señor Fauchelvent, y ahora sois el señor Juan. ¿Quién sois pues realmente? Nada de esto me agrada. Si no supiera cuán bueno sois, os tendría miedo.

Él continuaba viviendo en la calle del Hombre Armado, no pudiendo resolverse á dejar el barrio en que habitaba Cosette.

Al principio no permanecía al lado de Cosette sino unos cuantos minutos, y luego se iba.

Poco á poco se fué acostumbrando á prolongar sus visitas, como si aprovechase la autorización de los días que crecían también. Llegaba más pronto y se despedía, más tarde.

Un día se le escapó á Cosette llamarle «padre». Un relámpago de alegría iluminó el ya continuamente sombrío rostro de Juan Valjean. Pero advirtió que debía llamarle Juan.

—¡Ah! es verdad,—dijo ella riéndose,—señor Juan.

—Esto es,—dijo él, volviendo la cabeza para que ella no le viese enjugarse los ojos.

[Pg 617]

III
Recuerdan el jardín de la calle Plumet

Esta fué la última vez. Después de aquel resplandor, vino la completa extinción.

Nada de familiaridad, nada de buenos días acompañados de un beso, nada de repetir esta palabra tan profundamente dulce: «¡Padre mío!». Por su propia súplica y complicidad, veíase sucesivamente despojado de todas sus dichas, y su mayor miseria consistía en que, después de haber perdido á Cosette por completo en un solo día, le era preciso perderla entonces nuevamente en detalle.

La vista acaba por acostumbrarse á la luz de una cueva. En suma, tener diariamente una aparición de Cosette le era suficiente. Toda su existencia se concentraba en aquella hora. Sentábase á su lado, la contemplaba [Pg 618] silenciosamente, ó le hablaba de los años de su infancia, del convento y de sus amiguitas de entonces.

Una tarde, era uno de los primeros días de abril, caliente ya, aunque fresco todavía, en el momento de la alegría del sol, los jardines que circuían las ventanas de Mario y de Cosette sentían la emoción del despertar, [Pg 619] el espino apuntaba su flor, una joyería, el alelí, extendía sus diamantes por sus vetustos muros, las campánulas rosas sonreían en las hendiduras de las piedras, las velloritas y francesillas empezaban á asomar graciosamente entre la yerba, debutaban las mariposas blancas del año, mientras el viento, ese trovador de las bodas eternas, ensayaba en los árboles el preludio de la gran sinfonía auroral que los antiguos poetas llamaban la nueva estación. Mario dijo á Cosette: «Hemos dicho que iríamos á hacer una visita á nuestro jardín de la calle Plumet. Vamos, pues. No seamos ingratos». Y extendieron hacia allí su vuelo como dos golondrinas en busca de la primavera. Aquel jardín de la calle Plumet les hacía el efecto del alba. Ellos habían ya dejado tras sí una parte de la vida que podríamos llamar la primavera del amor.

La casa de la calle Plumet pertenecía aún á Cosette, por no haber terminado el tiempo del arriendo. Fueron, pues, á aquel jardín y á aquella casa. Allí los recuerdos del pasado les hicieron olvidar el presente.

Al anochecer, á la hora de costumbre, Juan Valjean fué á la calle de las Hijas del Calvario.

—La señora ha salido con el señor, y aún no ha vuelto,—le dijo Vasco.

Sentóse sin decir una palabra, y esperó una hora. Cosette no volvió. Bajó él la cabeza y se marchó.

Estuvo Cosette tan embriagada, con aquel paseo á «su jardín», y tan gozosa de haber «vivido todo un día en el pasado», que la tarde siguiente no habló de otra cosa. Ni siquiera se le ocurrió que no había visto á Juan Valjean.

—¿Cómo fuisteis?—le preguntó Valjean.

—Á pie.

—¿Y cómo habéis vuelto?

—En un coche de alquiler.

Juan Valjean observaba hacía algún tiempo la estrechez en que vivían los esposos, y esto le mortificaba. La economía de Mario era severa y Juan Valjean tomaba esta palabra en su sentido absoluto. Aventuró, pues, una pregunta:

—¿Cómo no tenéis coche propio? Una bonita berlina no os costaría más de quinientos francos mensuales. Sois ricos.

—No sé,—respondió Cosette.

—Lo mismo que con la tía Santos,—continuó Juan Valjean.—Se ha ido, y no la habéis reemplazado. ¿Por qué?

—Basta con Nicolasita.

—Pero os hará falta una doncella. Particularmente no tenéis quien os sirva.

—¿No tengo á Mario?

—Deberíais tener casa propia, criados, carruaje, palco en el teatro. Nada de esto estaría de más. ¿Por qué no aprovechar el ser ricos? La riqueza completa la dicha. Cosette nada respondió.

Juan Valjean no abreviaba sus visitas, lejos de eso. Cuando es el corazón el que se desliza, no hay medio de pararse en la pendiente.

Cuando quería prolongar su visita y hacer olvidar la hora, escogía por plática el elogio de Mario; le encontraba bello, noble, valeroso, discreto, elocuente, bueno. Cosette encarecía, y Juan Valjean volvía á empezar sin que se agotase el asunto. Mario: esta palabra era inagotable; había volúmenes enteros en estas cinco letras. Así lograba Juan Valjean permanecer largo tiempo.

¡Le era tan dulce ver á Cosette y olvidarlo todo á su lado! Única medicina de sus males. Más de una vez ocurrió que Vasco tuvo que repetir este recado: «El señor Guillenormand me manda recordar á la señora baronesa que la mesa está servida».

Cuando esto sucedía, Juan Valjean entraba en su casa muy pensativo.

¿Había, pues, algo de verdad en aquella comparación de la crisálida que se le había ocurrido á Mario? ¿Era, en efecto, Juan Valjean una crisálida persistente y obstinada en visitar á su mariposa?

Un día se quedó aún más tiempo de lo acostumbrado. Al día siguiente notó que no habían encendido la chimenea.

—¡Calle!—pensó.—No hay lumbre.

Y se dió á sí mismo esta explicación: «Es muy natural. Estamos en abril, y han cesado los fríos».

—¡Dios mío! ¡Qué frío se siente aquí!—exclamó Cosette entrando.

—¡Quiá, no!—dijo Juan Valjean.

—¿Sois vos entonces quien le ha dicho á Vasco que no encienda lumbre?

—Sí. Casi estamos ya en el mes de mayo.

—¡Pero si se enciende fuego hasta junio! Y en esta cueva se necesita encenderlo todo el año.

—Me ha parecido que era inútil.

—¡Otra de las vuestras!—respondió Cosette.

Al día siguiente no faltaba la lumbre; pero los dos sillones estaban colocados en el extremo opuesto de la sala, junto á la puerta. ¿Qué significa esto? pensó Juan Valjean.

Tomó los sillones, y los puso en el sitio de costumbre, junto á la chimenea.

Esto le reanimó, é hizo prolongar la conversación más de lo acostumbrado. Cuando se levantó para irse, le dijo Cosette:

—Mi marido me dijo ayer una cosa muy graciosa por cierto.

—¿Qué es ello?

—Díjome: «Cosette, tenemos treinta mil libras de renta; veinte y siete tuyas, y tres de la pensión de mi abuelo». Yo le respondí: «Hacen treinta». Y él replicó: «¿Tendrías el valor necesario para vivir sólo con las tres mil?». Yo contesté: «Sí, y aún con nada estando contigo». Luego le pregunté: «¿Por qué me dices eso?». Y él respondió: «Nada, por saberlo».

Juan Valjean no supo qué decir. Cosette aguardaba probablemente alguna explicación suya; pero él la escuchó con esquivo silencio. Volvióse á su calle del Hombre-Armado, yendo tan profundamente absorbido, que equivocó la puerta, y en lugar de entrar en su casa entró en la casa vecina. Hasta después de haber subido dos pisos no advirtió su error, y volvió á bajar.

Su espíritu se enajenaba en conjeturas. Era evidente que Mario tenía alguna duda acerca del origen de los seiscientos mil francos, y que temía alguna procedencia impura; ¿quién sabe? Tal vez había descubierto que aquel dinero venía de él, de Juan Valjean, y vacilaba ante una fortuna sospechosa, y le repugnaba aceptarla, prefiriendo quedar [Pg 620] pobres, él y Cosette, á ser ricos con dinero mal adquirido.

Además Juan Valjean comenzaba vagamente á comprender que le despedían.

Al día siguiente sintió al entrar en la sala baja como un sacudimiento. Los sillones habían desaparecido. Ni siquiera había una silla.

—¿Qué es esto?—exclamó Cosette al entrar.—¡No hay sillones! ¿Dónde están los sillones?

—Se los han llevado,—respondió Juan Valjean.

—¡Esto es ya demasiado!

Juan Valjean balbuceó:

—Soy yo quien ha dicho á Vasco que se los llevase.

—¿Por qué?

—Porque no voy á estar más que unos minutos.

—No es ello una razón para estar de pie.

—He creído que Vasco necesitaba los sillones para el salón.

—¿Para qué?

—Tendréis á no dudarlo visitas esta noche.

—Á nadie esperamos.

Juan Valjean no pudo decir una palabra más.

Cosette se encogió de hombros.

—¡Hacer que se lleven los sillones! El otro día mandasteis que no encendieran lumbre. ¡Sois un hombre muy singular!

—Adiós,—murmuró Juan Valjean.

No dijo: «Adiós, Cosette»; pero no tuvo fuerzas para decir: «Adiós, señora».

Salió abrumado por completo.

Había comprendido por fin.

Al día siguiente no fué. Cosette no lo notó hasta al anochecer.

—¡Vaya!—exclamó.—No ha venido hoy el señor Juan.

Sintió como un peso ligero en el corazón, pero apenas lo notó, pues se distrajo con un beso de Mario.

Al día siguiente tampoco fué á verla Juan Valjean.

Cosette apenas se fijó en ello; pasó bien la velada, durmió perfectamente toda la noche, como tenía de costumbre, y solo al levantarse pensó en ello. ¡Era tan dichosa!

Envió á Nicolasita á casa del señor Juan para saber si estaba enfermo, y por qué no había ido la víspera. Nicolasita llevó esta respuesta: «Que el señor Juan no estaba enfermo, sino muy ocupado. Que iría luego. Lo más pronto posible. Por lo demás que iba á hacer un corto viaje, de los que, como sabía la señora, tenía de costumbre de cuando en cuando. Que no debía incomodarse ni pasar el menor cuidado por él.

Nicolasita, al entrar en casa del señor Juan, le había repetido las mismas palabras de su ama: «Que la señora la enviaba á saber por qué el señor Juan no había ido á la víspera».—Hace des días que no he ido,—dijo dulcemente Juan Valjean.

Pero la observación se deslizó en Nicolasita, que nada de ella dijo á Cosette.

[Pg 621]

IV
Atracción y extinción

Durante los primeros meses de la primavera y primeros del verano de 1833, los escasos transeúntes del Marais, los tenderos y los ociosos parados en las puertas, reparaban en un anciano decentemente vestido de negro, que todos los días, á la misma hora, antes de anochecer, salía de la calle del Hombre Armado, por el lado de la Sainte Croix de la Bretonnerie, cruzaba la de Blancs Manteaux, llegaba á la de Culture Sainte Cathérine, y una vez en la de l'Echarpe, torcía á la izquierda y entraba en la de San Luis.

Allí caminaba á paso lento, estirado el cuello, sin ver ni oir nada, fija siempre la vista en un punto invariable, que parecía ser para él una estrella y que no era otra cosa que el ángulo de la calle de las Hijas del Calvario.

Cuanto más se acercaba á aquella esquina, más brillaban sus ojos; una especie de alegría iluminaba sus pupilas como una aurora interior.

Tenía cierto aire de fascinación y de ternura, sus labios se movían como si hablasen á una persona sin verla, sonreía vagamente, y avanzaba tan poquito á poco como podía. Hubiérase dicho que, aunque deseaba llegar, lo temía.

Cuando ya no quedaban sino algunas casas entre él y la calle que así parecía atraerle, acortaba el paso hasta el punto de parecer inmóvil. La vacilación de la cabeza y la dirección fija de la pupila recordaban la aguja que busca el polo.

Pero por más que se empeñara en retardar la llegada, había de llegar forzosamente; tocaba á la calle de las Hijas del Calvario; se detenía entonces, temblaba, asomaba la cabeza con una especie de timidez sombría más allá de la esquina de la última casa, y miraba en la calle; y en aquella su trágica mirada había algo parecido al deslumbramiento de lo imposible y á la reverberación de un paraíso cerrado.

Luego una lágrima, que poco á poco se había acumulado en el ángulo de los párpados, bastante gruesa ya para caer, resbalaba sobre su mejilla, yendo á parar alguna vez á la boca, donde sentía el anciano un sabor amargo. Permanecía así algunos minutos, cual si fuera de piedra, y después se volvía por el mismo camino y con lentitud, apagándose su mirada á medida que se alejaba.

Poco á poco aquel anciano cesó de ir hasta la esquina de la calle de las Hijas del Calvario; parábase á la mitad del camino en la calle de San Luis, más lejos unas veces y otras más cerca.

Un día se quedó en la esquina de la calle de Sainte Cathérine, y desde allí miró á la de las Hijas del Calvario. Después movió silenciosamente la cabeza de derecha á izquierda, como si se negase algo á sí mismo, y retrocedió sobre sus propios pasos.

Poco después dejó de llegar siquiera hasta la calle de San Luis. En la calle Pavée sacudía la cabeza y se volvía. Después no iba ya más allá de la de Trois Pavillons; después no pasó de la de Blancs Manteaux. Parecía un péndulo cuyas oscilaciones, por falta de cuerda, van disminuyendo hasta que por fin se para.

Diariamente salía de su casa á la misma hora, emprendía el mismo camino, pero no lo acababa ya; y tal vez, sin darse cuenta de ello, le iba acortando paulatinamente, acortando sin cesar. Su semblante expresaba en todo esta única idea. ¿Para qué?

La pupila se había apagado; ya no brillaba. Las lágrimas también se habían agotado; no se acumulaban ya en el ángulo de los párpados; aquellos ojos pensativos estaban secos. El anciano estiraba siempre la cabeza hacia adelante; la barba solía moverse; daba pena de ver las arrugas de su enflaquecido cuello.

Algunas veces, cuando hacía mal tiempo, llevaba bajo el brazo un paraguas, que no abría.

Las buenas mujeres del barrio exclamaban: «Es un infeliz». Los muchachos le seguían riéndose.

LIBRO NOVENO
SUPREMA SOMBRA, SUPREMA AURORA

[Pg 622]

I
Piedad para los desgraciados, é indulgencia para los dichosos

¡Es la felicidad una cosa terrible! ¡Cómo se contenta uno! ¡Cuán bastante se la considera! ¡Cómo, estando en posesión del falso objeto de la vida, la felicidad, se olvida el verdadero objeto, el deber!

Digámoslo, sin embargo: sería un error el acusar á Mario.

Mario, como hemos dicho, antes de casarse, no había hecho ninguna pregunta al señor Fauchelvent, y después temió hacérsela también á Juan Valjean. Pesóle la promesa á que se dejó arrastrar, y acusóse repetidas veces de haber otorgado aquella concesión al desesperado. Limitóse, pues, á alejar poco á poco de su casa á Juan Valjean, y á borrar, en lo posible, su recuerdo del alma de Cosette. Procuró, en cierto modo, colocarse siempre entre Cosette y Juan Valjean, seguro que de esa suerte, no percibiéndole ella, dejaría de pensar en él. Era más que la desaparición, era el eclipse.

Mario hacía lo que creía necesario y justo. Suponía que para alejar á Juan Valjean, sin dureza, pero también sin debilidad, le asistían poderosas razones como las que se han visto, y otras además que luego se verán.

La casualidad le puso en contacto, durante los trámites de un pleito que había defendido, con un antiguo empleado en la casa de Laffite, y adquirió, sin buscarlas, misteriosas noticias, las cuales no pudo, en verdad, profundizar por respeto mismo al secreto que se le había confiado y la peligrosa situación de la persona de Juan Valjean. Creía en aquella coyuntura, tener un grave deber que cumplir: la restitución de los seiscientos mil francos á alguien, que él se ocupaba en buscar lo más discretamente posible. Entre tanto, se abstenía de tocar para nada aquel dinero.

Cosette no estaba en tales interioridades; pero sería duro condenarla también.

Existía de Mario á ella una poderosa corriente magnética, que la obligaba á ejecutar como por instinto y casi maquinalmente los deseos de Mario.

Sentía, con referencia al «señor Juan», un deseo de Mario, y se conformaba con él. Su marido no necesitaba decirle nada; ella sufría la presión vaga, pero clara, de sus intenciones tácitas, y obedecía ciegamente. En este caso, su obediencia consistía en no acordarse de lo que Mario olvidaba, y hacíalo sin el menor esfuerzo. Ignorando ella misma por qué, y sin que deba acusársela por ello, su alma se había hasta tal punto confundido con la de su marido, que lo que se cubría de sombra en el pensamiento de Mario, obscurecíase también en el de Cosette.

No vayamos demasiado lejos, sin embargo; en lo que concierne á Juan Valjean, aquel olvido, aquella extinción, no eran sino superficiales. Cosette estaba más bien aturdida que olvidada. En el fondo, amaba ella mucho á aquel á quien por tanto tiempo había llamado padre; pero amaba más á su marido. Esto era lo que había falseado algo la balanza de su corazón, inclinado á un lado solamente.

Acontecía á veces que Cosette hablaba de Juan Valjean como admirándose de no verle volver, y Mario la tranquilizaba, diciendo: «Está ausente, supongo. ¿No dijo que iba á emprender un viaje? Cierto, pensaba Cosette. Tal era su costumbre de desaparecer así, pero nunca por tanto tiempo». Dos ó tres veces envió á Nicolasita á la calle del Hombre-Armado, [Pg 623] á informarse de si el señor Juan había vuelto de su viaje; y Juan Valjean hizo que se respondiese que no.

Cosette no inquirió ya más; pues para ella en la tierra no había ya sino una necesidad, Mario.

Debemos decir por otra parte, que Mario y Cosette habían estado también ausentes. Habían ido á Vernón. Mario había llevado á Cosette á visitar el sepulcro de su padre.

Mario había sustraído poco á poco de su esposa á Juan Valjean; y Cosette se había dejado llevar por él.

Además, eso que muchos llaman con harta dureza, en ciertos casos, ingratitud de los hijos, no es siempre tan reprochable como se cree. Es la ingratitud de la naturaleza. La naturaleza, ya lo hemos dicho, «mira hacia delante». La naturaleza divide á los vivos y venidos. Los que se van dirígense á la sombra, y á la luz de los que vienen. De ahí cierto desvío que es, por parte de los viejos, fatal, y la de los jóvenes involuntario. Este desvío, insensible al principio, se aumenta lentamente como á toda separación de ramas, que, sin desprenderse del tronco, se van alejando. ¿Es culpa suya? La juventud va donde está la alegría; á las fiestas, á la claridad y á los amores; la vejez á su término. No se pierden de vista, pero no existe ya el abrazo. Los jóvenes sienten el frío de la vida; los viejos el de la tumba. No acusemos, pues, á las pobres criaturas.

[Pg 624]

II
Últimas palpitaciones de la lámpara sin aceite

Un día Juan Valjean bajó la escalera, dió tres pasos en la calle, se sentó en un guarda cantón, el mismo donde Gavroche, en la noche del 5 al 6 de Junio le había encontrado caviloso; permaneció allí algunos minutos, y volvióse á subir. Ésta fué la última oscilación del péndulo. Al día siguiente no salió de casa, y al otro día no se levantó de la cama.

La portera que le guisaba su parco alimento, algunas coles ó patatas con un poco de tocino, miró en la cazuela de barro, y exclamó:

—¡Pero no comisteis nada ayer, buen hombre!

—La cazuela está llena del todo.

—Sí comí, respondió Juan Valjean.

—Ved la jarra del agua. Está vacía.

—Lo cual prueba que habéis bebido, no que hayáis comido.

—Es igual,—exclamó Juan Valjean.—No tenía ganas más que de agua.

—Eso se llama sed; y cuando no se come al mismo tiempo, se llama calentura.

—Comeré mañana.

—Ó el día de la Trinidad. ¿Por qué no hoy? ¿Pues qué, puede decirse: comeré mañana? ¡Dejarme toda la cazuela sin haber tocado á ella! ¡Y mis coles que estaban tan ricas!

Juan Valjean tomó la mano de la vieja, y le dijo con cariñoso acento:

—Os prometo comerlas.

—Me tenéis enfadada,—respondió la portera.

Juan Valjean no veía casi á otra criatura humana que aquella buena mujer. Hay calles en París por donde nadie pasa, y casas á donde nadie va. La calle y casa donde vivía Juan Valjean eran de este número.

De cuando salía aún, había comprado á un calderero por unos pocos sueldos un pequeño crucifijo de cobre, que colgó de un clavo frente á su cama. Siempre se ve el Calvario con gusto.

Se pasó una semana sin que Juan Valjean diese un paso por su cuarto. Estaba siempre acostado.

La portera le había dicho á su marido:

—El buen hombre de arriba no se levanta, ni come ya; no tirará mucho. ¡Las desazones le matan! No hay duda. Nadie me quitará de la cabeza que su hija ha hecho un mal casamiento.

El portero replicó con el acento de la soberanía conyugal:

—Si es rico, que llame á un médico. Si no es rico que no lo llame. Si no tiene médico, se morirá.

—¿Y si lo tiene?

—Se morirá también,—dijo el portero.

La mujer se puso á escarbar con un cuchillo viejo la yerba que nacía en lo que llamaba ella su embaldosado, y mientras tanto murmuraba entre dientes:

—¡Qué lástima! ¡Un viejo tan aseado! Es blanco como un pollo.

Divisó hacia el cabo de la calle á un médico de barrio que acertaba á pasar por allí, y se tomó el trabajo de rogarle que subiese.

—En el segundo piso,—le dijo.—No hay más que entrar. Como el buen hombre no se menea ya de su cama, la llave está siempre por la parte de afuera. No tenéis más que entrar.

El médico vió á Juan Valjean y le habló.

Cuando bajó, le preguntó la portera:

—¿Y bien, doctor?

—Muy malo está el enfermo.

—¿Qué es lo que tiene?

—Todo y nada. Es un hombre que, según las apariencias, ha perdido una persona querida. Y de eso se muere.

—¿Qué os ha dicho?

—Me ha dicho que se sentía bien.

—¿Volveréis, doctor?

—Sí, respondió el médico. Pero, sería preciso que le viera otro además de mí.

[Pg 625]

III
Encuentra pesada una pluma quien pudo levantar la carreta de Fauchelvent

Una tarde Juan Valjean, apoyándose con trabajo en el codo, se irguió y tomó la mano; no se encontró el pulso. Su respiración era breve, y se interrumpía á cada instante. Supo que estaba débil como nunca. Entonces, bajo el peso sin duda de alguna preocupación suprema, hizo un esfuerzo, se incorporó del todo y se vistió. Púsose su antiguo traje de obrero pues, no saliendo ya, lo prefería. Tuvo que hacer muchos altos [Pg 626] al vestirse; y, sólo para entrarse las mangas de la chaqueta, sudó copiosamente.

Desde que vivía solo, había colocado la cama en la antesala á fin de ocupar todo lo menos posible aquella habitación desierta.

Abrió la maleta y sacó de ella el ajuar de Cosette.

Lo extendió sobre la cama.

Los candeleros del obispo estaban en su lugar sobre la chimenea. Tomó de un cajón dos velas de cera, y las puso en los candeleros. Después, aunque todavía faltaba mucho para anochecer, era en verano, encendió las velas. Á veces, vense así, á la mitad del día, hachas encendidas en las habitaciones donde hay difuntos.

Cada paso que daba al ir de un mueble á otro, le extenuaba, y se veía obligado á sentarse. No era aquella fatiga ordinaria que gasta la fuerza para renovarla luego; era el resto de los movimientos posibles; era la vida aniquilada agotándose en abrumadores esfuerzos que no han de reproducirse ya.

Una de las sillas en que se dejó caer estaba colocada enfrente del espejo, tan fatal para él y tan providencial para Mario, donde había leído sobre el papel secante la carta de Cosette al revés. Se miró en aquel espejo y no se reconoció.

Tenía ochenta años; antes del casamiento de Mario representaba solamente cincuenta; de manera que aquel año le había valido por treinta. Las arrugas de su frente no eran las arrugas de la edad; eran la señal misteriosa de la muerte. Veíase allí la cavidad de su implacable garra. Colgaban las mejillas, el cutis de su rostro tenía aquel color terroso que podía hacer creer que ya la tierra de la fosa estaba sobre él; los dos ángulos de la boca se hundían como en las máscaras que los antiguos esculpían sobre las tumbas. Miraba al vacío en ademán de reproche; hubiérasele podido tomar por uno de esos grandes seres trágicos que tienen que quejarse de alguien.

Hallábase en tal situación, última fase del abatimiento en que ya no corre el dolor; que está, por así decirlo, coagulado; hay sobre el alma como un cuajo de desesperación.

La noche había llegado. Arrastró trabajosamente una mesa y el sillón viejo junto á la chimenea, poniendo sobre la mesa una pluma, tintero y papel.

Después de esto sintió un desvanecimiento. Cuando recobró el sentido, tenía sed, y no pudiendo levantar el jarro, le inclinó penosamente hacia su boca, y bebió un trago.

Volvióse enseguida hacia la cama, y sentado siempre, porque no podía sostenerse de pie, clavó los ojos en el vestidito negro y en todos aquellos queridos objetos.

Semejantes contemplaciones duran horas que parecen minutos.

De improviso sintió un temblor, conoció que le entraba el frío mortal; apoyó los codos en la mesa alumbrada por los candeleros del obispo, y tomó la pluma.

Como ni la pluma ni la tinta habían servido hacía mucho tiempo, los puntos de la primera estaban encorvados, y la segunda estaba seca; fuéle preciso levantarse y poner algunas gotas de agua en el tintero; lo que no pudo ejecutar sin pararse y sentarse dos ó tres veces; y luego tuvo que escribir con el revés de la pluma. Á cada paso se enjugaba el sudor de la frente.

Temblábale la mano. He aquí las cortas líneas que escribió lentamente:

«Cosette, yo te bendigo. Voy á explicártelo todo. Tu marido ha tenido razón en darme á entender que debía marcharme; si bien existe algún error en lo que ha creído, ha tenido razón. Es un hombre excelente. Ámale siempre mucho cuando yo ya no exista. Señor de Pontmercy, amad siempre á mi querida niña. Cosette encontrará este papel y con él, lo que quiero decirte: Vas á ver los guarismos, si tengo fuerzas para recordarlos. Atiende: el dinero que tienes, es tuyo y muy tuyo. Mira de qué modo. Vas á comprenderlo perfectamente. El azabache blanco viene de Noruega, el azabache negro viene de Inglaterra, los abalorios negros vienen de Alemania. El azabache es más ligero, más precioso, más caro. En Francia pueden hacerse imitaciones como en Alemania. Se necesita un yunque pequeño de dos pulgadas cuadradas, y una lámpara de espíritu de vino para ablandar el lacre. En otro tiempo se hacía el lacre con resina y negro de humo, y costaba cuatro francos la libra. Á mí se me ocurrió hacerlo con goma laca y trementina, costando así solos treinta sueldos á lo más. Los pendientes se hacen con vidrio violado, que se pega por medio de ese lacre á una monturita de hierro negro. El vidrio ha de ser de color violeta para la joyería de [Pg 627] hierro, y negro para la de oro. España la compra en gran cantidad. Es el país del azabache...».

Aquí se interrumpió; cayósele la pluma de los dedos; le acometió uno de esos sollozos desesperados que subían, atropellándose, de las profundidades de su ser; el infeliz se cogió la cabeza entre ambas manos y empezó á meditar.

—¡Oh!—exclamaba allá en sus adentros (en gritos lastimeros, de Dios sólo oídos).—Todo acabó ya. No la veré más. Es una sonrisa que ha pasado sobre mí. Voy á sepultarme en la noche sin volverla á ver. ¡Oh! ¡Un minuto, un instante; oir su voz, tocar su ropa, mirarla, á ella, al ángel mío! ¡Y luego morir! La muerte no es nada pero ¡morir sin verla es horrible! Me sonreiría, me diría alguna palabra... ¿Puede esto perjudicar á nadie? ¡Ay, no, jamás; todo se acabó, todo! Heteme para siempre solo. ¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡No la volveré á ver!

En aquel momento llamaron á la puerta.

[Pg 628]

IV
Botella de tinta que sólo blanquea

Aquel mismo día, ó mejor dicho, aquella misma tarde, en el momento de levantarse Mario de la mesa y entrar en su gabinete para examinar unos autos, le entregó Vasco una carta, diciéndole que la persona que la había escrito aguardaba en la antesala.

Cossette había cogido del brazo al abuelo, y daba una vuelta por el jardín.

Hay cartas, como ciertos hombres, que tienen mala sombra. Papel basto, plegado grosero; son misivas que desagradan solamente el verlas.

La carta presentada por Vasco era de esta especie.

Mario la tomó y sintió que olía fuertemente á tabaco. Nada despierta un recuerdo como un olor. Mario reconoció aquel tabaco. Miró el sobre: Al señor barón de Pontmercy. En su casa.

Conocido el tabaco, le fué muy fácil conocer la letra. Puede decirse [Pg 629] que el asombro desprende relámpagos. Uno de esos relámpagos iluminó á Mario.

El olfato, misterioso auxiliar de la memoria, acababa de hacer revivir en él todo un mundo. Era aquél el mismo papel, igual la manera de doblarlo, idéntico el color de la tinta blanquizca, la letra conocida, y sobre todo el mismo tabaco. Veía en ello el desván de Jondrette.

Luego, ¡extraño capricho del azar! una de las dos pistas que tanto había buscado, la misma por la cual había hecho últimamente tantos esfuerzos, y que creía perdida para siempre, venía por sí misma á ofrecérsele.

Abrió con avidez la carta, y leyó:

«Señor barón:

«Si el Ser Supremo me hubiese dado el talento necesario, habría podido ser el barón de Tenard, miembro del Instituto (Academia de Ciencias); pero no lo soy. Llevo únicamente el mismo nombre que él: ¡feliz yo si este recuerdo me recomienda á la excelencia de vuestras bondades. [Pg 630] El beneficio con que me honréis será recíproco. Poseo un secreto concerniente á cierto individuo, y cuyo individuo os concierne á vos. El secreto está á vuestra disposición, pues deseo tener el honor de seros útil. Os proporcionaré el medio sencillo de arrojar de vuestra honorable familia al tal individuo, que no tiene derecho alguno para estar en ella, siendo como es la señora baronesa de muy elevada alcurnia. El santuario de la virtud no podría cobijar por más tiempo al crimen, sin abdicar.

«Espero en la antesala las órdenes del señor barón.

«Soy con la mayor consideración».

La carta iba firmada: «Tenard».

Esta firma no era falsa, sino únicamente un poco abreviada.

Por lo demás, el estilo, vago y ampuloso, y la ortografía, completaban la revelación. El certificado de origen era evidente. No cabía duda alguna posible.

La emoción de Mario fué profunda. Después del movimiento de sorpresa, experimentó un movimiento de felicidad. Si lograba encontrar luego al otro á quien buscaba, á su salvador, ya no le quedaba nada que apetecer.

Abrió un cajón de su papelera, tomó algunos billetes de banco, los guardó en el bolsillo, volvió á cerrar y tiró de la campanilla. Vasco entreabrió [Pg 631] la puerta.

—Que pase,—dijo Mario.

Vasco anunció.

—El señor Tenard.

Entró un hombre.

Nueva sorpresa para Mario. El hombre que entraba le era perfectamente desconocido.

Este hombre, además de viejo, tenía abultada la nariz, la barba dentro la corbata, anteojos verdes, dobles con pantalla de tafetán, el pelo peinado sobre la frente hasta el nacimiento de las cejas, como la peluca de los cocheros de la aristocracia inglesa, canoso y completamente vestido de negro, negro bastante raído, pero aseado; del bolsillito del pantalón le salía una cadena con sellos, llavecitas y otras baratijas, haciendo suponer un reloj. Llevaba en la mano un sombrero viejo. Iba un poco encorvado, y la curvatura de su espalda se aumentaba con la profundidad del saludo.

Lo que á primera vista chocaba era que el frac de este personaje, demasiado ancho, aunque cuidadosamente abotonado, no parecía hecho para él. Aquí es necesario una digresión breve.

Vivía en París, en aquella época, calle de Beautreillis, cerca del Arsenal, en un cuartucho obscuro, un judío ingenioso, cuya profesión era convertir á un tunante en hombre honrado; pero no por mucho tiempo, lo cual hubiera podido ser incómodo al tunante. El cambio se hacía á la vista, por uno ó dos días, á razón de treinta sueldos diarios, por medio de un traje que se pareciese todo lo posible á la honradez de los demás hombres. Aquel alquilador de vestidos se llamaba el Cambiante, nombre que le habían dado los rateros parisienses á falta de otro. Poseía un vestuario [Pg 632] completo, adecuado en lo posible á las diferentes clases de personas. Tenía sus especialidades y categorías. De cada clavo de su almacén pendía, gastada y ajada, alguna condición social: aquí la ropa del magistrado, allí la del cura, más allá la de banquero, en un rincón el uniforme de militar retirado, en otro el traje del literato, más lejos el del hombre de Estado.

Era el tal individuo el guarda ropero del inmenso drama que la truhanería representa en París.

Su casucha era el entrebastidor de donde salía el robo y volvía á entrar luego la estafa.

Llegaba á ese vestuario un bribón andrajoso, depositaba treinta sueldos, y escogía, según el papel que se proponía representar aquel día, el traje á propósito; y al bajar la escalera era ya, el bribón, alguien.

Al día siguiente, la ropa era fielmente devuelta; y el Cambiante, que lo confiaba todo á los ladrones, no era jamás robado.

Aquellos trajes tenían un inconveniente, y era que no estando hechos para los que los llevaban, «no les sentaban mucho»: para unos resultaban [Pg 633] estrechos, para otros anchos, y á nadie se amoldaban.

Cualquier tunante que excediese de la estatura media, ó que fuese demasiado grueso ó demasiado flaco, no podía estar bien embutido en los trajes del Cambiante, quien sólo había previsto la talla común de los hombres.

Tomó la medida de la especie en el primero que le vino á mano, quien no resultó ser grueso ni delgado, alto ni bajo. De ahí las dificultades de adaptar los vestidos á los parroquianos. ¡Tanto peor para las excepciones!

El traje de hombre de Estado, por ejemplo, negro de arriba abajo, y apropiado por lo tanto, habría sido anchísimo para Pitt y harto estrecho para Castelcicala. El vestido de hombre de Estado se hallaba designado [Pg 634] como sigue en el catálogo del Cambiante; no hacemos más que copiar:

«Frac de paño negro, pantalón de cuero lana negro, chaleco de seda, botas y camisolín».

Al margen decía: antiguo embajador; había esta nota, que también transcribimos:

«En una caja por separado: una peluca convenientemente rizada, anteojos verdes, colgantes de reloj, y dos cañoncitos de pluma de una pulgada de largo, cubiertos de algodón».

Todo esto correspondía al hombre de Estado, antiguo embajador.

Hallábase todo este vestido, si puede decirse así, extenuado; las costuras blanqueaban; por uno de los codos asomaba ya en principio el forro; faltábale además al frac uno de los botones del pecho, falta poco importante, pues debiendo estar siempre la mano del hombre de Estado [Pg 635] bajo el frac y sobre el corazón, tenía por empleo disimular el botón.

Si Mario hubiese estado familiarizado con las instituciones ocultas de París, habría reconocido enseguida, sobre las espaldas del visitante, que Vasco acababa de introducir, el frac del hombre de Estado descolgado de la percha del Cambiante.

La contrariedad de Mario, al ver entrar otro individuo que el que esperaba, se volvió en desgracia para el recién llegado.

Examinóle de pies á cabeza, mientras que el personaje se inclinaba desmesuradamente, preguntándole con sequedad:

—¿Qué se os ofrece?

El hombre respondió con cierto amable saludo que hubiera podido creerse ser la cariñosa sonrisa de un cocodrilo:

—Paréceme imposible que no haya yo tenido el honor de haber visto al señor barón en sociedad. Puede que fuese, tal vez, hace algunos años, en casa de la señora princesa de Bagratión, y en los salones de su señoría el vizconde Dambray, par de Francia.

Es siempre táctica artera de los tunantes aparentar conocer á alguien á quien no se conoce.

Mario escuchaba con atención á aquel hombre, espiando el acento y el gesto; pero su contrariedad crecía: aquélla era una pronunciación [Pg 636] gangosa, absolutamente diferente del sonido de voz agrio y seco que esperaba. Se hallaba desorientado por completo.

—No conozco—dijo,—ni á la señora princesa de Bagratión, ni al señor vizconde Dambray. En mi vida he puesto los pies en ninguna de estas casas.

La respuesta era brusca; sin embargo, el personaje, cortés á pesar de todo, insistió:

—¡Entonces ha debido de ser en casa de Chateaubriand donde os he visto! Conozco mucho á Chateaubriand. Es muy afable. Algunas veces me dice: «Pero, Tenard, amigo mío, ¿no me acompañaréis á beber una copa?». La frente de Mario se iba poniendo cada vez más severa y prorrumpió:

—Nunca he tenido el honor de ser recibido por el señor Chateaubriand. Abreviemos. ¿Qué es lo que queréis?

El hombre ante aquel tono más duro, saludó más profundamente.

—Señor barón, dignaos escucharme. Hay en América, en un país por el lado de Panamá, un pueblo que se llama la Joya. Este pueblo se compone de una sola casa. Esta gran casa consta de tres pisos, y está edificada con adobes secados al sol; cada fachada del cuadrado tiene quinientos pies de largo, y cada piso entra adentro doce pies sobre el piso inferior para dejar delante de sí una azotea que da la vuelta al edificio; hay en el centro un patio, donde se encuentran los víveres y las municiones; [Pg 637] en lugar de ventanas, troneras; en lugar de puerta, escalas; escalas para subir del suelo á la primera azotea, y de ésta á la segunda, y de la segunda á la tercera; escalas para bajar al patio interior; en vez de puertas en los cuartos, trampas; en vez de escaleras á las habitaciones, escalas; por la noche se cierran las trampas, se retiran las escalas, asoman trabucos y carabinas por las troneras, y no queda medio alguno de entrar; de día casa, de noche ciudadela; ochocientos habitantes: tal es este pueblo.

«¿Por qué tantas precauciones? Porque el país es peligroso, porque está lleno de antropófagos. Entonces ¿por qué van á él? Porque es un país maravilloso. Allí se encuentra oro».

—¿Y adónde vais á parar contando eso?—interrumpió Mario, quien de la contrariedad pasaba á la impaciencia.

—Á esto, señor barón. Yo soy un antiguo diplomático fatigado. La civilización antigua me clava sus dientes, y quiero probar cómo se pasa la vida entre salvajes.

—¿Y luego?

—Señor barón, el egoísmo es la ley del mundo. La aldeana proletaria que trabaja á jornal, vuelve la cabeza cuando pasa la diligencia; la aldeana propietaria que cultiva su campo, no la mira siquiera. El perro [Pg 638] del pobre ladra tras el rico; el perro del rico ladra tras el pobre. Cada cual para sí. El interés: tal es el objeto de los hombres. El oro: tal es su imán.

—¿Qué más? acabad.

—Quisiera ir á establecerme á Joya. Somos tres; tengo mi esposa y una hija soltera, niña lindísima. El viaje es largo y costoso, y necesito algún dinero.

—¿Y qué tengo yo que ver en ello?—preguntó Mario.

El desconocido sacó el cuello fuera de la corbata, ademán natural de los buitres y replicó sonriendo de nuevo:

—¿No habéis leído mi carta, señor barón?

Había algo de verdad en ello. El hecho es que el contenido del escrito había pasado desapercibido para Mario. Se había fijado sólo en la letra, sin atender á la carta. Apenas recordaba lo que decía. Pero hacía un momento había despertado en él cierta idea, al oir esta frase: «Mi esposa y una hija soltera».

Tenía clavada sobre el desconocido su mirada penetrante. Un juez no habría escudriñado mejor á un reo. Casi casi le espiaba. Limitóse á responder:

—Sed explícito.

El desconocido metió ambas manos en los bolsillos del pantalón, irguió la cabeza sin enderezar la espina dorsal, pero examinando por su parte á Mario con la mirada verde de sus anteojos.

—Vaya, pues, señor barón, seré explícito. Tengo un secreto que venderos.

—¿Un secreto?

—Un secreto.

—¿Que me concierne?

—Un poco.

—¿Qué secreto es éste?

Mario continuaba examinando más y más al individuo mientras le escuchaba.

—Empiezo gratis,—dijo el desconocido.—Vais á ver cómo es interesante lo que digo.

—Hablad.

—Señor barón, tenéis un ladrón y un asesino en vuestra casa.

Mario se estremeció y dijo:

—¿En mi casa? No.

El desconocido, imperturbable, pasó el codo por la superficie del sombrero, y continuó:

—Asesino y ladrón. Advertid, señor mío, que no hablo de hechos antiguos, atrasados, caducos, que pueden ser borrados por la prescripción ante la ley, y por el arrepentimiento ante Dios. Hablo de hechos recientes, de hechos presentes, de hechos ignorados aún de la justicia.—Y continuó:—Este hombre ha penetrado en vuestra confianza y casi en vuestra familia, bajo un nombre falso. Voy á decir su nombre verdadero, y á decíroslo de balde.

—Ya escucho.

—Se llama Juan Valjean.

—Lo sé.

—Voy á deciros, también de balde, quien él es.

—Decid.

—Un antiguo presidiario.

—Lo sé.

—Lo sabéis desde que he tenido el honor de decíroslo.

—No. Lo sabía ya.

El tono frío de Mario, su doble réplica de lo sé, su laconismo refractario al diálogo, despertaron en el desconocido cierta cólera sorda. Asestó á Mario, á hurtadillas, una mirada furiosa, que se apagó enseguida; pero por rápida que fuese, era una de aquellas miradas que se reconocen cuando se las ha visto una vez; no se le escapó á Mario. Ciertas llamaradas no pueden saltar sino de ciertas almas; la pupila, ese respiradero del pensamiento, las arroja fuera, y no las encubren los anteojos; ¡ponedle un cristal á la boca del infierno!

El desconocido prosiguió, sonriendo:

—No me permitiré desmentir al señor barón. En todo caso, debéis apreciar que estoy bien enterado. Ahora, lo que voy á comunicaros, únicamente lo sé yo, yo solo, é interesa á los bienes de la señora baronesa. Es un secreto extraordinario, y que está en venta. Os lo ofrezco antes que á nadie. Barato: veinte mil francos.

—Conozco ese secreto, como conozco los demás,—dijo Mario.

El personaje conoció la necesidad de rebajar algo de su precio.

—Señor barón, dadme diez mil francos y hablo.

—Os repito que no tenéis nada que revelarme. Sé lo que me queréis revelar.

Los ojos de aquel hombre despidieron un nuevo relámpago. Luego exclamó:

—Es indispensable, sin embargo, que coma hoy. Os digo que es un secreto extraordinario. Señor barón, voy á hablar. Hablo. Dadme veinte francos.

Mario se le quedó mirando.

—Conozco vuestro secreto extraordinario; y como sabía el nombre de Juan Valjean, sé también vuestro nombre.

—¿Mi nombre?

—Sí.

—No es difícil, señor barón. He tenido el honor de escribiros y decíroslo. Thénard.

—...dier.

—¿Cómo?

—Thénardier.

—¿Quién decís?...

Como se eriza en el peligro el puerco-espín, se hace el muerto el escarabajo, y la guardia veterana se forma en cuadro, aquel hombre se echó á reir.

Después sacudió de un papirotazo una mota de polvo sobre la manga de su frac.

Mario continuó:

—Sois igualmente el obrero Jondrette, el comediante Fabantou, el poeta Genflot, el español Álvarez y la señora Balizard.

—¿La señora qué?

—Y habéis tenido un tabernucho en Montfermeil.

—¡Un tabernucho! Jamás.

—Yo os digo que sois Thénardier.

—Lo niego.

—Y que sois un miserable. Tomad.

Mario sacó de su bolsillo un billete de banco, y se lo arrojó á la cara.

—¡Gracias! ¡Perdón! ¡Quinientos francos! ¡Señor barón!

Y el hombre, admirado, saludaba, cogiendo el billete, y examinándolo.

—¡Quinientos francos!—repetía absorto, y balbuceó á media voz:—¡Un cucurucho de veras!

Luego exclamó bruscamente:

—Pues bien, sea. Afuera estorbos.

Y con la prontitud de un mono, echándose hacia atrás el pelo, arrancándose los anteojos, sacando de la nariz y escamoteando los dos cañoncitos de pluma de que hemos hablado, y que figuran también en otra página de este libro, quitóse el rostro como se quita cualquiera el sombrero.

Sus ojos se inflamaron; la frente, desigual, surcada, abultada á trechos, atrozmente arrugada por lo alto, se mostró al descubierto; la nariz volvió á ser aguda como pico de ave; y reapareció el perfil feroz y sagaz del hombre de rapiña.

—El señor barón es infalible,—dijo con voz clara y sin ganguear ya;—soy Thénardier.

Y enderezó su corcovada espalda.

Thénardier, pues, era él en efecto, se había quedado singularmente sorprendido, y hasta se hubiese turbado, á ser de ello capaz.

Quiso producir asombro, y era él quien se asombraba de verse descubierto. Pagábanle aquella humillación con quinientos francos, y la aceptaba á todo evento; pero no por eso dejaba de estar menos aturdido.

Veía por primera vez á aquel barón de Pontmercy y á pesar de su disfraz, este barón le reconocía y le conocía á fondo. Y no sólo estaba aquel barón enterado de la historia de Thénardier, sino que parecía estarlo también de la de Juan Valjean. ¿Quién era, pues, aquel joven, casi imberbe, tan glacial y generoso, que sabía los nombres de las gentes, que sabía todos sus nombres, que les abría su bolsillo, que desconcertaba á los bribones como un juez, y los pagaba como un imbécil?

Thénardier, como sabemos, aunque vecino un tiempo de Mario, no le había visto nunca, cosa frecuente en París; había, sí, oído vagamente hablar á sus hijas de un joven muy pobre, llamado Mario que vivía en la casa, y á quien escribió, sin conocerle, la carta de que está ya enterado el lector.

Ninguna relación podía existir en su mente entre aquel Mario y el barón de Pontmercy.

Y en cuanto al nombre de Pontmercy, recuérdese que en el campo de batalla de Waterloo no había entendido más que las dos últimas sílabas, respecto á las cuales había siempre conservado el legítimo desdén que se tiene á lo que no pasa de ser una mera acción de agradecimiento.

Por lo demás, su hija Azelma, á quien encargó buscase la pista de los novios del 16 de febrero, y sus propias investigaciones personales, le habían hecho conocer muchas cosas, y desde su fondo de tinieblas había logrado coger más de un hilo misterioso. Á fuerza de industria consiguió descubrir, ó por lo menos adivinar por inducciones, quién era el hombre que había encontrado cierto día en la Gran Cloaca. Del hombre le costó poco trabajo llegar al nombre.

Sabía que la baronesa de Pontmercy era Cosette, pero, en este punto se proponía ser discreto; porque ¿quién era Cosette? Ni él mismo lo sabía con certeza. Entreveía algún nacimiento bastardo: la historia de Fantina le había parecido siempre ambigua, pero ¿qué sacaría hablando? ¿Hacer que le pagasen su silencio?

Él tenía ó creía tener algo en venta que valía mucho más; y según todas las apariencias, aquello de ir á decir al barón de Pontmercy, sin el apoyo de la menor prueba: «Vuestra esposa es bastarda», no había de traer otro resultado que la punta de la bota del marido sobre los riñones del indiscreto revelador.

En la imaginación de Thénardier, su conversación con Mario no estaba empezada todavía. Había tenido que retroceder, que modificar su estrategia, dejar una posición, cambiar de frente; pero nada esencial se hallaba aún comprometido; y tenía ya quinientos francos en el bolsillo. Además, tenía algo decisivo que decir, y aun contra aquel barón de Pontmercy, tan bien enterado y tan bien armado, se sentía con bríos. Para hombres del temperamento de Thénardier, todo diálogo es un combate.

¿Cuál era su situación en el duelo que iba á empeñarse? No sabía á quién hablaba, pero sí sabía de lo que él hablaba. Pasó así rápidamente esta revista interior de sus fuerzas, y después de haber dicho: Yo soy Thénardier, quedó esperando.

Mario estaba también pensativo. Al fin tenía delante de sí á Thénardier, al hombre que tanto había deseado encontrar; y podía, por lo tanto, hacer cumplido honor á la recomendación del coronel Pontmercy.

Humillábale que aquel héroe debiera algo á aquel bandido, y que la letra de cambio girada contra él desde el fondo de la tumba por su padre, estuviese todavía en descubierto. Imaginaba también, en la situación compleja de su espíritu respecto á Thénardier, que se le presentaba la coyuntura de vengar al coronel de la desgracia de haber sido salvado por semejante tuno. De todos modos, estaba satisfecho; por fin, iba á librar de tan indigno acreedor á la sombra del coronel, y parecíale que iba á librar también de la prisión, por deudas, la memoria de su padre.

Al lado de este deber había otro; el de averiguar, si era posible, el origen de la fortuna de Cosette. La ocasión parecía brindársele. Tal vez Thénardier supiese algo. Tal vez fuese útil sondear el interior de aquel hombre.

Por ahí comenzó.

Thénardier, después de guardarse en el bolsillo el «cucurucho de veras», miraba á Mario con una dulzura casi tierna.

Mario rompió el silencio.

—Thénardier, os he dicho vuestro nombre. Ahora, este vuestro secreto que veníais á revelarme, ¿queréis que os lo diga? Yo tengo también mis noticias, y vais á ver que estoy mejor enterado que vos. Juan Valjean, como habéis dicho, es asesino y ladrón. Es ladrón porque robó á un rico fabricante, siendo la causa de su ruina, al señor Magdalena. Es asesino, porque dió muerte al agente de policía Javert.

—No comprendo señor barón,—dijo Thénardier.

—Yo haré que me comprendáis. Oíd. Vivía en un distrito del Paso de Calais, por los años de 1822, un hombre que había tenido algo que ver antiguamente con la justicia, y el cual, bajo el nombre de Magdalena, se había elevado y rehabilitado. Este hombre era un justo en toda la extensión de la palabra.

«Con una industria, la fabricación de abalorios negros, labró la fortuna de todo un pueblo. Por su parte, aunque secundariamente, y en cierto modo por casualidad, reunió también una riqueza considerable. Era el padre de los pobres. Fundaba hospitales, abría escuelas, visitaba los enfermos, dotaba á las jóvenes, sostenía á las viudas, adoptaba á los huérfanos: era una especie de tutor del país. Se negó á admitir una cruz, y le nombraron alcalde. Un presidiario cumplido estaba en el secreto de cierta condena en que había incurrido en otro tiempo aquel hombre; le denunció, fué causa de que le prendiesen, y se aprovechó de su prisión para venir á París y hacer que el banquero Laffite (lo sé por el mismo cajero) le entregase, en virtud de una firma falsificada, una suma de más de medio millón de francos, que pertenecía al señor Magdalena. El presidiario que robó al señor Magdalena es Juan Valjean. En cuanto al otro hecho, nada tenéis que decirme que yo no sepa. Juan Valjean mató al agente Javert de un pistoletazo. Yo, que os estoy hablando, estaba allí presente».

Thénardier miró á Mario con ese ademán soberano del hombre derrotado que se repone para conseguir la victoria, y vuelve á ganar en un minuto todo el terreno perdido.

Mas no tardó en reaparecer su sonrisa; el inferior respecto al superior debe disimular modestamente el triunfo.

Thénardier se limitó á decir á Mario:

—Señor barón, nos hemos extraviado.

Y apoyó esta frase, haciendo girar con un expresivo molinete los pendientes del supuesto reloj.

—¡Cómo!—repuso Mario.—¿Lo dudáis? Se trata de hechos.

—Ó de quimeras. La confianza con que me honra el señor barón me impone el deber de decírselo así. Ante todo, la verdad y la justicia. No me gusta ver que se acuse á nadie injustamente. Señor barón, Juan Valjean no ha robado al señor Magdalena, ni Juan Valjean ha matado á Javert.

—¡Mucho asegurar es ello! ¿Y cómo no?

—Por dos razones.

—¿Cuáles? hablad.

—He aquí la primera: no ha robado al señor Magdalena, puesto que el señor Magdalena es el mismísimo Juan Valjean.

—¿Qué estáis diciendo?

—Y segunda: no ha asesinado á Javert, puesto que quien mató á Javert, es Javert mismo.

—¿Qué queréis decir?

—Que Javert se suicidó.

—¡Probádmelo! ¡Probádmelo!—gritó Mario fuera de sí.

Thénardier repitió, midiendo su frase á la manera de los antiguos alejandrinos:

—El agente de policía Javert fué encontrado ahogado debajo de una banca en el Pont au change.

—¡Pero, probádmelo!

Thénardier sacó del bolsillo del pecho un gran rollo de papel gris que parecía contener varios pliegos doblados de diferentes tamaños.

—Tengo mi expediente en regla,—dijo con calma.

Y añadió:

—Señor barón, en interés vuestro, he tratado de conocer á fondo á Juan Valjean. Repito que Juan Valjean y el señor Magdalena son un hombre mismo, y que Javert no tuvo otro asesino que Javert; y cuando así os lo digo, es porque tengo pruebas. No pruebas manuscritas; lo escrito es sospechoso, lo escrito es complaciente, sino pruebas impresas.

Y así diciendo, entresacaba Thénardier de su legajo dos números de periódicos ya amarillos, ajados y oliendo fuertemente á tabaco.

Uno de aquellos números, roto por los dobleces y casi deshaciéndose en pedazos cuadrados, parecía mucho más antiguo que el otro.

—Dos hechos, dos pruebas,—dijo Thénardier.

Y alargó á Mario los dos periódicos desdoblados.

El lector los conoce ya. Uno, el más antiguo, era un número de la Bandera Blanca del 25 de julio de 1823, cuyo texto ha podido verse en la segunda parte de este libro, el cual establecía la identidad de Magdalena y Juan Valjean.

Era el otro periódico un Monitor del 15 de julio de 1832, en que constaba el suicidio de Javert, añadiendo que resultaba de un informe verbal del mismo Javert al prefecto, que, hecho prisionero en la barricada de la calle de la Chanvrerie, había debido la vida á la magnanimidad de un insurrecto que, teniéndole bajo su pistola, en vez de levantarle la tapa de los sesos, había disparado al aire.

Mario leyó.

Había allí evidencia, certeza perfecta, prueba irrefragable; aquellos dos periódicos no se habían impreso expresamente para apoyar los asertos de Thénardier; la nota publicada en el Monitor había sido comunicada oficialmente por la prefectura de policía. Mario no podía dudar.

Las noticias del dependiente de Laffitte eran falsas, y él, él mismo se había equivocado.

Juan Valjean, engrandecido de súbito, salía de la nube. Mario no pudo contener un grito de alegría.

—¡Entonces ese desgraciado es un hombre admirable! ¡Entonces ese caudal era verdaderamente suyo! ¡Es Magdalena, la providencia de toda una comarca! ¡Es Juan Valjean, el salvador de Javert! ¡Es un héroe! ¡Es un santo!

—Ni héroe ni santo,—contestó Thénardier,—sino asesino y ladrón.

Añadiendo con el tono del que empieza á sentirse con cierta autoridad:

—Procedamos con calma.

[Pg 639]

Ladrón, asesino; estas palabras que Mario creía desaparecidas, y que surgían de nuevo, cayeron sobre él como una ducha de nieve.

—¡Todavía!—exclamó.

—Siempre,—contestó Thénardier.—Juan Valjean no robó á Magdalena, pero es un ladrón; no ha muerto á Javert, pero es un asesino.

—¿Habláis acaso—repuso Mario,—de aquel miserable robo de hace cuarenta años, expiado, como resulta de estos mismos periódicos, por toda una vida de arrepentimiento, de abnegación y de virtud?

—Digo asesinato y robo, señor barón, y repito que hablo de hechos recientes. Lo que tengo que revelaros, absolutamente desconocido, es inédito. Y quizá encontréis en ello el origen del caudal hábilmente ofrecido por Juan Valjean á la señora baronesa. Digo hábilmente, porque no prueba torpeza de parte suya eso de introducirse, por medio de semejante donativo, en una casa respetable, participando de sus comodidades, y al propio tiempo ocultar su crimen, disfrutar de lo robado, encubrir su nombre y crearse una familia.

—Pudiera interrumpiros,—observó Mario;—pero continuad.

—Señor barón, voy á decirlo todo, dejando la recompensa á vuestra generosidad. Este secreto vale oro macizo. Vos me diréis, ¿por qué no te has dirigido á Juan Valjean? Por una razón muy sencilla. Sé que se ha desapropiado... y desapropiado en favor vuestro, combinación que me parece ingeniosa; pero ya no posee un sueldo, y él me enseñaría sus manos vacías; y como necesito algún dinero para emprender mi viaje á Joya, os prefiero á vos que lo tenéis todo, á él que nada vale ya. Estoy algo fatigado, permitidme que tome una silla.

Mario se sentó y le indicó que podía sentarse.

Thénardier se arrellanó en una silla de tapicería, recogió los dos periódicos, los envolvió en el rollo, y marcando con la uña la Bandera Blanca, dijo á media voz:

—¡Éste sí que me ha costado trabajo de encontrar!

Cruzó luego ambas piernas y se arrellanó de espaldas, en actitud propia del que se cree seguro de lo que dice. Entrando luego en materia, continuó gravemente y acentuando la frase:

—Señor barón, el 6 de junio de 1832, hace apenas un año, el día del motín, se encontraba un hombre en la Gran Cloaca de París, por el lado donde la alcantarilla desemboca en el Sena, entre el puente de Jena y el de los Inválidos.

Mario acercó bruscamente su silla á la de Thénardier. Éste notó el movimiento, y continuó con la lentitud de un orador que es dueño de su auditorio, y que siente las palpitaciones del adversario á cada una de sus palabras.

—Ese hombre, á fuerza de esconderse, por razones ajenas á la política, había elegido la alcantarilla por domicilio, y tenía una llave de la reja.

[Pg 640]

Era, repito, el 6 de junio; podían ser como las ocho de la tarde. El hombre oyó ruido en la alcantarilla; por lo que, muy sorprendido, se acurrucó poniéndose á espiar. Era ruido de pasos; alguien caminaba por entre las tinieblas, adelantándose hacia aquel lado. Cosa extraña: haber otro que él en la alcantarilla. La reja de salida no estaba lejos, y la escasa luz que entraba por ella le permitió reconocer al recién venido, y ver que llevaba algo á cuestas. Andaba casi doblado. Y aquel hombre que de aquel modo caminaba encorvado, era un antiguo presidiario, y lo que llevaba sobre sus hombros era un cadáver. Flagrante delito de asesinato, si le hubo jamás.

«En cuanto al robo, el mismo hecho lo estaba diciendo; no se mata de balde á ningún hombre.

«El presidiario iba á arrojar aquel cadáver al río. Conviene advertir que, antes de llegar á la reja de salida, el presidiario, que venía de lejos por lo interior de la alcantarilla, debió forzosamente tropezar con un hundimiento espantoso, donde parece que hubiera podido dejar el cadáver; pero al día siguiente los poceros, trabajando en aquel hundimiento, habrían descubierto al hombre asesinado; lo cual no entraba sin duda en los cálculos del asesino. Prefirió atravesar el cenagal con su carga, y sus esfuerzos debieron ser horrorosos. Es imposible arriesgar más por completo la vida; no comprendo como acertó á salir de allí vivo».

La silla de Mario se acercó más aún, y Thénardier aprovechó este segundo movimiento para respirar á sus anchas. Luego prosiguió:

—Señor barón, una alcantarilla no es el Campo de Marte. Allí todo falta, hasta sitio. Así es que cuando la ocupan dos hombres, es preciso que se encuentren. Esto fué lo que sucedió.

«El domiciliado y el transeúnte tuvieron que darse los buenos días, sin ganas por parte de uno ni otro. El transeúnte dijo al domiciliado: 'Ves lo que llevo á cuestas, es preciso que salga de aquí; tienes la llave, dámela'. El presidiario era hombre de extraordinarias fuerzas, y no había medio de resistirle. Sin embargo, el que poseía la llave parlamentó, únicamente para ganar tiempo. Examinó al muerto; más sólo pudo averiguar que era joven, de buena apostura, aire de persona rica, y que estaba completamente desfigurado por la sangre. Y así hablando, halló medio de desgarrar y arrancar, sin que lo advirtiese el asesino, un pedazo de faldón de la levita del hombre asesinado. Pieza de convicción, ¿entendéis? medio para descubrir la pista y probarle al criminal su crimen. Guardóse en el bolsillo la pieza de convicción; después de lo cual abrió la reja, dejó salir al presidiario con su estorbo á cuestas, volvió á cerrar la reja y se puso en salvo, no cuidando de seguir el desenlace de la aventura, y sobre todo no queriendo estar allí cuando el asesino arrojase al asesinado al río.

«¿Me comprendéis ahora? el que llevaba el cadáver era Juan Valjean, [Pg 641] el que tenía la llave os está hablando en este momento; y el pedazo de levita...».

Thénardier acabó la frase sacando del bolsillo y sosteniendo á la altura de los ojos, cogido entre sus dos pulgares y sus dos índices, un girón de paño negro rasgado, y lleno de manchas obscuras.

Levantóse Mario, pálido, respirando apenas, con la vista fija en el pedazo de paño negro; y sin pronunciar una palabra, sin apartar los ojos de aquel harapo, retrocedió hacia la pared, con la mano derecha extendida detrás de sí, buscando á tientas una llave puesta en la cerradura de una alacena, cerca de la chimenea.

Encontró la llave, abrió la alacena é introdujo el brazo sin volver el rostro ni separar su pupila asustada, del harapo que Thénardier tenía desplegado.

Sin embargo, Thénardier continuó diciendo:

—Señor barón, me asisten grandes razones para creer que el joven asesinado era un extranjero opulento, atraído por Juan Valjean á una emboscada, y portador de una suma enorme.

—¡El joven era yo, y aquí está la levita!—gritó Mario, arrojando en el suelo una vieja levita negra, completamente manchada de sangre.

Luego, arrancando el girón de manos de Thénardier, se inclinó sobre la levita y aplicó al faldón roto el pedazo arrancado. Lo desgarrado se adaptaba exactamente, y el girón completaba la levita.

Thénardier estaba petrificado, y dijo para sí: «Me aplastó».

Levantóse Mario tembloroso, desesperado, radiante.

Metió la mano en su bolsillo, y se dirigió furioso hacia Thénardier, presentándole y casi apoyando sobre su rostro el puño lleno de billetes de quinientos y de mil francos.

—¡Sois un infame, un embustero, un calumniador, un malvado! Veníais á acusar á este hombre, y le habéis justificado; queríais perderle, y solo habéis conseguido glorificarle. ¡Vos sois el ladrón! ¡Vos sois el asesino! Á vos, Thénardier, á vos, Jondrette, os he visto yo mismo en la casucha del boulevard del Hospital. Y sé de vos lo suficiente para mandaros á presidio, y más alto aún, si quiero. ¡Tomad esos mil francos, gran canalla!

Y arrojó un billete de mil francos á Thénardier.

—¡Ah! ¡Jondrette, Thénardier, vil impostor! ¡Que os sirva esto de lección, chalán de secretos, mercader de misterios, desenterrador de tinieblas, miserable! ¡Tomad otros quinientos francos, y salid de aquí! Waterloo os protege.

—¡Waterloo!—murmuró Thénardier, guardándose los quinientos francos junto con los mil primeros.

—¡Sí, asesino! Allí salvaste la vida á un coronel...

—Á un general,—dijo Thénardier, levantando la cabeza.

—¡Á un coronel!—replicó Mario colérico. Yo no daría un ochavo por un general. ¡Y venís aquí á cometer infamias! Os digo que habéis cometido todos los crímenes. ¡Salid! ¡Quitaos de mi vista! Sed feliz al menos, es cuanto deseo. ¡Ah, monstruo! He aquí otros tres mil francos. Tomadlos, y partid mañana mismo para América, con vuestra hija, porque vuestra mujer ha muerto, despreciable embustero. Yo vigilaré vuestra partida, bandido, y en el momento de salir os daré todavía veinte mil francos. ¡Id á que os ahorquen á otra parte!

—Señor barón, respondió Thénardier, inclinándose hasta el suelo, gratitud eterna.

Y salió de la casa, sin comprender una palabra, atónito y contento de verse dulcemente abrumado bajo sacos de oro, y de aquella tormenta que descargaba sobre su cabeza en billetes de banco.

Herido por el rayo y satisfecho, ¡cuánto hubiera sentido Thénardier estar al abrigo de un para rayos contra semejantes descargas!

Concluyamos de una vez con este personaje, y digamos cuál fué su paradero.

Dos días después de los sucesos que vamos refiriendo, salió, gracias á Mario, para América, bajo un nombre supuesto, y en compañía de su hija Azelma, provisto de una letra de cambio de veinte mil francos sobre Nueva York.

La miseria moral de Thénardier, del caballero fingido, era irremediable; fué en América lo que había sido en Europa. El contacto de un hombre perverso basta á veces para bastardear una buena acción, haciendo salir de ella una cosa mala. Con el dinero de Mario, Thénardier se hizo negrero.

En cuanto Thénardier estuvo en la calle, corrió Mario al jardín donde Cosette estaba paseando todavía.

—¡Cosette! ¡Cosette!—la gritó.—¡Ven! ¡Ven pronto! Marchemos. ¡Vasco, un coche! Ven, Cosette. ¡Ay, Dios mío! ¡Él es quién me había salvado la vida! ¡No perdamos un minuto! Ponte el chal.

Cosette le creyó loco, pero obedeció.

Mario no respiraba; llevaba la mano al corazón para comprimir los latidos, iba y venía á grandes pasos, abrazaba á Cosette.

—¡Ay, Cosette!—la decía.—¡Soy un desgraciado!

Estaba desalentado; comenzaba á entrever en aquel Juan Valjean una grande y sombría figura. Aparecíasele una virtud inaudita, suprema y dulce, humilde en su inmensidad. El presidiario se transfiguraba en Cristo; semejante prodigio deslumbraba á Mario. No sabía precisamente lo que veía, pero sí que era grande.

Á los pocos minutos un coche estuvo delante de la puerta.

Mario hizo subir á Cosette, y se precipitó enseguida dentro.

—Cochero,—dijo,—calle del Hombre Armado, número 7.

Partió el coche.

—¡Ah, qué felicidad!—exclamó Cosette.—Á la calle del Hombre Armado. No me atrevía á hablarte de ella. Vamos á ver al señor Juan.

—¡Á tu padre, Cosette! Tu padre, más que nunca. Ahora adivino, Cosette. Me dijiste no haber recibido la carta que te mandé con Gavroche. [Pg 642] Cayó sin duda en sus manos, y fué á la barricada para salvarme. Como en él es una necesidad el ser un ángel, de paso salvó á otros también; salvó á Javert. Me arrancó de aquel abismo para entregarme á ti. Me llevó sobre sus hombros por dentro de la horrible cloaca. ¡Ah! Soy un monstruo de ingratitud. Cosette, después de haber sido él tu providencia, fué la mía. ¡Figúrate que había allí un espantoso hundimiento, para ahogarse mil veces, para ahogarse en cieno, Cosette! ¡Y lo atravesó conmigo á cuestas! Yo estaba desmayado, no veía, no oía, no podía saber nada de mi propia aventura. Vamos á traérnosle á casa, á tenerle con nosotros, que quiera ó no; no ha de volver á separarse de nuestro lado. ¡Con tal que esté! ¡Con tal que le encontremos! Pasaré el resto de mi existencia venerándole.

«Sí, así debió ser; ya lo ves, Cosette. Á él fué á quien entregaría mi carta Gavroche. Todo se explica... ¿Comprendes?».

Cosette no entendía una palabra.

—Tienes razón,—le dijo.

Entre tanto el coche iba corriendo.

[Pg 643]

V
Noche tras de la cual se encuentra el día

Al golpe que oyó sonar en la puerta, volvióse Juan Valjean.

—Adelante,—dijo débilmente.

Abrióse la puerta, y aparecieron Cosette y Mario.

Cosette se precipitó en el cuarto.

Mario permaneció en el umbral, de pie y apoyado contra el quicio de la puerta.

—¡Cosette!—exclamó Juan Valjean.

Y se incorporó en la silla, con los brazos abiertos y trémulos, lívido, siniestro, con una alegría inmensa en los ojos.

Cosette, sofocada por la emoción, cayó sobre el pecho de Juan Valjean, exclamando:

—¡Padre!

Juan Valjean, fuera de sí, tartamudeaba:

—¡Cosette, ella! ¡Vos, señora! ¡Eres tú! ¡Ay, Dios mío!

Y sintiéndose estrechar entre los brazos de Cosette, exclamaba:

—¡Eres tú! ¡Sí, tú eres! ¡Me perdonas, entonces!

Mario, bajando los párpados para contener sus lágrimas, dió un paso, y murmuró entre sus labios contraídos convulsivamente para no dar salida á los sollozos:

—¡Padre mío!

[Pg 644]

—¡Y vos también, vos me perdonáis!—dijo Juan Valjean.

Mario no acertó á encontrar palabras para contestar, y Valjean añadió:

—Gracias.

Cosette se quitó el chal y el sombrero, arrojándolos sobre la cama.

—Esto me molesta—dijo.

Y sentándose sobre las rodillas del anciano, apartó sus cabellos blancos con un movimiento adorable, y le besó la frente.

Juan Valjean, extasiado, la dejaba hacer.

Cosette, no comprendiendo aquello sino muy confusamente, redoblaba sus caricias, como si quisiese pagar la deuda de Mario.

Juan Valjean balbuceaba:

—¡Cuán simple es el hombre! Yo creía no volverla á ver. Figuraos, señor de Pontmercy, que en el momento en que habéis entrado me estaba yo diciendo: «Todo acabó. Ahí están sus vestiditos; soy un miserable, no veré más á Cosette». Todo esto me decía yo en el momento mismo en que estabais vosotros subiendo la escalera. ¡Qué torpe! ¡Se necesita ser estúpido para no contar con la bondad de Dios! Dios dice: ¿crees que te van á abandonar, torpe? No. Eso no será así. Sí; hay un buen hombre que ha menester de un ángel. Y el ángel viene; y uno vuelve á ver á su Cosette; ¡vuelve á ver á su pequeña Cosette! ¡Ay! ¡Qué desgraciado era!

Estuvo un instante sin poder hablar; luego continuó:

—Ciertamente, yo necesito ver á Cosette un ratito de cuando en cuando. Al corazón le hace falta un hueso que roer. Sin embargo, conocía que estaba de sobra, y me decía interiormente: «Ellos no necesitan de ti; quédate en tu rincón; nadie tiene derecho á eternizarse». ¡Ah! ¡Bendito Dios! ¡Vuelvo á verla!

«¿Sabes, Cosette, que tu marido es un guapo mozo?

«¡Oh! llevas un bonito cuello bordado. Perfectamente. El dibujo me gusta. Lo ha elegido tu esposo, ¿verdad? Y luego, será menester que te compres cachemires. Señor de Pontmercy, dejadme que la tutee. No será por mucho tiempo».

Y Cosette, á su vez, le respondía:

—¡Qué picardía habernos dejado así! ¿Dónde habéis estado? ¿Por qué os ausentasteis tanto tiempo? Antes vuestros viajes apenas duraban tres ó cuatro días. He mandado á Nicolasita, y la respondían siempre: «Está fuera». ¿Desde cuándo habéis vuelto? ¿Por qué no nos habéis avisado? ¿Sabéis que estáis muy cambiado? ¡Ah, qué padre más malo! ¡Estar enfermo y no saberlo nosotros! ¡Mira, Mario, toca su mano qué fría está!

—¡Habéis venido también! ¡Con que, es decir, señor de Pontmercy, que me perdonáis!—repitió Juan Valjean.

Al oir de nuevo estas palabras dichas por Juan Valjean, Mario dió libre rienda á todos los sentimientos que se agolpaban en su corazón:

[Pg 645]

—Cosette, ¿no oyes? ¡Insiste en pedirme perdón! ¿Y sabes lo que me ha hecho, Cosette? Me ha salvado la vida. Más aún; me ha dado á ti. Y después de haberme salvado, después de haberte dado á mí, ¿qué ha hecho de sí mismo? Se ha sacrificado. Tal es ese hombre. Y á mí, el ingrato, á mí el olvidadizo, á mí el desapiadado; á mí el culpable, me dice: «¡Gracias!». Cosette, toda mi vida, pasada á los pies de este hombre, no sería bastante expiación. ¡Aquella barricada, aquel albañal, aquel pozo, aquella cloaca, todo lo atravesó por mí, por ti, Cosette! Me llevó á través de todas las muertes que apartaba de mí, y que aceptaba para él. Ese hombre reúne todos los bríos, todas las virtudes y todos los heroísmos. ¡Cosette, ese hombre es un ángel!

—¡Chist! ¡Chist!—murmuró por lo bajo Juan Valjean. ¿Á qué viene todo eso?

—¡Pero vos!—exclamó Mario, con una cólera no desprovista de cierta veneración. ¿Por qué no lo habéis dicho? Es también culpa vuestra. ¡Salva la vida á las gentes, y lo oculta! Y además, bajo pretexto de quitarse la máscara, ¡va á calumniarse! Esto es horrible.

—He dicho la verdad,—respondió Juan Valjean.

—No,—replicó Mario; la verdad, es la verdad toda, y vos no lo habéis dicho todo. Vos fuisteis Magdalena, ¿por qué callarlo? Habíais salvado á Javert, ¿por qué no decirlo? Yo os debía la vida, ¿por qué no lo dijisteis tampoco?

—Porque pensaba como vos, y conocía que teníais razón, que era preciso que yo me fuese. Si os hubiera referido lo de la alcantarilla, me habríais hecho permanecer á vuestro lado. Debía, pues, callarme. Hablando, todo se echaba á perder.

—¿Echábase á perder, qué?—repuso Mario.—¿Creéis que vais á quedaros aquí? Si venís con nosotros. ¡Ay! ¡Dios! ¡Cuando pienso que sólo por casualidad he sabido todo esto! Sí, sí, os llevamos con nosotros. Formáis parte de nosotros mismos. Sois su padre y el mío. No pasaréis un día más en esta horrible casa. No esperéis estar mañana aquí.

—Mañana,—dijo Juan Valjean, no estaré aquí, pero tampoco estaré en vuestra casa.

—¿Qué queréis decir?—replicó Mario. Es que no os permitimos ya más viajes. Ya no os apartaréis de nosotros. Nos pertenecéis, y no os soltamos.

—Y lo que es ahora va de veras,—añadió Cosette.—Abajo tenemos un coche. Yo os llevo conmigo. Y, si es menester, emplearé la fuerza.

Y sonriendo, hizo ademán de levantar al anciano en sus brazos.

—Allí está, como siempre, vuestro cuarto en nuestra casa,—prosiguió ella.—¡Si supiérais qué hermoso se ha puesto ahora el jardín! ¡Cuántas flores! Las calles están enarenadas con arena del río, con sus conchitas violeta. Comeréis de mis fresas. Yo soy quien las riego.

«Y ya no más señora, ni señor Juan; viviremos en república, todos [Pg 646] nos hablaremos de tú. ¿No es esto, Mario? Se ha cambiado el programa. ¡Padre, si supiérais! ¡He tenido una pena!... Había un petirrojo anidado en un agujero de la pared, y un pícaro gato se lo ha comido. ¡Mi pobre petirrojo, que sacaba la cabecita de un agujero para mirarme! He llorado; vaya si he llorado; y de buena gana habría matado al gato. Pero ahora ya nadie llora; todos ríen, todos son felices. Vais á veniros con nosotros. ¡Cómo se alegrará el abuelo! Tendréis vuestro cuadro en el jardín y lo cultivareis á vuestro modo. Veremos si vuestras fresas valen tanto como las mías. Y después, haré yo todo lo que queráis, y luego, vos me obedeceréis á mí.

Juan Valjean la escuchaba sin oir.

Percibía la música de su voz, más bien que el sentido de las palabras, en tanto que una de aquellas lágrimas, que son perlas sombrías del alma, germinaba lentamente en sus ojos.

Y murmuró:

—La prueba de que Dios es bueno, es la que tengo aquí.

—¡Padre mío!—dijo Cosette.

Juan Valjean continuó:

—No hay duda que sería delicioso vivir juntos. Allí hay árboles llenos de pájaros. Me pasearía con Cosette. Es grato estar reunidas las gentes, y darse los buenos días, y llamarse en el jardín, y estarse viendo desde por la mañana. Cultivaríamos cada cual un rinconcillo. Ella me daría sus fresas yo le daría á coger mis rosas. Sería silencioso, pero...

Se detuvo, y añadió después dulcemente:

—No hay remedio.

La lágrima no cayó, volviendo de nuevo en la órbita, y Juan Valjean la reemplazó con una sonrisa.

Cosette tomó las dos manos del anciano entre las suyas.

—¡Dios mío!—exclamó.—Vuestras manos están aún más frías. ¿Os sentís malo? ¿Os duele algo?

—¿Yo? ¡No!—respondió Juan Valjean.—Me siento bien. Pero...

Paróse.

—¿Pero qué?

—Me voy á morir desde luego.

Cosette y Mario se estremecieron.

—¡Morir!—exclamó Mario.

—Sí: pero no es nada,—dijo Juan Valjean.

Respiró, sonrió y repuso:

—Cosette, tú estabas hablando; continúa, háblame más. ¿Con que murió tu petirrojo? ¡Habla, que oiga yo tu voz!

Mario, petrificado, contemplaba al anciano.

Cosette lanzó un grito desgarrador.

—¡Padre! ¡Padre mío! Viviréis, sí, viviréis. Yo quiero que viváis... ¿Lo entendéis?

[Pg 647]

Juan Valjean levantó la cabeza hacia ella con adoración.

—¡Oh! Sí, prohíbeme que muera. ¡Quién sabe! Tal vez te obedezca. Ya estaba en el trance de morir cuando entraste. Y esto me detuvo; parecióme que renacía.

—Estáis lleno de fuerza y de vida,—observó Mario.—¿Creéis que es así como se muere? Habéis tenido nuevos disgustos, pero no volveréis ya á tenerlos. ¡Yo soy quien os pide perdón y de rodillas! Vais á vivir, en nuestra compañía y por largo tiempo. Ya sois nuestro. ¡Aquí somos dos cuyo único pensamiento en lo sucesivo será labrar vuestra felicidad!

—Ya veis—repuso Cosette llorando,—que Mario dice que no os moriréis.

Juan Valjean continuaba sonriendo.

—Aunque yo viniera con vosotros, señor de Pontmercy, ¿dejaría por ello de ser yo quien soy? No; Dios ha pensado como vos y como yo, y no cambia de dictamen. Es útil que yo parta. La muerte lo arregla todo bien. Dios sabe mejor que nosotros lo que nos conviene. Que seáis dichosos, que el señor de Pontmercy posea á Cosette, que la juventud haga alianza con el alba, que haya en torno vuestro, hijos míos, lilas y ruiseñores; que vuestra vida sea un hermoso césped iluminado por el sol, que los encantos del cielo inunden vuestra alma, y que ahora yo, que para nada sirvo, me muera, todo esto es perfectamente armónico. Seamos razonables; no hay remedio ya; conozco que todo se acabó. Hace una hora tuve un desmayo. Además, esta noche pasada me he bebido todo ese jarro de agua que está ahí. ¡Qué bueno es tu marido, Cosette! Con él estás mejor que conmigo.

Oyóse ruido en la puerta. Era el médico que entraba.

—Buenos días y adiós, doctor,—dijo Juan Valjean.—Aquí tenéis á mis pobres niños.

Mario se acercó al médico, y le dirigió esta sola palabra:—¿Señor?...—Pero en la manera de pronunciarla había una pregunta completa.

El médico respondió á la pregunta con una mirada harto expresiva.

—Porque nos desagraden las cosas,—dijo Juan Valjean,—no hay razón para ser injustos con Dios.

Hubo un momento de silencio. Todos los pechos estaban oprimidos.

Juan Valjean se volvió hacia Cosette, y se puso á contemplarla como si quisiera hacer acopio para la eternidad.

En lo profundo de la sombra á que ya había descendido, le era aún posible el éxtasis mirando á Cosette. La reverberación de aquel dulce rostro iluminaba su pálido semblante. En el sepulcro puede haber también deslumbramientos.

El médico le tomó el pulso.

—¡Ah! ¡Érais vosotros lo que le hacía falta!—murmuró dirigiéndose á Cosette y á Mario.

É inclinándose al oído sólo de Mario, añadió muy por lo bajo:

[Pg 648]

—Demasiado tarde.

Juan Valjean, sin apartar casi los ojos de Cosette, miró al médico y á Mario con serenidad. Oyóse salir de su boca esta frase apenas articulada:

—No es nada el morir; lo espantoso es dejar de vivir.

De repente se levantó.

Estas renovaciones de fuerza son á veces señal de la agonía misma. Caminó con paso firme hacia la pared, apartó á Mario y al médico que querían ayudarle, descolgó el crucifijo de cobre, volvió á sentarse con toda la libertad de movimientos de una salud completa, y dijo en alta voz, colocando el crucifijo sobre la mesa:

—He aquí al gran Mártir.

Después su pecho se rindió; sintió que se le iba la cabeza, como si le acometiese el vértigo de la tumba, y apoyadas las manos en las rodillas, se puso á escarbar con las uñas la tela del pantalón.

Cosette le sostenía los hombros y sollozaba, procurando hablarle, pero sin poder conseguirlo.

Entre sus palabras, mezcladas con esa saliva lúgubre que acompaña al llanto, distinguíanse algunas como éstas.

—¡Padre! No me abandonéis. ¿Es posible que sólo os hayamos encontrado para perderos?

Puede decirse que la agonía serpentea. Ya, viene, se adelanta hacia el sepulcro, y retrocede hacia la vida. Hay algo de andar á tientas en la acción de la muerte.

Juan Valjean, después de aquel medio síncope, se serenó, sacudió la frente como para desprenderse de las tinieblas, y recobró casi, su completa lucidez.

Tomó un vuelo de la manga de Cosette y la besó.

—¡Vuelve en sí, doctor, vuelve en sí!—exclamó Mario.

—Ambos sois buenos,—dijo Juan Valjean;—voy á deciros lo que me ha apenado mucho. Me ha causado pena, señor de Pontmercy, que no hayáis querido tocar á ese dinero. Ese dinero es perfectamente de vuestra mujer. Voy á explicaros, hijos míos... y por eso me he alegrado más de veros. El azabache negro viene de Inglaterra y el azabache blanco viene de Noruega. En el papel que veis ahí, está todo esto, ya lo leeréis. Para los brazaletes inventé sustituir los cabos simplemente enlazados, á los cabos soldados. Es más bonito, mejor y más barato. Ya comprendéis cuánto dinero puede ganarse. Así, el caudal de Cosette es suyo, legítimamente suyo. Os refiero estos detalles para que tranquilicéis vuestro espíritu.

La portera había subido, y estaba mirando por la puerta entornada.

El médico la despidió, pero no pudo evitar que aquella buena mujer, llena de celo, gritase al moribundo:

—¿Queréis un sacerdote?

[Pg 649]

—Ya tengo uno,—respondió Juan Valjean.

Y con el dedo pareció designar un punto sobre su cabeza, donde se hubiera dicho que veía á alguien.

Es probable que el obispo asistía, en efecto, á aquella agonía.

Cosette, con mucha suavidad, le colocó una almohada debajo de las caderas.

Juan Valjean prosiguió:

—Señor de Pontmercy, no temáis, yo os lo ruego. Los seiscientos mil francos son positivamente de Cosette. Si no disfrutaseis vosotros de ellos, resultaría perdido todo el trabajo de mi vida. Habíamos conseguido fabricar muy bien esa clase de abalorios, y rivalizábamos con lo que se llama bisutería de Berlín. No así con los abalorios negros de Alemania, por ejemplo, que no podíamos igualar en precio; una gruesa que contiene mil doscientas cuentas, muy bien talladas, no cuesta más que tres francos.

Cuando se muere un ser que nos es querido, le miramos con una mirada que se aferra á él como para retenerle. Los dos, mudos de angustia, no sabiendo qué decir á la muerte, desesperados y temblorosos, estaban en pie delante de él; Cosette estrechaba la mano de Mario.

Juan Valjean iba declinando por instantes. Se la veía bajar y acercarse al sombrío horizonte.

Su respiración era ya intermitente y entrecortada por algún estertor.

Le costaba trabajo cambiar la posición del antebrazo, sus pies habían perdido todo movimiento, y al propio tiempo que crecía la decadencia de los miembros y la postración del cuerpo, brillaba toda la majestad del alma, desplegándose sobre su frente.

La luz del mundo desconocido, era ya visible en sus pupilas.

Su rostro palidecía, pero continuaba sonriendo. No había ya allí la vida, había otra cosa.

El aliento decrecía, la mirada se sublimaba. Era como un cadáver en el que se percibiesen alas.

Hizo seña á Cosette de que se acercara, y luego á Mario. Era evidentemente el último minuto de su hora postrera. Empezó á hablarles con una voz tan débil que parecía venir de lo lejos, pudiendo ya casi decirse que desde aquel momento, se interponía un muro entre él y ellos.

—Acércate, acercaos los dos. Os amo mucho. ¡Oh! ¡Qué placer es morir así! Tú también me amas igualmente, Cosette. Ya sabía yo que te quedaba siempre algún cariño para este buen viejo. ¡Cuánto te agradezco esta almohada que me has puesto! Me llorarás un poco, hija mía, ¿verdad? Que no sea mucho. No quiero que tengas verdaderos pesares. Será preciso que os divirtáis mucho, hijos míos. Se me olvidaba deciros que las hebillas sin clavillos dejaban mayor beneficio que todo lo demás. La gruesa, las doce docenas, salía á unos diez francos, y se vendía en sesenta. Era verdaderamente un buen negocio. No debéis, pues, extrañaros [Pg 650] de los seiscientos mil francos, señor de Pontmercy. Es un dinero honrado. Podéis ser ricos tranquilamente.

«Será preciso tener carruaje propio, palco de cuando en cuando en los teatros, lindos trajes de baile. ¡Cosette mía! y luego dar buenos convites á los amigos, ser muy felices.

«Ahora le estaba escribiendo á Cosette; ya encontrará mi carta. Le lego los dos candeleros que están sobre la chimenea. Son de plata; mas para mí son de oro, son de diamantes; convierten en cirios las velas que en ellos se ponen. No sé si el que me los dió está satisfecho de mí allá en lo alto. He hecho cuanto he podido.

«Hijos míos, no olvidéis que soy un pobre, y os encargo que me hagáis enterrar en el primer rincón de tierra que se os ofrezca para ello, bajo una piedra para indicar el sitio. Tal es mi voluntad. Nada de nombre grabado en la piedra. Si Cosette quiere ir allí alguna vez, me hará favor. Y vos también, señor de Pontmercy. Debo confesaros que no siempre os he tenido afecto; pídoos perdón por ello. Ahora ella y vos, ya no sois más que uno para mí.

«Os estoy muy agradecido; conozco que hacéis feliz á mi Cosette. ¡Ay! Si supierais, señor de Pontmercy; sus hermosas mejillas de rosa eran mi alegría; cuando la veía algo pálida, ya estaba yo triste.

«Hay en la cómoda un billete de quinientos francos. No he querido tocarle. Es para los pobres.

«Cosette, ¿ves tu traje de niña allí sobre la cama? ¿Lo reconoces? Y sin embargo, hace ya más de diez años de eso. ¡Cómo pasa el tiempo! Hemos sido muy dichosos. Ya se acabó. Hijos míos, no lloréis que no me voy tan lejos; yo os veré desde allí; no tendréis que hacer otra cosa que mirar, cuando sea de noche, y me veréis sonreír.

«Cosette, ¿te acuerdas de Montfermeil? Estabas en el bosque, y tenías miedo. ¿Te acuerdas cuando cogí el asa del cubo lleno de agua? Fué la primera vez que toqué tu pobre manecita. ¡Qué fría estaba! Entonces vuestras manos, señorita, estaban bien amoratadas; sin embargo hoy están bien blancas.

«¿Y la muñeca? ¿Te acuerdas? La llamabas Catalina y sentías no haberla llevado al convento. ¡Qué de veces me hiciste reir, ángel mío! Cuando había llovido embarcabas en el arroyo pajitas de trigo y mirabas cómo se alejaban.

«Un día te di una raqueta de mimbre y un volante con plumas amarillas, azules y verdes. Tú ya lo habrás olvidado. Eras tan traviesa como pequeñuela. No hacías más que jugar. Te colgabas las cerezas en las orejas.

«Todo ello son cosas ya pasadas. Los bosques por donde uno ha andado con su niña, los árboles bajo los cuales se ha paseado, los conventos donde uno se ha ocultado, las inocentes risas de la infancia, no pasa ya todo ello de sombra. Llegué á imaginarme que todo eso me pertenecía, y ahí estuvo mi error.

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Cosette y Mario, ahogados por el llanto, cayeron de rodillas besando las frías manos de Juan Valjean

[Pg 651]

«Los Thénardier han sido muy malos; pero es menester perdonarlos.

«Cosette, ha llegado el momento de decirte el nombre de tu madre. Se llamaba Fantina. Recuerda este nombre: Fantina. Arrodíllate cada vez que lo pronuncies. Ella sufrió mucho, y te quiso muchísimo. Su desgracia fué tanta como tu dicha. Dios lo ha querido así. Él desde lo alto nos ve á todos y sabe lo que hace en medio de sus grandes estrellas.

«Me voy, pues, hijos míos. Amaos siempre mucho. No hay casi otra cosa que esto en el mundo: amarse. ¿Pensaréis alguna vez en el pobre viejo que ha muerto aquí?

«¡Oh Cosette mía! No tengo la culpa de no haber ido á verte en estos últimos tiempos; bastante se me desgarraba el corazón. Iba, sin embargo, hasta la esquina de la calle, y por cierto que debía causarles un efecto muy raro á las gentes que me veían pasar como un loco, y á veces hasta sin sombrero. Hijos míos, empiezo á no ver claro; aún tenía que deciros muchas cosas, pero es igual. Pensad un poco en mí. Sois [Pg 652] seres benditos. No sé lo que siento, veo como una luz. Acercaos más. Muero feliz. Dadme vuestras cabezas muy amadas, que pueda poner mis manos encima».

Cosette y Mario, casi fuera de sí, ahogados por el llanto, cayeron de rodillas cada cual bajo una de las manos de Juan Valjean. Aquellas manos augustas no se movían ya.

Él estaba recostado hacia atrás; la luz de los dos candeleros le alumbraba.

Su pálido semblante miraba al cielo; dejando que Cosette y Mario cubrieran sus manos de besos.

Había muerto.

La noche estaba sin estrellas, y obscura por completo. Sin duda, entre la sombra, algún ángel inmenso estaba de pie, desplegadas las alas, esperando el alma.

[Pg 653]

VI
La yerba guarda y la lluvia borra

Existe en el cementerio del Padre Lachaise, á los alrededores de la fosa común, lejos del barrio elegante de aquella ciudad de los sepulcros, lejos de todas aquellas tumbas de fantasía, que ostentan, en presencia de la eternidad las repugnantes modas de la muerte, en un ángulo desierto á lo largo de una antigua tapia, bajo un gran tejo por cuyo tronco trepan mil enredaderas, entre la grama y el musgo, una piedra. Dicha piedra no está menos exenta que las otras de las lepras del tiempo, del moho, de los líquenes, del fiemo de los pájaros. El agua la verdea, y el aire la ennegrece. No está próxima á ningún sendero, y no agrada ir por aquel lado, porque la yerba es alta y los pies se mojan fácilmente.

Cuando hay un poco de sol, acuden los lagartos. En su derredor se agitan estremecidos los tallos de egílope. Durante la primavera, cantan las currucas en el árbol.

Aquella piedra es completamente lisa. No se pensó al cortarla, sino en la necesidad de cubrir la sepultura; es decir, que fuese bastante larga y bastante estrecha para encerrar un hombre.

No se lee en ella nombre alguno.

Solamente, hace ya de ello muchos años, una mano escribió allí, con lápiz, estos cuatro versos, que se han ido volviendo poco á poco ilegibles con la lluvia y el polvo, y probablemente están hoy ya borrados:

Descansa. Aunque la suerte se empeñaba en dejarle,
Vivió. Y murió tan sólo, cuando perdió su ángel.
Ello fué de manera tan propia y tan sencilla,
Como viene la noche cuando se aleja el día.

FIN

*** END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK 78068 ***